La fe todo lo puede

La fe no es creer que yo puedo, la fe es creer que Dios puede.

La fe no la establece la razón, sino la Sagrada Escritura y la Tradición.

La fe es la respuesta amorosa al amor de Dios manifestado en Jesucristo: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna” (Ioh 3, 16).

La fe tiene capacidad para iluminar toda la existencia del hombre; cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. No se trata de razonar mucho sino ver las cosas desde las causas altísimas.

El Señor le dijo a una mujer que está en proceso de beatificación (Josefa Menéndez): El mundo está lleno de odio y vive en continuas luchas: un pueblo contra otro, unas naciones contra otras, y los individuos entre sí, porque el fundamento sólido de la fe ha desaparecido de la tierra casi por completo. Si la fe se reanima, el mundo recobrará la paz y reinará la caridad… Déjate convencer por la fe y serás grande, déjate dominar por la fe y serás libre. Vive según la fe y no morirás eternamente (18 junio 1923).

La fe no se opone a la civilización. Cuanto más arraigada está en los hombres y en los pueblos, más se acrecienta en ellos la ciencia y el saber, porque Dios es la sabiduría infinita. Y donde no hay fe, desaparece la paz, y con ella la civilización y el progreso, introduciéndose en su lugar la confusión de ideas, la división de partidos, la lucha de clases y, en los individuos, la rebeldía de las pasiones contra el deber, y así el hombre pierde su deidad, que es su verdadera nobleza.

Lo que distingue al cristiano es la fe, y, concretamente, la fe en que el Hijo de Dios se ha hecho hombre para salvarnos.

Existe un vínculo entre la pureza de corazón, la del cuerpo y la de la fe (CEC 2518). Los fieles deben creer los artículos del Símbolo “para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciendo, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen” (San Agustín, fidet symb. 10, 25).

Hace unos años, el Cardenal Ratzinger decía que la fe cristiana brilla con dos grandes testimonios. El primero es la santidad, la caridad heroica de los santos. Y el segundo es la belleza del arte cristiano que rodea la liturgia. Los dos son signos de Dios y llevan a Dios.

Benedicto XVI dijo: «La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y fidelidad que hay que renovar todos los días». «Pedro, que había prometido fe absoluta, experimenta la amargura y la humillación del que reniega: el orgulloso aprende, a costa suya, la humildad», indicó, mostrando la clave que hizo de Pedro un apóstol. (Audiencia miércoles, 24 mayo 2006).

No se quiere comprender que la presencia del hombre en la tierra está en orden a la vida eterna, que la tierra es exilio y campo de una lucha, no querida por Dios sino por el odio, por la envidia y la rivalidad de Satanás y de sus diabólicas legiones.

Cristiano es quien vive de fe, de esperanza y de caridad; dones derramados por el Padre celestial en nosotros. Son estas virtudes las que hacen posible el despliegue del germen de vida sobrenatural recibido en el Bautismo. En la vida cristiana, la fe proporciona sobre todo un pleno conocimiento de la voluntad de Dos, de modo que se siga una conducta digna de Dios, agradándole en todo, produciendo frutos de toda especie de obras buenas y adelantando en conocimiento de Dios (cfr.Gaudium et spes, n. 11).

Cuando la fe se ha perdido también se pierde la verdadera comprensión de los acontecimientos humanos.

Esto dice el profeta Jeremías: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón. Será como un cardo en la estepa, que no disfruta del agua cuando llueve; vivirá en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhabitable” (Jeremías 17,5-8).

A muchas personas nos falta paciencia

San Felipe Neri acostumbrara decir que en este mundo no hay purgatorio, sino tan solo cielo o infierno; quien soporta pacientemente las tribulaciones, disfruta ya del cielo, y quien las rehúye, padece ya un infierno anticipado (Práctica del amor a Jesucristo, cap. V).

La paciencia es la ciencia de la paz. Ana Catarina Emmerick afirma que sufrir pacientemente es el estado más digno de un hombre sobre la tierra. Si un ángel pudiera tener envidia la tendría del hombre que padece por Dios.

La paciencia se define como la capacidad de sufrir y tolerar desgracias y adversidades o cosas molestas u ofensivas, sin quejarse ni rebelarse. También es la calma y tranquilidad para esperar. Proviene del latin pati que significa sufrir, padecer.

La paciencia tiene mucho que ver con la sabiduría, es decir, con saber quién soy, de dónde vengo y adónde voy. Tiene que ver asimismo con la virtud de la esperanza. Es también un rasgo de la personalidad madura. Más importante que conquistar una ciudad -que es someter algo externo- es conquistarse a sí mismo, cuando la paciencia lo lleva a dominarse en su interior, como decía Gregorio Magno.

La paciencia todo lo alcanza, por ello es necesario luchar por crecer en ella. “El mundo es redimido por la paciencia de Dios, y es destruido por la impaciencia de los hombres” (Benedicto XVI, En su Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino, Roma, 24 de abril de 2005). En otro momento, Ratzinger escribe: “La paciencia es la forma cotidiana de un amor, en el que están simultáneamente presentes la fe y la esperanza”.

San Cipriano de Cartago tiene un escrito titulado El bien de la paciencia: donde enseña lo siguiente: “La paciencia es lo que nos hace valer y nos guarda para Dios. La paciencia atempera la ira, frena la lengua, rige el pensamiento, custodia la paz, regula las normas de vida, rompe el ímpetu de la concupiscencia, reprime la violencia del orgullo, apaga el fuego del odio… Nos hace humildes en la prosperidad; en la adversidad, fuertes, y mansos contra las injurias y ultrajes. Enseña a perdonar enseguida a los que delinquen; y al que ha faltado, a rogar mucho y largo tiempo. La paciencia vence las tentaciones, soporta las tribulaciones, y lleva a término los padecimientos y martirios. Ella es la que proporciona a nuestra fe un fundamento firmísimo; ella es la que provee a que nuestra esperanza crezca hasta lo más alto. Ella es la que dirige nuestros actos para que podamos mantenernos en el camino de Cristo, mientras avanzamos con su ayuda; ella, en fin, hace que perseveremos siendo hijos de Dios” (De bono patientiae 13-16, 19-20).

Hay una simpática anécdota del Papa Sixto, Pontífice del siglo XVI. Cuando era niño, unos padres franciscanos lo encontraron leyendo el catecismo mientras vigilaba a sus animales y le preguntaron qué deseaba ser, respondió que “un hombre de Dios”. Los religiosos le facilitaron los estudios y llegó a ser Papa. Los cardenales no lo querían porque de pequeño había sido cuidador de cerdos, y varios de ellos, en cambio, eran de familia noble. Por ello mandaron pintar un cuadro del Papa Sixto en medio de una docena de cerdos. El Papa vio el cuadro, no se enfadó y sonrió amablemente, y mandó al pintor que a cada cerdo le pusiera un vestido de cardenal. ¡Esto es buen humor!

A Luisa Picarreta, Jesús le dice: “Hija mía, la paciencia es el alimento de la perseverancia, porque la paciencia mantiene en su lugar a las pasiones y corrobora todas las virtudes, y las virtudes, recibiendo de la paciencia la actitud de la vida continua, no siente el cansancio que produce la inconstancia, tan fácil a la criatura. Por eso el alma no se abate si es mortificada o humillada, porque rápidamente la paciencia le suministra el alimento necesario, y forma un vínculo más fuerte y estable de perseverancia. Ni si es consolada ni ensalzada se eleva mucho, porque la paciencia, alimentando a la perseverancia, se contiene en la moderación sin salir de sus límites. Mientras una persona se alimenta, se puede decir que tiene vida, así el alma, mientras tenga paciencia, tendrá perseverancia” Libro del Cielo, 6-115).

Hay, además, una oración para pedir paciencia:

¡Oh Jesús!, mi dulce amigo, cuatro cosas hoy te pido con mucha necesidad: Paciencia para sufrir, fuerza para trabajar, valor para resistir las penas que han de venir y me han de mortificar. Temperamento sereno para poder resolver las cosas con santa calma y así tener en el alma perfecta tranquilidad. Amén. (Del santuario del Señor de la Misericordia, de Tepatitlán, Jalisco, Mexico).

«EL ÁNGEL SURFISTA»

Acaba de publicarse El ángel surfista, un libro sobre Guido Schaffer, médico y seminarista que falleció practicando su deporte favorito y dejó un recuerdo imborrable de virtudes cristianas. Este vídeo recoge algunos testimonios de quienes le conocieron bien. Para saber más sobre Guido Schaffer, pincha aquí.

México puede mucho

Por beckyreynaud

Dios nos ha elegido para transformar la historia, pero cuando no vivimos lo ordinario con heroísmo viene el desencanto. ¡Qué importante es vivir cada día como si fuera el último!

Es un hecho que México puede mucho, que es una fortaleza para el resto de la humanidad, pero los mexicanos hemos de luchar más contra el egoísmo, el sentimiento y el resentimiento. Con fortaleza y optimismo, hemos de descubrir y explotar las virtudes ocultas en nosotros mismos y en las personas que amamos. Hay que ayudarnos mutuamente a pulir el temperamento.

El carácter es una estructura virtuosa. Pero toda virtud implica autodominio. Y ¿cómo se nota que falta autodominio? Cuando “explotamos”, contestamos mal o rezongamos. ¿Qué es rezongar? El Diccionario de la Lengua Española dice que rezongar es gruñir, refunfuñar a lo que se manda, ejecutándolo de mala gana. Ya se sabe que nacemos con un temperamento, y que el carácter es ese mismo temperamento pero educado. Cuando nos enojamos sin gran motivo, nos falta carácter. Es una pena reconocer que nuestro tiempo ha perdido el señorío de sí mismo.

El carácter significa una armónica conjugación entre tres elementos: la inteligencia, la voluntad y el sentimiento. En México, debemos de luchar –sobre todo- por adquirir dos virtudes cardinales: fortaleza y templanza. Dentro de la fortaleza entra el tratar de ser menos susceptibles (menos soberbios) pero sin perder el “tener corazón”.

Tiene importancia el “dominio del enojo” por su cotidianidad, y por la gravedad de sus consecuencias. A veces una persona se presenta enojada, regañona, malhumorada, cortante, introvertida, triste, rezongona…, y eso influye en el ambiente. Y digamos de paso que el enfado y el mal humor es el principal mensaje de las telenovelas. Esa es la conducta que nos presentan como “modelo”.

Aristóteles considera la sabiduría como dominio; como la resistencia ante lo adverso o también que prevalezca lo racional frente a lo irracional. Y hoy, lo que más brilla por su ausencia es la educación de la voluntad. Es la voluntad la que se deja mover por el entendimiento, o bien se deja mover por los sentimientos, o por ambos. Este dominio no consiste en que desaparezcan los sentimientos, sino en que no prevalezcan.

Según el Doctor Carlos Llano —filósofo del siglo XXI—, dos rasgos son los que condicionan la posibilidad de tener un carácter sólido: la humildad y la castidad. Si se marginan estas cualidades, la persona será mediocre, insignificante. Y esto es así porque la humildad y la pureza son las bases –espiritual la una y corporal la otra- del carácter.

La simpatía natural no es un rasgo constitutivo del carácter, sino que, dependiendo de la actitud que tomemos ante ella, puede servirnos para apuntalar un aspecto de nuestro carácter –la generosidad- o de nuestra falta de carácter: el egoísmo.

Cuando el egoísmo toma posesión de una persona, se inactiva toda posibilidad de virtud. Al contrario, cuando hay generosidad, hay un ensanchamiento del alma. “El soberbio y el incontinente se encuentran centrados en sí mismos (…) El autodominio consiste en el abatimiento de la propia excelencia en que reside la esencia de la humildad. La voluntad de dominio, en cambio puede conducirnos a la precedencia sobre los demás, no por ser precedente sino por ser yo, en lo que residen la soberbia, la vanidad, la egolatría y el egoísmo (…): La ausencia de la humildad como la de la castidad apuntan a una desintegración del carácter” (Carlos Llano).

Con frecuencia los jóvenes olvidan que  no están hechos para el placer sino para el heroísmo. En resumen, se trata de adquirir virtudes y de usar bien de nuestra libertad, batalla que dura toda la vida, pues tan importante como la adquisición de una virtud es su mantenimiento. Se nos pide el avance progresivo de la virtud, conforme al adagio clásico: o se avanza o se retrocede. Millán Puelles dice: “somos libres, no estamos hechos del todo; pero somos, esto es, no lo tenemos todo por hacer”.

Algunos extranjeros que visitan México se impactan gratamente al ver la reserva de fe que hay en nuestro país, y es que, en general los mexicanos hemos entendido que la fe no se opone a la civilización. Cuanto más arraigada está en los hombres y en los pueblos, más se acrecienta en ellos la ciencia y el saber, porque Dios es la sabiduría infinita. Y donde no hay fe, desaparece la paz, y con ella la civilización y el progreso, introduciéndose en su lugar la confusión de ideas, la división de partidos, la lucha de clases y, en los individuos, la rebeldía de las pasiones contra el deber, y así el hombre pierde su dignidad, que es su verdadera nobleza.

Ojalá no olvidemos esas célebres palabras a México de Juan Pablo II: “¡Dios te bendiga, México!, que te esfuerzas en desterrar para siempre las luchas que dividieron a tus hijos mediante un diálogo fecundo y constructivo. Un diálogo en el que nadie quede excluido … Sólo el diálogo fraterno entre todos dará vigor a los proyectos de futuras reformas, auspiciadas por los ciudadanos de buena voluntad, pertenecientes a todos los credos religiosos y a los diversos sectores políticos y culturales”. (Juan Pablo II, Ceremonia de despedida, México, D .F., 26 de enero de 1999).

¿Por qué vivir la pureza?

¿Por qué vivir la pureza? Porque los puros verán a Dios, porque quiero ver el rostro de Dios. Y no sólo en la otra vida, sino en ésta. Todos estamos de acuerdo en que queremos la felicidad, en lo que no estamos de acuerdo es en decir en dónde está (droga, placer, poder, dinero, Dios, amor, familia unida…).

El Cardenal Ratzinger, tratando el tema de la castidad, escribe: “Cuanta menos fe se tenga, más caídas habrá”. Y es que la castidad es una conquista de Dios en nosotros. Para concluir recordamos que la virtud que más brilla en el paraíso es la pureza (San Juan Bosco).

En su libro, Olor a yerba seca, un doctor en filosofía, Alejandro Llano, relata: Me acostumbré a mirar por la ventana mientras daba clase. Yo no era consciente de esta costumbre, pero –cuando me incorporé a la Universidad de Navarra- algunos alumnos me preguntaron por qué lo hacía. Me quedé sorprendido con la pregunta. ¿Por qué miraba por la ventana en lugar de mirar, como era lógico, a los alumnos a los que me dirigía? Enseguida di con la respuesta, que era doble. Por una parte, me resultaba muy desagradable y me perturbaba ver las expresiones de odio o de desprecio hacia mí de algunos estudiantes. Por otra, era obvio que algunas chicas de minifalda se sentaban en las primeras filas con posturas claramente provocativas para escandalizarme, lo cual más que atracción me provocaba tristeza. La crisis intelectual, moral y religiosa afecta a las chicas de manera más profunda que a los varones. Se trataba de una generación de estudiantes que, en su mayoría, se sentían desarraigados de la cultura en que habían vivido sus padres y apartados de la fe cristiana. Estaban destrozados interiormente por la anomia, por la falta de paz interior, de orientación vital y de proyectos. Pero tenían prohibido reconocerlo y reaccionaban airadamente cuando se les intentaba hacer ver.

Un día me avisaron que una alumna estaba en la sala de recibir y quería hablar conmigo. Normalmente me hubiera disculpado, pero aquella tarde por algún motivo bajé a atenderla. Era una de aquellas chicas de las primeras filas, más discreta esta vez, que se encontraba en una situación límite. Llegó un momento en que se dieron las condiciones para que yo la encaminara hacia quien podría orientarla de manera más personal (p. 333).

Un investigador norteamericano, Patrick Fagan, después de varios análisis concluye que la pobreza o riqueza de un país está en la sexualidad de su gente, en que se viva correctamente: los casados, en la fidelidad; los solteros, viviendo la abstinencia sexual.

Cuando Bernardo de Claraval era muy joven, en cierta ocasión, cabalgando lejos de su casa con varios amigos, les sorprendió la noche, de forma que tuvieron que buscar hospitalidad en una casa desconocida. La dueña les recibió bien, e insistió que Bernardo, como jefe del grupo, ocupase una habitación separada. Durante la noche la mujer se presentó en la habitación con intenciones de persuadirlo suavemente al mal. Bernardo, en cuanto se dio cuenta, fingió que se trataba de un intento de robo y empezó a gritar: “¡Ladrones, ladrones!”. La intrusa se alejó rápidamente.

Al día siguiente, cuando el grupo se marchaba cabalgando, sus amigos empezaron a bromear acerca del imaginario ladrón; pero Bernardo contestó: “No fue ningún sueño; el ladrón entró, pero no para robarme el oro y la plata, sino algo de mucho más valor”.

La sexualidad es lo que más eleva al ser humano, o lo que más le degrada. La sexualidad tiene un poder creador, pero también tiene un enorme poder destructor cuando no se vive bien. Este poder destructor se manifiesta en enfermedades, en frustraciones.

Juan Pablo II en Francia: Toda la historia de la humanidades la historia de la necesidad de amar y de ser amados… El corazón es la apertura de todo el ser a la existencia de los demás, la capacidad de adivinarlos, de comprenderlos. Una sensibilidad así, auténtica y profunda, hace vulnerable. Por eso, algunos se sienten tentados a deshacerse de ella, encerrándose en sí mismos… Jóvenes de Francia: ¡Alzad más frecuentemente los ojos hacia Jesucristo! El es el Hombre que más ha amado, del modo más consciente, más voluntario, más gratuito… ¡Contemplad al Hombre-Dios, al hombre del corazón traspasado! ¡No tengáis miedo! “Jesús no vino a condenar el amor, sino a liberar el amor de sus equívocos y de sus falsificaciones. Fue él quien transformó el corazón de Zaqueo, de la Samaritana y quien realiza, hoy todavía, por todo el mundo, parecidas conversiones. Me imagino que esta noche, Cristo murmura a cada uno y a cada una de entre vosotros: “¡Dame, hijo mío, tu corazón!”. Yo lo purificaré, yo lo fortaleceré, yo lo orientaré hacia cuantos lo necesitan: tu propia familia, tu comunidad, tu ambiente social… El amor exige ser compartido”. Sin Dios el hombre pierde la clave de sí mismo, pierde la clave de su historia. Porque, desde la creación, lleva en sí la semejanza de Dios” (nn. 5 y 6).

La alegría, presente en nuestra vida

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El Señor Jesús le dijo a Santa Faustina: “Observa fielmente las palabras que te voy a decir: no valores demasiado ninguna cosa exterior, aunque te parezca muy preciosa. Olvídate de ti misma y permanece continuamente Conmigo. Confíame todo y no hagas nada por tu cuenta y tendrás siempre una gran libertad de espíritu; ninguna circunstancia ni acontecimiento llegará a turbarte. No prestes mucha atención a lo que dice la gente, deja que cada uno te juzgue según le guste. No te justifiques… Dalo todo a la primera alusión de petición, aunque fueran las cosas más necesarias. Deja que te quiten incluso lo que te mereces: la estima, el buen nombre; que tu espíritu esté por encima de todo esto. Y así, liberada de todo, descansa sobre mi Corazón, no permitas que nada turbe tu paz” (Diario n. 1685). “Si las almas se abandonaran totalmente a Mí, Yo mismo me encargaría de santificarlas y las colmaría de gracias aún mayores. Hay almas que frustran mis esfuerzos, pero no me desanimo; siempre que se dirigen a mí, me apresuro a ayudarlas y les doy el primer lugar en mi Corazón” (cfr. n. 1682). Ella responde: “Que caiga sobre mí toda deshonra, humillación y degradación, con tal de que resuene la gloria (de Dios) y el culto a tu Misericordia” (cfr. n. 1691).

Revisar delante de Dios qué nos quita alegría. Cuando una persona se mantiene alegre, contagia, atrae, ayuda al buen ambiente. Sonreír significa encontrarse bien a pesar de los pesares. Nadie tiene que saber lo que estamos pasando. A veces hay mucho que hacer, es importante que los pendientes no nos quiten la alegría. Hay que preguntarse: ¿Cómo afronto las dificultades? ¿Qué sentimientos toman  la batuta en nuestra vida? San Josemaría siempre estaba alegre, y vivía la alegría de manera heroica, por ejemplo, ante la falta de medios o ante las malas noticias.

Hay que enfrentarnos con lo que hay dentro: rencor, susceptibilidad, cansancio, limitaciones… Reírnos de nosotros mismos y saber salir del yo, el yo es traicionero, nos hace creer que tenemos derechos que no tenemos. La Madre Teresa de Calcuta, ahora santa, decía a sus colaboradores: “Sacad vuestras fuerzas sencillamente de la alegría de estar con Jesús. Estad alegres y llenos de paz. Aceptad todo lo que él os dé. Y dad siempre, tome el que lo tome, con una gran sonrisa”. Efectivamente, todas las obras de misericordia las hemos de hacer con alegría en el corazón.

Poema de Francisco Ruiz Bernadez

Si para recobrar lo recobrado debí perder primero lo perdido, si para conseguir lo conseguido tuve que soportar lo soportado,

si para estar ahora enamorado fue menester haber estado herido, tengo por bien sufrido lo sufrido, tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado que no se goza bien de lo gozado sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido por lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado.

El cristiano es una persona alegre porque es una persona de esperanza. Un hombre de 72 años que había tenido todo tipo de goces y de medios económicos decía: en estos 72 años no he tenido un día de alegría. San Leonardo de Porto Mauricio decía: No he logrado tener un día de sufrimiento en la tierra.

El “elixir” más preciado del demonio es la tristeza.

San Francisco de Asís decía: Es tan grande el bien que espero que en las penas me deleito.No hay felicidad plena aquí en la tierra porque no gozamos de la visión de Dios.

A veces uno se pregunta: ¿Qué misterio encierra el amor, que puede hacer feliz o desgraciada a una persona? Filosóficamente esta verdad se enuncia diciendo que “lo semejante ama lo semejante”, “la semejanza es causa del amor; la desemejanza, causa de odio”. Hay personas que chocan y se quieren poco, porque sólo son semejantes en los “defectos”. Y los defectos no unen, sino que separan. Cuando se dice que “la semejanza es causa del amor” hay que referirlo a las “cualidades”. Dos personas que poseen cualidades semejantes, es más fácil que lleguen a amarse de verdad.

El hombre es desdichado porque no sabe que es feliz. San Agustín escribió: “Dios lo que más odia después del pecado es la tristeza, porque nos predispone al pecado”.

Al hombre le gustaría haber nacido y vivido de otra manera y así, se lastima.

El poeta Amado Nervo, después de reflexionar sobre la felicidad, escribió: “El alma es un vaso que sólo se llena con eternidad”.

El Maestro Eckhart escribió: “Si le dieses gracias a Dios por todas las alegrías que Él te da, ya no te quedaría tiempo para quejarte.” (s. XIII-XIV). Sé feliz porque son muchos los que esperan participar de nuestra lumbre, contagiarse de nuestra alegría.

Mario Saad escribió sobre una “entrevista” a Dios, anoto una de sus preguntas: Señor, ¿qué es lo que más te sorprende de los hombres? Dios le contestó:

– Que se aburren de ser niños apurados por crecer, y luego suspiran por regresar a ser niños.

– Que primero pierden la salud para hacer dinero y luego pierden el dinero para recuperar la salud.

– Que por pensar en el futuro descuidan la hora actual con lo que no viven ni el presente ni el futuro.

Unas de las máximas del Padre Pío dicen: “Lo importante es caminar con sencillez ante el Señor. No pidas cuenta a Dios, ni le digas jamás: ¿Por qué? Aunque te haga pasar por el desierto. Una sola cosa es necesaria: Estar cerca de Jesús.”

Consejos para triunfar y aligerar la vida

San Juan Bosco escribía: “La ocasión sólo encuentra a quien está preparado. Ten un gran ideal y ámalo, cultívalo, prepárate para obtenerlo. Y tarde o temprano, si tienes constancia y un corazón entusiasta, Dios suscitará una circunstancia, tal vez imprevista y que parecía poco probable, que hará explotar la chispa de la gran ocasión: y obtendrás tu ideal”.

No dejemos de hacer un solo día sin hacer algo a favor del ideal que nos hemos propuesto y, cuando menos lo pensemos, lo habremos alcanzado.

Nunca se hicieron cosas importantes sin entusiasmo. “Entusiasmo” significa rapto divino o posesión divina. Los antiguos griegos lo veían como un don del cielo. La gente nos ve a los ojos, hay que acariciar con la mirada. Los santos y las grandes personalidades se abstenían de acariciar con las manos, porque sabían que eso podía debilitar la voluntad, pero siempre acariciaban con su mirada; sabían mirar el rostro de las personas con amabilidad, bondad y aprecio, y eso proporciona felicidad.

La persona simpática tiene un fulgor en el rostro y va diciendo sin palabras: “Estoy contenta de tratar con ustedes; me agrada su presencia”. Ayuda tener siempre pensamientos alegres, recuerdos amenos y buenos proyectos. A esa persona le da alegría encontrarse con nosotros, y eso ayuda mucho.

Una persona con espíritu de contradicción suele molestar a todo el mundo. No hay que andar contradiciendo a la gente, diciéndole: “Usted se equivoca”; es mejor matizar nuestra opinión diciendo: “Puede ser que yo esté equivocado, pero a mí me parece…”. Así opinaremos diversamente y evitaremos la pelea.

En el consultorio de un gran psiquiatra de fama mundial hay una frase escrita: “Para qué rezar si puedo preocuparme”. Tal vez él pretende que el paciente pueda voltear la frase y decir: “Para qué preocuparme si puedo rezar a Quien tiene en sus manos todas las soluciones”.

El arma más poderosa para ganarme a los demás es amarlos, para eso es necesario morderse la lengua cuando se quiere criticar. Hay que amar a todos, también a los duros y agrios porque nadie tiene tanta necesidad de ser amados como los que no son capaces de demostrar cariño. Es de desear que no tengamos tiempo para odiar ni para recordar ofensas; sólo para amar, y recordar las cualidades de los demás. Si amo influiré enormemente en los otros. Si no amo, seré como una lata que resuena. Amar es un don del cielo que sólo se concede a quien lo pide muchas veces.

Una persona es tanto más pequeña cuanto más pequeñas son las cosas que le hacen disgustarse y andar triste. Hay que vencer la tendencia natural a venderse a bajo precio.

Eliecer Salesman dice que: “Nunca permitiré que me vuelva tan importante, tan sabio, tan reservado y poderoso, que no pueda sonreír a los demás y reírme de mí mismo. En esto tengo que ser niño si quiero ser bendecido por Dios”.

Hay dos palabras que hemos de repetir cuando se quiera ir el buen humor de nuestra vida: “Todo pasa”. Estas palabras repetidas en ocasión de malestar y disgusto, pacificarán el alma. Pasó el que hizo las pirámides, pasó el que hizo la guerra y la guerra también… y este problema mío, ¿no va a pasar también? Dios permite las purificaciones y muchas veces no sabemos por qué, como le pasó a Job, pero nos toca confiar. El “grano” de mi vida tiene que caer en tierra, en la humillación, en la fatiga, pero de allí saldrá la cosecha de mis triunfos. El grano que cae en tierra y muere, ese es el que da frutos. Estoy muriendo a mi orgullo, a mis asperezas, a mi egoísmo y esto se convertirá en cosecha de grandes ideales realizados.

La maravilla del trabajo la han valorado muchas personalidades:

– Si eres pobre, trabaja. Si eres rico, sigue trabajando. Dios vende los triunfos al precio del trabajo (Da Vinci).

– Si te abruman preocupaciones y angustias, trabaja. El trabajo aleja muchas tristezas (San Juan Bosco).

– Si tienes alegría y buen humor, trabaja. Los éxitos se logran trabajando mucho.

– ¿Sufres decepciones? Disípalas trabajando. La tristeza y la laboriosidad no logran vivir juntas.

– ¿Tienes pocas esperanzas? Dedícate a trabajar. “El Señor recompensa a cada uno según sus obras” (Salmo 61).

– Trabaja como si estuvieran en peligro tu vida y tu futuro, pues en realidad lo están. “Los que no trabajan son, por lo general, muy desdichados” (Schlinder).

– Trabajar bien, con calidad, de acuerdo con la justicia, con  el fin de amar a Dios y servir a los demás. De este modo se contribuye a santificar a este mundo desde dentro. Delante de Dios lo que importa es el amor que se pone en el trabajo, enseña San Josemaría Escrivá de Balaguer.

Amar es saber decir que no

abril 22, 2015 por beckyreynaud

Si quieres saber a quién verdaderamente amas,

sólo piensa para quien siempre tienes tiempo,

a quien le das lo mejor de ti.

Allí habrás encontrado la respuesta.

Anónimo.

castidad-conyugalOctavio Paz dice que “la castidad cumple la misma función en Oriente que en Occidente: es una prueba, un ejercicio que nos fortifica espiritualmente y nos permite dar el gran salto de la naturaleza humana a la sobrenatural” (La llama doble, p. 22.).

Con el alma clara, limpia, se entiende más la grandeza del amor. A veces los jóvenes dicen que no se pueden controlar. Hay que decirles: “Si lo (la) quieres, contrólate. No se hagan daño mutuamente”.

— Fulanita, dame una prueba de amor-, dijo un joven.

— Si te casas conmigo no te doy una prueba, sino muchas. Si me amas, sabrás esperar a que estemos preparados para casarnos.

— Es que quiero saber si nos acoplamos, responde el joven.

— ¡Ni que fuéramos cápsulas espaciales! Si hay compatibilidad de caracteres y respeto mutuo, la habrá en lo demás.

Sólo la condicionabilidad de la entrega puede hacer que esa entrega sea entrega. La entrega está condicionada por el compromiso formal. El libertinaje representa odio al cuerpo, al hombre y al mundo. El libertinaje tiene su fundamento e que el cuerpo se torna organismo, mera cosa. Su expulsión del reino de lo moral es, al mismo tiempo, expulsión de lo humano. Se convierte en mero objeto, en cosa, y con él también se hace la vida del hombre vulgar y ramplona. Cuando el hombre se burla de su cuerpo, se burla de sí mismo.

Remedios Falaguera afirma que las mujeres deberían de ser conscientes de que la belleza no es convertir el cuerpo en deseo, ni en mercancía disponible al mejor postor, puesto que “la belleza del cuerpo es un viajero que pasa; pero la del alma es un amigo que se queda”. Si el hombre se relaciona con la mujer sólo como un objeto del que apropiarse y no como don, se condena a sí mismo a hacerse también él, para ella, solamente objeto de placer y no don.

“La libertad no necesita alas, lo que necesita es echar raíces”, escribía Octavio Paz; es decir, la libertad necesita constancia, fidelidad, amor a la propia historia.

Es propio del corazón humano aceptar exigencias, incluso difíciles, en nombre del amor hacia una persona. El novio que ama a su novia, sabe esperar, y no pide unaprueba de amor, cuando él no puede ofrecerle un matrimonio con la misma prisa con la que él pide la prueba de amor. Y a veces, esa prueba de amor termina en odio a quien se le entrega, porque siente que esa persona, en vez de elevarlo, lo rebaja; otras veces, termina pidiendo más y mas. Un joven equilibrado entiende que, la mejor opción, es la abstención sexual antes del matrimonio, y entiende que haya quienes elijan la virginidad para vivir su adolescencia o para toda la vida.

La elección de la virginidad o de celibato para toda la vida es una respuesta al amor de Dios y, por tanto, tiene el significado de un acto de amor esponsal; es decir, de una donación esponsal de sí mismo. Es una donación hecha como renuncia, pero hecha sobre todo, por amor.

¿Somos las mujeres las primeras responsables de la degradación de nuestra sexualidad explotándola como elemento seductor? ¿Por qué las mujeres, utilizamos nuestro cuerpo para seducir a los hombres, para manipular sus sentimientos, para manejar sus actuaciones, hasta conseguir los objetivos que nos hemos propuesto? Quizás porque tenemos mentalidad de “mercancía”, de conveniencia, no de buscar la unión por un amor verdadero, que respete el matrimonio de otros y el propio.

La pureza es para muchos un concepto inconcebible y arcaico, cuando para Dios es una de las virtudes más preciadas. Miguel de Cervantes escribía:

“es de vidrio la mujer,

pero no se ha de probar

si se puede o no quebrar,

porque todo podría ser”