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Adoro Te Devote

13 noviembre 2017 Deja un comentario

El himno compuesto por Santo Tomás de Aquino a Jesús Sacramentado

Te adoro con fervor, deidad oculta,
que estás bajo de estas formas escondidas;
a ti mi corazón se rinde entero,
y desfallece todo si te mira.

Se engaña en ti la vista, el tacto, el gusto.
Mas tu palabra engendra fe rendida;
cuanto el Hijo de Dios ha dicho, creo;
pues no hay verdad cual la verdad divina.

En la Cruz la deidad estaba oculta.
aquí la humanidad yace escondida;
y ambas cosas creyendo y confesando,
imploro yo lo que imploraba el ladrón arrepentido.

No veo, como vio Tomás, tus llagas,
mas por su Dios te aclama el alma mía:
haz que siempre, Señor, en ti yo crea,
que espere en ti, que te ame sin medida.
Oh memorial de la pasión de Cristo,
oh pan vivo que al hombre das la vida:
concede que de ti viva mi alma,
y guste de tus célicas delicias.

Jesús mío, pelícano piadoso,
con tu sangre mi pecho impuro limpia,
que de tal sangre una gotita puede
todo el mundo salvar de su malicia.
Jesús, a quien ahora miro oculto,
cumple, Señor, lo que mi pecho ansía:
que a cara descubierta contemplándote,
por siempre goce de tu clara vista.

Amén

¿Por qué Jesús murió a los 33 años?

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No es una casualidad…

Muchos se han preguntado por qué tan joven murió Jesús. La edad de 33 años ha sido la referencia obligatoria de su crucifixión, muerte y resurrección. Pero muy pocos se preguntan lo que monseñor Charles Pope pregunta en su artículo del portal Community in Mission. En efecto: ¿cuál fue la razón de que muriera en sus treinta años y no con más edad, lo cual le habría dado más tiempo para enseñar y consolidar la doctrina de su Iglesia?

Pope recuerda la triple respuesta de santo Tomás de Aquino: Jesús murió a esa edad para mostrar su amor por nosotros en la edad perfecta de la vida; porque estaba completamente sano y porque al resucitar tan joven nos enseña la condición futura de los que resucitarán en el día final.

Desde luego, dice Pope, no es una casualidad que Cristo haya muerto, justamente, a la edad en que murió. “Dios no hace nada arbitrariamente” y los detalles del Evangelio –por ejemplo, la hora de la muerte de Jesús— nos enseñan mucho más que las especulaciones.

Un modelo a imitar

Además, está el tema de la perfección (Cristo era perfectamente Dios y perfectamente hombre). La perfección puede dañarse por exceso o por defecto. “Consideremos -dice Pope- el caso de la edad: una persona joven puede carecer de madurez física o espiritual, mientras que a una persona mayor, el tiempo le cobra su peaje y la mente se hace menos nítida”.

Por lo demás, en el tiempo en que vivió santo Tomás de Aquino (en el siglo XIII D. C.), los treinta años eran considerados como la época de la perfección humana. “Esto es sin duda aún así, a pesar de que parece que toma mucho más tiempo para alcanzar la madurez intelectual y emocional en estos días”, subraya Pope.

Santo Tomás señala que debido a que Jesús murió mientras que estaba en el mejor momento de su vida, es muestra de que su sacrificio fue mayor. Su aparente falta de cualquier enfermedad o imperfecciones físicas también aumentó su sacrificio.

“Este es un modelo para nosotros”, dice, finalmente Pope en su artículo, “porque hemos de dar lo mejor de lo que tenemos a Dios en sacrificio”, tal y como lo enseñó Jesús en la perfección de su propia vida.

“Y por lo tanto lo que podría parecer a algunos como un detalle sin complicaciones (la edad de Jesús), en realidad ofrece enseñanzas importantes para el alma sensible. Cristo dio todo, dio lo mejor y lo hizo cuando estaba en la flor de su vida. También nosotros estamos llamados a una perfección cada vez mayor”, termina diciendo el sacerdote estadounidense quien sirve en la arquidiócesis de Washington.

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Como Cristo, tendremos nuestra Cruz: pide «la gracia de no huir»

Francisco advierte de que todos, como Cristo, tendremos nuestra Cruz: pide «la gracia de no huir»

Actualizado 29 septiembre 2013

Radio Vaticana

13974_el_papa_francisco_en_santa_martaDurante la Misa matinal del sábado 28 de septiembre en la Capilla de la Casa de Santa Marta, el Papa Francisco se refirió al Evangelio del día en que Jesús anuncia a los discípulos su pasión y animó a no huir de la Cruz.

“El Hijo del hombre está a punto de ser entregado en las manos de los hombres”: estas palabras de Jesús – afirmó el Papa – hielan a los discípulos que pensaban en un camino triunfal. Palabras que “permanecían para ellos tan misteriosas que no comprendían el sentido” y “tenían miedo de interrogarlo sobre este argumento”: para ellos era “mejor no hablar”, era “mejor no entender la verdad” que Jesús decía.

“Tenían miedo de la Cruz, tenían miedo de la Cruz. El mismo Pedro, después de esta confesión solemne en la región de Cesarea de Filipo, cuando Jesús otra vez dice esto, reprocha al Señor: ‘¡No, jamás, Señor! ¡Esto no!’. Tenía miedo de la Cruz. Pero no sólo los discípulos, no sólo Pedro, ¡el mismo Jesús tenía miedo de la Cruz! Él no podía engañarse. Él sabía. Tanto era el miedo de Jesús que esa noche del jueves sudó sangre; tanto era el miedo de Jesús que casi dijo lo mismo que Pedro, casi… ‘¡Padre, quítame este cáliz! ¡Hágase tu voluntad!’. ¡Esta era la diferencia!”.

No hay fecundidad sin Cruz
La Cruz nos da miedo también en la obra de la evangelización, pero – observó el Papa – está la “regla” de que “el discípulo no es más grande que el Maestro. Está la regla de que no hay redención sin efusión de la sangre”, no hay obra apostólica fecunda sin la Cruz.

Quizá nosotros pensamos, cada uno de nosotros puede pensar: “¿Y a mí, a mí qué me sucederá? ¿Cómo será mi Cruz?”. No sabemos. No sabemos, ¡pero existirá! Debemos pedir la gracia de no huir de la Cruz cuando llegue: ¡con miedo, eh! ¡Esto es verdad! Esto nos causa miedo. Pero el seguimiento de Jesús termina allá. Me vienen a la mente las últimas palabras que Jesús dijo a Pedro, en aquella coronación pontificia en el Tiberiades: “¿Me amas? ¡Apacienta! ¿Me amas? ¡Apacienta!”… Pero las últimas palabras fueron: “¡Te llevarán a donde tú no querrás ir!”. La promesa de la Cruz.

El Papa concluyó su homilía con una oración a María:

“Muy cerca de Jesús, en la Cruz, estaba su madre, su mamá. Quizá hoy, el día que nosotros le rezamos, sea bueno pedirle la gracia de no quitarnos el temor – eso debe venir, el temor de la Cruz… – sino la gracia de no asustarnos y huir de la Cruz. Ella estaba allí, y sabe cómo se debe estar cerca de la Cruz”.

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