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Un “milagro” hizo que no muriera congelado en los Andes

Miguel Ángel Tobías, famoso por “Españoles en el mundo”, relata en un libro cómo sobrevivió hace 13 años en un ascenso al Chachani, en Perú

Miguel Ángel Tobías es un todoterreno. Es productor y director de cine, aventurero, famoso por haber puesto en marcha el programa “Españoles en el mundo”; un hombre inquieto en pro de los derechos humanos que cada año saca a la palestra un producto audiovisual (documental, filme) con el que remover las conciencias de los países desarrollados para que reflexionemos y actuemos en relación con las desgracias que ocurren en el mundo: guerras, epidemias, hambrunas…

Una experiencia que debía ser contada

Mientras batallaba con éxito en sus proyectos profesionales, una espina interior le decía que le quedaba algo por hacer: le faltaba escribir un libro que relatara su insólita experiencia vivida 13 años atrás en Los Andes. Allí, en el intento de escalar el Chachani (6.057 metros de altura, a pocos kilómetros de la ciudad peruana  de Arequipa), estuvo a punto de morir y -quién sabe por qué- al final se salvó de una muerte que parecía inevitable.

Tobías es un torrente de ideas y de inquietudes. Este libro, “Renacer en los Andes” (publicado por Ediciones Luciérnaga y en venta en www.amazon.com) viene a ser un episodio más en su camino por formularse preguntas ante todo lo que ve a su alrededor. Según él, “no hay rompimiento” entre este relato y lo que ha hecho a lo largo de sus 49 años. Solo que esta vez, “alguien” lo colocó ante su propia vida y lo lanzó a vivir lo que él considera un regalo, “una segunda oportunidad”.

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Desde aquel suceso, Tobías orienta su vida a ayudar aún más a los demás, sobre todo desde su profesión en el sector audiovisual

El sentido de lo que Miguel Ángel Tobías vive desde entonces, cuando estuvo a punto de morir congelado mientras intentaba atacar la cima del Chachani, es una “misión”: la de dar amor en esta vida. “Sonará cursi, y quizás por eso tardé mucho en querer hablar sobre ello y más en escribirlo, pero es así. Sé que mi experiencia al borde de la muerte me ha servido para saber ahora para qué estoy vivo, y para tratar de que cada momento lo enfoque por ahí, por amar a las demás personas”.

En “Renacer en los Andes” cuenta el flamante escritor otras dos experiencias anteriores en las que su vida corrió peligro: las dos situadas en África, de viaje junto con dos amigos íntimos. En la primera estuvo a punto de perecer ahogado en el mar porque no calculó bien la distancia (ni la fuerza de las corrientes) para alcanzar una isla que parecía cercana. En la segunda, parece ser que sufrió un envenenamiento al contacto con alguna planta: el médico que le atendió tres días después no daba crédito a cómo había podido superar las 24 horas.

Sin embargo, así como de las experiencias africanas puede darse a sí mismo una explicación “algo lógica”, dice, acerca de cómo se recuperó, en el caso de los Andes, Miguel Ángel Tobías está convencido de que su salvación no tiene explicación humana. “Por eso me atrevo a hablar abiertamente de milagro”. Hay que leer el libro para seguir el proceso mental de un hombre que va viendo cómo quedan mermadas sus fuerzas y lucha, a pesar de que tiene la certeza de que va a morir. Sin sus amigos de expedición y sin el guía, a Tobías se le plantearon unas horas de sufrimiento: horas que le parecieron infinitas, un infierno.

No duda en llamarlo milagro

La muerte ante sus ojos; el tiempo que a veces se le echaba encima y otras se le hacía eterno, siempre jugando en su contra; la narración es la de un guerrero que incluso, una vez aceptada la muerte, decide que seguirá andando para que cuando lo encuentren sepan los hombres que murió plantando cara, moviéndose hasta el último aliento de vida. Sin embargo, “alguien” decidió que no era su momento y que Miguel Ángel debía probar esa situación para ser luego más intenso en comunicar amor a otros. “Que mi vida tenga una trascendencia, en definitiva”, dice.

No tiene reparo en hablar de “milagro” al calificar lo que le ocurrió a varios miles de metros de altura, en un paisaje de piedra y solo piedra, que por la noche alcanzaba grados bajo cero, con taquicardia, sin oxígeno y sin equipamiento adecuado ni oportunidad de mandar un mensaje.

En aquellas horas en que el Miguel Ángel Tobías turista y aventurero de 36 años, con madre y tres hermanas, con novia, se debatía entre la vida y la muerte, ese Miguel Ángel que ahora se sentía la nada en la inmensidad rezó a Dios “y desde entonces no he dejado de hacerlo”. A ese ser superior de quien aprendió las primeras nociones en una familia católica y con el que entró en diálogo para hacer varias peticiones. No le cabe duda de que recibió respuesta y de que esa respuesta no partió de sí mismo, por las razones que explica en el libro.

La familia: no podía desmoronarme por ellos

Un aspecto importante que subraya el autor es su familia, especialmente sus padres. “No me cabe duda de que ante una experiencia como la que yo pasé, cada uno nos enfrentamos a ella en función del bagaje que llevamos, de los valores. En mi caso, vengo de una familia de guerreros, de gente que ha luchado siempre: por ganarse el pan, por sacar adelante los hijos, por ser leal a los hermanos…”. Es un punto importante de los hechos, pese a que aquellas personas no estaban presentes en el momento del peligro: “No podía desmoronarme porque no podía darles ese disgusto, pensaba”. Y el libro así lo manifiesta porque, según sus palabras, “ha sido mi modo particular de honrar a mi familia”.

El prólogo no podía tener mejor firma: Nando Parrado, uno de los 16 supervivientes del accidente de avión en los Andes acaecido en 1972.

Miguel Ángel Tobías, en uno de sus rodajes por el mundo

Pero lejos de estar en promoción de su libro exclusivamente, sigue en marcha la vida de Miguel Ángel Tobías como productor y director. De vuelta de un encuentro sobre derechos humanos en la Feria del Libro de Guadalajara (México), dentro de pocos días viaja a África para rodar unas escenas del filme “Gennet Corcuera”, sobre la primera mujer sordociega que alcanzó título universitario en España. Al mismo tiempo, se estrena en todo el mundo “Rising Nepal”, que habla de la situación en esa área tras la catástrofe del terremoto de 2015.

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Luca era homosexual y portador del VIH: gracias a Medjugorje dejó la vida gay y allí mismo conoció a su esposa

18 noviembre 2017 Deja un comentario

Luca di Tolve cuenta en su libro el testimonio de conversión y cómo dejó la vida homosexual

Luca di Tolve ahora está casado con su mujer Terry y es padre de una hija. Pero no hace tantos años este italiano era homosexual, había sido Mister Gay y había llevado una vida sin ningún tipo de límites que le llevó a contraer el VIH.

Tras ser muy conocido en el ambiente gay italiano, Luca tocó fondo tras una vida llena de sufrimientos y de esclavitud pese a ser reconocido y tener mucho dinero. Fue así como empezó su conversión en el que la Virgen María tuvo un papel esencial, lo que a su vez provocó un cambio de vida total, que le ha llevado a la plenitud.

Luca di Tolve provocó un gran revuelo en Italia tras publicar un libro en el que contaba cómo fue su vida homosexual, cómo la abandonó y el proceso de conversión que se produjo en su vida. Ahora este libro ha llegado a España, donde a buen seguro sacudirá el panorama actual, completamente sometido a la ideología de género. Se titula Yo fui gay  (Libros Libres) y en él explica con detalle el importante papel que la Virgen María, a través de Medjugorje, ha tenido en su vida.

Las causas de sus sufrimientos se remontan a la infancia

Sus sufrimientos se remontan a su infancia, cuando fue abandonado por su padre lo que hizo que su madre tuviera una relación con él de posesividad. Así fue como empezó a cuestionar su identidad sexual y se introdujo en la vida gay. Pero fue la muerte de sus amigos por el SIDA y su propio contagio lo que le hizo tocar fondo y pedir ayuda al Dios al que odiaba.

Puede adquirir aquí el libro Yo fui gay, de Luca di Tolve

“En el recorrido de recuperación de mi identidad le debo mucho a la figura de Dios Padre y a la maternidad de María: en ellos encontré el modelo de progenitor que me había faltado y que el mundo no me ayudó a encontrar”, cuenta Luca di Tolve en el libro que acaba de ser publicado en España.

De este modo, añade que “para una persona como yo, que había buscado la llave de la felicidad en la satisfacción emotiva, fueron necesarias la ternura y la fidelidad de una Madre que supiera influir sobre los sentimientos rectos y conquistarme a nivel afectivo. Y sucedió, que en el desierto, en el frío del alma, María llamó varias veces a mi corazón hasta que, en Medjugorje, se lo abrí definitivamente”.

“La Virgen me dirigió a la confesión”

Recuerda que él se veía como una víctima del sistema, y “como homosexual, entré en polémica con Dios, la Iglesia, la sociedad y el estado, reivindicando un derecho a la misericordia, sin arrepentimiento o petición de perdón”. Sin embargo, vio que necesitaba la voluntad de cambiar de actitud y “fue la Virgen la que me dirigió a la confesión”.

En todo momento, María acompañó a Luca en este proceso, no se separó ni un instante de él.  Cuenta en su libro que “la acción de María se manifestó de manera ordinaria y, al mismo tiempo, extraordinaria… Cuando la angustia me asaltaba, solía recurrir a la radio, sólo para distraerme un poco; pues bien, en ese periodo de constante aflicción, sucedía que cada vez que hacía clic, empezando a jugar con la rueda de las frecuencias radiofónicas, acababa encontrando siempre las transmisiones de Radio María, y siempre en un momento en que parecía que estuvieran hablándome precisamente a mí o hablando sobre mí”.

Precisamente Radio María fue un instrumento clave en su conversión, donde conoció mejor a la Virgen y los mensajes de Medjugorje. Ahí comenzó a ver una luz a la oscuridad de su vida. Luca explica que había probado de todo, se había comprometido a distintas causas pero al final “te encuentras solo, desplazado, y con el aniquilamiento, llega la desesperación”.

Luca di Tolve, y su mujer Terry

Esta situación le ocurrió precisamente “al ver morir de SIDA a mis amigos y descubrir que yo también era seropositivo. Cuando me vi forzado a detenerme me puse a pensar y tuve la intuición, la humildad, el valor –no sé- de pedir y aceptar ayuda. El Señor, a través de mis amigos, de médicos y sacerdotes, de sus santos y de la Virgen, me socorrió”.

Fue entonces cuando tembloroso decidió entrar a una iglesia a confesarse. En el libro cuenta la extraordinaria confesión que vivió en la que cita la influencia del Padre Pío. Una frase le marcó profundamente de aquel sacerdote: “¡Debes comportarte como un cristiano!”. Con la absolución encontró una paz hasta entonces desconocida para él. Después sólo pudo quedarse contemplando el Sagrario.

La “Madre hermosísima” que le esperaba”

Su vida tomaba ya otra dirección pero todo lo que le rodeaba en su vida diaria seguía siendo igual. Se despertaba con ansiedad, no conseguía ir a trabajar, sufría ataques de pánico… “Estaba hundiéndome en el abismo”, afirma. Y de repente empezó a buscar respuestas con técnicas de relajación enseñadas por Buda.

Entonces, un pensamiento penetró con fuerza en su alma: “Luca, si tienes a la Virgen, una madre hermosísima que te espera; tienes a Jesús que se ha sacrificado por ti… ¿y rezas delante de una hoja de papel y fruta”.

Y entonces cuenta que la Virgen le regaló el arma para derrotar la angustia y los engaños del demonio. En su casa, medio escondido y lleno de polvo apareció un Rosario. Rezó, rezó y rezó y “lentamente –agrega- me fue invadiendo, en un crescendo sublime, un calor indescrifable, una paz que me llenó totalmente”.

Ahora sí que su vida era otra alejándose de verdad  del “fragor del mundo gay”, alejándose de las tentaciones, volviendo siempre a casa antes de que anocheciese y encontrando un ritmo de vida completamente diferente pues dejó de ser “acompañante” de personas ricas y poderosas, gracias a lo cual ganaba mucho dinero. “Amigos y conocidos del mundo homosexual empezaron a considerarme un loco”.

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Medjugorje fue clave en la conversión y cambio de vida de Luca

Medjugorje, clave en su cambio de vida

Medjugorje tuvo parte esencial en esto. Durante todo ese tiempo, gracias a Radio María conoció los mensajes y lo que ocurría en aquel pequeño pueblo bosnio. “Me conmovía pensar que , desde hace tanto tiempo, María deja a diario el Paraíso para venir a salvar a gente como yo”, cuenta.

Y gracias a este corazón inflamado decidió peregrinar al santuario mariano. Esta experiencia cambió su vida para siempre y en el libro la cuenta con detalle. Iba a dar gracias a la Virgen pero encontró mucho más.

“Fue como si, una vez llegado a Medjugorje, la Gospa (la Virgen María) hubiera establecido mi agenda, haciéndome conocer a las personas y vivir las situaciones que había predispuestas, queriendo mi bien”, afirma Luca.

La Virgen le tenía preparado un gran regalo

Este italiano cuenta que tras la vuelta de aquella peregrinación vivió “el periodo más sereno y luminoso que yo recuerde. Más que caminar parecía levitar e iba a trabajar con una sonrisa en los labios”. Ya no sentía necesidad de satisfacer sus deseos sexuales y además empezó a hablar de Dios y de la Virgen a todo el mundo, incluidos sus amigos homosexuales.

Su vida de fe tuvo además otras consecuencias. “A medida que se curaron las heridas, emergieron pasiones típicamente masculinas y, con ellas, deseos y sentimientos que había sofocado cuando, en cambio, me había identificado con un yo femenino. Comenzaba finalmente a reconocer mi masculinidad y a aceptar con ella los desafíos de la vida”.

Pero la Virgen todavía guardaba otro regalo muy especial para Luca, el descubrimiento del matrimonio y de la paternidad. Conoció precisamente en Medjugorje a la que hoy es su mujer, y con la que ha sido padre de una niña.

Pelé, el jugador que recibió el fútbol… de Dios

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Recordando a este gran futbolista brasileño en el día de su 77 aniversario

Un día como hoy cumple años Pelé (1940), el futbolista considerado por muchos el mejor de toda la historia de ese deporte. El Comité Olímpico Internacional lo definió “el mejor futbolista del siglo XX”.

 “Dios me dio el fútbol y sólo Él me lo puede quitar”, decía cuando se atrevían a vaticinar el fin de su reinado futbolístico. Desde 1962 dijeron que ese reinado había terminado: luego lo repitieron en 1966… “El hecho es que aquí estoy, dispuesto a jugar otra Copa del Mundo. Lo que Dios da, sólo Dios lo quita”.

Decía que Edson Arantes do Nascimiento, mejor conocido como Pelé, hablaba con la tranquilidad de un clérigo medieval.

“- ¿No se siente en ocasiones prisionero de su propia fama? – le preguntó un periodista en 2015-

Él contestó:

– Bueno, algunas veces, pero Dios sabe a quién da las cosas y si Él me dio la fama, el cariño de millones de personas, la curiosidad de centenares de periodistas, el dinero, el don de saber jugar fútbol, también me dio la paciencia para soportar lo desagradable que esas circunstancias pudieran traer. Soy Pelé. Lo sé. Pelé es un conjunto de cosas y nada valdría aceptar las gratas y rechazar aquellas que no son”.

Pelé, uno de los más admirados y poderosos astros del balompié es ícono y modelo para sus fanáticos y un “dios” para los brasileros. Pero él tenía al suyo, al verdadero y único Dios. No tenía el menor interés en disimularlo. Era uno de esos ídolos de este mundo que parecía dispuesto a involucrarlo en su día a día cada vez que viniera a cuento, de manera sencilla y muy natural. Tal vez por ello ha llevado su carrera sin divismo, sin la prepotencia y hasta los escándalos que acompañan la trayectoria de algunos famosos de las canchas.

Cuando se comentaba que sus habilidades parecían declinar, dijo: “Dios me dio el fútbol y sólo Él me lo puede quitar – repuso Pelé -. Desde 1962 dijeron que ese reinado había terminado; luego lo repitieron en 1966… el hecho es que aquí estoy dispuesto a jugar otra Copa del Mundo. Lo que Dios da, sólo Dios lo quita”. Era la víspera del Mundial de México 1970 y Pelé seguía siendo la figura indiscutible de la selección de Brasil.

Confesó que ganaba menos que muchos otros futbolistas, sin embargo, colocaba al dinero en el puesto correcto: “Yo tengo dinero, pero ese dinero no me servirá de nada si no tuviera la conciencia tranquila y la certeza de que si lo tengo es porque lo he ganado con un gran esfuerzo y en forma totalmente honesta”.

Consideraba su actuación en las canchas deportivas un producto, más que de sus habilidades y cualidades, “un don del cielo, algo que me dio Dios”.

Subir la escalera de Jacob desde las barras verticales de una celda

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Las enseñanzas de un preso que también es un oblato benedictino sobre cómo conseguirlo, aprendidas directamente de la Regla de san Benito.

Últimamente ha habido mucha discusión sobre la “opción benedictina”, pero bastante menos atención al aspecto fundamental de esa opción: La Regla de san BenitoLa Regla, establecida por san Benito en el siglo VI como cimiento de la vida monástica, ha de ser aprendida y respetada por los monjes y monjas benedictinos y por también por los oblatos benedictinos (laicos benedictinos). Es una guía diaria para vivir.

Yo soy un oblato benedictino y, como tal, he sido mentor de novicios que deseaban hacerse oblatos, incluyendo dos que ahora son presos. Me carteo con los reclusos, revisando los capítulos de La Regla, respondiendo y planteando preguntas. Uno de estos presos ha invertido los papeles y se ha convertido para mí en todo un ejemplo de cómo vivir una vida en la Reglaindependientemente de las circunstancias.

La humildad es la virtud esencial para seguir la Regla, una virtud que concede la fuerza de escalar de peldaño en peldaño por la Escalera de Jacob. Así que, ¿cómo practica esta virtud mi discípulo —llamémosle John— y cómo está representada esa virtud en La Regla de san Benito? Responderé primero a la segunda pregunta.

Pero antes, aviso de renuncia de responsabilidad: existen muchos debates excelentes sobre la humildad y la Regla, en libros y en Internet (ver las Referencias abajo); no intentaré resumirlos, sino ofrecer mi propia síntesis. No listaré los 12 grados de humildad que san Benito usó para los peldaños de su escala, sino que me centraré en los que practicaba John y que yo mismo intento incorporar en mi propia vida diaria.

De modo que, en la base está el mandato de Jesús: “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mat 23,12; El libro del pueblo de Dios).

Este es el reconocimiento de que somos creación de Dios y que, como Adán, fuimos creados a partir de la tierra. Así que, sean cuales sean los talentos y dones que hayamos recibido de Dios, no son por nuestro mérito. Este reconocimiento es el “temor del Señor” que está en el primer peldaño: no tener miedo de Dios, sino maravillarse por su poder creativo.

Otra forma de parafrasear el “temor del Señor” es “sobrecogimiento”. Para traer esa conciencia del sobrecogimiento a nuestras vidas, hay que hacer varias cosas:

  • Practicar sumisión a la autoridad
  • Ser pacientes en situaciones difíciles
  • Llevar un inventario de nuestros propios errores y virtudes
  • Contentarnos con nuestra suerte, aunque no sea la que deseáramos

En otras palabras, debemos abandonar la voluntad y la gratificación propias; el desafío de toda una vida.

Valorarás mejor cómo John sube la Escalera de Jacob  —esta Escalera de Humildad— si sabes un poco más sobre él. Imagina a alguien del medio rural sureño de Estados Unidos, de entre 35 y 50 años. No sé cuánto tiempo lleva en prisión, pero es mucho más de tres o cuatro años; está previsto que salga en libertad condicional el año que viene.

Su familia es importante para él: padres, abuela anciana, sobrinos, primos. Se convirtió al catolicismo hace unos tres años y se hizo formalmente oblato benedictino en noviembre del pasado año. Sus compañeros de prisión le respetan y le reconocen como un líder. Es un escritor notable, con algunas asperezas que limar y con un dominio de la Escritura impresionante, casi de autoridad.

En sus cartas, John no se ha quejado de su suerte en prisión. No me cuenta que aumenta su humildad; es lo que yo infiero de sus comentarios sobre cómo aplica la Regla a su rutina diaria y por sus citas de la Escritura.

Queda claro por sus cartas que la institución estatal en la que es prisionero no es un establecimiento cómodo como otras instalaciones federales de seguridad mínima que he visitado como Ministro Extraordinario de la Sagrada Comunión y catequista: no hay gimnasios ni ordenadores ni televisiones personales y solamente un mínimo material de lectura.

Si es obligado a mudarse debido a las condiciones climatológicas y dejar atrás sus cosas, no hay queja. Si un guardia le arenga, lo recibe como un correctivo merecido. Si no consigue un trabajo haciendo cinturones sino que, en cambio, trabaja en la lavandería, todo es para bien. Su preocupación es enseñar con el ejemplo a los otros reclusos que Cristo es su amigo y también será el suyo, dondequiera que estén.

Cuando leo las cartas de John, mi memoria me lleva a 12 años atrás cuando yo mismo era un oblato benedictino novicio que estudiaba el capítulo 7 de  La Regla La humildad— en reuniones del decanato local. A medida que progresaba, reflexionaba sobre mi pasado y sobre cuán mejor habría sido mi vida si hubiera sabido de la espiritualidad benedictina y seguido los preceptos de Benito 10 ó 20 años antes.

Incluso ahora me doy cuenta de que me quedo corto: me sorprendo a mí mismo insatisfecho con mi trabajo y mi efectividad o estoy impaciente e inconforme con mi suerte, preocupado  por el estado del país y del mundo. Y eso que no estoy prisionero tras unas barras verticales; para mí los escalones de la escalera son horizontales y privados.

Así que, vuelvo a leer la última carta de John y luego el capítulo 7 de La Regla y concluyo: hoy un peldaño abajo, pero mañana dos arriba. Descendemos y ascendemos.

“Indudablemente, a nuestro entender, no significa otra cosa ese bajar y subir sino que por la altivez se baja y por la humildad se sube. La escala erigida representa nuestra vida en este mundo. Pues, cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo. Los dos largueros de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, en los cuales la vocación divina ha hecho encajar los diversos peldaños de la humildad y de la observancia para subir por ellos”. ─ Capítulo 7, La Regla de san Benito.

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#MeToo Cuando pasé por un episodio de acoso sexual

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El acoso sexual sucede en todos los medios sociales y laborales y no solo les pasa a las mujeres, también a los caballeros quienes por paradigmas sociales difícilmente hablarán del tema.

Se ha desatado un gran escándalo en las esferas más altas del cine. Harvey Weinstein es un magnate y productor de Hollywood acusado de acoso y abuso sexual. A raíz de que este alboroto, miles de mujeres, de distintas nacionalidades, razas, creencias y entornos sociales, laborales y económicos, se han empoderado para compartir sus testimonios de acoso y abuso sexual. Testimonios que durante muchos años callaron por vergüenza, por estigmas sociales y por miedo a ser juzgadas. Para ellos emplearon las redes sociales y el hashtag #MeToo o #YoTambien.

Y es que este tipo de aberraciones y maltratos, de comportamientos amorales y animales no solo suceden en ambientes de aquel calibre social o económico. Desafortunadamente, en muchos lugares es el pan nuestro de cada día y es una práctica a la que de manera contundente y valiente debemos poner fin.

Este es un punto delicado que abordo con el mayor respeto posible. Aún hoy el sexo femenino cargamos con ese estigma de que si un hombre se nos insinúa morbosamente es porque de alguna manera nosotros le provocamos o le invitamos a que se comporte de esa forma con nosotras. ¿Perdón? ¡Vaya excusa!

Lo que sí es importante que las mujeres entendamos es que la naturaleza de los hombres es la de ser “mirones”. Es decir, ellos son visuales. Ven una imagen y si no están educados a controlar su voluntad ni su imaginación, a dominar sus instintos y pasiones se prenderán de inmediato. O quizá si lo están, pero en ese momento en que la tentación se les presenta pasan por un momento de debilidad y caen.

Aclaro, esto no para justificarles, sino para que las damitas sabiendo esto seamos prudentes y sepamos poner límites sanos. Y, sobre todo, para que eduquemos a nuestras hijas a vivir, a vestir, a comportarse de una manera elegante y de acuerdo con su dignidad de mujer.

Es decir, tanto hombres como mujeres hay que vestirnos y comportarnos de la misma forma en que esperamos ser tratados, con dignidad y respeto.

Esto no quiere decir que, si una mujer se viste o actúa de una manera que pueda ser malinterpretada por un hombre, éste tenga el derecho de faltarle al respeto, ni con miradas sucias, ni con palabras e insinuaciones denigrantes. En ninguna circunstancia este tipo de “porquerías” pueden ser toleradas.

Todos tenemos ese noble deseo de aspirar a más, de encontrar salidas cuando la vida nos cierra caminos, pero nada justifica el denigrarnos para lograr nuestros fines, por muy nobles y buenos que estos sean, ni de aceptar propuestas “cochinas” -sucias- con tal de que alguien más nos ayude a lógralos.

Hay muchas personas que pasan por verdaderas necesidades y si a eso le aunamos una crisis personal donde la baja autoestima y el ego lastimado está haciendo de las suyas, donde el miedo es más fuerte que la esperanza y el amor propio, ya sabremos el resultado final. El único “ganador” será el buitre acosador si logra salirse con la suya.

Hace años a mí me sucedió algo parecido. Quizá eran otros tiempos y nunca había estado expuesta a peligros como el acoso sexual ni a insinuaciones maliciosas. Tenía 20 años y estudiaba en la universidad. Las matemáticas nunca fueron mi fuerte y era la única asignatura en la que obtenía un promedio muy bajo. Estudiaba y hacia tareas en grupo, tomaba clases particulares con el profesor que me daba la materia -tanto en su casa como en su oficina- para poder pasar la materia, aunque fuera con el mínimo requerido, pero nada más llegaba la hora del examen y tronaba. Horas y horas de estudio, esfuerzo y trabajo no se veían reflejados. Estaba desesperada. No podía terminar el semestre con una materia reprobada. En mi casa me matarían, de burra y fracasada no me bajarían. Y no se diga lo carísima que salía la colegiatura. Era hija de familia y universitaria donde mi única obligación era estudiar y no estaba cumpliendo con las expectativas que tenían de mí.

Hasta hoy soy muy penosa para pedir favores. Lo hago, pero me cuesta muchísimo trabajo. Pero un día me armé de valor, dejé mi pena a un lado y fui a hablar con el profe. Le expuse mi situación. Él se daba cuenta del esfuerzo que yo había hecho durante el semestre y le pedí que tomara en cuenta todo ese afán que había visto y que me dejara hacer trabajos extras para poder nivelar mis calificaciones, tantos como él quisiera. Que me pidiera hacer cualquier cosa, pero que me echara la mano para no reprobar la materia porque en mi casa me matarían con regaños.  Él me escuchaba detenidamente, me observaba y luego me preguntó: “¿Te puedo pedir cualquier cosa?” Y yo, inocente de cualquier mala intención y feliz de que quizá hubiera una oportunidad de que me apoyara, le contesté que sí, que me permitiera hacer todos los trabajos que él viera convenientes, que me dejara hacer la investigación más difícil, las tareas que él me pidiera yo se los presentará de una manera muy profesional con tal de que todo me lo acreditara y no reprobar la espantosa materia de matemáticas.

Su respuesta fue un tajante y doloroso no. Me dijo que definitivamente no me podía ayudar y que nos veíamos en el examen final. Ni hablar… Le di las gracias y me salí de su oficina toda triste y asustada pensando en la decepción que se llevarían en mi casa por no pasar mate.

Me presenté el día del examen sabiendo que no lo pasaría, pero era preferible estar ahí y sacar una baja calificación que no estar y sacar un rotundo cero por no presentarlo. Obviamente, cuando me pusieron el papel en el escritorio y vi todas aquellas ecuaciones integrales, derivadas, factoriales, etc. me solté llorando de la frustración. Me sentía como un niño de pecho quien berrea de hambre y le dan de comer carne, impotente y sin salida. Hacía mi mejor esfuerzo por contestar, aunque fueran tarugadas con tal de no entregar las hojas en blanco. En eso, se me acerca el profe y me escribe una nota en mi examen: “Hoy a las 6”, a la vez que me susurró al oído que me hiciera tonta y siguiera contestando. En ese momento sentí que el cielo de la esperanza se me habría. El profe me pedirá hacer trabajos extras y con eso podré pasar las mates, pensé.

Ahí estaba, puntualita a las 6 para la cita con mi expectativa la cual era aprobar la asignatura a cambio de trabajos de investigación. En cuanto me vio me dijo que nos fuéramos de ahí porque ya había terminado su día laboral y me pidió le llevara a su casa porque no traía auto.  A mí no me pareció nada fuera de lugar porque ya antes le había llevado, además de que varias asesorías yo las había recibido tanto en su casa como en su oficina.

Yo vivía en la ciudad y la universidad se encontraba fuera de ella y dentro de un pueblo pequeño, muy colonial, lleno de iglesias, donde los residentes en su mayoría son profesores y estudiantes universitarios. Él vivía en ese pueblito. Íbamos rumbo a su casa, camino que yo conocía, pero no tan bien cuando me señala que me vaya por otra vía porque la avenida que nos llevaba directo estaba cerrada. Le hice caso. Seguía al volante mientras le daba las gracias por haber accedido a ayudarme. Todavía le dije que sabía que eso le provocaría hacer un trabajo extra, todo por mí, que le estaría eternamente agradecida y nunca olvidaría su favor. Mis ansias de saber que trabajo me pediría no cesaban. Continuamente se lo preguntaba y él solo me respondía: “Paciencia. Ahora lo sabrás”. Yo sentía la emoción de un niño chiquito al que le espera una gran sorpresa.

Manejaba, manejaba y manejaba por caminos nuevos para mí. Ya comenzaba a oscurecer. Seguro no pasó tanto tiempo, pero a mí se me hizo eterno. Yo solo confiaba en que el profe conocía por donde andábamos y cuál era la otra ruta hacia su casa. No tenía porqué desconfiar de él.

De repente me dice: “Estaciona el auto aquí porque ya te voy a decir qué es lo que te voy a pedir”. Era un lugar sin luz, en medio de la carretera donde no pasaba ni un alma. Tonta e ingenua de mí. Lo que en ese momento creí es que como no estaba permitido eso de dejar proyectos finales para balancear las calificaciones, él no quería que nadie le viera y por eso me pedía estacionarme en ese camino tan solitario. Pero como era yo -y sigo siendo- de imprudente y espontánea, le dije: “¿Neta profe? Nel, aquí no me paro porque no se ve que pase nadie y corremos el riesgo de que nos asalten y si lo hacen a usted lo verán tan frágil que capaz que la que lo tiene que defender soy yo. Mejor vámonos a un lugar con luz y donde pasen más autos”. Y así lo hice. Manejé hasta encontrar un lugar donde se viera más vida.

Me estacioné. No podía esperar más a que el profe me mostrara la lista de trabajos y proyectos escolares que tenía que presentarle en menos de 15 días, porque él tenía ese plazo para presentar calificaciones finales. Por fin comenzó a hablar: “Quiero que sepas que he meditado seriamente en lo que te voy a pedir a cambio de que pases mi materia. Desde el primer día que entraste a mi clase, desde que te conocí me enamoré de ti y no ha pasado un segundo que no piense en ti como mujer. Quiero pedirte que pases un momento de intimidad conmigo…”

En cuanto escuché sus primeras frases el mundo se me vino encima. No podía dar crédito a lo que escuchaba. Paré en seco su nefasta propuesta. Tomé aire y me encomendé a Dios. Le dije que le pedía perdón si es que yo, por mi necesidad de tener buenas calificaciones en mi carrera y de pasar esa materia, le había mandado un mensaje equivocado, pero que mi dignidad no tenía precio, que no estaba dispuesta a aceptar sus proposiciones asquerosas y prefería reprobar. Todavía el tarado me pregunta: “¿Pues qué pensabas que te iba a pedir a cambio?” “¡Trabajos, investigaciones, tareas, muchas tareas!-  le respondí- ¡Pero jamás esto que me está pidiendo!”.

Ahí, en medio de la nada le pedí que se bajara de mi auto. En ese momento quiso arreglar lo que había hecho y me insistía que me amaba bien, que quería tener una relación sería conmigo, que le diera una oportunidad de demostrarme su amor, de conquistarme para que yo me diera cuenta de lo que era capaz de hacer por mí.

Le contesté que conmigo se había equivocado y que si de verdad deseaba tener una relación seria con cualquier otra mujer, estaba eligiendo el camino incorrecto.

“¡O se baja o le bajo!”, le repetí. “¡Fuera de mi auto! ¡Me da asco y jamás en mi vida quiero volver a saber de un ser tan asqueroso como usted! ¡Grave error cometió conmigo! ¡Lástima que quizá si ha habido estudiantes que hayan caído a sus proposiciones por no perder una beca u otra necesidad! Yo también estoy necesitada, pero mi persona no está a la venta!”

El camino de regreso a mi casa era largo. Tuve tiempo para llorar, enojarme y reflexionar sobre ese momento de pesadilla que acababa de vivir.

Primero me sentí sucia, culpable y responsable de haber sido yo quien había provocado de esa manera a ese señor. Y es que claro, cumplía con todas las características, los atributos para que a una mujer se le tachara de “ofrecida y facilita”. Era guapa, delgada, inteligente -menos para las matemáticas-, abierta, segura, bromista, muy amiguera, súper cariñosa y servicial. Me vestía y me arreglaba muy “cool”, pero jamás vulgar ni provocativa. Al contrario, moderna, pero elegante. Digamos que una personalidad como la que se tiene a esa edad, encantadora, que llamaba mucho la atención y despertaba la envidia de otras mujercitas quizá no tan seguras.

También me sentí profundamente “estúpida” porque eso que me había sucedido no rayaba en la inocencia, sino en la estupidez. Las señales estaban ahí, claras y yo no las vi ni olfateé nada de maldad.

Tardé días en digerirlo hasta que me animé a hablar del tema, pero solo con mi familia. Nunca tuve el valor de denunciarlo a la universidad. La culpa y el miedo me detuvieron a hacerlo… Después de todo, era su palabra contra la mía.

Además, como se habían presentado las circunstancias y cómo se había desarrollado la historia solo una tonta e ingenua no se hubiera dado de las intenciones de ese patán. Pues esa fui yo…

Decidí callar porque sabía que la universidad no me hubiera ni creído ni apoyado porque estaría en juego la reputación del plantel. Después supe de varias estudiantes a las que les había pasado lo mismo, varias de las cuales sí accedieron a sus deseos, pero no podían denunciarlo por miedo a perder sus becas.

El acoso sexual sucede en todos los medios sociales y laborales y no solo les pasa a las mujeres, también a los caballeros quienes por paradigmas sociales difícilmente hablarán del tema.

El no acceder o no aceptar ese tipo de insinuaciones o indirectas, aunque muchas veces ese tipo de sugerencias son más que directas y al grano, el no tolerar este tipo de abusos hacia nuestra persona y que eso no avance dependerá de muchos factores o circunstancias. Por ejemplo, de la fortaleza de la persona que las recibe, de cómo ande su autoestima y esté su estado emocional, de cuánto se ame, de verdaderamente reconocer su valor y dignidad como ser humano y del respeto que se tenga a sì misma.

Nuestra persona no puede ni debe ser usada como cosa ni tratada como mercancía. Tampoco tiene precio, sino un infinito valor.

¡Ah, por cierto! ¡Pasé matemáticas con 75!

La experiencia de María Vallejo-Nágera en Harvard

«Necesitaba poner a prueba mis bases católicas»

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María Vallejo Nágera, en una de las clases del Máster / Bryan Panzano- Harvard

Jesús García / ReL  5 septiembre 2017

Maria Vallejo-Nagera (Madrid, España, 1964), entra en la biblioteca de Harvard con paso seguro. Es una mujer alta (¡yo diría que muy alta para ser española!), y viste una de las sudaderas de la Universidad. Pero no lo hace porque desee promocionar tal centro de estudios o porque esté de paso. Lo hace porque a sus 53 años, es una estudiante más en esta Universidad.

– María, eres una escritora de España, que lleva ya 12 libros publicados a sus espaldas, 9 de ellos best-sellers… ¿Entonces, qué haces estudiando en Harvard? ¡A estas alturas y con todo lo que debes tener que hacer en Madrid! ¿Acaso tenías tiempo como para venirte un año entero a estudiar otra vez?
– ¡Jajaja! ¡Pero si no tengo tiempo para nada!, (contesta esbozando una amplia sonrisa). Me ha costado un lío tremendo organizarme, dejar en mi casa de España todo planeado, a mi familia, mi todo… Pero no podía dejar pasar esta oportunidad. Como todo lo hermoso que sucede en mi vida, esta ha sido una oportunidad más brindada por Dios en un momento clave de mi vida. Es un regalo tan grande… Estoy muy conmovida porque cuando mandé mi aplicación para entrar, pensé que era solo un sueño más que quizá no se cumpliría. ¡Pero no ha sido así! Tuve la fortuna de ser aceptada por Harvard y bueno… ¡Pues aquí estoy!

– ¿Qué estás estudiando aquí y por qué viniste?
 (María sonríe irrandiando esa luz que sólo emana de alguien que está pasando por un momento muy bonito en su vida). Mi marido y yo nos enteramos a través de un amigo de un Master muy bonito, muy profundo y también interesantísimo que  Harvard ha puesto en marcha hace 9 años para personas de nuestra edad. Se llama “Advanced Leadership Initiative”, (https://youtube.be/UlzmGOdc_7Q), y está dirigido por una de las más prestigiosas profesoras de Harvard Bussines School. Su nombre es Rosabeth Moss Kanter, y ella diseñó este programa de estudios para que personas de 50 años en adelante, pudieran volver a ser estudiantes aquí en Harvard. Su intención era preparar aún más, a profesionales que ya tuvieran una carrera larga laboral a sus espaldas, prepararles en el otoño de la vida para ayudarles a elaborar un proyecto que mejorara el mundo de alguna forma. Ella lo llama “programa de Harvard para hacer de este mundo un mundo mejor”.

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María Vallejo Nágera, en Harvard, institución en la que está estudiando un Máster en estos momentos

-¿Y lo está consiguiendo contigo?
– (Risas) ¡Eso espero! El proyecto que yo he diseñado gracias a este programa se  llamará “Barrotes de luz”. Lo estoy elaborando para llevarlo a cabo en las cárceles de España. Por ahora sólo me lo ha aceptado la cárcel de Alcalá -Meco, y tengo una ilusión inmensa de comenzar. Se tratará de cómo enseñar a los presos a escribir sus propias novelas, sus propios Mensajero en la noche, para que puedan algún día publicar sus historias de arrepentimiento, sus propias novelas. En cárcel hay mucho arrepentimiento y el preso no sabe cómo enfocarlo, cómo pedir perdón. Mi deseo es encauzar ese arrepentimiento en el mundo de las letras, de la escritura… Es lo que conozco, lo que sé hacer. También me estoy preparando a fondo para poder dar clases de Cristianismo primitivo a los presos que deseen conocer un poco a Jesús, el Dios de los Cristianos.

– Sí, ya me había dicho un pajarito que, aparte del Máster, has tomado clases de Teología… ¡Y que encima has sacado notazas!
– (María vuelve a sonreír con una sonrisa que sólo puede venir de alguien plenamente feliz y agradecida). Bueno… Digamos que me defiendo como gato panza arriba.

– No, no, no… Tu eres una empollona, que me lo han dicho.
– ¡Jajajaja! Si, bueno… Un poco… Estoy estudiando unos cursos simplemente maravillosos de Nuevo Testamento, Antiguo Testamento y Cristianismo de los siglos II-XII.

– ¿Pero cómo te da tiempo a todo?
– ¡Pero si no me da tiempo a nada!

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“Cielo e infierno: Verdades de Dios”, libro que puede adquirir pinchando AQUÍ, es uno de los best-sellers de María Vallejo-Nágera

– Ya. Pero ese “pajarito” me ha contado que sí que te ha dado tiempo y que hasta ahora has sacado notazas…
– Me parece a mí que tu “pajarito” tiene la boca muy grande… ¡Jajaja! ¡También mi marido me dice que soy una empollona tremenda!

– ¿Tu marido? ¿Pero está aquí contigo?
– Sí, estamos haciendo el Máster juntos, ya que a él también le admitieron. Tal como te decía, esta entrada en Harvard ha sido un verdadero regalo de Dios. Pero él, en sus optativas, ha escogido clases de Ingeniería (es ingeniero industrial), y algunas clases en el MIT de Boston.

– María, ¿y ese empeño tuyo en estudiar ahora tanta Teología? ¿Acaso no te ha bastado investigar sobre Catolicismo durante estos últimos 17 años por tu cuenta?
– (María me clava una mirada penetrante y echa un suspiro al aire pensativa antes de contestar). Bueno… Llevaba años, verdaderamente largos años deseando profundizar en mi fe católica, pero ya no desde mis posibilidades como investigadora. Había llegado el momento de salir de “la pecera católica”. Necesitaba y deseaba hablar, discutir, con profesores muy preparados de otras denominaciones cristianas, ortodoxas o protestantes; gentes extraordinariamente preparadas en Cristianismo, pero que tuvieran otros puntos de mira, diferentes a los Católicos. Había llegado el momento de escucharles, de saber qué piensa un profesor protestante y por qué lo es… Quería aprender de ellos, preguntarles mis dudas… España es aún, aunque no guste que se afirme, un país en su mayoría, católico. Necesitaba poner a prueba mis bases católicas, y Harvard me pareció la Universidad más apropiada para ello. Harvard no es una Univesidad Católica. Aquí están los mejores profesores del mundo, pero no están “en mi pecera”.

– ¿En qué pecera están?
– En la del saber. Harvard estudia; Harvard investiga, Harvard responde… Y acepta todo aquello demostrable. La fe no se puede demostrar, pero sí el estudio profundo de la fe basada, por ejemplo, en los últimos descubrimientos arqueológicos. Harvard sabe todo sobre eso. Yo me moría por venir… Sabía que mi catolicismo chocaría con algunos descubrimientos que aquí se han investigado mucho, como los papiros descubiertos en 1945 de Nag Hammadi. Mi profesor de Nuevo Testamento es un experto en este tipo de cosas. Yo he aprendido todo lo que he podido sobre estos descubrimientos con ojos absolutamente asombrados…

– Mmmm… Qué desafío para ti, ¿no?
– Sí, tremendo. Ha sido duro defender mis ideas católicas en clase, pero estoy muy satisfecha con todo lo aprendido, con todo lo discutido, con todo lo hablado en las clases. Verás: aquí los alumnos son brillantísimos, los profesores fantásticos… Es bueno escuchar de sus bocas sus enseñanzas, a veces contrarias al Catolicismo, y también defender las mías, de raíz profundamente católica. No ha sido nada fácil estudiar estos cursos de Teología en Harvard, pero sinceramente me ha abierto a un espectro de espiritualidad inmensa; me ha hecho replantearme muchísimas cosas de mi religión y mis creencias.

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La escritora está estudiando distintas asignaturas de Teología durante su estancia en Estados Unidos. Foto- Bryan Panzano / Harvard

– No me irás a decir que, a raíz de lo aprendido en Harvard, ahora has perdido la fe…
– (María enarca las cejas sorprendida, como si hubiera tocado un hilo fino e incómodo del interior de su alma). ¡No! De ninguna manera… Ha sido, como te digo, duro. Aquí en Harvard se estudian mucho los manuscritos del Mar Muerto, los manuscritos de Nag Hammadi, los Evangelios Apócrifos de María Magdalena, Santo Tomás, etc… Para mí ha sido un reto abismal, ya que nunca había sabido de su existencia, ni los había estudiado. Digamos que me ha venido muy, muy bien aprender tantas cosas que ignoraba. Pero no me ha hecho flaquear en mi fe, sino todo lo contrario. Todo ello no ha hecho más que reforzar mi fe, amar más a mi Iglesia Católica, amar más a Jesús. Es bueno estudiar religión con personas que quizá la han perdido. Ellos son racionalistas, son sabios. Yo soy todo pasión, soy una apasionada enamorada de Jesús... La combinación ha sido perfecta. Uno de mis profesores me decía: “tu aprendizaje ha sido explosivo: has mezclado el saber con la fe, y eso es muy difícil.”

– ¿Quieres decir que a veces, de tanto aprender Teología, el hombre estudioso puede llegar a perder la fe?
– Si, así es. Si se razona demasiado, si se intenta buscar respuesta a todas las cosas sobre Dios, el hombre puede darse de bruces contra una pared. No se puede romper la unión de fe y razón. Sin fe, no se entiende a Dios. No es bueno SOLO estudiar a Dios. A Dios se le estudia, pero sobre todo, se le ama. Si quitamos amar a Dios de la ecuación, estudiar Teología no sirve de nada.

– Toma ya. Ahí queda eso.

María sonríe. Me dice que tiene clase y que ya no puede dedicarme más tiempo para la entrevista. Qué pena. Me hubiera quedado horas preguntándole cosas… Y se va; se pierde, despacito y con elegancia, entre las altas hileras de libros que componen la preciosa y antigua Biblioteca de Harvard Divinity School, en donde sé que pasa largas horas. La deseo suerte; la deseo mucho éxito y se despide con un gesto de la mano.

Pero no me entristezco: algo me dice que nos volveremos a ver.

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