«Estamos todos divorciados»

La familia, en «Lágrimas en la lluvia»

Maternofobia, abnegaciones, adiós al Estado del Bienestar y un aviso: «Estamos todos divorciados»

El debate está servido: ¿están fallando las personas por no cuidar la relación, o existe un deliberado plan destructor?

Actualizado 29 enero 2011

C.L./ReL

«Vemos en nuestro derredor una devastadora acción destructiva que ha situado a la familia en su diana: matrimonios deshechos a velocidad exprés, hogares desbaratados con el menor pretexto o sin pretexto alguno, hijos desparramados y convertidos en carne de psiquiatra, abortos a mansalva, exaltación de nuevas fórmulas combinatorias humanas negadas a la transmisión de la vida, etcétera. ¿Cómo se explica que la institución más valorada por el común de la sociedad sea también la más hostigada?»: ésta fue la cuestión que planteó Juan Manuel de Prada en el arranque del debate sobre la familia que ocupó este viernes el programa de cine y debate que dirige en Intereconomia TV, Lágrimas en la lluvia.

Ilustró el tema la película La familia, de Ettore Scola, film de 1987 interpretado por Vittorio Gassman, y conversaron en torno a la cuestión Mercedes Coloma, bióloga, ex presidenta de la Confederación de Padres de Alumnos (COFAPA) y actual portavoz del Foro Español de la Familia; Pedro-Juan Viladrich, catedrático, autor de la recientemente reeditada Agonía del matrimonio legal y vicepresidente del Grupo Intereconomía; Antonio Arcones, director de la editorial Ciudadela, presidente de la Fundación Burke y ex director de la Universidad Abat Oliba CEU de Barcelona; y Eduardo Hertfelder, presidente del Instituto de Política Familiar, fundado en España en 2000 y con delegación en ocho países.

Ataque legal y destrucción interna

Los contertulios destacaron dos puntos de vista complementarios. por un lado, la crisis de la institución a consecuencia de los fallos internos respecto a su propia naturaleza; por otro, la existencia «un proyecto para destruir la familia por parte de quienes quieren construir una sociedad distinta a la que conocemos, y que en los últimos seis años, aprovechando el caldo de cultivo preexistente, han acelerado el proceso» (Hertfelder).

La familia «es la forma natural en la que se genera el capital social, a saber, los hombres» (Coloma), es «un ámbito donde se crean esos vínculos de coidentidad generacional y de consanguinidad, ajenos al poder político, que molestan a los poderes totalitarios ideológicos» (Viladrich) porque les interesa «la persona aislada, un individuo más débil y sometido porque está más desvinculado» (Arcones). Pues, como apostilló Prada, «el elemento constitutivo de la familia es la tradición, la entrega».

Viladrich insistió en la naturaleza de la relación conyugal, que crea una intimidad superior a la de consanguinidad, y que se basa en crear «lazos de incondicionalidad que consisten en abnegaciones, es decir, abandonar cosas libremente en bien de la unión, que es el mayor bien de la familia». Coloma abundó en esa idea: «El amor no es un capricho, es una cuestión de voluntad, hay que querer querer, y hay que esforzarse por trabajar día a día ese amor».

Durante la presentación del siguiente bloque, María Cárcaba, copresentadora de Lágrimas en la lluvia, lo recalcó: «Las uniones matrimoniales han dejado de fundarse en la entrega recíproca de los cónyuges, para hacerlo en eso que llaman «realización personal», que no es otra cosa sino la satisfacción del propio deseo y sus impulsos… Se rechaza en consecuencia todo vínculo fuerte, toda obligación y esfuerzo de trascender a uno mismo, asumiendo responsabilidades». Y citó unas palabras de Aldous Huxley en Un mundo feliz que parecen escritas para nuestros días: «Dentro de pocos años, las licencias de matrimonio se expedirán como las licencias para perros, con validez para un periodo de doce meses».

O, como apostilló Hertfelder en la línea expuesta también este viernes por el secretario de la Conferencia Episcopal, Juan Antonio Martínez Camino, «es más fácil romper un matrimonio que romper un contrato de telefonía móvil». Y ofreció datos estremecedores: España es, con Bélgica, el país de la Unión Europea con mayor tasa de rupturas, nada menos que un 70%, siete de cada diez matrimonios que se celebran se rompen, gracias a la ley de divorcio más permisiva de Europa.

Es más, Arcones apuntó que, dado que la institución es el vínculo, la mera posibilidad del divorcio impide la existencia del vínculo en sí, e implica que legalmente no existen en realidad ni el matrimonio ni la familia: «Si el vínculo no existe, todos estamos divorciados». Y lamentó que las leyes no permitan contraer una unión indisoluble ni siquiera como alternativa.

Se abrió entonces un interesante debate sobre cuál de los dos elementos que están contribuyendo a la destrucción de la familia (el acoso legal y cultural, por un lado, y la poca formación de los cónyuges en las virtudes necesarias para cuidar su relación, por otro) tienen más importancia relativa.

Hertfelder destacó la importancia de las leyes: «Si las rupturas sucediesen sólo por fallos en la relación, las cifras de divorcio tenderían a estabilizarse. Si crecen, es porque las leyes y el ambiente influyen en favor de la ruptura». Viladrich, por su parte, enumeró una serie de lacras que rompen la intimidad familiar (incomunicación, alcoholismo, drogadicción, interferencia de generaciones anteriores, faltas de respeto, manipulación del otro en el propio beneficio, etc.), para destacar que «los vicios de las personas minan las esperanzas de supervivencia».

El invierno demográfico

Por último, se abordó el problema del invierno demográfico que nos aguarda por la caída de la natalidad. Coloma habló de la «maternofobia» que respiran ciertas actitudes sociales ante la mujer embarazada, Hertfelder dijo que la falta de hijos acabará en la quiebra del Estado del Bienestar porque habrá más ancianos que jóvenes, y Arcones matizó que incluso eso podrá ser bueno: «Así el Estado dejará de sangrar los recursos de las familias para proceder a una redistribución que nunca será la natural, sino la que interese al poder».

Juan Manuel de Prada hizo dos apostillas finales: una, que hoy día no se tienen hijos «porque se ha perdido el sentido de la santidad de la vida» y, sobre todo, porque «cuando las personas dejan de creer en el Autor de la vida, dejan de dar vida: el invierno demográfico tiene que ver sobre todo con el invierno de Dios en nuestra vida».

Prada y Cárcaba anunciaron para la próxima semana un debate sobre la Leyenda Negra antiespañola.

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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