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Subir la escalera de Jacob desde las barras verticales de una celda

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Las enseñanzas de un preso que también es un oblato benedictino sobre cómo conseguirlo, aprendidas directamente de la Regla de san Benito.

Últimamente ha habido mucha discusión sobre la “opción benedictina”, pero bastante menos atención al aspecto fundamental de esa opción: La Regla de san BenitoLa Regla, establecida por san Benito en el siglo VI como cimiento de la vida monástica, ha de ser aprendida y respetada por los monjes y monjas benedictinos y por también por los oblatos benedictinos (laicos benedictinos). Es una guía diaria para vivir.

Yo soy un oblato benedictino y, como tal, he sido mentor de novicios que deseaban hacerse oblatos, incluyendo dos que ahora son presos. Me carteo con los reclusos, revisando los capítulos de La Regla, respondiendo y planteando preguntas. Uno de estos presos ha invertido los papeles y se ha convertido para mí en todo un ejemplo de cómo vivir una vida en la Reglaindependientemente de las circunstancias.

La humildad es la virtud esencial para seguir la Regla, una virtud que concede la fuerza de escalar de peldaño en peldaño por la Escalera de Jacob. Así que, ¿cómo practica esta virtud mi discípulo —llamémosle John— y cómo está representada esa virtud en La Regla de san Benito? Responderé primero a la segunda pregunta.

Pero antes, aviso de renuncia de responsabilidad: existen muchos debates excelentes sobre la humildad y la Regla, en libros y en Internet (ver las Referencias abajo); no intentaré resumirlos, sino ofrecer mi propia síntesis. No listaré los 12 grados de humildad que san Benito usó para los peldaños de su escala, sino que me centraré en los que practicaba John y que yo mismo intento incorporar en mi propia vida diaria.

De modo que, en la base está el mandato de Jesús: “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mat 23,12; El libro del pueblo de Dios).

Este es el reconocimiento de que somos creación de Dios y que, como Adán, fuimos creados a partir de la tierra. Así que, sean cuales sean los talentos y dones que hayamos recibido de Dios, no son por nuestro mérito. Este reconocimiento es el “temor del Señor” que está en el primer peldaño: no tener miedo de Dios, sino maravillarse por su poder creativo.

Otra forma de parafrasear el “temor del Señor” es “sobrecogimiento”. Para traer esa conciencia del sobrecogimiento a nuestras vidas, hay que hacer varias cosas:

  • Practicar sumisión a la autoridad
  • Ser pacientes en situaciones difíciles
  • Llevar un inventario de nuestros propios errores y virtudes
  • Contentarnos con nuestra suerte, aunque no sea la que deseáramos

En otras palabras, debemos abandonar la voluntad y la gratificación propias; el desafío de toda una vida.

Valorarás mejor cómo John sube la Escalera de Jacob  —esta Escalera de Humildad— si sabes un poco más sobre él. Imagina a alguien del medio rural sureño de Estados Unidos, de entre 35 y 50 años. No sé cuánto tiempo lleva en prisión, pero es mucho más de tres o cuatro años; está previsto que salga en libertad condicional el año que viene.

Su familia es importante para él: padres, abuela anciana, sobrinos, primos. Se convirtió al catolicismo hace unos tres años y se hizo formalmente oblato benedictino en noviembre del pasado año. Sus compañeros de prisión le respetan y le reconocen como un líder. Es un escritor notable, con algunas asperezas que limar y con un dominio de la Escritura impresionante, casi de autoridad.

En sus cartas, John no se ha quejado de su suerte en prisión. No me cuenta que aumenta su humildad; es lo que yo infiero de sus comentarios sobre cómo aplica la Regla a su rutina diaria y por sus citas de la Escritura.

Queda claro por sus cartas que la institución estatal en la que es prisionero no es un establecimiento cómodo como otras instalaciones federales de seguridad mínima que he visitado como Ministro Extraordinario de la Sagrada Comunión y catequista: no hay gimnasios ni ordenadores ni televisiones personales y solamente un mínimo material de lectura.

Si es obligado a mudarse debido a las condiciones climatológicas y dejar atrás sus cosas, no hay queja. Si un guardia le arenga, lo recibe como un correctivo merecido. Si no consigue un trabajo haciendo cinturones sino que, en cambio, trabaja en la lavandería, todo es para bien. Su preocupación es enseñar con el ejemplo a los otros reclusos que Cristo es su amigo y también será el suyo, dondequiera que estén.

Cuando leo las cartas de John, mi memoria me lleva a 12 años atrás cuando yo mismo era un oblato benedictino novicio que estudiaba el capítulo 7 de  La Regla La humildad— en reuniones del decanato local. A medida que progresaba, reflexionaba sobre mi pasado y sobre cuán mejor habría sido mi vida si hubiera sabido de la espiritualidad benedictina y seguido los preceptos de Benito 10 ó 20 años antes.

Incluso ahora me doy cuenta de que me quedo corto: me sorprendo a mí mismo insatisfecho con mi trabajo y mi efectividad o estoy impaciente e inconforme con mi suerte, preocupado  por el estado del país y del mundo. Y eso que no estoy prisionero tras unas barras verticales; para mí los escalones de la escalera son horizontales y privados.

Así que, vuelvo a leer la última carta de John y luego el capítulo 7 de La Regla y concluyo: hoy un peldaño abajo, pero mañana dos arriba. Descendemos y ascendemos.

“Indudablemente, a nuestro entender, no significa otra cosa ese bajar y subir sino que por la altivez se baja y por la humildad se sube. La escala erigida representa nuestra vida en este mundo. Pues, cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo. Los dos largueros de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, en los cuales la vocación divina ha hecho encajar los diversos peldaños de la humildad y de la observancia para subir por ellos”. ─ Capítulo 7, La Regla de san Benito.

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#MeToo Cuando pasé por un episodio de acoso sexual

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El acoso sexual sucede en todos los medios sociales y laborales y no solo les pasa a las mujeres, también a los caballeros quienes por paradigmas sociales difícilmente hablarán del tema.

Se ha desatado un gran escándalo en las esferas más altas del cine. Harvey Weinstein es un magnate y productor de Hollywood acusado de acoso y abuso sexual. A raíz de que este alboroto, miles de mujeres, de distintas nacionalidades, razas, creencias y entornos sociales, laborales y económicos, se han empoderado para compartir sus testimonios de acoso y abuso sexual. Testimonios que durante muchos años callaron por vergüenza, por estigmas sociales y por miedo a ser juzgadas. Para ellos emplearon las redes sociales y el hashtag #MeToo o #YoTambien.

Y es que este tipo de aberraciones y maltratos, de comportamientos amorales y animales no solo suceden en ambientes de aquel calibre social o económico. Desafortunadamente, en muchos lugares es el pan nuestro de cada día y es una práctica a la que de manera contundente y valiente debemos poner fin.

Este es un punto delicado que abordo con el mayor respeto posible. Aún hoy el sexo femenino cargamos con ese estigma de que si un hombre se nos insinúa morbosamente es porque de alguna manera nosotros le provocamos o le invitamos a que se comporte de esa forma con nosotras. ¿Perdón? ¡Vaya excusa!

Lo que sí es importante que las mujeres entendamos es que la naturaleza de los hombres es la de ser “mirones”. Es decir, ellos son visuales. Ven una imagen y si no están educados a controlar su voluntad ni su imaginación, a dominar sus instintos y pasiones se prenderán de inmediato. O quizá si lo están, pero en ese momento en que la tentación se les presenta pasan por un momento de debilidad y caen.

Aclaro, esto no para justificarles, sino para que las damitas sabiendo esto seamos prudentes y sepamos poner límites sanos. Y, sobre todo, para que eduquemos a nuestras hijas a vivir, a vestir, a comportarse de una manera elegante y de acuerdo con su dignidad de mujer.

Es decir, tanto hombres como mujeres hay que vestirnos y comportarnos de la misma forma en que esperamos ser tratados, con dignidad y respeto.

Esto no quiere decir que, si una mujer se viste o actúa de una manera que pueda ser malinterpretada por un hombre, éste tenga el derecho de faltarle al respeto, ni con miradas sucias, ni con palabras e insinuaciones denigrantes. En ninguna circunstancia este tipo de “porquerías” pueden ser toleradas.

Todos tenemos ese noble deseo de aspirar a más, de encontrar salidas cuando la vida nos cierra caminos, pero nada justifica el denigrarnos para lograr nuestros fines, por muy nobles y buenos que estos sean, ni de aceptar propuestas “cochinas” -sucias- con tal de que alguien más nos ayude a lógralos.

Hay muchas personas que pasan por verdaderas necesidades y si a eso le aunamos una crisis personal donde la baja autoestima y el ego lastimado está haciendo de las suyas, donde el miedo es más fuerte que la esperanza y el amor propio, ya sabremos el resultado final. El único “ganador” será el buitre acosador si logra salirse con la suya.

Hace años a mí me sucedió algo parecido. Quizá eran otros tiempos y nunca había estado expuesta a peligros como el acoso sexual ni a insinuaciones maliciosas. Tenía 20 años y estudiaba en la universidad. Las matemáticas nunca fueron mi fuerte y era la única asignatura en la que obtenía un promedio muy bajo. Estudiaba y hacia tareas en grupo, tomaba clases particulares con el profesor que me daba la materia -tanto en su casa como en su oficina- para poder pasar la materia, aunque fuera con el mínimo requerido, pero nada más llegaba la hora del examen y tronaba. Horas y horas de estudio, esfuerzo y trabajo no se veían reflejados. Estaba desesperada. No podía terminar el semestre con una materia reprobada. En mi casa me matarían, de burra y fracasada no me bajarían. Y no se diga lo carísima que salía la colegiatura. Era hija de familia y universitaria donde mi única obligación era estudiar y no estaba cumpliendo con las expectativas que tenían de mí.

Hasta hoy soy muy penosa para pedir favores. Lo hago, pero me cuesta muchísimo trabajo. Pero un día me armé de valor, dejé mi pena a un lado y fui a hablar con el profe. Le expuse mi situación. Él se daba cuenta del esfuerzo que yo había hecho durante el semestre y le pedí que tomara en cuenta todo ese afán que había visto y que me dejara hacer trabajos extras para poder nivelar mis calificaciones, tantos como él quisiera. Que me pidiera hacer cualquier cosa, pero que me echara la mano para no reprobar la materia porque en mi casa me matarían con regaños.  Él me escuchaba detenidamente, me observaba y luego me preguntó: “¿Te puedo pedir cualquier cosa?” Y yo, inocente de cualquier mala intención y feliz de que quizá hubiera una oportunidad de que me apoyara, le contesté que sí, que me permitiera hacer todos los trabajos que él viera convenientes, que me dejara hacer la investigación más difícil, las tareas que él me pidiera yo se los presentará de una manera muy profesional con tal de que todo me lo acreditara y no reprobar la espantosa materia de matemáticas.

Su respuesta fue un tajante y doloroso no. Me dijo que definitivamente no me podía ayudar y que nos veíamos en el examen final. Ni hablar… Le di las gracias y me salí de su oficina toda triste y asustada pensando en la decepción que se llevarían en mi casa por no pasar mate.

Me presenté el día del examen sabiendo que no lo pasaría, pero era preferible estar ahí y sacar una baja calificación que no estar y sacar un rotundo cero por no presentarlo. Obviamente, cuando me pusieron el papel en el escritorio y vi todas aquellas ecuaciones integrales, derivadas, factoriales, etc. me solté llorando de la frustración. Me sentía como un niño de pecho quien berrea de hambre y le dan de comer carne, impotente y sin salida. Hacía mi mejor esfuerzo por contestar, aunque fueran tarugadas con tal de no entregar las hojas en blanco. En eso, se me acerca el profe y me escribe una nota en mi examen: “Hoy a las 6”, a la vez que me susurró al oído que me hiciera tonta y siguiera contestando. En ese momento sentí que el cielo de la esperanza se me habría. El profe me pedirá hacer trabajos extras y con eso podré pasar las mates, pensé.

Ahí estaba, puntualita a las 6 para la cita con mi expectativa la cual era aprobar la asignatura a cambio de trabajos de investigación. En cuanto me vio me dijo que nos fuéramos de ahí porque ya había terminado su día laboral y me pidió le llevara a su casa porque no traía auto.  A mí no me pareció nada fuera de lugar porque ya antes le había llevado, además de que varias asesorías yo las había recibido tanto en su casa como en su oficina.

Yo vivía en la ciudad y la universidad se encontraba fuera de ella y dentro de un pueblo pequeño, muy colonial, lleno de iglesias, donde los residentes en su mayoría son profesores y estudiantes universitarios. Él vivía en ese pueblito. Íbamos rumbo a su casa, camino que yo conocía, pero no tan bien cuando me señala que me vaya por otra vía porque la avenida que nos llevaba directo estaba cerrada. Le hice caso. Seguía al volante mientras le daba las gracias por haber accedido a ayudarme. Todavía le dije que sabía que eso le provocaría hacer un trabajo extra, todo por mí, que le estaría eternamente agradecida y nunca olvidaría su favor. Mis ansias de saber que trabajo me pediría no cesaban. Continuamente se lo preguntaba y él solo me respondía: “Paciencia. Ahora lo sabrás”. Yo sentía la emoción de un niño chiquito al que le espera una gran sorpresa.

Manejaba, manejaba y manejaba por caminos nuevos para mí. Ya comenzaba a oscurecer. Seguro no pasó tanto tiempo, pero a mí se me hizo eterno. Yo solo confiaba en que el profe conocía por donde andábamos y cuál era la otra ruta hacia su casa. No tenía porqué desconfiar de él.

De repente me dice: “Estaciona el auto aquí porque ya te voy a decir qué es lo que te voy a pedir”. Era un lugar sin luz, en medio de la carretera donde no pasaba ni un alma. Tonta e ingenua de mí. Lo que en ese momento creí es que como no estaba permitido eso de dejar proyectos finales para balancear las calificaciones, él no quería que nadie le viera y por eso me pedía estacionarme en ese camino tan solitario. Pero como era yo -y sigo siendo- de imprudente y espontánea, le dije: “¿Neta profe? Nel, aquí no me paro porque no se ve que pase nadie y corremos el riesgo de que nos asalten y si lo hacen a usted lo verán tan frágil que capaz que la que lo tiene que defender soy yo. Mejor vámonos a un lugar con luz y donde pasen más autos”. Y así lo hice. Manejé hasta encontrar un lugar donde se viera más vida.

Me estacioné. No podía esperar más a que el profe me mostrara la lista de trabajos y proyectos escolares que tenía que presentarle en menos de 15 días, porque él tenía ese plazo para presentar calificaciones finales. Por fin comenzó a hablar: “Quiero que sepas que he meditado seriamente en lo que te voy a pedir a cambio de que pases mi materia. Desde el primer día que entraste a mi clase, desde que te conocí me enamoré de ti y no ha pasado un segundo que no piense en ti como mujer. Quiero pedirte que pases un momento de intimidad conmigo…”

En cuanto escuché sus primeras frases el mundo se me vino encima. No podía dar crédito a lo que escuchaba. Paré en seco su nefasta propuesta. Tomé aire y me encomendé a Dios. Le dije que le pedía perdón si es que yo, por mi necesidad de tener buenas calificaciones en mi carrera y de pasar esa materia, le había mandado un mensaje equivocado, pero que mi dignidad no tenía precio, que no estaba dispuesta a aceptar sus proposiciones asquerosas y prefería reprobar. Todavía el tarado me pregunta: “¿Pues qué pensabas que te iba a pedir a cambio?” “¡Trabajos, investigaciones, tareas, muchas tareas!-  le respondí- ¡Pero jamás esto que me está pidiendo!”.

Ahí, en medio de la nada le pedí que se bajara de mi auto. En ese momento quiso arreglar lo que había hecho y me insistía que me amaba bien, que quería tener una relación sería conmigo, que le diera una oportunidad de demostrarme su amor, de conquistarme para que yo me diera cuenta de lo que era capaz de hacer por mí.

Le contesté que conmigo se había equivocado y que si de verdad deseaba tener una relación seria con cualquier otra mujer, estaba eligiendo el camino incorrecto.

“¡O se baja o le bajo!”, le repetí. “¡Fuera de mi auto! ¡Me da asco y jamás en mi vida quiero volver a saber de un ser tan asqueroso como usted! ¡Grave error cometió conmigo! ¡Lástima que quizá si ha habido estudiantes que hayan caído a sus proposiciones por no perder una beca u otra necesidad! Yo también estoy necesitada, pero mi persona no está a la venta!”

El camino de regreso a mi casa era largo. Tuve tiempo para llorar, enojarme y reflexionar sobre ese momento de pesadilla que acababa de vivir.

Primero me sentí sucia, culpable y responsable de haber sido yo quien había provocado de esa manera a ese señor. Y es que claro, cumplía con todas las características, los atributos para que a una mujer se le tachara de “ofrecida y facilita”. Era guapa, delgada, inteligente -menos para las matemáticas-, abierta, segura, bromista, muy amiguera, súper cariñosa y servicial. Me vestía y me arreglaba muy “cool”, pero jamás vulgar ni provocativa. Al contrario, moderna, pero elegante. Digamos que una personalidad como la que se tiene a esa edad, encantadora, que llamaba mucho la atención y despertaba la envidia de otras mujercitas quizá no tan seguras.

También me sentí profundamente “estúpida” porque eso que me había sucedido no rayaba en la inocencia, sino en la estupidez. Las señales estaban ahí, claras y yo no las vi ni olfateé nada de maldad.

Tardé días en digerirlo hasta que me animé a hablar del tema, pero solo con mi familia. Nunca tuve el valor de denunciarlo a la universidad. La culpa y el miedo me detuvieron a hacerlo… Después de todo, era su palabra contra la mía.

Además, como se habían presentado las circunstancias y cómo se había desarrollado la historia solo una tonta e ingenua no se hubiera dado de las intenciones de ese patán. Pues esa fui yo…

Decidí callar porque sabía que la universidad no me hubiera ni creído ni apoyado porque estaría en juego la reputación del plantel. Después supe de varias estudiantes a las que les había pasado lo mismo, varias de las cuales sí accedieron a sus deseos, pero no podían denunciarlo por miedo a perder sus becas.

El acoso sexual sucede en todos los medios sociales y laborales y no solo les pasa a las mujeres, también a los caballeros quienes por paradigmas sociales difícilmente hablarán del tema.

El no acceder o no aceptar ese tipo de insinuaciones o indirectas, aunque muchas veces ese tipo de sugerencias son más que directas y al grano, el no tolerar este tipo de abusos hacia nuestra persona y que eso no avance dependerá de muchos factores o circunstancias. Por ejemplo, de la fortaleza de la persona que las recibe, de cómo ande su autoestima y esté su estado emocional, de cuánto se ame, de verdaderamente reconocer su valor y dignidad como ser humano y del respeto que se tenga a sì misma.

Nuestra persona no puede ni debe ser usada como cosa ni tratada como mercancía. Tampoco tiene precio, sino un infinito valor.

¡Ah, por cierto! ¡Pasé matemáticas con 75!

La experiencia de María Vallejo-Nágera en Harvard

«Necesitaba poner a prueba mis bases católicas»

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María Vallejo Nágera, en una de las clases del Máster / Bryan Panzano- Harvard

Jesús García / ReL  5 septiembre 2017

Maria Vallejo-Nagera (Madrid, España, 1964), entra en la biblioteca de Harvard con paso seguro. Es una mujer alta (¡yo diría que muy alta para ser española!), y viste una de las sudaderas de la Universidad. Pero no lo hace porque desee promocionar tal centro de estudios o porque esté de paso. Lo hace porque a sus 53 años, es una estudiante más en esta Universidad.

– María, eres una escritora de España, que lleva ya 12 libros publicados a sus espaldas, 9 de ellos best-sellers… ¿Entonces, qué haces estudiando en Harvard? ¡A estas alturas y con todo lo que debes tener que hacer en Madrid! ¿Acaso tenías tiempo como para venirte un año entero a estudiar otra vez?
– ¡Jajaja! ¡Pero si no tengo tiempo para nada!, (contesta esbozando una amplia sonrisa). Me ha costado un lío tremendo organizarme, dejar en mi casa de España todo planeado, a mi familia, mi todo… Pero no podía dejar pasar esta oportunidad. Como todo lo hermoso que sucede en mi vida, esta ha sido una oportunidad más brindada por Dios en un momento clave de mi vida. Es un regalo tan grande… Estoy muy conmovida porque cuando mandé mi aplicación para entrar, pensé que era solo un sueño más que quizá no se cumpliría. ¡Pero no ha sido así! Tuve la fortuna de ser aceptada por Harvard y bueno… ¡Pues aquí estoy!

– ¿Qué estás estudiando aquí y por qué viniste?
 (María sonríe irrandiando esa luz que sólo emana de alguien que está pasando por un momento muy bonito en su vida). Mi marido y yo nos enteramos a través de un amigo de un Master muy bonito, muy profundo y también interesantísimo que  Harvard ha puesto en marcha hace 9 años para personas de nuestra edad. Se llama “Advanced Leadership Initiative”, (https://youtube.be/UlzmGOdc_7Q), y está dirigido por una de las más prestigiosas profesoras de Harvard Bussines School. Su nombre es Rosabeth Moss Kanter, y ella diseñó este programa de estudios para que personas de 50 años en adelante, pudieran volver a ser estudiantes aquí en Harvard. Su intención era preparar aún más, a profesionales que ya tuvieran una carrera larga laboral a sus espaldas, prepararles en el otoño de la vida para ayudarles a elaborar un proyecto que mejorara el mundo de alguna forma. Ella lo llama “programa de Harvard para hacer de este mundo un mundo mejor”.

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María Vallejo Nágera, en Harvard, institución en la que está estudiando un Máster en estos momentos

-¿Y lo está consiguiendo contigo?
– (Risas) ¡Eso espero! El proyecto que yo he diseñado gracias a este programa se  llamará “Barrotes de luz”. Lo estoy elaborando para llevarlo a cabo en las cárceles de España. Por ahora sólo me lo ha aceptado la cárcel de Alcalá -Meco, y tengo una ilusión inmensa de comenzar. Se tratará de cómo enseñar a los presos a escribir sus propias novelas, sus propios Mensajero en la noche, para que puedan algún día publicar sus historias de arrepentimiento, sus propias novelas. En cárcel hay mucho arrepentimiento y el preso no sabe cómo enfocarlo, cómo pedir perdón. Mi deseo es encauzar ese arrepentimiento en el mundo de las letras, de la escritura… Es lo que conozco, lo que sé hacer. También me estoy preparando a fondo para poder dar clases de Cristianismo primitivo a los presos que deseen conocer un poco a Jesús, el Dios de los Cristianos.

– Sí, ya me había dicho un pajarito que, aparte del Máster, has tomado clases de Teología… ¡Y que encima has sacado notazas!
– (María vuelve a sonreír con una sonrisa que sólo puede venir de alguien plenamente feliz y agradecida). Bueno… Digamos que me defiendo como gato panza arriba.

– No, no, no… Tu eres una empollona, que me lo han dicho.
– ¡Jajajaja! Si, bueno… Un poco… Estoy estudiando unos cursos simplemente maravillosos de Nuevo Testamento, Antiguo Testamento y Cristianismo de los siglos II-XII.

– ¿Pero cómo te da tiempo a todo?
– ¡Pero si no me da tiempo a nada!

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“Cielo e infierno: Verdades de Dios”, libro que puede adquirir pinchando AQUÍ, es uno de los best-sellers de María Vallejo-Nágera

– Ya. Pero ese “pajarito” me ha contado que sí que te ha dado tiempo y que hasta ahora has sacado notazas…
– Me parece a mí que tu “pajarito” tiene la boca muy grande… ¡Jajaja! ¡También mi marido me dice que soy una empollona tremenda!

– ¿Tu marido? ¿Pero está aquí contigo?
– Sí, estamos haciendo el Máster juntos, ya que a él también le admitieron. Tal como te decía, esta entrada en Harvard ha sido un verdadero regalo de Dios. Pero él, en sus optativas, ha escogido clases de Ingeniería (es ingeniero industrial), y algunas clases en el MIT de Boston.

– María, ¿y ese empeño tuyo en estudiar ahora tanta Teología? ¿Acaso no te ha bastado investigar sobre Catolicismo durante estos últimos 17 años por tu cuenta?
– (María me clava una mirada penetrante y echa un suspiro al aire pensativa antes de contestar). Bueno… Llevaba años, verdaderamente largos años deseando profundizar en mi fe católica, pero ya no desde mis posibilidades como investigadora. Había llegado el momento de salir de “la pecera católica”. Necesitaba y deseaba hablar, discutir, con profesores muy preparados de otras denominaciones cristianas, ortodoxas o protestantes; gentes extraordinariamente preparadas en Cristianismo, pero que tuvieran otros puntos de mira, diferentes a los Católicos. Había llegado el momento de escucharles, de saber qué piensa un profesor protestante y por qué lo es… Quería aprender de ellos, preguntarles mis dudas… España es aún, aunque no guste que se afirme, un país en su mayoría, católico. Necesitaba poner a prueba mis bases católicas, y Harvard me pareció la Universidad más apropiada para ello. Harvard no es una Univesidad Católica. Aquí están los mejores profesores del mundo, pero no están “en mi pecera”.

– ¿En qué pecera están?
– En la del saber. Harvard estudia; Harvard investiga, Harvard responde… Y acepta todo aquello demostrable. La fe no se puede demostrar, pero sí el estudio profundo de la fe basada, por ejemplo, en los últimos descubrimientos arqueológicos. Harvard sabe todo sobre eso. Yo me moría por venir… Sabía que mi catolicismo chocaría con algunos descubrimientos que aquí se han investigado mucho, como los papiros descubiertos en 1945 de Nag Hammadi. Mi profesor de Nuevo Testamento es un experto en este tipo de cosas. Yo he aprendido todo lo que he podido sobre estos descubrimientos con ojos absolutamente asombrados…

– Mmmm… Qué desafío para ti, ¿no?
– Sí, tremendo. Ha sido duro defender mis ideas católicas en clase, pero estoy muy satisfecha con todo lo aprendido, con todo lo discutido, con todo lo hablado en las clases. Verás: aquí los alumnos son brillantísimos, los profesores fantásticos… Es bueno escuchar de sus bocas sus enseñanzas, a veces contrarias al Catolicismo, y también defender las mías, de raíz profundamente católica. No ha sido nada fácil estudiar estos cursos de Teología en Harvard, pero sinceramente me ha abierto a un espectro de espiritualidad inmensa; me ha hecho replantearme muchísimas cosas de mi religión y mis creencias.

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La escritora está estudiando distintas asignaturas de Teología durante su estancia en Estados Unidos. Foto- Bryan Panzano / Harvard

– No me irás a decir que, a raíz de lo aprendido en Harvard, ahora has perdido la fe…
– (María enarca las cejas sorprendida, como si hubiera tocado un hilo fino e incómodo del interior de su alma). ¡No! De ninguna manera… Ha sido, como te digo, duro. Aquí en Harvard se estudian mucho los manuscritos del Mar Muerto, los manuscritos de Nag Hammadi, los Evangelios Apócrifos de María Magdalena, Santo Tomás, etc… Para mí ha sido un reto abismal, ya que nunca había sabido de su existencia, ni los había estudiado. Digamos que me ha venido muy, muy bien aprender tantas cosas que ignoraba. Pero no me ha hecho flaquear en mi fe, sino todo lo contrario. Todo ello no ha hecho más que reforzar mi fe, amar más a mi Iglesia Católica, amar más a Jesús. Es bueno estudiar religión con personas que quizá la han perdido. Ellos son racionalistas, son sabios. Yo soy todo pasión, soy una apasionada enamorada de Jesús... La combinación ha sido perfecta. Uno de mis profesores me decía: “tu aprendizaje ha sido explosivo: has mezclado el saber con la fe, y eso es muy difícil.”

– ¿Quieres decir que a veces, de tanto aprender Teología, el hombre estudioso puede llegar a perder la fe?
– Si, así es. Si se razona demasiado, si se intenta buscar respuesta a todas las cosas sobre Dios, el hombre puede darse de bruces contra una pared. No se puede romper la unión de fe y razón. Sin fe, no se entiende a Dios. No es bueno SOLO estudiar a Dios. A Dios se le estudia, pero sobre todo, se le ama. Si quitamos amar a Dios de la ecuación, estudiar Teología no sirve de nada.

– Toma ya. Ahí queda eso.

María sonríe. Me dice que tiene clase y que ya no puede dedicarme más tiempo para la entrevista. Qué pena. Me hubiera quedado horas preguntándole cosas… Y se va; se pierde, despacito y con elegancia, entre las altas hileras de libros que componen la preciosa y antigua Biblioteca de Harvard Divinity School, en donde sé que pasa largas horas. La deseo suerte; la deseo mucho éxito y se despide con un gesto de la mano.

Pero no me entristezco: algo me dice que nos volveremos a ver.

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Ximena Guadalupe, la niña cuya curación milagrosa permitió la canonización de Joselito

17 septiembre 2017 Deja un comentario

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¿Qué hubiera pasado si su madre hubiera elegido creer más en la ciencia médica que en Dios y hubiera abortado a su bebé?

“Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios.” (Juan. 9, 1-3)

María tuvo que nacer para que las obras de Dios se manifestaran en ella. Así como en Paulina Gálvez -mamá de Ximena Guadalupe-, el milagro de por el cual el niño mártir y cristero mexicano, San José Sánchez del Río, subió a los altares en octubre del 2016 y quien por esas maravillosas “dioicidencias” de la vida también nació el 8 de septiembre, igual que nuestra Santísima Madre.

Esto me ha invitado a reflexionar sobre el valor del Don de la vida, como cada uno de nosotros traemos una misión de santificación desde que Dios nos pensó y sobre cómo los milagros suceden a personas ordinarias y sencillas por el simple hecho de tener Fe, de ser humildes y obedientes a la voluntad de Dios. Él llama, elige a los “pequeños” para hacer obras grandes.

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Paulina esperaba la llegada de su bebé con muchísimo amor e ilusión. Casi desde el comienzo de su embarazo y por cuestiones médicas los doctores le sugirieron que abortara. Sin embargo, ella se aferró a la vida de su hija Ximena. Días después de su nacimiento -el 8 de septiembre del 2008- comenzó su viacrucis el cual terminó en un gran milagro de Dios gracias a su Fe y a que se tomó de la mano de la Virgen María y pidió la intercesión del niño Joselito.

He sido testigo de cómo este inexplicable suceso médico -al que la ciencia y otros tantos no se atreven a llamarle milagro porque no creen en ellos- ha cambiado la vida de muchas personas. Muchos se han vuelto a acercar a Dios, han vuelto a creer gracias a que las obras de Dios se manifestaron en Paulina y Ximena. Cuando las conocen sucede lo que a Santo Tomás: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20, 25).

Los milagros existen y nos pueden suceder a cualquiera, basta con tener fe. En este caso solo se necesitó de la valentía de una mujercita que dijo “NO AL ABORTO” y “SI A LA VIDA” para que estos comenzaran a suceder. Ese sí de Paulina, sin miedo y por amor, bastó para que el tsunami de bendiciones que Dios tenía preparado por medio de ella comenzara a llegar a los corazones necesitados de fe, esperanza y amor.

Es aquí donde me pregunto, ¿qué hubiera pasado si Paulina hubiera elegido creer más en la ciencia médica que en Dios -Médico de médicos- y hubiera abortado a su bebé? ¿Qué hubiera pasado si ella hubiera escuchado a los doctores y no a la voz de su consciencia y corazón, a la de Dios? En la vida y en la muerte Él tiene la última palabra y a veces nos olvidamos de ese pequeño detalle.

Los milagros suceden a diario y -repito- Dios elige para regalárselos a gente ordinaria, normal, sencilla, como tú y como yo. En esto radica lo extraordinario de lo ordinario, que no necesitamos aventarnos de un puente ni pararnos de cabeza 5 horas para llamar su atención y recibirlos, lo único que requerimos es tener un corazón dispuesto para amar, para ser perdonados y perdonar; un corazón profundamente enamorado de Él, ser humildes y sabernos necesitados y, sobre todo, tener el Don de la Fe y creer que los milagros existen y suceden a diario.

¿Qué nos falta -o nos sobra- para volver a creer?

No es un secreto que hoy vivimos una época donde nuestro mundo está desesperanzado, cansado, triste y agobiado por tanta falta de amor y por centrarnos en nosotros mismos. No hay empatía y sí muchas traiciones; juego de egos y poder. Falta la fe y la esperanza en los corazones.

El egoísmo ruge como león hambriento que quiere devorar a nuestras familias. Vivimos en una angustia constante por llenar vacíos sin darnos cuenta de que estos solo los lograremos saciar con la presencia del verdadero Dios. Queremos soluciones rápidas para todo y sustituimos el poder de Dios con prácticas que lo único que hacen es distanciarnos de Él.

Muchos, a pesar de estar necesitados, están como Santo Tomás que hasta que no ven, no palpan de primera mano creen. Como si probaran a Dios… Aún así, obrará milagros en ellos si Él encuentra un poquito de Fe en su corazón, aunque sea del tamaño de una semilla de mostaza.

Estamos viviendo tan de prisa que pocas veces nos detenemos a pensar en todos los pequeños -o grandes- milagros que Dios nos hace a diario, que nos regala con cada nuevo día. ¡El despertar ya es uno!

Les invito a que hagamos un recuento de lo que ha sido nuestra vida y redescubramos todos los milagros que Dios ha hecho en nosotros. Que nuestra vida se convierta en un testimonio de fe y de amor y con ella devolvamos la esperanza a ese que ya no quiere vivir o a ese otro que ya no le encuentra sentido a nada.

Dejemos que Dios haga lo extraordinario en nuestra vida ordinaria y que cada vez seamos más los que creamos en los milagros del amor y podamos gritar con júbilo: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!

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Padre Tom: “Nunca he tenido miedo de morir”

17 septiembre 2017 Deja un comentario

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El Papa Francisco bendice el testimonio de Tom Uzhunnalil, secuestrado durante más de 18 meses en Yemen

El Papa Francisco recibió, en El Vaticano, al misionero salesiano de origen indio Tom Uzhunnalil que fue secuestrado en Yemen durante casi 80 semanas y fue liberado el pasado martes. El breve encuentro sirvió para que el Papa bendijera la entereza y el testimonio de fe que había mantenido durante su cautiverio.

Tom Uzhunnalil llegó a Roma el mismo día que fue liberado procedente de Omán. Alojado en la comunidad salesiana del Vaticano para favorecer su recuperación y preservar su seguridad, una de las primeras cosas que quiso hacer fue rezar en la capilla y celebrar la Santa Misa. Este último deseo, sin embargo, no pudo cumplirse en ese momento por la urgencia de ser sometido a un exhaustivo reconocimiento médico, aunque sí pidió ser confesado.

El padre Tom aseguró que durante todo el periodo de su secuestro continuó celebrando espiritualmente la Santa Misa todos los días, recordando de memoria las plegarias de la Misa y confirmó que cuando los asaltantes lo secuestraron él se encontraba en la capilla de las Misioneras de la Caridad de la comunidad de Adén.

El misionero salesiano agradeció en todo momento a los Salesianos, a Dios, a la Virgen y a todas las personas que habían rezado por su liberación. Entre los salesianos que lo recibieron destacaban el padre Francesco Cereda, Vicario del Rector Mayor, que representa al Superior que se encontraba de Visita de Animación en Malta, algunos hermanos salesianos de la Comunidad del Vaticano, salesianos de la Casa Generalicia y, especialmente, el padre Thomas Anchukandam, exprofesor del padre Tom y quien autorizó su viaje como misionero a Yemen cuando era Inspector de Bangalore.

Después del secuestro asegura que “nunca fui maltratado”, aunque por la situación que vivía, bajó rápidamente de peso y los secuestradores le entregaron los medicamentos para la diabetes. Siempre tuvo la misma ropa y fue trasladado de lugar dos o tres veces, pero siempre con los ojos vendados.

“Nunca he tenido miedo de morir”, destacó el misionero, quien también recordó lo que ocurrió el 3 de marzo de 2016, la noche antes de la matanza: “la superiora de la casa de las Misioneras de la Caridad de Adén, al comentar sobre la difícil situación en la que se encontraban como religiosas en el territorio de guerra, había manifestado que sería bueno ser martirizadas todas juntas por Cristo. Sin embargo, la más joven de las religiosas -que luego sobrevivió al ataque- respondió: “Quiero vivir por Cristo”.

Los salesianos que tuvieron la oportunidad de reunirse con el padre Tom Uzhunnalil reconocieron que habían recibido un testimonio de fe inolvidable.

En la tarde de ayer, a su regreso de la visita a Malta, el Rector Mayor de los Salesianos, don Ángel Fernández Artime publicó un mensaje de alegría por la liberación del padre Tom en el que agradecía la cercanía y oración de todos los ambientes salesianos del mundo para contribuir a su puesta en libertad y en el que confirmaba que nunca se le había pedido un rescate a los Salesianos ni le constaba que se hubiera realizado pago alguno en la operación llevada a cabo por un operador humanitario en coordinación con el Sultanato de Omán.

El X Sucesor de Don Bosco confirmó que el misionero salesiano regresará a la India cuando se recupere.

Lo que aprendí sobre felicidad mientras huía del huracán Irma

17 septiembre 2017 Deja un comentario

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La clave está en permitirse sentir las emociones negativas.

Escribo desde Texas, donde mi familia ha sido evacuada para escapar del huracán Irma. Aunque nuestra pequeña ciudad se llevó la peor parte de la ira de la tormenta y esperamos nerviosos noticias de los daños en nuestro hogar, todos mis amigos han informado de que han salido indemnes de la tormenta. De hecho, hasta ahora nuestro país no ha dado cuenta de pérdidas vitales o de heridos.

Confío en que este balance no varíe mientras mi marido y yo intentamos resolver cuándo serán transitables las carreteras para volver a casa y empezar con la reconstrucción. Vi que nuestra comunidad se mantenía unida de una forma preciosa y estar separados de ellos cuando el ojo de la tormenta cortó la electricidad y la cobertura telefónica fue más angustiante de lo que había previsto. No me di cuenta de lo mucho que amamos nuestra iglesia hasta que la vimos amenazada.

Así que hay una extraña disonancia cognitiva en el aire. Estoy nerviosa por los daños y el coste de las reparaciones, pero también deseosa de volver a casa, a nuestra comunidad, e iniciar el proceso de reconstrucción juntos. Incluso estoy extrañamente contenta, algo que, según varios psicólogos, no es raro en absoluto:

“Reconocer la complejidad de la vida puede ser un camino especialmente fructífero hacia el bienestar psicológico”,afirmaba el psicólogo Jonathan Adler de la Universidad de Ingeniería Franklin W. Olin. Adler considera que la felicidad puede venir de la percepción y la aceptación de un amplio espectro de emociones, tanto buenas como malas.

(…) Por ejemplo, alguien podría decir: “Me siento triste por las recientes pérdidas en mi vida, pero también contento y motivado para trabajar por superarlas y tener un resultado positivo”. Según Adler, “aceptar lo bueno lo malo, juntos, puede neutralizar las malas experiencias y permitirte extraer un significado de ellas de una forma que fomente el bienestar psicológico”.

Adler y su colega Hal Hershfield realizaron un estudio sobre experiencias emocionales contradictorias y descubrieron que sentirse alegre y abatido al mismo tiempo es un estado precursor de una mejora en el bienestar emocional. Hershfield continuó con un estudio mucho más exhaustivo de 10 años que descubrió una correlación directa entre aceptar la contradicción de las emociones propias y la buena salud física.

La cuestión para mí es cómo aceptar las emociones negativas, en especial la acechante ansiedad de volver a afrontar meses de reparaciones costosas en tiempo y en dinero. La alegría de ver reunida a nuestra comunidad y el entusiasmo de juntarnos no siempre es lo bastante fuerte como para ahogar el miedo.

Sin embargo, según parece, ahogar el miedo es precisamente el error que no hay que cometer. La clave no está solo en admitir que sientes emociones negativas y también positivas; la clave está en permitirte sentir las emociones negativas. Un estudio de 2012 descubrió que practicar concienciación personal, sobre todo en lo referente a emociones, puede ayudar a las personas a superar el estrés al fomentar la aceptación de los sentimientos negativos y luego trabajando hacia una mejoría.

Y es bueno saberlo, en especial para mí. Estoy segura de que habrá muchos momentos de emociones negativas en las próximas semanas, pero cuanto antes aprenda a abrazar esos sentimientos en vez de rechazarlos, antes podré soltar lastre y seguir adelante con el duro pero necesario trabajo de reconstruir… y salir de esta experiencia más feliz y más sana.

Consuela a Jesús visitándolo en el sagrario

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Cada vez que visito a Jesús en el sagrario ocurre algo que me sacude el alma. Es como si tuviese la oportunidad de ver las veces que he ofendido a Dios. Eventos de mi vida que he dejado de confesar por haberlos olvidado. Pero allí, ante Él, que es la Verdad todo sale a la luz.

No ha forma que

le diga a Jesús:
“Yo no fui”.

Él sonríe y me responde:

“Vamos Claudio”.

No me queda más que reconocer:

“Es verdad, fui yo. Lo lamento tanto”.

Tan pronto puedo me confieso. Estando en la fila del confesionario me gusta pensar:

“Atento Claudio, Jesús te va a hablar”.

Me sonrío imaginando al buen Jesús diciéndome en broma y muy en serio:

“Vaya que me cuestas Claudio”.

Y yo le imploro:

“Limpia todos los rincones de mi alma buen Jesús”.

Él responde:

“Lo hago, pero encuentro cada cosa. Tu alma es como una casa llena de cuartos. En cada uno encuentro basura escondida bajo la alfombra, en el armario, o debajo de la escalera.  Paso barriendo, limpiando. Y nunca termino. Pero lo hago por ti Claudio”.

Al salir suelo ir al sagrario a verlo. Me encanta visitarlo con el alma limpia. Pedirle que habite en mí. Que me haga un sagrario vivo para Él.

Visitar a Jesús recién confesado es una maravilla. Sabes que tienes el alma limpia por tanto de alguna manera tu relación con Jesús es diferente. Transparente. Pura.

Una vez me preguntaron por qué escribía tanto sobre el sagrario.

Te explicó. Tengo la certeza absoluta que allí está Jesús, “MI MEJOR AMIGO” y me encanta visitarlo, saber que con algo tan sencillo podemos consolarlo.   

He conocido cientos de personas que se me acercan con aflicciones, rencores y sufrimientos terribles. Por algún motivo que no comprendo me compartieron sus vidas. Los envié ante Aquél que tiene el PODER de cambiarlo todo.  

Les aseguro:

Una hora diaria visitando a Jesús en el Sagrario “cambiará tu vida”.

He visto sorprendido cómo Él los ha transformado y renovado sus vidas de formas impresionantes.

Soy un simple escritor que busca a Dios. Escribo mis vivencias. Y no tengo mejores formas de explicarlo. Por eso siempre los invito a ustedes que vayan y visiten a Jesús.

Tengan la experiencia.

Una de esta maravillosas vivencias es visitar a Jesús recién confesado,con el alma limpia, sabiendo que no lo estoy ofendiendo con mis pecados, sino que, por el contrario,  estoy “consolando” su Sacratísimo Corazón.

Esos son los momentos inolvidables en que le digo, una mil veces:

“Te quiero Jesús”.

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