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La historia de una monja que desafió a los nazis

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Assumpta Serna

Entrevista a la actriz Assumpta Serna, protagonista: “No he tenido mejores productores que las Hijas de la Caridad”

A sus 60 años, la actriz catalana Assumpta Serna está que no para. Simpática y trabajadora donde las haya, aprovecha el tiempo como nadie. Junto a su marido dirige hace 13 años la Fundación First Team, en esencia una técnica para mejorar la interpretación, nacida al albur de un libro suyo, El trabajo del actor en el cine (Cátedra, 1999), que además es un volumen de uso en las escuelas de cine.

Por su parte, la Fundación ya ha editado otro lúcido trabajo, Directoras pioneras en el cine español. Assumpta Serna fue protagonista de un corto, Servicio de habitaciones, elaborado por los alumnos de la ECAM en su último curso, que le ha valido ya un galardón, y que ha sido muy bien valorado en más de 30 países hasta la fecha. Además, la actriz tiene pendiente de estrenar en España la comedia He matado a mi marido(Francisco Lupini Basagoiti), al lado de Miriam Díaz Aroca y el drama Bernarda, inspirado en la obra lorquiana La casa de Bernarda Alba (Emilio Ruiz Barrachina) al lado de Victoria Abril.

el próximo 20 de octubre se estrena en salas españolas Red de libertad (Pablo Moreno), única biografía fílmica sobre Sor Helena Studler, una Hija de la Caridad que salvó la vida de miles de refugiados franceses al evitar que cayeran presos de las fuerzas nazis. Con tales credenciales, Aleteia también ha podido conversar con su protagonista.

– ¿Cómo preparó el papel?

Ha sido un trabajo apasionante, en especial cuando he tenido que estudiar una biografía tan apasionante como ésta, porque ves que hace un poquito de honor a tu verdad. Hay que investigar al personaje, no quedarte sólo con el texto; buscar las raíces de él a través de la respiración del propio Pablo (Moreno, el director) y buscar en aquellos textos que Helena Studler dejó.

Eso para mí es lo más importante, es decir, intentar entender todos los prismas, intentar completar aquello que la película por su propia estructura no puede desarrollar. Entonces, como actores, ahí se encuentra nuestra principal y gran responsabilidad de saber dotar al personaje de aciertos y contradicciones, de favorecer todas las aristas posibles a quienes les damos vida y siempre integrarlo en el plano de la credibilidad. Es decir, de hacerlo humano.

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Assumpta Serna

– ¿Y se inspiró de algún modo?

Pues sí. Además en este caso fue divertido. Cuando era pequeña, tenía unas monjas (Hijas de la Caridad) que eran familia de mi madre, más en concreto de mi tía abuela. Habíamos ido a Yecla con ellas y me acordaba de esas tocas tan inmensas, que no entraban muy bien dos personas con ellas puestas en un todoterreno cuatro por cuatro, un Renault, de entonces. Y estas monjas fueron las que educaron a mi madre, que vivían en un convento, en zona roja cuando la guerra. Tras su muerte, íbamos todos los veranos a verlas.

Durante la guerra se refugiaron con mi abuelo y yo las recordaba muy diferentes: una encarnaba todo el cariño, el amor, la generosidad; la otra era mucho más seca y autoritaria en el sentido de querer una cosa y conseguirla. Así que hice una mezcla de estas dos mujeres, hasta construir el personaje, y a su vez es un homenaje privado hacia estas Hijas de la Caridad, que querían muchísimo a mi madre y a la familia.

Y, cosas de la vida, cuando hicimos el preestreno se me acercó una de las mujeres que decía que era de la zona de allí de Murcia y resulta que mi tía abuela, que era profesora de música, tenía siempre una foto mía en el piano… Así que de alguna manera puedo decir que siempre están por ahí, me han protegido y me han dado un muy bonito papel a mis 60 años para contar una historia de una heroína ejemplar.

– ¿No tenía antes referencias del carisma?

Carisma para mí es una palabra un poco vacía. Se repite a menudo pero al final no sabes bien qué es. Sin embargo, Pablo me ha ayudado mucho a reconocer el significado más católico y cristiano de la congregación y todo lo que redunda a su alrededor, a saber, la teoría del pensamiento filosófico que acompañaba a estas monjas, que es la llama y el motor que inspiran sus acciones. Y para mí fue interesante entender una manera de vivir que tras 400 años continúan desarrollando muchísimas mujeres.

Y lo hacen en silencio, ayudando y enseñando a los más desfavorecidos, por lo que es algo también muy bonito de recordar hoy día y, mejor aún, plasmarlo en una película. Por mi parte he intentado que esa filosofía estuviera allí. Y me ha gustado mucho poder decir las palabras de Studler, precisamente cuando se estaba muriendo esa pobre persona maltratada por los nazis.

– ¿Tuvo alguna duda antes de aceptar el papel?

Ninguna, ninguna, ninguna. De inmediato cogí el teléfono y dije que sí. A mí me gusta reaccionar así, no sé hacerlo de otra manera. Hay que buscar un momento muy especial en la primera lectura del guión, que es donde ves la película totalmente como un espectador, cuando el personaje te sugiere y te inspira o no. Entonces cuando realmente eso pasa y estás inflamado por lo que has leído y has llorado y has entendido… es ya responsabilidad de una buscar el momento para que esto pase. Una vez que esto sucede, hay que hacerlo, no hay otra.

– ¿Conocía algo de Sor Helena Studler?

No. Sabía que al político francés Francois Mitterrand, teniente en esa época, lo había salvado una monja pero no sabía que su rescatadora fue Helena. Es una de estas cosas que alguien te dice como dato curioso.

– ¿Le pareció atractivo el guión?

Como estructura estaba perfecto, muy bien montado desde que lo leí. Nosotros lo que buscábamos era humanizarlo, en el sentido de encontrarme cosas que pudieran ser realmente salidas de tono, porque si no el personaje terminaría convertido en algo poco idílico y poco humano.

– De un tiempo a esta parte se está poniendo de moda un tipo con películas este corte. ¿Qué le parece que esta corriente se abra paso en el cine?

Que los valores de esta película son más pertinentes que nunca. En un momento donde la falta de diálogo, de escucha y de generosidad son tan grandes resultan más que procedentes. Son valores universales que durante toda la vida tendremos que repetir. Se habla de derechos humanos.

Por supuesto también de la llamada a la vida religiosa y de instar a que las personas se comporten mejor con sus semejantes. Es el ejemplo vivo de que hay que saber amar y actuar en consecuencia. Y creo que esto es válido hoy y mañana, siendo religioso o no. Cuando en tu día día tus acciones tienen que ver con la generosidad estás cada vez más cerca de lo divino, de la felicidad que te da el ser generoso con el otro.

En realidad, es un mensaje muy humanista de siempre. Las Hijas de la Caridad representan a muchas personas que creen en unos ideales y que han sido capaces de luchar por ellos y de estar con ellos toda su vida. Y esa actitud es ejemplar. Siempre digo que no he tenido mejores productores que las Hijas de la Caridad porque durante el rodaje estaban pendientes de todo siempre, con esa generosidad de la que antes te hablaba, y esa manera de interesarse y sorprenderse. Esa curiosidad y respeto por la vida no la he encontrado en otros productores con los que he trabajado. 

– ¿Qué ha aprendido con este personaje?

El hecho de que salvando a uno salvas a la humanidad. Ése es el mensaje de esta película. Aprendes que todavía es posible que equipos enteros crean en algo, no en el sentido religioso, sino en creer que estaban haciendo algo necesario. Y digo más: esta película da sentido a la vida de los demás que es para lo que hacemos y contamos historias.

Para mí este personaje es un bombón. Lo más bonito de Helena Studler es que fue así de natural. Luego se termina convirtiendo en un acto heroico pero ella realmente no lo vio así, no quiso ninguna condecoración y cuando se la dieron la rechazó. En ese sentido, yo la he hecho un poco más humana y sonriendo un poco, porque creo que a pesar de todo los premios también hay que agradecerlos, aunque se sienta que no se merecen.

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Assumpta Serna

– En la celebración del preestreno en Madrid, el superior provincial de Las Hijas de la Caridad comparó ‘Red de Libertad’ con la peli ‘La lista de Schlinder’

Hay una serie de homenajes dentro de la película. Todos sabemos que hubo gente que estuvo en contra del poder establecido, así como otra arrogante. No obstante, resulta muy útil y conveniente que se acentúe esa comparación, principalmente cuando de quien se habla es de una persona que ha dedicado su vida a darse a los demás y ha rechazado y perdido muchas cosas, incluso su salud, para seguir luchando.

– ¿Recuerda algún diálogo representativo de Helena?

Sí. Me llamó la atención una de las frases que Helena dice cuando se está muriendo: “¡Ay, con lo que hay por hacer!”. Cosa que a mí me toca directamente porque entre el trabajo de la Fundación, el trabajo como actriz, de la escuela, mi familia…, vaya, que no hay tiempo para nada.

Porque realmente en la vida no hay tiempo para las cosas que uno quiere hacer. Cuando tienes ilusión y pasión y curiosidad y estás vivo tienes esa idea de encontrar todo el sentido de ayudar a los demás, cosa que también me pasa a través de la escuela y la Fundación. Y falta tanto tiempo siempre que quizás eso es lo que me ha tocado más de esta película.

– Si le llamaran de Hollywood para hacer una película parecida, ¿aceptaría?

Sin pensármelo. En América hay una corriente muy interesante de películas de tono cristiano o con una serie de valores importantes, que es un cine súper válido y actual.

– ¿Qué papeles querría hacer?

Los de personajes íntegros en lugar de hacer películas de carácter violento o de miedo. No me gustan mucho.

– ¿Tiene motivo?

Una vez fui jurado de un festival de películas de miedo y al final terminas por no tenerlo. Me gustan las historias que dan sentido a la vida y la felicidad está en escuchar al otro, en reconocer, en este caso, todos los valores que puede tener una película como Red de Libertad. Pero también tiene que coexistir el factor del defecto que tenemos los humanos, porque hacer una película solo de lo divino sería difícil que tuviera éxito, básicamente porque cada uno piensa en su Dios de distinta manera.

– Al hilo de esta idea, recuerdo su trabajo en ‘Teresa Teresa’, de Rafael Gordon, donde hacía de diablillo…

No lo había pensado porque teníamos presente la comparación con la monja que hice de Sor Juana Inés De la Cruz. Fue una poetisa que quizá no tenía esa vocación de monja, sino que lo hizo para poder estudiar en el siglo XV. El escritor mexicano Octavio Paz decía que Sor Juana Inés De la Cruz quiso ser santa. Porque se aparta de un día para otro del mundo de las letras y de su figura pública hasta el fin de su vida, que decide simplemente que transcurra en la comunidad.

Yo creo que ahí Helena tocaba más el suelo y entre una y otra era bonito reflexionar al respecto. Sinceramente, me hubiera gustado ser Teresa (Isabel Ordaz) pero el director no me vio nunca como monja. ¡A ver si me ve en ésta!

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Assumpta Serna

– Hablando de los premios, ¿qué piensa de ellos?

Como te decía antes, he estado de jurado en muchos festivales.  Y siempre es una oportunidad de ver cine pero, sobre todo, te ponen una posición donde realmente tienes la responsabilidad de no decir sólo me gusta o no me gusta, sino de defender por qué algo funciona aunque no te guste. Es algo difícil de hacer en la sociedad en la que estamos pero es un bonito ejercicio. Ahora que siendo presidente del jurado puedes imponer unos criterios.

De he hecho, me he encontrado con gente de todo tipo, por ejemplo en un festival en Alemania de personas con discapacidad. Y era muy interesante porque allí no tuvimos ningún problema en establecer estos criterios o quizás ha sido la vez que menos me ha costado. A veces, cuando eres diferente, tienes más posibilidades y entiendes que la diferencia te puede proporcionar otras sorpresas gratificantes. Para mí fue una lección muy importante.

También hay jurados que dan premios a películas, porque simplemente a uno le gusta mucho  algo de esa historia y al otro le disgusta lo mismo y surgen problemas. Lo suyo sería establecer unas pautas sobre lo que se va a premiar y de qué manera. Y los jurados así a mí me interesan, pero hay pocos, conque los premios para mí son menos importantes que el público que va a ver la película.

En el caso de los Goyas, Gaudís, los Oscars… Son gente de la misma profesión que de repente ha votado por ti y quieras que no son profesionales a los que les gusta lo que haces y es reconfortante si te gratifican con un premio. En resumen, prefiero el premio del público, de esas personas que te paran por la calle y te dicen que les has gustado en la película, porque a fin de cuentas no conoces el criterio del jurado.

– ¿Qué piensa sobre el IVA cultural, ahora que el Gobierno quiere rebajarlo para 2018?

En un momento de crisis ha sido una decisión absolutamente equivocada. Hemos visto que en otros países que también tenían la misma crisis han reaccionado de una manera completamente distinta y eso era un barómetro sobre la situación de todo lo que nosotros no hemos podido comunicar a la gente, al trabajador normal. Quizás en esto hemos dado un poquito la espalda al espectador y hemos preferido recibir las subvenciones… se podría reflexionar mucho sobre el tema, aunque no es algo fácil.

– Confío en que si se resuelve mejore.

Éramos uno de los países donde la gente acudía más al cine, y se nota, por ejemplo, en el día del espectador donde la gente acude aún más. Además, Internet y la piratería nos están comiendo mucha parte del negocio… por eso, esa subida del IVA fue demoledora.

En los últimos 10 años muchas personas han tenido que abandonar su negocio y reciclarse. Por eso tienen mucho valor las nuevas generaciones que se dedican más al cine independiente y digital. Es lo que yo llamo la democratización del cine digital, porque también ha influido en el modelo de distribución de cine. ¡Son momentos apasionantes! Yo, desde los años 80, no me aburro porque siempre hemos estado en crisis o hemos tenido algo contra lo que luchar.

En estos momentos la televisión está haciendo productos muy interesantes, igual que las nuevas plataformas. No sabemos muy bien cómo va a ir en el futuro pero siempre pienso de manera positiva y seguro que todo va a salir bien. Hay cosas que no tienen solución, pero en el caso del IVA también se favorece una ley donde se pueden hacer donaciones al cine. Pero parece que interesa poco.

– ¿Qué haría para eliminar la piratería?

Creo que es cuestión de trasladar un mensaje. De montar campañas organizadas por parte de los cineastas para dar a entender lo que quiere decir la piratería. Unos informes ciertos de las cifras ciertas del cine que nunca hemos tenido ni tendremos en este país. Es difícil hablar de piratería cuando no te respaldan unas cifras exactas por parte del Ministerio de Cultura, la Asociación de Productores o la Academia de Cine. Siempre son los tres soldados distintos del cine.

Entonces, ¿cómo lo vas a defender si no nos entendemos entre nosotros? Tiene que haber otro sistema con el que valorar todo eso. Ahora mismo hay que contar con el peso que tienen los influencers en el cine. De hecho, el cine de hoy día, comparado con lo que yo hacía cuando empecé no tiene nada que ver. Incluso la prensa escrita tenía un valor casi divino y ahora este valor está tan repartido y diseminado…

– ¿Diría que sí a Pablo Moreno si le volviera a llamar?

Sí, sin problemas. Pablo es una persona con la que me gustaría volver hacer otros proyectos. En la Fundación hemos elaborado un código de buenas prácticas del actor en el audiovisual. Es una guía ética de las relaciones del actor con el equipo. El equipo que lidera Pablo ha cumplido todas y ha tomado ese código como suyo. Y creo que es una buena oportunidad de decir que efectivamente se puede hacer un cine con valores, dentro de la misma estructura.

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#MeToo Cuando pasé por un episodio de acoso sexual

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El acoso sexual sucede en todos los medios sociales y laborales y no solo les pasa a las mujeres, también a los caballeros quienes por paradigmas sociales difícilmente hablarán del tema.

Se ha desatado un gran escándalo en las esferas más altas del cine. Harvey Weinstein es un magnate y productor de Hollywood acusado de acoso y abuso sexual. A raíz de que este alboroto, miles de mujeres, de distintas nacionalidades, razas, creencias y entornos sociales, laborales y económicos, se han empoderado para compartir sus testimonios de acoso y abuso sexual. Testimonios que durante muchos años callaron por vergüenza, por estigmas sociales y por miedo a ser juzgadas. Para ellos emplearon las redes sociales y el hashtag #MeToo o #YoTambien.

Y es que este tipo de aberraciones y maltratos, de comportamientos amorales y animales no solo suceden en ambientes de aquel calibre social o económico. Desafortunadamente, en muchos lugares es el pan nuestro de cada día y es una práctica a la que de manera contundente y valiente debemos poner fin.

Este es un punto delicado que abordo con el mayor respeto posible. Aún hoy el sexo femenino cargamos con ese estigma de que si un hombre se nos insinúa morbosamente es porque de alguna manera nosotros le provocamos o le invitamos a que se comporte de esa forma con nosotras. ¿Perdón? ¡Vaya excusa!

Lo que sí es importante que las mujeres entendamos es que la naturaleza de los hombres es la de ser “mirones”. Es decir, ellos son visuales. Ven una imagen y si no están educados a controlar su voluntad ni su imaginación, a dominar sus instintos y pasiones se prenderán de inmediato. O quizá si lo están, pero en ese momento en que la tentación se les presenta pasan por un momento de debilidad y caen.

Aclaro, esto no para justificarles, sino para que las damitas sabiendo esto seamos prudentes y sepamos poner límites sanos. Y, sobre todo, para que eduquemos a nuestras hijas a vivir, a vestir, a comportarse de una manera elegante y de acuerdo con su dignidad de mujer.

Es decir, tanto hombres como mujeres hay que vestirnos y comportarnos de la misma forma en que esperamos ser tratados, con dignidad y respeto.

Esto no quiere decir que, si una mujer se viste o actúa de una manera que pueda ser malinterpretada por un hombre, éste tenga el derecho de faltarle al respeto, ni con miradas sucias, ni con palabras e insinuaciones denigrantes. En ninguna circunstancia este tipo de “porquerías” pueden ser toleradas.

Todos tenemos ese noble deseo de aspirar a más, de encontrar salidas cuando la vida nos cierra caminos, pero nada justifica el denigrarnos para lograr nuestros fines, por muy nobles y buenos que estos sean, ni de aceptar propuestas “cochinas” -sucias- con tal de que alguien más nos ayude a lógralos.

Hay muchas personas que pasan por verdaderas necesidades y si a eso le aunamos una crisis personal donde la baja autoestima y el ego lastimado está haciendo de las suyas, donde el miedo es más fuerte que la esperanza y el amor propio, ya sabremos el resultado final. El único “ganador” será el buitre acosador si logra salirse con la suya.

Hace años a mí me sucedió algo parecido. Quizá eran otros tiempos y nunca había estado expuesta a peligros como el acoso sexual ni a insinuaciones maliciosas. Tenía 20 años y estudiaba en la universidad. Las matemáticas nunca fueron mi fuerte y era la única asignatura en la que obtenía un promedio muy bajo. Estudiaba y hacia tareas en grupo, tomaba clases particulares con el profesor que me daba la materia -tanto en su casa como en su oficina- para poder pasar la materia, aunque fuera con el mínimo requerido, pero nada más llegaba la hora del examen y tronaba. Horas y horas de estudio, esfuerzo y trabajo no se veían reflejados. Estaba desesperada. No podía terminar el semestre con una materia reprobada. En mi casa me matarían, de burra y fracasada no me bajarían. Y no se diga lo carísima que salía la colegiatura. Era hija de familia y universitaria donde mi única obligación era estudiar y no estaba cumpliendo con las expectativas que tenían de mí.

Hasta hoy soy muy penosa para pedir favores. Lo hago, pero me cuesta muchísimo trabajo. Pero un día me armé de valor, dejé mi pena a un lado y fui a hablar con el profe. Le expuse mi situación. Él se daba cuenta del esfuerzo que yo había hecho durante el semestre y le pedí que tomara en cuenta todo ese afán que había visto y que me dejara hacer trabajos extras para poder nivelar mis calificaciones, tantos como él quisiera. Que me pidiera hacer cualquier cosa, pero que me echara la mano para no reprobar la materia porque en mi casa me matarían con regaños.  Él me escuchaba detenidamente, me observaba y luego me preguntó: “¿Te puedo pedir cualquier cosa?” Y yo, inocente de cualquier mala intención y feliz de que quizá hubiera una oportunidad de que me apoyara, le contesté que sí, que me permitiera hacer todos los trabajos que él viera convenientes, que me dejara hacer la investigación más difícil, las tareas que él me pidiera yo se los presentará de una manera muy profesional con tal de que todo me lo acreditara y no reprobar la espantosa materia de matemáticas.

Su respuesta fue un tajante y doloroso no. Me dijo que definitivamente no me podía ayudar y que nos veíamos en el examen final. Ni hablar… Le di las gracias y me salí de su oficina toda triste y asustada pensando en la decepción que se llevarían en mi casa por no pasar mate.

Me presenté el día del examen sabiendo que no lo pasaría, pero era preferible estar ahí y sacar una baja calificación que no estar y sacar un rotundo cero por no presentarlo. Obviamente, cuando me pusieron el papel en el escritorio y vi todas aquellas ecuaciones integrales, derivadas, factoriales, etc. me solté llorando de la frustración. Me sentía como un niño de pecho quien berrea de hambre y le dan de comer carne, impotente y sin salida. Hacía mi mejor esfuerzo por contestar, aunque fueran tarugadas con tal de no entregar las hojas en blanco. En eso, se me acerca el profe y me escribe una nota en mi examen: “Hoy a las 6”, a la vez que me susurró al oído que me hiciera tonta y siguiera contestando. En ese momento sentí que el cielo de la esperanza se me habría. El profe me pedirá hacer trabajos extras y con eso podré pasar las mates, pensé.

Ahí estaba, puntualita a las 6 para la cita con mi expectativa la cual era aprobar la asignatura a cambio de trabajos de investigación. En cuanto me vio me dijo que nos fuéramos de ahí porque ya había terminado su día laboral y me pidió le llevara a su casa porque no traía auto.  A mí no me pareció nada fuera de lugar porque ya antes le había llevado, además de que varias asesorías yo las había recibido tanto en su casa como en su oficina.

Yo vivía en la ciudad y la universidad se encontraba fuera de ella y dentro de un pueblo pequeño, muy colonial, lleno de iglesias, donde los residentes en su mayoría son profesores y estudiantes universitarios. Él vivía en ese pueblito. Íbamos rumbo a su casa, camino que yo conocía, pero no tan bien cuando me señala que me vaya por otra vía porque la avenida que nos llevaba directo estaba cerrada. Le hice caso. Seguía al volante mientras le daba las gracias por haber accedido a ayudarme. Todavía le dije que sabía que eso le provocaría hacer un trabajo extra, todo por mí, que le estaría eternamente agradecida y nunca olvidaría su favor. Mis ansias de saber que trabajo me pediría no cesaban. Continuamente se lo preguntaba y él solo me respondía: “Paciencia. Ahora lo sabrás”. Yo sentía la emoción de un niño chiquito al que le espera una gran sorpresa.

Manejaba, manejaba y manejaba por caminos nuevos para mí. Ya comenzaba a oscurecer. Seguro no pasó tanto tiempo, pero a mí se me hizo eterno. Yo solo confiaba en que el profe conocía por donde andábamos y cuál era la otra ruta hacia su casa. No tenía porqué desconfiar de él.

De repente me dice: “Estaciona el auto aquí porque ya te voy a decir qué es lo que te voy a pedir”. Era un lugar sin luz, en medio de la carretera donde no pasaba ni un alma. Tonta e ingenua de mí. Lo que en ese momento creí es que como no estaba permitido eso de dejar proyectos finales para balancear las calificaciones, él no quería que nadie le viera y por eso me pedía estacionarme en ese camino tan solitario. Pero como era yo -y sigo siendo- de imprudente y espontánea, le dije: “¿Neta profe? Nel, aquí no me paro porque no se ve que pase nadie y corremos el riesgo de que nos asalten y si lo hacen a usted lo verán tan frágil que capaz que la que lo tiene que defender soy yo. Mejor vámonos a un lugar con luz y donde pasen más autos”. Y así lo hice. Manejé hasta encontrar un lugar donde se viera más vida.

Me estacioné. No podía esperar más a que el profe me mostrara la lista de trabajos y proyectos escolares que tenía que presentarle en menos de 15 días, porque él tenía ese plazo para presentar calificaciones finales. Por fin comenzó a hablar: “Quiero que sepas que he meditado seriamente en lo que te voy a pedir a cambio de que pases mi materia. Desde el primer día que entraste a mi clase, desde que te conocí me enamoré de ti y no ha pasado un segundo que no piense en ti como mujer. Quiero pedirte que pases un momento de intimidad conmigo…”

En cuanto escuché sus primeras frases el mundo se me vino encima. No podía dar crédito a lo que escuchaba. Paré en seco su nefasta propuesta. Tomé aire y me encomendé a Dios. Le dije que le pedía perdón si es que yo, por mi necesidad de tener buenas calificaciones en mi carrera y de pasar esa materia, le había mandado un mensaje equivocado, pero que mi dignidad no tenía precio, que no estaba dispuesta a aceptar sus proposiciones asquerosas y prefería reprobar. Todavía el tarado me pregunta: “¿Pues qué pensabas que te iba a pedir a cambio?” “¡Trabajos, investigaciones, tareas, muchas tareas!-  le respondí- ¡Pero jamás esto que me está pidiendo!”.

Ahí, en medio de la nada le pedí que se bajara de mi auto. En ese momento quiso arreglar lo que había hecho y me insistía que me amaba bien, que quería tener una relación sería conmigo, que le diera una oportunidad de demostrarme su amor, de conquistarme para que yo me diera cuenta de lo que era capaz de hacer por mí.

Le contesté que conmigo se había equivocado y que si de verdad deseaba tener una relación seria con cualquier otra mujer, estaba eligiendo el camino incorrecto.

“¡O se baja o le bajo!”, le repetí. “¡Fuera de mi auto! ¡Me da asco y jamás en mi vida quiero volver a saber de un ser tan asqueroso como usted! ¡Grave error cometió conmigo! ¡Lástima que quizá si ha habido estudiantes que hayan caído a sus proposiciones por no perder una beca u otra necesidad! Yo también estoy necesitada, pero mi persona no está a la venta!”

El camino de regreso a mi casa era largo. Tuve tiempo para llorar, enojarme y reflexionar sobre ese momento de pesadilla que acababa de vivir.

Primero me sentí sucia, culpable y responsable de haber sido yo quien había provocado de esa manera a ese señor. Y es que claro, cumplía con todas las características, los atributos para que a una mujer se le tachara de “ofrecida y facilita”. Era guapa, delgada, inteligente -menos para las matemáticas-, abierta, segura, bromista, muy amiguera, súper cariñosa y servicial. Me vestía y me arreglaba muy “cool”, pero jamás vulgar ni provocativa. Al contrario, moderna, pero elegante. Digamos que una personalidad como la que se tiene a esa edad, encantadora, que llamaba mucho la atención y despertaba la envidia de otras mujercitas quizá no tan seguras.

También me sentí profundamente “estúpida” porque eso que me había sucedido no rayaba en la inocencia, sino en la estupidez. Las señales estaban ahí, claras y yo no las vi ni olfateé nada de maldad.

Tardé días en digerirlo hasta que me animé a hablar del tema, pero solo con mi familia. Nunca tuve el valor de denunciarlo a la universidad. La culpa y el miedo me detuvieron a hacerlo… Después de todo, era su palabra contra la mía.

Además, como se habían presentado las circunstancias y cómo se había desarrollado la historia solo una tonta e ingenua no se hubiera dado de las intenciones de ese patán. Pues esa fui yo…

Decidí callar porque sabía que la universidad no me hubiera ni creído ni apoyado porque estaría en juego la reputación del plantel. Después supe de varias estudiantes a las que les había pasado lo mismo, varias de las cuales sí accedieron a sus deseos, pero no podían denunciarlo por miedo a perder sus becas.

El acoso sexual sucede en todos los medios sociales y laborales y no solo les pasa a las mujeres, también a los caballeros quienes por paradigmas sociales difícilmente hablarán del tema.

El no acceder o no aceptar ese tipo de insinuaciones o indirectas, aunque muchas veces ese tipo de sugerencias son más que directas y al grano, el no tolerar este tipo de abusos hacia nuestra persona y que eso no avance dependerá de muchos factores o circunstancias. Por ejemplo, de la fortaleza de la persona que las recibe, de cómo ande su autoestima y esté su estado emocional, de cuánto se ame, de verdaderamente reconocer su valor y dignidad como ser humano y del respeto que se tenga a sì misma.

Nuestra persona no puede ni debe ser usada como cosa ni tratada como mercancía. Tampoco tiene precio, sino un infinito valor.

¡Ah, por cierto! ¡Pasé matemáticas con 75!

Amando al mundo apasionadamente

Gente ordinaria que vive la espiritualidad de san Josemaría.

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El agente 007 Pierce Brosnan

“La oración me ayuda a ser padre, actor y hombre”

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Su esposa y una hija de esta fallecieron de cáncer de ovarios. Uno de sus hijos pasó por una época difícil. Mientras Hollywood le sigue mimando, mirar y hablar con Dios le ha servido para seguir adelante

Pierce Brosnan, que alcanzó la fama por su personaje de Remington Steele en los años 80 y luego interpretó al mismísimo James Bond en 2001, afirmó que “La oración me ayudó con la pérdida de mi esposa por el cáncer, y con un hijo que cayó en una época dura. Ahora la fe me ayuda a ser un padre, un actor y un hombre”.

Brosnan no solo tuvo que superar el fallecimiento de su mujer Cassandra sino que más de diez años después, el 1 de julio de 2013, murió Charlotte Emily (hija del primer matrimonio de Cassandra) a causa de un cáncer de ovarios, la misma enfermedad que segó la vida de su primera esposa.

“Siempre ayuda tener un poco de oración en tu bolsillo. Al final, has de tener algo, y para mí eso es Dios, Jesús, mi educación católica, mi fe“, añade. “En cierto modo, todo lleva de nuevo a Navan, mi pueblo natal en la rivera del Boyne. A veces se ha pintado en tonos melodramáticos pero fue una gran forma de criarse. El catolicismo y los Hermanos Cristianos, esas son imágenes de raíces profundas y el cimiento para una persona con habilidad de actor”.

Dios ha sido bueno conmigo. Mi fe ha sido buena para mí, en momentos de profundo sufrimiento, duda y fe. Es una constante, el lenguaje de la oración. Quizá no hice bien las sumas con los Hermanos Cristianos, o no tuve la mejor enseñanza literaria, pero sí una cantidad firme de fe”, añadió.

Vacaciones en Hawai

Recientemente, al actor se le ha visto ejerciendo de papá incluso ante los paparazzi. En Instagram colgó una fotografía de sus vacaciones en Hawai con el expresidente de Estados Unidos, Bill Clinton, y su hijo.

Infancia dura, conflicto con la Iglesia

Pierce Brosnan nació en 1953. Cuando tenía apenas un año, su padre abandonó a la familia, y cuando tenía cuatro su madre se fue a trabajar de enfermera a Londres, dejándole en Navan con unos parientes hasta los 12 años. Él ha declarado muchas veces que en esos años de infancia estudió en los “Christian Brothers”, la gran orden irlandesa fundada por Edmund Rice para la educación, ahora hundida por los informes de violencia y abusos desde los años 40 a los 80.

En 2002, Brosnan protagonizó una película canadiense, llamada Evelyn, sobre un padre de los años 50 que queda viudo y no puede recuperar a su hija, entregada a un orfanato de la Iglesia. En esos años, habló muy mal de su educación recibida en Navan, en los “Christian Brothers”… pero la orden respondió una y otra vez (en Internet y con cartas a The Times) que ellos nunca tuvieron una escuela en ese pueblo, donde sí la tenían los Hermanos de La Salle.

Nunca ha dejado de ir a misa

Sin embargo, pese a tener una relación conflictiva con la Iglesia, Brosnan ha asegurado en varias ocasiones que nunca ha dejado de ir a misa ni de rezar.

A los 12 años, como inmigrante pobre en Londres en una escuela pública, aprendió a plantar cara y defender su identidad: “Había que tener pelotas para ser un católico irlandés en South London; la mayor parte del tiempo lo pasé peleando”.

En 1977, en Londres, conoció a su primera esposa, Cassandra, una actriz que trabajaba con Franco Zeffirelli, con dos hijos pequeños y recién divorciada del hermano del actor Richard Harris. Se casaron y tuvieron un hijo. En 1987, justo cuando se canceló Remington Steeldiagnosticaron cáncer de ovarios a su esposa, que durante cuatro años y ocho operaciones combatió la enfermedad. Murió en 1991, con 50 años, en brazos de su esposo.

“Ella era una luchadora y con su fuerza, optimismo y pasión por la vida, siempre parecía que todo estuviese bien. Cuando tratas con la muerte, aprecias la vida de una forma realmente dulce. Esas tardes y mañanas y días en que ella no tenía dolores, nos dábamos cuenta de lo hermoso que es todo“, afirmó el actor.

La terapia no funcionó, la oración y el trabajo sí

Brosnan ha explicado en varias ocasiones que la terapia no le ayudó a superar el dolor… “al final, tú eres tu propio psicólogo”. Pero la oración era un consuelo fuerte. “Tenía las oraciones católicas tradicionales, pero también mi diálogo personal con El De Arriba“.

Era un padre solo, un viudo con un hijo y dos hijastros. En 1994 conoció a una periodista del programa Today, de la NBC, Keely Shaye. Se enamoraron, se casaron en 2001, tuvieron dos hijos, y precisamente en 2001 Brosnan interpretó al agente Bond, James Bond, 007, al servicio secreto de Su Majestad.

Información actualizada por Aleteia. 

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Roger Moore. Adiós al santo que trabajó al servicio de Su Majestad

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Muere el actor que generaciones enteras recordarán como “El santo”, otras en cambio, como James Bond, el resto no dejará de preguntarse, ¿quién diantres es Roger Moore?

Yo descubrí a James Bond con Roger Moore. Es cierto que no era el menú que más me apetecía, porque yo siempre fui más de Indiana Jones o de Schwarzenegger. Canela fina. Pero cuando ya lo había visto todo (o eso creía yo) y no sabía qué sacar en el videoclub (cuando había videoclubs), un 007 siempre suponía una garantía mínima. Puede que por esta razón siempre me haya costado entender por qué Sean Connery es el mejor Bond de la historia.

Cuando yo conocí a Bond, el agente secreto al servicio de Su Majestad era un hombre tirando a mayor, pero desconcertantemente guapo e inesperadamente divertido. A mí me marcó especialmente Panorama para matar (1985) y esa persecución inicial en la torre Eiffel que terminaba con un coche al que le levantaban el techo y partido en dos persiguiendo a los malos. Aquella escena supuso el sentido mismo del Bond personificado por Roger Moore. Seguir adelante a toda costa aunque fuera ridículo, sobre todo porque se hacía con estilo.

Yo no lo sabía entonces, pero por aquellos años James Bond andaba flirteando con lo paródico y se estaba situando en la antesala de la decadencia. Sin darme cuenta, Moore me enseñó lo que era parodiar a un héroe al mismo tiempo que lo conocía.

Siempre he mantenido una extraña relación con 007 y creo que la culpa la tuvo Roger Moore. Recuerdo que mi madre decía que ese Bond era “el santo”, y yo creía que lo decía porque era especialmente bueno. Algo me hizo suponer que Connery debió de ser un asesino sanguinario y aunque algo de verdad había en todo esto, la cosa no iba por ahí. Antes de que yo lo descubriera como un agente secreto Roger Moore se hizo famoso en todo el mundo gracias a la serie El santo.

En 1997 Val Kilmer llevó a la pantalla un largometraje realmente malo sobre el personaje interpretado por Moore. No vale la pena. Si quieren ver de qué va eso de El santo vayan a ver la serie original, aunque eso sí, advertidos están, no tiene nada de religiosa la cuestión. Se trata de un hombre rico que decide ayudar a los débiles, aunque para ello tengo que poner en apuros a la policía. En el fondo, un bosquejo de lo que vendría a ser James Bond por su forma, y también, en cierto sentido, por sus intenciones. Solo hace falta ver la intro de la serie.

Roger Moore tenía un rostro tan singular, y sus facciones estaban tan marcadas, que casi resultaba paródico en sí mismo. Al final su cara resultó ser realmente complicada. Uno no podía ser tan guapo sin pagar un peaje, y Roger Moore nunca se distanció lo suficiente de James Bond, como sí lo hizo Sean Connery. Pero es que tampoco intervino en ninguna película particularmente memorable después. Roger Moore fue, primero “el santo” y para mí, especialmente, James Bond.

Descanse en paz.

 

 

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¿Una historia de venganza?

No, una historia de castigo, de culpa y también de perdón

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Arnold Schwarzenegger demuestra que es mucho más que una montaña de músculos en declive

Está claro que Arnold Schwarzenegger ya no es lo que era. Quizás porque no quiere, pero también porque siendo sinceros, tampoco le quedan demasiadas opciones. Su último trabajo, sin embargo, da a entender que Schwarzenegger es un tipo más listo de lo que muchos pudieron atisbar bajo tan ingente masa de músculo.

El parón que supuso su entrada en la primera fila de la política americana como gobernador del Estado de California bien pudo haberse interpretado como una retirada a tiempo. Hacía ya unos años que Schwarzenegger había dejado de ser la estrella elemental que fue durante la década de los 80 y buena parte de los 90. El fin de los días (1999), El 6º día (2000) y Daño colateral (2002) fueron una lánguida evidencia de la decadencia de un actor que, a ese ritmo, bien podría haber llevado camino de convertirse, como Bruce Willis, en una caricatura de lo que fue.

Sin embargo, como decíamos líneas arriba, Arnold Schwarzenegger es un hombre bastante más listo de lo que parece. Cuando colgó su traje de gobernator y recuperó la pila de ofertas que había estado acumulando durante ocho años, solo tuvo que levantar el teléfono. Estaba claro que trabajo no le iba a faltar.

Sin embargo las cosas habían cambiado. La leyenda de Schwazenegger se había trasformado en el mito de Schwarzenegger, y el actor de origen austriaco pronto advirtió que su presencia en este nuevo Hollywood era algo así como un jarrón puesto en un mal sitio. No terminaba de encajar.

De hecho, las películas de Arnold Schwarzenegger solo han funcionado cuando se ha comportado como lo que es, una reliquia de tiempos mejores, menos abyectos y más físicos, más viscerales y también más inocentes (Los mercenarios). Es más, su mera presencia en una saga como Terminator que se pretendió reinventar en su última aventura, Terminator. Genesis (2015), solo evidenciaba que Schwarzenegger ya no era de allí, que en aquella película fallaban muchas cosas pero que, es cierto, una de ellas era él.

No obstante, Arnold Schwarzenegger también parece haberse percatado que a sus 69 es más que probable que no pueda pasarse el resto de su carrera matando gente con sus propias manos, de modo que tal vez estaría bien empezar a labrarse una carrera como actor de prestigio, ahora que su nombre todavía puede sacar proyectos adelante.

Una historia de venganza es, a buen seguro, una de esas películas. Que nadie se engañe, no estamos ante un largometraje de acción. El film dirigido por Elliott Lester es un angustioso drama sobre la perdida de seres queridos y sobre el sentimiento de culpa. Schwarzenegger interpreta a un hombre que un día pierde a toda su familia en un accidente de avión. Paralelamente, Jake Bonaos (Scoot McNairy) es el controlador aéreo que provocó el choque de dos aviones en pleno vuelo por un estúpido despiste.

Contra todo pronóstico el film, basado en una historia real, está rodado con una templanza envidiable. El guion del español Javier Gullón es sólido como una roca, y la aproximación a las dos caras de una misma tragedia es ciertamente desconsoladora. Por una lado está Roman (Schwarzenegger) un hombre que cada día al levantarse siente un hondo dolor en lo más profundo de su alma que le impide seguir adelante. Por otro está Jake, un hombre que sencillamente no puede cargar con la responsabilidad de haber matado a más de 150 personas sin apenas haberse dado cuenta.

Una historia de venganza creo, honestamente, que es un título falso. La película de Lester es más bien una historia de castigo, de culpa y en última instancia de perdón. El dolor que sus personajes sienten se puede palpar casi en cada fotograma gracias a las interpretaciones de McNairy y, todo hay que admitirlo, de Schwarzenegger, un actor reconocidamente católico que sin embargo decidió involucrarse en una historia en la que Dios no aparece por ningún sitio. Nadie en su profunda angustia existencial recurre a él en ningún momento y sin embargo, al final, en ese plano cenital, como si alguien observara desde las alturas, yo creo que Dios estaba allí.

Ficha Técnica

Título original: Aftermath (2017)

País: Estados Unidos

Director: Elliott Lester

Guión: Javier Gullón

Música: Mark D. Todd

Género: Drama

Duración: 92 minutos

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Scoot McNairy, Maggie Grace, Kevin Zegers,Hannah Ware, Glenn Morshower, Mariana Klaveno, Mo McRae, Theresa Cook,Debra Herzog, Ted Williams, Larry Sullivan, Kim Evans, Christopher Darga,Michael Lowry, Danny Mooney

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Guardianes de la fe, contra la sumisión al Islam

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Un documental que llama a la movilización por los cristianos de Irak

En agosto de 2015 siete jóvenes españoles de entre 23 y 27 años estuvieron en Irak para rodar un documental sobre la situación de los cristianos. Contaban con financiación de dos universidades católicas catalanas, de Ayuda a la Iglesia Necesitada y de algún que otro patrocinador. Dos años después lo estrenan en diferentes salas de España y, según afirman, están dispuestos a llevarlo allí donde tengan un público de un mínimo de 100 personas.

Guardianes de la fe (2017) está al servicio de la denuncia. La expansión del Estado Islámico ha coincidido con una creciente persecución sistemática de las minorías cristianas de aquellos países. Cosa que no ha encontrado su eco proporcional en los medios de comunicación occidentales y que tampoco ha generado una respuesta militar para proteger a los inocentes del exterminio.

La historia que se nos cuenta es la de la entrada del Daesh en Irak y la conquista de Mosul, una ciudad con una numerosa población cristiana, que, en su gran mayoría, huyó a diferentes poblaciones de la llanura de Nínive.

En el montaje se intercalan abundantes y escalofriantes testimonios de víctimas de la región, que relatan crímenes repugnantes cometidos tanto sobre los cristianos como sobre los yazidíes.

Apenas 400 ó 500 soldados del Estado Islámico entraron en Mosul. Cuesta creer, nos dice uno de los curas entrevistados, que solo ese contingente fuese capaz de tomar una ciudad de tantos habitantes. Al parecer no lo hubiesen conseguido sin el apoyo de toda la población musulmana del lugar, que respaldó las operaciones de las tropas del presunto califa y su persecución de los seguidores del nazareno.

Paso a paso y de un modo inadvertido, el metraje va guiando al espectador hacia una tesis contraria al pensamiento dominante y políticamente correcto. Hilvanando afirmaciones de obispos, sacerdotes e incluso de representantes de la Ayuda a la Iglesia Necesitada, llegamos a pensar que el Daesh es la mismísima esencia del “islam”, que, como nos ha recordado recientemente Houellebecq en su última novela, significa literalmente “sumisión”.

Tras alcanzar este objetivo expresivo, las imágenes que uno ha estado viendo empiezan a cobrar relieve y uno entiende el creciente tono épico del filme. La queja por la falta de intervención bélica internacional ante el martirio masivo, la imposibilidad de los cristianos de la zona de seguir viviendo entre unos vecinos que se han convertido en sus verdugos, la presencia constante ante la cámara de la milicia cristiana debidamente armada con sus AK-47 y vestida de camuflaje, el sonsonete de la banda sonora subiendo de volumen en un final que muestra la reconquista real y simbólica de la ciudad de Mosul, etc.

Todo parece confabulado –incluso la página web del documental- para dejar al espectador al borde del alistamiento en una nueva cruzada, especialmente si se identifica con los agredidos.

Si lo que buscan los directores es ese efecto movilizador, lo consiguen sin discusión, por lo menos entre el público católico. Lo que uno no sabe es si abonar esa concepción del Islam es lo mejor en la creciente complejidad del mundo, asistiendo, como estamos, a los primeros intentos, en la Universidad de El Cairo, de una eventual Ilustración de la religión musulmana, orientada a desmontar su teología política.

Pero eso ya lo dejo a criterio del consumidor que se va a encontrar con una historia verídica, valiente y muy bien contada, que, sin duda, merece la pena ver.

Ficha técnica

Directores: Javier Carreras y Jaume Vives

Género: Documental

País: España

Música: Mireia Béjar

Año: 2017

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