Para evitar la prisión, acepta hacer el Camino de Santiago

El pasado 25 de julio, un tribunal en Venecia (Italia) conmutó la condena a un joven reo. ¿La causa de esta clemencia? Él aceptó peregrinar a Santiago de Compostela

Un joven italiano de 22 años fue detenido después de haber cometido algunos delitos bajo el efecto de las drogas. En un giro de los acontecimientos raro o incluso único, el juez no envió a este joven a prisión… “En vez de enviarte a la cárcel, prefiero que vayas de peregrinación a Santiago de Compostela”, propuso el juez de Venecia al joven delincuente, unos meses antes de que compareciera ante un tribunal.

El acusado estuvo de acuerdo y se puso en camino. Resultado: tras realizar una peregrinación a pie de 1.500 kilómetros hasta el santuario español de Santiago de Compostela, el juez consideró que el joven había aplicado fielmente una original y única sentencia de reinserción. Una historia sorprendente de reintegración y desarrollo personal.

Peregrinación o prisión

Poco se sabe del joven penitente. Nacido en el norte de África y de nacionalidad italiana, el joven procede de una familia desfavorecida. Rápidamente cayó en la adicción a las drogas y acumuló muy pronto los problemas con la justicia. Cuando se presentó de nuevo por un caso más grave que los anteriores, el juez tuvo la idea de confiarlo a Lunghi Cammini, una asociación italiana de reciente creación en Mestre (norte de Italia) que ofrece a los jóvenes con dificultades la opción de las caminatas como medio de reinserción social.

Inicialmente, el joven tuvo que hacer un curso de adaptación al mundo del trabajo profesional. También llevó a cabo varias tareas de voluntariado dentro de la asociación, con resultados convincentes. Después de algunos meses, en colaboración con el departamento de asistencia social del Tribunal de Venecia, la asociación decidió preparar un programa especial para él para que pudiera cumplir su sentencia de una manera inesperada.

Una caminata educativa

Siguiendo el consejo de Lunghi Cammini, el juez le propuso la peregrinación imponiéndole unas condiciones bien definidas. El joven debía comprometerse a caminar todo el camino. Se le prohibía consumir drogas, alcohol y tabaco. Asimismo, se comprometía a no utilizar su teléfono móvil en ningún caso. Si alguna de estas condiciones no se cumplía, el joven condenado sería devuelto inmediatamente a la cárcel.

Con el acuerdo cerrado, el convicto penitente partió acompañado de un “ángel de la guarda”, Fabrizio, un voluntario profesor jubilado de 68 años. Él era responsable de velar por que la sentencia se ejecutara de conformidad con las condiciones requeridas. Los dos peregrinos disponían de un presupuesto de 40 euros diarios para alimentarse, alojarse y caminar los 1.500 kilómetros que había que recorrer.

Entre disputas y oraciones

Y el camino no siempre fue fácil. El joven se enfadaba regularmente y tuvo muchos momentos de duda. A lo largo del camino, el tiempo desveló una alternancia de discusiones y oraciones. Poco a poco, un vínculo más fuerte terminó desarrollándose entre los dos hombres. Superados muchos momentos de desánimo, llegaron finalmente a Santiago de Compostela. A su regreso a Venecia, cada uno dio testimonio del transformador viaje que habían vivido y de la amistad que nació entre ellos.

Fabrizio describió una peregrinación que fue para él un verdadero “aprendizaje de apertura, de comprensión y de aceptación del otro”. En cuanto al joven convicto, el camino le permitió “reflexionar sobre su vida”. Expresó su inmensa gratitud a Fabrizio: “Su presencia fue para mí como una espina que me pinchaba constantemente. Pero fue una espina dolorosa y buena a la vez: me mostró una vida verdadera y valores verdaderos. ¡Y además encontré un abuelo!”.

Para Isabella Zuliani, directora de la asociación, estas caminatas de reintegración son una solución que evita los riesgos asociados con el encarcelamiento. Su fuerza: estar marcadas por la dificultad y la renuncia. Son, dice, un excelente medio de ayudar a los jóvenes a encontrar el camino correcto en sus vidas.

El Ángel de la cárcel

La inspiradora historia de una gran mujer que fue monja y se divorció dos veces

Antonia Brenner

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¿Puede una mujer católica casarse y divorciarse dos veces, tener ocho hijos de dos hombres diferentes, hacerse monja y llegar a fundar una nueva orden religiosa? La respuesta es ¡sí! De hecho, esta misma mujer se acercó en persona al papa Juan Pablo II el día de la madre de 1990 para presentarle unos regalos en ocasión de la misa que el papa ofrecía durante su visita a México, y así recibir a cambio su bendición. Después de todo, todo es posible con Dios a nuestro lado.

La mujer a la que nos referimos es la Madre Antonia Brenner, conocida como “el ángel de la cárcel” en la penitenciaría de La Mesa, en Tijuana.

La Madre Antonia murió hace tres años, el 17 de octubre de 2013. En mi opinión, la historia demostrará que esta mujer fue un peso pesado entre las mujeres católicas de finales del siglo XX y principios del XXI.

Mary Clarke nació en Beverly Hills, Estados Unidos, un 1 de diciembre de 1926. Su padre, Joe Clarke, era un empresario de éxito y Mary y sus dos hermanos se criaron rodeados de la opulencia y la ostentación del mundo del cine.

Entre sus vecinos había grandes celebridades de Hollywood como William Powell, Hedy Lamarr y John Barrymore.

Joe Clarke era un hombre de carácter afectuoso hacia todas las personas. Sin importar lo bien que tratara la vida a su familia, se aseguró de educar a sus hijos en la importancia de ayudar a los menos afortunados.

Este deseo de ayudar a los demás arraigó en Mary y estaba destinado a florecer. Sin embargo, antes de su “florescencia”, Mary se embarcó en una enrevesada travesía vital.

Mary se casó a los 18 años y tuvo tres hijos, aunque el primero falleció poco después del parto. Este matrimonio terminó en divorcio.

Como divorciada, Mary se sentía entonces distanciada de su educación católica. Se casó de nuevo, pero esta vez por lo civil en Las Vegas, con un hombre llamado Carl Brenner.

Ella y Carl tuvieron cinco hijos juntos, pero su matrimonio también estaba abocado al divorcio. Pero “Dios escribe recto con renglones torcidos”, y según parece el Espíritu Santo tuvo echado el ojo a Mary Clarke Brenner toda su vida. Estaba a punto de bañarla por completo en su gracia.

Mary cada vez se involucró más en obras de caridad. En 1965 conoció al sacerdote Henry Vetter. Él se la llevó consigo a un reparto de comida, medicinas y ropa a prisioneros de la Penitenciaría La Mesa, en Tijuana.

La mala situación de los reos en La Mesa (considerada como una de las peores prisiones de México) causó un gran impacto en ella y, con el tiempo, su creciente compasión y amor por el prójimo se centrarían en estas personas. Se convirtieron en su especialidad, su ministerio, su propósito en la vida.

Mary Brenner se pasó los siguientes 10 años yendo y viniendo de la penitenciaría La Mesa, llevándoles los suministros necesarios, pero sobre todo su amor y su misericordia.

Su presencia se hizo muy popular entre los prisioneros, tanto hombres como mujeres, que ya esperaban con entusiasmo las visitas de Mary, a quien empezaban a llamar “La Mamá”. El alcaide incluso le ofrecía alojamiento para que pudiera quedarse a dormir.

Mary escogió el nombre de Antonia (en honor a su mentor, Anthony Bowers) y pasó a ser Madre Antonia Brenner. Se cosió un hábito de monja, se lo puso y fue a ver al obispo Leo Maher, de San Diego. Se arrodilló ante él y le contó su historia.

Él ya lo sabía todo sobre ella, así que le dio su bendición y validó su ministerio. Y hasta fundó una nueva orden, las Siervas Eudistas de la Undécima Hora, para mujeres de 45 años y mayores que desearan servir a los menos afortunados.

Además de la bendición del obispo Maher, también recibió la bendición del obispo Juan Jesús Posadas, de Tijuana. Se le concedió la autorización de la Iglesia para su ministerio por parte de obispos de dos países separados.

Una vez sus hijos se emanciparon, Mary regaló todas sus propiedades, dejó su hogar en Ventura y se dirigió a la prisión de La Mesa. Le habían dado permiso para vivir allí.

Su nuevo hogar era una celda de 3 metros cuadrados en la sección femenina de la penitenciaría. Viviría como cualquier otro recluso, dormiría en su celda de cemento y se alimentaría de agua fría y comida de la prisión.

Entre las comodidades de su habitación se incluían un crucifijo en la pared, una Biblia, un diccionario de español y una rígida cama de prisión.

Por la mañana, formaba en línea junto al resto de los prisioneros para pasar lista. Ese sería su hogar durante los próximos 32 años.

“La Mamá” también recibió el apodo de “Ángel de la cárcel”. Convivía libremente con traficantes de droga, ladrones, asesinos, violadores y demás, a quienes daba pellizcos en las mejillas y ofrecía sus oraciones.

Muchos de estos hombres y mujeres se contaban entre los más violentos y desesperados del género humano. Y aun así, ella caminaba feliz con ellos, les confortaba y les consolaba, secaba sus lágrimas y sostenía sus cabezas entre sus manos en su lecho de muerte.

Llegó incluso a detener motines internos con su mera intervención.

La Madre Antonia Brenner consiguió ver de verdad el rostro de Cristo en todos y cada uno de los prisioneros con los que estableció contacto y extendió su misericordia y su amor a todos ellos.

¿Por qué otra razón estos endurecidos criminales, algunos de los cuales nunca habían amado ni recibido amor, iban a llamar cariñosamente “Mamá” a una señora salida de Beverly Hills? Ellos le respondían con el mismo amor que recibían.

Creo que algún día la Madre Antonia Brenner será canonizada como santa. Fue un ejemplo para todos, nos enseña hasta dónde puede llegar la generosidad de “amar al prójimo”, quienquiera que sea.

Su vida también nos demuestra que no importa quién o qué seamos, ni de donde vengamos ni lo que hayamos hecho, Dios siempre nos está llamando.

Madre Antonia, por favor reza por nosotros, en especial durante este Año de Misericordia.