Estricta necesidad

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John Henry Newman. Foto: http://www.thepapalvisit.org.uk

Un 9 de octubre como hoy, hace 172 años, un brillante clérigo anglicano de 44 años, John Henry Newman era acogido en la Iglesia católica, a la que denominó entonces «el único redil de Cristo». Sabía que al hacerlo sacrificaba amistades de toda una vida, su buen nombre en la sociedad inglesa y su propio confort personal. Y lo hacía sabiendo que en su nueva casa había muchas cosas que por sensibilidad y convicción le producían rechazo (en algún caso incluso repugnancia) y que muchos de sus nuevos hermanos le miraban ya con recelo y prevención. Su conciencia de todo esto era tal que llegó a escribir a su hermana: «me destierro a mí mismo, y a mi edad… ¿qué puede ser sino estricta necesidad lo que me mueve a esto?».

Newman culminaba así un largo recorrido en el que había alcanzado la convicción plena y tranquila de que la Iglesia instituida por Jesucristo, la Iglesia de los Padres (a los que tanto amaba y que tan bien conocía), la verdadera Iglesia, sólo podía encontrarla en la Iglesia Católica presidida por el Papa. Para Newman esto no era un mero hallazgo intelectual sino una conciencia total, de modo que su propia suerte, su propia vida, estaban en juego. La estricta necesidad de la que hablaba a su hermana Jemima se refería a su propia salvación, entendida no sólo como el premio de la vida eterna sino también como la posibilidad de vivir plenamente, libre y razonablemente, aquí en la tierra.

Reconozco que la figura de Newman se agiganta a mis ojos conforme pasan los años, y se hace aún más querida y significativa en momentos como estos, cuando tantos que se manifiestan católicos no dudan en aguijonear, sermonear y alancear a su Iglesia, siempre con razones muy ponderadas, claro está. Impresiona ver a este hombre en su plena madurez, y en la cumbre de su carrera, arriesgarlo todo para entrar en el abrazo de la madre Iglesia, de cuyas miserias, retrasos y cegueras tanto sabía. Para él «la Católica» no era cuestión de herencia ni costumbre, todo lo contrario. Era cuestión de estricta necesidad, como le pasa a cualquier recién nacido con su madre. Por eso tenía que ir a ella, tenía que entrar en ella y abrazarse a ella.

Tras aquel 9 de octubre de 1845 Newman nunca se hizo falsas ilusiones. No condicionó su fidelidad a que se produjesen los cambios que él deseaba en tantos aspectos: en el gobierno, en la formulación de la doctrina, en la relación con una sociedad que ya se descristianizaba a ojos vista, en la respuesta institucional a tantos problemas… Se implicó con denuedo en todos esos campos sin reducir jamás su libertad de palabra y de pensamiento, y sufriendo por ello acusaciones injustas, marginación e incluso campañas orquestadas. Si nos sumergimos en sus cartas comprobamos el dolor y el amor que amasaron entonces su inquebrantable filiación a la madre Iglesia. Incluso cuando ante la magnitud de las murmuraciones hubo de confiar la autenticidad de su camino al juicio de Dios: ¡Deus viderit! le dijo al cardenal Barnabó, Prefecto de Propaganda Fide.

Lo más impresionante para mí es cómo madura (en la razón y en el sentimiento) su vínculo con la Iglesia a través de una vida agitada que es casi una continua diatriba con compañeros y adversarios. Ahí germina su aguda observación sobre el triunfo y la derrota en el camino de la Iglesia a lo largo de la historia: «la Iglesia siempre parece estar muriendo… pero triunfa frente a todos los cálculos humanos… la suya es una historia de caídas aterradoras y de recuperaciones extrañas y victoriosas… y en fin, la regla de la Providencia de Dios es que hemos de triunfar a través del fracaso».

Newman podría haberse enredado en cualquiera de las mil emboscadas en que se vio envuelto, podría haber roto la baraja, o al menos, haberse mostrado resentido. Y sin embargo no. Porque aunque sus jefes fuesen con frecuencia mediocres, sus profesores lentos y sus expresiones culturales inadecuadas al desafío de su tiempo, para él era cuestión de estricta necesidad estar allí como hijo, sabiendo que no era la Iglesia la que le debía gratitud a él (que tanto le había dado) sino que su propia vida estaba sostenida y alimentada, cada minuto, por esa madre. Y por eso ante la muerte rezaba así: «… que mis gloriosos santos me sonrían, para que en su compañía y por su mediación pueda recibir el don de la perseverancia y muera tal como deseo vivir: en tu fe, en tu Iglesia, a tu santo servicio, y en tu amor».

José Luis Restán

«»Señor del Mundo», la novela-pesadilla de R.H. Benson, se está verificando ante nuestros ojos»

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Joseph Pearce explica que Robert Hugh Benson fue mejor profeta que Huxley u Orwell: la ideología descrita en el Señor del Mundo ya ejerce su dominio.

ReL 11 junio 2017

No es frecuente que un Papa recomiende una novela, pero todavía lo es menos que lo haga con insistencia: es el caso de Francisco con Señor del mundo, de Robert Hugh Benson (1871-1914), una ficción apocalíptica con cuya lectura también Benedicto XVI quedó impactado.

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Pincha aquí para adquirir ahora Señor del mundo, la novela que recomiendan Benedicto XVI y Francisco.

Joseph Pearcebiógrafo de todos los grandes escritores católicos de habla inglesa desde la conversión de John Henry Newman, ha escrito recientemente un artículo sobre Benson en The Imaginative Conservative donde da todas las claves de la obra del autor de Señor del mundo (los ladillos son de ReL)

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Joseph Pearce, profesor de Literatura Inglesa, es también director del Centro de Fe y Cultura en el Aquinas College de Nashville (Tennessee).

Robert Hugh Benson: recordando a un gigante olvidado

Robert Hugh Benson fue una de las más brillantes luminarias del firmamento literario católico en los primeros años del siglo XX, creciendo su estrella en el fulgor de varias novelas bestseller, y declinando, o apagándose más bien, con su prematura muerte.

Nacido en 1871, Benson era el hijo menor de E.W. Benson, un distinguido clérigo anglicano que contaba entre sus amigos con el primer ministro William Ewart Gladstone. En 1882, cuando Benson tenía 11 años, su padre se convirtió en arzobispo de Canterbury. En 1896, habiendo recibido él mismo las órdenes anglicanas, fue Benson quien leyó las letanías en el funeral de su padre en la catedral de Canterbury.

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Edward White Benson (1829-1896), arzobispo de Canterbury desde 1882 hasta su muerte y padre de tres grandes escritores.

El hijo, sin embargo, no estaba destinado a seguir las huellas de su padre. En 1903, tras un periodo de escrupuloso examen interior, cuyos detalles aclaró de forma magistral en su apología autobiográfica Confesiones de un converso, Benson fue recibido en la Iglesia católica.

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Ninguna conversión desde la de John Henry Newman, casi 60 años antes, provocó tal controversia, sacudiendo con ondas sísmicas el establishment anglicano. Posteriormente, durante los siguientes once años hasta su muerte en 1914, fue un defensor incansable de la Iglesia católica y un prolífico novelista y hombre de letras.

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Robert Hugh Benson, ya sacerdote de la Iglesia católica, en su ocupación favorita: la lectura.

No hay duda de que Benson pertenecía a una familia notable. Además del ascenso de su padre a la prominencia y la preeminencia en la Iglesia de Inglaterra, sus dos hermanos estaban entre los illustrissimi de los escritores eduardianos [del reinado de Eduardo VII, 1901-1910].

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Arthur Christopher Benson (1862-1925), el mayor de los hermanos Benson, fue un reputado biógrafo.

A.C. Benson, su hermano mayor, fue master [rector] del Magdalene College en Cambridge y se estableció como un fino biógrafo, autor de un diario y crítico literario, escribiendo celebradas biografías de Dante Gabriel RossettiEdward FitzgeraldWalter PaterAlfred Tennyson John Ruskin.

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Edward Frederic Benson (1867-1940) escribió obras que todavía hoy se reeditan y llevan a la pequeña pantalla.

Su otro hermano, E.F. Benson, escribió prolíficamente y pasó a la posteridad sobre todo por sus novelas satíricas Mapp y Lucia, adaptadas con éxito para la televisión.

Mapp and Lucia, la serie de novelas de E.F. Benson, ha sido llevada dos veces a la televisión por la BBC, en 1985 y 2014. He aquí el tráiler de esta última versión.

Sin embargo, R.H. Benson no desmerecería de sus hermanos mayores. Antes de morir a la trágicamente corta edad de 43 años, escribiría quince novelas de gran éxito y, tras ser ordenado sacerdote católico en 1904, serviría como coadjutor en Cambridge, demostrando ser no menos popular como predicador vehemente de lo que ya era como escritor de ficción.

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Los hermanos Benson en 1882 y un cuarto de siglo después, en 1907.

La imperfecta y la purificadora
La primera de las novelas de Benson, y la única que escribió siendo aún anglicano, fue La invisible luz, publicada en 1903 cuando se encontraba en medio de agónicas convulsiones de conversión espiritual. El libro está lleno de un emotivo misticismo: una confesión de fe en medio de la confusión de la duda. Una vez conquistada la claridad de la visión católica, Benson consideró su primera novela teológicamente defectuosa.

En 1912 comentó que su popularidad posterior parecía estar determinada por la denominación religiosa de quienes le leían. Era “bastante significativo” que fuese popular entre los anglicanos, mientras que los católicos le apreciaban “en mucha menor medida”: “La mayor parte de los católicos, yo mismo entre ellos, piensan que Richard Raynal, Solitary está mucho mejor escrita y es mucho más religiosa” [1].

Richard Raynal, Solitary evoca con cautivadora belleza la profundidad espiritual de la vida inglesa antes de la ruptura de la Reforma. Es una pequeña obra maestra en la que Benson entrelaza sin fisuras el arte narrativo moderno con el caballeroso encanto de la Edad Media. A modo de equivalente moderno de Las florecillas de San Francisco, esta ingeniosa mezcla de lo moderno y lo medieval crea un héroe que combina coraje y santidad en igual medida. Encontrándose como en casa a principios del siglo XV en la Inglaterra de Richard Raynal y en la presencia del original personaje del Maestro Richard, el lector disfruta el tiempo pasado en compañía de este santo ermitaño para su divina misión. Es literatura cristiana en lo que tiene de más hermoso y al mismo tiempo edificante y eficaz. Su poder es purgativo. Purga. Purifica. Renueva. En última instancia, muestra que las raíces de la novela están en Roma.

Señor del mundo 
Quizá la prueba más evidente del genio de Benson se encuentra en la facilidad con la que combinaba géneros literarios. Además de sus novelas históricas, también se sentía a gusto con novelas de planteamiento contemporáneo, como The Necromancers [Los nigromantes], una novela donde advierte sobre los peligros del espiritualismo, o con fantasías futuristas como Señor del Mundo. Esta última es auténticamente notable y merece situarse al lado de Un mundo feliz de Aldous Huxley y 1984 de George Orwellcomo un clásico de la ficción distópica. De hecho, aunque las obras maestras modernas de Huxley y Orwell merecen un mérito igual a ella como obras literarias, son claramente inferiores como obras proféticas. Las dictaduras políticas  que hicieron de la novela-pesadilla de Orwell un poderoso presagio ya son historia. Hoy, su fábula de mal agüero sirve solo como un oportuno recordatorio de lo que fue y puede volver a ser, si no se hace caso a los avisos de la historia. Por el contrario, la novela-pesadilla de Benson se está verificando ante nuestros ojos.

En el mundo descrito en Señor del Mundo, un insidioso secularismo y un humanismo sin Dios han triunfado sobre la religión y la moralidad tradicional. Es un mundo donde el relativismo filosófico ha triunfado sobre la objetividad; un mundo donde, en nombre de la tolerancia, no se tolera la doctrina religiosa. Es un mundo donde la eutanasia se practica ampliamente y la religión apenas se practica. El señor de este mundo de pesadilla es un político de apariencia benéfica decidido a alcanzar el poder en nombre de la “paz” ydecidido a destruir la religión en nombre de la “verdad”. En semejante mundo, solo una Iglesia pequeña y desafiante se mentiene de pie contra el demoniaco “Señor del Mundo”.

Knox, Benson y Chesterton
Si la producción literaria de Benson abarca temas variados de ficción (históricos, contemporáneos y futuristas), también hizo incursiones en otras áreas con consumada facilidad. Sus Poemas, publicados póstumamente, despliegan una espiritualidad profunda y sedienta, formalmente expresada en una fe de raíces firmes, aunque en ocasiones desecadas. Esa misma espiritualidad profunda y seca era evidente en Spiritual Letters to one of his Converts, publicada también póstumamente, que ofrece una perspectiva atormentada sobre una inteligencia profunda. Una serie de sermones predicados en Roma en la Semana Santa de 1913 y luego publicadas como The Paradoxes of Catholicism ilustra por qué Benson era tan popular como predicador, atrayendo grandes audiencias a cualquier lugar donde hablase. Particularmente notable es la magistral Confesiones de un converso, al nivel de la Apologia pro Vita Sua de John Henry Newman y A Spiritual Aeneid [Una Eneida espiritual] de Ronald Knox como un clásico intemporal en la literatura de conversión.


Evelyn Waugh (1903-1966) puso prólogo a la obra del converso Ronald Knox sobre su propio itinerario espiritual.

En Una Eneida espiritual, Knox confesaba francamente que la influencia de Benson fue crucial en su propia conversión: “Siempre le miré como el guía que me había conducido a la verdad católica. En aquel entonces yo no sabía que él solía rezar por mi conversión” [2]. La otra gran influencia en la conversión de Knox fue G.K. Chesterton, así que no es una sorpresa que Benson fuese un gran admirador de Chesterton. El jesuita C.C. Martindale, biógrafo de Benson, él mismo un converso, escribió que los Papers of a Pariah [Los papeles de un paria] de Benson era “notable” por sus “características chestertonianas”: “El Sr. G.K. Chesterton nunca se cansa de decirnos que no vemos aquello que miramos, que el único planeta por descubrir es nuestra Tierra… y Benson leyó mucho de Mr. Chesterton y le gustaba de una forma especial” [3].

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Una prueba ulterior de la influencia de Chesteriton sobre Benson es la admiración de Benson por el Herejes de Chesterton. “¿Ha leído usted -preguntaba a un corresponsal suyo en 1905- un libro de G.K. Chesterton titulado Herejes? Si no, mire a ver qué impresión le causa. A mí me parece que su espíritu subyacente es espléndido. No es católico, pero tiene ese espíritu… Hacía tiempo que no me conmovía tanto… Es un auténtico místico, de una especie rara” [4]. Chesterton no era católico en 1905, pero Herejes fue la primera prueba clara, como afirma Benson, de que “tenía ese espíritu”.

La gran novela de la persecución anticatólica… y una historia de amor 
En Come Rack! Come Rope! [¡Venga el potro! ¡Venga la soga!], publicada por primera vez en 1912, todo el periodo de la Reforma Inglesa toma vida espeluznante. El lector, si se deja llevar, se verá transportado a finales del siglo XVI, enganchándole el terror y la tensión de la época con tanta fuerza como enganchan los personajes principales, que dan testimonio de su fe con valentía en un entorno hostil y mortal. Según el jesuita Philip Caraman, la novela “se convirtió rápidamente en un clásico católico” y sigue siendo “quizá la mejor conocida” de las novelas de Benson [5].


La mansión Fitzherbert en Tissington Hall, en Derbyshire.

La inspiración para la novela le vino de la historia de la familia Fitzherbert en Forgotten Shrines [Santuarios olvidados, una breve historia de algunas mansiones familiares católicas durante la persecución], de Dom Bede Camm, publicado en 1911, y de la propia visita que hizo Benson ese mismo año a la casa Fitzherbert en Derbyshire, donde predicó en la peregrinación anual en honor del Beato Nicholas Garlick y el Beato Robert Ludlam, sacerdotes católicos mártires ejecutados en 1588. De la sangre de estos mártires vino la semilla de la historia de Benson. El título de la novela está tomado de la famosa promesa de San Edmundo Campion de que permanecería firme “ya venga el potro, ya venga la soga”. Campion fue ejecutado en 1581.

En cuanto a su exactitud histórica, las opiniones parecen divididas. El padre Caraman escribió que Benson “había sido lo más fiel posible a sus fuentes” [6] y Hugh Ross Williamson destacó que los “personajes inventados” de Benson fueron creados “en el ámbito de la verdad conocida, dejándonos pensar, correctamente, que podrían haber vivido y actuado como Benson les hace vivir y actuar”.

Williamson continúa: “Toda la época se hace viva, y si algún lector objetase que este cuadro de la Inglaterra católica bajo el Terror Isabelino sabe un poco a melodrama, está la propia respuesta incuestionable del autor: ‘Si el libro es demasiado sensacionalista, no es más sensacionalista que la vida misma de la gente de Derbyshire entre 1579 y 1588” [7].

Por el contrario, Hilaire Belloc se permitió discrepar. Aunque era, en su mayor parte, una gran admirador de la obra de Benson, y escribió en una ocasión que creía que Benson “sería el hombre que escribiría algún día un libro para darnos cierta idea de lo que pasó en Inglaterra entre 1520 y 1560” [8], Belloc se quejaba de que la descripción de la vida diaria en Come Rack! Come Rope! era inexacta, parecida a la del siglo XVIII, no a la del siglo XVI.

Dejando de lado estas diferencias, la novela es, en cualquier caso, mucho más que mera ficción histórica. Es una gran novela, una gran historia de amor. Es una historia que muestra el misterio de Roma y la verdadera grandeza del amor noble y sacrificado entre un hombre y una mujer. El amor entre Robin y Marjorie, los dos principales protagonistas, es un amor mucho mayor que el de Romeo y Julieta. Su amor recíproco no tiene nada de la posesividad de los “amantes desdichados” de Shakespeare y tiene toda la pureza y la pasión de la Cordelia de El Rey Lear. Solo como historia de amor, Come Rack! Come Rope! ya merece un lugara en el canon literario.

En cuanto al clímax de la novela, hay que estar de acuerdo con Hugh Ross Williamson en que “es imposible no conmoverse con el último capítulo” [9]. Por su fuerza y conmoción, el clímax de la novela es comparable en estatura literaria con los trascendentales momentos finales de Lord Marchmain en la obra maestra de Waugh Retorno a Brideshead. Y si el final de Benson carece de la sutileza del desenlace de Waugh, le gana sin embargo en tensión dramática.

AVISO SPOILERSi no has leído Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, ni visto la serie de televisión, pero piensas hacer una de las dos cosas, ¡no veas esta escena!

¿Por qué, se pregunta uno, esta mini-obra maestra de Benson, que soporta la comparación con las obras de Waugh, sigue siendo tan desconocida? Uno sospecha que tiene mucho que ver con los tiempos tristes y apesadumbrados, pecadores y cínicos que vivimos. En tiempos más saludables, por los que debemos rezar y en los que podemos esperar, será considerada como el pequeño clásico que es. Entretanto, en los días oscuros en los que nos encontramos, deberíamos dar gracias de que editores dinámicos como Cluny Media lleven esta obra significativa e importante a una nueva generación de lectores. También podemos esperar que su autor, tanto tiempo olvidado, volverá a figurar entre las estrellas del firmamento literario, con su estrella de nuevo ascendente.

Traducción de Carmelo López-Arias.

NOTAS
[1] Robert Hugh Benson, Confessions of a Convert, Sevenoaks, Kent: Fisher Press, 1991 edn., p. 52.
[2] Ronald Knox, A Spiritual Aeneid, London: Burns Oates, 1958 edn., p. 161.
[3] C. C. Martindale, The Life of Monsignor Robert Hugh Benson, Vol. Two, London: Longmans, Green & Co., 1916, p. 90.
[4] Ibid.
[5] Philip Caraman, S.J., prólogo a R. H. Benson, Come Rack! Come Rope!, Long Prairie, MN: Neumann Press, 1995 end., p. v.
[6] Ibid., p. vi.
[7] Hugh Ross Williamson, introducción a R. H. Benson, Come Rack! Come Rope!, London: Burns & Oates, 1959 edn., p. 6.
[8] Martindale, op. cit., p. 45.
[9] Williamson, op. cit., p. 5.

Madre, bloguera y mujer de éxito, y conversa al catolicismo

La historia de la conversión de la popular blogger católica estadounidense Jennifer Fulwiler ahora en español

Entender las aventuras de «El Hobbit» en clave cristiana

Cuento de hadas, viaje iniciático y mucho más 

Los 5 elementos básicos para entender las aventuras de «El Hobbit» en clave cristiana 

Con una espiritualidad del viaje y el camino, del desprendimiento, con la humildad como protección contra la tentación, Bilbo Bolsón vive el paso de una inmadura comodidad al compromiso y la virtud adulta. Y nosotros, con él.

Actualizado 15 diciembre 2012

Pablo J. Ginés/ReL

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«El Hobbit«, la película de Peter Jackson, ha llegado ya a las pantallas de todo el mundo y romperá taquillas estas Navidades. Desde 1937, la novela de J.R.R. Tolkien ha vendido millones de ejemplares y nunca ha dejado de editarse. 

Tolkien, un entusiasta de los cuentos de hadas, las sagas y las narrativas míticas antiguas y medievales, escribió la historia de un hobbit que, contra todo pronóstico, abandona su cómoda casa para embarcarse en una aventura, en un viaje muy peligroso. Es «uno de nosotros» metido en un asunto «que le queda grande«, con dragones y elfos y reinos enanos. 

La historia cumple todos los requisitos de un «Quest», un viaje iniciático y de crecimiento, en que el héroe superar pruebas, conoce el mundo, crece gracias a amigos y maestros y se vuelve sabio, y por eso tiene un valor universal e imperecedero. Además, puede leerse en una clave más específicamente cristiana, porque en la novela resuenan ecos de enseñanzas evangélicas.
 
En español se acaba de publicar «El viaje de Bilbo: descubriendo el significado oculto en El Hobbit«, de Joseph Pearce (editorial Palabra), que ofrece un análisis cristiano de la novela por parte de este profesor de literatura de la Ave Maria University, experto en Tolkien, Chesterton y conversos literarios. Una forma de abordar el tema es resumirlo en 5 elementos, que coinciden en buena parte con los que aborda Pearce.

1) Sal de tu cómodo agujero hobbit: complícate la vida

El libro empieza explicando que Bilbo Bolsón vivía «en un agujero hobbit, y eso significa comodidad». Comodidad que se ve interrumpida por un llamado, una vocación: Gandalf y los Enanos vienen a reclutarle para una increíble aventura. La inercia del comodón mediocre (de todos nosotros, occidentales opulentos) es quedarse en casa junto al fuego. Pero en Bilbo se despierta su sangre de la rama familiar Tuk… y se lanza a la calle. No tiene muy claro lo que puede aportar, pero sí que tiene una llamada. Es un paso en fe, no muy distinto al de Abraham y a otros que son convocados a salir de sus comodidades.Cualquiera que haya cantado eso de «en mi barca/no hay oro ni espadas» lo entiende.

2) Camina, aprende de los maestros, ten fe y crecerás

Como sabe cualquiera que haya hecho una dura peregrinación a Santiago o a otro lugar, en el camino se crece. Uno aprende a viajar con menos cosas… las cosas materiales quedan atrás, la persona y el alma se robustecen. Viajar purifica, y por eso Israel necesita 40 años en el desierto para purificar su cómoda esclavitud en Egipto. Viajando se aprecia más a los compañeros de camino, como los Enanos, y los que son «no-pueblo» se forjan como un pueblo. Y se aprende de los maestros veteranos, como Gandalf, que en cierto momento le dejan a uno solo, para que aprenda a volar por sí mismo. Por el camino, se ganan tesoros y sabiduría. Nada de eso se ganaría sentado en casa. 

3) «Demasiada suerte»…, es decir, Providencia

Una y otra vez, Bilbo tiene una extraña suerte. Él es «el que encuentra la fortuna y el que el Anillo encontró». Qué casualidad que él, una y otra vez, encuentre justo lo necesario, llegue justo en el momento… El lector avispado ve que no es suerte: es Providencia. Gandalf lo deja claro al final: «no pensarás que todas tus aventuras y escapadas eran mera suerte, sólo para tu beneficio, ¿verdad?» 

La clave cristiana está en aprender a ver la voluntad y los planes de Dios para nuestras vidas, y entender que su Gracia es la que conduce las cosas. Joseph Pearce escribe que «al contrario de lo que proclamaron Nietzsche, Hitler y otros seculares progresistas, no hay un triunfo de la voluntad [título de un documental propagandístico de Leni Riefenstahl sobre el nazismo en su apogeo], sino una asistencia sobrenatural de la Gracia». En El Señor de los Anillos se ve más claro: ¡no es Frodo quien con todos sus esfuerzos destruye el Anillo maligno!

4) Coraje y virtud, al elegir el bien

La virtud es el hábito de optar por lo bueno, elegir lo bueno y fortalecerse en el bien habitual. Bilbo supera su miedo una vez, y luego otra, y otra, y acaba haciéndose valiente. Abandonado su cómodo agujero, enseguida se hace desprendido. Bilbo no es grande ni fuerte, pero no se rinde: y al final consigue grandes cosas. La constancia en el bien es uno de sus temas.

5) No negocies con el dragón; ni lo sustituyas

«Yo controlo», dicen los necios que beben, conducen rápido o se drogan. En realidad, son miles las adicciones que nos controlan cuando creemos controlarlas nosotros. Nuestras posesiones en realidad nos poseen. El Anillo controla a Gollum, y después intentará controlar a los siguientes portadores. Tolkien escribió un poema titulado «El tesoro«, sobre un montón de oro y joyas que cambian de dueño… pero a cada uno de ellos les aporta la perdición y les esclaviza. Hay quien quiere usar el Anillo para el bien, con un «yo controlo», pero Tolkien dice que el control no existe, que el mal debe ser destruido. 

Con el dragón no se puede negociar, ni jugar a acertijos ni llegar a un pacto: el dragón al final te devora. Y si le matas, cuidado no le sustituyas como guardián-esclavo del tesoro. No es extraño que represente al demonio y sus seducciones en la simbología cristiana. 

Algunos hacen brujería pero usan imágenes de santos y vírgenes: es engañarse. El tesoro genera ese engaño, que en El Hobbit se llama «la enfermedad del dragón», a la que Bilbo es bastante inmune porque se ha purificado en el viaje, pero a la que los Enanos son muy vulnerables, sobre todo Thorin. Cuanto más elevado y más orgulloso, más vulnerable se es a estas seducciones. Los más pequeños y humildes están más protegidos. El Evangelio previene: «donde está tu tesoro, está tu corazón». 

Estos elementos están claros en el libro. Habrá que esperar a ver la segunda y la tercera película de El Hobbit para comprobar si se reflejan bien en esta nueva trilogía o si quedan tapados con demasiados elementos añadidos.

Convertir a 300 personas al cristianismo

Arrestan a hombre por convertir a 300 personas al cristianismo

ROMA, 28 Ago. 12 / 09:08 pm (ACI/EWTN Noticias).- El líder cristiano Bountheung fue arrestado recientemente por las autoridades policiales de Laos, acusado de “haber convertido a 300 laosianos a la fe cristiana”.

En la región, muchos creyentes sufren habitualmente abusos contra su libertad religiosa por las autoridades locales, que consideran como religiones aceptables solamente al budismo, el brahmanismo y el animismo, mientras que el cristianismo es considerado una “religión extranjera”.

Según informó la agencia vaticana Fides, Bountheung fue detenido por las autoridades en el distrito de Khamkerd donde reside, en la parte central del país, luego de ser citado dos veces en agosto para ser interrogado sobre la conversión al cristianismo de 300 laosianos en su poblado, en mayo de este año.

La orden de arresto contra el líder cristiano también implica su expulsión de la aldea en la que radica y presiona a los 300 recién conversos al cristianismo a renunciar a su fe para poder seguir viviendo en el poblado.

La ONG Human Rights Watch for Lao Religious Freedom denunció que la orden de arresto contra Bountheung viola el derecho a la ciudadanía del líder cristiano y el derecho a afiliarse libremente a cualquier religión, tal como lo garantiza la Constitución de Laos.

En Nahoukou, otra aldea del país, Tongkoun Keohavong, líder laico de la comunidad cristiana del pueblo, ha sido interrogado por las autoridades para que explique las razones del crecimiento del cristianismo en su pueblo.

Tongkoun Keohavong explicó que desde febrero de 2012 más de 30 aldeanos abrazaron la fe cristiana, ejerciendo su derecho a la libertad religiosa. A pesar de esto, las autoridades ordenaron que él y los otros creyentes renuncien a su fe e interrumpan sus reuniones de culto, bajo amenaza de ser expulsados de su pueblo.

Un «católico cardíaco»

El Duque, un «católico cardíaco» 

El sacerdote que bautizó a John Wayne también era converso 

El bautismo «in articulo mortis» del actor más carismático de la historia del cine fue el punto final de una vida rondando la Iglesia. 

Actualizado 17 junio 2012 

Carmelo López-Arias / ReL 

Los más devotos de John Wayne, huérfanos para siempre, han celebrado esta semana -el lunes, para ser exactos- el aniversario de su muerte. Treinta y tres años ya sin The Duke [El Duque], que falleció el 11 de junio de 1979 a los 72 años tras protagonizar una de las carreras más brillantes en la historia de Hollywood.

Presbiteriano de nacimiento, quiso entrar en la Iglesia católica en el lecho de muerte, y a su llamada acudió el capellán del Centro Médico de UCLA (Universidad de California – Los Ángeles), el paulino Robert Philip Curtis.

Católico cardiaco
John Wayne se casó tres veces y se divorció dos, y a pesar de que su vida no se amoldó en ese sentido a la doctrina católica, siempre se sintió cercano a la Iglesia. Sus tres esposas fueron de origen hispano, las tres católicas, y bautizó católicos a los siete hijos que tuvo con todas ellas, quienes hicieron lo propio con sus 21 nietos. Uno de ellos, Matthew Muñoz, es incluso sacerdote en California.

Del mismo modo, los amigos que hizo el actor en Panamá, México y Perú, lugares de nacimiento de sus tres mujeres, relataban la admiración que sentía por las certezas que les proporcionaba su fe católica. Wayne, de hecho, se denominaba a sí mismo muchas veces «católico cardíaco», forma humorística que designa a personas que retrasan su conversión hasta el último momento.

Visitado por un obispo…
Fue su caso. La noticia saltó a los tres días de morir: El Duque había sido recibido en la Iglesia. Su hijo mayor, Michael, explicó entonces a la prensa (puede verse en los despachos de Associated Press y de United Press del 14 de junio de 1979) que un mes antes de su muerte el arzobispo de Panamá, Marcos McGrath, le visitó en su domicilio: «Hablaron largo y tendido. Y el pasado sábado, cuando papá sufría mucho y las cosas se pusieron feas, mi hermano Patrick le preguntó si quería ver a un sacerdote. Papá dijo: ´Sí, creo que es una buena idea´. Y llamamos al padre Robert Curtis. Yo no estaba en la habitación cuando el padre Curtis le administró los últimos sacramentos. Fue el sábado o el domingo. Ignoro cómo caracteriza técnicamente la Iglesia una conversión, pero papá murió en la Iglesia. Murió como católico. Y sé que siempre se llamó a sí mismo católico cardiaco«.

Poco después, el mismo padre Curtis confirmó esta información: «John Wayne fue recibido en la Iglesia católica el día antes de morir«, dijo, aunque a las preguntas que le hicieron los periodistas no ofreció más explicaciones por tratarse de «un asunto personal entre el sacerdote y el penitente».

…y bautizado por un converso
El caso es que también el padre Curtis era converso. Era un líder nato al estilo americano: nacido en la costa Este, en Maryland, era un buen estudiante, presidente de su fraternidad, entrenador del equipo de baloncesto… Luego sirvió en las Fuerzas Aéreas y cuando se licenció estudió en la Escuela de Arte Dramático de Nueva York para convertirse en actor. Luego se trasladó a Los Ángeles para hacer carrera en Hollywood, pero como tantos otros jóvenes con esa misma aspiración, fracasó.

Un día asistió a un retiro espiritual en Montserrat (California), y su vida dio un vuelco. Primero se convirtió al catolicismo, y luego quiso entregarse por completo a Dios. Ingresó en los paulinos, a quienes admiraba por su intensa labor en los medios de comunicación… incluida una productora cinematográfica. Cuando se ordenó sacerdote, mató el gusanillo de haber sido actor convirtiéndose en consejero espiritual y amigo de muchos de quienes habrían sido sus rivales, entre ellos Cary Grant y por supuesto John Wayne. 

Murió el 17 de noviembre de 2004, tras pasar a la historia, con esas breves declaraciones de 1979, por haber llevado hasta las puertas del cielo al actor más admirado de todos los tiempos.

Ahí comenzó su vuelta a Dios

La famosa actriz mexicana Karyme Lozano

Le pidieron que posara desnuda en una película… y ahí comenzó su vuelta a Dios

La popular actriz mexicana nos habla de su fe, su conversión («soy una bebé, 3 años de conversa») y su visión del cine y del amor.

Actualizado 13 noviembre 2011

Pablo Ginés/Forum Libertas

Karyme Lozano, actriz mexicana muy conocida en Hispanoamérica por sus telenovelas y últimamente por la película «Cristiada», que se estrenará pronto en España y EEUU, siempre creyó en Dios, pero de una forma confusa e inmadura

Su vida sentimental era igual de confusa y, como ella misma admite, «si me hablaban de castidad, me reía». Pero precisamente el pudor fue lo que le llevó a reflexionar y a tener una experiencia del Espíritu Santo, tomando un café con un amigo, que de repente cambió su vida radicalmente.

– Karyme, ¿podrías concretar exactamente cómo fue el momento de tu conversión plena a Dios?
– Pese a vivir en un mundo superficial, yo tenía cierta inquietud espiritual, buscaba a Dios en religiones raras, en la meditación… Pero lo que me cambió de verdad empezó así: una revista me pedía posar completamente desnuda, algo que nunca había hecho aún. Yo, con la mente, pensaba, «sí, ¿por qué no?» Pero mi corazón me decía: «no, no lo hagas». Yo no tenía nada clara mi fe pero tenía un altarcito con una imagen de Jesús, yo ya le pedía cosas a Dios, y le pregunté: «¿qué hago?» Fui demorando la sesión del desnudo durante tres semanas, sin decidirme…

– ¿Te presionaban?
– Sí, me llamaban, y mucha gente me decía: «otras actrices se desnudan, está bien, es artístico..». Pero mi corazón, en el fondo, quería escuchar otra cosa. Y rezaba: «Jesús, hazme ver la verdad de mi vida«. Entonces pensé en hablar con Eduardo Verástegui, actor mexicano como yo. La gente me decía que Eduardo ahora vivía en la fe, que hablaba de Dios incluso en entrevistas generalistas. Pensé: «Eduardo es el único en nuestro ambiente que me dirá que no haga el desnudo». ¡Pero él no estaba en el país, estaba de viaje en Europa!

– ¿Y qué pasó?
– Pues que quedé con un amigo de Eduardo que también era un converso reciente. Fueron cuatro horas apasionantes, con un café, hablando con él de Dios, de los valores, los sacramentos… ¡y la abstinencia! Él era novato en la fe pero el Espíritu Santo le iluminaba, le daba las palabras exactas. Él mismo luego me dijo «no sé ni cómo me salían esas palabras». Mira, si a mí me hablaban antes de abstinencia, yo me reía. Pero allí, en esa charla de café, de golpe lo entendí todo. Entendí de golpe la belleza de la abstinencia, de la castidad. ¡Fue el Espíritu Santo! Era un «antes no y ahora sí». Y me puse a llorar. Lloré porque entendía cómo había ofendido a Dios en mi vida.

– Jesús dice que «el Espíritu Santo convence de pecado» [en Juan 16,18]…
– Eso fue lo que me pasó. Y nadie me lo había explicado. Allí tuve claro, de golpe, el tema del pecado. Y más cosas. Y le dije a Dios: «te doy gracias porque me has hablado con claridad; ahora dime cómo vivirlo en la familia, en la sociedad; ya no voy a echarme atrás, te lo entrego todo, mi vida mi carrera, y sólo pido que me guíes». Y así estoy: soy una bebé en la fe, llevo menos de tres años de conversa.

– Tú has sido madre soltera, muchos te han visto como un icono de belleza… ¿Qué dirías a los jóvenes sobre el amor?
– Yo he vivido en la fama y el éxito. He probado drogas, no muchas, pero gracias a Dios que no me enganché a ellas, porque otros quedaron atrapados con menos. Vi el ambiente de las parejas, el todos con todos… pero era todo un vacío de tristeza, de crudeza moral. ¡Nada de eso da verdadera felicidad!

– ¿Y como es ahora tu vida sentimental?
– Tengo novio, también es católico practicante y vivimos la castidad y esperaremos hasta que nos casemos. Es un hermoso camino. Yo dije sí a Dios y él me dio un hombre bueno. Si te mantienes firme, atraes a gente que piensa como tú y te respeta. Es una relación hermosísima, porque estás por la persona, no por su cuerpo. En la castidad ves el verdadero amor, no la mera pasión. Lo estoy viviendo por primera vez en mi vida. Por eso, a los jóvenes les digo que no se rindan, que lo intenten y no se arrepientan de vivir así.

– ¿Cómo es tu vida espiritual o de oración?
–  Igual que hacemos ejercicio para mantener el cuerpo, hay que fortalecer también el alma. Tengo un director espiritual, un sacerdote. Hay que fortalecerse para que no te tumbe el Enemigo (el «Patotas» le llamo yo). Intento ir a misa diaria y rezar el rosario cada día, pero no siempre lo consigo. Creo que es importante la confesión. Pido mucho la intercesión de la Virgen, sobre todo en mi relación de pareja, ¡es superimportante que nos cubra con su manto!

– ¿Tienes algún santo preferido?
– Me gusta Santa Rita de Casia. Por cierto, que hay una película bonita sobre Santa Rita, que es fácil de encontrar. También tengo un pariente santo en la familia, Rafael Guízar y Valencia, un santo mexicano, es un mártir de la época de los cristeros. Yo le pedía mucho a San José por un buen marido. Y le rezo a San Miguel Arcangel en momentos de angustia o preocupación. También acudo a una Virgen de Guadalupe bendecida que me regaló mi mamá. En fin, mucha oración. Le platico mucho a Dios. Cuando flaqueo, Dios me recuerda que Él es lo importante. La comunión me da mucha fortaleza, luz de Dios, ¡es como unas pilas espirituales, da energía! 

– Háblanos de «Cristiada», la película ambientada en la guerra de los cristeros, en México.
– Tiene un mensaje universal, no es una película religiosa. El tema central es la amistad, la unión que hace la fuerza, el luchar por la libertad en la época de los cristeros. El presidente impedía la libertad de religión, cerraron las iglesias… Pero el enfoque de la película no es lo católico, sino que el ser humano ha de luchar por su libertad y sus creencias. Gracias a esos héroes hoy tenemos libertad para la fe, para nuestras creencias y valores. 

– ¿Cómo ves el cine actual?
– Hay mucho cine amarillista, porque dicen que vende la violencia extrema, con drogas, sexo… Muchos directores van por esa rama. Pero el público está dispuesto a pagar por una película que le haga salir contento, con mensaje. El cambio empieza por el consumidor… Por ejemplo, «The Blind Side», protagonizada por Sandra Bullock, fue un gran éxito, era una película comercial pero con mensaje…. Y vendrán más, gracias al público. Por lo tanto, consumamos buen cine, que sea positivo para la sociedad. «Cristiada» es una película comercial, puede ser un gran éxito, entretiene a toda la familia y su mensaje es universal.

Ratzinger y el padre Brown

viernes, 22 de octubre de 2010
Andrea Monda


Alfa y Omega tomado de Avvenire (traducción de María Pazos Carretero)

En sus Ensayos católicos, Graham Greene sostiene que habría que nombrar al cardenal Newman Patrono de los escritores católicos o, mejor dicho, Patrono de los escritores que también son católicos.

Su clamorosa conversión, a mediados del siglo XIX, produjo un efecto en cadena de otras conversiones en el campo literario: Hopkins, Chesterton, Waugh, Tolkien, Lewis, Marshall y el propio Greene son sólo algunos de los nombres, entre todos los que se podrían citar de la avalancha Newman.

Benedicto XVI conoce bien no sólo a Newman, sino también algunos contenidos de aquella avalancha que trajo su conversión. Es posible que no haya leído las novelas de Greene, tan querido por el Papa Montini, pero seguro que hay dos autores de ese grupo a los que conoce muy bien: Gilbert Keith Chesterton y Clive Staple Lewis.

Este último es un caso aparte, porque es el único que se convirtió del ateísmo al cristianismo, pero permaneció, al menos formalmente, fuera del catolicismo; sin embargo, es un autor al que Ratzinger quiere y ha citado muy a menudo (en concreto Las cartas de Berlicche y La abolición del hombre), destacando su capacidad de tratar argumentos elevados, serios y profundos con agudeza, ligereza y humor típicamente ingleses.

Por ejemplo, el 18 de noviembre de 1998, al presentar la encíclica Fides et ratio, en San Juan de Letrán, el entonces cardenal Ratzinger exhortaba con estas palabras: «Permitidme comenzar con una cita extraída de las «Cartas de Berlicche», del famoso escritor y filósofo inglés C.S. Lewis.

Se trata de un pequeño libro publicado por primera vez en 1942, que saca a la luz los problemas y peligros del hombre moderno de una manera graciosa e irónica». Otra vez la enésima confirmación de la falsedad de los lugares comunes y de los estereotipos sobre el Papa: al actual Pontífice romano le encanta el cristianismo tal y como es sentido al otro lado del Canal de la Mancha.

¿Principales características de este modo de vivirlo?: la unión humorismo-humildad y la alegría. Ratzinger sabe que ser cristiano, en el fondo, quiere decir dejarse sorprender por la alegría, como ilustra eficazmente la autobiografía de Lewis, que lleva por título, precisamente, Cautivado por la alegría.

Pero la alegría necesita del humor, como el humor necesita de la alegría. Así se ha expresado el Papa en una catequesis reciente: «La alegría profunda del corazón es una condición indispensable para el sentido del humor; el humorismo es, en cierto modo, la medida de la fe».

El humor, hermano de la humildad

El joven Ratzinger maduró este convencimiento a lo largo de los años, gracias a las lecturas de autores como Chesterton, al mismo tiempo humorista y apologeta de la fe, para el que la alegría es «el gigantesco secreto del cristiano». La dicotomía aburrimiento-alegría es, para ambos, un punto central, como manifestó en su primer discurso el recién elegido Papa: «¡No tengáis miedo a Cristo! Él no quita nada, lo da todo. Quien se entrega a Él, recibe el ciento por uno».

Es fortísimo el eco de Chesterton, por ejemplo, cuando ha hablado a los jóvenes polacos, exhortándoles: «¡No tengáis miedo de ser sabios, es decir, no tengáis miedo de construir sobre roca!» En su trabajo Ortodoxia, Chesterton afirma: «Algunos han cogido el hábito estúpido de hablar de la ortodoxia como algo pesado y monótono. Sin embargo, no hay nada más apasionante que la ortodoxia: la ortodoxia es la sabiduría, y el ser sabios es más dramático que estar locos. Es fácil estar locos, ser heréticos; es siempre fácil dejar que cualquier cosa de una época se meta en la cabeza; lo difícil es conservar la propia cabeza».

El Papa llega incluso a citar, si bien implícitamente, a Chesterton en una entrevista que concedió a una televisión alemana; a la pregunta sobre el papel del humor en la vida de un Papa, Benedicto XVI afirmó cándidamente: «Yo no soy un hombre al que se le ocurran continuamente chistes. Pero es necesario saber ver el aspecto divertido de la vida y su dimensión alegre, y no tomarse todo en un sentido trágico. Esto lo considero muy importante, y diría incluso necesario, para mi ministerio. Un escritor dijo que los ángeles pueden volar porque no se toman a sí mismos demasiado en serio. Y nosotros, quizás, podríamos volar un poco más, si no nos diéramos tanta importancia».

La cita es, una vez más, de un fragmento de Ortodoxia, cuando insiste en la imagen de Lucifer, el ángel que cae por la fuerza de la gravedad. Y esta gravedad significa, en realidad, la seriedad, la falta total de humor, que tanto para el escritor inglés como para el Papa alemán es aquella capacidad de visión, capaz de cambiar la perspectiva y quedarse con la alegría (y también la diversión, según Benedicto XVI). El Papa-teólogo, que varias veces ha invocado la necesidad de una teología de rodillas, sabe bien que el humor es, también etimológicamente, hermano de la humildad, y que las dos proceden del humus, de la tierra.

Sólo quien tiene los pies bien plantados en la tierra, quien reconoce su adanidad (Adán es decir el terroso, según el Génesis), puede volar alto, hasta el cielo. Éste ha sido también el mensaje que el Papa ha ido a proclamar, junto con la grandeza de su maestro Newman, volando para llegar a Inglaterra, la tierra de los anglos (¿quizá de los ángeles?)