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Archive for the ‘Medicina’ Category

El médico venezolano que ofreció su vida por la paz mundial

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…y Dios la tomó

Hoy es un día en que los venezolanos recordamos un hecho insólito: uno de los pocos automóviles que circulaban por Caracas impactó en la humanidad del más querido médicos de todos los tiempos, José Gregorio Hernández, Siervo de Dios, tenido por santo por todos como médico de los pobres y cristiano ejemplar. Producto de ese accidente, el doctor Hernández falleció un 29 de junio de 1919, día de san Pedro y san Pablo.

Era domingo y el doctor Hernández se había levantado temprano y contento. Asistió a misa, comulgó, visitó a algunos enfermos y a las siete y treinta ya estaba en su casa desayunando. Vivía con su hermana quien le extiende la prensa del día. Así fue como se enteró de la firma del Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial.

Ese mismo día  cumplía 31 años de haberse graduado como médico. En su consultorio atendió algunos enfermos, visitó el Asilo de Huérfanos de la Divina Providencia y a los enfermos del Hospital Vargas de Caracas.

Años antes había intentado ingresar a una cartuja en Italia pero su frágil salud se lo impidió. Vivió como un laico entregado a Dios desde su apostolado, haciendo de su profesión un acto diario de entrega y alabanza al Creador. Formaba parte de esa Iglesia que hoy habría gustado mucho al Papa Francisco, siempre “en salida”, para la que no existe la palabra “descarte”.  El doctor José Gregorio Hernández veía a Cristo en cada semejante que buscaba alivio por sus manos.

Era, además, un reconocido profesor universitario, pionero de muchas iniciativas científicas novedosas en Venezuela para actualizar y mejorar el ejercicio de la medicina. Había estudiado en París y regresó para servir en su tierra y dedicarse, primordialmente, a los más necesitados. Y es que un médico se debe a la vida, y la paz le da dignidad.

Ese día, un amigo fue a saludarlo por el aniversario de su graduación y al verlo tan contento le preguntó  las razones. “¡Cómo no voy a estar contento!”, respondió Hernández. “¡Se ha firmado el Tratado de Paz! ¡El mundo en paz! ¿Tiene usted idea de lo que esto significa para mí?”

Entonces el médico acercándose le dijo en voz baja: “Voy a confesarle algo: Yo ofrecí mi vida en holocausto por la paz del mundo… Ésta ya se dio, así que ahora solo falta…”.

A las 2 de la tarde se encamina a visitar a una pobre anciana que requería de sus servicios para la cual, previamente, había adquirido algunos medicamentos. Caminaba con rapidez para llegar a su destino y atender la urgencia. Al tratar de cruzar una calle, un auto se le vino encima y lo golpeó lanzándolo contra la acera.

“Ni él pudo ver el carro, ni yo lo pude ver a él”, relataría 30 años después el atribulado chofer Fernando Bustamante, cuya hija era también paciente del doctor Hernández. “Traumatismo de cráneo en región parietal izquierda con fatal irradiación hacia la base”, dice el parte del  Dr. Luis Razetti.

Fue justamente Razetti, otro gran médico, su colega pero no creyente, quien expresó ante la tumba: “Cuando Hernández muere no deja tras de sí ni una sola mancha, ni siquiera una sombra en el armiño eucarístico de su obra que fue excelsa, fecunda, honorable y patriótica, toda llena del más puro candor y de la inquebrantable fe”.

Una conmoción inmediata sacude a la ciudad y luego al país entero. Lo velan en el paraninfo de la Universidad Central y una adolorida multitud le rinde su admiración y cariño. Pocos funerales tan sentidos se recuerdan en Caracas.

El Dr. David Lobo, presidente de la Academia Nacional de Medicina expresó así su testimonio: “¿Dónde hubo dolor que no aliviara? ¿Dónde penas que no socorriera? ¿Dónde flaquezas que no perdonara? En su pecho generoso, no germinaron nunca el odio ni el rencor…”.

Pero fue el insigne escritor venezolano Rómulo Gallegos -luego presidente de la República durante el trienio 1945-48- el que pronunció las emotivas palabras que han quedado para la posteridad en la memoria agradecida del pueblo venezolano: “No era un muerto a quien se llevaban a enterrar; era un ideal humano que pasaba en triunfo, electrizándonos los corazones. Puede asegurarse que en el pos del féretro del Dr. José Gregorio Hernández todos  experimentamos el deseo de ser buenos”.  Casi cualquiera en este país puede recitarlas cual si de un poema se tratara. Merecido tributo a quien Venezuela desea ver algún día en los altares.

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Alida

Dr. Alida Franceschi Dorta passed away July 5th, in Caracas, Venezuela.

Today, Alida passed away. She was an elderly Numerary, a Paediatrician, who had been diagnosed with Multiple Sclerosis since 1973, and spent almost 30 years in a wheelchair.

I went to Mass in Arada, the Centre in Caracas where Alida lived for the last 15 years or so. She didn’t get up (was not moved from her bed by her nurses) as she was feeling poorly; but she did receive Holy Communion during Mass (her bedroom is next door to the Oratory), and was clearminded enough to realise she was getting worse.

Alida was a Professor of Paediatrics at the Universidad Central de Venezuela’s Hospital School of Medicine, and her book on “Examen pediátrico” (Paediatric Examination), is still in use. She was born in Miranda, Estado Carabobo, Venezuela in 1933, and became a member of Opus Dei in 1959, the eighth woman to do so in Venezuela.

Her illness never stopped her from carrying out a fruitful apostolic and professional work. Her constant smile and positive outlook charmed all who met her.

Today, July 6th, at the Funeral Mass, the Venezuelan Vicar of Opus Dei, Dr. Javier Rodríguez reminded us to pray for her, as is our Christian and family duty, but also to have recourse to her intercession, partircularly in the difficult times we are experiencing in the country.

Please, pray for Alida, and a little bit, for Venezuela.

Defendiendo la vida con Jesús Poveda

Entrevista a Jesús Poveda:

– Fundador del Proyecto Provida Madrid, nos explica su historia cuando comienza esta asociación de jóvenes próvida. ¿Por qué lo hacen ? ¿ Cuales son sus propósitos? ¿ Y cuando comenzó todo?

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Niño que nació sin cerebro ahora puede hablar, contar e ir a la escuela

Demasiado para lo que los expertos decían

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Cuando nació Noah Wall, los médicos dijeron que probablemente no sobreviviría y que, de hacerlo, quedaría gravemente discapacitado físicamente y en su desarrollo. Nacido con únicamente el 2% de su cerebro en una familia de Cumbria, Inglaterra, no había esperanza para Noah, al menos según decían los médicos.

In utero, Noah había desarrollado una rara complicación de espina bífida por la que su cráneo se llenó de líquido, aplastando su cerebro hasta una “fina rodaja de tejido”, según recoge el diario británico Mirror. Se aconsejó a los padres, Shelly y Rob, que abortaran en cinco ocasiones. Se negaron. Tras el nacimiento de Noah, los médicos cerraron una herida abierta en su espalda e instalaron un shunt para drenar el fluido de su cerebro.

Shelly y Rob ya habían adquirido un ataúd para bebés para Noah, pero nunca dejaron de creer que el pequeño fuera menos que un magnífico regalo. Lo llevaron a casa, donde la familia al completo lo rodeó constantemente de amor, afecto y un cuidado atento las 24 horas del día. El cerebro de Noah empezó a crecer y a crecer. Y luego creció un poco más.

Cuando tenía 3 años, un escáner cerebral mostró que su cerebro “se había expandido hasta el 80% de un cerebro normal”. Ahora un documental del Canal 5 de Reino Unido, The Boy Who Grew A Brain [El niño al que le creció un cerebro] informa sobre lo lejos que ha llegado Noah.

La familia mantiene estimulado el cerebro de Noah para ayudar a su crecimiento neurológico. La neurocirujana de Noah, la doctora Claire Nicholson del hospital infantil Great North de Newcastle, en Inglaterra, lo califica como “un muchacho extraordinario con dos padres extraordinarios”.

Noah, que siempre sonríe y demuestra empatía y amor con sus palabras y acciones, está aprendiendo a leer y escribir, sabe contar y va a la escuela. Su cerebro sigue desarrollándose más allá de lo que podría haber imaginado o siquiera soñado nadie y, después de algunas cirugías en sus caderas, la familia de Noah cree que podrá caminar algún día. Por la forma en que se ha desarrollado esta historia hasta ahora, todas las apuestas favorecen a Noah.

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Despierta de repente y cuenta que estuvo frente a Jesús

Adolescente sufre paro cardíaco, muere durante 20 minutos

Lo que sea que haya sucedido, los médicos no lo supieron explicar

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Zack Clements, de Brownwood, en Texas, se sintió mal durante la clase de gimnasia en el colegio y sufrió un paro cardiaco para sorpresa de todos, ya que el chico de 17 años era deportista y mantenía hábitos saludables de vida.

Su corazón dejó de latir durante 20 minutos. El joven fue llevado de emergencia al hospital, donde permaneció tres días en un especie de coma – del que despertó de repente, como si nada hubiera pasado.

Pero lo más sorprendente aún estaba por venir.

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Cuando despertó, Zack le dijo a sus padres, Billy y Theresa, lo que había sucedido durante esos 20 minutos en que había estado clínicamente muerto.

Cuenta que vio a un hombre de pelo largo y barba y, siempre según su relato, reconoció en él el rostro de Jesús, que le puso la mano sobre los hombros y le dijo que todo estaría bien.

Lo que sea que haya sucedido con Zack, el hecho es que los largos 20 minutos de paro cardiaco y la súbita recuperación de los latidos del joven impresionaron mucho a los médicos que lo atendieron, dejándolos sin saber cómo explicar lo que pasó con el joven y, principalmente, cómo sobrevivió a esa ausencia de pulso.

En la más escéptica de las hipótesis, lo que queda patente es que la vida tiene mucho más fuerza de lo que acostumbramos imaginar – y merece ser respetada, preservada y cuidada con todos los esfuerzos, incluso cuando parece imposible recuperarla.

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Eligió implicarse en el dolor de sus pacientes

y este es el resultado

Alguna vez desesperación, muchas un acercamiento a Dios y siempre humanización

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Ángel es especialista en Oncología Médica y su consulta es un libro de experiencias intensas al final de la vida. Con ciencia y con conciencia médica trata de aliviar el sufrimiento de sus pacientes.

Entre el realismo y la esperanza, confía en que la profesionalidad y la misericordia ayudan a que el misterio del dolor humanice, y en algunos casos “termina acercando a Dios”.

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Ángel Jiménez Lacave nació en 1946. Su labor profesional como médico oncólogo e investigador así como la docente la ha realizado, en su mayor parte, en el Hospital Central de Asturias.

Reside en Asturias (España). Durante su vida profesional ha visto muchos trenes saliendo del túnel.

Con su capacitación científica y médica y un interés especial por la filosofía y la antropología, cultivada desde la adolescencia, pasa consulta a su experiencia en voz alta:ciencia, humanismo, atención al final de la vida, muerte, fe, compañía, dolor, sufrimiento…

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El doctor Jiménez Lacave fue agnóstico en los años 60 y 70; más tarde tuvo una conversión y conoció el Opus Dei.
Ángel ha ido y ha vuelto.

Las preguntas, las dudas y las certezas estaban ahí desde que el uso de razón manifestó sus inquietudes. Decidió estudiar Medicina “como el mejor camino para acercarme al del hombre y de la enfermedad y así poder participar en el proceso de curación”.

El hombre, a fondo

Y desde aquellos años de facultad, muchas personas con enfermedades han confirmado que su vocación de curar era un acierto.

Al final, entre el médico y sus pacientes hay simbiosis de experiencias, descubrimientos, maneras de entender el mundo, la enfermedad…

A él le ha servido descubrir “la dimensión ontológica del hombre y la dimensión metafísica del mundo. Con una idea más profunda de lo que es el hombre puedes entender mejor a la persona enferma. Eso fortalece la relación médico-paciente al haber aprendido a ponerte en su lugar. El hecho de que el paciente se sienta comprendido mejora enormemente la relación médica”.

Porque la Medicina es ciencia, pero no sólo química.

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Él es partidario de una relación médico-paciente que supone implicarse en el sufrimiento, una actitud que pasa factura personal.

Cada paciente, cada día y cada circunstancia tienen su afán. Para todos, Ángel ha tratado de vivir la máxima de San Pablo: “reír con los que ríen, y llorar con los que lloran. Una frase emotiva y humana. Pienso que hay que saber escuchar al enfermo y ponerse en su lugar. Erigir una barrera para no involucrarse no es apropiado, aunque sea una actitud defensiva facilitada para la cultura actual”.

Él es partidario de una relación médico-paciente que suponeimplicarse en el sufrimiento, una actitud que pasa factura personal, “aunque sabemos que la Medicina, al no ser una ciencia exacta, no se evalúa legalmente por los resultados, sino por la intención, los fines y los medios”.

Dignidad universal

A Ángel le ha servido su propia biografía para descubrir que “una cosmovisión materialista suele conllevar un concepto de dignidad circunstancial. Los que ven así las cosas piensan que cuanto peor es la calidad de vida, menos merece la pena vivir. En ese modo de entender el mundo la dignidad depende de las circunstancias y esas circunstancias influyen en la dignidad del enfermo y la muerte es una liberación”.

La cosmovisión cristiana tiene el concepto de dignidad ontológica: es decir, que todos los hombres tienen la misma dignidad independientemente de su raza, su sexo, su religión, su minusvalía, su enfermedad, etc. Es la base de los derechos humanos. Ninguna circunstancia justifica eliminarlo. Eso sería la “política del descarte” de la que habla el papa Francisco”.

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“La cosmovisión cristiana tiene el concepto de dignidad ontológica: es decir, que todos los hombres tienen la misma dignidad independientemente de su raza, su sexo, su religión, su minusvalía, su enfermedad, etc.”

A pesar de su preparación y su contacto directo con personas que sufren, Ángel ve un sentido trascendental del dolor, con su alta dosis de misterio.

A él le ayudó empezar a entender el sentido del sufrimiento un texto que, allá por los años 80, le regaló una paciente: la carta apostólica Salvifici doloris, de san Juan Pablo II. “Nadie da de lo que no tiene. Karol Wojtyla fue sometido desde niño al sufrimiento, y el dolor le acompañó hasta su muerte. Por eso pudo escribir esta carta”.

Ciencia, humanismo y trascendencia

A Ángel le sirve integrar en consulta la competencia profesional, la perfección en el trato humano y el sentido trascendente del acto médico, porque las tres facetas son importantes y las tres juntas ayudan a aliviar el sufrimiento de los pacientes.

De esta experiencia laboral, Ángel saca una conclusión general en el análisis del misterio del dolor: “En general, el sufrimiento humaniza”.

Y explica: “He vivido casos en los que, tras una desgracia, las personas han cambiado su sistema de valores: ya no les llena tanto lo que parecía estructural y sólo era superficial. Cuanto mayor es el sufrimiento, más te acerca al acantilado de las grandes preguntas, también a las que hacen referencia a la trascendencia del hombre”.

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La clave está en integrar en consulta la competencia profesional, la perfección en el trato humano y el sentido trascendente del acto médico.

Con respecto a la apertura a la fe de las personas que sufren, Ángel constata que “cada persona es un mundo”.

Lo que sí ha experimentado es que “a través de la misma labor profesional, la dedicación, y la buena atención, los pacientes llegan a palpar que algo real sustenta tu comportamiento, porque se sienten valorados y apreciados, y ese gesto les llega hasta el fondo del corazón. Por eso, en el fondo, a veces muy en el fondo, me atrevería a decir que el sufrimiento termina acercando a Dios”.

Y con una alta dosis de realismo, añade: “Hay que contemplar también que hay casos en que el sufrimiento lleva a la desesperación, a la pregunta frustrante sin respuesta de por qué me pasa esto a mí, a la rebelión más brutal. Ante estas actitudes el silencio respetuoso es, al menos de inmediato, la respuesta más adecuada”.

Artículo originalmente publicado por Opus Dei

SEIS HORAS EN CUIDADOS PALIATIVOS, SONRIÉNDOLE A LA MUERTE

 

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(En la imagen, Esther Martín, Thamar Capel, M.ª Victoria Galindo, Eduardo García y Álvaro Gándara. Foto: Enrique Villarino. El Confidencial)

Tanto en España como en otros países del llamado mundo desarrollado, asistimos a un obsesiva pretensión de conducir la preocupación por el tratamiento de los enfermos terminales hacia la legalización de la eutanasia y el suicidio asistido.

Hay, sin embargo, una alternativa para el verdadero servicio a la dignidad del ser humano hasta el final de la vida: la universalización de unos cuidados paliativos integrales y de calidad.

El emocionante reportaje de Ángela Sepúlveda publicado en El Confidencial sobre la experiencia de la Unidad de Cuidados Paliativos de la Fundación Jiménez Díaz, de Madrid, es bien expresivo de lo que con insistencia reclamamos desde la iniciativa VIDADigna de Profesionales por la Ética.

Este testimonio informativo, que reproducimos íntegro más abajo, es también un merecidísimo reconocimiento hacia todo el personal que día a día se entrega a los enfermos y a sus familiares en las unidades de cuidados paliativos. A este reconocimiento queremos también sumarnos desde nuestra asociación.

Fundación Jiménez Díaz

Compartimos una jornada con el equipo de la Fundación Jiménez Díaz (Madrid) para saber cómo se mantiene el ánimo mientras se trabaja con enfermos terminales

Ángela Sepúlveda / El Confidencial, 19.06.2016

Hay una palabra pronunciada por un médico que produce tantos escalofríos en un paciente como la del cáncer. En realidad dos, cuidados paliativos. Cáncer es un bajón moral y una lucha contra la enfermedad sin saber el resultado de la batalla. Paliativos significa el fin, no hay cura. Se acabó. Ha ganado Ella, la muerte.

Me dispongo a pasar seis horas con el equipo de cuidados paliativos de la Fundación Jiménez Díaz en Madrid -curiosamente donde el doctor Madrid Ariasempezó a experimentar con el alivio del dolor crónico- para saber cómo es su trabajo. Cómo se levanta uno cada mañana sabiendo que tendrá que estar cara a cara con Ella. La muerte es un elemento más de esta historia aunque con el paso de las horas me daré cuenta de que no es la protagonista.

Aparezco en la unidad 34 con algo de miedo. Seis horas viendo a pacientes y conociendo sus historias finales me estremecen. Y la primera, en la frente. MientrasEduardo García, médico de la unidad y mi guía, me explica cómo se distribuye la atención paliativa en la Comunidad de Madrid, aparece un hombre sonriente con traje, que le da un papel. Hablan amistosamente. El papel se ha quedado encima de la mesa y lo miro de reojo, un certificado de defunción. Eduardo se ha dado cuenta de mi mirada. “Es nuestro pan de cada día”.

Minutos más tarde me cuenta la historia de la fallecida. Una señora de 100 años que hasta que tuvo 99 estuvo en su pueblo jugando a las cartas y que llegó a aguantar la boda de una nieta hasta las 06:00 de la mañana. Falleció horas después de que otra nieta, su favorita, llegara de Sudamérica para verla. Con este ejemplo, Eduardo me acaba dando una lección: aquí lo importante no es qué dolencias tiene el paciente o de qué se muere. Aquí lo importante es su vida, la que ha tenido y la que le queda hasta que Ella venga a ponerle fin. Todos los miembros del equipo trabajan para que el enfermo y sus familiares vivan sin dolor -físico y moral-, y disfruten de sus pasiones hasta que esto se acabe. 

Tres médicos, una decena de enfermeras, una trabajadora social, dos psicólogos… Este equipo es un lujo en la Comunidad de Madrid. No todos disponen de tanto personal. Y ni qué decir tiene en España. 50.000 personas mueren cada año en España sin atención paliativa, “un sufrimiento evitable”, llegó a decir Álvaro Gándara, jefe del servicio de paliativos de este hospital, en una rueda de prensa. Pero aquí también aportan mucho los auxiliares de enfermería y las limpiadoras. “Son los que más tiempo pasan con el enfermo y a veces nos avisan de cosas que nosotros no vemos”, cuenta Eduardo.

Asisto a la reunión que hacen todos los días para hablar de la situación de cada paciente. “Aquí no son el de la 12 o el de la 6. Aquí se les llama por su nombre”, me chiva Eduardo. Se comentan las dolencias de cada paciente, si sabe en qué situación están o la familia se lo ha ocultado… Las historias médicas se combinan hoy con café y bollos para el desayuno. Toca despedir a Thamar Capel, médico externo que ha pasado un mes aprendiendo el trabajo de la unidad. Reconoce que al principio no tenía ganas de venir a paliativos y ahora el mes le ha sabido a poco. “Hay mucho desconocimiento sobre este trabajo, incluso entre los médicos”, explica.

“Deberían de dar más formación en la universidad sobre empatía”, reflexiona Eduardo. Lo dice quien además de médico ejerce de confidente de los pacientes. Todos cuidan al milímetro la comunicación no verbal. “Visitamos al enfermo con la familia dentro y nunca damos información en el pasillo”, cuenta. Tampoco hablan con el paciente de pie porque da sensación de autoridad. Se sientan y les miran de tú a tú. “Necesitamos volver atrás, a la medicina clásica, cuando el médico tenía tiempo para hablar con sus pacientes”, explica Álvaro Gándara, el jefe de la unidad.

No esquivan ninguna pregunta. “Somos un poco gallegos. Si me preguntan cuándo se van a morir les pregunto por qué piensan eso, si les asusta el final o en qué les puedo ayudar”, me cuenta Eduardo. “Hay una comunicación progresiva, no le decimos el primer día que se va a morir”. Lo compruebo en primera persona. Le acompaño a él, la psicóloga Esther Martín, la trabajadora social Susana Romero y la doctora residente Thamar hasta una habitación. El paciente -A.- nos recibe sentado en su cama. El color amarillento de su piel evidencia su estado. Hablan de cómo se encuentra pero acaba saliendo la pregunta. “Doctor, ¿cuánto…?”. Todos miramos la escena pero estamos fuera del cuadro, Eduardo y A. están solos. El paciente quiere “dejar todo atado”. “¿Por qué no vas solucionándolo independientemente del tiempo?”, le sugiere el doctor.

A. pregunta si puede irse a casa porque el hospital le agobia. Eduardo busca una solución intermedia. Se quedará el fin de semana en la Jiménez Díaz y volverá a casa el lunes. “Y mientras podemos darte permiso para ir a la cafetería”. Aunque A. intenta negociar con el doctor, acaba resignándose. “No me extraña que quiera irse, tiene una terraza impresionante con miles de plantas”, cuenta la trabajadora social cuando salimos de la habitación. Los cuidados paliativos de atención en domicilio le conocen desde hace unos meses. La trabajadora social, Susana, es el enlace entre domicilio y hospital y cuida de que paciente y familia estén en un ambiente adecuado.

Tras la charla, donde el silencio es tan importante como las palabras, le auscultan y acuerdan administrarle algo para que pueda dormir mejor por la noche. Se apuesta por el descanso de los pacientes, nunca por la sedación si no es estrictamente necesario.

Mientras escribo este artículo recibo un mensaje de Eduardo. El paciente ha fallecido menos de una semana después de haberle visitado. Sin embargo, el trabajo de los paliativos no ha acabado. Hay un seguimiento del duelo y al mes del fallecimiento se le manda una carta a la familia mostrando sus condolencias. Estas cartas, recordando detalles personales, son, a veces, imprescindibles para parejas, hijos y padres.

Los paliativos no son de piedra

“Llevo 10 años en esto y tengo claro que es algo vocacional”, se confiesa mi guía en esta visita. No son de piedra y hay momentos de debilidad, por eso los psicólogos del equipo también trabajan con sus compañeros. El dolor es grande cuando los pacientes son jóvenes. “Hace unas semanas lloré otra vez. Una mujer con 50 años, a quien habían frito en la quimioterapia y con apenas 30 kilos de peso, me dijo ‘déjenme morir, tengan piedad’. Falleció a las 24 horas”.

Tania Cardín, enfermera en paliativos desde que comenzó esta unidad -tres años-, tuvo que volver a trabajar tras un mes de baja por el fallecimiento de su padre. “Me preguntaba cómo podría volver aquí tras la pérdida”. Pero volvió y descubrió que las herramientas con las que había trabajado en la unidad le sirvieron para ayudar a su familia. Acaba de sacarse el máster en cuidados paliativos. “En urgencias salvas vidas pero aquí siento que ayudo de verdad”, cuenta mientras atiende a los pacientes que llaman desde sus habitaciones.

Parece poco creíble pero la positividad dirige los hilos de este grupo. Acompaño a Eduardo a ver a otro paciente. Esta vez vamos solos porque J. tiene cáncer pero ha decidido no tratarse. Ha pasado demasiadas horas en el hospital con su mujer, también con esta enfermedad, y no quiere seguir por ese camino. Quiere pasar el mayor tiempo posible en Soria, cultivando su huerto y recogiendo setas. Hablar de ello es lo único que le ilumina la cara pero se ensombrece al recordar la enfermedad de su mujer. Le escucha atento su hijo. Eduardo solo ha pasado a la habitación para preguntarle qué tal se encuentra y darle el alta. Suena su teléfono, hay un nuevo paciente que atender y sale de la habitación. J. sigue hablando de su huerto.

Esta unidad está llena de anécdotas de vida. Como la del propio soriano, que acabó llorando en presencia de la psicóloga y junto a su hijo cuando hablaron del gran legado que le dejaba el padre, su constante lucha, día tras día. O el hombre que escribió a cada hijo un diario personalizado, con fotos y experiencias. O cuando hicieron posible que otro pudiera bajar al bar de enfrente a comerse unas gambas, que era lo que más le apetecía en este mundo. “Esas son las cosas que te llenan”, me comenta la doctora M.ª Victoria Galindo, preocupada porque todavía me pueda ir con una visión pesimista de su trabajo.

Aún queda ver a una paciente anciana cuyo sueño es volver al quiosco que regentó durante años y ahora es de su hijo. La doctora Galindo le promete que hablará con su familia para cumplir su deseo mientras no le suelta la mano. El contacto aquí es fundamental. También visitamos a una enferma mayor que la noche anterior se escapó de la habitación para irse a cenar a casa y cuya hermana, de una edad similar, quiere llevársela con ella. El equipo no está muy convencido de esta solución. “Cuando no vemos a los familiares capacitados tomamos la mejor decisión para el enfermo”, apunta la trabajadora social.

Son las 15:00 horas y mi turno ha acabado. A ellos les toca el trabajo más administrativo, rellenar los informes médicos. Es viernes y pacientes y familiares estarán atendidos por el equipo de fin de semana, incluida una psicóloga. Si ya están en casa, podrán llamar a un teléfono que les atiende 24 horas. Sin llegar a decirlo, y a pesar de ser una obviedad, el equipo me transmite la importancia de vivir cada minuto, incluso cuando estás en tiempo de descuento. Y para eso están ellos, la unidad de paliativos, para que el enfermo pueda exprimir cada segundo.