El Búho Rojo

Tengo un grupo de amigos ateos que gustan de organizar parrilladas en Viernes Santo, como una forma de afirmar su identidad atea y, en realidad, su dependencia de una tradición religiosa precedente; pero eso no les gusta reconocerlo. En líneas generales resulta interesante conversar con ellos, pues un buen número tienen alto nivel cultural, lo que suele producir una conversación amena. Siempre es enriquecedor departir con quien no piensa como uno. Suelen reunirse en un café “underground” de una zona bohemia de la ciudad llamado “El Búho Rojo”.

El sábado pasado tuve la oportunidad de asistir allí a una sugestiva conferencia, aderezada con un generoso café, sobre “El temor a la muerte en De rerum naturaede Lucrecio”. Que, resumiendo, como buen epicúreo materialista no temía a la muerte, porque “mientras estamos vivos no es problema, y una vez que morimos ya no existe el sujeto que pudiera tener ese problema”. Pero lo interesante de la reunión fueron las confesiones de fe atea que algunos participantes se sintieron obligados a profesar ante la presencia de un sacerdote católico.

Dos de esas “confesiones” despertaron paralelamente mi curiosidad, hilaridad y pena. Resulta paradójico sentir tristeza y tener risa al mismo tiempo, pero así fue. Esto solo me sucede en el Búho Rojo, por eso lo considero un lugar especial. Una persona mayor, de entre setenta y ochenta años confesó que era ateo desde niño, porque una ocasión le rezó a la Virgen y a todos los santos, pidiéndoles que no le propinaran una tremenda paliza, y adivinen que pasó… La otra fue más dramática, pues no sólo fue confesión de ateísmo sino valiente testimonio de no tener miedo a la muerte. Que alguien joven no tema a la muerte puede ser normal, fruto de la inconciencia juvenil, pero que un señor que afirmaba tener noventa y cinco años lo diga no deja de ser curioso, y uno no puede evitar preguntarse si será verdad o lo dirá cara a la galería, pero el discurso sea acaso diferente en las largas noches de insomnio junto a la almohada, o cuando se palpan las progresivas limitaciones físicas. El caso es que este amigo se hizo ateo el día de su primera comunión, porque no alcanzó el consabido pastel y chocolate caliente, tradicionales al final del evento religioso. Pensó que eso significaba que Jesús no lo quería y por eso no existía.

El primer testimonio me hizo pensar que, en buena lógica, yo no debería ser solo ateo sino satánico, habida cuenta la cantidad de veces que mi madre me dio en las pompis con la chancla, o por aún, mi papá con el cinturón o correa. Quizá se deba a que yo de niño no era tan inteligente y la verdad no se me ocurrió; a lo más intentaba escarmentar para que no se volviera a repetir la furiosa y agresiva tormenta sobre los glúteos.

Debo decir, en defensa de los ateos ahí presentes, que otros tienen motivos más académicos para su ateísmo, son menos existenciales. Pero esos dos, repito, no dejaron de llamarme la atención. Pensándolo bien, yo también soy ateo del dios en el que esos dos respetables ancianos no creen. Un dios semejante al “genio de la lámpara” que debe comprobar su existencia demostrándomela, concediéndome mi deseo. Una especie de dios mágico, al que acudo, como a los brujos y chamanes, para pedir un favor, y a quien no pagaré nada hasta ver los resultados. Lo trágico de la confusión es que el dios del que se declaran ateos los dos ancianos no es el Dios cristiano, por más que lo hayan “vacado” en la primera comunión o al rezarle a la Virgen.

¿Cuál es el Dios cristiano entonces? Precisamente el de la Semana Santa, pero que, nuevamente en forma trágica, no alcanzarán a vislumbrar, pues estarán muy ocupados aderezando las carnes el Viernes Santo, mientras con aire de superioridad compadecen a la “pobre gente” que reza el Vía Crucis o asiste al “Sermón de las Siete Palabras” (o a una versión más intensa, “el sermón de las tres horas”; sí, ¡tres horas hablando el padrecito y la gente no pierde la fe!, una demostración práctica de que Dios sí existe).

¿Cuál es el Dios de la Semana Santa? El que asume, hasta sus últimas consecuencias, la misteriosa y dura experiencia humana del dolor, del fracaso, del sufrimiento. El Dios que es capaz de hacer de lo más oscuro, la luz más potente; de la muerte más horrible, el ícono de la belleza; de la condena y el abandono, la fuente de la esperanza. Jesús estaba más cerca de ese niño sin pastel y de ese niño castigado, pero ellos no se dieron cuenta. Es el mismo Jesús que en la Cruz no tiene rencor ni resentimiento con quienes le condenan, sino que ora por ellos pidiendo a su Padre “perdónales, porque no saben lo que hacen”. Lo mismo pido yo a Dios por mis amigos ateos, consciente de que no soy mejor que ellos, quizá es que solo eran más listos de pequeños; pido que les de la gracia del arrepentimiento y puedan rezar aquella maravillosa oración de último momento “acuérdate de mí cuando estés en tu reino”; mientras que para mí aplico esa otra del Angélico, “límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero”.

 Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

p.marioa@gmail.com

 

La avalancha de casos obliga

Muchos sacerdotes no saben qué hacer 

La avalancha de casos obliga al obispo australiano Porteous a publicar un manual de exorcismos 

La solicitud pastoral del auxiliar de Sidney no es sólo para los fieles afectados: también para su clero, que ignora la influencia del demonio. 

Actualizado 6 octubre 2012 

C.L. / ReL

Que la presencia y actuación del demonio se ha incrementado en los últimos años ya es un hecho constatado, y sólo divergen las respuestas pastorales ante esta realidad.

Una realidad palpable

La del auxiliar de Sidney, Julian Porteous, de 63 años, ha sido neta en cuanto ha tomado conciencia de la magnitud del fenómeno. Y no ha sido hace mucho: «Me he implicado en esto en los últimos años. Me he encontrado con un gran número de personas que querían hablar conmigo porque estaban siendo afectadas por una u otra forma de mal espiritual».

No era el único problema: «Lo que más me llamaba la atención es que numerosas personas me decían que cuando acudían a su parroquia, el sacerdote tampoco sabía realmente qué hacer, qué aconsejar o cómo ayudarlas. ´Eso ya no lo hacemos [en referencia a los exorcismos], ya no forma parte de la Iglesia´, les llegaban a decir algunos».

Pero monseñor Porteous comprende la inquietud de los fieles: «La gente vuelve a la Iglesia porque sienten que es el lugar donde pueden conseguir ayuda, porque a lo que se están enfrentado es de naturaleza espiritual».

El obispo auxiliar de Sidney decidió involucrarse en estos casos mediante la publicación dedos libritos destinados principalmente a su clero y que presentó la semana pasada en la catedral de Santa María de la ciudad australiana, ante un auditorio que incluía, entre otros, a veinte sacerdotes diocesanos. Se trata de un Manual de Exorcismos Menores y de un directorio de consejos para personas que padecen males espirituales.

Se trata, sobre todo, de interpretar esos males y de aclarar si hay en ellos algún elemento demoniaco, afirmó el prelado en el acto, según recoge el semanario católico australiano The Catholic Weekly. Porteous ha consultado a psiquiatras y psicólogos para su redacción.

No se trata, pues, de meras elucubraciones. Se trata más bien de la iniciativa de un pastor ante sus ovejas, a causa de la falta de comprensión pastoral de estos temas de las que -confesó- ha sido testigo personalmente.

Los tiempos han cambiado

Presentó los libros el sacerdote jesuita Greg Jordan, quien se sinceró ante el público: «Hace treinta o cuarenta años la reacción ante estos libros habría sido de extrañeza. ´¿Para qué los necesitamos?´, habríamos dicho». Pero ahora la necesidad es «tan grande» que considera ambas obras «de valor incalculable». 

¿Por qué?, continuó el padre Jordan: «Porque la mayor parte de la gente ignora todo sobre el demonio y su influencia y la respuesta de la Iglesia a ella. Y quien está bien instruido… está bien armado«.

… y tras el ‘no’ de Sor María, se reconstruye una familia

El Mundo

Raquel Quílez | Madrid

Actualizado sábado 14/04/2012 11:48 horas

De izquierda a derecha, Inés, María Luisa, Pilar y Marina.

Un viaje a Ibiza con la hermana que no sabías que tenías, la primera Semana Santa con la madre que acabas de recuperar, velas de cumpleaños que se apagan por primera vez al unísono a los 30 años, sobrinos con los que aprender a jugar… La historia de Pilar y María Luisa Torres ha ocupado muchas páginas de los medios de comunicaciónesta semana. Es la primera familia que ha llevado el drama de los niños robados a los tribunales tras reencontrarse después de tres décadas separadas. Y tras el ruido mediático se esconde la historia de cuatro mujeres que tratan de reconstruir su vida. Su tarea es titánica.

«La peor parte se la está llevando Pilar porque es la que se lo ha perdido todo y sabe que no lo puede recuperar»

«Es muy complicado. Intentamos vernos todo lo que podemos para ir conociéndonos, pero Pilar necesita tiempo para asimilarlo todo. Se la ve feliz cuando está con nosotros, jugando con sus nuevos sobrinos, pero de pronto, se agobia y necesita irse. Da la sensación de que le ahoga pensar en todo lo que se ha perdido», cuenta Inés, la primogénita de la familia, una mujer de 32 años que, de pronto, se ha encontrado con una hermana que llevaba buscando desde los 18. Pilar es la «niña robada» y Marina, de 25, la más pequeña de las tres hijas que ha tenido María Luisa.

Su drama se remonta a 1982, cuando a María Luisa le arrebataron a su segunda niña con el pretexto de que la había concebido fuera del matrimonio. Ocurrió en la clínica Santa Cristina de Madrid y la mediadora fue la monja Sor María, uno de los nombres que más se repite en las historias de niños robados de la capital. «Como te atrevas a protestar, te denunciaremos por adulterio y te quitaran también a tu otra hija», le amenazó la religiosa. Y ella optó por resignarse… hasta que salieron a la luz casos de otras víctimas como ella. Y se animó a buscar. Y acudió a todos los foros hasta que la suerte se puso de su lado y encontró a la niña que buscaba gracias a un programa de televisión.

«Llevo desde que tenía 18 años sabiendo que cada 31 de marzo una hermana mía cumplía años en otra familia»

Primer cumpleaños en familia

Hace apenas medio año de eso y la familia aún no ha conseguido la normalidad que ansía. «Fue un momento muy tenso. Habíamos estado muchos años esperándolo, pero cuando lo ves como opción real, te asustas. Piensas en qué va a pensar ella, en cómo vas a reaccionar tú… Es uno de los momentos más difíciles que he vivido», cuenta Inés. «Llevo desde que tenía 18 años sabiendo que cada 31 de marzo una hermana mía cumplía años en otra familia. ¡Imagínate lo que hemos sentido cuando lo hemos celebramos por primera vez juntas!» .

Era una fecha especial, así que madre y hermanas pidieron permiso en sus trabajos y se presentaron en la casa de Marina cargadas de flores y besos. Fue la primera vez que la familia real y la adoptiva se juntaban al completo. «Fue muy raro, el padre adoptivo lo está llevando muy bien, pero la madre, un poco peor. Cada uno reacciona como puede ante una historia tan tremenda», reflexiona Inés. Ambos han declarado este viernes en el proceso abierto por la Fiscalía de Madrid, donde han contado que Sor María les dijo que la niña que les daba «era de una madre joven que no tenía posibles». Lo cierto es que ellos también llevaban 15 años luchando porque Pilar conociese a su madre biológica.

«El juicio está siendo muy duro sobre todo para mi madre, pero tenemos la esperanza de que al final obtengamos recompensa»

Mientras Inés cuenta cómo está viviendo el proceso su familia, sus dos hermanas disfrutan de su primer viaje juntas. Como destino han elegido Ibiza. «Están congeniando mucho porque las dos están en situaciones parecidas; jóvenes, sin ataduras… Me da mucha envidia cuando me llaman y me dicen lo bien que se lo están pasando. ‘No te imaginas la confianza que estamos cogiendo‘, me dicen».

Buscarse en el otro

Las hermanas juegan ahora a encontrar similitudes. Cuando Inés mira a Pilar reconoce en ella algunas de sus facciones. Y adivina a su hermana menor en su carácter. «Marina y ella son iguales, introvertidas, pero con mucho genio. Se parecen muchísimo. Y con mi madre, mira qué casualidad que hasta las dos trabajan en una residencia», dice en pleno proceso de descubrir al otro. Y tratan de ponerse al día. Vídeos de boda, viejas fotos… «La peor parte se la está llevando Pilar porque es la que se lo ha perdido todo y sabe que ya no lo puede recuperar. Para nosotras es más fácil».

Y todo mientras miran con esperanza a los juzgados para que ponga un poco de cordura en su drama. La suya es la primera causa de niños robados que llega a los tribunales después de que la Fiscalía de Madrid viese indicios de delito en la actuación de Sor María, que trabajó a las órdenes del ginecólogo Eduardo Vela, otros de los nombres omnipresentes en las denuncias de afectados. La religiosa está acusada de detención ilegal y falsedad en documento público, pero este jueves se negó a declarar.

«El juicio está siendo muy duro sobre todo para mi madre, pero tenemos la esperanza de que al final sirva de algo y obtengamos recompensa», dice Inés, que incluso ve normal el comportamiento de Sor María. «Es lógico.Tiene 80 años y va a intentar alargarlo todo lo que pueda a ver si se libra… Espero que la justicia se de cuenta de que tiene que acelerarse el proceso». Mientras eso llega, ellas se empeñan en la tarea de reconstruir su historia. Llevaban 30 años esperándolo.