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Archive for the ‘Testimonios’ Category

Nunca pensé en aborto tras violación a los 13 años

Sí a la vida

Si tuviera que volver a vivir lo mismo, lo haría con tal de conocer a mi hija que ahora tiene 20 años, relata

MÉXICO D.F., 23 Abr. 10 / 06:15 am (ACI)



Lianna Rebolledo es una mujer mexicana de 33 años de edad. En una reciente entrevista televisiva relató que tras haber sido víctima de una violación a los 13 años, nunca pensó el aborto para su hija, que ahora tiene 20 años. La muchacha le agradece haberla conservado pese a las presiones de su entorno para acabar con su vida.

Rebolledo, en entrevista concedida a Telestai, canal 159 de Cablevisión, contó lo difícil que fue haber pasado por el trauma de la violación. “Yo tuve mi niña a los 13 años producto de una violación. Me salvó la vida mi hija, haberla tenido en circunstancias tan difíciles. En mi caso nunca fue una opción el aborto, nunca fue considerado. Fue una situación difícil pero ella fue lo que me motivó a seguir viviendo“, contó.

Lianna Rebolledo explicó luego que superar la violación fue “un proceso muy difícil porque nunca te imaginas. Siempre piensas que le puede pasar a cualquier persona pero que no te puede pasar a ti. Cuando tú lo vives sientes que es el peor momento de tu vida. Fue bastante agresivo, la situación fue muy violenta. Y no entendía, a esa edad tú no entiendes por qué estás viviendo una situación así”.

Luego de contar que intentó suicidarse por haber sido víctima de una violación, y no por el embarazo, Lianna contó que “el médico me dijo no te preocupes, no se te va a lograr, tu matriz está muy infantil, estás muy débil, has bajado mucho de peso, va a ser un embarazo de alto riesgo, corre tu vida peligro así que voy a conversar con tu mamá. Las enfermeras me decían puede ser un embarazo ectópico, no te preocupes, no entendía por qué me decían no te preocupes“.

Rebolledo relató entonces que fue fundamental para ella escuchar los latidos del corazón de su pequeña: “cuando yo escuché la palabra corazón pensé tengo algo conmigo, que es mío, me pertenece y no voy a estar sola”.

Había algo que me decía: ‘ya tengo por quien vivir’“.

En estas circunstancias, dijo, muchas personas le sugerían el aborto y le aseguraban que la bebé le iba a recordar el trauma de la violación “toda la vida, siempre le vas a tener resentimiento. Nunca. Inclusive pese a que fue muy difícil porque fue embarazo de alto riesgo. No me podía parar porque lo podía perder”.

Esto es mío, yo lo tengo que cuidar“, aseguró Lianna.

La mujer afirmó luego que a veces le “dicen tú le diste la vida a un ser tan especial. Yo les digo, ella me la dio a mí porque después de lo que yo viví hubiese terminado con el daño psicológico hubiese terminado no sé donde pero no estaría dando hoy dando a conocer que fue la vida de mi hija para mí”.

“Vengo de un hogar disfuncional donde hubo mucha violencia doméstica. No hubo bases ni se inculcaron esos valores ni una cuestión religiosa“, relató y explicó que lo que le daba fuerzas cuando estuvo embarazada fue “el hecho de saber que tenía que luchar por esa vida y tenia que protegerla y cuidarla para que no le pasara lo que me había pasado y que yo no quería que viviera el abandono emocional que sufrí”.

Ahora con 20 años, su hija, dijo “va a llegar a ser algo grande, sé que su vida tiene un propósito“.

Cuando estuvo embarazada, señaló Rebolledo, “mucha gente se burló de mí, muchos me decían ya nadie te va a querer, ya te echaron la vida a perder”.

No se amilanó ante las dificultades y destacó que su hija: “es lo más gratificante que he tenido“.

Tras indicar que su joven hija sabe toda la historia, Lianna resaltó “no me arrepiento de nada. Ella es la única que me consuela. La que está conmigo. La que ha estado conmigo en los momentos más difíciles”.

“Hoy me pongo a pensar ¿cómo es posible que piensen que estos seres (los no nacidos) no tienen derecho a vivir? Cuando te traen tantas alegrías, llenan de vida, cuando en los momentos difíciles están ahí contigo”.

Al hablar nuevamente sobre el aborto, Rebolledo dijo que “no creo que sea una opción. Si no lo quieren, pueden darlo en adopción. El embarazo no es el problema. El problema es ¿qué está pasando para que niñas tan pequeñitas queden embarazadas a temprana edad?”, cuestionó.

Al ser preguntada sobre su “secreto” para salir adelante, Liana Rebolledo comentó que eso es darse cuenta de que “no importa las circunstancias en que se dé, y que todo tiene un motivo, una razón en la vida. Amor, mucho amor a la vida“.

Refiriéndose luego a su activismo pro-vida voluntario, la mujer indicó que va “a las clínicas abortivas los sábados y tratas de platicar con ellas haciéndoles saber que hay solución, que hay esperanzas, que sí se puede. En todo el tiempo que he ido sólo vi un caso de violación“.

A las muchachas que se encuentran en su situación, Liana las exhortó a creer “mucho en su capacidad. Sí se puede, tú puede salir adelante. Ten fe y esperanza para poder lograrlo. Visualiza tu meta. Cuando tienes estos seres a tu lado, puede hacerlo, ellos te apoyan. Al final del día te das cuenta que todo valió la pena”.

Para concluir la entrevista y refiriéndose a su hija, Rebolledo aseguró: “si tuviera que volver a vivir lo mismo, lo haría con tal de conocerla a ella“.

Para ver la entrevista ingrese a: http://www.youtube.com/watch?v=_UQMoDQEByM y a http://www.youtube.com/user/manosalavida#p/a/u/0/h1AvFuX0MpQ

Se bautizó católico dos años antes de morir

MANTUVO UN ENCUENTRO CON PÍO XII

Gary Cooper se bautizó católico dos años antes de morir, abrazando la fe de su mujer y su hija

En la historia de cada conversión, junto a la insondable intervención divina, se da también la mediación humana: un amigo, un familiar, un compañero de fatigas… que sabe orientar, sin violencia, en el momento oportuno. Es el caso del oscarizado actor de Hollywood Gary Cooper, bautizado en la Iglesia católica dos años antes de morir, tras un curioso proceso de conversión.

Actualizado 23 abril 2010

Alfonso Méndiz/Jesucristo en el Cine

Frank James Cooper nació en Montana (Estados Unidos) el 7 de mayo de 1901. Era hijo de unos inmigrantes ingleses, que poseían de un inmenso rancho. El futuro actor aprendió allí a montar a caballo, habilidad que demostraría después en numerosos westerns.

Tras cursar estudios primarios en Inglaterra, regresó a montana y trabajó como dibujante de tiras cómicas en diversas publicaciones. Después decidió probar fortuna en el cine, y en los años veinte logró pequeños papeles en películas del Oeste, en las que ya se acreditaba como Gary Cooper. A mitad de los treinta es una de las máximas estrellas de Hollywood: rueda grandes filmes como «Adios a las armas» (1932), «Tres lanceros bengalíes» (1935) o «Beau Geste» (1939). En 1941 logra su primer Óscar por «El sargento Cork», y en 1952, el segundo por «Sólo ante el peligro».

Por los suelos ante Pío XII
Precisamente en esos años es cuando tiene lugar su encuentro con el Papa Pío XII. Su esposa y su hija eran católicas, y él accedió a acompañarlas cuando consiguieron ser recibidas por el Santo Padre. En el libro que escribió sobre su padre, su hija Mary recordaba aquel momento: «El entusiasmo nos embargó a todos a medida que se aproximaba la audiencia con el Papa. (…) Estábamos todos en una sala dorada del Vaticano con una veintena de invitados más. Habíamos comprado rosarios, anillos y medallas para que los bendijera Su Santidad, y papá tenía un buen puñado de esos objetos en sus manos. Cuando el Papa llegó a su lado, quiso arrodillarse para besarle la mano, y perdió un poco el equilibrio. Se le cayeron entonces todas las medallas, perlas y rosarios, que rodaron con estrépito por toda la habitación. Algunas quedaron bajo el manto del Pontífice, que supo sacar a mi padre de su monumental vergüenza con una sonrisa y un gesto de comprensión».

A mitad de los cincuenta –sigue recordado su hija- «comenzó a pensar en su posible conversión. No hablaba mucho de ello, simplemente nos acompañaba a Misa casi todos los domingos. La excusa que daba era que deseaba oír los fantásticos sermones del padre Harold Ford».

La dedicación de un sacerdote
Este joven y celoso sacerdote correspondió al interés de Gary Cooper con una dedicación entusiasta: “No le sermoneó con el azufre y el fuego del infierno –escribe Mary en su libro- sino que supo hacerse amigo suyo. (…). Mi madre le invitó un día a merendar para que pudiera charlar con mi padre. Y, nada más entrar en la sala de armas, se ganó a mi padre manifestando un gran deseo de practicar la caza y la pesca. En los meses siguientes fue su compañero inseparable en el buceo, la caza y todo tipo de excursiones”.

Durante aquellas salidas, el padre Ford fue explicando a Gary Cooper la riqueza insondable de la Fe católica. Y, cuando ya casi estaba decidido, le dio a leer «La montaña de los siete círculos», una autobiografía del monje Thomas Merton en el que narra su conversión. Aquello fue el empujón definitivo. El ya veterano actor se bautizó en la Iglesia católica en mayo de 1959, apadrinado por su amigo Shirley Burden, que era también converso.

A las pocas semanas de su conversión, empezaron a manifestarse los primeros síntomas del cáncer que le llevaría a la tumba. Luchó en silencio con su enfermedad, mientras rodaba sus últimas películas: «El árbol del ahorcado» (1959), «Misterio en el barco perdido» (1960) y «Sombras de sospecha» (1961). Con la salud ya deteriorada, en 1960 recibió un Óscar especial de la Academia «por su larga y extraordinaria carrera». Durante 35 años, había intervenido en más de cien películas, la mayoría como protagonista. Murió el 13 de mayo de 1961 y fue enterrado en el cementerio católico de Santa Mónica.

En octubre de ese año, Thomas Merton escribió una carta a su hija Mary en la que le decía: «Como todo el mundo, yo también adoro las películas de Gary Cooper. Aunque sea monje, me encanta verlas. Incluso tuve la secreta esperanza de que, si algún día “La montaña de los siete círculos” se llevaba a la pantalla, tu padre sería el protagonista del filme. Por muchos motivos, me hubiera gustado mucho que hiciera ese papel».

La influencia de su conversión fue enorme en el mundo de los artistas. Ernest Hemingway, que fue un gran amigo suyo, recuerda que pocas semanas antes de la muerte del actor hablaron largo y tendido sobre el catolicismo. Al final, con la voz muy seria, Gary Cooper le dijo: «Tú sabes que tomé la decisión correcta». Según reconoció después, Hemingway no olvidaría nunca aquella conversación. Aquel moribundo tumbado en la cama le había parecido la persona más feliz de la tierra.

¿Cuánto estás dispuesto a luchar por tus sueños?

Esta historia escrita por Vicky Cantú de Santos y publicada en www.fluvium.org me ha gustado. Es un poco larga pero vale la pena llegar hasta el final.

Marta Angel originaria de Medellín, Colombia es una mujer que inició su vida con muchos sueños, mucha ilusión y un gran deseo de vivir lo mejor posible la vida. Uno de sus mayores anhelos era ser madre y formar una familia. Esto, a diferencia de algunas de sus compañeras que soñaban con ser destacadas profesionistas.

Marta conoció a Mauricio e inicio un noviazgo lleno de ilusiones por formar una familia. Llevaron un noviazgo sano, apegado a las reglas de la familia y de la Iglesia y, después de 3 años y medio de noviazgo, se casaron y tuvieron una hija. Parecía que finalmente sus sueños se convertían en realidad.

La niña nació y llenó la casa de alegría. Sin embargo, a partir de su primer cumpleaños, la niña presentó infecciones repetitivas de toda índole: bronquitis, gripas, virus, etc. A los tres años y medio se lleno de llagas en la boca y tuvieron que internarla en un hospital. Sospechaban que se trataba de un caso de herpes, aunque no se explicaban porque funcionaba tan mal su sistema inmunológico.

Con mucha facilidad contraía enfermedades y cada vez era más crítico su estado de salud. La abuela paterna viendo todos los síntomas sospechó que pudiera tratarse de un caso de Sida y manifestó su inquietud al médico de la niña. Esto sucedió cuando apenas se descubría la enfermedad y se publicaban los síntomas.

En ese tiempo se pensaba que el Sida únicamente se presentaba en homosexuales y éstos eran totalmente rechazados. La suegra de Marta sabía que su hijo no era homosexual pero había tenido relaciones con otras mujeres antes de su noviazgo y matrimonio.

Con el desconcierto de Marta, se autorizó y practicó la prueba “Elisa” que detecta la enfermedad del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, mejor conocido como SIDA. El resultado fue positivo. A partir de ese momento la niña tuvo que abandonar la cama del hospital para dejarla a un niño con mayores posibilidades de vida. La niña estaba en una etapa terminal.

Angustiada, impotente y triste Marta llevó a la niña a su casa para tratar de darle lo mejor en sus últimos días de vida. El herpes que tenía en la boca había invadido la cara y desfigurado la boca, la nariz y un ojo. La niña sufría dolores tremendos. Los padres recurrieron a una clínica del dolor con engaños ya que los pacientes de Sida no eran bien recibidos. Finalmente cuando se encontraron frente al médico le confesaron la verdad y éste les enseñó a inyectar morfina para poder manejar el dolor.

La niña enloqueció con la morfina y murió. Marta se encontró destrozada, física y moralmente.

Ella y su esposo supieron que eran portadores del Sida. Cuando su esposo era soltero tuvo algunas relaciones sexuales con muchachas que lo portaban y sin saberlo contagió y acabó con su familia. Mauricio no lo hizo a propósito. Él nunca pensó que con tener una que otra relación sexual adquiriría el Sida. Marta lo perdonó pero desgraciadamente un año y medio después de la muerte de la niña, Mauricio murió en una balacera.

Marta sabe que su enfermedad acabará con su vida y con sus sueños porque no hay medicamento que la cure. Después de una crisis muy fuerte y gracias al apoyo de sus padres logró superar el rencor y el dolor que había en su vida. Ahora valora enormemente la vida y ayuda a las personas con este padecimiento.

Además previene a los jóvenes para que no les ocurra lo mismo. Les pide que se mantengan castos, sin tener relaciones sexuales, hasta que encuentren una pareja única (solo una y no más), estable (que sea para toda la vida) y confiable con la cual compartir su vida. Marta se cuestiona y piensa que debió profundizar más en su noviazgo y preguntar a Mauricio, antes de casarse, sí había tenido relaciones sexuales. Quizá así su vida no estaría en peligro y sus sueños se hubieran hecho realidad. Pero ya es muy tarde. Por eso Marta Angel insiste diciendo: Dios te perdona, el hombre te perdona, pero la naturaleza nunca perdona. Sé fiel a tus sueños y si quieres formar una familia y tener una vida sana, no te arriesgues. Por un momento de placer puedes acabar con tu vida.

Lo siento, ya no te quiero

Un problema social: hoy en España más del 50% de los matrimonios se rompen

Te lo cuentan de una manera que dan pocas opciones a la reconsideración. Padres, hermanos y mediadores incitan a la reflexión de las partes pero no logran contener la avalancha. En estos últimos decenios hemos empezado abordando el tema moral de las separaciones hablando de casos excepcionales, mas tarde extrapolamos la singularidad hasta consolidarla como un derecho y al final acabamos todos con un problema social. Hoy en España más del 50% de los matrimonios se rompen por motivos varios. Esta dimensión del conflicto conlleva nuevas situaciones de convivencia que debemos afrontar y que tardaremos en reconducir.

Sin olvidar los casos extremos, atípicos y complicados, que los hay y que merecen un análisis más detallado, así como la pequeña proporción de compromisos nulos, hoy me quiero referir a una gran cantidad de parejas que bajo el denominador común ‘lo siento, ya no te quiero’ rompen su matrimonio y descomponen su familia en partes que ya no volverán a juntar. Un fenómeno que a gran escala empieza a modificar poco a poco los hábitos de una sociedad que no evalúa suficientemente este declive. Parece que entre todos hemos olvidado aquello de soportar las ofensas en una sociedad donde cada vez transigimos menos pese a que la tolerancia está en boca de todos.

Decía hace poco en Barcelona M. Camdessus que la sociedad vive una crisis ética en paralelo a la crisis económica y que precisa de virtudes ejercidas a todos los niveles como condición necesaria para un resurgir social y cultural. Destacaba entre ellas el ejercicio de la “responsabilidad” frente a la consecución de nuestros objetivos. Yo la defino como el deber de asumir las consecuencias de nuestros actos y nuestro compromiso firme para llevar a cabo aquello que razonadamente hemos decidido que será nuestro futuro.

Hoy la irresponsabilidad salpica el núcleo de nuestras familias. Particularmente me manifiesto muy crítico cuando observo a niños pequeños con la maleta a cuestas y el corazón partido mientras sus padres insolventes, arrasan la unidad familiar en base a una convivencia mal llevada. Como decía al principio, sin entrar en casos especiales, a menudo uno de los cónyuges impone su proyecto hedónico personal, frente a su compromiso familiar, obligando a sus hijos a convivir con terceros, y al otro cónyuge a seguir amando desde el anonimato. Si bien el origen de todos estos conflictos permanece en la intimidad, creo que la sociedad no debería ser neutral delante de actitudes irreflexivas. Una cosa es juzgar al prójimo, Dios me libre, y otra muy distinta perder el sentido de aquello que está bien y construye, y lo que es una barbaridad y destruye. No se puede dejar la injusticia en tierra de nadie, por lo menos deberíamos denunciarla por todos los medios.

Pocas son las familias españolas donde la ruptura matrimonial no haya hecho mella en alguno de sus componentes. Lo peor sería pensar que estos casos nunca llamaran a nuestra puerta. La globalización de la insensatez puede dañar a todos aquellos que no vivan la vida matrimonial como una oportunidad de sumar, vivir en positivo, compartir valores y experiencias. Si además tenemos la suerte de vivir el don de la fe, no podemos desaprovechar  la oportunidad de vivir los caminos de salvación que siempre pasan por darnos una última oportunidad de convivencia, de perdonar hasta setenta veces siete, no dar nunca una separación por definitiva y esperar de nuestra pareja una ultima reflexión para volver a empezar dando testimonio feliz al mundo de amor y fidelidad.

Ignasi Garcia Rafanell

Letters to God

Dirección: Patrick Doughtie, David Nixon
País: Estados Unidos
Año: 2010
Fecha de estreno: Próximamente
Duración: 110 min.
Género: Drama, Familiar
Reparto: Robyn Lively, Jeffrey Johnson, Tanner Maguire, Michael Bolten, Maree Cheatham, Bailee Madison, Ralph Waite, Dennis Neal, Cris Cunningham, Christopher Schmidt
Web: www.letterstogodthemovie.com
Distribuidora: No disponible
Productora: Mercy Creek Entertainment, Possibility Pictures

Sinopsis:

Basada en un hecho real, así reza la publicidad de esta cinta sobre la superación de una grave enfermedad por un jovencito de ocho años de edad, Tyler Doherty. A estas edades tan tempranas, donde la vida te la juega, donde la realidad se vuelve dolorosa, la esperanza es lo último que se pierde y, si es preciso, la buscamos en un diálogo, en una oración, unas líneas manuscritas en una carta, una carta con un destinatario muy concreto, Dios. La lucha, la vitalidad que desborda el niño, termina por esparcirse por el vecindario, por alcanzar a un tipo que va a la deriva, el cartero que llega por casualidad al vecindario. Él, el cartero, con graves problemas con la bebida, con un hijo fallecido, encuentra en el muchacho el faro, el amarre necesario para dirigir el rumbo de su vida. Película que aborda el dolor, la enfermedad y las adicciones, el remordimiento y la lucha desde una perspectiva actual, tal vez cayendo en los mismo errores que incurrieron cintas similares, pero consiguiendo dar un nuevo tono, una visión realista del mundo de la enfermedad y de las triquiñuelas que todos usamos para intentar superar la confusión a que nos aboca lo inexplicable. Cuenta con una excelente banda sonora.

12 razones para la vida

viernes, 23 de abril de 2010
Rocío García de Leániz y Javier Marrodán


Nuestro Tiempo

Hay pocoAlmudi.org - Bebés debates con posiciones tan previsibles y rocosas como el del aborto. Los argumentos antropológicos, morales o médicos se pierden con frecuencia en el fondo de una sociedad adormecida por sus propios hábitos. Por eso, las mejores razones en favor de la vida hay que buscarlas muchas veces en los quirófanos, en las farmacias, en la puerta de una clínica abortista o en el cuarto de estar de una familia que afronta un embarazo inesperado.

1. «Han pasado 19 años desde que aborté y todavía lloro por aquel hijo»

Esperanza Puente. Madre que abortó.

Cuando aquel test de embarazo dio positivo, yo me encontraba muy sola. Era la época de la movida madrileña, tenía 25 años, había aterrizado en la capital dispuesta a comerme el mundo, y el padre de la criatura desapareció de mi vida en cuanto le comuniqué la noticia. Me sentía abandonada, tenía miedo al desprecio de la gente, y tomé una decisión que hoy me parece inimaginable: abortar.

Fue algo casi instintivo, ni siquiera sospechaba que pudiese haber alternativas. Fui a una clínica donde sabía que no iba a tener problemas. Pagué por adelantado lo que me pidieron —una cantidad generosa— y me senté en la sala de espera. Nadie hablaba en aquella estancia. Algunas mujeres murmuraban algo y sus acompañantes les tranquilizaban con expresiones del tipo “No va a pasar nada”.

Me hicieron una ecografía, pero apenas pude verla. Creo que es parte de su protocolo. Hablé con el psicólogo, firmé los papeles que me pusieron delante y me dejé llevar. Era como si me diese igual lo que hicieran conmigo, como si hubiera perdido el rumbo.

En el quirófano cometieron un error. Ya me habían operado y yo respiraba lentamente con los ojos cerrados. “No ha pasado nada”, me repetía a mí misma, tratando de convencerme. Cuando abrí los ojos vi que se habían dejado en la sala los restos de mi hijo. Fue una negligencia médica del centro, pero a mí me sirvió para caer en la cuenta de lo que había hecho. Es una imagen que se me quedó grabada para siempre.

Una vez me preguntaron qué diferencia había entre el dolor de abortar y el de dar a luz un hijo. Es algo muy fácil de explicar para quien ha pasado por ambas experiencias. En el parto, los dolores que sufres son intensos, pero momentáneos. Sabes que hay que sufrirlos, pero también sabes que después te espera una recompensa muy feliz: la de ver la cara de tu hijo.

Cuando abortas, el dolor te deja una sensación de vacío. También parece entonces que te están arrancando los intestinos, pero esta vez no hay recompensa: al quirófano entran dos personas y sólo sale una. Ese vacío es un dolor que se queda para siempre. Han pasado 19 años desde que yo aborté y todavía lloro por aquel hijo.

2. «El embrión y la madre mantienen una comunicación desde el primer día de vida»

Natalia López Moratalla. Catedrática de Bioquímica Biología Molecular.

Desde el primer día de vida, el embrión y la madre mantienen una comunicación. Un diálogo molecular que inicia el embrión al enviar moléculas que reciben los receptores específicos de la madre.

En respuesta, ella produce sustancias que permiten el desarrollo del embrión, le inyectan vitalidad, le indican el recorrido que debe seguir y el lugar donde debe detenerse para anidar.

Con esta comunicación, el embrión, mitad materno y mitad paterno, anida en una atmósfera de tolerancia inmunológica que hace que la madre le perciba como algo no propio y, sin embargo, sin señales de peligro que activarían las defensas y lo rechazaría.

Algunas células madre de la sangre del feto pasan a la circulación materna, se almacenan en la médula ósea y se dispersan en los órganos de la madre, los rejuvenecen y colaboran en la regeneración de su corazón, hígado, etcétera.

La neuroimagen ha permitido observar cómo con el embarazo el cerebro de la mujer cambia, estructural y funcionalmente, al responder a las consignas básicas que recibe del feto. Se crea en el cerebro materno, de forma totalmente natural, el vínculo de apego, que la inclina a comprender, cuidar y proteger a los hijos.

3. «Lo único que necesitaba aquella mujer era alguien que le ayudase, y bastó conmigo: un cualquiera de 21 años»

Javier López. Voluntario provida.

Se bajó de un coche negro que se había detenido junto a la puerta. Tendría unos 35 años. Yo sólo disponía de cinco segundos para acercarme a ella y para tratar de convencerle de que no entrase. Era muy poco tiempo. Menos aún si se tiene en cuenta que en aquel momento yo era un cualquiera de 21 años que había terminado 3º de Publicidad y Relaciones Públicas en Pamplona y que llevaba sólo unos días en Nueva York. Pero había que intentarlo. Por eso, Ignacio y yo fuimos rápidamente a su encuentro.

La mujer estaba ya en la primera puerta cuando llegamos a su altura y empezamos a decirle todo lo que se nos pasaba por la cabeza: “Tenemos ayuda gratis”, “Tú no quieres esto para tu bebé”, “No es tu última opción”, “El niño te querrá”… Eran más o menos los argumentos que nos habían repetido en Expectant Mother Care (EMC), la organización provida con la que acabábamos de empezar a colaborar. Ella continuó hacia la segunda puerta como si no nos escuchara. Nosotros insistíamos, aunque pensábamos que no había mucho que hacer.

Cuando ya tenía agarrado el pomo de la puerta, se detuvo mirando al suelo, dubitativa. Después levantó la vista y nos miró a nosotros. Luego a la puerta. Y se puso a llorar. “¡No entres!”, le pedimos. Se quedó inmóvil, llorando. Estuvo así durante casi diez minutos, hasta que soltó el pomo y vino hacia nosotros.

Sus ojos eran un poema, suplicaban ayuda. Ella sabía que en su interior había un niño, pero estaba sola, desesperada, sin dinero. Nos abrazó mientras reía y lloraba a la vez. Lo único que necesitaba era alguien que le ayudase, y bastó conmigo: un cualquiera de 21 años. Nuestra jefa en EMC la llevó a una casa de maternidad, y después supimos que esperaba gemelos y que estaba muy feliz, que sólo la desesperación le había llevado hasta la puerta de aquella clínica.

Cuando me confirmaron que no iba a abortar, en vez de sonreír de oreja a oreja me quedé aturdido: un tío de 21 años, que sale tres veces por semana, que aún estudia en la universidad, que lo único que quiere es irse con los colegas, que es más vago que nadie, había conseguido que una mujer no abortara.

Uno piensa que una historia así es algo que sucede en las películas; que hay unos pocos “elegidos” por ahí que se encargan de ayudar a los demás. Y de elegido nada: un chico de 21 años se puso delante de una chica y le dijo unas pocas palabras. Eso era todo lo que ella necesitaba en aquel momento.

4. «Estaba operando a una embarazada de veinte semanas y la niña tuvo fuerza suficiente como para darme una patada en la mano»

Carlos Larrañaga. Ginecólogo.

Durante el embarazo, las mujeres gestantes pueden padecer una complicación que se denomina “incompetencia cervical”. Consiste en que el cuello del útero se dilata sin contracciones. Es un fenómeno que se suele producir cuando aún faltan muchas semanas para el parto.

Antes, cuando ocurría esto, el embarazo se abandonaba a su suerte. Se administraba a la mujer alguna medicación, pero la eficacia del tratamiento era muy relativa. Hace unos años, algunos ginecólogos pensaron que el problema se podría afrontar mediante un cerclaje de urgencia: se trataba de reintroducir la bolsa amniótica en el útero y cerrar a continuación el cuello del útero con una especie de cinta.

Es una técnica que en su momento fue calificada de “heroica” por algunos profesionales de la ginecología. Nuestro grupo aprendió el procedimiento y hemos realizado ya bastantes cerclajes de urgencia. La operación le supone a la madre un ingreso prolongado y mucha medicación. Algunas mujeres tienen que hacer después rehabilitación.

En una ocasión, yo estaba practicando una de estas intervenciones. Era un embarazo de unas veinte semanas. Cuando separaba las membranas para llevar a cabo el cerclaje, la niña tuvo la fuerza suficiente como para proporcionarme una patadita en la mano. Fue como un escalofrío que viajó desde mis dedos hasta la columna. Nunca olvidaré la chispa de vida que tiene un feto de veinte semanas.

5. «Decidimos que íbamos a dar a nuestros clientes argumentos comprensibles, y que les íbamos a sugerir otras alternativas»

Rocío Moncada. Farmacéutica.

Hace un tiempo entró a nuestra farmacia un chico joven. Estábamos en el mostrador mi auxiliar y yo. El chico se acercó a la auxiliar y le pidió varias cosas. Ya al final, añadió: “Y déme también una caja de la píldora del día después, por favor”. Mi auxiliar le dio todo, incluidas las píldoras. Yo había asistido a la escena e intenté hacerle al chico alguna pregunta de tipo “disuasorio”, pero mi auxiliar cerró rápidamente la venta y el chico se marchó.

El caso ilustra algunos de los problemas de conciencia que se nos plantean en las farmacias desde que la ley nos obliga a ofrecer la píldora del día después. La pregunta que a veces hacen los clientes ya no es: “¿Qué me ofrece para evitar un embarazo?”, sino otra un poco más sutil: “Puede que mi relación termine en embarazo, ¿tiene algo para evitarlo?”.

Ocurre además que para trabajar en equipo en una farmacia ha de haber una unidad de acción. Si tenemos un excedente de un jarabe contra la tos, todos nos pondremos de acuerdo para recomendar ese producto y no otro. Con la píldora del día después debería pasar lo mismo, pero se añade un problema de conciencia.

Después de la visita de aquel chico, me dediqué a buscar información para hablar de la “ética de la vida” tanto a mi auxiliar como a otros clientes que pidieran lo mismo. Quería argumentos sólidos, pero explicados de forma sencilla y breve, algo que pudiese transmitir a un cliente en dos o tres minutos. Lo que tenía claro es que no podía limitarme a decir: “Mire, no voy a venderle la píldora por mi objeción de conciencia”.

Lo que buscaba era dar a las personas que demandan la píldora una atención farmacéutica adecuada, algo que les ayudase a reconducir su salud. Pretendía proporcionarles alternativas a la píldora: que dispusieran de otros recursos y de otras posibilidades. El que pide la píldora está pidiendo algo que va contra la apertura a la vida. No podemos considerarlo una terapia puesto que esa persona no está enferma, no ha perdido la salud.

Hablamos de todo esto en nuestra farmacia y vimos que podíamos apoyarnos unos a otros, de modo que los clientes no se fuesen acto seguido a otra farmacia en busca de la píldora del día después. Decidimos que nos iban a encontrar siempre dispuestas a atenderles: que les íbamos a dar argumentos comprensibles y que les íbamos a sugerir otras alternativas en su relación con las chicas.

El chico del que he hablado al principio volvió pocos días después de su compra. Hablamos con él y decidió devolver la caja que había comprado y plantearse de un modo distinto su trato con las chicas. Ahora es un cliente habitual.

6. «Enseñé una ecografía de pocas semanas a quienes me habían aconsejado abortar, pero no quisieron verla»

Isabel Roa. Madre soltera.

Han pasado poco más de dos años, y mi vida, desde que confirmé que estaba embarazada, ha experimentado un cambio vertiginoso. En principio, el mundo se me vino encima, mis planes de futuro se desmoronaron. Todo eran dudas. ¿Cómo iba a decirlo en casa?

Soy la segunda de diez hermanos y me preocupaba el mal ejemplo que daba a los pequeños. Cursaba entonces 5º de Ingeniería Industrial y busqué apoyo en mis compañeros, pero mi angustia aumentaba con sus comentarios: con un niño no iba a terminar la carrera, no iba a encontrar trabajo, mis padres me darían la espalda… La solución que me proponían era abortar. Me ofrecían dinero, nadie se enteraría.

El círculo se iba cerrando y yo me ahogaba, no quería matar a mi hijo. Había vivido con ilusión los embarazos de mi madre desde el primer día y no me convencían sus argumentos, aquellas células eran una vida humana, eran mi hijo. Me di cuenta de que cinco años de noviazgo se esfumaban y que tendría que asumir yo sola la responsabilidad de mi hijo. Necesitaba ayuda para seguir adelante y se lo conté muy pronto a mi madre.

Una de mis mayores sorpresas fue que quienes pensé que me iban a apoyar me rechazaron y, en cambio, me ayudaron no sólo mis padres y mis hermanos, que ya lo esperaba, sino también muchos amigos suyos y la directora y compañeras de la residencia de Oscus donde vivía desde hacía unos meses.

Mi preocupación era ilusionarme con mi hijo. Enseñé una ecografía de las primeras semanas a los que me aconsejaban abortar. Se notaban sus bracitos, sus piernecitas, pero ellos no miraban porque no querían ver. Si no tenía sentimientos —decían—, daba igual matarle. Eran ellos los incapaces de sentir nada, de emocionarse ante una nueva vida, yo lo iba logrando poco a poco, a pesar del miedo.

Cuando tuve a mi niña entre mis brazos me di cuenta de que tenía que esforzarme, porque su futuro dependía de mí. Cuando Elena tenía cuatro meses empecé a trabajar de programadora y terminé Ingeniería Superior. Elena está rodeada de cariño y llena mi vida de risas.

Con dieciocho meses, habla a media lengua y, mientras escribo estas líneas, corre con mis hermanos contando hasta ocho y diciendo: “Toca a mí”. Es cierto que me gustaría formar una familia con muchos hijos, pero no le doy vueltas a la cabeza porque, de momento, mi futuro es mi hija y vivo para ella.

7. «En un Estado de Derecho, la personalidad de cualquier ‘viviente humano’ no debe otorgarse arbitrariamente sino protegerse respetuosamente»

Rafael Domingo. Catedrático de Derecho Romano.

Conceder el estatuto jurídico de persona sólo a partir del nacimiento es tan cómodo para los legisladores como injusto para la humanidad. Tuvo su lógica, decenios atrás, cuando poco se conocía del desarrollo humano en su fase embrionaria. El argumento jurídico que se esgrimía entonces para negar la personalidad al nasciturus era su falta de identificabilidad.

En nuestros días, sin embargo, los legisladores han de dar un paso más, en la medida en que los embriólogos son ya capaces de identificar plenamente la existencia de un viviente humano desde la fecundación de un óvulo por un espermatozoide, así como de controlar escrupulosamente su evolución desde la fase de segmentación, formación del blastocisto, implantación, periodo embrionario, fetal, etcétera, hasta su nacimiento.

Por eso, en un Estado de Derecho consolidado, la personalidad de cualquier “viviente humano” no debe otorgarse arbitrariamente, sino más bien reconocerse respetuosamente. Aquí se funda el concepto jurídico de dignidad humana, centro de todas las constituciones avanzadas. Actuar de otra forma supone abandonar a quien no puede protegerse por sí mismo. Y esto es contrario al más elemental principio de solidaridad, que ha de informar toda sociedad democracia en el siglo XXI.

8. «Cuando rompió a llorar, supimos que la vida que latía en su interior estaba salvada»

María Garay Bascarán. Voluntaria provida.

Se llamaba Magdalena, era dominicana y tenía 31 años. Cuando apareció en la oficina del South Bronx donde Mercedes Robles y yo colaborábamos como voluntarias, se había sometido ya a cinco abortos. Tenía además una hija de siete años. El lema de Expectant Mother Care es “Free Abortion Alternatives” y algunas mujeres creen que la organización ofrece abortos gratuitos.

Quizá fue eso lo que creyó Magdalena. Mientras rellenaba el formulario pertinente, ya nos dimos cuenta de que el suyo era un caso complicado. A pesar de todo, le hicimos la pregunta: “Esto… Usted…, ¿sabe qué es el aborto?”. La cara con que nos miró lo decía todo. ¡Cinco abortos! Le pusimos un vídeo que se titula La dura realidad.

Es un documental en castellano que llega hasta lo más hondo del corazón. O eso pensábamos Mercedes y yo. Magdalena, sin embargo, lo vio sin inmutarse. Continuamos hablando con ella y, al cabo de unos minutos, no sé si por algo que le dijimos, rompió a llorar como si nunca antes lo hubiera hecho. Y en ese mismo instante supimos que la vida que latía en su interior estaba salvada.

Le enseñamos fotos, le dimos información y le explicamos todas las ayudas que tenía a su disposición. Me dejó muy pensativa algo que nos comentó ella: “En este lugar hay algo especial. Aquí hay demasiada alegría como para que esto esté relacionado con algo tan malo como el aborto. La verdad es que no sé cómo he acabado aquí”.

Liz, nuestra jefa, le dijo: “Tendrás a alguien allí arriba que cuida de ti”. La cara de Magdalena cambió entonces por completo, su mirada se iluminó: “Claro que sí. Mi mamá está allí arriba y me está haciendo ver que ya basta de hacerme daño”.

Aquella escena permanece muy grabada en mi memoria. Creo que es una de esas experiencias que de alguna manera marcan tu vida. De todos modos, nunca pensé que el final feliz de la historia de Magdalena fuese un trabajo mío. Yo simplemente tuve la suerte y la oportunidad de estar precisamente ahí.

9. «Álex nos ha enseñado a ser mejores personas, a ver la vida como nunca antes la habíamos imaginado»

Anna Oromí. Madre de un niño con síndrome de Down.

Nuestra vida ha cambiado en muchos aspectos desde el día en que el ginecólogo, en una visita rutinaria, nos comentó que Álex, el hijo que esperábamos, podía tener síndrome de Down. Fue un choque seguido de una sensación de incertidumbre: no sabíamos qué podía pasar, cómo sería el futuro. Teníamos ya otro hijo, Marc, de tres años.

En aquellos días, mi marido y yo rezamos y pedimos luces para saber qué hacer en cada momento. Nos pusimos además en contacto con familias que tenían un hijo con síndrome de Down y que habían pasado por tanto por la misma situación. Nunca olvidaré la felicidad que descubrí en las caras de aquellas personas. Algunas nos acogieron como si nosotros también formáramos parte de su familia. Fue algo que nos ayudó muchísimo.

El embarazo transcurrió bien. Nos dedicamos a leer libros sobre el síndrome de Down para recibir a Álex lo mejor posible. Tuve que hacer algunas visitas al cardiólogo, ya que el niño tenía un problema de corazón. Comentamos la noticia con amigos y conocidos y surgieron conversaciones que creo que nos hicieron reflexionar a todos.

Y llegó el nacimiento. Álex llenó de felicidad nuestras vidas desde el primer momento. Nos ha enseñado muchas cosas, es una personita muy especial, de la que aprendes continuamente. Lo principal es que nos ha enseñado a ser mejores personas, a ver la vida como nunca antes habíamos imaginado.

Como madre, creo que no tengo ningún derecho de privar a un hijo de vivir su vida. Tengo que darle la oportunidad de que tenga una vida plena y feliz, con limitaciones, sí, ¿pero quién no las tiene? Los padres no elegimos niños a la carta sino que, cuando llegan, los aceptamos como son. ¿Acaso no querríamos igual a un hijo que ya tenemos si se quedara en silla de ruedas? ¿Lo íbamos a matar por ello?

Quizá lo que ocurre es que acabamos pensando demasiado en nosotros mismos: nos planteamos si seremos o no capaces de tirar adelante, y eso nos preocupa más que la vida de una persona minúscula y desprotegida que, sin embargo, es nuestro hijo.

10. «No hay nada que enriquezca tanto la vida como tus hijos: tú cambias y evolucionas con ellos»

Mercedes Donoso. Madre de una niña con síndrome de Down.

No puedo decir que el 15 de octubre de 2007 fuera uno de los días más felices de mi vida. Yo había esperado con tranquilidad el nacimiento de Teresa, nuestra sexta hija, y la noticia de que tenía síndrome de Down fue un auténtico mazazo.

Nunca me había hecho la amniocentesis, creo que no es justo realizar un proceso de selección sobre tu propia descendencia. Cualquier hijo es recibido en nuestra casa, aunque eso no significa que deseemos que los peques vengan con dificultades. Aquel 15 de octubre fue el único día de mi vida en el que he necesitado una pastilla para dormir.

Han pasado dos años, y qué diferente es la realidad de ahora de los miedos de entonces. Hemos conocido a profesionales que nos han ofrecido ayuda y consuelo. Hemos descubierto un mundo que existe, que está ahí fuera, lleno de padres y madres que un día vieron cómo sus expectativas de ampliar la familia volaban por los aires, y que sin embargo están orgullosos de estas criaturas que nos enseñan que el esfuerzo tiene siempre una recompensa. De estas criaturas que proporcionan alegrías impagables.

Después de Teresa tuvimos otra hija: Reyes. Mucha gente me preguntó si me iba a hacer la amniocentesis, y algunas personas hasta me dijeron que era una irresponsable por no querer saber. Siempre contestaba lo mismo: “¿Cómo se puede pensar que voy a interrumpir un embarazo por tener otro hijo con síndrome de Down?, ¿qué les digo a mis hijas?, ¿cómo les explico que he eliminado al bebé de mi tripa porque era igual que Teresa?”. Ellas, con toda la lógica del mundo, me habrían preguntado: “¿Y qué tiene de malo Teresa?”.

Los hijos te complican la vida. Y un hijo con discapacidad, aún más. Pero no hay nada que enriquezca tanto la vida como los hijos. Tú cambias y evolucionas con ellos. Y si ves que uno tiene una dificultad añadida, y que se esfuerza por superarla, luchas junto a él. Y eso hace que los pequeños logros se conviertan en grandes triunfos, y que todo merezca la pena.

En nuestra familia, Teresa nos ha enseñado a todos a ser más tolerantes, más respetuosos con el prójimo. Nos ha hecho más conscientes de las dificultades que tienen tantas personas. Es indignante mirar el rostro de nuestra hija, ver cómo se esfuerza por dar sus primeros pasos, observar cómo juega con sus hermanas, escuchar cómo balbucea unas pocas palabras, admirar su sonrisa, su deseo de agradar y de ser querida, y saber a la vez que está incluida en un listado de una absurda ley que la presenta como material de desecho.

11. «Quizá tardemos en verlo, como tardamos en ver la abolición de la esclavitud, pero en ambas coyunturas está en juego qué significa ‘ser humano’»

Jaime Nubiola. Profesor de Filosofía.

Hay quien ha buscado paralelismos entre la superación del aborto en el siglo XXI y la abolición de la esclavitud a lo largo del siglo XIX. No es una comparación exagerada. Todos los que hayan visto la estupenda película de Michael Apted Amazing Grace habrán pensado probablemente en el parentesco que une ambas tropelías.

En medio de la opulencia del Imperio Británico de finales del siglo XVIII, cuya riqueza se basaba, al menos en parte, en el tráfico y posesión de esclavos, sólo unos pocos alzaron su voz en favor de la abolición de la esclavitud. Nuestra avanzada sociedad occidental —que se enorgullece legítimamente de sus formidables logros democráticos— pone ahora toda su maquinaria legal e institucional en favor del aborto y son sólo unos pocos quienes dicen que se trata de un trágico error.

España fue lenta en la abolición de la esclavitud. Hubo que esperar hasta 1880 —¡hace sólo 130 años!— para su prohibición en Cuba. De hecho, uno de los argumentos esgrimidos por los norteamericanos para su intervención en 1898 fue el de la efectiva liberación de los esclavos de la isla. Hoy nos llama la atención que nuestros tatarabuelos —sólo cinco generaciones— fueran tan ciegos para lo obvio: nadie tiene derecho a tener esclavos.

Algo parecido ocurre en el presente. El núcleo del problema es el embarazo no deseado, el hijo no deseado, que es visto como un intruso y que, como es el más débil, es legalmente eliminado. Habría que poner, en cambio, toda la maquinaria del Estado al servicio de las mujeres embarazadas que no quieren recibir a la criatura que se está gestando en sus entrañas.

Habría que darles motivos (y también recursos económicos) para que desearan seguir adelante con su embarazo, y para que —si no lo quisieran o no lo pudieran recibir— entregaran después en adopción a sus hijos a tantas mujeres que querrían ser madres y no pueden.

De todos modos, cuántas veces es el padre de la nueva criatura quien la rechaza, y la mujer recurre al aborto para no ser a su vez rechazada. Al menos en estos casos, está claro que ese supuesto derecho al aborto es la culminación del viejo machismo represivo.

Algunos gobiernos quieren universalizar un supuesto “derecho al aborto” en favor de todas las mujeres, independientemente de su edad, condición y recursos económicos. Sin embargo, así como nadie tiene derecho a tener esclavos, nadie tiene derecho a matar la vida que germina en el seno de una mujer. Quizá tardemos en verlo, como tardó la abolición de la esclavitud. En ambas coyunturas está en juego qué significa “ser humano”.

12. «La paradoja es brutal: la más refinada cultura de los derechos humanos convive hoy con la mayor matanza de la Historia»

Alejandro Navas. Profesor de Sociología.

Cuando se debatió en el Parlamento alemán la legalización del aborto, el diputado socialista Adolf Arndt advirtió de que esa medida equivalía a la capitulación del Estado de Derecho, que había consistido precisamente en el sometimiento voluntario del más fuerte al imperio de la ley.

En todo grupo humano, pequeño o grande, surge algún tipo de gobierno, si es que el colectivo aspira a durar en el tiempo. Si el grupo se abandona a la espontaneidad natural, se impone el más fuerte, que fácilmente puede tender a oprimir a los demás.

Durante siglos de evolución social y política hemos ido generando procedimientos para regular tanto el acceso como el ejercicio del poder, de modo que se someta a reglas y se asegure la protección de los débiles. Esta evolución culmina en el Estado de Derecho: elección democrática de los gobernantes, separación de poderes, imperio de la ley.

Ya no estamos sometidos al capricho del soberano, pues también este debe cumplir con el ordenamiento legal. Supuesto que se admita —lo que es mucho admitir— que entre la madre y el feto se da un insuperable conflicto de intereses, no deja de ser terrible que la solución sancionada por la ley sea la muerte de la parte más débil, el feto, a manos justamente de aquellos a cuyo cuidado está entregado.

El seno materno, lugar acogedor y seguro por excelencia, se convierte así en una trampa mortal. El aborto ya es hoy la primera causa de muerte en el mundo. La paradoja o incoherencia resulta brutal: la más refinada cultura de los derechos humanos y del aprecio a la dignidad de todos va de la mano con la mayor matanza de la Historia —en torno a mil millones de abortos en el mundo en el último siglo—. Los débiles vuelven a quedar a merced de los fuertes en este retorno imprevisto de la ley de la selva.

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Una instancia superior

viernes, 23 de abril de 2010
Ignacio Sánchez Cámara


ABC

No sólo España. Europa y, en general, el Occidente todo, se encuentran en crisis. Y, desde luego, no se trata ni sólo ni principalmente de una crisis económica o financiera. Toda genuina crisis histórica es intelectual y moral, pues afecta al sistema general de ideas y creencias, principios y valores, vigentes en una sociedad. Acaso lo más difícil en toda crisis sea su diagnóstico, e incluso antes, el reconocimiento de su existencia. Lo peor que nos Almudi.org -  Ignacio Sánchez Cámarapuede suceder es no saber lo que nos sucede. Y, tal vez, los árboles financieros podridos no nos dejen ver el bosque moral devastado.

Miremos un poco hacia los síntomas. El optimismo democrático y liberal de 1989 se esfumó pronto. En realidad, las naciones europeas liberadas de la tiranía comunista sólo parcialmente quedaron liberadas, pues les esperaba un yugo, más benigno y sutil en la apariencia, pero no menos yugo: el derivado del derrumbe moral de Occidente. El ataque terrorista a las Torres Gemelas era el aldabonazo de un tiempo nuevo y trágico. Se mire por donde se mire, era la guerra. Pero una amenaza de esta naturaleza es aún peor si el agredido se encuentra sumido en aguda convalecencia moral. Y no ha transcurrido una década, cuando nos aflige, a unos más que a otros, una honda crisis económica.

Pasemos a un notable síntoma doméstico. El mismo día aciago en el que el Senado de España aprobaba una inicua ley que convierte en derecho la eliminación de seres humanos no nacidos, nuestro presidente del Gobierno entonaba loas a la vida en Naciones Unidas y repudiaba la pena de muerte. Nadie tiene derecho a quitar la vida a un ser humano, clamaba con razón el presidente. Pero no pensaba en el ser humano no nacido.

La crisis española es la crisis europea y occidental, sólo que más agravada. A finales de la década de los veinte del pasado siglo, Ortega y Gasset diagnosticó en La rebelión de las masas la crisis moral europea. El análisis es actualísimo precisamente por certero y, en gran medida, cumplido. Vivimos una grave crisis moral derivada de la aparición y triunfo de un nuevo tipo de hombre: el hombre-masa en rebeldía. «El día que vuelva a imperar en Europa una auténtica filosofía —única cosa que puede salvarla—, se volverá a car en la cuenta de que el hombre es, tenga de ello ganas o no, un ser constitutivamente forzado a buscar una instancia superior. Si logra por sí mismo encontrarla, es que es un hombre excelente; si no, es que es un hombre-masa y necesita recibirla de aquél».

Nuestra crisis, como todas, ha sido anticipada y profetizada. Y, también como siempre, el clamor profético apenas ha sido escuchado. Nuestra depresión no es (sólo) económica sino moral. El hombre occidental vive profundamente desmoralizado, en el sentido más preciso y etimológico del término. Y conviene mirar hacia atrás, al menos tres siglos atrás, para determinar el origen y comprender la naturaleza de la crisis. Mientras nos quedemos en las cotizaciones de Bolsa o en los datos del crecimiento económico y del empleo (digo, mientras nos quedemos sólo en ellos), no comprenderemos nada de lo que está pasando. Y, por lo tanto, no podremos poner remedio a nuestros males. La política y la economía pertenecen a la superficie de la vida social, no a la profundidad.

Padecemos las consecuencias de una barbarie que no nos amenaza más allá de nuestras fronteras sino que vive entre nosotros, en ocasiones incluso gobernándonos. Lo ha dicho Alasdair MacIntyre. Es la etiología de esta barbarie interior la que es preciso esclarecer. La barbarie interior es la más difícil de diagnosticar, pero no la más difícil de combatir. Un paso decisivo consiste en intentar filiar la concepción moral dominante hoy en Occidente.

Y lo primero que comprobamos es que carecemos de una concepción compartida acerca de la realidad, del hombre, y del bien y el mal. Porque una cosa es el pluralismo y otra Babel. Europa vive, si no me equivoco, una situación de grave discordia moral. Corremos el riesgo de caminar hacia dos Europas, lo que sería lo mismo que la defunción de Europa. Y esta discordia radical sólo se puede superar acudiendo a lo que, desde sus orígenes, ha constituido el ser y la razón de ser de Europa.

Esta discordia ha llegado en España a la presidencia del Gobierno que ha tomado partido por la desmoralización. La concepción moral quizá dominante o mayoritaria es una especie de amalgama entre hedonismo, relativismo, utilitarismo y emotivismo éticos. El conjunto, más que una moral en sentido estricto, consiste en un atentado contra la moral.

Existe un momento en la historia europea en la que se abre el camino hacia esta desmoralización radical. Quizá no sea fácil precisar mucho más, pero tengo la impresión de que lo que pasó en ese momento fue que se abrió paso el subjetivismo y, con él, la afirmación de la soberanía absoluta del individuo. Y así, se llegó a pensar que la liberación del hombre transita por la eliminación de todas las trabas a la libre expansión de sus deseos vitales, y que toda idea de la existencia de deberes entraña un camino de servidumbre.

Se pensó erróneamente que la libertad consiste en la supresión de disciplinas y deberes. Y los errores morales obtienen el castigo a través de sus propias consecuencias. Liberado de toda instancia superior, el hombre empieza a comportarse como un pobre animalejo, e incluso aspira a caminar a cuatro patas. Y lo cierto es que algunos congéneres alcanzan una rara perfección en este ejercicio cuadrupédico.

Invirtiendo el orden jerárquico natural de los valores, los inferiores son estimados como absolutos, y los más elevados, menospreciados como relativos. El hombre no es el señor de los valores y de la verdad, sino su siervo y testigo. Tenemos que volver a aprender a escuchar esa voz soberana que viene de lo alto.

Si no es erróneo todo lo anterior, entonces la solución de la crisis sería tan relativamente sencilla como lo es la autenticidad, pues no residiría en nada nuevo, extraño o difícil, sino en la recuperación del verdadero ser de Europa, no en la vuelta al pasado, sino en la continuidad con él. En este sentido, cabría hacer una afirmación, sólo aparentemente paradójica: Europa es el problema, y Europa la solución.

Pues va a resultar que la crisis es moral y, por tanto, filosófica, que nuestros males proceden del luciferino pecado de soberbia, y que su solución reside en la sumisión de los hombres a la disciplina de los deberes, esto es, a una instancia superior. Nuestra crisis no consiste en la emergencia de una nueva moral, sino en la pura negación de la moral. Termina Ortega: «Esta es la cuestión: Europa se ha quedado sin moral. No es que el hombre-masa menosprecie una anticuada en beneficio de otra emergente, sino que el centro de su régimen vital consiste precisamente en la aspiración a vivir sin supeditarse a moral ninguna».

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