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Dejó dos veces el convento, era incapaz de predicar… pero va a ser santo

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El papa Francisco aprueba el milagro para la canonización del capuchino Angelo da Acri

Toda vocación necesita un tiempo para oír la llamada, para escucharla en el corazón y para dar una respuesta. Al italiano Lucantonio Falcone, nacido en Cosenza en 1669, le costó un poco más.

Cuando a los 15 años encontró en su camino un capuchino dotado de cierto carisma, a Lucantonio le pareció escuchar la llamada de Dios a entrar en la vida religiosa. Cuatro años más tarde entró en el convento pero lo abandonó a los pocos meses, pensando en formar su propia familia. Al poco, se arrepiente y vuelve al convento…, para volver a dejarlo por no sentirse capaz de lo que pide la vocación religiosa.

Lucantonio está en búsqueda, intentando discernir la llamada, mirándose a sí mismo en lugar de mirar al Señor. Pero reacciona y vuelve al convento, y ya no lo dejará jamás. Cuentan las crónicas que cuando se encaminaba hacia allá, un mastín enorme le sale al paso impidiéndole continuar su camino, por lo que le increpó: “¡Mala bestia, vete, retorna al infierno!”. Se está fraguando un santo.

En la comunidad de frailes menores de Belvedere, a Fray Angelo, su nombre de religión, le llaman “el novicio pendular”. No lo tuvo fácil, e incluso allí no dejó de perseguirle el Maligno.

Un día en que fue presa de fuertes tentaciones, se lanzó a los pies del Crucifijo para exclamar: “Jesús, no puedo más. Socórreme o hazme morir”. Empezaba a experimentar que la vida cristiana no es una construcción que uno haga con sus fuerzas, sus virtudes y sus proyectos, sino un dejarse llevar por el amor dado y recibido del Señor, hasta en los pecados más graves. Te basta mi gracia…

En este caminar en lo precario, es ordenado sacerdote el 10 de abril del año 1700. Y el Señor quiere que su pobreza sirva para la edificación de otros. Sus superiores le envían a predicar, pero incluso en este carisma experimenta la debilidad: en una de sus primeras misiones comienza a hablar y de repente pierde el hilo, se trastabilla, se queda en blanco…, y tiene que volver avergonzado a la sede.

De vuelta al convento llora al Señor y le pide conocer cuál su voluntad para él. La respuesta le llega en la oración: “No tengas miedo: te daré el don de la predicación y bendeciré tus fatigas. De ahora en adelante habla de forma sencilla, que te entiendan todos“.

A partir de ahí, con el método sugerido por el Señor, adquiere pronto gran fama de predicador. Le reclaman en Salerno, Nápoles, Montecassino, Catanzaro, Taranto, Reggio Calabria, Messina. Nadie en el sur del país se queda sin escuchar sus palabras.

La gente dice que cuando fray Angelo predica “en casa no quedan ni los gatos”. Durante toda su vida continuó sufriendo los embates del demonio, que le perseguía y le pegaba, llamándole “ladrón” por la cantidad de almas que le arrebataba.

Murió el 30 de octubre de 1739 en medio de una gran fama de santidad, y el papa León XII le beatificó en 1825. El milagro, reconocido por el papa Francisco el pasado 23 de marzo, que permite ahora su canonización es la curación de un niño convaleciente de grandes secuelas tras un accidente de tráfico.

Por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Artículo publicado originalmente por Alfa y Omega
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Creativas ayudas de este cura de Barcelona a los nuevos pobres

Un respiro para viudas con pensiones mínimas, autónomos sin subsidio, despedidos, deshauciados, divorciados,…

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La globalización, con sus ocultas siderurgias, está modelando el mundo, convirtiéndolo en una acechante gárgola. Las malas noticias se multiplican. Pese a la supuesta recuperación económica, crece el desempleo estructural. Los pronósticos a este respecto no son nada halagüeños: parece que internet y las tecnologías digitales no van a ser capaces de crear tantos empleos como van a destruir. Lo escuchamos del recientemente fallecido Zygmunt Bauman y de otros profesores universitarios en el documental In the Same Boat (2016).

La promesa de un mundo mejor, sin embargo, sigue motivando a mucha gente, en África y Oriente Medio, para hacer el petate y lanzarse a la aventura de intentar llegar a Europa.

Y así el mar Mediterráneo, como nos cuenta Pietro Bartolo, el único médico en Lampedusa, en el documental Fuoccoammare (2016), se está convirtiendo en un “moridero” de personas, que caen presas de las mafias y de la indiferencia de Europa, que es “peor que la del Holocausto”.

La civilización occidental, surgida del cristianismo, ha perdido contacto con la experiencia de fe y de encuentro que la originaba. Por eso el mundo ha seguido produciendo riquezas, beneficios, obras monumentales y espectaculares, pero sin preocuparse por el prójimo, por aquel que hace posible el nuevo inicio.

De este modo, el pobre, el inmigrante, el refugiado, el excluido en general, ya no es percibido como una oportunidad para que la fe se convierta en inteligencia de la realidad y se haga cultura, sino como un problema que hay que gestionar del modo más eficiente posible. Ya se encargará la mano invisible de Adam Smith, versión neoliberal de la Providencia, de hacerles justicia.

Además, uno de los instrumentos que habíamos inventado para combatir el problema de la desigualdad política, social y económica, nuestro querido Estado del Bienestar, está llegando a su colapso.

Los impuestos que se pagan empiezan a no ser suficientes para atender a todos los ciudadanos según los estándares establecidos hasta el momento. Las sociedades occidentales envejecen a galope tendido mientras se resisten a la entrada de los “extranjeros”, que son sometidos, como ganado, al estricto régimen de los campos de concentración de refugiados, a la espera de una morosa respuesta administrativa a su petición de asilo.

En unos años comenzará la jubilación de la generación del baby boom y la inversión de la pirámide demográfica dejará a muchos sin pensión y sin subsidio de ningún tipo. Lo que era un derecho dejará de serlo y aquellos que no tengan patrimonio se quedarán con lo puesto.

Parece que las nuevas ciudades del futuro van a parecerse más a las grandes metrópolis de África o América que a las hasta ahora más homogéneas y ordenadas capitales europeas. Las bolsas de pobreza y de exclusión van a crecer de la mano del desempleo, del incremento de la brecha social entre ricos y pobres y de la sofisticación de las nuevas tecnologías, que van a sustituir al ser humano en muchas de sus labores actuales.

Tras la crisis, empiezan a emerger y consolidarse grupos de “nuevos pobres” en nuestras sociedades. Personas que hasta el momento habían pertenecido a la amplia clase media han abandonado el mundo de relativo bienestar en el que vivían, porque inesperadamente se han descubierto incapaces de pagar sus hipotecas, sus alquileres o de sustentar a sus familias.

El padre Saturnino Rodríguez, párroco de San Eugenio I, Papa, en Barcelona (España), conocido entre sus feligreses como Mossèn Nino, es sacerdote en un barrio donde tradicionalmente vivían personas de clase acomodada. En los catorce años que lleva ejerciendo su presente encargo pastoral, ha visto aparecer esta nueva pobreza entre los habitantes de su arciprestazgo.

Viudas con pensiones mínimas que piden colas de pescado en la pescadería, supuestamente para sus gatos. Antiguos autónomos que ahora no tienen derecho a cobrar subsidio alguno. Personas que pierden su trabajo a los cuarenta, los cincuenta o los sesenta y que no encuentran otro oficio que el de hurgar en las basuras a hurtadillas. Divorcios que debilitan todavía más las familias ante las condiciones sociales ya de por sí desfavorables. Desahucios que dinamitan los horizontes de tantos.

Ante esta miseria sobrevenida, Mn. Nino ha buscado el modo de responder a esta nueva realidad. En él, la inteligencia de la fe se hace inteligencia de la realidad, como nos pedía hace unos años Benedicto XVI. Ha ideado y montado el comedor de Emaús, donde atiende diariamente las necesidades alimenticias de más de 200 personas.

Además, allí reciben el acompañamiento de los voluntarios, e incluso tienen a su disposición la atención psicológica y el consejo de un equipo de abogados, que muchas veces necesitan por las situaciones extremas en las que algunos de ellos se encuentran.

Los usuarios de Emaús son pobres vergonzantes. Hombres y mujeres que intentan mantener la apariencia de sus antiguas vidas de clase media con sus recursos actuales, prácticamente inexistentes.

Mn. Nino nos cuenta cómo el primer día que abrió el comedor de Emaús, había apenas 5 usuarios del mismo, y cada uno comía, investido de toda su dignidad, en su propia mesa, separada de la de los demás. Semanas después la compañía había crecido, se habían trabado vínculos y las sobremesas se alargaban, convirtiéndose para todos en un lugar donde respirar.

Sin embargo, la creatividad de este sacerdote no acaba ahí, porque Emaús no consigue llegar a las necesidades de todas las familias que pasan penurias en la ciudad, sino que está especializada en la pobreza vergonzante del barrio.

Quizás por eso, Mn. Nino también ha tenido que inventarse el supermercado solidario por puntos DISA (Distribución Solidaria de la Alimentos) en el que no solo ha implicado a las parroquias de la zona, sino también al Ayuntamiento y a otras organizaciones tales como el Banco de Alimentos, así como a donantes privados.

Con ello, nos cuenta, ha conseguido subvenir, contando con el trabajo conjunto de las asistentas sociales de la Administración y de Cáritas, las necesidades de más de 400 familias en situación de vulnerabilidad: sin empleo, sin ahorros, sin recursos, sin dinero, y que viven precariamente por culpa de la crisis, que se lo llevó todo.

Después relata emocionado algo que hace evidente que para él lo importante no es la obra. Un día le llaman del Hospital del Vall d’Hebron. Un enfermo seropositivo ha dado su número. Dice que él es su único amigo. Cuando le dicen su nombre no sabe de quién se trata. Pero la enfermera insiste y le cuenta cómo el paciente ha dicho que le conoció, vendiendo pañuelos de papel en la calle.

Mn. Nino lo identifica. Resulta ser un toxicómano sin familia. Sus padres murieron cuando él era un niño. Sufrió malos tratos, como su madre. Y cuando se quedó solo en el mundo se dedicó a olvidar, a pincharse, y ya no conoció amigos, porque sólo tuvo colegas yonquis que, como él mismo decía, no querían su bien.

Cuando salió del hospital le quedaban tres meses de vida. El médico se lo había dicho a los dos. Fueron tres meses de amistad sencilla. Poco a poco, fue pidiendo los sacramentos y acabó muriendo en paz. En la misa funeral solo estaban Mn. Nino, que oficiaba, y el cadáver. Y una foto de su madre, que aquel chico había pedido llevarse a la tumba sobre su pecho.

Hablando con Mn. Nino, ante su testimonio, nos damos cuenta de que la pobreza no sólo es una lacra social, sino que, en la experiencia cristiana, también puede convertirse en oportunidad para el despertar de la fe y para que ésta se convierta en creatividad y en cultura.

Como ha dicho el papa Francisco en la Evangelii Gaudium: “Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio”. Y la pobreza, como afirma san Ignacio, “es madre y muro”. Y comenta el Papa: “La pobreza genera, es madre, genera vida espiritual, vida de santidad, vida apostólica. Y es muro, defiende. ¡Cuántos desastres eclesiales han empezado por falta de pobreza!”.

La pobreza, signo de nuestro tiempo, nos ayuda a darnos cuenta de la presencia del Señor. Tratarla nos polariza y nos hace conscientes de la propia dependencia, de la gracia que es existir en cada instante. “Dios mío, ven en mi auxilio. Señor date prisa en socorrerme”, repite la Iglesia.

De ahí la insistencia evangélica de este Papa en la misericordia: “servir a los pobres”, desgraciadamente cada vez más numerosos en nuestras sociedades post-metafísicas, “es servir al mismo Jesús”. Acercarse a los pobres supone, pues, un camino para la propia fe, un nuevo inicio, cargado de esperanza para la Iglesia, y para nuestra sociedad doliente.

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Conoce al “sacerdote del Rosario”

16 marzo 2017 1 comentario

Implicó a estrellas de Hollywood en una cruzada de oración

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Las producciones del sacerdote Patrick Peyton presentan a actores como Bing Crosby, Loretta Young y Gregory Peck

En mitad de la Segunda Guerra Mundial, el padre Patrick Peyton, un sacerdote de la Congregación de la Santa Cruz, sabía que solo había una cosa que las familias de toda la nación necesitaban hacer para garantizar la paz dentro y fuera de su hogar: rezar el rosario.

Sus padres le habían enseñado la importancia del rosario en su país natal, Irlanda, cuando toda la familia se arrodillaba diariamente para rezar el rosario. Además, el padre Peyton creía que la Santísima Madre le había curado milagrosamente de la tuberculosis mientras estudiaba en el seminario y por eso hizo el juramento de difundir Su amor por todo el mundo.

Pero ¿cómo podría él, un inmigrante irlandés insignificante en Estados Unidos, llegar a millones de personas para hablarles del poder del rosario?

Sin tener ninguna formación ni contactos en los medios de comunicación de masas, el padre Peyton fue a Nueva York y convenció a una mujer de la cadena de radio Mutual Broadcasting System de que la nación necesitaba un programa de radio católico. Esta mujer no cristiana decidió dar una oportunidad al padre Peyton con una condición: tenía que contar con la ayuda de estrellas de Hollywood.

El padre Peyton, nervioso, llamó al cantante y actor Bing Crosby y, de alguna manera, con la ayuda de Nuestra Señora, consiguió convencerle para que se uniera a la causa. El programa de radio se emitió por primera vez el 13 de mayo de 1945 y contó con la colaboración del “arzobispo Spellman de Nueva York, el presidente Harry Truman, Bing Crosby y los padres y hermanas de la familia Sullivan de Iowa dirigiendo el rosario (…). El padre Peyton terminó el programa con un apasionado llamamiento a que las familias rezaran juntas el rosario por la paz”.

El éxito del primer programa fue enorme y los oyentes pedían más.

El padre Peyton inició así su cruzada de oración para conseguir que su programa se emitiera de forma regular y fundó la productora Family Theater Productions en 1947 con estrellas de Hollywood dispuestas a apoyarle en su labor.

Sus diferentes producciones continuarían incluyendo a estrellas como “Grace Kelly, Gregory Peck, Rosalind Russell, Jimmy Stewart, Helen Hayes, Ronald Reagan, James Dean, Natalie Wood, Robert Young, Raymond Burr, Lucille Ball, Bob Newhart, Jack Benny, Loretta Young y Frank Sinatra”.

La radio era solo el principio para el padre Peyton, que se expandió hacia la producción televisiva y cinematográfica con la ayuda de sus amigos de Hollywood. Su nueva empresa llegaría a producir más de 800 programas de radio y 83 especiales de televisión donde participaban las mayores estrellas del momento.

Según Family Theater Productions, incluso “dieron al célebre productor/director George Lucas (Star Wars) su primer crédito para películas —como ayudante de cámara— a mediados de los 60 para el corto The Soldier, protagonizado por William Shatner”.

Además, el padre Peyton continuaría liderando concentraciones en torno al rosario por todo el mundo, atrayendo a nutridas multitudes allá donde iba. Pronto empezó a conocérsele como “El sacerdote del Rosario” y popularizó la frase “la familia que reza unida permanece unida”.

El padre Peyton continuó su labor de difundir el rosario hasta su fallecimiento en 1992. Su vida sigue siendo una inspiración para todos, en especial para los que quieren usar los medios de masas para la promoción del Evangelio.

El 1 de junio de 2001, el cardenal Sean Patrick O’Malley abrió oficialmente la causa para su canonización y en 2015 se presentó en el Vaticano la Positio, “un informe de 1.300 páginas que estudia su vida y ministerio por una virtud heroica y una vida de santidad”. Actualmente está en proceso de revisión y, una vez aprobado el caso, el padre Peyton sería declarado Venerable. Ya existen dos potenciales milagros sucedidos con su intercesión que podrían considerarse una vez concluida esta fase del proceso.

Sirvió por más de 50 años a los más desfavorecidos de Perú

4 agosto 2016 1 comentario

Fray Anselmo mantuvo vivo el contacto con su familia en las Islas Canarias

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Luego de un incierto peregrinar realizó su sueño: servir a los demás en Perú. Partió de un pueblo ubicado al noreste de Islas Canarias en España para abrazar su vocación. Por casi 50 años consagró su vida al servicio de los más pobres, en el país andino.  Anselmo Díaz se había hecho sacerdote Franciscano.

Sus valiosas virtudes humanas lo hacían sobresalir en donde se encontraba. Entre los 10 y 11 años tuvo que lidiar con las secuelas de la posguerra. Se afincó en Arafo (España), allí pasó su juventud. A los 22 años viajó a África para cumplir con el servicio militar y luego partió a Venezuela, recuerda su hermana Carmen Díaz, la menor de 5 hermanos.

La orden de Asís lo acogió en Perú. Su humildad, su entrega y su amor a los más pobres le valieron para que la reconocida estrella de Hollywood José Mojica, quien había entrado a la vida religiosa, lo alentara para el sacerdocio.

Labor Franciscana de asistencia en Perú

Con el alba ya estaba en la puerta del comedor. Un atento fray Anselmo recibía a los niños con un pan en la mano. Una vez dentro, comenta su hermana, los niños disfrutaban de grandes calderos de leche y chocolatada. Al mediodía, tocaba atender a los ancianos, y por la tarde a los adultos. “Mi hermano conseguía donaciones de Alemania y Canadá, país de donde mandaban el chocolate”, comenta Carmen.

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Luchó y atendió con todas sus fuerzas a los niños, mujeres y ancianos más desposeídos. Además de trabajar en misiones en la selva, de 2000 a 2006 cumplió una importante labor como Superior Provincial de la provincia franciscana de los XII Apóstoles del Perú. Posteriormente fue nombrado superior del Convento de San Francisco de Lima.

Su intensa labor duró casi medio siglo en el país. Su hermana no olvida que en su pequeña habitación en el convento entraban y salían siempre, todos tenían un consejo que pedirle.

De Perú al cielo

Más de 600 personas eran atendidas a diario en el comedor que logró fundar en Lima. El 27 de junio partió a la casa del padre en medio de una desconsolada despedida de los más humildes.

“Mi hermano ha llevado el nombre de Canarias, su tierra natal, muy lejos a través de sus obras sociales y el amor a los demás. Un hombre de paz y humilde quien puso en escena la caridad en el servicio pastoral”, expresó su hermana.

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Desde su tierra natal, Canarias, organizaba una cena benéfica todos los años para recaudar fondos destinados a los niños del comedor en Lima. “Yo tengo dos familias, sería ingrato quedarme aquí y dejarlos abandonados”, señalaba Anselmo. Así que decidió participar siempre en ambo lugares.

Sus restos mortales descansan en las catacumbas del histórico Museo del Convento de San Francisco de Asís.

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Muere un sacerdote católico que fue perseguido por el nazismo y el comunismo

Nadie como el padre Schiepers conoció el mal que hicieron los totalitarismos del siglo XX en Europa

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Muere a los 102 años el sacerdote católico alemán Herman Scheipers. Nadie como él conoció el drama de los totalitarismos. Su vida tuvo distintas etapas. La primera fue su persecución durante el nazismo. Durante años llevó cosido a su chaqueta el número 24255. Un número que siempre recordó y que le marcó. La segunda tras escapar del campo de concentración, vigilado por la STASI. La tercera, tras caer el muro, con el capitalismo al que también definió como totalitario.

Le presionaron para que renunciara al Sacerdocio y al no hacerlo fue condenado por ser “un defensor fanático de la Iglesia”. “Propenso a generar intranquilidad a la población, por lo que ordenamos su  internamiento en el campo de concentración de Dachau” decía el Tercer Reich.

“El haber sobrevivido corporal y espiritualmente al infierno se lo debo exclusivamente a mi fe”, explicaba el sacerdote durante una conferencia celebrada en Madrid en el año 2011.

En más de una ocasión definió el campo de Dachau como “lo peor y lo mejor de lo que el hombre es capaz”. Siempre lo tuvo muy claro de allí podría convertirse o en criminal o en santo: “Los nazis enfrentaban a unos presos contra otros, con un sistema de capos”, explicó.

“Sabíamos que que, más pronto o más tarde, nos esperaba la cámara de gas. Cuando me llegó el turno, tuve una de las experiencias de solidaridad más profundas de mi vida. Otro sacerdote, muy enfermo, me paró en mi camino para ofrecerme el pedazo de pan de ese día. Quise rechazarlo: a él le hacía falta, y yo moriría poco después. Él insistió, diciendo que los apóstoles descubrieron al Señor al partir el pan. Lo acepté, profundamente conmovido. Mi ejecución fue cancelada milagrosamente; él murió. Cada vez que celebro la Eucaristía veo ese pan”, afirmaba el Padre Scheipers.

En sus conferencias mostró el horror de la guerra, pero también ofreció testimonios positivos de lo sucedido en esos días: “Poco antes de terminar la guerra, los nazis ordenaron desalojar el campo, y se organizaron las marchas de la muerte. Yo conseguí escapar de la última. Había un pabellón de moribundos con enfermedades altamente contagiosas. No quedaba tiempo para deshacerse de ellos, y ordenaron a sus capos quedarse para cuidarlos. Eran comunistas, y se negaron. Las SS pidieron voluntarios, y sólo los católicos estuvieron dispuestos a sacrificar sus propias vidas para no abandonar a los moribundos. Fue esa entrega a Cristo por encima de cualquier poder terrenal y hasta de la propia muerte lo que Hitler y Stalin no podían tolerar.

Logró fugarse, pero siguió viviendo perseguido por el totalitarismo. Ya no era el Tercer Reich sino la STASI comunista quien lo tenía vigilado. Desde el año 1946 hasta la caída del muro de Berlín atendió a refugiados que llegaban a la Alemania del Este.

Así contaba en una entrevista este periodo de su vida: “Siempre quise ser sacerdote donde más falta hiciera. Después de la guerra, sin duda, era la Alemania ocupada por la URSS. Mis familiares pusieron el grito en el cielo, pero yo sabía perfectamente dónde me llamaba Dios. En la Alemania comunista fui espiado, amenazado, y nuestros medios eran tan precarios que recuerdo una Misa en la que se congeló el vino”.

De su experiencia bajo la persecución de dos totalitarismo expresó que la vivió porque “no aceptábamos la supremacía de ningún hombre, ni de Hitler, ni de Stalin, ni la dictadura del proletariado, por encima de Cristo”. Aún después de la caída del muro, el Padre Scheipers siguió viendo que el cristianismo es “un estorbo para la pretensión de los poderosos de dominar todos los aspectos de la vida en su propio beneficio”.

También fue crítico con el capitalismo: “Este totalitarismo vació las iglesias sin amenazar con la cárcel. Hay libertad de religión, pero sus medios de comunicación se encargan de que se vea mal su ejercicio”. El Padre Scheipers vivió siempre perseguido, pero sin embargo vivió una vida plena de felicidad y alegría: “En todo momento, mantuve una profunda confianza en Dios. Él era responsable de mi vida; no yo. Eso me daba un gran sosiego, incluso en los momentos más difíciles. Sin fe, mi vida hubiera estado llena de amargura y resentimiento”, afirmaba.

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Pero a él le preocupaba la Eucaristía

10 noviembre 2015 Deja un comentario

Le golpearon hasta derribarle

Sucedió en Corea del Sur hace tres años, pero esta imagen sigue impactando

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Una foto impactante la de este sacerdote, derribado tras haber recibido una golpiza mientras distribuía la comunión, y que se dedicó con las fuerzas que le quedaban a recoger las partículas eucarísticas que habían caído al suelo. La imagen fue tomada por uno de los presentes momentos después del ataque, en la aldea de Gangjeong.

Sucedió en la isla de Jeju (Corea del Sur) el 8 de agosto de 2012, como entonces contó la agencia católica asiáticaUCAnews: el sacerdote Bartholomew Mun Jung-hyun estaba celebrando una misa a las puertas de una controvertida base naval que el gobierno estaba construyendo en la zona, y que iba a causar un impacto medioambiental muy negativo para las poblaciones locales.

El sacerdote celebraba una misa para los ciudadanos que protestaban contra la obra, y se encontraba distribuyendo la comunión, cuando la policía irrumpió y comenzó a golpear a los presentes, incluyendo al sacerdote, hasta tirarle al suelo. La diócesis de Cheju exigió inmediatamente una disculpa, pues los presentes aseguraron que uno de los policías pisoteó las partículas derramadas por el suelo. La policía negó este acto.

Pero más allá de lo ocurrido, de la brutalidad policial y de las protestas, es el gesto humilde de este sacerdote que, pisoteado y dolorido, no piensa en sí mismo sino en su Señor, lo que toca el corazón. Una imagen que dice más sobre el sacerdocio que mil tratados de teología.

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De migrante nigeriano a sacerdote…

EL OBSERVADOR ALETEIA TEAM

Testimonio de Kenneth Iloabuchi, joven nigeriano que tenía el sueño de llegar a Europa para tener una vida mejor, estudiar Derecho en Inglaterra y poder trabajar allí. Cuenta las dificultades a las que se enfrentó para realizar su objetivo y cómo logró perdonar sólo con el amor de Cristo.