A Juan Pablo II le envidiaban los ángeles

Actualizado 30 septiembre 2013

Decía el Padre Pío que los ángeles sólo nos envidian por una cosa: ellos no pueden sufrir por Dios.

Al Cielo, de hecho, se llega por Amor, que lleva implícito siempre el Sufrimiento, con mayúsculas. Recuerdo, a este propósito, el best-seller reciente en España titulado La inutilidad del sufrimiento, que es precisamente lo que reclama esta sociedad hedonista y apóstata.

Del Sufrimiento por Amor pueden darnos soberanas lecciones todos y cada uno de nuestros santos, que son legión. Por no hablar del Sufrimiento más sublime de la historia: el de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz.

Enterado de la canonización de Juan Pablo II el próximo día 27 de abril, fiesta de la Divina Misericordia, creo oportuno recordar ahora el gran sentido del sufrimiento del todavía beato.

Además de los ayunos, que efectuaba con rigor extremo, Karol Wojtyla pasaba a menudo las noches desnudo y tumbado en el suelo, como escribe el postulador de su Causa de Beatificación, el también polaco Slawomir Oder.

El ama de llaves que tenía en Cracovia descubrió un día que el entonces arzobispo deshacía la cama para disimular. También se flagelaba con un cinturón de pantalón especial que empleaba como látigo y que le acompañaba siempre en Castel Gandolfo.

Todos los viernes, Juan Pablo II renovaba simbólicamente la pasión de Cristo con la práctica del Via Crucis; incluso en la víspera de su muerte, el 1 de abril de 2005, pese a la fiebre alta y la extrema dificultad para respirar que le impedían casi articular palabra, pidió un folio y un bolígrafo para escribir que, dado que era viernes, deseaba hacer el Via Crucis. Y lo hizo…

«Karol Wojtyla espiado»

«A Juan Pablo II le espiaban religiosos muy cercanos» 

Incluye los documentos secretos del régimen comunista polaco sobre el Pontífice. 

Actualizado 30 mayo 2012 

Andrea Tornielli/Vatican Insider 

“La vigilancia sobre las acciones de Karol Wojtyla por parte de la policía secreta comunista tuvo proporciones impresionantes…”. Marek Lasota, de 1960, licenciado en Filología polaca y con una especialización en historia, vive entre kilómetros de documentos acumulados durante el régimen comunista y que se conservan en el Instituto Nacional de la Memoria, cuya sección de Cracovia dirige. Después de muchos años de paciente investigaciones ha identificado los expedientes relacionados con Wojtyla. Se publica en estos días la traducción italiana de “Karol Wojtyla espiado” (Edizione Intrascienze), el libro de Lasota que incluye los documentos secretos del régimen sobre el Pontífice que murió en 2005. Es estudioso, en entrevista con La Stampa, revela algunos nombres de algunos sacerdotes que colaboraban y que no fueron includos en el libro. 

“Durante el régimen, cualquier sacerdote era considerado por las autoridades como un enemigo del pueblo y del partido –explica Lasota–, y la policía política, la ‘Bezpieka’ se encargaba de observarle. Wojtyla estaba bajo vigilancia desde 1964. Esta actividad se intensificó en 1958, cuando se vuelve obispo auxiliar de Cracovia. Durante los años sesenta, como arzobispo, es considerado como un peligroso opositor ideológico. Por ello, la vigilancia sobre todas sus acciones asumió proporciones impresionantes”. 

Entre los documentos que presenta el libro, sorprende uno con las 98 preguntas a las que debían responder los espías que vigilaban al futuro Papa: un interés maniático por cualquier detalle de su vida cotidiana. Desde cuando se levantaba cada día, hasta las actividades que llevaba a cabo cada mañana; desde la frecuencia con la que se afeitaba, hasta los “cosméticos” que usaba. Se pedía información sobre sus costumbres en la oficina, sobre los documentos que llevaba a casa, si llevaba consigo las llaves del escretorio, de qué hablaba en la sobremesa, si le gustaba jugar al bridge o algún otro tipo de juego de cartas, o ajedrez, y eventualmente quién. Si fumaba, si le gustaban las bebidas alcohólicas (“Cuánto bebe y con qué frecuencia”). La policía secreta quería saber incluso “quién le facilitaba la ropa interior” y quién la lavaba, si guardaba en el armario medicinas y cuáles. 

La investigación del historiador sobre los archivos de la “Bezpieka” revela las inquietantes proporciones del fenómeno: “Se estima –afirma el autor– que el 10 % del clero en Polonia colaboró de alguna manera con los comunistas. Wojtyla estaba rodeado por algunos religiosos que colaboraban con la policía secreta y que comuni caban noticias sobre él”. Algunos de estos sacerdotes eran reclutados en momentos de dificultad, porque estaban involucrados en casos de alcohol, dinero o sexo. 

“Los sacerdotes que vigilaban a Wojtyla eran –revela Lasota– Wladyslaw Kulczycki, Mieczyslaw Satora, Boleslaw Sadus, Chris Michalowski, Zygmunt Siudmak, Joseph Szczotkowski. El padre Sadus, que murió en 1990, era el párroco de una parroquia de Cracovia y colaboraba con el nombre en clave de “Brodecki”. Mientras que don Szczotkowski, “Rosa”, que murió en el año 2000, era canónigo de la catedral de Cracovia y trabajaba en la curia metropolitana. Y no eran solo sacerdotes los que informaban a la policía secreta: mucca de las personas más cercanas a él terminaron colaborando con la ‘Bezpieka’”. 

La vigilancia siguió incluso después del 16 de octubre de 1978, cuando el cardenal de Cracovia fue elegido sorpresivamente como Papa. “En un informe del 30 de novembre de 1984 aparecen los nombres en clave de 11 colaboradores secretos: Sylwester, Turysta, Sowa, Wolski, Pawlik, Łucjan, Janowski, Robert, Gross, Seneka y Filozof”. “Tourist – explica Lasota a La Stampa – era el sacerdote Antoni Siuda; Seneka era un empleado de la revista católica Tygodnik Powszechny”. Pero también hubo casos en los que los que colaboraban creían que estaban encontrándose con informadores de países occidentales, porque así se presentaban algunos espías del régimen; era la forma para reclutar “bajo bandera extranjera”, por ejemplo con el caso del dominico polaco Konrad Hejmo. De la avalancha de documentos, informes y expedientes sobre Wojtyla surge una imagen sin la menor mancha. No era sobornable ni manipulable o influenciable. El “check-up” cotidiano de la policía comunista confirma, pues, que durante el cónclave de octubre de 1978, los cardenales eligieron muy bien.

Karol Wojtila me salvó la vida el año 1945

Actualizado 30 abril 2012

Conmovedora historia de una niña judía que fue auxiliada por el joven sacerdote Karol Wojtyla, recién ordenado, cuando ella se marchaba enferma sin rumbo una vez liberada del campo de concentración en donde estuvo trabajando, con trece años, en una fábrica de municiones.

Edith Zirer, casada hoy y con 2 hijos, que vive en Haifa, en una colina del Monte Carmelo, quiso estar con Juan Pablo II (59 años después de lo ocurrido) en su histórico viaje a Tierra Santa para darle personalmente las gracias justamente en el Memorial del Holocausto Yad Vashem.  Fue un día inolvidable para ella y para toda la población judía, así como una lección universal de humanidad. 

Edith Zirer narra el episodio como si hubiera sucedido ayer. Era una fría mañana de primeros de febrero de 1945. La pequeña judía, que todavía no era consciente de ser el único miembro de su familia que sobrevivió a la masacre nazi, se dejó llevar en los brazos de un sacerdote de 25 años, alto, fuerte, que sin pedirle nada, simplemente le dio un rayo de esperanza. 

    Hoy aquel sacerdote, dijo entonces ella, es el obispo de Roma. Edith quería agradecer finalmente aquel gesto. «Sólo un pequeño gracias en polaco por aquello que hizo, por la manera en que lo hizo, para decirle que nunca me olvidé de él», dice desde su hermosa casa ubicada en las colinas del Carmelo, en la periferia de Haifa. 

    Edith tiene 66 años y dos hijos. Reconstruyó su vida en Israel, donde llegó en 1951, cuando todavía padecía las lacras de la tuberculosis y los fantasmas de la guerra alteraban sus sueños. 

    Durante todo este tiempo se ha guardado esta historia. Cuando en 1978, Karol Wojtyla subió a la cátedra de Pedro, comenzó a sentir la necesidad de hablar, de contarlo a alguien, de mostrar su agradecimiento. La pregunta surge inmediatamente: pero, ¿cómo puede estar segura de que aquel sacerdote es el Papa? ¿Por qué ha esperado tanto?. Estos interrogantes se los han planteado también los periodistas de «Kolbo», el semanario de Haifa que publicó un artículo sobre este asunto. «El relato es convincente. No trata de hacerse publicidad, todos los detalles que ofrece parecen creíbles», dicen los redactores. Tan convincentes que la embajada israelí ante la Santa Sede se movió rápidamente  para tratar de poner en contacto a la señora Zirer con la secretaría del Papa entones. 

    La narración habla por sí misma. «El 28 de enero de 1945 los soldados rusos liberaron el campo de concentración de Hassak, donde había estado encerrada durante casi tres años trabajando en una fábrica de municiones –explica Edith, quien entonces tenía trece años–. Me sentía confundida, estaba postrada por la enfermedad. Dos días después, llegué a una pequeña estación ferroviaria entre Czestochowa y Cracovia». Precisamente en Cracovia, Wojtyla acababa de ser ordenado sacerdote. «Estaba convencida de llegar al final de mi viaje. Me eché por tierra, en un rincón de una gran sala donde se reunían decenas de prófugos que en su mayoría todavía vestían los uniformes con los números de los campos de concentración. Entonces Wojtyla me vio. Vino con una gran taza de té, la primera bebida caliente que había podido probar en las últimas semanas. Después me trajo un bocadillo de queso, hecho con pan negro polaco, divino. Pero yo no quería comer, estaba demasiado cansada. El me obligó. Después me dijo que tenía que caminar para coger el tren. Lo intenté, pero me caí al suelo. Entonces, me tomó en sus brazos, y me llevó durante mucho tiempo. Mientras tanto la nieve seguía cayendo. Recuerdo su chaqueta marrón, la voz tranquila que me reveló la muerte de sus padres, de su hermano, la soledad en que se encontraba, y la necesidad de no dejarse llevar por el dolor y de combatir para vivir. Su nombre se grabó indeleblemente en mi memoria». 

Cuando finalmente llegaron hasta el convoy destinado a llevar a los detenidos hacia Occidente, Edith se encontró con una familia judía que le puso en guardia: «Atenta, los curas tratan de convertir a los niños hebreos». Ella tuvo miedo y se escondió. «Sólo después comprendí que lo único que quería era ayudarme. Y quisiera decírselo personalmente».

Tomado de Zenit, 6.II.04                     

  No hace falta ningún comentario. Que el lector saque sus propias consecuencias sobre el modo de vivir el amor al prójimo que nos enseñó Juan Pablo II con su propio testimonio.

Un Fred Astaire con alzacuellos

Triunfaba en Broadway bailando claqué, pero la muerte de Juan Pablo II le llevó al sacerdocio

El vídeo demuestra que David Rider era bueno en lo suyo. Pero los planes de Dios eran otros. Se parecían a los de un actor llamado Karol Wojtyla.

Actualizado 17 marzo 2012

C.L./ReL

El testimonio de David Rider está circulando gracias a que su viejo amigo Robert Duncan le convenció para grabarlo y difundirlo a través de Catholic News Agency. Se habían encontrado en Nueva York dos años antes, y de repente se tropezaban en Roma… pero David llevando alzacuellos. ¿Por qué?

Lo cuenta el mismo Rider. Empezó a bailar claqué cuando tenía tres años, y cuando llegó a la adolescencia, aunque no había abandonado la fe, no la practicaba intensamente: «El claqué era la razón de mi vida«. Abrió una escuela de danza y empezó a hacer giras por todo Estados Unidos, entre ellos el célebre musical 42th Street [Calle 42].

«Quería ser un profesional del claqué durante el resto de mi vida y trabajar enseñando y actuando. Pero cuando tenía 17 años, Dios irrumpió en mi vida a través de uno de mis profesores de instituto y redescubrí mi fe católica. Se plantearon en mi vida dos opciones: el claqué o el sacerdocio», confiesa David.

«No sabía muy bien que hacer», continúa, «pero un momento muy importante fue la muerte de mi héroe, Juan Pablo II, en la época en la que estaba de gira con Calle 42. Cuando murió, empecé a saber más cosas de su vida, y sobre el desafío que hubo en su vida entre ser actor o convertirse en sacerdote. Una noche me levanté para ver su funeral junto con mi compañero de habitación. Y comprobé el impacto que había tenido en todo el mundo por hacer la elección del sacerdocio. Decidí entonces seguir sus pasos».

David Rider, que está incardinado en la archidiócesis de Nueva York aunque estudia en la Universidad Gregoriana de Roma, reconoce que ya no baila tanto como antes. «No es posible en esta vocación, ahora llevo un alzacuellos y me estoy preparando para el sacerdocio«, explica, aunque, ya vestido de clergyman, demuestra en el vídeo que no ha perdido facultades. Pero sí siente que ahora, cuando baila, ya no lo hace para sí mismo ni por el placer de bailar, sino «por el triunfo del reino de Dios».

Y ahora, antes que los focos, prefiere la tranquilidad del seminario, donde sus compañeros y él sienten «la paz de Dios sabiendo que están haciendo lo que Él quiere que hagan».