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Estados Unidos tiene la culpa del narcotráfico

Sorprenden hombres clave del gabinete de Trump

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Realizan una declaración sin procedentes

Era un secreto a voces.  Un secreto que no era ningún secreto.  Pero hacía falta que lo aceptaran (y lo asumieran) los políticos del otro lado de la frontera norte de México.  Y, finalmente, llegó.  Sí, en efecto, Estados Unidos tiene grande culpa en el narcotráfico y, por ende, en los muertos de la guerra en su contra de México.

Declaración sin precedentes

Lo dijeron en Washington –durante una conferencia de prensa conjunta el viernes pasado– los secretarios Rex Tillerson y John Kelly, respectivamente secretarios de Estado y de Seguridad Nacional de Estados Unidos, quienes, junto con el secretario de Relaciones Exteriores de México, Luis Videgaray y el de Gobernación, Miguel Ángel Osorio, sostuvieron una ronda de conversaciones sobre temas de seguridad.

“Como estadunidenses tenemos que reconocer que somos el mercado para estas actividades (consumo de droga), pero si no fuera por nosotros, México no tendría este problema, así que tenemos que reconocerlo”, dijo el secretario de Estado de Rex Tillerson.  Más adelante subrayó que el problema (del narcotráfico) “requiere un plan de reducción de la demanda de droga” en su país.

Por su parte, el encargado de la seguridad en Estados Unidos, John Kelly coincidió con Tillerson y señaló que se reducirían las ganancias de los cárteles de la droga “si los estadunidenses entienden que el consumo de las drogas termina en la pérdida de vidas de periodistas, de policías, soldados, jueces y fiscales de la región, en especial de México”.

El periódico mexicano *Excelsior *señaló en su edición del viernes pasado que “no hay precedente de un pronunciamiento así de contundente por parte de dos secretarios estadunidenses en un mismo acto”.  De hecho son muy contados los antecedentes de funcionarios de alto rango de Estados Unidos reconociendo su enorme culpabilidad en caso como los de México y Colombia.

La demanda interna de droga procedente de los cárteles de México es enorme, y se ha visto favorecida cuando estados como Colorado han legislado a favor de legalizar “el uso lúdico” de marihuana.  Y esto viene ligado al “negocio” de las armas que usan los cárteles mexicanos, en su mayor parte procedente de Estados Unidos y que ha provocado casi 100,000 muertes de mexicanos en los últimos diez años.

Hacer frente a la demanda

El secretario Kelly sentenció Estados Unidos es “un imán” para las drogas debido a la demanda de muchos adictos, y admitió que son “nuestros amigos en México quienes más sufren el peso de la violencia” del crimen organizado. “Lo primero que tenemos que hacer, porque es la fuente de todos los problemas, es hacer frente a la demanda en Estados Unidos”, sostuvo Kelly.

“Si los estadunidenses entienden que el uso de drogas termina en pérdida de vidas de periodistas en la región, en particular ahora en México, oficiales de policía, soldados, jueces, fiscales, si los estadunidenses que usan drogas entienden, y dejan de hacerlo, se reducirá significativamente el dinero proveniente de las drogas y en consecuencia las ganancias que genera Estados Unidos”, continuó diciendo el responsable de la seguridad nacional del gobierno de Trump.

Sobre este tema Kelly defendió el muro fronterizo de 3,000 kilómetros que se ha empeñado en construir la administración Trump pues, afirmó, éste funcionará para “frenar” el tráfico de drogas, aunque también dijo que podría usarse mejor tecnología.

Sin embargo, Kelly fue preciso en señalar que lo más necesario es llevar a cabo un programa integral de reducción de la demanda de drogas en su país. “Nunca llegaremos a cero, pero podemos reducir la cantidad de drogas que se consumen en Estados Unidos”, añadió.

“Hoy hemos identificado nuevas estrategias (contra los cárteles), con un énfasis en los flujos de efectivo. Atacaremos sus medios de producción, su flujo de efectivo y su producción de armas. Los esfuerzos del gobierno de Trump (…) no han hecho más que empezar”, resumió el encuentro de alto nivel el secretario de Estado Rex Tillerson.

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¿Quién fue la mujer que donó 400 millones de dólares para luchar contra el racismo en los EE.UU.?

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El racismo no ha desaparecido todavía, pero su obra continúa dando frutos

Luego de recibir una herencia millonaria, lo dio absolutamente todo con el fin de ayudar a los más necesitados y excluidos en ese momento: los indios y las personas de color.

Francis Drexel era uno de los hombres más ricos de los Estados Unidos cuando tuvo a su segunda hija Catalina en el año 1858. La joven había recibido la mejor educación aunque el hecho que marcaría su corazón sería el ejemplo generoso de su padre que abría las puertas de su casa tres veces por semana para recibir a los pobres y a aquellos que lo necesitaban.

Sabiendo que muchos afroamericanos estaban lejos de ser libres y que todavía vivían en condiciones de calidad inferior y opresión sin educación ni derechos constitucionales, Catalina sentía una urgencia compasiva para ayudar a cambiar las actitudes raciales en su país.

Cuando sus padres murieron heredó una gran fortuna, algo cercano a lo que hoy serían unos 400 millones de dólares. En ese momento, inspirada por el trabajo del obispo Martin Marty y el padre Joseph Stephan, Catalina decidió dar toda su fortuna en favor de las misiones para combatir los efectos del racismo aunque este, ¡sería sólo el comienzo de una gran obra!

Más tarde, un viaje a Europa sería decisivo para ella. Se encontró en Roma con el papa León XIII y al contarle su pasión por esta causa y la necesidad de que enviaran personas a su país para que ayudaran con dicha situación, el pontífice le dijo que ella debía ser esa misionera.

Así comenzó a preguntarse por la vida religiosa y la posibilidad de fundar una orden, pero al principio fue rechazada ya que era una mujer educada, aristócrata y nadie creía que Catalina sería capaz de abrazar la disciplina de la vida religiosa y la pobreza.

Finalmente, ingresó como novicia con las Hermanas de la Misericordia (The sisters of Mercy) en Pittsburg en 1889 y dos años después hizo su profesión perpetua como la primera integrante de las hermanas de la congregación que ella misma fundó: las Hermanas del Santísimo Sacramento (Sisters of the Blessed Sacrament) para los indios y personas de color.

Ella veía la necesidad de una educación de calidad y discutió esta necesidad con algunos que compartían su preocupación por la desigualdad existente con los afroamericanos en las ciudades. Las restricciones de la ley también les impedía en el Sur rural obtener una educación básica. Por eso, las escuelas en todo el país se convirtieron en una prioridad para Catalina y su congregación.

Catalina vivió 97 años, se dedicó a la misiones y fundó 60 escuelas especialmente en el oeste y el suroeste de los Estados Unidos, comenzando por la escuela para niños afroamericanos cerca del James River en Virginia y estableciendo en 1925 la Universidad Xavier de Louisiana, única institución católica predominantemente afroamericana de enseñanza superior en todo el país con una propuesta novedosa para ese tiempo.

El racismo no ha desaparecido todavía. Vemos hoy en día resurgimientos que se presentan bajo formas diferentes, espontáneas, oficialmente toleradas o institucionalizadas. Catalina fue una mujer que lo dio todo por esta causa, materialmente y en espíritu. Y su obra, que aún continúa dando frutos, fue reconocida por el papa Juan Pablo II en el año 2000 cuando proclamándola santa destacó su ejemplo y trabajo que se extendieron en el mundo entero.

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La nota pegada en un corcho de tres migrantes salvadoreñas

 

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Historias y vida de quienes cruzan a diario la fontera del sur de Texas

Cada día, en el territorio de Texas, se vive un drama humanitario que muy pocos alcanzan a ver. Manny Fernández, encargado de la oficina de The New York Times en Houston, acaba de publicar un amplio reportaje sobre lo que viven algunos de los migrantes que cruzan desde México hacia la frontera sur de Texas, y de aquellos que mueren en el camino y no han sido identificados.

Pero también de las historias como la de tres jóvenes migrantes salvadoreñas que, en junio de 2013, tras cruzar de manera ilegal la frontera entre México y Estados Unidos, se movían a través de la maleza, desesperadas, cuando se toparon con una cabaña en la localidad texana de Encino.

No había nadie adentro y decidieron forzar la puerta. Traían 2,400 kilómetros de camino desde El Salvador. Querían llegar a Houston, pero habían abandonado toda esperanza. Llevaban cuatro días caminando. Una de ellas estaba embarazada. Ya no querían evadir a la Patrulla Fronteriza; ahora querían ser encontradas porque la salvadoreña embarazada necesitaba ayuda.

“Lo primero que hicieron cuando irrumpieron en la cabaña fue llamar a las autoridades estadounidenses. El número estaba escrito en un papel pegado a un corcho junto a la puerta. Las jóvenes se bañaron y limpiaron su ropa en lo que llegaban los agentes”, cuenta Fernández en su historia.

Antes de irse, sigue diciendo el reportaje de The New York Times, “una de las chicas agarró la hoja de papel con la lista de teléfonos. Volteó la hoja y le escribió una carta al dueño de la cabaña”. Una carta de agradecimiento. Un gesto del corazón de estas tres muchachas exhaustas, pero agradecidas de estar todavía con vida:

Disculpen por entrar a su rancho, pero fue por necesidad porque teníamos cuatro días de estar perdidas”. Perdón por destruir su puerta y por haber utilizado sus pertenencias: gracias y mil veces perdón.

Ryan Weatherston, es el encargado de la cabaña de Encino. Nunca supo los nombres de las tres adolescentes salvadoreñas. Dijo que tenían entre 16 y 18 años. Llegó a la cabaña y vio que había ropa tendida; las chicas salieron corriendo hacia su camioneta porque pensaron que era de la Patrulla Fronteriza.

“Iban camino a Houston”, dijo Weatherston. “Una estaba embarazada y ya no podía más. Ya habían llamado a las autoridades, no iban a poder seguir. Solo querían que esa chica recibiera atención médica”. La Patrulla Fronteriza llegó por ellas.

Weatherston ahora deja abierta la puerta de la cabaña.

Con información de The New York Times en español

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«Hay histeria entre los inmigrantes de EE.UU.»

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21 días. Ese es el plazo que tienen los menores indocumentados que llegan a EE.UU., la mayoría procedentes de Centroamérica, para conseguirse un abogado que defienda sus derechos de forma altruista, ya que el Estado no se hace cargo de esos gastos. En alrededor de un 90 % de los casos, quienes consigan defensa letrada lograrán quedarse. El resto, con casi total seguridad, serán deportados.

Cuando en 2014 se produjo un repunte de niños que llegaban solos al país, la escritora mexicana Valeria Luiselli se alistó voluntaria para ejercer de intérprete. El cuestionario consta de 40 preguntas y tiene como objetivo documentar la realidad de la que huyen estos menores, buscando argumentos legales (maltratos, abusos, amenazas de maras…) que permitan defender su caso en los tribunales norteamericanos.

Lo cuenta en el libro Los niños perdidos (un ensaño en cuarenta preguntas) (Sexto Piso), que presentó el martes en Madrid. Luiselli entrevistó a decenas de chicos y chicas, supervivientes de una infernal travesía por México. Desde 2006 han desaparecido 120.000 mirantes a su paso por este país, y ocho de cada diez mujeres son violadas.

En paralelo, EE. UU. ha ido endureciendo sus leyes migratorias y reforzando su muro con el sur, debido a la presión de la opinión pública sobre las autoridades. Pero ese aumento de la xenofobia ofrece una imagen del cuadro incompleta. «En EE. UU. tenemos a los peores cretinos del mundo, aunque también a un montón de personas dispuestas a organizarse para defender los derechos de personas que ni siquiera conocen, algo que yo no he visto en ninguna otra sociedad», asegura la escritora. La recaudación de fondos y el aumento de voluntarios ha crecido en paralelo al auge del discurso xenófobo de Donald Trump. «Hay mucho miedo, yo diría que histeria entre los inmigrantes». Pero incluso en esa «América profunda», donde «los chavitos llevan gorras con el lema Make America Great Again», se han producido reacciones esperanzadoras de solidaridad. Valeria Luiselli cita el caso de sus alumnos de español en una universidad de Long Island, provenientes de familias obreras, muchos de ellos, en un primer momento, reacios a la llegada de extranjeros. Tras escuchar a su profesora hablar de sus experiencias, han terminado poniendo en marcha un grupo de apoyo a adolescentes inmigrantes, a quienes enseñan inglés y ofrecen actividades de tiempo libre. «Ahora –cuenta orgullosa Luiselli– están empezando a organizar un grupo de acción política».

Fecha de Publicación: 22 de Marzo de 2017

“El Poder de Uno”

“La excitación este año es palpable con muchas oportunidades pro-vida”

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Una semana después de la inauguración presidencial en Washington, este viernes 27 de enero se llevará a cabo la Marcha por la Vida, con una concentración de miles de personas provenientes de los estados cercanos a Washington D.C. e incluso de entidades alejadas al centro del poder político de Estados Unidos.

Los organizadores de la Marcha prevén una asistencia multitudinaria, sobre todo por la imposibilidad que tuvieron grupos de mujeres pro-vida de participar en la Marcha de las Mujeres en contra de las políticas contra el aborto que enarbola el nuevo presidente de ese país, Donald J. Trump.

Así lo confirmó a Our Sunday Visitor Jeanne Mancini, presidenta de la Marcha por la Vida: “La excitación este año es palpable, con muchas oportunidades pro-vida encarándonos en la cultura y en las políticas públicas”. Desde luego, estas oportunidades se abren nuevamente, tras los ocho años de presidencia del Partido Demócrata con Barack Obama a la cabeza.

Mancini ha dicho que el tema de este año es El Poder de Uno y que planean, durante la concentración del próximo viernes en los lugares emblemáticos de la capital estadounidense, concretamente frente al Capitolio, “compartir una serie de historias que muestran con verdad lo que pensaba el escritor inglés J. R. R. Tolkien: que aun la persona más pequeña puede cambiar el curso del futuro”.

En la defensa por la vida, no están solos

La Marcha de este año rebasará –según los organizadores—la asistencia de otras ediciones (el año pasado se efectuó bajo una fuerte nevada) con personas provenientes de más de mil escuelas y parroquias de todo el país y será liderada por estudiantes de la Universidad de María, provenientes de la ciudad de Bismarck, en el Estado de Dakota del Norte.

En muchos casos, la Marcha servirá para integrar en la vertiente pro-vida a grupos como los que pertenecen al ministerio de sordos de la diócesis de Springfield, Illinois. Christine Lansaw, coordinadora diocesana del ministerio –quien será la intérprete durante la Marcha, ha dicho: “Esta es una buena oportunidad para ellos de entender la posición de la Iglesia sobre el aborto, y así poderse involucrar políticamente” en la defensa de la vida.

La noche anterior a la Marcha miles de jóvenes de todo el país compartirán un encuentro de oración, meditación, Misa y música con el tema “La Vida es muy buena”.

“Cuando se encuentren con 8.400 jóvenes (todos los boletos están vendidos) en la Arena George Mason diciendo a la vida y a Jesucristo, estarán firmes en lo que creen y en lo que se han comprometido”, dijo a Our Sunday Visitor Kevin Bohli, director de la oficina de ministerio de jóvenes de la diócesis de Arlington.

Y agregó algo más, muy importante en esta Marcha: “Cuando ellos vean que no están solos, podrán vivir mejor su compromiso”.

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De EE.UU. a Guatemala en un viejo Chevrolet a “alimentar de Dios”… y al martirio

12 diciembre 2016 Deja un comentario

Casi todo el cuerpo del “Padre A’plas” está enterrado en su Oklahoma natal, conoce qué ocurrió con su corazón

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El pasado viernes 2 de diciembre fue una fecha importante para la Iglesia católica en Estados Unidos. En ese día, el Papa Francisco reconoció el martirio del Padre Stanley Rother de la Arquidiócesis de Oklahoma. Con ello, Estados Unidos tendrá a su primer mártir. Y se abre el camino hacia su beatificación.

El Padre Stanley Rother conocido como “el Padre A’plas”, nació en la granja de su familia, cerca del pueblo de Okarche (en el Estado de Oklahoma) el 27 de marzo de 1935. y fue asesinado en la casa parroquial de Santiago Atitla (Guatemala) el 28 de julio de 1981.

La historia cuenta que se fue de misiones a Guatemala en 1968, manejando un viejo coche Chevrolet desde Oklahoma (fue asignado para misiones por la arquidiócesis de Oklahoma City), pasando por todo el territorio mexicano.

En Guatemala fue recibido y se quedó a vivir en la zona de Solola, donde aprendió español y tzutuhil. Justamente fueron los nativos de esta etnia -los tzutuhiles— quienes lo bautizaron como “el Padre A’plas”. También le decían “Padre Francisco”.

Lo quisieron tanto que le hicieron el honor de invitarlo a formar parte de su consejo supremo y de la fraternidad de estos pueblos indígenas guatemaltecos, en su mayor parte descendientes de los mayas.

Como misionero en Santiago Atitlán durante 13 años, además de sus tareas pastorales, tradujo el Nuevo Testamento al tzutuhil e inició la celebración regular de la misa en esa misma lengua. Dejó el país debido al conflicto armado pero poco después regresó para apoyar a sus feligreses. Fue asesinado en la casa parroquial el 28 de julio de 1981.

Fue uno de los diez sacerdotes asesinados en Guatemala aquel año terrible de la guerra intestina. ¿El motivo de su asesinato? Muy parecido al del beato Romero y al de los jesuitas de la UCA en el vecino El Salvador: por su decidida opción a favor de los pobres y desheredados de Guatemala.

En su misión ayudó a la gente a construir un pequeño hospital, una escuela y a montar su primera estación de radio católica. Un año antes de su asesinato, cuando había tenido que salir de Guatemala, las fuerzas militares y paramilitares de la zona habían destruido la estación de radio y asesinado a su director.

Sabiendo esto, y conociendo la tortura y el asesinato de varios de sus catequistas, así como el hecho de que su nombre estuviera en la “lista de muerte” de los asesinos, el Padre Stanley decidió volver con los suyos. Era abril de 1981.

Tres meses más tarde, la mañana del 28 de julio de ese mismo año, un pistolero penetró en la rectoría del templo y le disparó dos veces. Su cuerpo fue llevado de regreso a Oklahoma y sepultado en el cementerio de Okarche.

Sin embargo, a petición de sus parroquianos tzutuhiles, su corazón le fue quitado, para enterrarlo a un lado del altar del templo en donde ejerció su misión por 13 años.

En la habitación donde fue asesinado hay un poema escrito en la pared para “el Padre A’Plas de su gente”, en donde, a la manera indígena, se recuerda su labor más importante: “tú nos alimentaste de Dios”. Quizá no haya más grande epitafio que ese para un misionero.

Muere Mark Zwick

21 noviembre 2016 Deja un comentario

Un padre para los inmigrantes hispanos en Houston

Un hombre y un profeta extraordinario: “El día en que empecemos a preguntarle a la gente con hambre si son legales, será el día en que el Evangelio será negado”

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La hermosa vida tiene asombrosas coincidencias. Llegada la noche del viernes 18 de noviembre, tras una larga jornada de trabajo, me dispuse a leer, como cada dos meses, la publicación Trabajador Católico de Houston, el modesto boletín editado en inglés y español por Casa de Hospitalidad Juan Diego.

El mensajero que me lleva la correspondencia a la oficina, me había dejado cerca de las tres de la tarde el sobre amarillo, inconfundible, del periódico editado por los animadores de la Casa Juan Diego, Mark y Louise Zwick; periódico en el que, de cuando en cuando, publicaban textos de Aleteia sobre inmigración y derechos humanos, siempre pidiendo permiso.

Antes de sentarme a leer la carta de Navidad que llevaba en la portada de este número octubre-diciembre de 2016, consulté los últimos correos en la pantalla de mi teléfono móvil. Había uno de Casa Juan Diego, para su publicación inmediata: “Mark Zwick, fundador de Casa Juan Diego, abogado de los indocumentados y los pobres, muere a los 88 años”.

Comprendí, entonces, el otro artículo de portada del Houston Catholic Worker, firmado por el mismo Mark: “Refugee work must continue” (“El trabajo con refugiados debe continuar”). Presentía su muerte. Y dejaba un legado a los que vienen: “A pesar de lo que transpiran las noticias, el trabajo con refugiados debe continuar. No podemos dejar de ayudar a una madre a encontrar a sus hijos; un hermano a su hermano; un esposo a su esposa. El día en que empecemos a preguntarle a la gente con hambre si son legales, será el día en que el Evangelio será negado”.

Y más adelante, señalaba: “Los cristianos ya no pueden dejar de seguir sus obras de misericordia como no se puede dejar de respirar. La solución probablemente sea hacer el trabajo con los refugiados en secreto, en el espíritu del Evangelio”. Casa Juan Diego tenía este ejemplo; en secreto, sin adquirir un nombre espectacular, sin desafiar a nadie: un santuario público y privado, para los más pobres: los inmigrantes.

No lo conocí personalmente. Lo entreviste alguna vez por correo electrónico. Supe que estaba aquejado del mal de Parkinson. Que era un hombre muy mayor. También supe que hace 36 años convirtió un edificio en ruinas en la avenida Washington, en la ciudad de Houston (Texas), en un próspero refugio internacional para inmigrantes y refugiados y que era una magnífica persona.

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En 1980, Mark y su esposa Louise fundaron Casa Juan Diego, una casa de hospitalidad del movimiento del Trabajador Católico donde miles de refugiados llegaron a Houston durante las guerras civiles en Centroamérica y en la Casa de Hospitalidad encontraron un puerto seguro.

Años después, Casa Juan Diego se expandiría para incluir diez edificios y convertirse en la luz para los inmigrantes huyendo de la violencia y la pobreza. Su nombre se hizo famoso entre los caminos que llevan a la frontera de Texas y México.

“Inspirados en el Sermón de la Montaña, los métodos de los santos católicos, y en los fundadores del movimiento del Trabajador Católico, Dorothy Day y Peter Maurin, Casa Juan Diego ofreció comida, refugio, ropa, cuidado médico, y una amabilidad poco común a los migrantes que no tenían a donde ir y con pocos lugares a los cuales recurrir para pedir ayuda”, dice con alegría cristiana y reverencia la nota necrológica preparada por sus amigos.

En ella se cuenta lo esencial, que a lo largo de los años, más de 100,000 hombres, mujeres y niños indocumentados pasaron al menos una noche en Casa Juan Diego. El centro continúa ofreciendo hospitalidad y servicio médico, y provee comida gratis a alrededor de 500 familias cada semana. Además, ofrece ayuda financiera, cuidados personales para hombres y mujeres incapacitados y un largo etcétera.

“Don Marcos” le decían los hondureños, los salvadoreños, los guatemaltecos, nicaragüenses y, por supuesto, los mexicanos, que veían en él la misericordia de Cristo encarnada en obras eficientes.

“Mark pasó los últimos 35 años de su vida practicando diariamente las obras de misericordia en Casa Juan Diego. Dio la bienvenida a huéspedes inmigrantes y distribuyó comida y ropa a los pobres. Escuchó las necesidades, alegrías y tragedias de los enfermos y los heridos, los paralíticos, los maltratados, las embarazadas, y las personas sin hogar en una tierra extraña y encontró la manera de ayudar a cada uno”, termina diciendo el comunicado de Casa Juan Diego.

En el último de los periódicos bimensuales, el que me llegó el día de hoy viernes que escribo la nota, anunciando que don Marcos estaba muy enfermo, la trabajadora voluntaria de Casa Juan Diego, Sofía Rubio, escribió: “Agradezco a Dios y a la Virgen de Guadalupe el haberme permitido conocer a Marcos, el gran ejemplo de santidad en lo cotidiano”.

¿Cuántos de nosotros podríamos aspirar a que se dijera eso de nuestra vida? Descanse en paz don Marcos.

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