Muere la reina Isabel II de Inglaterra, referente de la monarquía europea

La soberana fallece a los 96 años, tras siete décadas al frente de la corona británica

Isabel II ha fallecido a los 96 años, en su residencia de Balmoral y rodeada por toda su familia, según ha anunciado el palacio de Buckingham. La salud de la monarca más longeva y popular del Reino Unido comenzó a declinar desde que muriera, en abril de 2021, su esposo, Felipe de Edimburgo. La monarca pudo presenciar en primera persona las celebraciones en todo el país en julio por sus 70 años de reinado —el Jubileo de Platino—, e incluso estuvo en condiciones, esta misma semana, de recibir en su residencia escocesa al primer ministro saliente, Boris Johnson, y de encargar a su sucesora, Liz Truss, la formación de un nuevo Gobierno en su nombre. Era el decimoquinto primer ministro que recibía una monarca que ha sido parte fundamental de la historia británica de la segunda mitad del siglo XX y de las dos primeras décadas del XXI. A pesar de las tormentas y contratiempos vividos por la Casa de los Windsor durante este tiempo, la popularidad de Isabel II se mantuvo robusta hasta el final de lo que los historiadores definen ya como la “segunda era isabelina”.

Fueron necesarias décadas de templanza, moderación, aprendizaje, torpezas corregidas y un anacrónico pero necesario sentido del deber para que Isabel II fuera la parte indispensable del paisaje de la que ningún británico estaba dispuesto a prescindir. Ella fue la razón de que una artista tan gamberra y provocadora como Tracey Emin, cuya obra de arte más conocida es una cama revuelta con las sábanas manchadas, se declarara una “monárquica secreta”. O de que Vivienne Westwood, la diseñadora británica de moda asociada a la estética del punk y de la new wave, declarara, como millones de mujeres en todo el mundo, ser “muy fan” de la reina.

Isabel II, el símbolo universal de lo que representa una casa real europea, fue la demostración más evidente de que la supervivencia de la institución monárquica depende siempre de la personalidad de quien ostenta la corona. Y la suya fue una combinación perfecta de tradicionalismo, invisibilidad, liturgia, modernidad en pequeños sorbos y una delicada neutralidad constitucional que logró el respeto de los 15 primeros ministros, conservadores y laboristas, que gobernaron en su nombre.

Clement Attlee, el socialdemócrata que construyó el Estado del bienestar en el Reino Unido y quitó a los suyos las ganas de flirtear con los sentimientos republicanos, escribió que “todos los monarcas, si están preparados para escuchar, adquieren a lo largo de los años un considerable inventario de conocimiento sobre los hombres, y sobre los asuntos humanos. Y si tienen además buen juicio, son capaces de ofrecer buenos consejos”. Setenta años de reinado proporcionaron a Isabel Alejandra María, la primogénita de Jorge VI e Isabel Bowes-Lyon, nacida en Londres el 21 de abril de 1926, la experiencia suficiente para seducir y granjearse el respeto de egos descomunales como Winston Churchill, Margaret Thatcher, Tony Blair o Boris Johnson.

Retrato de la familia real británica, en abril de 1937. Desde la izquierda, el rey Jorge VI, la princesa Isabel; su madre, Isabel Bowes-Lyon, y la princesa Margarita.
Retrato de la familia real británica, en abril de 1937. Desde la izquierda, el rey Jorge VI, la princesa Isabel; su madre, Isabel Bowes-Lyon, y la princesa Margarita.

El tiempo jugó a favor de Isabel II, porque a medida que fueron pasando las décadas de su reinado, la monarquía británica fue perdiendo sus poderes discrecionales para convertirse en una institución más reglada y limitada. Heredó un imperio y se convirtió a los 25 años en la clave de bóveda de su arquitectura constitucional. Acabó siendo la representación visible y el anhelo de estabilidad y unidad de un país fragmentado. Con sus poderes ampliamente reducidos, pero con una influencia sobre el devenir de los británicos difícilmente alcanzable por cualquier figura política. En 1956, con la dimisión del primer ministro Anthony Eden; o en 1963, con la dimisión de Harold Mcmillan, la reina pudo ejercer su poder de designar un sucesor. En 1965, al imponer el Partido Conservador su propio método de elección interna de líder, quitó a la monarca esa prerrogativa. Afortunadamente, sugirieron los historiadores. “La monarquía se benefició de todas estas restricciones en los poderes de la reina, porque todo ejercicio de discreción tiende forzosamente a ser polémico”, defendía el profesor Vernon Bogdanor, el constitucionalista británico más prestigioso, en la conferencia que impartió en el Gresham College en 2016 para celebrar los 90 años de Isabel II.

El 6 de febrero de 1952, Jorge VI murió en la cama, a los 56 años. El hombre cuya tartamudez y ataques de ira le prefiguraban como un rey imposible; el joven que lloró en los hombros de su madre cuando el destino le impuso una responsabilidad inesperada; el monarca que se granjeó el respeto de los británicos al sufrir junto a ellos, en Londres, el bombardeo alemán de la II Guerra Mundial, había dispuesto que su primogénita, Isabel, tuviera la preparación constitucional para ser la reina que él nunca pudo tener. No solo aprendió de tutores particulares como el rector del prestigioso y elitista colegio de Eton, Henry Marten, los usos y costumbres parlamentarios de Gran Bretaña —como comprobaron con asombro varios de los primeros ministros con quienes despachó—, sino que memorizó de principio a fin la biblia a la que también se aferraron su abuelo, Jorge V, y su padre, para entender el difuso pero trascendental papel de la corona británica: The English Constitution (La Constitución Inglesa), el ensayo escrito por Walter Bagehot, legendario director del semanario The Economist. Defendía Bagehot que la Constitución —no escrita— de Inglaterra (en 1860 todo lo británico era inglés, y todo lo inglés, británico) tenía dos ramas: la solemne y la eficaz. Al Gobierno, al Parlamento y a la Administración correspondía la segunda. A la Monarquía, “que simbolizaba al Estado a través de la pompa y la ceremonia”, le correspondía la primera.

Isabel II accedió al trono lejos del Reino Unido. Se enteró de la muerte de su padre en Kenia. Realizaba la primera etapa de una larga gira junto a su esposo, el duque de Edimburgo, por varios países de la Commonwealth. En la noche anterior, dormían ambos sobre la copa de una gigantesca higuera en el Parque Nacional de Aberdare. “Por primera vez en la historia de la humanidad, una joven subió a un árbol como princesa y bajó al día siguiente como reina”, escribió el naturalista británico Jim Corbett, que se hospedaba por entonces en el mismo hotel.

La noticia cambió su vida, pero, a diferencia de Jorge VI, ya estaba preparada para su destino. “Ante todos vosotros declaro que mi vida entera, sea larga o corta, estará dedicada a vuestro servicio, y al servicio de la gran familia imperial a la que todos pertenecemos”, había dicho la princesa por radio desde Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, un 21 de abril de 1947, al cumplir 21 años. Esa “familia imperial” se ha ido disolviendo durante los años más en una comunidad cultural y sentimental de naciones que en una organización internacional con voz y peso propio. Pero ha sido sobre todo la figura de Isabel II la razón última para que países como Canadá o Australia, de naturaleza republicana, mantuvieran a la reina como su jefa de Estado.

El peso de la familia

La Casa de los Windsor ha tenido sus abundantes raciones de drama. Y entraba dentro de lo normal que el drama familiar se convirtiera en nacional. Como la abdicación de Eduardo VIII, más tarde el duque de Windsor, por su amor a la divorciada estadounidense Wallis Simpson. O el romance imposible de la princesa Margarita, hermana de la reina, con el capitán Peter Towsend, héroe de guerra. En ambos casos, Isabel II pudo poner orden de acuerdo con las rígidas reglas heredadas de la institución monárquica.

El terremoto de Lady Di empujó a la reina y al palacio de Buckingham a una dimensión desconocida: el drama ya era global, y la monarca se vio obligada a lidiar con un concepto hasta entonces desconocido para ella: la cultura popular. Fue el 24 de noviembre de 1992, en un discurso en el que celebraba los 40 años de su ascensión al trono, cuando Isabel II definió aquel año como annus horribilis. Vistas en perspectiva, las desgracias de aquellos meses casi despiertan un sentimiento de ternura, comparadas con lo que vendría años después.

En 1992 se divorció el príncipe Andrés de su esposa, Sarah Fergusson. Treinta años después, su madre se vería obligada a pagar de su bolsillo parte de los más de 14 millones de euros que el duque de York tuvo que desembolsar para poner fin al oprobio de una acusación de abusar sexualmente de una menor. En 1992, se airearon a través de libros o filtraciones a la prensa las infidelidades de Diana de Gales y de Carlos de Inglaterra. Cinco años después, la muerte de Lady Di puso en jaque todo el mundo construido alrededor de Isabel II. En 1992, la isla de Mauricio eligió abandonar la Commonwealth y convertirse en República. Veintidós años después, Escocia llevó hasta el precipicio, con un referéndum de independencia, al Reino Unido. Y dos años más tarde, el Brexit hundió al país en una crisis de identidad de la que apenas ha comenzado a recuperarse.

La reina Isabel II, junto a su esposo, Felipe de Edimburgo, durante la celebración del 40º de su ascensión al trono.
La reina Isabel II, junto a su esposo, Felipe de Edimburgo, durante la celebración del 40º de su ascensión al trono.PA IMAGES VIA GETTY IMAGES PA IMAGES (PA IMAGES VIA GETTY IMAGES)

Isabel II estuvo presente en todos esos momentos. Discreta, a la hora de afrontar las desgracias familiares. Neutral, frente a la amenaza de fragmentación de su reino. “Espero que los votantes piensen cuidadosamente en su futuro”, se limitó a decir antes de que los escoceses se pronunciaran. Dice mucho sobre el respeto a su figura el hecho de que la propuesta de independencia del Partido Nacional Escocés de Nicola Sturgeon contemplara desde el primer momento que Isabel II continuara siendo la reina del nuevo país.

Su verdadera prueba de fuego no fueron ni las sucesivas crisis económicas que le tocó afrontar, desde su papel institucional, ni las guerras, ni el malestar social de los años setenta, ni el terrorismo del conflicto norirlandés. Su momento más delicado fue la muerte de Lady Di, cuando la voluntad de mantener en la esfera privada el duelo familiar —y su evidente escaso apego hacia la “princesa del pueblo”— chocó de bruces con un sentimiento popular de dolor que rozó la histeria, y culpó sin matices al palacio de Buckingham del desdichado final de quien hubiera podido ser ella misma reina.

El proceso de despertar y de redención de Isabel II quedó inmortalizado en la memoria de todos los que vieron The Queen (La Reina), la magistral película de Stephen Frears con la también magistral interpretación de Helen Mirren. Aquel momento en que la reina decidió finalmente regresar desde Balmoral (Escocia) a Londres, y recorrer a pie el manto de flores que miles de ciudadanos habían dejado frente a la verja del palacio de Buckingham, ha permanecido en la historia como el instante en que Isabel II se reconcilió con un pueblo que no renegaba de ella, sino que esperaba un mínimo gesto para perdonarla.

La Reina Isabel II y su esposo, Felipe de Edimburgo, observan los miles de ramos de flores depositados por ciudadanos en el exterior del Palacio de Buckingham, en memoria de Diana de Gales, fallecida en accidente de tráfico, en una imagen del 5 de septiembre de 1997.
La Reina Isabel II y su esposo, Felipe de Edimburgo, observan los miles de ramos de flores depositados por ciudadanos en el exterior del Palacio de Buckingham, en memoria de Diana de Gales, fallecida en accidente de tráfico, en una imagen del 5 de septiembre de 1997.

Lo contó Robert Lacey en su libro Monarquía: La Vida y Reinado de Isabel II: “Vestida de negro, mientras recorría la larga fila de ciudadanos dolientes, una niña de 11 años le ofreció cinco rosas rojas. ‘¿Quieres que las coloque junto a las otras?’, preguntó la reina. ‘No, majestad. Son para usted”, replicó la pequeña. “Escuchamos cómo la gente comenzaba tímidamente a aplaudir’, recordó uno de los ayudantes de palacio. ‘Y recuerdo que pensé: ¡buuf!, todo sigue en orden”.

Isabel II tuvo la virtud, a medida que avanzaba su reinado, de transmitir a los británicos, con su mera presencia, con su cumplimiento estricto del papel que le correspondía, esa sensación de que “todo estaba bien”. Aunque no lo estuviera. Sobre todo, porque no siempre supo gestionar correctamente los desmanes de los miembros de su familia. O no siempre le correspondieron sus descendientes con el respeto debido.

Aguantó hasta que resultó inaguantable la sórdida amistad de su hijo Andrés —el favorito, según han afirmado durante décadas los medios británicos— con el millonario pederasta estadounidense Jeffrey Epstein. Y solo decidió despojarle de títulos y honores, y apartarlo de la vida pública, cuando su proximidad se convirtió en un peligro para la institución. O decidió también despojar de rango y privilegios a su nieto Enrique cuando desde la distancia estadounidense emprendió una campaña de acusaciones de abuso y de supuesto racismo contra su esposa, Meghan Markle.

Ni una palabra de la reina en uno u otro caso. No existe ni una entrevista de la monarca durante 70 años de reinado. Las dio su esposo, el príncipe Felipe de Edimburgo, fallecido el 9 de abril de 2021. Las dieron sus hijos Carlos o Andrés. Las han dado sus nietos, Guillermo o Enrique.

Isabel II fue a la vez un libro abierto y un misterio. Simple en sus aficiones: la naturaleza, la caza, y sobre todo los caballos. Simple en sus rutinas: terminó cada día de su vida con una breve anotación en un diario de lo realizado durante la jornada, pero, salvo que la historia arroje una sorpresa, sin grandes reflexiones ni juicios de valor sobre aquello de lo que escribía.

Fue uno de los actores principales del gran teatro del mundo, representando el papel que de ella esperaban miles de millones de espectadores. Recibió a 12 presidentes de Estados Unidos, a centenares de dignatarios internacionales, y se reunió con cuatro Papas. La cabeza de la Iglesia Anglicana, que rezaba cada noche antes de acostarse y era una creyente devota, vio evolucionar con los tiempos la doctrina que comandaba al aceptar divorcios, o consagrar mujeres y homosexuales.

La reina y sus primeros ministros

La primera vez que Isabel II encargó la formación de un Gobierno en su nombre a un primer ministro más joven que ella fue en 1997. Era el laborista Tony Blair. Cuando accedió al trono, en 1952, no habían nacido ni la recién nombrada primera ministra Liz Truss, ni Boris Johnson, ni David Cameron ni el propio Blair.

Si la joven reina admiró y escuchó con humildad los consejos de Winston Churchill, con los años fue ella la que pudo aconsejar desde su propia experiencia a muchos políticos víctimas de ese mal tan propio de la profesión, el adanismo. La creencia de que la historia comienza con ellos.

Aunque la mayoría de ellos dieron a la monarca el papel que le correspondía. Anthony Eden compartió con ella los planes secretos de aquella catástrofe que supuso en 1956 la invasión del canal de Suez. Y Margaret Thatcher la mantuvo al tanto de la Guerra de las Malvinas contra Argentina.

El papel de la reina fue en todo momento el de expresar sus dudas o preocupaciones a través de preguntas, y para la historia ha quedado la convicción generalizada de que a Blair, en alguna de las audiencias previas a la invasión de Irak, le preguntaría si no merecía la pena dar algo más de tiempo a la iniciativa y buscar el respaldo de la ONU que nunca se obtuvo.

La pandemia y la muerte de Felipe

El reinado de Isabel II fue la imagen constante de una pareja cómplice e inseparable. Felipe de Edimburgo fue la única persona capaz de cantar a la reina las verdades del barquero, y de arrancarle en público la mayor de las sonrisas. “Ha sido, simplemente, mi fuerza y mi apoyo durante todos estos años (…) y tengo con él una deuda mucho mayor de la que nunca me reclamará, o de la que nunca nadie sabrá”, dijo de su esposo en 1997, al cumplir sus bodas de oro.

Cuando el 17 de abril de 2021 los británicos vieron a su reina sola, de negro, embozada en una mascarilla, velando el féretro del duque de Edimburgo en la capilla del Castillo de Windsor, muchos percibieron el fin de una era. Por entonces, Isabel II llevaba más de un año confinada en ese castillo, junto a su esposo. Su agenda pública se había reducido drásticamente, y la incrementada presencia en primera línea de Carlos de Inglaterra, su hijo y heredero, o del príncipe Guillermo (segundo en la línea de sucesión) y su esposa, Kate Middleton, hacía pensar que la monarca iba entregando poco a poco el testigo a otra generación.

Pero la pandemia concluyó, e Isabel II fue incrementando su actividad oficial a medida que se acercaba la gran celebración del Jubileo de Platino, en 2022. La promesa de servicio a sus ciudadanos hasta el final de sus días, que realizó en su 21º cumpleaños, llevaba implícita la idea de que un monarca británico solo abandona el trono cuando fallece. Los últimos años de la reina estuvieron plagados de rumores sobre su retirada de la vida pública y la decisión de dar vía libre al reinado de su hijo Carlos. Nunca se confirmaron.

La descripción más cariñosa, y probablemente la más cercana al sentimiento y percepción general de su reina que tuvieron muchos británicos, la escribió el profesor de Política e Historia, Ben Pimlott, el autor de la biografía más equilibrada y honesta de Isabel II: “Siempre fue la niña pequeña en el palacio enorme, con su nariz aplastada contra el cristal de la ventana. Le gustaba pensar, y quizá acertó, que muchos de sus súbditos veían en ella a alguien muy parecido a ellos: prosaica, nada pretenciosa, la clase de persona que, en palabras de uno de sus admiradores, recorre la casa para ir apagando las luces que los niños se dejaron encendidas”.

Redacción: Tomado de internet.

Masacre en Uvalde

«Deja que tu ira y desesperación sean tu oración»

Testigos se sientan en la acera afuera de la Escuela Primaria Robb mientras la policía estatal vigila el área en Uvalde, Texas, el 24 de mayo de 2022 (Foto de Allison Dinner / AFP) | colegio

La Iglesia de Estados Unidos, conmocionada ante la última masacre en una escuela de primaria: “Deja que tus gritos lleguen al cielo”

Nueva masacre y nueva tragedia en Estados Unidos. Salvador Ramos, un joven de 18 años de Uvalde irrumpió en la escuela de primaria de Robb, armado por un rifle y comenzó a disparar contra todos los presentes. De momento son 19 niños y dos adultos los fallecidos.

Una noticia que ha conmocionado a toda la sociedad estadounidense. La Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB), en palabras de su directora de asuntos públicos, Chieko Noguchi, expresó: “Ha habido demasiados tiroteos en las escuelas, demasiados asesinatos de inocentes. Nuestra fe católica nos llama a orar por los que han muerto y vendar las heridas de los demás” y pedía “buscar en nuestras almas formas en las que podamos hacer más para comprender esta epidemia de maldad y violencia e implorar a nuestros funcionarios electos que nos ayuden a tomar medidas”.

El desconsuelo, la impotencia y la petición de medidas es lo que se más se expresa en este día en los Estados Unidos.

Así, el obispo Edward Charles Malesic, obispo de Cleveland” se muestra: “abrumado por la tristeza por esta tragedia devastadora y la pérdida resultante de vidas inocentes”. Pide oración y muestra: “Que nuestro testimonio de oración y solidaridad ayude a mover a las personas a la acción que conduzcan a cambios significativos que promuevan la seguridad escolar y la seguridad de todas las personas frente al flagelo de la violencia armada, y fomenten la construcción de una cultura de la vida”.

Las palabras no son suficientes

Pero, sin duda, uno de los más conmocionados y apesadumbrados es el obispo del oeste de Texas, monseñor David Reed.

En una carta a la diócesis muestra todo su dolor: “Las palabras de indignación no son suficientes para expresar nuestro odio por este mal hecho a los niños pequeños que simplemente fueron a la escuela esta mañana. Las expresiones de dolor apenas tocan la profundidad del dolor de las familias esta noche. No hay nada que podamos decir hoy para consolar a los padres, hermanos y abuelos cuyas vidas quedaron arruinadas por esta malvada violencia”.

En su misiva pide insistentemente orar: “Ignora a los cínicos y ora con todo tu corazón. Deja que tus gritos lleguen al cielo. Deja que tu ira y desesperación sean tu oración”.

“A medida que haya más información disponible, haremos todo lo posible para apoyar a nuestros hermanos y hermanas de St. Philip’s, buscándolos a ellos y a su rector, el reverendo Mike Marsh, para obtener orientación sobre cómo podemos apoyar a su comunidad”, explica el prelado que termina su carta mostrando su dolor ante la muerte de los más pequeños y mostrando la seguridad de que Dios los ha tomado en sus brazos: “Jesús ama a los niños pequeños».

Una escuela humilde con una gran presencia de la comunidad hispana

Todo ocurrió en la tarde del martes, en medio del festejo del último día de clase. La escuela estaba repleta. Los padres y los niños festejaban el final del curso y recogían sus diplomas. Se trata de un centro pequeño, en un barrio de clase media-baja y donde los niños tienen entre 8 y 10 años. Se trata de la segunda mayor matanza en un colegio de Estados Unidos en la última década. 

Uvalde es una pequeña población de 16.000 habitantes al sur de Texas, cercana a la frontera con México. Cerca del 80% de la población es de origen hispano. En el colegio, cerca de 500 alumnos, la mayoría hispanos, como el asesino, Salvador Ramos que cometió el crimen tras disparar a su abuela por una disputa doméstica.

El santuario donde los bebés nacidos muertos resucitaban

por un momento para ser bautizados

Una película italiana premiada en Cannes devuelve a la actualidad este santuario y su curiosa tradición

En el norte de Italia, en Trava, se encuentra este pequeño santuario poco conocido; y gracias a una reciente película premiada por Cannes, Small body (original: Piccolo corpo) está de nuevo atrayendo a los peregrinos.

Antiguamente, hasta aproximadamente el siglo XVIII, el santuario era muy popular; se creía que la Virgen de Trava concedía un breve tiempo de vida a los niños que morían al nacer, para que fueran bautizados, y no terminaran en el limbo.

La salvación sin bautismo es una cuestión muy complicada, y la Iglesia ha tratado de dar luz con el documento “La Esperanza de la Salvación para los niños que mueren sin Bautismo” de la Comisión Teológica Internacional.

“Santuario del Respiro”

Volviendo al Santuario de Trava, este es uno de los pocos santuarios à répir; o sea, que daba un último «respiro» a los bebés fallecidos, tiempo suficiente para ser bautizado, según un rito particular, muy piadoso y cargado de esperanza.

Este rito, consistía en colocar al niño sin vida sobre un altar de piedra que se levantaba cerca de la iglesia, a la entrada de un bosque. Allí, con la presencia de un sacerdote, el recién nacido volvía a la vida por unos instantes, recibía el sacramento y volvía a morir.

Recordemos que en tiempos antiguos debido a la condiciones de miseria, pobreza, la inexistente asistencia médica en un parto, era común que muchas mamás dieran a luz a su niño muerto.

En testimonio de esta creencia, son cientos los exvotos en el santuario, que muestran a estos niños muertos, renacidos, bendecidos y luego muertos de nuevo.

Desafortunadamente, varios exvotos han sido robados, y los que sobreviven han sido encerrados para mayor seguridad.

MADONNA DI TRAVA

Santuari Italiani – Associazione

Entre los saqueos desapareció incluso el cuadro auténtico de la Virgen de Trava, en realidad una de las representaciones de la Virgen del Carmen. Hoy lo remplaza una copia.

También la verde pradera que circunda el santuario es testigo único de estas historias de fe y esperanza; allí como el cementerio donde se enterraban estos bebés que «volvían a la muerte».

MADONNA DI TRAVA

Santuari Italiani – Associazione

El santuario, como medida de protección, está siempre cerrado. Se abre solo con cita previa; y solo un día está abierto a todos los lugareños: el 15 de Agosto para la fiesta de la Asunción.

“Pequeño Cuerpo”

Esperemos que la película Small Body, pueda verse muy pronto en español.

La película cuenta, en modo muy delicado y respetuoso, la historia de una de estas madres que debe atravesar un largo viaje, pasando por tantos peligros con tal de dar la posibilidad de «salvarse» a su pequeña hija muerta al nacer.

Pensar en la muerte

Un dicho latino dice: “La muerte es cierta; la hora, incierta”.

En De la brevedad de la vida, escribe Séneca: “Salvo unos pocos hombres, a todos los hombres los abandona la vida en el momento mismo en que se disponen a vivirla”. También dice que los hombres suelen pasar la mayor parte de su vida haciendo el mal; un gran parte, no haciendo nada y toda la vida en no hacer lo que debían.

Está establecido que todos los hombres hemos de morir una sola vez. Para los que tenemos fe, la muerte será llegar a la casa del Padre, a la cita a la cual nos hemos estado preparando toda la vida con ilusión. Esperamos llegar a la casa del Padre, pero no queremos morir pronto porque queremos dar mucha gloria a Dios.

Por estadísticas se sabe que dedicamos una tercera parte de nuestro tiempo a dormir, una octava parte, a las comidas, una doceava parte a ver la TV; otra doceava parte lo dedicamos a viajar en transporte en la ciudad. Contamos con un tercio de tiempo útil: un 40 ó 50%.

Al atardecer de la vida se te examinará sobre el amor, dice San Juan de la Cruz. Es mucho lo que se puede hacer en una vida por amor de Dios. La vida es tiempo de correspondencia a la gracia, es el espacio que Dios nos ha concedido para ganarme el Cielo. Dios pone un reloj, y no sabemos cuando va a decir “hasta aquí”.

El secreto de la felicidad está en el hoy. ¿Me he portado hoy como para ganarme la sonrisa de Jesús?

Los campeones de las próximas Olimpiadas tienen entre 16 y 22 años. Uno de ellos decía: Seré dentro de cinco años lo que siembre hoy. Nosotros podríamos decir lo mismo.

Teresa de Calcuta fue una luz en las tinieblas. La felicidad que podamos alcanzar en esta vida depende de nuestra generosidad. “El que pierde la vida la encontrará”, dijo Jesús. El flojo acaba siendo insensible, apático, triste.

La sudanesa canonizada por Juan Pablo II, Giuseppina Bakita dijo antes de morir: Me voy al cielo con dos maletas muy pesadas. En una llevo mis pecados, y en la otra, más pesada, me llevo los méritos de Cristo y de la Virgen. Las presentaré ante San Pedro; las abrirá y le diré: “Ahora ábreme porque me quedo”.

Tenemos muchos regalos de Dios. Que no nos inquietemos mucho cuando nos vayamos a morir. Él nos espera con los brazos abiertos. Morir es como ir caminando y de pronto alguien nos toca la espalda y nos dice: “Ya es hora”… Es un tema que vale la pena meditar con calma: ¿cómo aprovecho el tiempo?

El literato inglés C. S. Lewis siempre defendió que “la vida sin una doctrina de las cosas postreras sería simplemente un túnel de desesperación”. Así, afirmaba que cuando cayese la bomba H siempre tendríamos esa décima de segundo para poder decir: “Tú eres sólo una bomba, yo soy un alma inmortal”. O también: “La naturaleza es mortal, pero nosotros viviremos fuera de ella; cuando todos los soles y nebulosas hayan desaparecido, cada uno de nosotros vivirá”.

La muerte no es el final, es el principio. La muerte es la vida, es el descanso, es encontrar al amor, si se ha vivido bien, o si no ha vivido tan bien pero hay arrepentimiento. Hay un juego que se llama “engarróteseme allí”, así pasa con la muerte, la voluntad de esa persona queda petrificada en el bien o en el mal.

Nada malo puede hacer la pequeña muerte a los seres inmortales. Es la gran muerte la que debe temerse. La gran muerte, esto es, la condenación del alma, es la que separa de Dios. Dios nos devolverá a los seres queridos y nos hará llegar a un recinto donde la muerte no puede entrar y donde la horrible muerte del espíritu no es posible. Todos necesitamos una operación drástica que nos ponga de rodillas, y Dios nos la dará.

Aprovechar el tiempo que nos queda, no importa cuánto sea, pues el último día, una hora antes de morir, toda nuestra vida nos parecerá como un solo día.

La tumba de nuestros seres queridos debería ser sencilla y mantenida con amor. Hay que rociarla con agua bendita regularmente y tener una veladora encendida. Estas son las dos cosas que las ánimas gustan de tener. También, junto a la tumba, como en su funeral, ven quien las visita; estas visitas las ayudan a ellas y a nosotros más de lo que imaginamos.

El hombre teme a la muerte. Se pasa su vida huyendo de ella. En realidad es sólo que ponemos la cabeza en su sitio, en las manos del Padre.

“Estoy por irme al cielo, los ayudaré desde ahí”

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Las últimas palabras de Gloria Trevisan a su mamá son de esperanza: estar preparados para morir tan jóvenes es una verdadera gracia

¡Qué hermosa es Gloria Trevisan! Una jovencita bellísima y normal. También Marco, su prometido, es guapo. Parece contento. Están ahí, con sus bellas caras juveniles, publicadas en los perfiles de las redes sociales personales y ahora también en las grandes páginas web de importantes diarios.

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Pamela Pizziolo | Facebook | Fair Use

Aparecen aún en la lista de desaparecidos, pero no hay motivos, dice el abogado de la familia, para creer que sigan vivos.

No llegué a saber si también Marco llamó por teléfono a sus papás, si también ellos tuvieron esta terrible gracia de poderlo acompañar hasta el extremo de la vida. Los papás de Gloria sí. Pudieron hacerlo porque ella les llamó, tarde por la noche apenas se dieron cuenta que había sucedido algo en los pisos de abajo del condominio viejo de 27 pisos donde vivían.

Ahora que soy mamá desde hace más de 13 años he descubierto en donde están las cuerdas que tiemblan, vibran, jalan sin romperse y ni siquiera se deshilachan que nos unen a los hijos y a sus vidas. Para siempre. Gloria, sin mamá, sería huérfana; su mamá y su papá, sin ella, serán siempre su mamá y su papá. Esta trágica especificación se volvió su esencia.

¿Cómo habrán vivido las horas, los minutos, entre una llamada y la otra?

Estoy impactada con su valentía. Con su permanencia ahí, en su angustioso lugar, dándose fuerza el uno al otro y esperando siempre. Cercanos lo más posible a su hija. La proximidad tenía de por medio la mitad de un continente y un largo y frío tramo de mar. Muchos “y si”, varios metros de “lo siento” y “te extrañaré pero ve y sé feliz”. “Te apoyamos desde aquí”.

Siento alivio al ver narrados estos sentimientos, por saber de estas pruebas enfrentadas con fuerzas heróicas y normales a disposición por estos papás. ¿Habrán tocado fondo sus reservas? ¿A dónde se llega en estos casos? ¿A la médula? ¿A las vísceras? ¿Al corazón, que como órgano vital habrá sufrido quizá un shock, y sin embargo se mantuvo?

Pero este tonto experimento de televisión de la verdad en diferida no tiene sentido, si acaso como un intento de empatía. Y también ésta, a veces, puede volverse intromisión. Perdónenme.

Pienso sólo en las cosas bellas que dijo Gloria a su mamá. Las pocas, las únicas cosas para decir. Gracias. Me voy. Muero, pero voy a vivir. Los ayudaré desde el cielo.

Quién sabe qué fe tenía esta chica. Quién sabe cuán diligente habrá sido su ángel de la guarda, en esos momentos, y cuánto la habrá consolado. Quién sabe la sorpresa cuando le haya visto el rostro. Como escribe Eugenio Corti en El Caballo Rojo: Esteban muere y mientras muere, todo se vuelve al revés y él lo ve. Ve, magnífico, a su ángel.

Si Gloria dijo “voy al Cielo” en un momento así, trágico, definitivo, con esa presencia de espíritu que me parece haber intuido, yo personalmente he llegado a creer.

No es la frase que encontramos en los comentarios de Facebook alternada con el acrónimo R.I.P., al “sonríenos desde arriba”. No es el deseo a veces infantil y aburrido que encontramos por ahí, como una moneda en el sombrero del mendicante, que dejamos caer rápidamente para poder escapar inmediatamente. Lejos del dolor y la muerte: se vuelve absurdo para nosotros, pueblo cansado que se ha olvidado de Cristo y su Redención. No. Se lo dijo en ese momento, sabía lo que decía.

Y como niños que sabemos nacer: competentes y seguros nos volteamos para que pasen los hombros, agachamos la cabeza para salir por el canal del parto, nos empujamos hacia afuera, hacia la luz; así, de la misma misteriosa manera, todos, hombres y mujeres, una vez que hemos nacido y vivido, poco o mucho, sabemos, o deberíamos saber morir. Qué gracia tuvo Gloria, si se pudo dar cuenta y preparar para el momento más importante de su vida.

La hora de su muerte se estaba acercando y ella lo sabía, quiso darse cuenta; junto con su prometido que, hasta que pudo, la tranquilizó, se tranquilizó y a sus futuros suegros. El humo de un incendio es algo aterrador.

Nos sucedió a mi marido, a mí y a mi pequeña primogénita (estaba embarazada). Despertarse en medio de la noche con los gritos de un vecino que lanzó la alarma (Dios lo bendiga siempre); levantarse, correr, respirar con dificultad, toser, lagrimar, no ver las paredes, llegar a tientas a las escaleras, pensando sólo en salir al aire fresco y limpio, con el corazón golpeando la cabeza… Y lo nuestro era una cosa insignificante, en comparación.

(Por eso es una costumbre despreciable y cobarde, aunque coherente con el carpe diem triste de nuestros tiempos, no decirle a la persona enferma de gravedad que le queda poco para vivir. Mentir, fingir que está por curarse. Y ¿cómo se va a preparar? ¿Cómo va a recogerse interiormente y decidir qué decir, qué dejar en los recuerdos de quien le ama, qué decirle a Dios de quien quizás sólo ha sospechado su existencia y el amor?)

Ahora y entonces. Es importante estar listos, vigilantes, presentes.

El Ave María los une en un punto solo, nunc et in hora mortis nostrae. Porque se parecen mucho. Gloria estaba en su ahora y de presente en presente, con el humo asfixiante que llenó su departamento, su ahora se volvió esa hora, la de su propia muerte.

La familia Gottardi afirma que hasta que no se demuestre lo contrario seguirán esperando que su muchacho siga vivo. Y también ella. Por supuesto, cabe esperar. Deseo que puedan volver a abrazarlos o que, por lo menos, puedan recuperar sus restos. Los cuerpos sin vida. No tener ni siquiera el cuerpo del hijo muerto, si realmente sus nombres pasan de la lista de desaparecidos al de las víctimas, es una enorme pena que se añade a la pena. A la Virgen, que es la Dolorosa, se le dio el cuerpo. Espero que puedan parecerse a ella en esto.

Intuyo de lejos el dolor, la desesperación, de estos papás. Su vano ímpetu, su deseo de acusar, en este momento, a todo un país, que está lleno de culpas, que es cobarde, que aplasta y aplasta a los jóvenes, mortifica a las familias, a la madres, padres, niños.

¡Lo entiendo! Su maravilla, su hija bella e inteligente y tenaz, estaba allá, lejos de ellos, después de una licenciatura, llena de vida y proyectos. Estaba allá para poder trabajar dignamente y ganar el dinero que se debería ganar también aquí, ¡caray! Qué rabia, realmente. Deberán, sin embargo, rendirse, y espero pronto, al hecho que ésta aunque sea una injusticia social que mortifica a los jóvenes y con ellos a un país entero y su futuro, no basta para explicar el fin de la vida de Gloria.

Espero que hayan criado y educado a Gloria en la certeza, no obvia, del Cielo, en la seguridad que se nace para vivir en la alegría, la serenidad, la satisfacción de construir algo bello y sobre todo para amar y ser amados; pero se nace también para morir y se muere para vivir para siempre.

Espero que puedan recordar, ahora que parece todo innecesario y negado, todo arrancado de los ojos y el corazón, que la felicidad existe y con la gracia de Dios entraremos en su Reino y ahí sabemos que ningún incendio lo reducirá a humo. Ningún humo nos quitará la respiración. Ningún país lanzado como un viejo tren de las montañas rusas en las vías de la muerte nos hundirá el estómago.

Gloria dijo gracias mamá. De lo que has hecho. Estoy por morir, lo se.

La última llamada se remonta a las 4. Según el entrecomillado del Corrierela chica dijo “Mamá, me he dado cuenta que estoy muriendo. Gracias por lo que hiciste por mí”. Luego, el adiós: “Estoy por irme al cielo, los ayudaré desde ahí”.

Como hacen siempre los hijos, pidió ayuda a los papás, a pesar de su evidente impotencia. ¿Qué habrían podido hacer desde Italia? Los sometió a un dolor y a un estrés enormes, al que no deberían haber sido sometidos, creo yo. Todo por estar con ella. Y ella, pobre muchacha, a quién más habría podido acudir si no a quien la trajo al mundo y la ha amado? Incluso los soldados moribundos, quien da a luz, todos nosotros, frente a la muerte, al dolor, al miedo, a las cosas grandísimas y definitivas, malísimas y bellísimas, gritamos “mamá”.

Y al final, como siempre hacen los hijos arrinconados, dijo lo esencial: gracias. Me voy. Los ayudaré.

Y no es verdad que no se pueda hacer nada. Hasta que no se tenga la certeza de que esté muerta rezamos que esté viva. Cuando se tenga la certeza o se alegrará y se alabará a Dios o se llorará y sin desesperación se rezará por su joven alma. Si las llamas se la llevaron esperamos que hayan quemado la paja de pecado que pudiera haber cometido. Esperamos que haya pensado “María, aún necesito a mamá. ¿Estás?”.

Y sabemos que con los Sí que cambian la suerte de una humanidad entera María Santísima, la bella muchacha de Nazaret, tiene una cierta experiencia.

Perdí a los 27 años a mi marido y dos hijos… así lo superé

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«Fue durísimo, entendía a la gente que se quita la vida, se había roto mi vida…»

Con 18 años empiezo a salir con Quique, todo es una historia maravillosa. Y cuando más felices estamos, con unos gemelos de un año y otro bebé a punto de nacer, tenemos un accidente. Estuve 15 días en la UVI luchando por mi vida. Pero perdí a uno de los gemelos, al bebé que estaba esperando y a Quique.

¿Cuándo te enteraste?

En la UCI luchaba pensando en todos los planes que teníamos por delante. Salí emocionada. Yo no sabía nada. Pensé que me estaba esperando en el cuarto. Y bueno… fue muy bonito porque mi madre me había escrito una carta de parte de Quique diciéndome que ya estaba con la Virgen y que se había llevado al enano para cuidarle.

Y empieza el peso de la cruz…

Fue un dolor salvaje. Yo que era superapasionada, que he querido vivir cada minuto a fondo y de repente, no quería vivir. Un tío mío me decía que le recordaba a Job. Así que yo le preguntaba cómo terminaba. Y el final siempre me consolaba porque le da el ciento por uno en esta vida y luego la vida eterna.

Pero fue durísimo. Entendía a la gente que se quita la vida. Se había roto mi vida y tenía 27 años. Prefería tener 80 para palmarla ya e irme con ellos.

¿Cómo era tu relación con Dios tras algo así?

Recuerdo que le dije a mi madre: “No interesa ser su amiga. Me tiro toda la vida haciendo lo que Él quiere y va y me manda esto”. Y ella me contestó: “Haz lo que quieras, pero la única respuesta y consuelo la tienes en Él“.

¿Y podías experimentar que los tuyos estaban vivos?

Fue a partir de la experiencia de sentirlos verdaderamente presentes como pude tener una experiencia y certeza real del cielo. Sentía que Dios me llevaba en brazos literalmente. Sentía a Cristo como mi cireneo. Fueron momentos brutales.

¿Qué pasó para que el dolor dejara paso a un aliento?

Un día me dije –fue una actitud del corazón que me regaló Dios–: “No puedo más, se acabó, que sea lo que Tú quieras”. Y empecé a aceptarlo, a dar gracias por lo que pasó de bonito a raíz del dolor, por la gente que me escribió. Empecé a dar gracias por el marido que había tenido, por los hijos. Y me esforcé en vivir el hoy. Ya era una batalla vivir cada día.

Y la esperanza tuvo nombre y se llama José, ¿verdad?

A los pocos meses del accidente me fui a Asturias con mis suegros. Cuatro meses antes del accidente estaba embarazada y teníamos la boda de mis cuñados allí, estábamos emocionados, pero no pudimos ir porque tuve que guardar reposo. Así que, cuando volví, tuve un momento de rebeldía: “Pero Señor, si te lo ibas a llevar, ¿por qué no me dejaste disfrutar de esto con él, que habría sido su último viaje?”.

Comentándolo luego con mi cuñada me decía que quizá lo mejor es que hubiera un lugar donde no tuviera recuerdos que me hicieran daño, un sitio donde pudiera conocer a gente diferente, un sitio virgen.

No obstante seguía deshecha y así me fui a Tierra Santa con mi familia, que no me apetecía nada, porque pensaba: “¡Y ahora a recorrer el camino de la cruz, como si no tuviera yo bastante!». Pero la verdad es que de ese viaje volví cambiada. Empezó el corazón a funcionar. Ese verano, en Asturias, conocí a José.

¿Cómo se vive un amor tras un duelo tan profundo?

Yo decía que nunca iba olvidar a mi marido. Voy con los anillos que él me regalo aún en la mano. Lo tengo presente, su familia sigue siendo la mía, estoy marcada para siempre. Así que eso le dije a José. Y él me respondió: «Mira, a mí me gustas tú como eres; si no fuera por eso no serías tú, y eso es lo que quiero». Él es un hombre de Dios. Nos casamos donde nos conocimos, en ese lugar en el que tiempo atrás me ayudaron a ver que se trataba de un lugar nuevo para mi, donde poder reposar. Allí había pedido yo a la Virgen de Guía: «Si tú estás aquí para guiarme, guíame. Igual que guías a los marineros, guíame porque estoy en un momento de oscuridad total y absoluta». Y así fue.

Marta Oriol, al cierre de esta edición, tendrá ya en sus brazos a Rocío. Cuatro hermanos la cuidarán en casa. En el cielo, otros tres (la última su hermana Paz, una trilliza que murió al nacer). Ellos serán para la pequeña la presencia certera de que ha nacido para no morir jamás.

Por Rocío Solís
Artículo publicado originalmente por Gaudium Press

3 experiencias de premuerte que te harán plantearte la existencia del Paraíso

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Son los casos de los que habla el doctor Theillier, médico que ha estudiado los milagros de Lourdes

El doctor Patrick Theillier conoce bien los fenómenos sobrenaturales. Católico convencido y comprometido, ha trabajado durante 10 años como médico de la Oficina de Constataciones Médicas del Santuario de Lourdes. Junto a otros médicos, no necesariamente creyentes, se ha esforzado por verificar científicamente el carácter humanamente inexplicable de las curaciones obtenidas por intercesión de Nuestra Señora de Lourdes.

Y es precisamente a partir de las conclusiones elaboradas por esta oficina que le fue posible a la Iglesia llegar al reconocimiento de algunos milagros. Una curación inexplicable se declara milagro cuando la autoridad eclesiástica competente reconoce un signo del poder y el amor de Dios presente en la vida de los hombres, capaz de fortalecer la fe del pueblo cristiano.

En “Quando la mia anima uscì dal corpo” (ediciones San Pablo) – Cuando mi alma salió del cuerpo – el doctor Theillier estudia las experiencias de premuerte, o acaecidas “en los límites de la muerte” (conocidas con la sigla inglesa NDE, Near-Death Experience).

1 – “Hice un viaje al Cielo”

En 2010 Todd Burpo, un pastor de la iglesia metodista de Nebraska, en Estados Unidos, escribió un pequeño libro, Heaven Is for Real, (El Paraíso es real) en donde contó la NDE de su hijo Colton: “Hizo un viaje al Cielo” durante una operación de peritonitis en la que sobrevivió. La historia es particular porque Colton tenía sólo 4 años cuando sucedió, y les contó su experiencia a sus padres, quienes quedaron impactados, pues lo hizo de forma casual y fragmentada. La NDE de los niños son las más conmovedoras porque son las menos contaminadas, las más verdaderas; se podría decir: las más vírgenes.

Premuerte más auténtica en los niños

El pediatra Melvin Morse, director de un grupo de investigación de las experiencias de premuerte en la Universidad de Washington, dice:

“Las experiencias de premuerte de los niños son sencillas y puras, no están contaminadas por ningún elemento de carácter cultural o religioso. Los niños no quitan experiencias como hacen a menudo los adultos, y no tienen dificultad en integrar las implicaciones espirituales de la visión de Dios”.

“Ahí me cantaron los ángeles”

Este es el resumen de la historia de Colton como aparece en el libro Heaven Is for Real. Cuatro meses después de su operación, al pasar en coche cerca del hospital donde fue operado, su mamá le preguntó si se acordaba, Colton respondió con una voz neutra y sin excitación: “Sí, mamá, me acuerdo. Ahí me cantaron los ángeles”. Y con un tono serio añadió: “Jesús les dijo que cantaran porque yo tenía mucho miedo. Y luego estuve mejor”. Impresionado, su padre le preguntó: “¿Quieres decir que estaba también Jesús?” El niño haciendo ademán afirmativo con la cabeza, como si confirmara algo muy normal, dijo: “Sí, también estaba él”. El papá le preguntó: “Dime, ¿dónde estaba Jesús?”. El niño le respondió: “Yo estaba sentado en sus piernas”.

La descripción de Dios

Es fácil imaginarse a los padres preguntarse si todo esto es verdad. Ahora, el pequeño Colton cuenta que dejó su cuerpo durante la operación, y lo demuestra describiendo con precisión lo que cada uno de los padres estaba haciendo en ese momento en otra parte del hospital.

Impactó a sus padres al describir el Cielo con particularidades inéditas, correspondientes a la Biblia. Describió a Dios como realmente grande y dijo que nos ama. Dijo que es Jesús quien nos recibe en el Cielo.

Ya no tiene miedo de la muerte. Lo dijo a su papá una vez que le dijo que corría el riesgo de morir si atravesaba la calle corriendo: “Que hermoso. Quiere decir que volveré al Cielo”.

El encuentro con la Virgen María

Después, respondió con la misma sencillez a las preguntas que le hicieron. Sí, vio animales en el Cielo. Vio a la Virgen María arrodillada frente al trono de Dios, y muchas veces cerca de Jesús, y que ama como lo hace una madre.

2 – El “túnel” del neurocirujano

El doctor Eben Alexander, neurocirujano estadounidense, especialista del cerebro, no creía absolutamente en una vida después de la muerte. Era escéptico: para él, todas las historias de NDE eran delirios y estupideces. En 2008 tuvo una meningitis fulminante que le hizo cambiar de idea. Contó su experiencia de premuerte primero en un artículo del semanario estadounidense Newsweek, y luego en un libro. Un viaje que lo convenció de la existencia de una vida después de la muerte.

“Estaba en una dimensión más amplia del universo”

Hace cuatro años los médicos del hospital general de Lynchburg, en Virginia, donde él trabajaba, le diagnosticaron una rara forma de meningitis bacteriana, que normalmente ataca a los recién nacidos. Las probabilidades de salir sin entrar en un estado vegetal eran pocas, y se volvieron casi nulas en las urgencias.

“Pero mientras las neuronas de mi corteza se reducían a la inactividad completa, mi consciencia, liberada del cerebro, recorrió una dimensión más amplia del universo, una dimensión que no había soñado y que habría sido feliz de poder explicar científicamente antes de hundirme en el coma. Hice un viaje a un ambiente lleno de grandes nubes rosas y blancas… Muy por encima de estas nubes, en el cielo, giraban en círculo seres cambiantes que dejaban tras de sí largas estelas. ¿Pájaros? ¿Ángeles? Ninguno de estos términos describe bien a estos seres que eran distintos de todo lo que he visto en la Tierra. Eran más evolucionados que nosotros. Eran seres superiores”.

Un canto celestial

El doctor Eben Alexander se acuerda de haber oído un sonido en pleno desarrollo, como un canto celestial, que venía de arriba, y que le dio gran alegría, y de ser acompañado en su aventura por una joven mujer.

Después de esta NDE, el doctor Alexander no tuvo más dudas: la consciencia no es ni producida ni limitada por el cerebro, como el pensamiento científico dominante sigue considerando, y se extiende más allá del cuerpo.

Nueva idea de consciencia

“Ahora, para mí es – dice Alexander – cierto que la idea materialista del cuerpo y el cerebro como productores, más que como vehículos, de la conciencia humana, ha sido superada. En su lugar ya está naciendo una nueva visión del cuerpo y del espíritu. Esta visión, a su vez científica y espiritual, dará lugar a la verdad, que es el valor que los más grandes científicos de la historia siempre han buscado”.

3 – El fusilamiento

He aquí una carta de don Jean Derobert. Es un testimonio certificado con ocasión de la canonización de Padre Pío.

“En aquel tiempo – explica don Jean – trabajaba en el Servicio Sanitario del ejército. El Padre Pío, que en 1955 me había aceptado como hijo espiritual, en los momentos cruciales de mi vida siempre me había hecho llegar una nota en donde me aseguraba su oración y su apoyo. Así fue antes de mi primer examen en la Universidad Gregoriana de Roma, así fue cuando entré en el ejército, así fue también cuando tuve que ir a combatir a Argelia”.

Una nota de Padre Pío

“Una noche, un comando F.L.N. (Frente de Liberación Nacional Argelino) atacó nuestra ciudad. Fui arrestado, me pusieron frente a una puerta junto a otros cinco militares, fuimos fusilados (…). Esa mañana había recibido una nota del Padre Pío con dos líneas escritas a mano: “La vida es una lucha pero conduce a la luz” (subrayando lucha y luz)”.

La subida al cielo

Inmediatamente don Jean vivió la experiencia de salir del cuerpo. “Vi mi cuerpo a mi lado, acostado y ensangrentado, en medio a mis compañeros asesinados también. Comencé una curiosa ascensión hacia lo alto dentro de una especie de túnel. De la nube que me rodeaba distinguía rostros conocidos y desconocidos. Al principio estos rostros eran tétricos: se trataba de gente poco recomendable, pecadores, poco virtuosos. Poco a poco, mientras subía los rostros que encontraba se volvían más luminosos”.

El encuentro con los padres

“De repente mi pensamiento se dirigió a mis padres. Me encontré cerca de ellos en mi casa, en Annecy, en su habitación, y vi que dormían. Intenté hablar con ellos sin éxito. Vi el departamento y observé que habían cambiado un mueble. Muchos días después, al escribir a mi mamá, le pregunté por qué había cambiado ese mueble. Ella me respondió: “¿Cómo lo sabes?”. Luego pensé en el papa Pio XII, que conocía bien porque fui estudiante en Roma, y enseguida me encontré en su habitación. Se había apenas acostado. Nos comunicamos intercambiando pensamientos: era un gran espiritual”.

“Chispa de luz”

De repente don Jean se encontró en un paisaje maravilloso, invadido por una luz azul y dulce. Habían cientos de personas, todas con treinta años aproximadamente. “Encontré a gente conocida (…). Dejé este “paraíso” lleno de flores extraordinarias y desconocidas para mí, y ascendí un poco más alto… Allá perdí mi naturaleza de hombre y me volví una “chispa de luz”. Vi muchas otras “chispas de luz” y sabía que eran san Pedro, san Pablo, san Juan, un apóstol, tal santo tal otro”.

La Virgen y Jesús

“Luego vi a santa María, bella más allá de lo increíble con su manto de luz. Me acogió con una sonrisa increíble. Detrás de ella estaba Jesús maravillosamente bello, y todavía más atrás había una zona de luz que sabía que era el Padre, y reconocí ahí la felicidad perfecta, como una cierta experiencia de la eternidad”.

La primera vez que vi al Padre Pío después de esta experiencia, el fraile le dijo: “¡Oh, el trabajo que me diste tú, pero lo que viste fue muy bello!”.

¿Por qué Jesús murió a los 33 años?

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No es una casualidad…

Muchos se han preguntado por qué tan joven murió Jesús. La edad de 33 años ha sido la referencia obligatoria de su crucifixión, muerte y resurrección. Pero muy pocos se preguntan lo que monseñor Charles Pope pregunta en su artículo del portal Community in Mission. En efecto: ¿cuál fue la razón de que muriera en sus treinta años y no con más edad, lo cual le habría dado más tiempo para enseñar y consolidar la doctrina de su Iglesia?

Pope recuerda la triple respuesta de santo Tomás de Aquino: Jesús murió a esa edad para mostrar su amor por nosotros en la edad perfecta de la vida; porque estaba completamente sano y porque al resucitar tan joven nos enseña la condición futura de los que resucitarán en el día final.

Desde luego, dice Pope, no es una casualidad que Cristo haya muerto, justamente, a la edad en que murió. “Dios no hace nada arbitrariamente” y los detalles del Evangelio –por ejemplo, la hora de la muerte de Jesús— nos enseñan mucho más que las especulaciones.

Un modelo a imitar

Además, está el tema de la perfección (Cristo era perfectamente Dios y perfectamente hombre). La perfección puede dañarse por exceso o por defecto. “Consideremos -dice Pope- el caso de la edad: una persona joven puede carecer de madurez física o espiritual, mientras que a una persona mayor, el tiempo le cobra su peaje y la mente se hace menos nítida”.

Por lo demás, en el tiempo en que vivió santo Tomás de Aquino (en el siglo XIII D. C.), los treinta años eran considerados como la época de la perfección humana. “Esto es sin duda aún así, a pesar de que parece que toma mucho más tiempo para alcanzar la madurez intelectual y emocional en estos días”, subraya Pope.

Santo Tomás señala que debido a que Jesús murió mientras que estaba en el mejor momento de su vida, es muestra de que su sacrificio fue mayor. Su aparente falta de cualquier enfermedad o imperfecciones físicas también aumentó su sacrificio.

“Este es un modelo para nosotros”, dice, finalmente Pope en su artículo, “porque hemos de dar lo mejor de lo que tenemos a Dios en sacrificio”, tal y como lo enseñó Jesús en la perfección de su propia vida.

“Y por lo tanto lo que podría parecer a algunos como un detalle sin complicaciones (la edad de Jesús), en realidad ofrece enseñanzas importantes para el alma sensible. Cristo dio todo, dio lo mejor y lo hizo cuando estaba en la flor de su vida. También nosotros estamos llamados a una perfección cada vez mayor”, termina diciendo el sacerdote estadounidense quien sirve en la arquidiócesis de Washington.

Despierta de repente y cuenta que estuvo frente a Jesús

Adolescente sufre paro cardíaco, muere durante 20 minutos

Lo que sea que haya sucedido, los médicos no lo supieron explicar

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Zack Clements, de Brownwood, en Texas, se sintió mal durante la clase de gimnasia en el colegio y sufrió un paro cardiaco para sorpresa de todos, ya que el chico de 17 años era deportista y mantenía hábitos saludables de vida.

Su corazón dejó de latir durante 20 minutos. El joven fue llevado de emergencia al hospital, donde permaneció tres días en un especie de coma – del que despertó de repente, como si nada hubiera pasado.

Pero lo más sorprendente aún estaba por venir.

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Cuando despertó, Zack le dijo a sus padres, Billy y Theresa, lo que había sucedido durante esos 20 minutos en que había estado clínicamente muerto.

Cuenta que vio a un hombre de pelo largo y barba y, siempre según su relato, reconoció en él el rostro de Jesús, que le puso la mano sobre los hombros y le dijo que todo estaría bien.

Lo que sea que haya sucedido con Zack, el hecho es que los largos 20 minutos de paro cardiaco y la súbita recuperación de los latidos del joven impresionaron mucho a los médicos que lo atendieron, dejándolos sin saber cómo explicar lo que pasó con el joven y, principalmente, cómo sobrevivió a esa ausencia de pulso.

En la más escéptica de las hipótesis, lo que queda patente es que la vida tiene mucho más fuerza de lo que acostumbramos imaginar – y merece ser respetada, preservada y cuidada con todos los esfuerzos, incluso cuando parece imposible recuperarla.

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Cuando Carrie Fisher fue monja

La actriz que interpretó a la princesa Leia Organa en «La guerra de las galaxias» defendía la libertad religiosa

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Mientras el mundo llora la pérdida de la actriz que creó uno de los personajes más icónicos de su generación, algunos de nosotros recordamos aquel momento de su carrera en el que la joven Carrie Fisher interpretó el papel de una monja en Broadway.

La obra, de John Pielmeier, era Agnes of God, sobre el misterio de la trinidad, y Fisher asumió el papel de una joven monja de clausura que había dado a luz inexplicablemente, un papel creado originalmente para Amanda Plummer (interesante coincidencia, Fisher y Plummer fueron ambas hijas de Hollywood).

No obstante, cabe destacar que también hizo de monja en un par de películas, en particular en Jay y Bob el Silencioso contraatacan y en Los Ángeles de Charlie: Al Límite.

Y para rizar el rizo, su propia madre, Debbie Reynolds, también desempeñó su famoso papel de la monja cantora en The Singing Nun, a mediados de los años 60.

Aunque las inclinaciones religiosas de Fisher no eran de dominio público, el periódico Religion News Service señala: Recordemos que Fisher estuvo brevemente casada con el cantante y compositor Paul Simon. Simon canta sobre su relación en el tema Hearts and Bones : “Un judío y una medio judía errantes, libres para vagar por donde quieran…”.

Fisher era esa “medio judía errante”.

El padre de Fisher era judío; su madre no. En teoría, Fisher podría haber sido considerada judía según las corrientes judías reconstruccionista y reformista en los Estados Unidos… de haber sido criada y educada en el judaísmo.

De hecho, Fisher fue criada a la luz del protestantismo por su madre, pero después se identificó como judía. Ella y su hija habían asistido a cenas de sabbat en hogares de amigos judíos ortodoxos, y a veces asistían a los servicios de la sinagoga.

Sin embargo, el año pasado sí hablo sobre religión, en cierto modo:

La actriz de Star Wars Carrie Fisher  ha cargado contra los cines de Reino Unido por negarse a mostrar un anuncio de la Iglesia de Inglaterra que incluía el Padrenuestro, aludiendo a temores de que pudiera ofender a los espectadores.

El anuncio de 60 segundos estaba previsto que apareciera antes del nuevo episodio de la saga Star Wars: El despertar de la fuerza. No obstante, fue rechazado por [la agencia de publicidad] Digital Cinema Media (DCM), que representa a las cadenas principales Odeon, Cineworld y Vue, a pesar de haber sido aprobado por la [asociación profesional de publicidad en el cine de Reino Unido] Cinema Advertising Authority (CAA) y el Consejo Británico de Clasificación de Películas (BBFC).

Fisher, que repite en su papel de la princesa Leia Organa (ahora conocida como General Organa) en el nuevo episodio El despertar de la fuerza, declaró para The Mail on Sunday que no podía concebir de qué manera esa corta emisión podría ser ofensiva para los espectadores.

“No tengo la menor idea de por qué harían algo así”, decía. “¿Ofendidos? No. La gente debería buscarse una vida. No creo que sea ofensivo ver una nuncio sobre el ‘poder de la oración’ antes de Star Wars”.

Fisher, de 59 años, comparó el anuncio a la presencia de una copia de la Biblia en una habitación de hotel.

“Nunca he visto un anuncio como este, pero si consideramos el cine como una habitación de hotel, entonces tienen todo el derecho a poner un anuncio sobre el poder de la oración”, explicaba. “Es publicidad, así que han de ser los publicistas los que se opongan”.

Descanse en paz, hermana.