Archivo

Archive for the ‘Matrimonio’ Category

Una cosa sobre sexo que es urgente difundir

El amor conyugal es un regalo que alimenta el espíritu de los esposos

El amor es el ingrediente principal en la unión conyugal. Y quién es el amor sino Dios. Amor sin sexo seguirá siendo amor, pero sexo sin amor, sin Dios como centro… Piénsalo.

El amor conyugal significa la entrega mutua de los cónyuges, en todas sus dimensiones, como un hombre y una mujer.

A cuántos de nosotros se nos enseñó que el sexo era algo sucio, asqueroso y pecaminoso. Se nos habló únicamente de “lo malo” en vez de enaltecer sus bondades. Y claro, muchos llegamos al matrimonio con nulos conocimientos sobre este. Lo poco que sabíamos era por lo que platicábamos entre los amigos y si bien nos iba, lo que aprendimos en el curso prematrimonial.

El sexo en sí mismo no contiene nada malo, todo lo contrario. Si Dios mismo lo creó quiere decir que en él todo es “bueno y perfecto”. Que es un don, un regalo de su parte para transmitirnos su amor y permitirnos participar de la plenitud de su amor.

Es bueno y se tornará aún más perfecto -pleno- cuando se haga dentro del marco para el cual fue creado, entre uno hombre y una mujer unidos en matrimonio sacramental. Dios mismo le dio ese toque de placer el cual es fruto de esta unión perfecta y nunca su fin.

Cuando no tenemos claro todo esto y elegimos tener prácticas sexuales fuera de su marco sagrado, entonces sí se torna como algo “tóxico”, que nos daña y no conviene a nuestro espíritu. También cuando lo utilizamos como mero objeto de placer; cuando le restamos dignidad y lo ponemos en un plano meramente “animal” dejándonos llevar por pasiones y deseos desordenados; cuando lo vemos solo como un “derecho” -porque es mi cuerpo y yo hago con él lo que quiero- hasta denigrarlo con prácticas tipo Sodoma y Gomorra o masoquistas, entre otras, y no como una dádiva divina.

Aquí el sexo me está restando dignidad como persona y no me está poniendo en comunión con Dios, sino todo lo contrario.

Si de verdad fuéramos conscientes de todo lo que se transmite por medio del acto sexual, de toda la “información” espiritual -por ponerle un nombre- que se comunica por medio de esta entrega…

Y es que no se comparten solo cuerpos, también hay fusión de espíritus, de todo el ser. Todo lo que esa persona traiga cargando espiritualmente se lo va a transmitir a esa otra con la que elija tener relaciones íntimas. Y así sucesivamente con todas las que se haya involucrado.

Te lo explico con un ejemplo.

Ese esposo -le llamaremos Mario- que viaja a Las Vegas por asuntos de negocios le es infiel a su esposa con otra mujer que conoció: Pat. Se “mete” con ella una noche de copas. Total, nadie se va a enterar porque “What happens in Vegas stays in Vegas!”.

¡Sí, cómo no! El señor va de regreso a su hogar creyendo que ahí muere el asunto y que jamás volverá a saber de Pat. Pero no, no va solo y no lo sabe. De hoy en adelante le acompañará toda la historia espiritual de la mujer con la que se acostó.

Peor aún, Pat había tenido intimidad con muchos hombres más. Digamos que era una mujer de una moral muy relajadita y eso de tener sexo la primera noche pues se le daba. Entonces, ella a su vez trae cargando toda la historia espiritual de cada uno con los que se ha acostado, misma que esa noche de copas le transmitió a Mario.Y seguramente, esos que en su momento se involucraron con ella, también lo hicieron con otras más y así sucesivamente.

Como ven Mario no va solito en el avión, ahora le acompaña su gran familia espiritual de quién sabe cuántos miembros. ¡Y no lo sabe! Y te apuesto a que tú que ahora me lees tampoco lo sabías…

Necesitamos recobrar nuestra dignidad como personas y darle a ese acto sagrado el valor que Dios mismo le dio. La intimidad sexual es una “delicia” y no uso esta palabra en la connotación sensible solamente, sino como un gozo que es fruto del amor, del Espíritu Santo.

Es decirle a mi cónyuge: “Quiero ser uno contigo para siempre y quiero demostrarte con cada parte de mi ser cuánto te amo”.

El cuerpo habla, transmite amor y también necesita sentirlo. Es expresarte que por amor estoy listo para darme, para entregarme y recibirte como un todo que somos tú y yo, como una ofrenda de nuestra persona y de nuestro mutuo amor.

De hecho, si observamos el diseño del corporal de uno y de otro nos damos cuenta de que el cuerpo del varón está diseñado para entregarse por entero a su mujer y el de la mujer para recibirle. Hay un embone perfecto.

Hemos escuchado que la frase “hacer el amor” no está bien empleada porque el amor no se hace, sino que el amor ya es y el amor es Dios.

Efectivamente, el amor en plenitud es Dios, pero a este hay que accionarlo, ponerle cuerpo. De hecho, una pareja cuando se casa elige amarse como Dios ama -de manera libre, total, fiel, fructuosa- y hace votos en el altar respondiendo a las preguntas que les hace el sacerdote.

Esas promesas se hacen en el altar y luego esas se cumplen en la noche de bodas cuando se entregan el cuerpo. Es decir, primero fueron palabras, promesas espirituales y ahora las hacemos vida, las llevamos al plano del cuerpo para elevarlas al espíritu y unirnos con Dios.

El sexo -intimidad conyugal- es una renovación verdadera de las promesas nupciales. Esto es, se pone carne sobre las palabras dichas. Por eso esta es una unión santa, sagrada.

Además de ser el signo por medio del cual Dios transmite su gracia sacramental a la pareja, alimenta el espíritu de los esposos. Así como el agua es para el bautismo, la unión sexual es para el matrimonio.

Papás, necesitamos romper este círculo vicioso de desinformación y, peor aún, de mala información que estamos transmitiendo a nuestras nuevas generaciones. Es imperativo que nos “formemos” adecuadamente sobre este tema, con personas e instituciones que nos muestren el sexo como lo que es, un regalo del amor de Dios.

A ver, ¿cuántos de ustedes han estudiado la Teología del Cuerpo” de san Juan Pablo II? ¿Cuántos de ustedes se escandalizaron al leer Hacer el amor es hacer oración y ni siquiera se pusieron a investigar el significado y la profundidad de estas palabras?

Si no nos ponemos las pilas, será el mundo -que hoy por hoy está volteado de cabeza- quien se siga encargando de “formar” -o malformar-  a nuestros hijos. No basta con ser empresarios exitosos o ser eruditos en tal o cual tema, hay que formarnos de manera integral -cuerpo, mente, espíritu- y esto es urgente que lo hagamos ya.

Estamos inmersos en un letargo espiritual impresionante y temas como este -el sexo como mi derecho y sin freno alguno- está secuestrando los corazones y las voluntades de las personas más vulnerables. ¡Despertemos! 

Categorías:Matrimonio, Mundo, Sexo

“Hacer el amor” es hacer oración

web-sex-marriage-bed-sexuality-shutterstock_usaart-studio-ai

El sexo está llamado a ser sagrado

¿Tú sabías que cuando “haces el amor” con tu cónyuge dentro del único marco digno y seguro en que debe ser este acto íntimo -el matrimonio ante Dios- y cumpliendo con sus fines -unión, procreación, estar abiertos a la vida- estás haciendo oración?

Más adelante te lo explico de manera de sencilla. Ten en mente que “oración es elevarnos a Dios“. Es decir, que nuestro espíritu se comunique con el de Dios.

San Juan Pablo II en su maravillosa catequesis sobre la Teología del Cuerpo nos habló sobre una capacidad maravillosa que solo los humanos podemos experimentar por medio de nuestro cuerpo, el atributo nupcial que es nuestra capacidad de expresar amor con él. Ese amor precisamente en el cual la persona se convierte en regalo y por medio de ese regalo cumple con el propósito de su existencia. 

Podríamos pensar que eso no es nuevo porque todos tenemos la capacidad de expresar el amor con el cuerpo por medio de abrazos, caricias, etc. Pero no todos, insisto. Es exclusivo de las personas. Los animales no lo hacen.

Tampoco van haciéndose votos y promesas de amor. Las personas somos las únicas que nos entregamos a otra como una ofrenda de amor. Es decir, me entrego a ti por amor y por medio de este regalo cumplo con el propósito de mi existencia que es amar como Dios ama y así me convierto en regalo para alguien más dándome por completo, a Dios y al prójimo.

Hacer el amor es hacer oración. Como el Génesis -en el Antiguo Testamento- nos ha enseñado sobre la creación de nuestros primeros padres, antes del pecado original, el corazón de Adán estaba totalmente dirigido a Dios.

A pesar de que el paraíso entero estaba a su total disposición y disfrutaba de él, Adán solo miraba hacia Dios y le amaba tantísimo que quería expresarle su amor, demostrárselo con su cuerpo. Pero como Dios era puro espíritu no podía hacerlo.

Adán -claro que sigo hablando figurativamente- no se dio por vencido e intentó entregar su amor a las plantas, a los árboles, a los animales, a cuanto ser vivo que se encontraba en el paraíso, pero pronto se percató de que con ninguno de ellos se sentía completo, siempre se sentía vacío.

Digamos que sus muestras de amor por medio de abrazos y caricias no eran correspondidas ni le satisfacían porque lo que él deseaba era llegar a Dios. Su vacío era cada vez más profundo.

Dios, por su parte, al darse cuenta del vacío que Adán sentía y de que su único fin era llegar a Él, se compadeció y le creó a la compañera y ayuda idónea. Le regaló a su mujer, Eva.

Dios entendió que el “deseo” de Adán no era hacia la mujer como tal, sino totalmente hacia Él. Pero como Dios no tenía -ni tiene- cuerpo, entonces le dijo que le regalaría otro cuerpo, el de su mujer para que se pudiera entregar a ella de una manera total y libre y que, por medio de esa unión de cuerpos con ella, mismos que embonarían de una manera perfecta, pudiera alcanzar esa unión con Dios que él tanto anhelaba.

Por fin Adán pudo llegar a Dios por medio de ese acto de amor con Eva y participar del espíritu de Dios. Por eso es por lo que “hacer el amor” es hacer oración.

Dice san Juan Pablo II: “se ven el uno al otro con toda la paz de la mirada interior que crea la plenitud de la intimidad de personas”. Todos deseamos a alguien que nos ame, nos acepte y nos respete por completo, plenamente, porque eso nos llena, nos eleva y, literal, nos hace experimentar el amor de Dios.

Adán y Eva se reconocieron desnudos y no sintieron vergüenza porque la dimensión interior del corazón de Adán estaba totalmente volteada a Dios. En su alma solo habitaba el amor y no había malicia. Pronto descubrió que el cuerpo de su mujer estaba hecho para recibir como el de él estaba hecho para entregarse.

Eva puede ver en su totalidad el interior de Adán y observar eso, que su corazón estaba totalmente volteado y dirigido hacia Dios.Eva se da cuenta de que participa de todas las perfecciones que hay de Dios y que su único deseo era amarle y llegar a Él por medio de ella, entregándose plenamente.

Ella sabe que él la desea, pero con un deseo puro, santo, lleno de amor y no de lujuria. También reconoce que Adán lo que quiere es expresarle las perfecciones del amor de Dios por medio de su cuerpo.

Con esta explicación podemos darnos cuenta de la dignidad del acto sexual y de por qué el marco del matrimonio que es bendecido por Dios es el único ambiente sagrado e idóneo para llegar a Él por medio de nuestra unión.

Necesitamos ser conscientes de que la unión sexual es muy agradable a Dios porque por medio de ella nos comunica su amor, nos hace partícipes de su espíritu y nos transmite sus gracias para poder sacar adelante la nada fácil tarea que cada uno de nosotros tenemos dentro de nuestros matrimonios.

A ningún otro acto sexual se le puede llamar “hacer el amor” porque amor es Dios y ninguno otro te eleva ni te lleva hacia Él. Ningún otro te dignifica. Es más, cualquier acto sexual fuera de este contexto es desagradable a Dios porque no nos está uniendo a Él, al contrario, nos aleja de participar de la plenitud de su amor.

Todos los seres humanos necesitamos de Dios. Todos estamos creados para recibir. De hecho, en la misa es Jesús -Dios hecho Hombre- quien se entrega a nosotros. Y todos nosotros -hombres y mujeres- hablando de manera espiritual y simbólica somos mujer para recibirle.

Es decir, lo masculino entrega, lo femenino recibe; es por eso por lo que a la Iglesia la llamamos “ella”, en femenino porque es la que recibe.  Es una analogía maravillosa para que entendamos por qué Cristo es el esposo que se entrega a su Iglesia, quien es la esposa que le recibe.

Categorías:Matrimonio, Mundo, Sexo Etiquetas:

El matrimonio como designio del Cielo

pareja-con-hijoHay cosas que puede obstaculizar la buena marcha de un matrimonio, como la falta de comunicación y la ignorancia de qué es el matrimonio y la sexualidad, pero para empezar el primer consejo sería: saquen la televisión de su recámara. El televisor aísla, recorta la comunicación.

Uno de los grandes retos de la familia actual es tratar de comer juntos y tener momentos de conversación. Al menos se ha de procurar hacer una comida al día juntos, ya que vivimos bombardeados por trabajos y entretenimientos que puede quitar estos preciosos momentos del arte de convivir en familia y con los hijos. Hay que planear los temas de conversación (temas actuales, trabajo, estudio, amistades, historia, lecturas, deportes, exámenes, etc.) y saber preguntar a cada uno cómo le fue durante el día e interesarse por los detalles más pequeños.

Es patente que muchas personas ven hoy el matrimonio como un modelo más, e incluso la cuestionan como una concepción arcaica, lo que en realidad es el designio de Dios para la unión del hombre y la mujer. La verdad sobre la familia está inscrita en el corazón humano. La paternidad y la maternidad nos dicen quiénes somos, cada uno y cada una. (cfr. Fernando Ocáriz, Carta 4 VI 2017).

Muchos desconocen que es intrínsecamente mala toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación. (Cfr. CEC 2730).

Es imposible creer en la santidad de la vida humana y a la vez creer en el derecho a la contracepción. Con certeza se ha demostrado que la mentalidad anticonceptiva siempre conduce al aborto. Un matrimonio que usa métodos anticonceptivos no naturales no debe acercarse a comulgar.

Hay matrimonios que viven la abstinencia y otros que usan el método Billings porque tienen un motivo para evitar a los hijos, método que exige cierta disciplina de parte de los dos.

Lo que se pretende es que la pareja sea feliz y se vea con amor, y no que uno al otro se vean como cómplices. Es muy importante orar porque orar es amar.

Afirmar que Dios es Creador es decir que gobierna este mundo, es decir que está presente en la Historia. Si nos quedamos en que Dios ha creado un mundo bonito, nos quedamos en un cuento de hadas. Este mundo no es Disneylandia; hay quienes aspiran a vivir en Disneylandia, entretenidos. Hay quien sólo piensa en divertirse, en pasarla bien, y piensan que estamos en el paraíso terrenal. No estamos para divertirnos. Tenemos un papel en esta historia de pecado. Si quiero Disneylandia y la vida no es así, vivo en una frustración constante. El problema de nuestros contemporáneos es que quieren hacer de este mundo Disneylandia, cuando aquí está pasando algo, estamos llamados a colaborar en esta batalla espiritual, en este campo de trigo y cizaña.

Nuestro futuro está condicionado a que tengamos dos cosas: piedad y doctrina cristiana. Tener piedad consiste en tener prácticas que acercan a Dios, como la Santa Misa, el rezo del Rosario y la oración mental. Tener doctrina es, en resumen, conocer el Catecismo de la Iglesia Católica y los rudimentos de la Teología.

Categorías:Familia, Matrimonio, Mundo

Por qué (y cómo) dar una segunda oportunidad a tu matrimonio

Los milagros existen, pero hay que trabajar para hacer que sucedan

La mala noticia es que el matrimonio perfecto -sin problemas- no existe y que ese cuento que desde niños nos repetían, “y fueron felices para siempre” es solo eso, un cuento. La buena es que, aunque sea imperfecto y existan diferencias, tu matrimonio puede -y debe- ser “un matrimonio feliz”.

Pero, ¿qué es lo que sucede cuando ya te encuentras en una relación donde de manera repetitiva hay conflictos los cuáles cada vez se tornan más severos e intensos? No se saben comunicar porque comienzan hablando serenamente y terminan en ofensas y/o agresiones.

Después viene la reconciliación -muchas veces llena de pasión- y se juran que no vuelven a perder el control, se repiten que se aman y se piden otra oportunidad.

O bien, en una relación tibia donde incluso ya ni discuten y simplemente se ignoran porque hasta hablarse les da pereza. El amor, la pasión y todo eso que alguna vez los unió pareciera que se fue por la ventana y “sienten” que ya no son felices.

Y así se les pueden ir años o la vida entera en una relación “cíclica, tóxica, viciada y vacía” donde probablemente terminarán no como en los cuentos de hadas sino al revés, “fueron infelices” para siempre. ¿De verdad así quieren seguir viviendo su matrimonio? ¡Abran los ojos! Hay algo más allá de todo eso. Hay muchas soluciones y el divorcio no es una de ellas.

Somos novios y queremos estar juntos todo el día. Pasa el tiempo y nos urge casarnos para no despegarnos ni un solo momento. Y cuando ya estamos dentro, nos urge salir porque no somos lo suficientemente maduros para reconciliar nuestras diferencias.

Todos tenemos defectos de carácter, temperamentos muy particulares y enormes áreas de oportunidad y no a los primeros conflictos vamos a terminar con una relación que nos brinda más cosas positivas y de valor que negativas.

Elegimos comprometernos y formar una familia con esa persona de la que alguna vez nos enamoramos y luego elegimos amar de manera libre. Le juramos en el altar -con Dios y la comunidad como testigos- amor hasta que la muerte nos separe, “en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, amarle y respetarle todos los días de nuestras vidas”.

Las segundas oportunidades siempre son válidas y muy valiosas. Vale la pena apostar por nuestro matrimonio. En algún momento tuvimos sueños en común como tener hijos y ser “uno” hasta la muerte.

En el plan de Dios está que nuestro matrimonio se salve. No porque así “deba de ser”, sino porque se trata de que juntos, sin perder personalidad e independencia y soltando cualquier ego, reencontrando esos puntos de unión, volvamos a ver los dos hacia una misma dirección buscando y encontrando un fin común: llegar juntos al cielo siendo uno el medio de santificación del otro.

Para lograr esto se requiere poner de acuerdo a nuestra mente y corazón y no dejarnos llevar por cosas como “es que siento que ya no lo quiero y no me hace feliz”. Necesitamos hacernos responsable del compromiso de vida que tenemos con esa persona a la que desposamos recordando que no nos casamos para que nos hicieran felices (mucho menos infelices), sino para nosotros hacer feliz y santo a alguien más.

Es ser menos egoístas y más altruistas. Es decir, fijarnos en las necesidades de nuestro cónyuge y hacer a diario pequeños actos heroicos que le demuestre lo importante que es para nosotros.

Muchas veces es necesario que el matrimonio toque fondo para que el resurgir sea lo más enriquecedor posible. Cuando en una relación hay discrepancias, esas mismas diferencias hay que utilizarlas para crecer e identificar qué heridas de la infancia hay que sanar y que áreas de oportunidad existen.

Cuando realmente tomamos conciencia de que las actitudes del cónyuge que nos detonan son áreas personales que necesitamos trabajar nos saldremos de nuestro papel de víctimas para hacernos responsables de la parte que nos corresponde. Aquí aplica lo que san Agustín sugería: “Procura adquirir las virtudes que crees que faltan en tus hermanos y ya no verás los defectos, porque no los tendrás tú”.

Este despertar de la conciencia es maravilloso porque realmente nos daremos cuenta de que los únicos responsables de que seamos felices somos cada uno de nosotros.

Esa misma felicidad -la cual es una actitud de vida y una decisión personal- llegará a su plenitud gracias al amor que nosotros le comunicaremos a nuestro cónyuge por medio de nuestro servicio incondicional porque nadie tiene amor más grande que aquel que está al servicio del amor.

¡Claro que vale la pena! ¿Pena? ¡Sí! Porque todo cambio trae consigo un trabajo profundo el cual muchas veces costará mucho esfuerzo y sacrificio. Después y a su tiempo esa “pena” se volverá aprendizaje y gozo.

La relación cambiará y mejorará únicamente cuando sus componentes -ambos cónyuges- tomen el compromiso personal de hacerlo sin esperar a que el otro lo haga. Esto no se dará por arte de magia. Es por eso que hay puntos básicos a tomar en cuenta para que estos cambios sean sustanciales:

Invitar a Dios. Un matrimonio se rescata de rodillas. Es decir, mucha oración. Se necesita de mucha humildad, valentía, fortaleza y caridad sobrenatural para mover la voluntad hacia lo que le conviene a nuestra alma y matrimonio.

Acaba con tus problemas y no con tu matrimonio. Haz conciencia de que la relación no es el problema. El problema eres tú y tu cónyuge, cada uno con sus defectos o heridas internas las cuales son producto de su historia personal. Este es un trabajo individual el cual requiere de mucha humildad y honestidad consigo mismo porque ni tú le vas a cambiar ni tu cónyuge tiene la capacidad de hacerlo. Si no se reconocen las áreas de oportunidad que hay en cada uno y trabajan para sanar las heridas personales y de pareja, difícilmente la relación se salva.

Voluntad. Desear cambiar para crecer como persona y trabajar en ello. Cambias tú y por ende cambia la relación. De nada sirve haber tomado conciencia de que tienes hábitos que ponen en riesgo tu relación si no estás dispuesto a dejarlos. Cuando hay un “para qué”, los “cómo” se manifiestan y los caminos se abren. Aquí es muy importante que no te sueltes de Dios.

Buscar y encontrar apoyo externo. Lo explico con un ejemplo. Una persona codependiente tiene la conciencia de ahogar y controlar a su pareja. Tiene la voluntad de cambiar y de ya no lastimarle con sus chantajes, pero no tiene la menor idea de cómo hacerlo. Es aquí donde entra el apoyo externo. Hay herramientas y personas capacitadas (libros, terapias, sacerdotes, talleres, psicólogos, coaches, etc.) que les brindarán el apoyo necesario para generar estos cambios y que les pueden acompañar en el proceso.

Esperar con calma. Roma no se hizo en un día por lo que la paciencia, la fortaleza y la perseverancia son vitales para que estos cambios se generen. No se cambia de la noche a la mañana. Cuando te comiences a desesperar piensa que todo lo que estás haciendo es para alcanzar sueños maravillosos: ser mejor persona y rescatar lo que parecía irrescatable.

Recompensa. ¿Cuál es tu verdadera motivación para cambiar? La más importante, revivir eso que parecía muerto y rescatar esa familia, ¡tu familia! Por supuesto que tu cónyuge también es un incitante maravilloso. Sin embargo, si solo cambias por darle gusto y no le pones amor y generosidad, esos cambios no serán reales, no echarán raíz y pronto te llegará el cansancio. Otro buen estímulo para generar esos cambios positivos pudiera ser el que vivirás más en paz y en armonía contigo y por ende con todo lo que te rodea. Vale la pena que el mundo conozca la mejor versión de ti. Piensa, ¿cómo te gustaría ser recordado? ¿No te motiva pensar que el día que ya no estés en este mundo puedas dejar huellas y no cicatrices?

Tu matrimonio es tu medio de santificación y tu camino al cielo. ¿Estás siendo tú ese camino para tu cónyuge? Los milagros existen, pero hay que trabajar para hacer que sucedan. Como dice el dicho: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Así que “termina con tus problemas y no con tu matrimonio”.

Claro que el amor todo lo puede y con Dios por delante el éxito está asegurado. Tomando como modelo a la Sagrada Familia, agota todas las herramientas y recursos a tu alcance para hacer de tu matrimonio imperfecto, tu perfecta fuente de felicidad y de paz y convertir tu hogar un lugar luminoso y alegre.

Luz Ivonne Ream, coach Ontológico/Matrimonio/Divorcio Certificado. Especialista Certificado en Recuperación de Duelos. Orientador Matrimonial y Familiar.

Interesarse por Dios, por los demás y por el trabajo bien hecho

repostero-900-494382373-chef-decorating-food-dishTodos queremos ser felices, Aristóteles dice que “la verdadera felicidad consiste en hacer el bien”.

La gente no vale por lo que es ni por lo que sabe, sino por lo que decide. Un ingeniero fue llamado a componer una Computadora compleja y costosísima. Apagó la PC, sacó un destornillador, le dio vueltas a un pequeño tornillo y la PC quedó en perfecto estado. Cobró mil dólares. El dueño le dijo que porqué tanto. Contesto: “diez dólares por venir y apretar el tornillo. 990 dólares por saber qué tornillo apretar”.

Las dos columnas que sostienen la creación son el trabajo y el matrimonio, se puede leer en el libro del Génesis. Para hacer las cosas bien se necesita el amor y la técnica.

A una señora se le planteó tomar un curso sobre novísimos. Dijo:

– ¿Para qué, si ya tengo esposo?

– Los novísimos no tratan del novio sino de lo que viene después: muerte, juicio, cielo, infierno, purgatorio.

Ella entonces aclaró:

– Es que tengo una formación cristiana muy básica.

Cada generación sostiene la historia en sus propias manos. Esta generación tiene toda la generación futura en sus manos. El mundo está lleno de tecnología y hay poca fe. San Juan Dice: Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe (1 Jn 5,4). Estamos entrando a una época de oscuridad sin precedentes. Siempre hay que preguntarnos: ¿Qué tiene que ver esto con la Historia de la salvación?

Quien conoce las verdades de la fe en profundidad tiene más facilidad para hacer oración. Ayer, hoy y siempre, la ignorancia religiosa es el mayor enemigo de Dios. Entre más conocemos a Dios más lo podemos amar y mientras más lo amamos más deseos tenemos de conocerlo y hacerlo conocer.

Alejandro Llano dice que la filosofía se encuentra estrechamente relacionada con la vida espiritual, aunque sólo sea porque ambas tratan de realidades que no se ven (Olor a yerba seca, p. 526). Una vocación facilita y apoya a la otra.

La formación espiritual, la formación apostólica y la formación profesional necesitan el fundamento de la formación doctrinal-religiosa. Es necesario conocer a fondo la doctrina cristiana. La falta de doctrina tiene una gran repercusión. Influye en el modo de tratarse uno mismo y de tratar a los demás, en el trabajo profesional, en el modo de elaborar leyes, en el noviazgo y en la vida matrimonial, en lo que se elige para entretenerse y en el modo de divertirse. Hoy, la gente joven no se sabe divertir. No tienen inventiva, sólo se les ocurre acudir al alcohol, a la droga o practicar deportes extremos. Entonces, hay que ir más lejos en la formación de la inteligencia y en la formación cultural para poder razonar con más conocimiento de causa. Pero para eso hace falta que el alma quiera formarse. Hay que aprender a leer, con sacrificio. Esa continuidad supondrá un gran beneficio.

Chesterton decía: “la desgracia de nuestros contemporáneos no es que no crean en nada, sino que se lo creen todo”. El abandono de la fe no ha llevado a las masas a la razón sino a la superstición, no al ateísmo sino a la idolatría. Sabemos que la ignorancia es el mayor enemigo de la fe y el mayor obstáculo para la Redención. Entonces el mayor servicio que podemos hacer es dar doctrina.

Cada uno es responsable de cómo alimenta su inteligencia. Ilusionarse, estudiar constantemente, pedir consejo sobre libros para tener un plan de formación intelectual y doctrinal. Necesitamos conocimiento para saber hacer bien el trabajo y el apostolado.

Categorías:Matrimonio, Mundo, Opus Dei Etiquetas: ,

“La aventura del matrimonio”

vídeos sobre la vida en familia

 

Sole y Juampi son un joven matrimonio argentino. Estos seis vídeos narran “La aventura del matrimonio”: sus luchas y victorias, peleas y reconciliaciones pueden servir para guiar un curso prematrimonial o para parejas ya casadas.

Los vídeos han sido realizados por Digito identidad.

Peligros del viaje

Los defectos del otro pueden convertirse en un obstáculo para la convivencia. Se pelea por todo. ¿Cómo conocer y superar los peligros del viaje?

Buscando un faro

En el matrimonio, el camino cristiano se recorre en dos. Pero, ¿cómo se hace para meter a Jesús en la propia casa?

El valor de no estar solos

“Estábamos en crisis, para separarnos”. En ese momento, la ayuda de otros matrimonios cristianos puede ser fundamental para no tirar la toalla.

Una aventura para todos

Cuando llegan los niños, la alegría se mezcla con las preocupaciones. El sueldo no llega, el tiempo no llega, la relación cambia…

Vale la pena

“Terminar el día con un abrazo”: es el consejo que dan Sole y Juampi a quienes desean iniciar una aventura que, sin duda, vale la pena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Categorías:Familia, Matrimonio, Mundo, Opus Dei

Cómo salí del infierno en que se había convertido mi matrimonio

web3-couple-hands-praying-rosary-shutterstock_423746332-tiko-aramyan-ai

Un matrimonio no es de 2, sino de 3, y no precisamente Sancho…

 

Todos soñamos que nos suceda como a Cenicienta o como en cualquier cuento de hadas: “y fueron felices para siempre”. Ojalá así fuera la historia de todos los matrimonios. Sin embargo, sabemos que no es así y que en muchos sucede todo lo contrario “y fueron infelices para siempre”. ¡Qué horror! Porque es matrimonio, no martirio.

Pero, ¿qué es lo que sucede en la vida matrimonial para que esta se vuelva un infierno? Se dice que nadie nos enseñó a ser esposos y que no hay un manual para el matrimonio. Efectivamente, nadie nos enseñó a lo primero, quizá los padres con su ejemplo, pero guía como tal sí la hay. Basta con ser obedientes al plan concreto que Dios tiene para el matrimonio y que pocos se interesan por conocer y, peor aún, obedecer.

Cuando no tenemos claro para qué nos casamos ni los fines del matrimonio, este, eventualmente acabará por tornarse un espacio donde ya no queremos estar. Además, como dicen las Sagradas Escrituras, la cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente y cuando elegimos sacar a Dios de la ecuación las pequeñas lluvias que surjan dentro de la relación se tornarán huracanes, como le sucedió a Elina y a su esposo. Ella misma nos cuenta su historia, de lo que fue vivir un matrimonio con Dios y sin Él…:

La mayoría nos casamos pensando que todo será como en las películas y vivieron felices para siempre. Pero la realidad es que no es así.

En un matrimonio llegan las dificultades comunes que se dan en una vida de pareja y en la cual, si no se tiene a Dios en medio, es imposible salir bien librado y vivir felices para siempre. Eso fue lo que me sucedió. Después de la boda dejamos a Dios en el olvido y mi esposo y yo comenzamos a vivir una terrible realidad.

Al inicio todo parecía estar saliendo perfecto. Teníamos un buen trabajo, una casa, autos, viajábamos a placer.  Era una vida que me gustaba y que muchos desearían, pero había algo que no me hacía sentir plena: yo deseaba ser madre y mi esposo no quería tener un hijo, al menos no en ese momento.

A pesar de que nos casamos pasando los 30 años, él aún quería tener una vida más relajada sin hijos y sin la responsabilidad que representan. Sin embargo, después de mucha insistencia finalmente aceptó tener un hijo. Pero cuál fue mi sorpresa al ver que no quedaba embarazada.

Yo en ese entonces busqué a Dios para pedirle un hijo, pero le busqué solo como a alguien que cumplía peticiones, no le conocía realmente. Así pasaron meses y no conseguíamos embarazarnos. Para mí el tener un hijo se volvió una obsesión y mi esposo estaba harto de que cada mes era lo mismo. Nuestra vida íntima se volvió un simple procedimiento para quedar embarazados.

Todo iba empeorando. Mi esposo se comportaba como soltero viviendo en fiestas y parrandas con sus amigos y yo me estaba convirtiendo en la esposa pendenciera que reclamaba, reprochaba e investigaba cada paso que él daba.

La mujer prudente edifica la casa; la necia, con sus manos la destruye. Proverbios 14,1.

Yo fui la mujer necia que contribuyó a destruir su hogar, su matrimonio. Un día sucedió lo inevitable. Llegó la infidelidad y el adulterio. Mi esposo decía estar enamorado de otra persona y quería el divorcio. Para mí fue un golpe terrible que me hundió en una profunda depresión.

Al principio traté de resolverlo con mis fuerzas. Le insistí, le supliqué, lo perseguí para que arregláramos las cosas. Pedí ayuda a mis suegros, a mi cuñada y no había poder humano que lo hiciera cambiar de opinión. Pasé días de angustia y llegué a tener ataques de pánico. Mi mente estaba llena de pensamientos negativos.

A mi esposo, por el contrario, se le veía feliz en su nueva relación y parecía tener éxito en todo. Busqué ayuda con psicólogos, terapeutas y hasta con los llamados PNL, pero nadie pudo sacarme de esa terrible depresión.

Yo venía de una familia católica donde mi madre era muy entregada a Dios. Ella con su ejemplo me llevó a conocer de Dios. Iba con ella cada domingo a Misa. Hasta ese momento yo era una católica tibia que no había tenido un encuentro personal con el Señor.

Como me di cuenta que con la ayuda humana a la que había recurrido no pude conseguir que mi esposo recapacitara, entonces busqué al que en ese momento yo creía era solo alguien para pedir milagros. Fue cuando el Señor -con su amor y misericordia- se aprovechó de mi estado y me hizo un fuerte llamado a luchar por mi matrimonio.

Empezó llevándome a un ministerio que hoy da apoyo a cientos de personas que pasan lo mismo que yo viví. Lo primero que me enseñaron fue a estrechar mi relación personal con Dios, es decir, trabajar en mi auténtica conversión y así luego todo lo demás se daría por añadidura. Entendí que no debía orar por el regreso de mi esposo, sino por la salvación de su alma.

Busquen primero el reino de Dios y su justicia divina y todo lo demás se les dará por añadidura. Mateo 6,33

Así empecé una lucha espiritual por la restauración de mi matrimonio. En este camino me di cuenta de todos los errores que había cometido como esposa y de que había muchas áreas de mi vida que debían cambiar. Tuve que pasar un largo proceso donde el Señor sanó mi corazón y me ayudó a perdonar.

El milagro sucedió al darme un nuevo amor para mi esposo, un amor incondicional, un amor que superaba todo. Fue un proceso difícil donde sufrí confrontaciones, experimenté muchos miedos que me daba terror enfrentar como el no tener hijos, mi edad, y una serie de películas de terror que me hacía en la mente.

Solo el Señor pudo sacarme de ese terrible infierno que estaba viviendo: el Señor cumplió sus promesas. Él me dijo: “no temas”, yo estoy contigo.

No temas, que yo estoy contigo; no desmayes, que yo soy tu Dios. Yo te fortaleceré y vendré en tu ayuda, y con la diestra victoriosa te sostendré. Isaías 41,10

Me aconsejaron soltar a mi esposo, dejar de buscarlo y permitir a Dios que trabajara con él porque Él tenía el poder de traerlo de regreso. Eso fue lo que sucedió. Pasaron meses sin saber de mi esposo. Él estaba viviendo lejos de Dios con otra mujer.

Pero un día los papeles se invirtieron. Mi esposo me buscó. Ya no se veía feliz, no tenía paz y decía que la vida no tenía sentido. Yo, con paz en mi corazón y confiada en el Señor, pude darle apoyo y platicarle lo que el Señor había hecho en mi vida.

El Señor me dio su promesa de restauración en Jeremías 30: Sí; haré que tengas alivio, de tus llagas te curaré – oráculo de Yahvé -. Porque “La Repudiada” te llamaron, “Sión de la que nadie se preocupa”.  Así dice Yahvé: Voy a hacer volver a los cautivos de las tiendas de Jacob, y de sus mansiones me apiadaré; será reedificada la ciudad sobre su montículo de ruinas y el alcázar tal como era será restablecido. Jeremías 30, 17-18

Mi esposo continuó llamándome. Siempre me aclaraba que solo quería ser mi amigo y que no quería que yo confundiera las cosas. Pasaron muchos meses hasta que el Señor lo trajo de vuelta a casa. Doy toda la gloria y honra a Dios porque nuestro matrimonio ha sido restaurado.

Y allí resonarán los cantos de acción de gracias y los gritos de alegría; los multiplicaré y no serán pocos, los honraré y no serán menguados. Jeremías 30,19

El Señor restaura y bendice en todas las áreas de tu vida. También me dio promesa de ser madre y dos años después de que mi esposo volvió quedé embarazada. Antes de que este milagro sucediera mi fe fue probada. Recibí malas noticias en mis intentos de concebir y, aunque reconozco que me quebranté nunca dudé de que Dios lo haría.

Pasé por dos cirugías en mi matriz, pero al final Dios dijo la última palabra. Hoy tenemos un hermoso hijo y el solo mirarlo es recordar cada día que nada es imposible para Dios.

Hermanos: Dios hace posible lo imposible y tú que hoy crees que tu matrimonio está muerto, el Señor puede traerlo a la vida, si tan solo lo sigues y le abres las puertas de tu corazón.

Por Luz Ivonne Ream, coach Ontológico/Matrimonio/Divorcio Certificado, especialista Certificado en Recuperación de Duelos, orientadora matrimonial y familiar.

Categorías:Matrimonio, Mundo, Testimonio Etiquetas: ,