Dedicó su vida a cuidar y alimentar a los asesinos de su marido

Está abierto su proceso de beatificación

La murciana María Séiquer dedicó su vida a cuidar y alimentar a los asesinos de su marido

Se consagró a Dios y perdonó a los hombres que mataron a su esposo durante la Guerra Civil.

Actualizado 3 enero 2011

José Antonio Méndez/Alfa y Omega

¿Perdonaría usted a los asesinos de su cónyuge? Más aún: ¿cuidaría a las mujeres de esos asesinos? ¿Alimentaría a sus hijos? ¿Callaría ante los autores del expolio de su casa, mientras disfrutan de los muebles que le robaron? Pues eso es lo que hizo doña María Séiquer Gayá, una murciana que se consagró a Dios, tras el asesinato de su marido en la Guerra Civil: fundó las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado y cuidó de las familias de aquellos que fusilaron a su esposo sólo por ser católico

Si su historia fuese llevada al cine, la tacharían de increíble. Porque, en verdad, cuesta creer que una mujer no sólo no guarde rencor a los asesinos de su marido, sino que dedique el resto de su vida a cuidar, alimentar y educar a los más pobres, y a las familias de quienes fusilaron a su esposo. Sin embargo, así fue la vida de María Séiquer Gayá, una murciana que, tras sufrir la pérdida de su marido en un paseo de la Guerra Civil, se consagró a Dios y fundó la Congregación de las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado, desde la que cuidó a los artífices de su desgracia.

Su vida había sido la de una joven como cualquier otra: aficionada a montar a caballo, de familia cristiana y casada con un otorrino, don Ángel Romero, conocido entre sus vecinos por su honradez y su predisposición a ayudar a los demás. Y entonces estalló la guerra.

Cuando, en mayo de 1931, los republicanos empezaron a incendiar conventos e iglesias (con sus curas y monjas dentro), don Ángel decidió entrar en política: «Hay que defender la religión», decía. Pero, tras el levantamiento del 18 de julio, su pertenencia a la CEDA y su fe católica fueron cargos suficientes para ser encarcelado y fusilado.

Nunca he estado tan cerca de Él

Durante su estancia en la cárcel, su esposa sólo pudo visitarle dos veces, para no ser víctima de las iras de los milicianos que campaban por las calles. La última de esas visitas fue en la víspera de su muerte. Aquel día, don Ángel dijo a su esposa: «Creen que nos sacrifican, y no ven que nos glorifican. Nunca he estado tan cerca de Jesús como al ver que me tratan como a Él». Y ella, después de confortar junto a su marido a otros presos desesperados, le confesó: «Si no me matan a mí también, te prometo ingresar en el convento».

Efectivamente, tras la muerte de su marido y un periplo para huir de Murcia, se consagró a Dios. Lo que no podía imaginar María Séiquer es que no entraría en un convento, sino que, terminada la Guerra y de regreso a Murcia, levantaría uno en el que había sido su domicilio conyugal, y que ésa sería la primera casa de las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado.

Salvar la vida a los asesinos

Las dificultades para fundar la nueva Congregación fueron muchas, pero el mayor obstáculo fue el rencor y el miedo de sus vecinos. Algunas mujeres de la época recorrían las cárceles para denunciar a los asesinos de sus maridos e hijos. María, sin embargo, optó por el camino del perdón: «Perdono a todos mis enemigos, te pido por ellos y avivo el deseo de perdonar a todos los que me hicieron mal», dejó escrito.

Desde la congregación, se ocupó de educar niños, alimentar a los pobres y visitar a los ancianos y enfermos de los pueblos cercanos. Y como entre ellos estaban los asesinos de su marido, envió a sus monjas a anunciar que en el convento se asistía a todos y nadie sería denunciado al ir a pedir ayuda.

En el pueblo de Santo Ángel, por ejemplo, «casi todas las familias eran cómplices de la muerte de Ángel; la casa la destrozaron y se llevaron los muebles», pero ése fue su pueblo preferido para evangelizar.

Aunque se negaba a dar publicidad a estos episodios, numerosos testigos dieron su testimonio para la Causa de beatificación, que está en proceso de estudio. Por ellos se sabe que atendió, hasta su muerte, a una de las mujeres que denunció a su marido; que veía sus muebles en las casas de algunos enfermos y jamás los reclamó; que cuidó a los hijos del miliciano que arrastró por las calles el cadáver de don Ángel, sabiendo quiénes eran; y que se presentaba con frecuencia ante el Juzgado para exigir que no se tramitasen los sumarios de los asesinos que habían sido capturados, hasta que logró salvarlos de ser ejecutados.

En sus escritos y oraciones está el secreto de esta vida increíble, que llevó a la Congregación a extenderse por España y América: «Sólo he hecho lo que me enseñó Cristo: Perdónalos, porque no saben lo que hacen».

La guerra y san Josemaría Escrivá (I)

lunes, 03 de enero de 2011
Roland Joffé


ZENIT.org (Entrevista de Jesús Colina)

El mundo del cine y el mundo católico están impacientes por ver la película que presentará en la primavera de 2011 el director de cine Roland Joffé, There Be Dragons («Encontrarás dragones»), en la que tiene un papel protagonista san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.

Se trata de un drama épico, escrito y dirigido por el cineasta británico, conocido por filmes como La misión y Los gritos del silencio, ambientado en la guerra civil española, en el que afronta cuestiones como la santidad y la traición, el amor y el odio, el perdón y la violencia, así como la búsqueda del sentido de la vida.

La trama entremezcla las historias de soldados revolucionarios, un periodista, su padre y el mismo san Josemaría, llamado el santo de la vida ordinaria, a quien éste conoce en el seminario.

Al inicio del año 2011, en el que se celebrarán los 75 años del estallido de la guerra civil española, Roland Joffé ha querido compartir con los lectores de ZENIT las convicciones que compartirá con quien vea esta película

¿A qué alude el título de la película «There Be Dragons»?

Los mapas medievales calificaban los territorios desconocidos con las palabras Hic sunt dragones, aquí hay dragones. Cuando comencé a investigar sobre el tema y a escribir el guión, dado que realmente no sabía lo que me esperaba ni cómo acabaría, Encontrarás dragones me pareció un título apropiado. Era como si me saliera de mi mapa y me adentrara en un territorio inexplorado al tocar temas como qué es la santidad, temas de religión y de política del siglo XX, el pasado de otro país.

Me había golpeado la afirmación de Josemaría: a Dios se le encuentra en «la vida ordinaria», y esa vida ordinaria, en su caso, fue la guerra civil española. Me pregunté: ¿cómo es posible encontrar lo divino en la guerra? Pero la misma pregunta puede hacerse sobre todos los desafíos fundamentales de la vida, y sobre la manera en que los afrontamos: cómo respondemos al odio y al rechazo, o al deseo de venganza y justicia. Todos estos dilemas aumentan en tiempo de guerra.

Estos dilemas son, en cierto sentido, los «dragones» de la película, momentos de inflexión en nuestras vidas en los que afrontamos opciones decisivas. Opciones que afectarán a nuestro futuro. Encontrarás dragones habla de las diferentes opciones que asume la gente en esos momentos de inflexión —tentaciones, si usted quiere— y de lo difícil que es —y necesario— huir de los ciclos de odio, resentimiento y violencia.

La película tiene lugar en el contexto de la guerra civil española, que en cierto sentido es el paradigma de la violencia que genera violencia, la violencia sin sentido. En este escenario de violencia fratricida, ¿hay espacio a la esperanza?

Sí, pero es sumamente difícil. Entre las personas hay demasiados hechos abominables, horrendos, que parecen imposibles de perdonar, de rescatar, imposibles de superar. ¡Pero el perdón es posible! Los ciclos de violencia pueden detenerse, como lo demostró el presidente Nelson Mandela en Sudáfrica. El perdón ha sido posible para muchos héroes en Ruanda, y ha sido ofrecido y aceptado por muchos valerosos palestinos e israelíes.

Josemaría aseguró que las personas normales son capaces de ser santas, y creo que se refería a esta clase de perdón heroico. La inagotable posibilidad de perdonar deja espacio a la esperanza. Pero el precio es alto: exige un profundo sentido de lo que es plenamente humano, un profundo sentido de compasión, y una resolución firme, y sí, heroica, para no quedar atrapado por los odios imperantes, sino luchar contra ellos con un amor inquebrantable.

Buena parte de la trama de la película se desarrolla durante la guerra civil española, pero se despliega entre ese telón de fondo y el año 1982. Hay muchas generaciones involucradas en esta historia: el pasado proyecta una sombra sobre el presente.

Lo que las une es Robert, un periodista a quien se le ha pedido que haga una investigación sobre Josemaría Escrivá en tiempos de su beatificación. Poco a poco descubre que su padre, Manolo, fue en la infancia amigo de Josemaría, y que estuvo en el seminario con él, aunque luego sus vidas tomaron caminos totalmente diferentes.

Robert y Manolo se han alejado, pero la película les une según va revelando la terrible verdad sobre el pasado. Por tanto, es también la historia de un padre y un hijo, y la historia de la verdad que necesitan afrontar para superar lo que les separa. Es sobre todo una película sobre el amor, sobre la fuerza de su presencia y sobre el árido y aterrador mundo en el que vivimos con su ausencia.

Las guerras civiles son mucho más atroces porque enfrentan a hermano contra hermano, familia contra familia. Al final de la guerra civil española, se contaba medio millón de muertos. Una guerra civil es una poderosa metáfora de una familia.

Al igual que en las guerras civiles, los miembros de la familia toman partido y se desgarran; los antiguos resentimientos se convierten en manantiales de odio. No le perdonamos a nuestra tía lo que ha hecho, no nos hablamos con nuestro padre porque dejó a nuestra madre, no nos hablamos con nuestra madre porque se fue con otro, o no nos hablamos con nuestro hijo porque escogió una profesión diferente de la que esperábamos. Estas son las guerras civiles de nuestra vida ordinaria. Encontrarás dragones habla de estos dos tipos de guerra civil.

Fundamentalmente, todos tenemos que optar entre dejarnos vencer por nuestros resentimientos o encontrar la manera de conquistarlos. Puede verse la vida como una serie de injusticias, de rechazos y heridas, o como una serie de oportunidades, de ocasiones, para vencer a esos dragones a través del poderoso deseo de sustituir el odio por el amor y la unidad. Muchos albergan en su interior ese amor para tomar esta heroica opción. Se dan cuenta de que pueden tomar la opción de ser libres. Tienen la fuerza de carácter para comprender que el odio es una prisión.

Nadie que odia puede ser libre. ¿No hemos visto acaso tantos ejemplos de esto en los años transcurridos desde la primera guerra mundial? Por otro lado, cuando las personas optan por el amor, el observador imparcial puede ver en ellas el sentimiento de libertad, de compasión, de generosidad.

Al final, todos nos encontramos ante estas opciones. Incluso a Robert, el agnóstico y el materialista, se le pide que elija entre el amor y el odio, que en cierto sentido se enfrente al mundo con amor, o como dice Aline, que «se enfrente a Dios con el amor».

Para mí la película habla de esto. El perdón deshiela lo que ha quedado congelado. Toca lo humano en el interior de quien ha sido perdonado, así como toca lo humano en el interior de quien perdona. El amor no siempre es fácil, no puede serlo. No puede proceder de una actitud de superioridad, sólo puede proceder de una actitud de humildad y de humanidad.

Y, sin embargo, su belleza es poderosa. Dice: «Sí, sal de ti mismo. ¿Crees que no puedes perdonar?». Pues bien, no sabrás si puedes perdonar hasta que no perdones. Y, ¿cómo puedes perdonar? Para perdonar necesitas identificarte con el otro.

Perdonas poniéndote en la piel del otro. Debes dejar de demonizarlo, no puedes decir «Soy mejor que él, yo nunca podría hacer eso». Por el contrario, tienes que mirar a la persona y decirte: «podría ser yo». Por tanto, sí, hay espacio a la esperanza, incluso en las circunstancias más dolorosas, trágicas y terribles, donde la esperanza parece imposible.

¿La película se dirige a creyentes o a no creyentes?

Encontrarás dragones se toma la fe en serio; se toma la santidad en serio. Pero su interés va mucho más allá de un público religioso. Su pregunta presupone una separación que, en realidad, es falsa. Todos vivimos en un mundo perturbado, todos tenemos que afrontar el dolor y la alegría de la vida ordinaria, y aunque recurramos a diferentes interpretaciones de la realidad sobre esta experiencia, al final todos moramos en el mismo mundo desgarrado y perturbado.

Es una película sobre creyentes y no creyentes. Quedé profundamente impresionado por la convicción de Josemaría de que todos somos santos en potencia, por su fe en que cada quien es en última instancia capaz de acabar con sus propios dragones. Espero que la gente que vea la película lo descubra en sus propias luchas con sus dragones y que comprenda que ningún santo ha llegado a serlo sin haber luchado.

La película también habla de muchas formas de amor. El amor de Ildiko por Oriol es una forma particular de amor. Su amor apasionado por edificar un mundo mejor es otra forma de amor. El amor de Manolo por Ildiko es también otra forma de amor, aunque esté atado por los celos y el resentimiento. El amor que anhela Manolo y que acaba recibiendo es también otra forma particular de amor.

Estos diferentes tipos de amor se unen como en una tela de araña, formada por hilos individuales: cada hilo parece estar separado, pero luego la realización de la tela muestra que todos ellos forman parte de un conjunto más grande, que están unidos a la misma realidad, orientada hacia el mismo punto, hacia el mismo centro.

Al final, todos estos hilos diferentes de amor, que parecen tan diferentes, convergen en un punto fundamental: «¿Este amor es más grande que el amor propio?». Esta es una pregunta importante. Y a ella se dedicó buena parte de la política de los inicios del siglo XX.

De todos modos, plantea otra cuestión de una gran complejidad. Si este amor apasionado se basa en un ideal, o en una idealización, si consiste en la aceptación de un solo modelo de comportamiento humano, ¿cómo puede evitar caer en el fanatismo o la demonización? Desde tiempos de la Ilustración, esta ha sido una cuestión fundamental. En nombre del amor de un bien más grande, cuántos actos inhumanos se han cometido.

Me parece que sólo si se comprende la trágica falibilidad de todos los seres humanos y de todos los comportamientos humanos podemos encontrar la senda del entendimiento y de esa profunda empatía, ese sentido de identificación con el otro, que libera de la demonización y de las espirales de violencia sin esperanza.

No se trata de una película católica, sino que trata de un tema clave en la teología cristiana y en todas las iglesias cristianas, así como en muchas otras religiones. Todas las religiones comprenden que los seres humanos, en sus relaciones unos con otros, toman opciones divinas, opciones que afectan profundamente a la vida de los demás y al mundo que les rodea. Esta interconexión constituye el fundamento del amor: lo que hacemos a favor o en contra de los demás nos afecta a nosotros y a ellos porque todos estamos unidos los unos a los otros.

¿Hasta qué punto su personaje de Josemaría Escrivá, que hoy es un santo de la Iglesia católica, se basa en hechos o es un producto ficción?

De todos los personajes de la película, Josemaría es el único que ha existido históricamente, el único sobre el que abundan testimonios y pruebas. Creo que la representación de Josemaría que ofrecemos de su sensibilidad, su sentido del humor, que indudablemente tenía, surge de los acontecimientos de su vida y es en realidad muy cercana a lo que fue él en realidad.

He querido encontrar un punto de vista honesto al trazar su perfil, y tomar su fe en serio, como él lo hizo. Supongo que en el caso de los santos es algo típico ver en ellos, en extraña oposición con la pecadora de corazón de oro, a hombres con corazón de plomo; pero esto no es más que un cómodo convencionalismo. De hecho, la historia de Josemaría es la de un hombre que logra el éxito extraordinario de simplificar su vida en torno a un amor a Dios auténtico y poderoso. Este amor a Dios se convierte en un principio organizador que le da forma, así como una especie de sencillez y fuerza.

Pero esto no hace que sea aburrido o soso, pues este amor se dio en el mundo real, y el fruto de esta existencia en el mundo real, y con frecuencia cruel, es en todo hombre honesto la duda. Dudar de Dios y dudar de la bondad. Esta duda es sumamente fecunda. El amor no es algo caído del cielo, como algo sine qua non. Hay que luchar por él. Es lo que, como seres humanos, debemos llevar a la mesa.

Tenemos que encontrar este amor profundo en nosotros mismos, comprendiendo la belleza escondida de nuestra fragilidad y de la fragilidad de los demás. En un sentido profundo que ilustra, me parece, la historia de Cristo. Si somos creyentes, tenemos que seguir buscando ese amor profundo en nosotros mismos y ofrecerlo a Dios y a su creación. Si no somos creyentes, tenemos que seguir buscándolo y ofreciéndolo a los demás, sin tener en cuenta su política, raza o religión.



Historias sorprendentes de Nochebuena

En Navidad suceden las cosas más extrañas

25 de diciembre, el mejor día del año para que sucedan los milagros.

Actualizado 29 diciembre 2010

José Antonio Fúster/Alba

En una iglesia vacía cerca del Círculo Polar Ártico, el cura vio a decenas de almas del Purgatorio sentadas en los bancos y sólo una de ellas habló y dijo: “En Navidad suceden las cosas más extrañas”. Así sucedió y es solo una historia más de las muchas e increíbles que por algún motivo ocurren en las horas de la Nochebuena a la Navidad, cuando celebramos que hace miles de años tuvo lugar la cosa más extraordinaria de todas las que han pasado.

Las cosas más extrañas

Tañó doce veces la campana de la iglesia en la colina de San Clodoaldo, a orillas del Sena, a menos de una legua de París. Llevaba días nevando sobre los cuerpos semienterrados de los soldados franceses y prusianos muertos en el asedio que había comenzado el 19 de septiembre. Pero aquella noche del 24 de diciembre de 1870 no nevaba. El cielo negro y una luna nueva cubrían y helaban Suresnes. En cruel paradoja, el frío obligaba a los dos ejércitos a luchar si querían sobrevivir en aquel durísimo invierno en el que no solo morían los soldados de Napoleón III, sino el Segundo Imperio francés. La guerra, que había comenzado a propósito de unas querellas estériles sobre la posesión del vacante trono del molesto Reino de España, ponía a prusianos y franceses frente a frente y de estos rencores nacerían más tarde dos guerras mundiales… Pero en aquella noche fría, los hombres no sabían de rencores, sino de moverse para no morir; cargando, disparando y recargando sus rifles de cartuchos de papel mientras los cañones Krupp batían la línea francesa de trincheras.

En todo ese infierno helado, un pintor de reyes y concubinas se apoyaba en la dura tierra de su trinchera: el gran Henri Regnault, un hombre de apenas 27 años, Premio Roma de pintura; un enamorado de España. El artista, movilizado para la defensa de París, clavó su rifle chassepot en la nieve y sobre el retumbar de la salvas escuchó las doce campanadas de San Clodoaldo.

Cristianos, es medianoche

El soldado que estaba a su derecha, un voluntario, un sufragista, se quitó su arma de la cara y gritó: “¡Compañero. Son las doce. Es Navidad!”. Regnault, el que pintó la sangre como nadie antes en su cuadro Ejecución sin juicio por los reyes moros de Granada, se levantó, salió de la trinchera, puso un pie en un saco terrero, se descubrió y cantó uno de los más hermosos villancicos jamás compuesto: el Canto de Navidad, música de Adolphe Adam para el poema “Cristianos, es medianoche” de Placide Cappeau, estrenado en la misa del gallo de 1847 y célebre en toda Francia aquella Nochebuena de 1870.

Henri Regnault, a pecho descubierto y con su voz alta y educada, fue acallando las balas a las que sucumbirá 26 días después, en la batalla-carnicería de Buzenval.

Medianoche, cristianos.
Es la hora solemne,
En la que el Dios hecho hombre
descendió entre nosotros…

Cesaron los tiros y los cañonazos. Los alemanes, parapetados, escucharon. Durante cinco minutos, todo se detuvo.

¡Gente, en pie!
Cantad vuestra liberación.
Navidad, Navidad.
El Redentor ha llegado.

Regnault vuelve a ponerse el sombrero y va regresando a la trinchera cuando de las filas alemanas se alza una voz que canta el villancico basado en el poema del austriaco Mohr y en la música de su compatriota Franz Gruber.

Noche de paz, noche de amor,
Todo duerme en derredor…

Escuchan los franceses. Todos los prusianos lo cantan como un solo ejército. Al terminar la última estrofa: Jesús, el Salvador, ha nacido, los alemanes callan. Durante un minuto, medianoche, cristianos, todo duerme en derredor… Hasta que un cañón eructa en la distancia y las balas vuelven a destrozar el aire.

Más de cien años después de la canción de Regnault, también fue Nochebuena en la Tierra, incluso en la que no querría que lo fuera, como en Cuba. Allí, a principios de los 90, en la cárcel de mujeres cerca de Guanabacoa, y según el relato legado por una exiliada del terror, las internas trabajaron durante semanas para montar un belén viviente tras conseguir la autorización para escenificar el nacimiento, cantar villancicos y nada más. Ni una palabra más. Entre las presas todo estaba claro… Disciplina, orden y no dar una excusa para que el privilegio fuera revocado.

La Virgen de azul de metileno

Tiñeron telas y pañuelos con violeta de genciana, fabricaron camellos con palos de escoba y almohadas y hasta hubo superabundancia de ovejas de tantas presas como quisieron actuar… Durante aquellos días, el coro había ensayado en el patio, al abrigo de los guardas. Las sábanas teñidas del mismo malva que dominaba aquel belén servían para cualquier cosa: desde el telón hasta para rematar las colchonetas y las banquetas de plástico que serían las paredes del pesebre… Las estrellas eran de papel de estaño de las cajetillas y se cuenta que el ángel, por sobrenatural, tenía la orden de no enseñar demasiado las alas a las nerviosas guardesas de la prisión.

Los actores principales estaban elegidos: la negra Marcela era Baltasar con la sábana coloreada de amarillo bijol. Elisita era la Virgen con la túnica teñida de azul de metileno. Elena, de rojo mercurio cromo, sería Melchor. La niña Magda (verde de azul de metileno mezclado con bijol) solo podía ser Gaspar. Lo único que no sabían era quién o qué iba a ser el niño Jesús. Únicamente Paula, la presa al mando del retablillo, guardaba celosa la sorpresa.

El salón de la cárcel se abarrotó. Todas querían ver aquel esfuerzo. Se corrieron las cortinas de violeta de genciana y hubo un silencio absoluto. Durante un minuto, nada ocurrió. Entonces, Paula hizo una señal y el coro cantó un villancico. Justo después, Elisita, la Virgen, se puso de parto silencioso, sin un quejido. Todas las presas, todo el retablo, aguardaban el nacimiento de Jesús. ¿Qué sería? ¿Quién colocaría entre pajas un trozo de plástico modelado como un muñeco? Pero eso no fue lo que ocurrió.

Entre bambalinas, a una orden de Paula, Laura encendió una luz, la más brillante de todas, que alumbró la cuna. Entonces alguien gritó sin permiso: “¡Ha nacido la luz del mundo!” y todas las presas, las del belén y las del público, se pusieron a llorar… Las guardesas entraron y rodearon el teatro. El coro cantó su último villancico y al acabar hubo un silencio estremecedor que duró unos segundos hasta que entre los aplausos comenzaron los vivas a Cristo Rey. Las guardesas se agitaron, inquietas, pero se helaron cuando de entre las internas se elevó una voz que rezó: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…”. Todas las presas, todas, se abrazaron a la oración prohibida ante la mirada estupefacta de las funcionarias, que nada se atrevieron a hacer.

Otro episodio de superación ocurrió en la terrible prisión castrista de Guanajay. Allí era costumbre clandestina que los presos celebraran la Nochebuena con un belén fabricado en precario con los más impensables recursos, como la pasta de macarrón, y los molinos tenían aspas construidas con cartón y latas. Incluso tenían la humanidad de darse regalos: una postal pintada a mano, un trozo de espejo, un pedazo de lápiz… Pero los comunistas castristas perseguían la actividad religiosa en las cárceles y destruyeron el belén… que fue reconstruido no solo por los católicos de Guanajay, sino por ateos y masones.

Almas en los bancos

Hay una historia más lejana pero también, de alguna manera, española. Ocurrió en una parroquia de Alaska y así quedó escrita gracias al sacerdote jesuita leonés Segundo Llorente Villa, el misionero del Círculo Polar Ártico. El padre Llorente transcribió el testimonio de otro cura del que no sabemos el nombre, pero que el jesuita y luego congresista de los Estados Unidos dejó escrito que fue siempre un modelo de educación… y de cordura. Quizá fuera él mismo. Lo que aquel cura contó fue que al terminar la misa del gallo, cerró las puertas de la iglesia y se fue a dormir unas pocas horas. El despertador lo puso a las siete de la mañana para que le diera tiempo a recogerse una hora en la iglesia, él solo con Dios. Se levantó, se vistió y pasó por la sacristía. Allí apretó el interruptor que daba luz a la nave, abrió la puerta que comunicaba la sacristía con el altar y se quedó clavado, congelado en Alaska. Los bancos de la iglesia estaban llenos de gente, hombres y mujeres, ni un solo niño, que en completo silencio, sentados con decoro y sobriedad, miraban en dirección al sagrario. Cuando recuperó la voz, el sacerdote preguntó con voz trémula que quiénes eran y cómo habían entrado. Ninguna de aquellas personas se molestó en mirarle, ni siquiera cuando pasó junto a un grupo que en el mismo silencio sepulcral contemplaba el belén junto al sagrario. El sacerdote repitió: “¿Quiénes son?, ¿qué quieren?, ¿quién les ha dejado entrar?”. Solo entonces una mujer que estaba cerca de él dijo: “En Navidad pueden ocurrir las más extrañas cosas”. El sacerdote fue a la puerta y la encontró cerrada por dentro con la única llave que tenía en su bolsillo. Decidido a encontrar una respuesta, volvió para encararse con aquellos extraños, pero ya no había nadie.

Después de muchos años y meditaciones, esos padres jesuitas concluyeron que aquellos penitentes de esa parroquia en Alaska no se habían marchado, sino que eran almas del Purgatorio que seguían allí, que no eran visibles, pero que por alguna razón debían estar frente al sagrario y por alguna muy buena razón, quizá para que se contara, se dejaron ver por Navidad.

El pudin y la trinchera

Tampoco el soldado inglés Frederick Heath, en el frente de batalla de la Primera Guerra Mundial, veía mucho desde la posición en la que estaba de guardia. Según escribió en un carta a su familia: “Las sombras fantasmagóricas se habían adueñado de las trincheras en aquella Nochebuena que se había cerrado pronto”. Heath escribe que su única preocupación en aquel momento era el frío, con su abrigo cuarteado y las manos llenas de escarcha. Afuera solo se oía el bramido lejano de los cañones franceses que castigaban a los alemanes en otro sector.

Salvo ese rumor, el silencio de la noche solo lo rompía la orden de algún oficial o el sonido de las carreras de los enlaces que se movían a toda prisa de puesto a puesto. En un momento, la luz de una bengala iluminó una posición alemana. Heath se frotó los ojos, que ya se habían acostumbrado a la oscuridad. A diez metros de aquella bengala, se encendió otra, y a diez metros, otra, y a diez metros, otra… A la misma velocidad que los alemanes encendían bengalas, los gritos de alerta de los centinelas ingleses recorrían la trinchera. ¿Qué querían hacer los alemanes? Alerta.

El soldado Heath gritó las órdenes como el resto y apuntó con la mirilla de su fusil en dirección a las líneas alemanas. El frente se había iluminado como una verbena de Tipperary.

De repente, una voz alemana gritó: “¡Soldado inglés, soldado inglés! ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Navidad!”. Heath se sobresaltó y corrió el cerrojo de su fusil. Aquella voz animada estaba muy cerca. Entonces, el teutón volvió a gritar: “¡Soldado inglés!, ¡sal fuera! ¡Ven con nosotros!”. Los oficiales británicos ordenaron aguantar en la posición en completo silencio. La palabra “trampa” y “emboscada” corrió en un susurro a lo largo de las trincheras. Nadie dormía esperando el ataque.
Los ingleses cargaron sus fusiles mientras los alemanes gritaban y cantaban villancicos… Entre el humo del magnesio de las bengalas se vio a los alemanes levantarse de sus parapetos y salir a tierra de nadie. El soldado Heath recuerda que aunque el enemigo alemán era como una bandada de patos de feria, indefenso, agrupado e iluminado por sus propias bengalas, ni un solo inglés disparó. Los alemanes llegaron hasta la mitad del camino y rogaron a los ingleses que salieran. Los ingleses se miraban unos a otros, perplejos, expectantes… disciplinados.

Entonces, un oficial y dos soldados salieron de las trincheras británicas y fueron al encuentro de los alemanes. Tras el primer saludo, todos los ingleses salieron de sus agujeros. Los soldados cambiaron cigarrillos y hasta las abotonaduras de los abrigos: una corona real plateada a cambio de las doradas armas imperiales. Pero el regalo más apreciado, recuerda Heath, fue el pudin inglés de Navidad que los hambrientos alemanes devoraron primero con la mirada, y que luego, al probarlo, “les convirtió en amigos nuestros para siempre… Y tengo para mí que si hubiéramos tenido suficientes púdines, la Brigada 158 de Westfalia en pleno se habría rendido allí mismo de buen grado”.

La noche pasó entre risas, pasteles, cigarrillos y villancicos y cada uno volvió a su trinchera al salir el sol. Durante el resto del día de Navidad no hubo un solo disparo en aquel sector y sí protestas de amistad eterna. Y por la noche, ya el día 26 de diciembre de 1914, los ingleses dispararon a mansalva mientras los alemanes respondían con igual fiereza.

Hasta ahí el relato que el soldado Frederick Heath hace de aquella tregua jamás declarada. Años después, un grupo de historiadores quiso recuperar las cartas que los soldados escribieron aquel día a sus familias y conocieron que la tregua de Navidad jamás declarada por Estado Mayor alguno (pero sí muy rezada por el papa Benedicto XV, que había rogado a los contendientes que callaran las armas mientras los ángeles cantaban), había sido general. Una cosa extraña en el frente occidental de la guerra.

El Papa se hace presente en Madrid

Misa de la Sagrada Familia en la Plaza de Colón

El Papa se hace presente en Madrid y pide celebrar «con gozo el valor del matrimonio y la familia»

En un saludo en conexión con el Vaticano, Benedicto XVI consolida a Madrid como la capital europea de la familia.

Actualizado 2 enero 2011

Gilebrto Pérez

Miles de personas se dieron cita en la Plaza de Colón y sus alrededores para participar en la Misa de la Sagrada Familia en la que el Papa Benedicto XVI, en conexión desde el Vaticano, alentó a las familias a ser «auténticos santuarios de fidelidad, respeto y comprensión» y a vivir con renovado entusiasmo la vocación cristiana en el seno del hogar, «como genuinos servidores del amor que acoge, acompaña y defiende la vida».

A la asamblea reunida bajo el lema «La familia cristiana. Esperanza para Europa», el Ponntífice, en conexión con la Plaza de San Pedro a la hora del Ángelus, envió un caluroso saludo en el que pidió celebrar «con gozo el valor del matrimonio y la familia».

Benedicto XVI pidió a los asistentes «ser fuertes en el amor y contemplar con humildad el misterio de la Navidad, que continúa hablando al corazón y se convierte en escuela de vida familiar y fraterna».

En su intervención, seguida con atención por los participantes en el acto, el Papa dijo que  «la mirada maternal de la Virgen, la amorosa protección de San José y la dulce presencia del Niño Jesús son una imagen nítida de lo que ha de ser cada una de las familias cristianas, auténticos santuarios de fidelidad, respeto y comprensión, en los que también se trasmite la fe, se fortalece la esperanza y se enardece la caridad».

Asimismo Benedicto XVI pidió a las familias que hagan de sus casas «un verdadero semillero de virtudes y un espacio sereno y luminoso de confianza» donde se pueda discernir la llamada del Señor.

Defender con «coraje» a la familia

Minutos antes de la Eucaristía, obispos europeos animaron  a las familias a tener «coraje» frente a todo aquello que las «destruye» y defendieron el amor entre hombre y mujer para que, por medio del sacramento del matrimonio, transmitan la vida y la fe.

El arzobispo de Avignon (Francia), monseñor Jean Pierre Cattenoz, instó a enfrentarse a la «cultura de la muerte» y a tener el «coraje de decir no a lo que ataca y desfigura la familia».