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«Ofrecí mi hijo a Dios»

ENTREVISTA A MARIANNA POPIELUZSKO, MADRE DE UN SANTO

Marianna Gniedziejko –éste era su nombre de soltera– proviene de una familia de profunda raigambre religiosa. Un tío suyo, Joseph Kalinowski (1835-1907) –el padre Rafael de San José, de procedencia lituana–, es considerado el restaurador del Carmelo polaco, ya que contribuyó a su renacimiento y expansión. Fue beatificado en Cracovia el 22 de junio de 1983, y canonizado en Roma el 17 de noviembre de 1991 por el Papa Juan Pablo II. El padre Jerzy solía decir: “Tenemos un santo en la familia”. Poco imaginaba entonces que él sería el segundo.

El padre Jerzy Popieluszko, el joven sacerdote polaco martirizado por la policía secreta del régimen comunista en 1984, acababa de ser declarado beato por el Papa Benedicto XVI, el 6 de junio de 2010, en una ceremonia celebrada en la Plaza Pilsudski de Varsovia. Su madre, Marianna Popieluszko, que había cumplido 100 años pocos días antes, fue testigo del reconocimiento de la Iglesia del valor, martirio y santidad de su hijo. El semanario católico polaco Niedziela publicó entonces una significativa entrevista concedida por Marianna Popieluszko. La anciana madre del mártir parece que vive todavía,
discretamente, lejos del ruido mediático del mundo.

Les ofrecemos la citada entrevista, traducida de una versión inglesa por “La Buhardilla de Jerónimo”. Es toda ella un dechado de sensatez, religiosidad y firmeza evangélica.

–¿Le reza a su hijo?
–Le rezo a Dios, porque a Él debemos rezar y no a los hombres. Sí, podemos pedirles a los santos que intercedan por nosotros.
–¿La ayuda el padre Popieluszko? ¿Es eficaz su intercesión?
–¿Debo contar a todos cómo me ayuda? Si alguien quiere saber si el padre Popieluszko ayuda a los hombres, debería empezar pidiéndole que interceda; lo descubrirá por sí mismo.
–¿Ha obtenido alguna gracia por medio de la intercesión de su hijo?
–Él me ha ayudado más de una vez. Algún tiempo atrás, tuve problemas con mis piernas y tenía que ser operada. Recé en la tumba de mi hijo. El dolor terminó, y fui capaz de cosechar patatas en los campos
toda la semana.
–Recuerdo que algunos años atrás usted dijo que quería vivir para ver al padre Jerzy beatificado. El día ha llegado finalmente. ¿Está feliz?
–Siempre estoy feliz. Siempre debemos estar felices, si las cosas van bien o si van mal. Dios sabe qué es lo mejor para el hombre. Si he vivido para ver a mi hijo beatificado, significa que Dios quería que pudiera. La beatificación del padre Jerzy es importante porque aquellos que derramaron lágrimas, se regocijarán. Yo me separé de mi hijo con lágrimas, ahora lo veré de nuevo con gozo.
–¿Cuál es la más significativa de las enseñanzas de su hijo?
–“Vence el mal con el bien”. Si la gente pusiera en práctica estas palabras, estaría mejor; y si la gente está mejor, el mundo también estará mejor.
–Usted es la madre de un santo. ¿Qué fue lo más importante en la educación de su hijo?
–Siempre recordé a mis hijos que dijeran: “Que Jesús sea alabado”. Cuando entro en
una Iglesia, mi corazón se regocija y exclamo: “Que Jesús sea alabado”. El padre Jerzy sabía que el Señor es lo más importante en la vida.
–¿Cómo aprendió Jerzy a rezar?
–Cuando niño, solía rezar en casa, con todos nosotros. Solíamos rezar juntos. Los miércoles rezábamos frente a la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en la cocina, los viernes frente al Sagrado
Corazón de Jesús, los sábados frente a la Virgen de Czestochowa. Era siempre así. En otras palabras, mi hijo recibió la primera lección de oración en casa. Pero todo lo que había de bueno en él, era un don de la gracia de Dios. En fin, Jesucristo era importante para él. Como niño solía construir pequeños
altares y jugar con estampas, y construir pequeñas capillas a las que llevaba flores; incluso se vestía como un sacerdote. 
Cuando se hizo monaguillo tenía un roquete corto, ¡pero él quería uno largo! Vivía de estas cosas.
–¿Iba a la Iglesia todos los días cuando era monaguillo?
–Sí, en cualquier clima, en cualquier estación. Se levantaba a las cinco de la mañana todos los días para ir a la Iglesia y caminar cuatro kilómetros cruzando el bosque desde Okopy hasta Suchowola. Como monaguillo jamás se perdió la Misa, ni siquiera una vez. Nunca se quejaba de estar cansado. Nunca lo hizo: él era así.
–¿Y cómo era Jerzy de niño?
–Era un chico bueno. Nunca tenía que reprenderlo. Me obedecía en todo lo que le pedía que hiciera. Ya desde la niñez se manifestó cómo era él. Por ejemplo, amaba a las personas, le atraía el prójimo. Una
mujer anciana que vivía al lado nuestro, llevaba a pastar a sus vacas cada día. Él la solía acompañar para conversar con ella. Incluso cuando, como seminarista, volvía a casa, siempre visitaba a esta mujer. Por otra parte, yo le repetía: “El amor a Dios y al prójimo es lo que nos conduce al Cielo”.
–En la vitrina de la Sala de la Memoria dedicada al padre Jerzy en Suchowola, hay un libro que él recibió como premio, que lleva la siguiente dedicatoria: “Por la aplicación escolar, 9 de enero de 1955”. ¿Siempre le iba bien en la escuela?
–Recuerdo en particular el tiempo en el que se estaba preparando para su Primera Comunión; él era un estudiante muy aplicado. 
Era paciente, constante y trabajador. El párroco me dijo: “Señora, su hijo tiene talento, puede llegar a ser muy bueno o muy malo, depende de cómo sea criado”. Lo crié lo mejor que pude, y le enseñé a no mentir. Él sabía que en casa no había lugar para la falsedad, que no debía robar ni siquiera una
pera de un árbol en el camino.
–Un maestro un día la citó, pidiéndole que reprendiera a su hijo…
–Quería informarme de que Jerzy pasaba demasiado tiempo rezando el Rosario en la iglesia. Era verdad que, después de la escuela, él iba a la iglesia y rezaba el Rosario, todos los días. Pero el maestro trataba de intimidarnos, amenazando con bajarle las notas por su conducta. Le contesté que había libertad de culto en Polonia y que todos podían hacer lo que quisieran –el Espíritu Santo me debió inspirar en aquel momento–. Al final, no le bajaron las notas por conducta, aunque siempre iba a la
iglesia para el Rosario.
–¿Sentía que su hijo sería sacerdote?
–Había pedido a Dios que me concediera esta gracia. Había rezado para ser madre de un sacerdote. Incluso cuando estaba embarazada de él, lo ofrecí a Dios. No sé si por esto se hizo sacerdote. No sé si Dios me escuchó a mí o a algún otro…
–¿Qué quiere decir con que ofreció su hijo a Dios?
–Poco antes de que naciera, simplemente lo ofrecí a la Virgen María.
–La decisión de su hijo de entrar en el seminario, ¿la daba por descontado o le llegó como una sorpresa?
–Me sorprendió. Dios me había concedido la gracia. La vida es así: Dios concede una gracia, y si uno la acepta, caminará en sus pisadas.
–¿Recuerda el momento en que Jerzy le dijo que quería ser sacerdote?
–Sí, después de los deportes, al finalizar el tiempo escolar, fue al Seminario de Varsovia a entregar sus documentos. En aquella ocasión subía a un tren por primera vez, pero no se perdió. Creo que eligió el Seminario de Varsovia porque era el más cercano a Niepokalanów (un pueblo no muy distante de la capital de Polonia, cuyo nombre significa “pueblo de la Inmaculada Concepción”; allí el padre Maximiliano Kolbe estableció una importante comunidad franciscana). Estaba profundamente ligado a este lugar, quizá porque cuando estuvo un tiempo con su abuela, había encontrado muchos números de la
revista “Rycerz Niepokalanej” (“El Caballero de la Inmaculada”). Los tenía con él y siempre los hojeaba. Por entonces deseaba ir a Niepokalanów. Hablaba mucho del padre Kolbe: lo consideraba como un ejemplo. Recuerdo que, cuando vino a casa, trajo imágenes y diapositivas del padre Maximiliano. Mostró las diapositivas a todas las personas de la aldea que se reunieron en nuestra casa para la ocasión. Contó de su vida, y se emocionó cuando habló de su arresto, su prisión y martirio en el campo de concentración. Era muy sensible. 

Fui muy feliz cuando fue ordenado sacerdote y recé todo el tiempo para que permaneciera fiel a Dios, ya que esto es lo más importante en la vida.

–¿Volvía poco a casa mientras estudió en el Seminario?
–Habitualmente venía a casa cuando tenía vacaciones. Nos ayudaba en la cosecha y en la construcción del granero. Lamentablemente era propenso a enfermar, en particular porque había sido operado de tiroides después del servicio militar. Su salud había empeorado en el ejército. Sufrió muchas injusticias, aunque nunca nos contó nada, nunca se quejó. Él era así. Después de su muerte, sus compañeros soldados
nos contaron del abuso que había sufrido. Un día fue forzado a permanecer descalzo en la nieve, porque se había negado a entregar su rosario. Después de terminar sus estudios, venía a casa menos aún. Un
día me dijo: “Mamá, tienes muchos niños y cuidas de ellos. Yo tengo muchos más y tendré que dar cuenta a Dios de ellos”. La última vez que vino a casa me dejó su sotana diciendo: “Me la llevaré la próxima vez. De lo contrario, tendrás un recuerdo mío”. La he conservado hasta ahora.

–¿Tuvo usted miedo mientras él sirvió como sacerdote en Varsovia?
–Sí, lo tuve, como madre. Pero, ¿qué podía hacer? Él sabía qué hacer, nosotros no. Por otro lado, si había dado a mi hijo a la Iglesia, no podía volver a tomarlo. Si Dios lo había llamado a servir a la Iglesia, él no podía servir a su familia. El padre Jerzy no decía lo que hacía en Varsovia. Pero yo
sabía que la policía secreta lo seguía, incluso cuando regresaba a casa con nosotros. Él no quería que le sacaran fotografías

–“¿Por qué tanto alboroto conmigo?”, decía–. Era valiente, de otro modo no habría tomado ese curso y corrido tantos riesgos. Era fuerte, aunque físicamente débil. Sabía que había elegido servir a Dios y que le sería fiel hasta el fin.
 
–Después del funeral de su hijo, usted declaró que los que lo asesinaron no habían peleado contra él, sino contra Dios…
–Sí, lo hice, porque ellos no apuntaron a Popieluszko sino a la Iglesia. Su muerte seguirá pesándome mientras viva. Es un gran dolor. Es una herida que no sanará, es imposible de olvidar. Pero no condeno a nadie. Dios los juzgará un día. Pero sería feliz si para entonces se hubieran convertido.

Texto extraído de la revista AVE MARÍA, número 788, Mayo-Junio 2013 

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