Canonizaciones

La canonización es un proceso por el cual la Iglesia declara que una persona es santa.

Juan Pablo II ha elevado a la gloria de los altares a más de la mitad de los beatos y santos proclamados en toda la historia de la Iglesia. Beatificó a 1314 personas, en comparación con los 1201 durante todos los papados anteriores. Y canonizó a 269 personas.

Lo que movió al Papa Juan Pablo II a canonizar santos es el deseo de proponer a los cristianos de estos tiempos muchos y muy variados modelos de santidad. A una sociedad que prescinde de Dios en la práctica, le quiere mostrar que, a pesar de esa falta de correspondencia, Dios no deja de actuar en el mundo en beneficio de los hombres (cfr. Editorial, revista Romana julio-diciembre 2001 136).

El acto de canonización de un fiel cristiano tiene una importancia significativa para toda la Iglesia. El Santo Padre, en el ejercicio de su ministerio universal y de su magisterio infalible, prescrita la vida de un cristiano como fiel discípulo de Jesucristo, ejemplo valioso de santidad cristiana, digno de imitación y capaz de interceder por nosotros desde el Cielo.

Estos hombres y mujeres son propuestos para ser imitados, venerados e invocados. Todos ellos llevan a la perfección la vida cristiana, perfección a la cual todos estamos llamados (Mt 5, 48).

Originalmente eran aclamados a Vox populi (aclamación popular). Para evitar abusos, los obispos tomaron responsabilidad por la declaración de los santos en su diócesis.

En suma, los santos son maestros e intercesores. Nos ayudan a descubrir de forma renovada los tesoros que hay en el Evangelio, ya que hay muchos modos de encarnarlo.

La Iglesia tiene conciencia de estar en comunión con las generaciones que nos han precedido. Todos somos protagonistas de la historia. El destino de cada persona no termina con la muerte, sino que se prolonga en el más allá. La muerte interrumpe un modo de existir, pero seguimos existiendo después de ella. Quienes mueren continúan interesados en nuestra historia y vinculados a ella.

El profesor italiano, Carlo Cafarra, dijo en una conferencia en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz: La pobreza estaba muy clara en el Evangelio, pero tuvo que venir San Francisco de Asís a enseñarla para que la entendiéramos; la santidad en medio del mundo estaba muy clara en el Evangelio, pero estaba olvidada. Tuvo que venir Monseñor Josemaría Escrivá a enseñarla y predicarla para que se entendiera (1988).

Para comprender lo que el Señor dice a la Iglesia a través de los santos es preciso tener clara una premisa: la santidad es plenitud de la caridad; todos los santos, cada uno a su modo, han alcanzado las cimas del amor.

Aborto y sentido común

Una mamá le dijo a su hija quinceañera:

-“¿Estás embarazada?, ¿por qué no abortas? … No te dañes la vida”.

Le contestó la quinceañera:

-“¿Usted se dañó la vida al tenerme? Si dice eso, no me ama”.

¿El aborto termina con el problema? Al contrario, es cuando empieza un problema mayor porque perjudica a la mujer: a) en el aspecto psicológico, ya que sufren de remordimientos y de culpa, sufren cambios repentinos del humor, depresión, llanto sin razón, estados de miedo y pesadillas. Al 52% de las mujeres encuestadas les molesta ver mujeres embarazadas. En el 70% surge con frecuencia la idea de imaginarse con su hijo si éste viviera. El 45% daría marcha atrás si pudiera. En el 51% de los casos la relación de pareja termina; b) daños físicos: probable esterilidad, alteraciones en el ritmo cardiaco y en la presión arterial, migraña, trastornos en el aparato digestivo, hemorragia, calambres en el vientre y posteriormente, probables abortos espontáneos.

El derecho al aborto implicaría que se da pena de muerte sin juicio a un ser indefenso. Los médicos saben el embrión es el paciente más pequeño del mundo.

A Teresa de Calcuta le preguntó un enfermo de sida:

─“Madre ¿por qué Dios no manda a quienes nos puedan curar”.

Ella contestó:

─“Dios ya los mandó pero no los dejaron nacer”.

Algunas personas dicen: “Corresponde a la mujer decidir si va a ser madre”, y parece justo; pero una vez concebido el hijo, la mujer ya no es libre de ser o no ser madre. De hecho es ya una madre. El feto está en la madre pero no es la madre. El vientre de la madre debe ser el hogar del bebé. Si la madre no quiere a su bebé tiene una alternativa honrosa: darlo en adopción. Hay muchos matrimonios que desean un hijo y le van a tratar bien y con amor.

“En el más remoto confín de la China vive un Mandarín inmensamente rico, al que nunca hemos visto y del cual ni siquiera hemos oído hablar. Si pudiéramos heredar su fortuna, y para hacerle morir bastara con apretar un botón sin que nadie lo supiese… ¿Quién de nosotros no apretaría ese botón?”  J. J. Rousseau

Provocar un aborto es matar apretando un botón, a ciegas; ejecutar a un intruso con una firma. Las víctimas son niños virtuales exterminados sin saña, igual que se elimina un archivo de la computadora. Los niños invisibles, en realidad, no existen. Son seres sin rostro, sin gestos, sin parecido con nadie. Los niños invisibles, algunas veces tienen los ojos negros como el azabache, azules como el mar, o verdes como la esperanza. Pero hay que evitar que lo sepan sus madres. ¡Ah, si lo supieran!: aún sería posible la salvación. Sólo Dios los mira. Cuando los niños invisibles abren los ojos ven los ojos de Dios empañados de lágrimas.

Con frecuencia, el aborto no es solicitado por personas libres, sino por personas en crisis, emocionalmente trastornadas. Lo que necesitan es apoyo, comprensión y ayuda para pensar las cosas con serenidad. Si estas mujeres realizan el aborto, empeoran, pues el síndrome postaborto las pone en una situación deplorable.

Las mujeres que están a favor del aborto no están a favor de la mujer. En un estudio reciente financiado por el gobierno de Finlandia, confirmó que las mujeres que se someten a un aborto, corren cuatro veces más riesgo de morir que las que continúan su embarazo y dan a luz. La mujer que se siente amada no aborta.

El aborto y la eutanasia no son derechos humanos sino salirse por la puerta falsa, es buscar una solución “fácil” a un problema complejo humano, que daña a la mujer.

Cuando el gobierno se convierte en “dios” se echa a perder todo. Los políticos dicen estupideces porque no estudian. Un político ignorante es peor que un criminal porque aprueban leyes que permiten el crimen. La familia es la causa del bienestar social. En ella se nace, se vive y se muere como persona. La familia es el lugar privilegiado donde se da la persona humana; es esencia de la propia existencia.

Al despedirse de México, Juan Pablo II dijo con gran fuerza: “¡Que ningún mexicano se atreva a vulnerar el don precioso y sagrado de la vida humana en el vientre materno (…). Dios te bendiga, México, por los ejemplos de humanidad y de fe de tu gente, por los esfuerzos en defender a la familia y a la vida”.

¿Y si me embarazo?

Matriz caída o ya transparente, mujer de 39 años, esposo sin trabajo, dos cesáreas, tres hijos, estrés, depresión, irregularidad en los ciclos menstruales, deudas con el banco que ya no esperará y amenaza con quitarles la casa… y un largo etc. Estas sí son tragedias y no las de las telenovelas.

Estamos metidos, sin duda alguna, en uno de los temas más álgidos y de mayor interés en la vida de millones de personas, quienes, vinculadas por medio del matrimonio, se cuestionan sobre el uso de los medios de control natal artificiales cuando, por otra parte se oye decir que la Iglesia no los admite como recursos lícitos desde el punto de vista moral.

Pablo VI, calificando de intrínsecamente ilícito el acto contraceptivo, ha enseñado que esa norma no admite excepciones: ninguna circunstancia personal o social ha podido, puede o podrá hacer que tal acto sea bueno en sí mismo, porque el fin no justifica los medios. Pero tal postura no significa un abandono de la Iglesia a los esposos que enfrentan tan grave dilema, pues en otro momento de la encíclica deja bien claro: “La Iglesia, al mismo tiempo que enseña las exigencias imprescindibles de la ley divina, anuncia la salvación, y abre con los sacramentos, los caminos de la gracia, la cual hace del hombre una nueva criatura capaz de corresponder en el amor y en la verdadera libertad al designio de su Creador y Salvador”. Puesto que Dios no pide imposibles.

Convendrá pensar en este tema que, si Dios no existe, el hombre es dueño de su naturaleza, pero si sí…  entonces no. Es por esto que la Iglesia no tiene el poder de cambiar las normas morales, de igual forma que ninguna autoridad civil puede cambiar el curso del sol, ni hacer que las raíces crezcan hacia arriba y el tronco, las ramas, y las flores hacia abajo.

Juan Pablo II, confirmando las enseñanzas de la encíclica sobre el control natal, decía: “Por otra parte, los esposos pueden verse seriamente obstaculizados en su empeño por vivir correctamente el amor conyugal a causa de la mentalidad hedonista ambiental, de los “mass media”, de las ideologías y praxis contrarias al Evangelio. Y esto puede suceder también, con consecuencias graves y disgregadoras, cuando la doctrina enseña en la encíclica “Humanae vitae”  se pone en discusión -como a veces ha sucedido- por parte de algunos teólogos y pastores de almas. Efectivamente, esta actitud puede suscitar dudas sobre una enseñanza que para la Iglesia es cierta, oscureciendo, de este modo, la percepción de una verdad que no puede ser discutida. Tal actitud no es signo de “comprensión pastoral”, sino de incomprensión del verdadero bien de las personas. La verdad no puede tener como medida la opinión de la mayoría”.

Si leemos los cuatro Evangelios con sentido analítico, descubriremos que en la doctrina enseñada por Jesús no aparecen promesas de una vida fácil, cómoda, sino todo lo contrario; pues se caracteriza, de principio a fin, por sus fuertes exigencias, y por el enfrentamiento a los criterios mundanos que buscan la felicidad absoluta  al precio más bajo.

En otro punto, Pablo VI insiste: “afronten, pues, los esposos, los necesarios esfuerzos apoyados por la fe y la esperanza (…) invoquen con oración perseverante la ayuda divina… y si aun así, el pecado los sorprendiese, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios que se concede en el sacramento de la confesión”.

Alejandro Cortés González-Báez

Aborto y sentido común

Una mamá le dijo a su hija quinceañera:

-“¿Estás embarazada?, ¿por qué no abortas? … No te dañes la vida”.

Le contestó la quinceañera:

-“¿Usted se dañó la vida al tenerme? Si dice eso, no me ama”.

¿El aborto termina con el problema? Al contrario, es cuando empieza un problema mayor porque perjudica a la mujer: a) en el aspecto psicológico, ya que sufren de remordimientos y de culpa, sufren cambios repentinos del humor, depresión, llanto sin razón, estados de miedo y pesadillas. Al 52% de las mujeres encuestadas les molesta ver mujeres embarazadas. En el 70% surge con frecuencia la idea de imaginarse con su hijo si éste viviera. El 45% daría marcha atrás si pudiera. En el 51% de los casos la relación de pareja termina; b) daños físicos: probable esterilidad, alteraciones en el ritmo cardiaco y en la presión arterial, migraña, trastornos en el aparato digestivo, hemorragia, calambres en el vientre y posteriormente, probables abortos espontáneos.

El derecho al aborto implicaría que se da pena de muerte sin juicio a un ser indefenso. Los médicos saben el embrión es el paciente más pequeño del mundo.

A Teresa de Calcuta le preguntó un enfermo de sida:

─“Madre ¿por qué Dios no manda a quienes nos puedan curar”.

Ella contestó:

─“Dios ya los mandó pero no los dejaron nacer”.

Algunas personas dicen: “Corresponde a la mujer decidir si va a ser madre”, y parece justo; pero una vez concebido el hijo, la mujer ya no es libre de ser o no ser madre. De hecho es ya una madre. El feto está en la madre pero no es la madre. El vientre de la madre debe ser el hogar del bebé. Si la madre no quiere a su bebé tiene una alternativa honrosa: darlo en adopción. Hay muchos matrimonios que desean un hijo y le van a tratar bien y con amor.

“En el más remoto confín de la China vive un Mandarín inmensamente rico, al que nunca hemos visto y del cual ni siquiera hemos oído hablar. Si pudiéramos heredar su fortuna, y para hacerle morir bastara con apretar un botón sin que nadie lo supiese… ¿quién de nosotros no apretaría ese botón?”  J. J. Rousseau

Provocar un aborto es matar apretando un botón, a ciegas; ejecutar a un intruso con una firma. Las víctimas son niños virtuales exterminados sin saña, igual que se elimina un archivo de la computadora. Los niños invisibles, en realidad, no existen. Son seres sin rostro, sin gestos, sin parecido con nadie. Los niños invisibles, algunas veces tienen los ojos negros como el azabache, azules como el mar, o verdes como la esperanza. Pero hay que evitar que lo sepan sus madres. ¡Ah, si lo supieran!: aún sería posible la salvación. Sólo Dios los mira. Cuando los niños invisibles abren los ojos ven los ojos de Dios empañados de lágrimas.

Con frecuencia, el aborto no es solicitado por personas libres, sino por personas en crisis, emocionalmente trastornadas. Lo que necesitan es apoyo, comprensión y ayuda para pensar las cosas con serenidad. Si estas mujeres realizan el aborto, empeoran, pues el síndrome postaborto las pone en una situación deplorable.

Las mujeres que están a favor del aborto no están a favor de la mujer. En un estudio reciente financiado por el gobierno de Finlandia, confirmó que las mujeres que se someten a un aborto, corren cuatro veces más riesgo de morir que las que continúan su embarazo y dan a luz. La mujer que se siente amada no aborta.

El aborto y la eutanasia no son derechos humanos sino salirse por la puerta falsa, es buscar una solución “fácil” a un problema complejo humano, que daña a la mujer.

Cuando el gobierno se convierte en “dios” se echa a perder todo. Los políticos dicen estupideces porque no estudian. Un político ignorante es peor que un criminal porque aprueban leyes que permiten el crimen. La familia es la causa del bienestar social. En ella se nace, se vive y se muere como persona. La familia es el lugar privilegiado donde se da la persona humana; es esencia de la propia existencia.

Al despedirse de México, Juan Pablo II dijo con gran fuerza: “¡Que ningún mexicano se atreva a vulnerar el don precioso y sagrado de la vida humana en el vientre materno (…). Dios te bendiga, México, por los ejemplos de humanidad y de fe de tu gente, por los esfuerzos en defender a la familia y a la vida”.

La Teología del Cuerpo selló su conversión y le llevó a descubrir

su vocación… ¡al sacerdocio!

Dean Spiller es un joven seminarista sudafricano de 32 años que estudia en Roma, concretamente en el Colegio Eclesiástico Sedes Sapientiae y en la Universidad de la Santa Cruz, gracias a una beca de CARF (Centro Académico Romano Fundación). 

Antes de sentir esta llamada a la vida religiosa, estudió Informática y Psicología. Y fue precisamente a través de la Teología del Cuerpo de San Juan Pablo II donde experimentó una segunda conversión que le acabaría mostrando curiosamente el camino no hacía formar una familia sino a vivir una vida célibe como sacerdote. Este es su testimonio contado en primera persona:

Una conversión a través de la Teología del Cuerpo

«He tenido la experiencia de seguir muchos caminos diferentes en varias etapas de mi vida. Algunos eran mis propias decisiones pero otras veces, me dejaba llevar por las propuestas que otros me ofrecían. Si bien algunas de estas formas me brindaron felicidad momentánea, siempre me preguntaba: ¿Es este mi camino?, ¿es esto realmente lo más importante en la vida? Después de un tiempo de búsqueda, finalmente me di cuenta de que los caminos que me habían llevado a un cierto compromiso verdadero y duradero siempre habían resultado ser aquellos en los que Nuestro Señor me guio.

Una vez que me di cuenta de que realmente no podría lograr la verdadera felicidad sin Jesús, comencé a encomendar mis decisiones en la oración para que el guiará mis caminos. Al principio no fue fácil, arrastraba malos hábitos en mi vida. Poco a poco, con la ayuda de su gracia, algunos buenos amigos, dirección espiritual y los sacramentos, me volví más abierto al Señor.

Una familia católica

Mi hermana menor, Shannon, y yo fuimos educados en la fe católica. Nuestra posición económica era buena gracias al trabajo arduo de mis padres para brindarnos lo que necesitábamos. Su amor, compromiso y sacrificio además de mostrar interés sobre nuestras vidas, fueron características de mis padres que influyeron en mi historia vocacional.

La familia de mi padre (John) siempre ha sido católica, mientras que mi madre (Sharon), no lo era. Finalmente, mi madre se convirtió al catolicismo hace unos ocho años, para alegría y entusiasmo de todos nosotros. Mi madre, católica o no, siempre ha sido la persona más desinteresada que he conocido. Siempre hemos sido una familia muy unida.

Estilo de vida en mi juventud

Cuando era adolescente, frecuenté una escuela secundaria secular. Durante ese tiempo mi hermana y yo asistimos a clases de catecismo y nos confirmaron. Para ser honesto en esta etapa, mi nivel de interés en las clases normalmente se basaba en si la chica de nuestra clase que me gustaba estaría allí esa semana o no.

Asistí al grupo de jóvenes en nuestra parroquia en ocasiones, pero fue más un evento social para mí. Creo que en mi confirmación tuve un sincero deseo de seguir a Nuestro Señor, pero mi estilo de vida y amigos no facilitaban un ambiente para vivir una vida verdaderamente cristiana, por lo que durante muchos años tuve dos vidas: una de lunes a sábado y la otra el domingo.

Después de la secundaria estudié y completé una licenciatura en Informática y (curiosamente) psicología. Al finalizar la universidad, pasé dos años trabajando como consultor para una empresa asociada con Microsoft, una época en la que aprendí mucho sobre mí mismo y crecí mucho como persona en mis interacciones con los clientes, así como en la amistad con mis compañeros, que no siempre compartieron mis creencias.

También me di cuenta de que cuando a las personas les preocupa que sus computadoras no funcionen (o cualquier cosa que no entiendan), generalmente no son fáciles de manejar. Eso me enseñó mucho sobre paciencia y comprensión.

La Teología del Cuerpo de Juan Pablo II

Durante este tiempo, me había estado involucrando con un grupo en una parroquia cercana que estaba explorando y enseñando los escritos del Papa San Juan Pablo II sobre la persona humana, el amor y la sexualidad (a menudo denominada «Teología del Cuerpo»).

Nos reunimos todas las semanas durante casi 5 años, y pronto comenzamos a ejecutar programas para parroquias, grupos juveniles y escuelas secundarias (en lugar de programas de educación sexual que eran de tipo secular).

Después de haber encontrado un lugar donde podría ser yo mismo y compartir mis anhelos con otros jóvenes católicos, experimenté un profundo viaje de conversión a través de esta enseñanza y a través de la increíble comunidad recién formada.

No fue solo un momento espiritual como los que había experimentado antes en los retiros a los que había asistido (después de los cuales a menudo volvía rápidamente a mi antiguo estilo de vida). Con el compañerismo, el apoyo continuo y la gracia que recibí en los sacramentos, pude corregir muchos de los comportamientos que dañaban mis relaciones y, en última instancia, me impidieron tener una fe más profunda.

En esta etapa, me ofrecieron un trabajo en la escuela secundaria como administrador web, diseñador gráfico, maestro de religión, maestro de retiros y músico. El trabajo para mí parecía un paso hacia lo que era más capaz de hacer y acepté después de un corto tiempo de discernimiento. También seguí tocando música en mi parroquia en la Santa Misa todos los domingos.

Programas en parroquias y escuelas

Después de dos años, «The Foundation for the Person and the family» me ofreció un trabajo, una organización que nuestro grupo de Teología del Cuerpo había establecido para poner a disposición recursos a precios más asequibles en nuestro país. El trabajo con las escuelas y las parroquias había crecido hasta tal punto que se decidió que se necesitaba un empleado a tiempo completo para llevar la base adelante y después de considerarlo por un tiempo, acepté el trabajo.

Durante esos dos años logramos hacer muchas cosas: presentamos programas y charlas a miles de sudafricanos en escuelas, parroquias y retiros sobre los temas de Dios, el amor, la vida, el sexo y la sexualidad.

También organizamos una gira de conferencias de Christopher West (un experto en Teología del Cuerpo de los Estados Unidos) a nuestro país; instituyó y dirigió el primer retiro de curación para el aborto de Rachel’s Vineyard en el país y reunió a los católicos a través de nuestras muchas actividades de recaudación de fondos para la construcción de la comunidad y eventos sociales.

Este trabajo para mí fue realmente gratificante, así como increíblemente revelador para el entorno y las luchas que enfrentan los jóvenes de hoy. También pude experimentar de primera mano la gran sabiduría y el poder liberador de las enseñanzas de la Iglesia, especialmente cuando se trata de nuestros cuerpos y relaciones con los demás.

Mi vocación

Durante este tiempo, mi director espiritual sugirió que debería comenzar a orar sobre mi vocación. Este fue un momento difícil para mí. Me di cuenta de que durante muchos años había tenido tanto miedo de tener una vocación al sacerdocio o la vida religiosa que nunca me permití explorar esto.

Ahora, sin embargo, había llegado a un punto en el que podía ver el increíble poder y el valor del sacerdocio. Al vivir la castidad en la vida de soltero llegué a estar abierto a la idea de que podría ser un «bien» para mí, no solo para otras personas.

Mirando hacia atrás, ahora puedo ver que, sin saberlo, había creído en una de las mentiras que el mundo me había estado diciendo. Se dice que en muchas de las mentiras del demonio, a menudo se esconden medias verdades, y que así es como él nos hace estar de acuerdo con él o ceder a las tentaciones.

Es cierto que toda persona necesita intimidad. No podemos vivir sin intimidad; la persona humana es creada para el amor. La mentira que creí durante muchos años es que la intimidad solo se podía encontrar en las relaciones románticas (en la intimidad física y, en última instancia, en el sexo).

Pensé que para realmente cumplir esta exigencia, debía de tener una novia y casarme algún día. Sin embargo, mi vida como soltero me condujo a ver que, con la gracia de Dios, las verdaderas amistades pueden ser tan satisfactorias como cualquier otra relación, y sobre todo vivir la verdadera amistad con Jesús, la intimidad con él.

Una monja a la que escuché dar una charla dijo que la intimidad significa algo que suena como: «dentro de mí, ver», o sea ser conocida y amada en nuestros niveles más profundos, y conocer y amar profundamente a los demás. Podemos vivir sin sexo, pero no podemos vivir sin intimidad.

Quizás esto sea algo bastante obvio para mucha gente, pero para mí fue un punto de inflexión. Esta realización cambió mi vida. Comencé a ver la historia de mi viaje espiritual bajo una luz diferente. Todas las cosas que había intentado y fracasado, todas las noches que había pasado organizando reuniones juveniles o practicando música, todo tenía sentido para mí a la luz de este llamado y forma de vida.

«Arriesgar a Dios»

Después de un tiempo de oración y discernimiento y muchas conversaciones con algunos buenos sacerdotes, decidí aprovechar la oportunidad, para «arriesgar a Dios» como dicen, y hablar con mi obispo acerca de ser aceptado en la Arquidiócesis como seminarista.

Aunque fue una realidad difícil de aceptar para mis padres, me dieron su bendición. Si bien sabía que sería difícil para ellos, nunca dudé de que me apoyarían, tal es su amor y desinterés. Nuestro Obispo es un hombre bueno y orante, y el hecho de que me haya enviado a Roma para estudiar fue un momento increíble para mí, así como otra confirmación de que estaba haciendo esto con la bendición de Dios.

Antes de que me viniera a Roma, celebramos el nacimiento de la primera hija de mi hermana. Bromeamos diciendo que Nuestro Señor incluso envió a mi familia un reemplazo mientras estoy fuera (pero aún así me dio tiempo para conocerla y convertirme en su padrino).

Guardar la vista es guardar el corazón

Una mujer decía: Quiero ser siempre leal a mi marido y que él también lo sea conmigo. Y recordó un viejo consejo: Quien guarda la vista, guarda el corazón. Efectivamente, por los ojos entran las cosas deseables, sean convenientes o inconvenientes. Educar la mirada es una lucha importante, que influye en la calidad de nuestro mundo interior.

No podemos ver todo, mirar todo, no podemos oír todo. Lo que miramos influye en nuestro mundo interior. Aprender a mirar es también aprender a no mirar. Todo lo que penetra a nuestros sentidos, penetra en nuestra conciencia. La mirada limpia es importante porque, si no hay castidad y pureza no se da el amor.

La mirada no es solamente un acto físico; es una acción humana, que expresa las disposiciones del corazón. Hay miradas de amor y de indiferencia: miradas que muestran apertura y disponibilidad para comprender, y miradas cegadas por el egoísmo.

En los siglos III, IV y V de nuestra era tenía un gran prestigio ser Padre del desierto. Una sentencia de los Padres del desierto era: «La guarda del corazón, el examen de sí mismo y el discernimiento, son las tres virtudes que guían al alma».

El corazón se guarda para el novio o la novia y para el futuro cónyuge, o bien para Dios. Guardar el corazón es, sobre todo, cultivar un amor tierno a Jesucristo.

La lucha tiene un frente dentro de nosotros mismos, el frente de las pasiones. Se trata de guardar el corazón de lo malo, pero no se trata de guardarlo por guardarlo. Podemos experimentar la rebelión del cuerpo, pero para eso están la inteligencia y la voluntad. Al tratar a Dios no prescindimos de los afectos del corazón; más aún, procuramos centrarlos en Él. Hay que procurar una oración cálida, huir de la frialdad de corazón y del sentimentalismo.

Salvador Canals dice: Guardar el corazón quiere decir conservarlo para Dios, vivir de modo que nuestro corazón sea su reino… Guardar el corazón quiere decir también amar con pureza y con pasión a quienes debamos amar, y excluir al mismo tiempo los celos, las envidias y las inquietudes, que son causas ciertas de desorden en el amar. Si imaginamos al corazón como un campo de batalla, podemos decir que esa ciencia enseña a vivir continuamente como los centinelas en las avanzadas.

Verdad es que el camino no es fácil, pero cuando el corazón ha alcanzado la purificación completa, Dios nuestro Señor, con su presencia y con su amor, ocupa el alma y todas sus potencias: memoria, inteligencia, voluntad. Y de este modo la pureza del corazón conduce al hombre a la unión con Dios.

En la escuela del corazón podemos aprender, en un instante, más cosas de cuantas nos puedan enseñar en un siglo los maestros de la tierra. Sin la guarda del corazón, por más que queramos empeñarnos, no llegaremos nunca a la santidad (Salvador Canals, Ascética meditada, Ediciones Rialp, 1962).

La gente suele decir que el amor es ciego. El ciego no es el amor sino el odio, que muchas veces no permite ver las grandes virtudes de los demás.

¿De qué les hablaría San Juan Pablo II a los franceses? Ellos presumen de ser fuertes en el amor. Pues de eso les habló en su viaje a Francia: Toda la historia de la humanidad es la historia de la necesidad de amar y de ser amados… El corazón es la apertura de todo el ser a la existencia de los demás, la capacidad de adivinarlos, de comprenderlos. Una sensibilidad así, auténtica y profunda, hace vulnerable. Por eso, algunos se sienten tentados a deshacerse de ella, encerrándose en sí mismos… Jóvenes de Francia: ¡Alzad más frecuentemente los ojos hacia Jesucristo! El es el Hombre que más ha amado, del modo más consciente, más voluntario, más gratuito… ¡Contemplad al Hombre-Dios, al hombre del corazón traspasado! ¡No tengáis miedo! “Jesús no vino a condenar el amor, sino a liberar el amor de sus equívocos y de sus falsificaciones. Fue él quien transformó el corazón de Zaqueo, de la Samaritana y quien realiza, hoy todavía, por todo el mundo, parecidas conversiones. Me imagino que esta noche, Cristo murmura a cada uno y a cada una de entre vosotros: “¡Dame, hijo mío, tu corazón!”. Yo lo purificaré, yo lo fortaleceré, yo lo orientaré hacia cuantos lo necesitan: tu propia familia, tu comunidad, tu ambiente social… El amor exige ser compartido”. Sin Dios el hombre pierde la clave de sí mismo, pierde la clave de su historia. Porque, desde la creación, lleva en sí la semejanza de Dios” (nn. 5 y 6).

Proyecto amor conyugal: un itinerario espiritual para matrimonios católicos

La Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II puesta al alcance de la vida diaria de los matrimonios

En tan solo tres años, los retiros de Proyecto Amor Conyugal se han extendido desde Málaga –donde viven sus creadores José Luis Gadea y Magüi Gálvez– a más de diez ciudades de España. Su demanda es tal, que cuando se abre la inscripción online a un nuevo retiro, las plazas se llenan en menos de dos minutos.

Por Isabel Molina Estrada

José Luis y Magüi son los creadores del Proyecto Amor Conyugal, un itinerario para matrimonios que comenzó gracias a una fuerte experiencia de encuentro con la Virgen que vivieron en Fátima. Allí habían acudido en una peregrinación de su parroquia, en una etapa de crisis matrimonial.  Y entonces comenzaron una andadura que los llevó a descubrir la teología del cuerpo de san Juan Pablo ii, recogida en 129 catequesis que el Papa polaco pronunció semanalmente durante cinco años: entre 1979 y 1984.
Sofía Juste y Ángel Pedrós (matrimonio tutor de este Proyecto) conocieron a José Luis y Magüi en un viaje a Madrid.  “Llevábamos un tiempo estudiando la teología del cuerpo y nos parecía una maravilla, pero nos resultaba muy elevada y teórica. No sabíamos cómo aterrizarla en nuestro matrimonio”, cuenta Sofía.  “El día que conocimos a José Luis y Magüi nos quedamos charlando con ellos hasta las tres de la mañana, porque vimos que ellos habían logrado llevar esa teoría a la práctica”, precisa Ángel.
Desde ese momento, cada vez que José Luis y Magüi viajaban a Madrid se reunían con grupos de matrimonios.  “Organizamos un grupito que iba rotando por diferentes casas, y así estuvimos un año y medio. En 2016, ellos nos anunciaron que iban a organizar un retiro donde resumirían la teología del cuerpo que habían estado repasando en sus grupos de matrimonios”, recuerda Sofía.

Retiros y catequesis

Así tuvo lugar en Málaga el primer retiro de Proyecto Amor Conyugal, que se ha ido extendiendo a Sevilla, Córdoba, Jerez, Madrid, Barcelona, Salamanca, Valladolid, Pamplona, Valencia y Toledo. Más de 1.000 matrimonios ya han hecho esta experiencia de 48 horas (de viernes a domingo) que  “permite que te enamores de tu vocación matrimonial. Ahí te das cuenta de que el matrimonio es un camino de felicidad, no un intento por sobrevivir en una mera convivencia pacífica”, aseguran María José Lucena y Agustín Conde, otro matrimonio tutor.
Después del retiro, los matrimonios pueden continuar este itinerario en grupos de catequesis mensuales que se organizan en parroquias.  “Una vez haces el retiro, te quedas deslumbrado y caes en la cuenta de la belleza del matrimonio. Entiendes que necesitas seguir formándote, porque si vives el matrimonio como Dios lo pensó, te puede hacer inmensamente feliz”, dice Agustín.

Abierto a todos

Proyecto Amor Conyugal está abierto a todos los matrimonios:  “Los que se lleven bien, regular o fatal; aquellos que pertenecen a un movimiento de la Iglesia (porque Proyecto no es un movimiento) o a ninguno”, comenta Agustín.  “Si estás bien en tu matrimonio, Proyecto Amor Conyugal te ayuda a poner a Dios en el centro; si tienes una crisis puntual, la sanas; y también ha ayudado a matrimonios que tenían ya puesta la demanda de divorcio o en los que uno de los dos había tomado la decisión de irse de casa”, añade Sofía.
“Nosotros no veníamos de vivir un matrimonio en estado de destrucción radical –señala Agustín–. Nos habíamos llevado siempre bien”. María José, su mujer, puntualiza:  “Fuimos al retiro por buscar un camino en la fe que pudiéramos vivir juntos como matrimonio, pues hasta entonces habíamos vivido una espiritualidad cada uno por separado. Ahí vimos que el matrimonio es realmente una vocación querida por Dios, porque hasta entonces pensábamos que Dios prefería la vocación religiosa y los demás éramos el cajón de sastre. Y lo cierto es que si tu vocación es el matrimonio, se concreta en tu esposo, y en él está tu respuesta a Dios”.
Y es que, según lo han contado José Luis y Magüi en distintas ocasiones, Proyecto ofrece ese camino para vivir la espiritualidad matrimonial. Ellos se han encontrado con matrimonios donde uno de los dos cónyuges es más religioso y se refugia en Dios, dejando de lado al otro,  “pero Dios no quiere eso” , aseguran.  También otros, de misa diaria y que llevan muchos años intentando ser santos, “pero a quienes nadie ha orientado en su vocación matrimonial y lloran emocionados al encontrar estas catequesis”, comentan en sus charlas.

Una ayuda adecuada

Al preguntarles a estos matrimonios tutores cómo les ha ayudado Proyecto Amor Conyugal en su vida diaria, Ángel comenta que él ha entendido que realmente  “el cónyuge es la ayuda adecuada que Dios ha puesto a tu lado para que seas feliz. Lo dice el Génesis:  ‘No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle su ayuda adecuada’. Entonces empiezas a ver que todas las diferencias que tenemos (carácter, forma de ser, etc.) que antes eran motivo de discusiones, te complementan y, si las pones a trabajar juntas, lo que sale de ahí es muchísimo más fuerte”.
Como remarca Sofía, vivir esa complementariedad no es una utopía: “Hemos visto que encajamos a lo bestia, con todas nuestras diferencias.  Porque, además, sus defectos me ayudan a crecer, y viceversa. ¡Es una manera tan bonita de vivir la diferencia!  Y, además, es posible”.

Además de los retiros de fin de semana y de las catequesis mensuales, Proyecto Amor Conyugal ofrece acompañamiento semanal de un matrimonio tutor a las parejas que lo deseen. “Nos dedicamos a ayudar a los matrimonios a poner a Dios en el centro de su relación. Y cuando lo haces, alcanzas esa unión que da la felicidad en el matrimonio”, explican Sofía y Ángel. Y esas tutorías son un camino de doble sentido, pues tal como comentan María José y Agustín, “la grandeza de Proyecto la hemos descubierto a base de servir ­a otros matrimonios. Cada vez que ayudamos a otros, profundizamos aún más en lo que hemos aprendido”.Orar juntos: el diálogo que pasa por Cristo

“Lo que más me ha ayudo de  Proyecto Amor Conyugal –relata Sofía Juste– es descubrir la oración conyugal. Al principio nos costaba muchísimo porque llevamos toda la vida escuchando ‘tenéis que rezar juntos’ y entonces rezábamos un padrenuestro o un Rosario… Con Proyecto hemos aprendido a hacer oración juntos”. Su marido, Ángel Pedrós, explica que san Juan Pablo ii se remitió al Génesis y ahí vio que al atardecer Dios se paseaba por el jardín para estar con Adán y Eva. “Y de eso se trata la oración conyugal: de buscar un momento del día para estar los dos a solas con Dios. Son veinte minutos donde Sofía y yo nos ponemos en presencia del Señor, leemos el Evangelio del día, las meditaciones del Evangelio que aparece en la web de PAC (proyectoamorconyugal.es) y, luego, cada uno va hablando con Dios en alto”. Gracias a esta oración, ellos han notado que ciertos temas que antes desembocaban en una discusión, llevados a la oración se acaban solucionando. “Cuando dejas la comunicación en el plano humano, hay temas en los que nunca te pones de acuerdo. En cambio, en la oración, en vez de confrontarnos el uno al otro, miramos hacia arriba y las cosas empiezan a encajar, porque el diálogo lo hacemos pasando por Cristo”, aseguran.