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Lo siento, ya no te quiero

Un problema social: hoy en España más del 50% de los matrimonios se rompen

Te lo cuentan de una manera que dan pocas opciones a la reconsideración. Padres, hermanos y mediadores incitan a la reflexión de las partes pero no logran contener la avalancha. En estos últimos decenios hemos empezado abordando el tema moral de las separaciones hablando de casos excepcionales, mas tarde extrapolamos la singularidad hasta consolidarla como un derecho y al final acabamos todos con un problema social. Hoy en España más del 50% de los matrimonios se rompen por motivos varios. Esta dimensión del conflicto conlleva nuevas situaciones de convivencia que debemos afrontar y que tardaremos en reconducir.

Sin olvidar los casos extremos, atípicos y complicados, que los hay y que merecen un análisis más detallado, así como la pequeña proporción de compromisos nulos, hoy me quiero referir a una gran cantidad de parejas que bajo el denominador común ‘lo siento, ya no te quiero’ rompen su matrimonio y descomponen su familia en partes que ya no volverán a juntar. Un fenómeno que a gran escala empieza a modificar poco a poco los hábitos de una sociedad que no evalúa suficientemente este declive. Parece que entre todos hemos olvidado aquello de soportar las ofensas en una sociedad donde cada vez transigimos menos pese a que la tolerancia está en boca de todos.

Decía hace poco en Barcelona M. Camdessus que la sociedad vive una crisis ética en paralelo a la crisis económica y que precisa de virtudes ejercidas a todos los niveles como condición necesaria para un resurgir social y cultural. Destacaba entre ellas el ejercicio de la “responsabilidad” frente a la consecución de nuestros objetivos. Yo la defino como el deber de asumir las consecuencias de nuestros actos y nuestro compromiso firme para llevar a cabo aquello que razonadamente hemos decidido que será nuestro futuro.

Hoy la irresponsabilidad salpica el núcleo de nuestras familias. Particularmente me manifiesto muy crítico cuando observo a niños pequeños con la maleta a cuestas y el corazón partido mientras sus padres insolventes, arrasan la unidad familiar en base a una convivencia mal llevada. Como decía al principio, sin entrar en casos especiales, a menudo uno de los cónyuges impone su proyecto hedónico personal, frente a su compromiso familiar, obligando a sus hijos a convivir con terceros, y al otro cónyuge a seguir amando desde el anonimato. Si bien el origen de todos estos conflictos permanece en la intimidad, creo que la sociedad no debería ser neutral delante de actitudes irreflexivas. Una cosa es juzgar al prójimo, Dios me libre, y otra muy distinta perder el sentido de aquello que está bien y construye, y lo que es una barbaridad y destruye. No se puede dejar la injusticia en tierra de nadie, por lo menos deberíamos denunciarla por todos los medios.

Pocas son las familias españolas donde la ruptura matrimonial no haya hecho mella en alguno de sus componentes. Lo peor sería pensar que estos casos nunca llamaran a nuestra puerta. La globalización de la insensatez puede dañar a todos aquellos que no vivan la vida matrimonial como una oportunidad de sumar, vivir en positivo, compartir valores y experiencias. Si además tenemos la suerte de vivir el don de la fe, no podemos desaprovechar  la oportunidad de vivir los caminos de salvación que siempre pasan por darnos una última oportunidad de convivencia, de perdonar hasta setenta veces siete, no dar nunca una separación por definitiva y esperar de nuestra pareja una ultima reflexión para volver a empezar dando testimonio feliz al mundo de amor y fidelidad.

Ignasi Garcia Rafanell

Letters to God

Dirección: Patrick Doughtie, David Nixon
País: Estados Unidos
Año: 2010
Fecha de estreno: Próximamente
Duración: 110 min.
Género: Drama, Familiar
Reparto: Robyn Lively, Jeffrey Johnson, Tanner Maguire, Michael Bolten, Maree Cheatham, Bailee Madison, Ralph Waite, Dennis Neal, Cris Cunningham, Christopher Schmidt
Web: www.letterstogodthemovie.com
Distribuidora: No disponible
Productora: Mercy Creek Entertainment, Possibility Pictures

Sinopsis:

Basada en un hecho real, así reza la publicidad de esta cinta sobre la superación de una grave enfermedad por un jovencito de ocho años de edad, Tyler Doherty. A estas edades tan tempranas, donde la vida te la juega, donde la realidad se vuelve dolorosa, la esperanza es lo último que se pierde y, si es preciso, la buscamos en un diálogo, en una oración, unas líneas manuscritas en una carta, una carta con un destinatario muy concreto, Dios. La lucha, la vitalidad que desborda el niño, termina por esparcirse por el vecindario, por alcanzar a un tipo que va a la deriva, el cartero que llega por casualidad al vecindario. Él, el cartero, con graves problemas con la bebida, con un hijo fallecido, encuentra en el muchacho el faro, el amarre necesario para dirigir el rumbo de su vida. Película que aborda el dolor, la enfermedad y las adicciones, el remordimiento y la lucha desde una perspectiva actual, tal vez cayendo en los mismo errores que incurrieron cintas similares, pero consiguiendo dar un nuevo tono, una visión realista del mundo de la enfermedad y de las triquiñuelas que todos usamos para intentar superar la confusión a que nos aboca lo inexplicable. Cuenta con una excelente banda sonora.

12 razones para la vida

viernes, 23 de abril de 2010
Rocío García de Leániz y Javier Marrodán


Nuestro Tiempo

Hay pocoAlmudi.org - Bebés debates con posiciones tan previsibles y rocosas como el del aborto. Los argumentos antropológicos, morales o médicos se pierden con frecuencia en el fondo de una sociedad adormecida por sus propios hábitos. Por eso, las mejores razones en favor de la vida hay que buscarlas muchas veces en los quirófanos, en las farmacias, en la puerta de una clínica abortista o en el cuarto de estar de una familia que afronta un embarazo inesperado.

1. «Han pasado 19 años desde que aborté y todavía lloro por aquel hijo»

Esperanza Puente. Madre que abortó.

Cuando aquel test de embarazo dio positivo, yo me encontraba muy sola. Era la época de la movida madrileña, tenía 25 años, había aterrizado en la capital dispuesta a comerme el mundo, y el padre de la criatura desapareció de mi vida en cuanto le comuniqué la noticia. Me sentía abandonada, tenía miedo al desprecio de la gente, y tomé una decisión que hoy me parece inimaginable: abortar.

Fue algo casi instintivo, ni siquiera sospechaba que pudiese haber alternativas. Fui a una clínica donde sabía que no iba a tener problemas. Pagué por adelantado lo que me pidieron —una cantidad generosa— y me senté en la sala de espera. Nadie hablaba en aquella estancia. Algunas mujeres murmuraban algo y sus acompañantes les tranquilizaban con expresiones del tipo “No va a pasar nada”.

Me hicieron una ecografía, pero apenas pude verla. Creo que es parte de su protocolo. Hablé con el psicólogo, firmé los papeles que me pusieron delante y me dejé llevar. Era como si me diese igual lo que hicieran conmigo, como si hubiera perdido el rumbo.

En el quirófano cometieron un error. Ya me habían operado y yo respiraba lentamente con los ojos cerrados. “No ha pasado nada”, me repetía a mí misma, tratando de convencerme. Cuando abrí los ojos vi que se habían dejado en la sala los restos de mi hijo. Fue una negligencia médica del centro, pero a mí me sirvió para caer en la cuenta de lo que había hecho. Es una imagen que se me quedó grabada para siempre.

Una vez me preguntaron qué diferencia había entre el dolor de abortar y el de dar a luz un hijo. Es algo muy fácil de explicar para quien ha pasado por ambas experiencias. En el parto, los dolores que sufres son intensos, pero momentáneos. Sabes que hay que sufrirlos, pero también sabes que después te espera una recompensa muy feliz: la de ver la cara de tu hijo.

Cuando abortas, el dolor te deja una sensación de vacío. También parece entonces que te están arrancando los intestinos, pero esta vez no hay recompensa: al quirófano entran dos personas y sólo sale una. Ese vacío es un dolor que se queda para siempre. Han pasado 19 años desde que yo aborté y todavía lloro por aquel hijo.

2. «El embrión y la madre mantienen una comunicación desde el primer día de vida»

Natalia López Moratalla. Catedrática de Bioquímica Biología Molecular.

Desde el primer día de vida, el embrión y la madre mantienen una comunicación. Un diálogo molecular que inicia el embrión al enviar moléculas que reciben los receptores específicos de la madre.

En respuesta, ella produce sustancias que permiten el desarrollo del embrión, le inyectan vitalidad, le indican el recorrido que debe seguir y el lugar donde debe detenerse para anidar.

Con esta comunicación, el embrión, mitad materno y mitad paterno, anida en una atmósfera de tolerancia inmunológica que hace que la madre le perciba como algo no propio y, sin embargo, sin señales de peligro que activarían las defensas y lo rechazaría.

Algunas células madre de la sangre del feto pasan a la circulación materna, se almacenan en la médula ósea y se dispersan en los órganos de la madre, los rejuvenecen y colaboran en la regeneración de su corazón, hígado, etcétera.

La neuroimagen ha permitido observar cómo con el embarazo el cerebro de la mujer cambia, estructural y funcionalmente, al responder a las consignas básicas que recibe del feto. Se crea en el cerebro materno, de forma totalmente natural, el vínculo de apego, que la inclina a comprender, cuidar y proteger a los hijos.

3. «Lo único que necesitaba aquella mujer era alguien que le ayudase, y bastó conmigo: un cualquiera de 21 años»

Javier López. Voluntario provida.

Se bajó de un coche negro que se había detenido junto a la puerta. Tendría unos 35 años. Yo sólo disponía de cinco segundos para acercarme a ella y para tratar de convencerle de que no entrase. Era muy poco tiempo. Menos aún si se tiene en cuenta que en aquel momento yo era un cualquiera de 21 años que había terminado 3º de Publicidad y Relaciones Públicas en Pamplona y que llevaba sólo unos días en Nueva York. Pero había que intentarlo. Por eso, Ignacio y yo fuimos rápidamente a su encuentro.

La mujer estaba ya en la primera puerta cuando llegamos a su altura y empezamos a decirle todo lo que se nos pasaba por la cabeza: “Tenemos ayuda gratis”, “Tú no quieres esto para tu bebé”, “No es tu última opción”, “El niño te querrá”… Eran más o menos los argumentos que nos habían repetido en Expectant Mother Care (EMC), la organización provida con la que acabábamos de empezar a colaborar. Ella continuó hacia la segunda puerta como si no nos escuchara. Nosotros insistíamos, aunque pensábamos que no había mucho que hacer.

Cuando ya tenía agarrado el pomo de la puerta, se detuvo mirando al suelo, dubitativa. Después levantó la vista y nos miró a nosotros. Luego a la puerta. Y se puso a llorar. “¡No entres!”, le pedimos. Se quedó inmóvil, llorando. Estuvo así durante casi diez minutos, hasta que soltó el pomo y vino hacia nosotros.

Sus ojos eran un poema, suplicaban ayuda. Ella sabía que en su interior había un niño, pero estaba sola, desesperada, sin dinero. Nos abrazó mientras reía y lloraba a la vez. Lo único que necesitaba era alguien que le ayudase, y bastó conmigo: un cualquiera de 21 años. Nuestra jefa en EMC la llevó a una casa de maternidad, y después supimos que esperaba gemelos y que estaba muy feliz, que sólo la desesperación le había llevado hasta la puerta de aquella clínica.

Cuando me confirmaron que no iba a abortar, en vez de sonreír de oreja a oreja me quedé aturdido: un tío de 21 años, que sale tres veces por semana, que aún estudia en la universidad, que lo único que quiere es irse con los colegas, que es más vago que nadie, había conseguido que una mujer no abortara.

Uno piensa que una historia así es algo que sucede en las películas; que hay unos pocos “elegidos” por ahí que se encargan de ayudar a los demás. Y de elegido nada: un chico de 21 años se puso delante de una chica y le dijo unas pocas palabras. Eso era todo lo que ella necesitaba en aquel momento.

4. «Estaba operando a una embarazada de veinte semanas y la niña tuvo fuerza suficiente como para darme una patada en la mano»

Carlos Larrañaga. Ginecólogo.

Durante el embarazo, las mujeres gestantes pueden padecer una complicación que se denomina “incompetencia cervical”. Consiste en que el cuello del útero se dilata sin contracciones. Es un fenómeno que se suele producir cuando aún faltan muchas semanas para el parto.

Antes, cuando ocurría esto, el embarazo se abandonaba a su suerte. Se administraba a la mujer alguna medicación, pero la eficacia del tratamiento era muy relativa. Hace unos años, algunos ginecólogos pensaron que el problema se podría afrontar mediante un cerclaje de urgencia: se trataba de reintroducir la bolsa amniótica en el útero y cerrar a continuación el cuello del útero con una especie de cinta.

Es una técnica que en su momento fue calificada de “heroica” por algunos profesionales de la ginecología. Nuestro grupo aprendió el procedimiento y hemos realizado ya bastantes cerclajes de urgencia. La operación le supone a la madre un ingreso prolongado y mucha medicación. Algunas mujeres tienen que hacer después rehabilitación.

En una ocasión, yo estaba practicando una de estas intervenciones. Era un embarazo de unas veinte semanas. Cuando separaba las membranas para llevar a cabo el cerclaje, la niña tuvo la fuerza suficiente como para proporcionarme una patadita en la mano. Fue como un escalofrío que viajó desde mis dedos hasta la columna. Nunca olvidaré la chispa de vida que tiene un feto de veinte semanas.

5. «Decidimos que íbamos a dar a nuestros clientes argumentos comprensibles, y que les íbamos a sugerir otras alternativas»

Rocío Moncada. Farmacéutica.

Hace un tiempo entró a nuestra farmacia un chico joven. Estábamos en el mostrador mi auxiliar y yo. El chico se acercó a la auxiliar y le pidió varias cosas. Ya al final, añadió: “Y déme también una caja de la píldora del día después, por favor”. Mi auxiliar le dio todo, incluidas las píldoras. Yo había asistido a la escena e intenté hacerle al chico alguna pregunta de tipo “disuasorio”, pero mi auxiliar cerró rápidamente la venta y el chico se marchó.

El caso ilustra algunos de los problemas de conciencia que se nos plantean en las farmacias desde que la ley nos obliga a ofrecer la píldora del día después. La pregunta que a veces hacen los clientes ya no es: “¿Qué me ofrece para evitar un embarazo?”, sino otra un poco más sutil: “Puede que mi relación termine en embarazo, ¿tiene algo para evitarlo?”.

Ocurre además que para trabajar en equipo en una farmacia ha de haber una unidad de acción. Si tenemos un excedente de un jarabe contra la tos, todos nos pondremos de acuerdo para recomendar ese producto y no otro. Con la píldora del día después debería pasar lo mismo, pero se añade un problema de conciencia.

Después de la visita de aquel chico, me dediqué a buscar información para hablar de la “ética de la vida” tanto a mi auxiliar como a otros clientes que pidieran lo mismo. Quería argumentos sólidos, pero explicados de forma sencilla y breve, algo que pudiese transmitir a un cliente en dos o tres minutos. Lo que tenía claro es que no podía limitarme a decir: “Mire, no voy a venderle la píldora por mi objeción de conciencia”.

Lo que buscaba era dar a las personas que demandan la píldora una atención farmacéutica adecuada, algo que les ayudase a reconducir su salud. Pretendía proporcionarles alternativas a la píldora: que dispusieran de otros recursos y de otras posibilidades. El que pide la píldora está pidiendo algo que va contra la apertura a la vida. No podemos considerarlo una terapia puesto que esa persona no está enferma, no ha perdido la salud.

Hablamos de todo esto en nuestra farmacia y vimos que podíamos apoyarnos unos a otros, de modo que los clientes no se fuesen acto seguido a otra farmacia en busca de la píldora del día después. Decidimos que nos iban a encontrar siempre dispuestas a atenderles: que les íbamos a dar argumentos comprensibles y que les íbamos a sugerir otras alternativas en su relación con las chicas.

El chico del que he hablado al principio volvió pocos días después de su compra. Hablamos con él y decidió devolver la caja que había comprado y plantearse de un modo distinto su trato con las chicas. Ahora es un cliente habitual.

6. «Enseñé una ecografía de pocas semanas a quienes me habían aconsejado abortar, pero no quisieron verla»

Isabel Roa. Madre soltera.

Han pasado poco más de dos años, y mi vida, desde que confirmé que estaba embarazada, ha experimentado un cambio vertiginoso. En principio, el mundo se me vino encima, mis planes de futuro se desmoronaron. Todo eran dudas. ¿Cómo iba a decirlo en casa?

Soy la segunda de diez hermanos y me preocupaba el mal ejemplo que daba a los pequeños. Cursaba entonces 5º de Ingeniería Industrial y busqué apoyo en mis compañeros, pero mi angustia aumentaba con sus comentarios: con un niño no iba a terminar la carrera, no iba a encontrar trabajo, mis padres me darían la espalda… La solución que me proponían era abortar. Me ofrecían dinero, nadie se enteraría.

El círculo se iba cerrando y yo me ahogaba, no quería matar a mi hijo. Había vivido con ilusión los embarazos de mi madre desde el primer día y no me convencían sus argumentos, aquellas células eran una vida humana, eran mi hijo. Me di cuenta de que cinco años de noviazgo se esfumaban y que tendría que asumir yo sola la responsabilidad de mi hijo. Necesitaba ayuda para seguir adelante y se lo conté muy pronto a mi madre.

Una de mis mayores sorpresas fue que quienes pensé que me iban a apoyar me rechazaron y, en cambio, me ayudaron no sólo mis padres y mis hermanos, que ya lo esperaba, sino también muchos amigos suyos y la directora y compañeras de la residencia de Oscus donde vivía desde hacía unos meses.

Mi preocupación era ilusionarme con mi hijo. Enseñé una ecografía de las primeras semanas a los que me aconsejaban abortar. Se notaban sus bracitos, sus piernecitas, pero ellos no miraban porque no querían ver. Si no tenía sentimientos —decían—, daba igual matarle. Eran ellos los incapaces de sentir nada, de emocionarse ante una nueva vida, yo lo iba logrando poco a poco, a pesar del miedo.

Cuando tuve a mi niña entre mis brazos me di cuenta de que tenía que esforzarme, porque su futuro dependía de mí. Cuando Elena tenía cuatro meses empecé a trabajar de programadora y terminé Ingeniería Superior. Elena está rodeada de cariño y llena mi vida de risas.

Con dieciocho meses, habla a media lengua y, mientras escribo estas líneas, corre con mis hermanos contando hasta ocho y diciendo: “Toca a mí”. Es cierto que me gustaría formar una familia con muchos hijos, pero no le doy vueltas a la cabeza porque, de momento, mi futuro es mi hija y vivo para ella.

7. «En un Estado de Derecho, la personalidad de cualquier ‘viviente humano’ no debe otorgarse arbitrariamente sino protegerse respetuosamente»

Rafael Domingo. Catedrático de Derecho Romano.

Conceder el estatuto jurídico de persona sólo a partir del nacimiento es tan cómodo para los legisladores como injusto para la humanidad. Tuvo su lógica, decenios atrás, cuando poco se conocía del desarrollo humano en su fase embrionaria. El argumento jurídico que se esgrimía entonces para negar la personalidad al nasciturus era su falta de identificabilidad.

En nuestros días, sin embargo, los legisladores han de dar un paso más, en la medida en que los embriólogos son ya capaces de identificar plenamente la existencia de un viviente humano desde la fecundación de un óvulo por un espermatozoide, así como de controlar escrupulosamente su evolución desde la fase de segmentación, formación del blastocisto, implantación, periodo embrionario, fetal, etcétera, hasta su nacimiento.

Por eso, en un Estado de Derecho consolidado, la personalidad de cualquier “viviente humano” no debe otorgarse arbitrariamente, sino más bien reconocerse respetuosamente. Aquí se funda el concepto jurídico de dignidad humana, centro de todas las constituciones avanzadas. Actuar de otra forma supone abandonar a quien no puede protegerse por sí mismo. Y esto es contrario al más elemental principio de solidaridad, que ha de informar toda sociedad democracia en el siglo XXI.

8. «Cuando rompió a llorar, supimos que la vida que latía en su interior estaba salvada»

María Garay Bascarán. Voluntaria provida.

Se llamaba Magdalena, era dominicana y tenía 31 años. Cuando apareció en la oficina del South Bronx donde Mercedes Robles y yo colaborábamos como voluntarias, se había sometido ya a cinco abortos. Tenía además una hija de siete años. El lema de Expectant Mother Care es “Free Abortion Alternatives” y algunas mujeres creen que la organización ofrece abortos gratuitos.

Quizá fue eso lo que creyó Magdalena. Mientras rellenaba el formulario pertinente, ya nos dimos cuenta de que el suyo era un caso complicado. A pesar de todo, le hicimos la pregunta: “Esto… Usted…, ¿sabe qué es el aborto?”. La cara con que nos miró lo decía todo. ¡Cinco abortos! Le pusimos un vídeo que se titula La dura realidad.

Es un documental en castellano que llega hasta lo más hondo del corazón. O eso pensábamos Mercedes y yo. Magdalena, sin embargo, lo vio sin inmutarse. Continuamos hablando con ella y, al cabo de unos minutos, no sé si por algo que le dijimos, rompió a llorar como si nunca antes lo hubiera hecho. Y en ese mismo instante supimos que la vida que latía en su interior estaba salvada.

Le enseñamos fotos, le dimos información y le explicamos todas las ayudas que tenía a su disposición. Me dejó muy pensativa algo que nos comentó ella: “En este lugar hay algo especial. Aquí hay demasiada alegría como para que esto esté relacionado con algo tan malo como el aborto. La verdad es que no sé cómo he acabado aquí”.

Liz, nuestra jefa, le dijo: “Tendrás a alguien allí arriba que cuida de ti”. La cara de Magdalena cambió entonces por completo, su mirada se iluminó: “Claro que sí. Mi mamá está allí arriba y me está haciendo ver que ya basta de hacerme daño”.

Aquella escena permanece muy grabada en mi memoria. Creo que es una de esas experiencias que de alguna manera marcan tu vida. De todos modos, nunca pensé que el final feliz de la historia de Magdalena fuese un trabajo mío. Yo simplemente tuve la suerte y la oportunidad de estar precisamente ahí.

9. «Álex nos ha enseñado a ser mejores personas, a ver la vida como nunca antes la habíamos imaginado»

Anna Oromí. Madre de un niño con síndrome de Down.

Nuestra vida ha cambiado en muchos aspectos desde el día en que el ginecólogo, en una visita rutinaria, nos comentó que Álex, el hijo que esperábamos, podía tener síndrome de Down. Fue un choque seguido de una sensación de incertidumbre: no sabíamos qué podía pasar, cómo sería el futuro. Teníamos ya otro hijo, Marc, de tres años.

En aquellos días, mi marido y yo rezamos y pedimos luces para saber qué hacer en cada momento. Nos pusimos además en contacto con familias que tenían un hijo con síndrome de Down y que habían pasado por tanto por la misma situación. Nunca olvidaré la felicidad que descubrí en las caras de aquellas personas. Algunas nos acogieron como si nosotros también formáramos parte de su familia. Fue algo que nos ayudó muchísimo.

El embarazo transcurrió bien. Nos dedicamos a leer libros sobre el síndrome de Down para recibir a Álex lo mejor posible. Tuve que hacer algunas visitas al cardiólogo, ya que el niño tenía un problema de corazón. Comentamos la noticia con amigos y conocidos y surgieron conversaciones que creo que nos hicieron reflexionar a todos.

Y llegó el nacimiento. Álex llenó de felicidad nuestras vidas desde el primer momento. Nos ha enseñado muchas cosas, es una personita muy especial, de la que aprendes continuamente. Lo principal es que nos ha enseñado a ser mejores personas, a ver la vida como nunca antes habíamos imaginado.

Como madre, creo que no tengo ningún derecho de privar a un hijo de vivir su vida. Tengo que darle la oportunidad de que tenga una vida plena y feliz, con limitaciones, sí, ¿pero quién no las tiene? Los padres no elegimos niños a la carta sino que, cuando llegan, los aceptamos como son. ¿Acaso no querríamos igual a un hijo que ya tenemos si se quedara en silla de ruedas? ¿Lo íbamos a matar por ello?

Quizá lo que ocurre es que acabamos pensando demasiado en nosotros mismos: nos planteamos si seremos o no capaces de tirar adelante, y eso nos preocupa más que la vida de una persona minúscula y desprotegida que, sin embargo, es nuestro hijo.

10. «No hay nada que enriquezca tanto la vida como tus hijos: tú cambias y evolucionas con ellos»

Mercedes Donoso. Madre de una niña con síndrome de Down.

No puedo decir que el 15 de octubre de 2007 fuera uno de los días más felices de mi vida. Yo había esperado con tranquilidad el nacimiento de Teresa, nuestra sexta hija, y la noticia de que tenía síndrome de Down fue un auténtico mazazo.

Nunca me había hecho la amniocentesis, creo que no es justo realizar un proceso de selección sobre tu propia descendencia. Cualquier hijo es recibido en nuestra casa, aunque eso no significa que deseemos que los peques vengan con dificultades. Aquel 15 de octubre fue el único día de mi vida en el que he necesitado una pastilla para dormir.

Han pasado dos años, y qué diferente es la realidad de ahora de los miedos de entonces. Hemos conocido a profesionales que nos han ofrecido ayuda y consuelo. Hemos descubierto un mundo que existe, que está ahí fuera, lleno de padres y madres que un día vieron cómo sus expectativas de ampliar la familia volaban por los aires, y que sin embargo están orgullosos de estas criaturas que nos enseñan que el esfuerzo tiene siempre una recompensa. De estas criaturas que proporcionan alegrías impagables.

Después de Teresa tuvimos otra hija: Reyes. Mucha gente me preguntó si me iba a hacer la amniocentesis, y algunas personas hasta me dijeron que era una irresponsable por no querer saber. Siempre contestaba lo mismo: “¿Cómo se puede pensar que voy a interrumpir un embarazo por tener otro hijo con síndrome de Down?, ¿qué les digo a mis hijas?, ¿cómo les explico que he eliminado al bebé de mi tripa porque era igual que Teresa?”. Ellas, con toda la lógica del mundo, me habrían preguntado: “¿Y qué tiene de malo Teresa?”.

Los hijos te complican la vida. Y un hijo con discapacidad, aún más. Pero no hay nada que enriquezca tanto la vida como los hijos. Tú cambias y evolucionas con ellos. Y si ves que uno tiene una dificultad añadida, y que se esfuerza por superarla, luchas junto a él. Y eso hace que los pequeños logros se conviertan en grandes triunfos, y que todo merezca la pena.

En nuestra familia, Teresa nos ha enseñado a todos a ser más tolerantes, más respetuosos con el prójimo. Nos ha hecho más conscientes de las dificultades que tienen tantas personas. Es indignante mirar el rostro de nuestra hija, ver cómo se esfuerza por dar sus primeros pasos, observar cómo juega con sus hermanas, escuchar cómo balbucea unas pocas palabras, admirar su sonrisa, su deseo de agradar y de ser querida, y saber a la vez que está incluida en un listado de una absurda ley que la presenta como material de desecho.

11. «Quizá tardemos en verlo, como tardamos en ver la abolición de la esclavitud, pero en ambas coyunturas está en juego qué significa ‘ser humano’»

Jaime Nubiola. Profesor de Filosofía.

Hay quien ha buscado paralelismos entre la superación del aborto en el siglo XXI y la abolición de la esclavitud a lo largo del siglo XIX. No es una comparación exagerada. Todos los que hayan visto la estupenda película de Michael Apted Amazing Grace habrán pensado probablemente en el parentesco que une ambas tropelías.

En medio de la opulencia del Imperio Británico de finales del siglo XVIII, cuya riqueza se basaba, al menos en parte, en el tráfico y posesión de esclavos, sólo unos pocos alzaron su voz en favor de la abolición de la esclavitud. Nuestra avanzada sociedad occidental —que se enorgullece legítimamente de sus formidables logros democráticos— pone ahora toda su maquinaria legal e institucional en favor del aborto y son sólo unos pocos quienes dicen que se trata de un trágico error.

España fue lenta en la abolición de la esclavitud. Hubo que esperar hasta 1880 —¡hace sólo 130 años!— para su prohibición en Cuba. De hecho, uno de los argumentos esgrimidos por los norteamericanos para su intervención en 1898 fue el de la efectiva liberación de los esclavos de la isla. Hoy nos llama la atención que nuestros tatarabuelos —sólo cinco generaciones— fueran tan ciegos para lo obvio: nadie tiene derecho a tener esclavos.

Algo parecido ocurre en el presente. El núcleo del problema es el embarazo no deseado, el hijo no deseado, que es visto como un intruso y que, como es el más débil, es legalmente eliminado. Habría que poner, en cambio, toda la maquinaria del Estado al servicio de las mujeres embarazadas que no quieren recibir a la criatura que se está gestando en sus entrañas.

Habría que darles motivos (y también recursos económicos) para que desearan seguir adelante con su embarazo, y para que —si no lo quisieran o no lo pudieran recibir— entregaran después en adopción a sus hijos a tantas mujeres que querrían ser madres y no pueden.

De todos modos, cuántas veces es el padre de la nueva criatura quien la rechaza, y la mujer recurre al aborto para no ser a su vez rechazada. Al menos en estos casos, está claro que ese supuesto derecho al aborto es la culminación del viejo machismo represivo.

Algunos gobiernos quieren universalizar un supuesto “derecho al aborto” en favor de todas las mujeres, independientemente de su edad, condición y recursos económicos. Sin embargo, así como nadie tiene derecho a tener esclavos, nadie tiene derecho a matar la vida que germina en el seno de una mujer. Quizá tardemos en verlo, como tardó la abolición de la esclavitud. En ambas coyunturas está en juego qué significa “ser humano”.

12. «La paradoja es brutal: la más refinada cultura de los derechos humanos convive hoy con la mayor matanza de la Historia»

Alejandro Navas. Profesor de Sociología.

Cuando se debatió en el Parlamento alemán la legalización del aborto, el diputado socialista Adolf Arndt advirtió de que esa medida equivalía a la capitulación del Estado de Derecho, que había consistido precisamente en el sometimiento voluntario del más fuerte al imperio de la ley.

En todo grupo humano, pequeño o grande, surge algún tipo de gobierno, si es que el colectivo aspira a durar en el tiempo. Si el grupo se abandona a la espontaneidad natural, se impone el más fuerte, que fácilmente puede tender a oprimir a los demás.

Durante siglos de evolución social y política hemos ido generando procedimientos para regular tanto el acceso como el ejercicio del poder, de modo que se someta a reglas y se asegure la protección de los débiles. Esta evolución culmina en el Estado de Derecho: elección democrática de los gobernantes, separación de poderes, imperio de la ley.

Ya no estamos sometidos al capricho del soberano, pues también este debe cumplir con el ordenamiento legal. Supuesto que se admita —lo que es mucho admitir— que entre la madre y el feto se da un insuperable conflicto de intereses, no deja de ser terrible que la solución sancionada por la ley sea la muerte de la parte más débil, el feto, a manos justamente de aquellos a cuyo cuidado está entregado.

El seno materno, lugar acogedor y seguro por excelencia, se convierte así en una trampa mortal. El aborto ya es hoy la primera causa de muerte en el mundo. La paradoja o incoherencia resulta brutal: la más refinada cultura de los derechos humanos y del aprecio a la dignidad de todos va de la mano con la mayor matanza de la Historia —en torno a mil millones de abortos en el mundo en el último siglo—. Los débiles vuelven a quedar a merced de los fuertes en este retorno imprevisto de la ley de la selva.

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Una instancia superior

viernes, 23 de abril de 2010
Ignacio Sánchez Cámara


ABC

No sólo España. Europa y, en general, el Occidente todo, se encuentran en crisis. Y, desde luego, no se trata ni sólo ni principalmente de una crisis económica o financiera. Toda genuina crisis histórica es intelectual y moral, pues afecta al sistema general de ideas y creencias, principios y valores, vigentes en una sociedad. Acaso lo más difícil en toda crisis sea su diagnóstico, e incluso antes, el reconocimiento de su existencia. Lo peor que nos Almudi.org -  Ignacio Sánchez Cámarapuede suceder es no saber lo que nos sucede. Y, tal vez, los árboles financieros podridos no nos dejen ver el bosque moral devastado.

Miremos un poco hacia los síntomas. El optimismo democrático y liberal de 1989 se esfumó pronto. En realidad, las naciones europeas liberadas de la tiranía comunista sólo parcialmente quedaron liberadas, pues les esperaba un yugo, más benigno y sutil en la apariencia, pero no menos yugo: el derivado del derrumbe moral de Occidente. El ataque terrorista a las Torres Gemelas era el aldabonazo de un tiempo nuevo y trágico. Se mire por donde se mire, era la guerra. Pero una amenaza de esta naturaleza es aún peor si el agredido se encuentra sumido en aguda convalecencia moral. Y no ha transcurrido una década, cuando nos aflige, a unos más que a otros, una honda crisis económica.

Pasemos a un notable síntoma doméstico. El mismo día aciago en el que el Senado de España aprobaba una inicua ley que convierte en derecho la eliminación de seres humanos no nacidos, nuestro presidente del Gobierno entonaba loas a la vida en Naciones Unidas y repudiaba la pena de muerte. Nadie tiene derecho a quitar la vida a un ser humano, clamaba con razón el presidente. Pero no pensaba en el ser humano no nacido.

La crisis española es la crisis europea y occidental, sólo que más agravada. A finales de la década de los veinte del pasado siglo, Ortega y Gasset diagnosticó en La rebelión de las masas la crisis moral europea. El análisis es actualísimo precisamente por certero y, en gran medida, cumplido. Vivimos una grave crisis moral derivada de la aparición y triunfo de un nuevo tipo de hombre: el hombre-masa en rebeldía. «El día que vuelva a imperar en Europa una auténtica filosofía —única cosa que puede salvarla—, se volverá a car en la cuenta de que el hombre es, tenga de ello ganas o no, un ser constitutivamente forzado a buscar una instancia superior. Si logra por sí mismo encontrarla, es que es un hombre excelente; si no, es que es un hombre-masa y necesita recibirla de aquél».

Nuestra crisis, como todas, ha sido anticipada y profetizada. Y, también como siempre, el clamor profético apenas ha sido escuchado. Nuestra depresión no es (sólo) económica sino moral. El hombre occidental vive profundamente desmoralizado, en el sentido más preciso y etimológico del término. Y conviene mirar hacia atrás, al menos tres siglos atrás, para determinar el origen y comprender la naturaleza de la crisis. Mientras nos quedemos en las cotizaciones de Bolsa o en los datos del crecimiento económico y del empleo (digo, mientras nos quedemos sólo en ellos), no comprenderemos nada de lo que está pasando. Y, por lo tanto, no podremos poner remedio a nuestros males. La política y la economía pertenecen a la superficie de la vida social, no a la profundidad.

Padecemos las consecuencias de una barbarie que no nos amenaza más allá de nuestras fronteras sino que vive entre nosotros, en ocasiones incluso gobernándonos. Lo ha dicho Alasdair MacIntyre. Es la etiología de esta barbarie interior la que es preciso esclarecer. La barbarie interior es la más difícil de diagnosticar, pero no la más difícil de combatir. Un paso decisivo consiste en intentar filiar la concepción moral dominante hoy en Occidente.

Y lo primero que comprobamos es que carecemos de una concepción compartida acerca de la realidad, del hombre, y del bien y el mal. Porque una cosa es el pluralismo y otra Babel. Europa vive, si no me equivoco, una situación de grave discordia moral. Corremos el riesgo de caminar hacia dos Europas, lo que sería lo mismo que la defunción de Europa. Y esta discordia radical sólo se puede superar acudiendo a lo que, desde sus orígenes, ha constituido el ser y la razón de ser de Europa.

Esta discordia ha llegado en España a la presidencia del Gobierno que ha tomado partido por la desmoralización. La concepción moral quizá dominante o mayoritaria es una especie de amalgama entre hedonismo, relativismo, utilitarismo y emotivismo éticos. El conjunto, más que una moral en sentido estricto, consiste en un atentado contra la moral.

Existe un momento en la historia europea en la que se abre el camino hacia esta desmoralización radical. Quizá no sea fácil precisar mucho más, pero tengo la impresión de que lo que pasó en ese momento fue que se abrió paso el subjetivismo y, con él, la afirmación de la soberanía absoluta del individuo. Y así, se llegó a pensar que la liberación del hombre transita por la eliminación de todas las trabas a la libre expansión de sus deseos vitales, y que toda idea de la existencia de deberes entraña un camino de servidumbre.

Se pensó erróneamente que la libertad consiste en la supresión de disciplinas y deberes. Y los errores morales obtienen el castigo a través de sus propias consecuencias. Liberado de toda instancia superior, el hombre empieza a comportarse como un pobre animalejo, e incluso aspira a caminar a cuatro patas. Y lo cierto es que algunos congéneres alcanzan una rara perfección en este ejercicio cuadrupédico.

Invirtiendo el orden jerárquico natural de los valores, los inferiores son estimados como absolutos, y los más elevados, menospreciados como relativos. El hombre no es el señor de los valores y de la verdad, sino su siervo y testigo. Tenemos que volver a aprender a escuchar esa voz soberana que viene de lo alto.

Si no es erróneo todo lo anterior, entonces la solución de la crisis sería tan relativamente sencilla como lo es la autenticidad, pues no residiría en nada nuevo, extraño o difícil, sino en la recuperación del verdadero ser de Europa, no en la vuelta al pasado, sino en la continuidad con él. En este sentido, cabría hacer una afirmación, sólo aparentemente paradójica: Europa es el problema, y Europa la solución.

Pues va a resultar que la crisis es moral y, por tanto, filosófica, que nuestros males proceden del luciferino pecado de soberbia, y que su solución reside en la sumisión de los hombres a la disciplina de los deberes, esto es, a una instancia superior. Nuestra crisis no consiste en la emergencia de una nueva moral, sino en la pura negación de la moral. Termina Ortega: «Esta es la cuestión: Europa se ha quedado sin moral. No es que el hombre-masa menosprecie una anticuada en beneficio de otra emergente, sino que el centro de su régimen vital consiste precisamente en la aspiración a vivir sin supeditarse a moral ninguna».

Alaba su labor por la concordia de los pueblos

Samaranch – El Papa envía un mensaje en el que alaba su labor por la concordia de los pueblos

BARCELONA, 22 Abr. (EUROPA PRESS) –

El secretario de Estado del Vaticano, Tarcisio Bertone, envió hoy un telegrama con el “sentido pésame” del Papa Benedicto XVI por la muerte del ex presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) Juan Antonio Samaranch para sus familiares, y destacó su trabajo por el olimpismo en pos de la concordia de los pueblos.

En un telegrama de Bertone remitido al cardenal arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, que leyó después de su homilía, el Papa dice de Samaranch que trabajó el olimpismo como “cauce de la concordia y la convivencia entre las personas y los pueblos sin fronteras”.

Asimismo, el Papa expresó la “cercanía a los que lloran su sensible pérdida” y plegarias “a tan destacada personalidad”.

Funeral Juan Antonio Samaranch

Homilía del Cardenal Sistach funeral Juan Antonio Samaranch

Nos reúne en este acto la plegaria por nuestro hermano Juan Antonio Samaranch que ha sido llamado a la casa de nuestro Padre Dios. En este tiempo de Pascua, que estamos celebrando los cristianos en todo el mundo, despedimos a un verdadero barcelonés i catalán universal, una personalidad que hizo mucho por la inteligencia entre los pueblos, por la promoción del deporte como presidente del Comité Olímpico Internacional en numerosos países del mundo, incluidos a menudo aquellos países que, por sus pocos recursos, no podían fomentar los diversos deportes.

Y de una manera muy especial Juan Antonio trabajó mucho por el bien de la Comunidad Internacional de España, de Cataluña y de su querida ciudad de Barcelona. Majestades y autoridades, representantes de diversísimas instituciones y familiares de nuestro querido difunto, con su presencia aquí en la Catedral lo ponen de relieve.

En el contexto de este acto religioso, y en el clima de la celebración de la Pascua, hemos de recordar sobre todo la luz que la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo aporta al misterio de la vida y de la muerte. Nuestro hermano era creyente y era cristiano. Recibió el bautismo, que realiza la participación del bautizado en la muerte y la resurrección del Señor. La aspersión del féretro con el agua bendita, a la hora de la última plegaria por su eterno descanso, es una referencia al hecho de su bautismo.

Para él pedimos que se cumpla lo que hemos escuchado en la primera lectura: que haya recibido el premio de la corona incorruptible. Pablo de Tarso, un judío de la diáspora, nacido en medio de la cultura helenística, ve en las carreras del estadio una metáfora de la vida cristiana y de la misma vida humana. “En las carreras del estadio, dice el apóstol, todos corren, mas uno solo recibe el premio. Corred de manera que lo consigáis” Y añade: “Yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el aire, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo: no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado”.

Esta página de la Biblia parece escrita para la vida de nuestro hermano Juan Antonio, porque utiliza el vocabulario deportivo de la época de Pablo. El deporte fue la gran dedicación de la vida de Juan Antonio, y el esfuerzo que todo deporte comporta fue una constante de su vida, que verdaderamente fue una carrera de obstáculos, un seguido de retos, que él fue afrontando, en una escalada de superación y de creciente influencia. Amó y sirvió al deporte y vivió la vida con espíritu deportivo.

Fruto de sus esfuerzos, mereció para sí y para su país numerosos trofeos. Ahora, confiando en la misericordia divina ha alcanzado la meta última en la carrera de esta vida. Y nuestra plegaria de esta tarde se resume en pedir que el Juez justo de la carrera de su vida no le haya descalificado, sino que le conceda la corona incorruptible, el premio de la vida eterna, el galardón de estar con el Señor resucitado para siempre, que era el premio al que aspiraba San Pablo.

Los  textos de la liturgia de los difuntos expresan una gran confianza en Dios, nuestro Padre, y en su Hijo Jesucristo, “el primer resucitado de entre los muertos, el primogénito entre muchos hermanos”. Esta confianza y las promesas de Dios son nuestro consuelo ante la muerte, pero esta fe no nos quita el dolor de la separación.

La fe cristiana nos invita a afrontar la realidad de la vida con realismo y con esfuerzo. Por esto no teme dar la cara a las realidades más duras de la vida. Y la muerte es una de estas realidades. El Concilio Vaticano II enseñó que “ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su culmen. Todos los esfuerzos de la técnica, aunque muy útiles, no pueden calmar esta ansiedad del hombre”. Y añade el Concilio, con todo realismo, que “mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la iglesia, sin embargo, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz más allá de los límites de la miseria terrestre”.

Hermanos y hermanas, ésta es la perenne luz de la fe, que os propongo en nombre de la Iglesia que expresa así el Concilio Vaticano II: “Cristo resucitado a la vida ha conseguido esta victoria, liberando, con su muerte, al hombre de la muerte” (GS 18). Es lo que simboliza la luz del cirio pascual que brilla junto al féretro de nuestro hermano y que es la luz que ha de brillar en nuestras vidas y en todos sus ámbitos.

El cristiano camina en la vida entre tinieblas y en las múltiples encrucijadas que nos plantea la realidad. Pero le acompaña esta luz tenue y benigna de la fe, que es la luz de la Palabra de Dios y de los sacramentos, en especial el sacramento que es la fuente y el culmen de todos ellos, la Eucaristía. “El que come mi carne y bebe mi sangre –nos ha dicho Jesús en la lectura del Evangelio- habita en mí y yo en él. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come de este pan vivirá para siempre”.

Esta es nuestra esperanza. El cristiano, así fortalecido espiritualmente, está llamado a impregnar de espíritu cristiano las estructuras de la ciudad temporal, está llamado a hacer presentes los valores del Evangelio, los valores del humanismo cristiano, en todas las complejas realidades del mundo secular.

Nuestro hermano trabajó en el campo del periodismo, de la política, de la diplomacia, pero especialmente en el mundo de las manifestaciones deportivas, de las que el Concilio Vaticano II dijo que “ayudan a conservar el equilibrio espiritual, incluso en la colectividad, y a establecer relaciones fraternas entre los hombres de toda condición, nación o de diferente raza. Por consiguiente, los cristianos deben cooperar para imbuir de espíritu humano y cristiano las manifestaciones y actividades culturales colectivas propias de nuestro tiempo” (GS 61). Y Benedicto XVI, en su mensaje para los Juegos Olímpicos de invierno de Turín, deseaba que “las manifestaciones olímpicas sean para todos un signo elocuente de amistad y contribuyan a fortalecer las relaciones de entendimiento solidario entre los pueblos” (OR 22.01.2006). Mucho trabajó Juan Antonio, en todos los órdenes, en pro del espíritu olímpico, y de una manera especial merece destacarse en la promoción del deporte y de la presencia en el olimpismo de los países menos desarrollados económicamente del mundo.

I, arribats a aquest punt, desitjo fer una referència concreta a allò que podríem anomenar com les arrels de la persona i de la vida de Joan Antoni. Ell va rebre dels seus pares un exemple de solidaritat, de treball per al bé del proïsme. El seu pare, que era molt estimat pels obrers de la fàbrica, fou un protector de l’Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, tan vinculat a aquesta Catedral. La seva mare, de professió infermera, de condició benestant, expressà el seu amor als germans essent una de les creadores de la que, en aquells anys, fou la nova Maternitat de Barcelona.

Ell heretà aquest esperit solidari i filantròpic dels seus pares i el plasmà i multiplicà en el món de l’esport. Joan Antoni intuí com ningú la funció de l’esport en la societat moderna i el va promoure, tant a nivell bàsic i local, primer des de l’Ajuntament de Barcelona i la Diputació, com més tard des del Comitè Olímpic Internacional  (COI).

La ciutat de Barcelona, tota la resta d’Espanya i molts països del món, per raons de tots conegudes té un especial deute de gratitud envers Joan Antoni Samaranch. Per això la comunitat catòlica aquí present, expressa aquest agraïment amb allò més valuós que podem oferir pel seu etern descans: l’eucaristia, el memorial de la mort i la resurrecció de Jesucrist.

I encomanem la seva ànima a la maternal intercessió de la Mare de Déu de Montserrat, que celebrarem la setmana vinent. La nostra pregària a la moreneta –de qui el nostre sacerdot i poeta Jacint Verdaguer va dir que “dels catalans sempre sereu Princesa, dels espanyols estrella de Orient”-, es resumeix en aquesta súplica del popular “Virolai”: “Rosa d’abril, Morena de la serra / de Montserrat estel / il·lumineu la catalana terra / guieu-nos cap al cel, guieu-nos cap al cel”. Així sigui.

(Y , llegados a este punto, deseo hacer una referencia concreta a lo que podríamos llamar las raíces de la persona y la vida de Juan Antonio. De sus padres recibió un ejemplo de solidaridad, de trabajar por el bien del prójimo. Su padre, un gran trabajador que muy estimado por sus compañeros obreros de la fábrica, fue un protector del Hospital de la Santa Cruz y San pablo, tan vinculado a esta catedral. Su madre, de profesión enfermera, de condición acomodada, expresó su filantropía siendo una de las creadoras de la que por aquellos años fue nueva Maternidad de Barcelona.

Y él heredó este talante solidario y filantrópico de sus padres, y lo plasmó y multiplicó en el mundo del deporte. Juan Antonio intuyó como nadie la función del deporte en la sociedad moderna y lo promovió tanto al nivel básico y local, como desde sus responsabilidades, primero  desde el Ayuntamiento barcelonés y  la Diputación provincial, y más tarde en las esferas internacionales del Comité Olímpico Internacional (COI).

La ciudad de Barcelona, todo el resto de España y muchos países del mundo, por razones de todos conocidas, tiene una deuda especial de gratitud con Juan Antonio Samaranch. Por esto, la comunidad católica presente aquí, expresa esta gratitud con lo más valioso que podemos ofrecer por su eterno descanso: el memorial de la muerte y la resurrección de Jesucristo.

Y encomendamos su alma a la maternal intercesión de la Virgen de Montserrat, que celebraremos dentro de unos días, y a la que Juan Antonio visitó en su santa montaña muchas veces a lo largo de su vida.  Nuestra plegaria a aquella de la que nuestro poeta y sacerdote Jacint Verdaguer dijo que “dels catalans sempre sereu Princesa, dels espanyols estrella d’Orient”, se resume en esta súplica del popular “Virolai”: “Rosa d’abril, Morena dela serra/ de Montserrat estel,/ il·lumineu la catalana terra, guieu-nos cap al cel, guieu-noscap al cel”. Así sea.)

“Me he sentido acogido en Malta como san Pablo”

Hoy en la Audiencia General

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 21 de abril de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante la Audiencia General, en la Plaza de San Pedro, sobre su reciente viaje apostólico a Malta.

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Queridos hermanos y hermanas

Como sabéis, el sábado y el domingo pasados realicé un viaje apostólico a Malta, sobre el que quisiera detenerme brevemente hoy. La ocasión de mi visita pastoral ha sido el 1950° aniversario del naufragio del apóstol Pablo en las costas del archipiélago maltés y de su permanencia en esas islas durante casi tres meses. Es un acontecimiento que sucedió en torno al año 60 y que está relatado con abundancia de detalles en el libro de los Hechos de los Apóstoles (caps. 27-28). Como le sucedió a san Pablo, también yo he experimentado la calurosa acogida de los malteses – verdaderamente extraordinaria – y por esto expreso nuevamente mi más vivo y cordial reconocimiento al Presidente de la República, al Gobierno y a las demás autoridades del Estado, y agradezco fraternalmente a los obispos del país, con todos aquellos que han colaborado en preparar este encuentro festivo entre el Sucesor de Pedro y la población maltesa. La historia de este pueblo desde hace dos mil años es inseparable de la fe católica, que caracteriza su cultura y tradiciones: se dice que en Malta hay 365 iglesias, “una para cada día del año”, ¡un signo visible de esta fe profunda!

Todo comenzó con aquel naufragio: tras haber ido a la deriva durante 14 días, empujada por los vientos, la nave que transportaba a Roma al apóstol Pablo y a muchas otras personas encalló en un bajío de la Isla de Malta. Por esto, tras el encuentro cordialísimo con el Presidente de la República, en la capital La Valeta – que tuvo el bello marco del alegre saludo de tantos chicos y chicas – me dirigí en seguida en peregrinación a la llamada “Gruta de san Pablo”, cerca de Rabat, para un intenso momento de oración. Allí pude saludar también a un nutrido grupo de misioneros malteses. Pensar en ese pequeño archipiélago en el centro del Mediterráneo, y en cómo llegó a él la semilla del Evangelio, suscita un sentimiento de gran asombre frente a los misteriosos designios de la Providencia divina: surge espontáneo agradecer al Señor y también a san Pablo, que, en medio de aquella violenta tempestad, mantuvo la confianza y la esperanza y las transmitió también a aquellos compañeros de viaje. De ese naufragio, o mejor, de la sucesiva permanencia de Pablo en Malta, nació una comunidad cristiana ferviente y sólida, que después de dos mil años es aún fiel al Evangelio y se esfuerza en conjugarlo con las complejas cuestiones de la época contemporánea. Esto naturalmente no es siempre fácil, ni se da por descontado, pero los malteses saben encontrar en la visión cristiana de la vida la respuesta a los nuevos desafíos. De ello es un signo, por ejemplo, el hecho de haber mantenido firme el profundo respeto por la vida no nacida y por la sacralidad del matrimonio, eligiendo no introducir el aborto y el divorcio en el ordenamiento jurídico del país.

Por tanto, mi viaje tenía como objetivo confirmar en la fe a la Iglesia que está en Malta, una realidad muy viva, bien compaginada y presente en el territorio de Malta y Gozo. Toda esta comunidad se había dado cita en Floriana, en la plaza Granai, ante la iglesia d san Publio, donde celebré la Santa Misa, en la que se participó con gran fervor. Fue para mí motivo de alegría, y también de consuelo, sentir el calor particular de ese pueblo que da el sentimiento de una gran familia, unida por la fe y por la visión cristiana de la vida. Tras la celebración, quise encontrar a algunas personas víctimas de abusos por parte de miembros del clero. Compartí con ellos el sufrimiento y, con conmoción, recé con ellos, asegurando la actuación de la Iglesia.

Si Malta da la impresión de una gran familia, no hay que pensar que, a causa de su conformación geográfica, sea una sociedad “aislada” del mundo. No es así, y se ve, por ejemplo, en los contactos que Malta mantiene con varios países y por el hecho de que en muchas naciones se encuentran sacerdotes malteses. De hecho, las familias y las parroquias de Malta han sabido educar a muchos jóvenes en el sentido de Dios y de la Iglesia, por lo que muchos de ellos han respondido generosamente a la llamada de Jesús y se han convertido en presbíteros. Entre estos, muchos han abrazado el compromiso misionero ad gentes, en tierras lejanas, heredando el espíritu apostólico que empujaba a san Pablo a llevar el Evangelio allí donde aún no había llegado. Este es un aspecto que he subrayado, es decir, que “la fe se refuerza cuando se ofrece a los demás” (Enc. Redemptoris missio, 2). Sobre el tronco de esta fe, Malta se ha desarrollado y ahora se abre a varias realidades económicas, sociales y culturales, a las que ofrece una aportación preciosa.

Está claro que Malta ha tenido a menudo que defenderse en el transcurso de los siglos – y se ve por sus fortificaciones. La posición estratégica del pequeño archipiélago atraía obviamente la atención de las distintas potencias políticas y militares. ¡Y sin embargo, la vocación más profunda de Malta es la cristiana, es decir, la vocación universal de la paz! La célebre cruz de Malta, que todos asocian a esa nación, ha ondeado muchas veces en medio de conflictos y luchas; pero gracias a Dios, no ha perdido su significado auténtico y perenne: es el signo del amor y de la reconciliación, ¡y esta es la verdadera vocación de los pueblos que acogen y abrazan el mensaje cristiano!

Natural cruce de caminos, Malta está en el centro de rutas de migración: hombres y mujeres, como antes san Pablo, llegan a las costas maltesas, a veces empujados por condiciones de vida demasiado duras, por violencias y persecuciones, y esto comporta, naturalmente, problemas complejos en el plano humanitario, político y jurídico, problemas que tienen soluciones que no son fáciles, pero que hay que buscar con perseverancia y tenacidad, concertando las intervenciones a nivel internacional. Esto es bueno que se haga en todas las naciones que tienen valores cristianos en las raíces de sus Cartas Constitucionales y en sus culturas.

El desafío de conjugar en la complejidad de hoy la validez perenne del Evangelio es fascinante para todos, pero especialmente para los jóvenes. Las nuevas generaciones la advierten de hecho de forma más fuerte, y por ello quise que tampoco en Malta, a pesar de la brevedad de mi visita, faltase el encuentro con los jóvenes. Fue un momento de diálogo intenso y profundo, hecho aún más bello por el ambiente en el que tuvo lugar – el puerto de Valeta – y por el entusiasmo de los jóvenes. A ellos no podía dejar de recordarles la experiencia juvenil de san Pablo: una experiencia extraordinaria, única, y sin embargo capaz de hablar a las nuevas generaciones de cada época, por esa radical transformación que siguió al encuentro con Cristo Resucitado. Contemplé por tanto a los jóvenes de Malta como a los potenciales herederos de la aventura espiritual de san Pablo, llamados como él a descubrir la belleza del amor de Dios que nos ha sido dado en Jesucristo; a abrazar el misterio de su Cruz; a ser vencedores precisamente en las pruebas y en las tribulaciones, a no tener miedo de las “tormentas” de la vida, ni tampoco a los naufragios, porque el designio de amor de Dios es más grande incluso que las tempestades y los naufragios.

Queridos amigos, este, en síntesis, ha sido el mensaje que he llevado a Malta. Pero, como señalaba, ha sido mucho lo que yo mismo he recibido de esa Iglesia, de ese pueblo bendecido por Dios, que ha sabido colaborar válidamente con su gracia. Por intercesión del apóstol Pablo, por san Ġorġ Preca, sacerdote, primer santo maltés, y por la Virgen María, a la que los fieles de Malta y Gozo veneran con tanta devoción, pueda siempre progresar en la paz y en la prosperidad.

[A los peregrinos españoles dijo]

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los sacerdotes del curso de formación permanente del Pontificio Colegio Español en Roma, así como a los grupos venidos de España, México y otros países latinoamericanos.

[A los peregrinos italianos dijo]

En particular, saludo a los párrocos y a los demás sacerdotes de la diócesis de Roma, acompañados por el cardenal Agostino Vallini y por los obispos auxiliares, reunidos aquí de vuelta de su peregrinación a Ars, promovido con ocasión del Año Sacerdotal. Queridos sacerdotes romanos, os agradezco por vuestra presencia, signo de afecto y de cercanía espiritual. Aprovecho esta oportunidad para expresar mi estima y mi vivo reconocimiento a vosotros y a los sacerdotes que en todo el mundo se dedican con celo apostólico al servicio del pueblo de Dios, dando testimonio de la caridad de Cristo. Que a ejemplo de san Juan María Vianney seáis pastores pacientes y solícitos del bien de las almas.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]

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