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Archive for the ‘Historia’ Category

Alfonso XIV en el Nueva York

de ‘Las hijas del capitán’

Alfonso de Borbón y Battenberg junto a su primera mujer, Edelmira Sampedro, en una foto tomada el 4 de julio de 1934 en París.

Del viaje a EEUU para preparar su nueva novela, la escritora María Dueñas regresa cautivada por la mujer cubana en la que ella buscaba las claves del primogénito de Alfonso XIII, el hermano mayor de Don Juan que un tiempo halló refugio, hasta la extremaunción, en el corazón de Nueva York

Allí, Edelmira, la cubana que pudo cambiar la historia de España, y quien nació para ser Alfonso XIV, frecuentaron la diáspora española de la que nace el libro ‘Las hijas del capitán’

Entré en la Merrick Library de la Universidad de Miami con mi colega Gema Pérez-Sánchez, profesora madrileña del departamento de Español y Portugués. Una vez registrada como investigadora visitante, nos dirigimos al recinto de la Cuban Heritage Collection y saludamos en voz queda a los eficaces bibliotecarios. Me mostraron entonces lo que tenían preparado en respuesta a mi búsqueda: un archivador de grueso cartón gris. Yo había enviado previamente las referencias precisas a Gema, ella había gestionado la localización del material.

Me acomodé junto a una amplia cristalera y alcé la tapa de la caja. Con las yemas de los dedos rocé las pestañas de unas cuantas carpetas color vainilla hasta encontrar lo que buscaba. Sampedro, Edelmira (Condesa de Covadonga Memories), Typescript, Copy III, n.d. (no date).

Ahí estaban, intactas, las memorias de aquella cubana nacida en 1906 en Sagua la Grande, la desconocida que pudo haber alterado la historia de España. Un buen montón de folios de fino papel amarillento, mecanografiados, con manchas color óxido delatando el paso del tiempo y algunos tachones y correcciones en tinta azul.

Necesitaba conocer los aconteceres que dejó narrados Edelmira Sampedro ahora que por las páginas de mi nueva novela iba a transitar el que fuera su marido, Alfonso de Borbón y Battenberg, primogénito de Alfonso XIII, tío de Juan Carlos I, hermano mayor de don Juan. Aunque su protagonismo en mi obra es sólo episódico, mi afán por el rigor en el tratamiento de los personajes históricos me impulsaba a indagar en su persona. Y nadie podría ayudarme mejor que su propia mujer.

Mis recursos documentales se habían centrado hasta entonces en diversos artículos de prensa española y norteamericana, y en los excelentes trabajos de algunos periodistas y escritores: El Borbón de cristal, de José María Zavala (Áltera 2009), Trío de príncipes, de Juan Balansó (Plaza & Janés 1995), incluso la imaginativa novela El príncipe y la bella cubana, de Roberto G. Fernández (Verbum 2014). Pero tenía dudas. Y sólo las fuentes primarias me las podrían aclarar.

Alfonso de Borbón y Battenberg vio la luz en el Palacio Real de Madrid el 10 de mayo de 1907, primer vástago del joven rey español Alfonso XIII -21 años- y la aún más joven reina inglesa Victoria Eugenia -Ena para los suyos-, que apenas contaba con 19. El orgulloso padre exhibió al recién nacido ante las autoridades y su egregia familia colocándolo encima de una bandeja de plata labrada, sobre un cojín de terciopelo rojo y un mantillón de encaje; el presidente del consejo de ministros Antonio Maura le alzó el faldón para comprobar su sexo.

La noticia fue anunciada al pueblo con una salva de 21 cañonazos: las esperanzas dinásticas estaban garantizadas, ya había heredero varón. Desde ese momento ostentó el título de Príncipe de Asturias; nadie presagiaba que aquel rollizo bebé rubio de enormes ojos azules llevaba en las venas la hemofilia, esa terrible enfermedad que le detectaron los médicos al realizarle una circuncisión poco antes de cumplir su primer mes.

Tras la cirugía, comprobaron con espanto que el niño no paraba de sangrar. La desgracia se sumaba a otras similares en monarquías europeas cercanas por lazos de consanguinidad -las casas de Hesse y Sajonia-Coburgo-Gotha, la familia imperial rusa-. A Alfonsito le había transmitido el terrible mal su madre, la reina Ena, nieta de la reina Victoria y portadora sin saberlo. Con los años, también la heredaría su hijo menor.

Lo criaron con mimo extremo, conscientes de que cualquier pequeño golpe o herida podría generar una hemorragia letal. Jamás se relacionó con otros niños más allá de sus hermanos, pasaba gran parte del tiempo recostado en la cama, le hicieron probar una panoplia de remedios inútiles, fue sometido a constantes transfusiones.

A lo largo de esos años, sus progenitores empezaron a distanciarse sentimentalmente: el rey entretenido con sus modernos automóviles, partidos de polo, amantes diversas y jornadas de golf; la reina recluida en palacio, protegiéndose de aquella España áspera y ajena. Aun así, tuvieron otros cinco hijos: Jaime, Beatriz, Cristina, Juan y Gonzalo. Entretanto arreciaba la tensión política, las calles bramaban su descontento y el descrédito del monarca aumentaba con los días.

La proclamación de la Segunda República el 12 de abril de 1931 precipitó a la familia hacia el destierro. Esa misma noche se marchó el monarca escabulléndose hacia el Campo del Moro por una puerta clandestina. Tras llegar anónimamente en coche hasta Cartagena, embarcaría en un crucero de la Armada y recalaría en Marsella al día siguiente vestido de civil.

En el Palacio Real entretanto, frente a la muchedumbre revuelta y amenazante que abarrotaba la Plaza de Oriente, quedó aterrorizada la reina inglesa con sus seis hijos. La acompañaba apenas un puñado de fieles; ante el dramatismo de la situación, la mayoría de la corte los había abandonado sin atisbo de vergüenza. Por la mañana salieron todos repartidos discretamente en varios automóviles; a Alfonso, aquejado por una nueva crisis hemofílica, hubieron de sacarlo en camilla.

Tomaron en El Escorial el rápido de Hendaya a bordo del vagón real, arrancaba así un larguísimo exilio en el que los reyes ratificaron con la distancia geográfica -ella instalada en París y él en Roma- su ya previsible separación matrimonial. Los hijos empezaron también a dispersarse, el destino inicial del primogénito fue un sanatorio suizo en Leysin.

Leve dolencia pulmonar

En este punto exacto es cuando la biografía del príncipe de Asturias se entrelaza a sus 24 años con la de Edelmira Sampedro: de aquel momento y de lo que aconteció a partir de entonces queda un vívido testimonio en las memorias que yo seguía leyendo absorta en la biblioteca de la universidad. Una leve dolencia pulmonar los hizo coincidir en el mismo centro de reposo; tras la muerte de su padre -un próspero industrial azucarero de origen cántabro-, la viuda y las hijas disfrutaban de su herencia pasando temporadas en Europa, viajando ociosas de país en país. La chispa fue instantánea: ella quedó prendada de la apostura rubia y esbelta del Borbón, de su viril fragilidad y su cautivador papel de príncipe destronado; a él le arrebató su belleza morena, la dulzura caribeña que Edelmira desbordaba.

El romance fue de manual: envío de flores y tiernas cartas, encuentros y conversaciones entre susurros, paseos por la orilla del lago Léman… Repuesto en su salud momentáneamente y liberado de las rigideces y protocolos de la corte madrileña, Alfonso tardó poco en ponerse el mundo por montera.

Los gritos del ex monarca sonaron atronadores cuando recibió la noticia en Roma, en su suite del Grand Hotel. Su heredero pretendía casarse con una plebeya, la huérfana de un simple emigrante cántabro que había prosperado con el negocio de la caña de azúcar. Para que abandonara a la Puchunga -como la apodaron en la familia real-, primero intentó convencerle con prebendas a través del duque de Miranda: le ofrecía un yate, un viaje alrededor del mundo, un abultado aumento en su asignación mensual.

Ante la negativa, vinieron violentas conversaciones cara a cara en el hotel Meurice de París, pero el hijo tampoco entró en razones. La reacción final fue un ultimátum: si insistía en aquel disparatado matrimonio, debería despedirse de sus derechos de sucesión.

No le tembló la mano al príncipe de Asturias al rubricar la carta que redactó la secretaría del rey: el 11 de junio de 1933, Alfonso de Borbón y Battenberg renunciaba a sus derechos reales y se convertía en anodino conde de Covadonga, un título sin relumbrón ni raigambre. Diez días después se casaba con Edelmira, primero en el registro civil y después en la parroquia católica de Ouchy. No asistió ningún miembro de la familia real ni ningún grande de España, tan sólo le acompañaron discretamente como testigos dos amigos personales, el duque de Almodóvar del Río y Tito Beltrán de Lys. Del evento dieron cuenta los principales periódicos de la época, Edelmira escribiría después en sus memorias que la sensación de abandono y desamparo del ya ex príncipe fue brutal.

Pasaron la luna de miel en el hotel Royal de Evian, unos meses después se instalarían en otro establecimiento bastante más mediocre en París, cerca de la Place de La Madeleine. A pesar de que los recursos económicos eran escasos tras el drástico recorte de la asignación por parte del rey, ella recuerda aquellos meses como un tiempo feliz: paseos, cine y teatro, cenas en un restaurante español, algún breve viaje…

Sobre ellos planeaba sin embargo una negra sombra que no tardaría en generar una insoportable tensión: Gottfried Schweizer, el enfermero y secretario que el rey depuesto contrató para atender a su hijo tiempo atrás. Aquel fornido cincuentón suizo aficionado al ocultismo se encargaba de sus cuidados médicos y de su toilette. Y de su economía. Y de inyectarle fármacos que a menudo alteraban el temperamento del recién casado. Las tiranteces entre Edelmira y el empleado aumentaban con los días: ella quería hacerse con el control, el otro se negaba a cedérselo. Y Alfonso… Alfonso, frágil e irreflexivo, se dejaba llevar.

Discusiones y lágrimas, problemas de salud, de carácter, de dinero. A finales de 1934 asomó la primera gran crisis: Edelmira decidió volver sola a Cuba y refugiarse en su familia. En junio de 1935 acordaron un reencuentro en Nueva York: él llegaba en un buque de la Trasatlántica Española, ella lo recibió en el muelle, hubo besos públicos y románticas declaraciones, la prensa norteamericana cubrió el momento como si fueran estrellas de Hollywood. Poco después se instalaban en La Habana y reemprendían la vida en común.

Las desavenencias, sin embargo, reaparecieron en breve. La salud de Alfonso se debilitó hasta el punto de recibir la extremaunción a principios de 1936, el desprecio del enfermero Schweizer por Edelmira era cada vez más descarado, la convivencia se tornó agria hasta lo insoportable. A finales de marzo, el conde de Covadonga abandonó la isla y se trasladó temporalmente a Nueva York. Y a partir de ese preciso momento es cuando el personaje entra en mi novela: instalado en el hotel St Moritz frente a Central Park, enamorado todavía de su mujer pero incapaz de luchar por ella, alejado de su familia, solo y desencantado.

Para saber algo más sobre cómo imagino yo que pudo haberse sentido durante aquellos meses que vivió en Manhattan en la primavera del 36, tendrán que leer Las hijas del Capitán. Al término de mi historia, él seguirá su camino. Éste, no obstante, fue corto: después de divorciarse y tras el fin de un fugaz segundo matrimonio con otra cubana, sufrió un accidente de automóvil estampándose contra un poste de telégrafos cuando circulaba de madrugada por el Biscayne Boulevard de Miami junto a una joven vendedora de cigarrillos.

Murió de una hemorragia interna, tenía 31 años. A su entierro en el Graceland Memorial Cemetery sólo acudieron tres personas. Cinco décadas más tarde, su sobrino el rey Juan Carlos ordenó que sus restos fueran repatriados a España. Una octogenaria Edelmira -residente en Coral Gables desde que a Cuba llegara la Revolución-, dio el último adiós al féretro en una sala del aeropuerto vestida de luto riguroso. Cuentan que lloraba al despedir a su único amor.

El único miedo de la santa que vio a la Virgen de Lourdes

Había guerra y pavor alrededor, pero lo que ella temía era de otra naturaleza: “Yo sólo tengo miedo de los malos católicos”

Santa Bernadette Soubirous es la niña a la que Nuestra Señora se apareció en Lourdes. Tiempo después de las apariciones, se hizo religiosa y entró en el convento de Nevers, adoptando el nombre de hermana Marie-Bernard.

En 1870, la guerra franco-prusiana llegaba a su fin, con la derrota de Napoleón III. Sin embargo, los soldados de Prusia que marchaban por el norte de Francia aún representaban una amenaza real y causaban pavor entre la población.

Alrededor del 9 de noviembre, con los prusianos ya en los límites del departamento de Nièvre, cuya capital es Nevers, el caballero Gougenot des Mousseaux fue a visitar a la religiosa en el convento para hacerle unas preguntas.

Sus preguntas y las respuestas de santa Bernadette fueron registradas para la posteridad por el Conde Lafond, que, sin embargo, no demostraba gran aprecio personal por la religiosa a juzgar por el comentario que escribió a su respecto:

“Hermana Marie-Bernard… Esta hermana no sirve para nada y, sin embargo, es considerada el tesoro de San Gildard. La miran como baluarte de la ciudad episcopal y le atribuyen la salvación durante la invasión de 1870; los prusianos estaban en todos los condados vecinos y casi a las puertas de Nevers”.

El conde continúa su relato reproduciendo la entrevista de Gougenot des Mousseaux a santa Bernadette:

-¿Recibió, en la gruta de Lourdes o después, alguna revelación relacionada con el futuro y el destino de Francia? ¿La Santísima Virgen no le dejó ninguna advertencia o amenaza de peligro para transmitir a Francia?

-No.

-Los soldados de Prusia están llegando. ¿No tiene miedo?

-No.

-Entonces ¿no hay nada que temer?

-Yo sólo tengo miedo de los malos católicos.

-¿No tiene miedo de nada más?

-No, de nada más.

La imagen que ilustra este texto es una foto del cuerpo intacto de santa Bernadette, que, desde el 3 de agosto de 1925, está expuesto en una urna de cristal en la capilla del convento de San Gildard, en Nevers, Francia. La ciudad queda en Borgoña, a 260 kilómetros de París.

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5 irlandesas que han hecho historia

MOTHER;MARY HARRY JONES;IRELAND;ACTIVIST

San Patricio llegó a Irlanda para cristianizar, pero la mayoría de estas mujeres salieron de su país para luchar con fuerza y coraje por causas justas

1. Mary Harris Jones

Muchos, particularmente en Estados Unidos, la conocen como Mamá Jones y fue una gran luchadora de los derechos de los trabajadores.

Su vida no fue nada sencilla. Nació en Cork en 1837 y debió emigrar, como cientos de irlandeses, por la hambruna. Primero fue a Canadá y luego a Estados Unidos, donde se casó y tuvo cuatro hijos, pero años después, toda su familia murió a causa de la fiebre amarilla.

Decidió mudarse de ciudad y abrir su taller de costura en Chicago, pero el gran incendio de 1871 también acabó con su negocio.

Fue entonces cuando decidió involucrarse en el movimiento de los trabajadores norteamericanos, siendo una efusiva activista que era conocida por sus inspiradores e innovadores discursos.

Protestó especialmente contra la explotación infantil en las fábricas y por los derechos de los mineros (su esposo había trabajado en la industria del hierro), lo que le ganó su apodo de Mamá Jones, por lo protectora que era con los trabajadores.

Otros también la llamaron “la mujer más peligrosa de América” por su éxito organizando campañas y protestas para mejorar las condiciones laborales de las personas.

2. Sarah Clarke

Esta monja irlandesa era conocida como la “Juana de Arco de las cárceles inglesas” por sus exhaustivas investigaciones de las violaciones de derechos humanos que allí ocurrían.

Gracias a ella, muchas personas inocentes quedaron en libertad (siendo sus casos más emblemáticos: Birmingham Six, Guildford Four y el de la familia Maguire) y otras no fueron arrestadas por la ley de prevención de actos terroristas.

3. Leonora Barry 

Hija de unos granjeros, también salió de Irlanda por la hambruna y se fue a vivir junto a su familia a Nueva York. Se convirtió en maestra, pero luego se casó y tenía prohibido ejercer su profesión.

Después de enviudar, se vio desesperada y sin ningún tipo de preparación, pero igual consiguió trabajo en una fábrica de textiles para mantener a su familia; sin embargo, se encontró con una fuerte carga laboral y un salario mínimo, por lo que decidió convertirse en activista política y luchar por los derechos laborales de las mujeres.

Fue parte de la rama feminista de la organización Los Caballeros del Trabajo y su labor consistía en investigar las condiciones en las que las mujeres norteamericanas trabajaban para poder hacer propuestas de equidad.

Barry se convirtió en la primera mujer que se le pagaba un sueldo por este tipo de labores investigativas .

4. Kathleen Lynn

Aunque fue una gran activista política, lo que la hizo destacarse fueron sus habilidades médicas. Escogió esta carrera luego de ver los estragos de la hambruna, sin importarle la oposición de su familia.

Se graduó como doctora en 1899, se convirtió en sufragista y se unió al ejército, donde trabajó como jefe de medicina. Durante esta labor, se dio cuenta que en Irlanda hacía mucha falta un hospital para madres y niños de bajos recursos, donde no sólo seles diera servicios médicos sino también educativos. Fue así como creó, junto a otras activistas, el Saint Ultan’s Children’s Hospital, centro que además era operado únicamente por mujeres, ya que Lynn había sido víctima de discriminación laboral por su género y quería ofrecer oportunidades a otras que, como ella, habían elegido la medicina como carrera de vida. El hospital creció rápidamente y en 1937 se convirtió en el principal centro de vacunación del país.

Mary Robinson

5. Mary Robinson

Fue la primera mujer que llegó a la presidencia de Irlanda (1990). Su gobierno se destacó por preocuparse por el éxodo de irlandeses en búsqueda de mejores posibilidades de vida, así como de mejorar las relaciones con la reina Isabel II de Inglaterra, convirtiéndose en la primera Jefe de Estado de Irlanda que visitó a la monarca en el Palacio de Buckingham.

Asimismo, ha sido una gran defensora de los derechos humanos, tanto que Kofi Annan, que en aquel entonces era Secretario General de las Naciones Unidas, la nombró Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en 1998, cargo que ocupó por siete años.

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Fue enviada al campo de concentración de Anna Frank

Maruca, la mujer abandonada por Neruda

 

Fue la madre de la hija madrileña y con hidrocefalia del poeta, a la que bautizó en una iglesia mormona

Despechada, se negó a aceptar el divorcio que el Nobel quiso dar por hecho tras abandonarla y cuando ella estaba en la Holanda ocupada. Los nazis la detuvieron

La hija madrileña a la que Pablo Neruda abandonó y llamaba ‘vampiresa de 3 kilos’

Mi querido Cerdo (“My dear Pig” en el original): Es realmente imperdonable tu negligencia hacia nosotras, especialmente con tu bebé. Hoy 18 del mes (noviembre de 1938) no he recibido tu dinero. El 1º de este mes tuve que pagar los gastos de alojamiento de Malva Marina por el mes de octubre. Con mi salario sólo pude pagar una parte. Qué vergüenza realmente (…) Ella ha progresado mucho mentalmente (…) No tengo un centavo. Mi último dinero será gastado en enviar esta carta (…) Por favor, envíame el dinero lo antes posible (…) Cumple tus deberes de padre (…).

Ésta es la carta desesperada en la que María Antonia Hagenaar Vogelzang –la primera esposa de Pablo Neruda y madre de su única hija, Malva, a las que el poeta abandonó por otra mujer- le reclama el envío del dinero acordado para poder hacer frente a la manutención de la hija enferma de ambos nacida con hidrocefalia. No conocemos la respuesta de Neruda. Más ocupado en su amante argentina Delia del Carril, 20 años mayor que él, y en la producción de sus poemas, el grito de auxilio desde Holanda de la que oficialmente aún era su mujer, no le hizo despertar del ensimismamiento en el que entonces vivía junto a la bella Delia –La hormiguita, por pequeña y laboriosa, la apodó Neruda-. Porque el amor, pensaba el poeta, «es muy corto y se olvida por tanto tiempo». Y no mentía. Corto, también, había sido su amor por María Antonia -si es que alguna vez sintió amor de verdad por ella- desde que se casaron en Java (el 6 de diciembre de 1930) donde ella y Neruda, entonces cónsul de Chile en la isla asiática, se conocieran en un club frecuentado por la alta sociedad local.

Con un marido ausente y despreocupado y una hija totalmente dependiente, que apenas podía caminar y hablar, el día a día de Maruca, como él la llamaba siguiendo la costumbre de rebautizar a sus conquistas, consistía únicamente en sobrevivir. Ella, que había nacido en una familia de ricos comerciantes holandeses emigrados a Oriente, inteligente y buena moza, aunque un tanto ingenua, estaba sola y abandonada por su esposo en la Holanda de sus genes. Busca consuelo y apoyo en la iglesia mormona pensando sobre todo en su hija. Pero los rezos no sirven de nada y la hidrocefalia de nacimiento va deteriorando a toda velocidad el frágil organismo de la pequeña.

La respuesta

 

Maruca, desbordada, como demuestra la carta con la que arranca esta historia, ha dejado de recibir de su esposo el dinero pactado para alimentar a su hija. Inhumana actitud que la Fundación Neruda desmiente a Crónica. Y es que todavía hoy para muchos chilenos Neruda es visto como una brújula moral. «Es falso -según la Fundación Neruda- que el poeta haya abandonado a su mujer y a su hija a la miseria. Está documentado por cartas de la misma Maruca Hagenaar y por documentos consulares, que el poeta nunca dejó de enviarles una mesada (paga). Ésta, al principio era en dólares, pero la misma Maruca la solicitó en otra moneda, ya que no podía cambiar dólares en la Holanda ocupada por los nazis». Aquí la historia que intenta redimir al autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Otros, sin embargo, lo cuentan de distinta manera. Como el chileno David Schidlowsky, autor de Las furias y las penasPablo Neruda y su tiempo. «Neruda definitivamente rompió con su esposa Maruca y su hija Malva Marina (Era diciembre de 1936). Viajó a Montecarlo y las dejó en la casa de Barend van Tricht, el padrino de boda. Le prometió a Maruca que le enviaría dinero todos los meses, una promesa que apenas cumplió», desveló Schidlowsky durante un homenaje a Malva, el año pasado en Ámsterdam, organizado, entre otros, por él mismo y por su compatriota Antonio Reynaldos, quien ha contribuido decisivamente a difundir el enclave de la tumba de la hija olvidada de Neruda.

María Antonia Hagenaar, esposa de Pablo Neruda, con la única hija del matrimonio, Malva Marina, nacida en Madrid en 1934 con hidrocefalia.

Siete meses después, en julio del 37, la esposa y la hija abandonadas, con la ayuda del padrino y amigo Tricht, emprenden camino a Den Haag (La Haya en neerlandés, la capital de Holanda). Pronto María Antonia se hará a la idea de que ya no podrá creer más a su marido. Las penurias se suceden. Maruca vive en pensiones de mala muerte, el dinero se le acaba y su hija, con el cerebro cada vez más lleno de líquido, reclama muchas más atenciones. A través de organizaciones religiosas, como Christian Science, Maruca consigue dar con una familia de holandeses que residían en Gouda. Hendrik Julsing y Gerdina Sierks aceptan cuidar de la pequeña mientras su madre busca trabajo en La Haya, a menos de una hora por carretera. La tratan como a una más de la familia hasta su muerte, con ocho años, el 2 de marzo de 1943. Incluso contratan una niñera, Nelly Leijis, para que se dedique en exclusiva a la niña.

Maruca, mientras tanto, no rehúye ningún tipo de trabajo. Se ofrece a limpiar suelos, cuidar de enfermos, lo que sea con tal de sacar adelante a su desvalida hija. Quién se lo iba a decir a la niña rica que fue, a la descendiente de Jeremias van Riemsdijk, el patriarca de una estirpe de prósperos comerciantes holandeses, que hizo carrera en la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Jeremias llevaba una vida tan opulenta que se paseaba por sus campos de arroz en Java en una carroza de cristal tirada por caballos árabes que había ordenado llevar desde Europa.

Para María Antonia o La javanesa, como a menudo se referían a ella los allegados a Neruda, ya sólo eran recuerdos de un pasado de cine. Nadie se acuerda de ella. Maruca, para el poeta, es un punto y aparte. Ya no le quedan padres y su hija camina hacia un final dramático. Por mediación de no sabe quién por fin encuentra trabajo, puede que no bien pagado, en la embajada de España en La Haya. Está a las órdenes de José María Semprún, padre del escritor Jorge Semprún, luego expulsado en 1964 del Partido Comunista de España (PCE), al que Pablo Neruda tanto admiraba. Lo que a esta mujer aún le queda por sufrir ni ella misma lo imagina.

Poco antes de que la II Guerra Mundial terminara, María Antonia fue detenida por los nazis -no por ser judía, sino por tener pasaporte chileno- e internada en el mismo campo de concentración en el que estaba Anna Frank. De Westerbork, ideado para acoger 107.000 prisioneros de los que se estima que fallecieron 60.000, salían en su mayoría de judíos y gitanos hacia los crematorios y cámaras de gas de Auschwitz y Treblinka, en Polonia. Maruca pasa allí un mes entre alambradas, soldados de la SS y perros entrenados para matar. Pero esta vez la suerte no le daría la espalda. Cuando el campo fue liberado (15 de abril de 1945) por las tropas canadienses sólo encontraron 876 prisioneros con vida. Y entre ellos, a la esposa abandonada de Neruda. Nueve días antes de que las puertas del infierno se abrieran definitivamente, moría allí Anna Frank, su vecina en el campo.

De María Antonia Hagenaar no queda nada. Ni una lápida que indique el final de su azaroso camino. Tres años después de su liberación, viaja a Chile para errar el doloroso capítulo nerudiano, pues antes se negó a aceptar el divorcio que el vate quiso dar por hecho tras abandonarla. En noviembre de 1948 firma el divorcio y un acuerdo financiero. Aún tardó en regresar a Holanda. Dicen que se volvió adicta al opio. Un cáncer se la llevó, en 1965, estando de vuelta en La Haya, no lejos de la tumba en la que reposan los restos de su querida Malva Marina, a la que su madre no dejó de visitar hasta el final de sus días.

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Jim Caviezel revela cómo la Virgen le ayudó para interpretar a San Lucas, el evangelista del Magnificat

A la izquierda James Faulkner (San Pablo) y a la derecha Jim Caviezel (San Lucas)

El próximo 23 de marzo llega el esperado estreno de la película Pablo, Apóstol de Cristo, que tratará sobre la reclusión de San Pablo en Roma, donde San Lucas arriesga su vida para atender al apóstol de los gentiles.

Precisamente, el evangelista y autor también de los Hechos de los Apóstoles es interpretado por el actor Jim Caviezel, conocido mundialmente por representar a Jesús en La Pasión de Cristo de Mel Gibson.

El Rosario, arma para interpretar a San Lucas

Caviezel es un ferviente católico que incluso ha arriesgado su carrera en Hollywood por su fe. A la hora de rodar la película sobre San Pablo confiesa que la Virgen María ha jugado un papel importante en él. Concretamente el rezo del Rosario.

Rezar a la Virgen ha sido de gran ayuda para preparar su papel. En declaraciones a Catholic News Agency, Caviezel asegura que el evangelista San Lucas “menciona a la Virgen María más que cualquier otro escritor” y por eso decidió acudir al Rosario “para enfocarme, para orar”.

El próximo 23 de marzo llega el esperado estreno de la película Pablo, Apóstol de Cristo, que tratará sobre la reclusión de San Pablo en Roma, donde San Lucas arriesga su vida para atender al apóstol de los gentiles.

Precisamente, el evangelista y autor también de los Hechos de los Apóstoles es interpretado por el actor Jim Caviezel, conocido mundialmente por representar a Jesús en La Pasión de Cristo de Mel Gibson.

El Rosario, arma para interpretar a San Lucas

Caviezel es un ferviente católico que incluso ha arriesgado su carrera en Hollywood por su fe. A la hora de rodar la película sobre San Pablo confiesa que la Virgen María ha jugado un papel importante en él. Concretamente el rezo del Rosario.

Rezar a la Virgen ha sido de gran ayuda para preparar su papel. En declaraciones a Catholic News Agency, Caviezel asegura que el evangelista San Lucas “menciona a la Virgen María más que cualquier otro escritor” y por eso decidió acudir al Rosario “para enfocarme, para orar”.

San Lucas acompañó a San Pablo al final de su vida y en Roma ayudó a los cristianos perseguidos y al propio Pablo, preso. Sobre el apóstol, el actor asegura que le impresionó en esta etapa final de su vida porque “es un anciano golpeado que está en la cárcel a la espera de su ejecución”.  “¿Cómo puede este hombre ser una luz para el mundo?”, se pregunta.

Sin embargo, añade el actor estadounidense, “a menudo es a través de nuestras luchas, pruebas y tragedias como llega el triunfo”.

El amor cambia a la persona

La película gira alrededor de dos conceptos, conversión y perdón. Sobre este último, explica,  que “la gran controversia de este film es perdonar a toda costa y eso no significa debilidad ni aceptación del mal. Significa encontrarse con el mal cara a cara, eso es lo difícil”.

Revela que “algunos de los diálogos más poderosos se centran en lo que es la verdadera valentía. La valentía es un amor ardiente. El amor crea un cambio al encender una pasión en cada uno de nosotros”.

Por otro lado confesó que va a misa todos los días y que “la Eucaristía es Cristo en mí. Todo lo que hago siempre es con la ayuda del cielo. Eso dirige mi camino. Me guía. Es de donde obtuve mi talento. Lo que le devuelvo a Dios por lo que me ha dado… Él simplemente lo multiplica y lo bendice de una manera que nunca creí posible”.

Ya se encomendó a María en La Pasión

No es la primera vez que Jim Caviezel encuentra ayuda en la Virgen para interpretar sus papeles. Ya le ocurrió con La Pasión de Cristo. Contaba la importancia de la oración durante el rodaje y en él María y Juan Pablo II fueron una ayuda.

Caviezel, interpretando a Cristo, junto a Mel Gibson durante La Pasión

“Cuando interpreté a Jesús, recé mucho. Le pedí a Dios que me mostrara cómo podía presentar a Jesús de la manera más precisa, cómo hacer que los espectadores se sintieran más cerca de él. Ha sido un viaje interior que no ha terminado todavía. Mientras trabajaba en La Pasión de Cristo, Mel se reservó el derecho a dejar de filmar en cualquier momento. Necesitaba estar 100% listo en un sentido espiritual. Esta historia sólo se podía contar con una entrega absoluta. Totus tuus. Yo no habría podido terminar este proyecto tampoco si no fuera por la Virgen María”.

Caviezel confiesa que vive inspirado por  el “Totus Tuss” (“Todo tuyo”), el lema mariano del pontificado de San Juan Pablo II. “Esta es la esencia de mi fe. Mi relación con Jesús es gracias a Ella. Me trajo a Jesús”.

Y es en este punto donde se mezcla para él la Virgen María y el santo polaco como partes esenciales de la fe católica que profesa en la actualidad. “Un amigo mío evangélico me preguntó una vez por qué no llegué directamente a Jesús. Creo que es una buena pregunta. En aquel entonces no sabía cómo responderle. Sin embargo, mirando a Juan Pablo II, encontré la respuesta. Es por eso que Polonia, como ningún otro país, está estrechamente vinculado a Jesús. Oriente y Occidente juntos. El Diablo lo odia, aunque ya ha perdido. Jesús y María ya lo han aplastado. Un solo hombre polaco aplastó el comunismo. ¿Cómo logró esto Juan Pablo II? Con amor.

 

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Miles de espectadores y salas llenas en el primer fin de semana de la película de Garabandal

Imagen del estreno de la película de Garabandal en Valencia

El pasado 2 de febrero se estrenó en los cines españoles la película Garabandal, solo Dios lo sabe, que trata sobre las supuestas apariciones de la Virgen a cuatro niñas en la aldea cántabra de San Sebastián de Garabandal.

Este primer estreno se realizó en seis ciudades españolas, concretamente en las ciudades de Madrid, Valencia, Santander, Cuenca, Las Palmas y Tenerife. La respuesta en el estreno fue espectacular para tratarse de una producción de tan bajo coste y con actores aficionados.

Más de 5.000 espectadores en su primer fin de semana

Sólo en estas seis ciudades se alcanzaron los 5.000 espectadores. Según informan desde la productora Mater Spei, muchas salas estaban llenas a rebosar y en algunos de estos cines se tuvieron que hacer pases extras para atender la demanda de entradas del público pues las colas invadían la propia calle.

“El propietario de uno de los cines llegó a decirnos –afirman desde la productora-: ‘Pero, ¿qué tiene esta película? No hemos tenido tanta preventa en la vida, ni siquiera con la Guerra de las Galaxias”.

El próximo viernes 9 de febrero, la película Garabandal, solo Dios lo sabe se estrena en Barcelona (donde prácticamente no quedan ya entradas), Huesca y Torrijos (Toledo). El 16 de febrero llegará a Alcalá de Henares, Segovia, Cádiz, Punta Umbría (Huelva), Ontinyent (Valenci).

Otras diez ciudades podrían proyectarla en breve

Esto hasta el momento, porque otras diez ciudades están a punto de cerrar acuerdos para  estrenar la película el mismo 16 de febrero o para el siguiente fin de semana, el del 23 de febrero.

Todo ello sin apenas dinero. De hecho, recuerdan que el presupuesto para publicidad se agotó con imprimir carteles para que los pegaran nuestros voluntarios. No ha habido posibilidad de contratar publicidad sobre autobuses, vallas publicitarias…

La recomendación de Cotelo

Uno de los espectadores que acudió al estreno de la película sobre Garabandal fue el director de cine católico Juan Manuel Cotelo, director de La última cimaFootprints o Tierra de María, entre otras. “Acabo de salir del cine y no quiero esperar ni un minuto más para escribir mis primeras impresiones sobre la película Garabandal. Uff… siempre me cuesta escribir sobre las películas que me han gustado mucho, mucho, mucho, mucho… No es sencillo ordenar un volcán de emociones. Garabandal va de conversión y, por eso —sobre todo, por eso— es una película importante y necesaria. La recomiendo y pido que, quien desee verla, lo haga cuanto antes. En el cine, en pantalla grande, en silencio, sin distracciones. Merece la pena. Mi agradecimiento más profundo a sus productores”.

Si quiere saber más sobre la película pinche AQUÍ

Si desea conocer más sobre la historia de Garabandal y algunos hechos llamativos pinche AQUÍ y AQUÍ

Vea AQUÍ las ciudades y cine en los que se proyecta la película

 

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La Virgen de la Candelaria

La advocación mariana de la Virgen de la Candelaria o Nuestra Señora de la Candelaria tuvo su origen en Tenerife (España). Según la tradición, la Virgen se apareció en 1392 a dos aborígenes “guanches” que pastoreaban su rebaño.