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De la fe “de manual” a la práctica por convicción

Un deportista olímpico, un actor, un periodista, una top-model y una actriz. Todos ellos recibieron la fe en el seno de sus familias, pero la fama y el éxito les fueron alejando cada vez más de la Iglesia. Sus vidas han dado un vuelco y todos coinciden en que el éxito profesional no les dio la felicidad, la han alcanzado ahora, siguiendo a Jesucristo.  

Por Isis Barajas, Margarita García e Isabel Molina  

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Carlos Ballbé dejó el stick para entregarse de lleno a Cristo. Recibió su llamada al sacerdocio tras peregrinar, en varias ocasiones, al santuario mariano de Medjugorje. 

HA LLEGADO a lo más alto en el deporte: participar en los juegos olímpicos con la Selección Española de Hockey Hierba. Carlos Ballbé, o Litus, como le llaman desde pequeño, terminó allí su carrera como deportista para seguir su vocación: ser sacerdote. La vida de este joven barcelonés, hasta el verano de 2005, era la de un chico “normal”. Recibió de su familia y de su colegio los rudimentos de la fe; disfrutaba de los amigos, el deporte, la Universidad, –y aquí se complica la historia–, la fiesta y las chicas. Litus reconoce que fue empezar la carrera y vivir “por y para el hockey y la fiesta”. No era un chico problemático, simplemente trataba de disfrutar al máximo, sin pensar en si había que ir a clase al día siguiente o en si Dios pintaba algo en su vida. Se limitaba a ir a misa el domingo, sin comulgar si no se veía digno de ello. 

Un día cayó en manos de su padre un libro sobre las apariciones de Medjugorje, y no se lo pensó dos veces: se apuntó, y también a dos de sus hijos… “Ir a Bosnia en verano era lo último que me apetecía, pero no podíamos decirle que no a mi padre”, cuenta Litus, riéndose al recordar cómo contaba a las chicas que se iba de voluntario a Bosnia. Ese verano descubrió que Dios es real y tiene figura humana en Jesús. Y se le desmontó la idea de Iglesia que se había creado en su cabeza: “Todos son buenos y no pecan”. Y esto, gracias al testimonio que escuchó de personas pecadoras, a las que Dios, de la mano de María, les había cambiado la vida. 

Pero la euforia le duró una semana. Al volver a España se volcó de nuevo en el hockey, la carrera y la fiesta. “Tras Medjugorje mi día a día no cambió, pero ya no era capaz de responder sí a la pregunta ‘¿eres feliz?’”, explica Litus. Empezó a sentir un gran vacío, pero se consolaba pensando que su vida sería plena al alcanzar los triunfos deportivos que se avecinaban. Entonces trató de reordenar su vida. Inició una nueva carrera universitaria y empezó a salir con una chica que poco después le dejó. A esto se añadía la muerte de su abuela, a la que estaba muy unido. “Durante meses estuve muy mal y no entendía del todo por qué…” Con tanto acontecimiento, su corazón se ablanda y se abre a Dios, pero continuaba aferrado a la ilusión de alcanzar éxito en el deporte. 

En medio de este cúmulo de sentimientos, fue convocado para debutar en la Selección Española de Hockey Hierba. “Tenía que elegir: o la Copa de Europa o ir a Medjugorje”. El dilema se resolvió porque ese curso enfermó y perdió musculatura, por lo que no pudo jugar. Esa peregrinación fue clave, porque allí, mientras rezaba, pensaba en sus proyectos a la vez que le venía la pregunta: “¿Y si te entregas a mí?”. Desde entonces se sucedieron las señales que le hicieron imposible negarse a la llamada del sacerdocio. Hoy Litus está en el seminario y es un joven feliz. “Y no porque haga las cosas bien, sino porque no hay nada que me llene más que tener la certeza de estar haciendo lo que Dios quiere para mí”. 

Los Ángeles, México…Pilar Soto ha recorrido el mun­do buscando éxito personal y profesional, pero Dios y “el pobre Francisco” le esperaban en una parroquia de Madrid. Hoy no puede vivir sin la Eucaristía y la oración.  

“¡TERREMOTO PILAR Soto!”, así la llamaban en televisión, donde ha triunfado en programas como el mítico Grand Prix o La isla de los famosos (2003), de la que casi no sale con vida. Una mujer guapa, que tira por tierra el tópico de las rubias tontas, porque, como reconoce, le cuesta creer que habiendo estudiado tanto como lo hizo, –y sigue haciendo–, llegara a ser un “alma rota” que se enfrentó con la “hermana muerte” hace ya casi diez años. Fue en uno de sus habituales ingresos hospitalarios por la bulimia que padecía, cuando el médico le dijo que no podía hacer nada por ella. Entonces, por primera vez desde que hizo la comunión, rezó a Jesús. “Nunca en mi vida he sentido tanto miedo, traté de mover las piernas y fui incapaz. Sentí mucha vergüenza por todo lo que había hecho en mi vida y le supliqué a Dios que no me dejara marchar con tanto pecado. Que me permitiera demostrarle cuánto le amaba”. Y salió viva, pero a esta experiencia le siguieron los catorce meses más duros de su vida: abandonada por todos –llegó a dormir en un palomar–, menos por Dios. Le sostenía saber que le esperaba el “amor de los amores”. Durante aquellos meses repetía una jaculatoria de la Divina Misericordia que aprendió de su madre y el padre nuestro. “Me he convertido desde la nada –afirma–, de ahí solo te saca Dios”. A raíz de la muerte de Juan Pablo II se interesó por saber quién era el Papa y qué es la Iglesia, y el 11 de agosto de 2005 entró en una parroquia de Madrid donde sintió que el Espíritu Santo le confirmaba que la Iglesia era su nuevo hogar. Se confesó y después vinieron varios retiros, muchos momentos de oración, viajar a Asís… Pilar Soto relata con emoción los momentos que le han llevado a ser hoy una amante de san Francisco. Pero de quien está enamorada hasta los tuétanos es de Cristo, Quien ha hecho de ella una mujer nueva. 

Dice ser un “agnóstico recu­perado” al que lo de la fe “se lo explicaron mal”. Volcado con los más pobres, Pedro ha encontrado en Dios el sentido de su vocación solidaria y de su vida.  

PEDRO FUSTÉ es periodista. Ha trabajado en Radio Nacional de España, en M80 y en la Cadena SER. Durante cinco años ha estado al frente de la Fundación Tierra de Hombres y acaba de escribir Nos vemos en Medjugorje. Ha llegado a Dios de la mano de María. O, mejor dicho, ha vuelto a Dios, porque de pequeño, como muchos de su generación, recibió la fe en la familia y en el colegio. Recuerda de aquellos años anécdotas como la de llevar los lunes a clase la papeleta que el párroco repartía en misa y que acreditaba la asistencia. “Si no ibas, ¡te caía una buena bronca!”, recuerda. Vivencias como esta le produjeron rechazo hacia la Iglesia, pero seguía yendo a misa. Con los 20 años llegan la libertad, el coche… Se casó y tuvo dos hijas a las que les procuró formación cristiana, mientras él vivía una fe light. 

En 1999 se divorció y vivió un mo­­mento de descrédito total. Pero no quedó ahí la cosa. Al año siguiente, el 11 de marzo de 2000, sufrió un accidente de moto y perdió el brazo derecho. A raíz de aquello, y como él dice, al estilo Scarlett O’Hara, hizo una apuesta soberbia con Dios: “¡No vas a poder conmigo, mándame las pruebas que quieras. Déjame sin familia, sin trabajo y sin brazo, que no me voy a hundir!”. Y comenzó un tiempo de introspección. 

Pedro tiene un carácter predispuesto al prójimo y ha viajado a África en varias ocasiones, pensando que con su labor humanitaria hacía su aportación a los valores religiosos, hasta que entró en juego su hermano, que en 2007 le invitó a ir a Medjugorje. Allí, ante el escepticismo que le producía “tanto rezo del Rosario”, el sacerdote del grupo de peregrinos le aconsejó abrir los ojos y el corazón, y dejarse querer. Y, desde 2007 hasta hoy, han sido cinco los viajes que ha necesitado para llegar a darle sentido a su vida, a declararse un “agnóstico recuperado”. “Yo creía que era bueno –dice–, y bueno no lo eres nunca, si fueras bueno serías como Jesucristo y yo aspiro a ser un seguidor”. Conocer el amor de Dios es lo que lleva a Pedro a tratar de predicar con el ejemplo.“Es hora de práctica, no de manual”, asegura, y por eso trata de enfrentarse a la vida con una sonrisa. Y, en efecto, es un hombre sin un brazo, pero no deja de sonreír mientras repite: “Es lo que tiene vivir en la gracia de Dios”. 

Abandonó el éxito y el dinero que da Hollywood para ser coherente con su fe y hacer películas que defienden la dignidad humana. “Si la gente buena se queda callada, el mal triunfa”, asegura.  

CONVERTIDO EN el último latin lover, el cantante y actor mexicano Eduardo Verástegui había llegado a la meca del cine y tenía a su alrededor un gran equipo de mánager, publicistas y abogados que le asesoraban en la brillante carrera artística que tenía por delante. Gozaba de fama, éxito y dinero, pero empezó a sentir un vacío profundo en su vida: no era feliz. Se consideraba católico, llevaba consigo un rosario e iba a misa una vez al año, pero un día, su profesora de inglés le preguntó de forma directa: “Si amas tanto a Dios como dices, ¿por qué le insultas tanto?”. Verástegui se dio cuenta entonces de que la vida que llevaba contradecía la fe que le habían transmitido sus padres. “El amor a Dios siempre lo tuve, solo que era un amor a mi medida, un amor acomodado”, nos explica el actor en su última visita a España. “Tuve un despertar. Es como si tú, que estás enamorada de tu esposo, te enteras diez años después de que has estado haciendo algo que a él le ofende, así que le pides perdón y prometes no volver a hacerlo. Eso me ocurrió a mí: un 80 por ciento de las cosas que hacía no le agradaban a Dios. Lo hacía por ignorancia, y cuando me di cuenta, Dios me dio la gracia para no rechazarle y cambiar”. 

Ahora, con su productora, Metanoia Films, se dedica a impulsar desde Hollywood películas que defienden la dignidad humana. Sobre la nueva evangelización, Verástegui insiste en que “la fe es un regalo” y “la Iglesia no es un club en el que tenemos que meter a más gente; cada uno tiene un ritmo distinto”. Pero añade que es “fundamental que pidamos a Dios que incremente nuestro amor y nuestra fe”. “Si la gente buena se queda callada, el mal triunfa. Si no damos nuestra vida por nuestra fe es porque todavía no estamos enamorados al cien por cien”. 

La top-model y actriz Amada Rosa Pérez se cansó de tenerlo todo y le dijo “basta” a su estilo de vida. “Quise suicidarme, pero no tuve la cobardía de quitarme la vida. Entonces, el Señor me dejó ‘morir’ y me resucitó para Él”. 

LO TENÍA todo: fama, dinero, belleza, reconocimiento… Había triunfado más allá de sus sueños en las pasarelas y en la televisión y, sin embargo, sentía que no tenía nada. “Estaba llena, pero llena de vacío, y ese vacío iba creciendo”, cuenta la colombiana. Entonces, un buen día, le pidió a Dios un gran favor: “Como no tenía la cobardía de quitarme la vida, le pedí a Él que me la quitara: ‘Llévame, Señor, contigo porque estoy cansada de este mundo’. ¡Bendito pecado que me hizo conocer a Dios! Acudí a Él, sin saber que me escuchaba”… Empezó a rezar el rosario, tam­bién para escapar de su realidad, y después de un tiempo comenzó a experimentar paz en su alma. “Una noche, llena de desesperación y angustia, me quedé profundamente dormida rezando el rosario y en sueños escuché una dulce voz dentro de mi corazón que me decía: ‘Ora, ora, ora, mi pequeña, que nunca es suficiente’. Es difícil explicarlo, pero en ese instante se detuvo el tiempo, desperté, rompí  a llorar y supe de inmediato que era la Santísima Virgen. Solo una intervención divina podía hacerme sentir tanto amor, tanta paz y tanto arrepentimiento al mismo tiempo”.

La paradoja de su relato, al igual que las demás historias de estas páginas, es que Amada Rosa creció en un ambiente católico, pero nunca conoció a ese Dios que hoy llena por completo su vida. “Me bautizaron al segundo día de nacer”, comenta. De pequeña, recibió también la primera comunión y, más tarde, la confirmación. Fueron dos eventos “muy importantes para mi madre, aunque en ese momento yo no era consciente de su gran significado”.

Con solo quince años se marchó de su casa y al poco tiempo comenzó su carrera como modelo. No tardó mucho en alcanzar el éxito y con él llegaron las interminables preguntas: “Estuve preguntándole al mundo qué era ese algo que me hacía falta y por qué todo el que alcanza sus metas no se siente pleno y en paz. El mundo jamás me supo responder. Con el tiempo, mis preguntas tuvieron una sola respuesta: Jesucristo, nuestro Señor”.

Tras su conversión, volvió a la confesión y a frecuentar los sacramentos, y decidió apartarse de todo aquello que le había hecho daño: “Me di cuenta de que tengo un Padre que me ama a pesar de haberle ofendido, que me recibió nuevamente con todo su infinito amor. Gracias a esto, tomé la decisión de renunciar a exhibir mi cuerpo y no volví a participar en producciones o programas que atenten contra mi salud espiritual y la de mis semejantes”.Hoy comparte su conversión con alegría, pues considera que todos los católicos han de contribuir con la Iglesia dando testimonio, dondequiera que estén. “Cada uno tiene una llamada; hay que descubrirla, preguntándole a Dios en la oración”. A su vez, ve la necesidad de que en la Iglesia se haga una catequesis sencilla y constante para explicar la misa, la riqueza de los sa­­cramentos y las verdades que encierra la fe, de una manera abierta, cálida y amorosa. “El hombre, hoy más que nunca, agoniza en este frío mundo. Necesita acogida, comprensión y amor”. 

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