Un enfoque novedoso para la adicción a Internet

Como sociedad estamos perdiendo nuestras ganas de vivir. Tal vez ya ni siquiera sabemos cómo vivir. Más bien, nos abandonamos a una búsqueda insaciable de la comodidad. Y luego, para agravar nuestra locura, cargamos a nuestra juventud con esta existencia inane. Ilustraré con un ejemplo demasiado familiar, demasiado tedioso.

Recientemente fui con mi esposa y mis cuatro hijos a la pista local al aire libre para jugar al hockey y practicar algunas habilidades de patinaje. Al lado de esta pista hay una pequeña choza climatizada donde puedes atar patines sin congelar los dedos. Tratar de mantener todos los dedos intactos es uno de los principales pasatiempos de invierno en Saskatchewan.

Cuando entramos en la choza, notamos que dos niñas, ambas en sexto grado, estaban sentadas allí. Ahora, si viviéramos en un momento normal de la historia, estas chicas habrían estado patinando. Pero no lo hacemos. Estaban sentados en el banco, pegados a sus teléfonos. Finalmente escuchamos a uno de ellos comentar: «¡Me gusta, solo necesito diez seguidores más en TikTok! ¡Como, diez más!»

Como, ok entonces.

Las chicas, incapaces de quitar los ojos de las pantallas, casi chocan contra la puerta cuando intentaban irse. Poco después, tres adolescentes se presentaron en la choza de skate para mirar los teléfonos. Después de diez minutos de desplazamiento, finalmente tropezaron con su camino hacia la pista real. Durante un minuto más o menos dispararon pucks a portería. Luego, los tres se apoyaron contra las tablas laterales, sacaron sus teléfonos una vez más y miraron durante otros diez minutos. Finalmente, regresaron a la choza de patinaje, sin duda para calentarse mientras desplazaban sus teléfonos. Al no tener a nadie más con quien jugar al hockey, mi esposa y yo finalmente empacamos a los niños y nos fuimos a casa. Qué divertido.

Simplemente saltaré a él. Estoy cansado de este mundo irreal que hemos creado. Estoy cansado de escuchar que, después de la pandemia, los niños pasan 7,5 horas al día frente a una pantalla. Estoy cansado de escuchar cómo cada 100 minutos un adolescente se suicida. Estoy cansado de mirar personalmente los ojos manchados de lágrimas de un joven y escucharlo decir: «No quiero vivir más». Estoy cansado de este mundo desconectado, desconectado y sin Dios.

Quiero que mis propios hijos puedan jugar un partido de hockey con otros, durante más de dos minutos a la vez. Quiero que no se sientan como marginados sociales porque, de hecho, no tienen un dispositivo de bolsillo con acceso instantáneo a la pornografía. Pero incluso más allá de mis propios hijos, quiero que todos los niños experimenten una vida real, en el mundo real. Un mundo real donde se construyen fuertes de árboles, conejos atrapados, oraciones ofrecidas, tradiciones transmitidas, rodillas raspadas y libros leídos. Un mundo en el que patinar con un amigo un sábado por la tarde no es un gran acto contracultural.

Con esto en mente, debo participar en una autopromoción desvergonzada. Perdóname por esto, pero creo que es importante. Verás, he escrito una novela. La novela es para el grupo de edad de 10 a 14 años (sí, este grupo de edad todavía disfruta de la lectura). En el fondo, el libro es un llamado a vivir la vida una vez más, en el mundo real.

Desconectado: The Broken Path se centra en un niño de doce años adicto a Internet llamado Ben Montana. En la historia, Internet un día muere repentinamente. Se produce el caos, como uno podría imaginar que sucede. Los eventos emocionantes, así como las conmovedoras lecciones de vida dadas por su abuelo, eventualmente llevan al joven Ben a aprender a vivir, sobrevivir e incluso prosperar en medio de esta gran depresión de Internet.

Ahora me imagino que hay lectores aquí con niños que memorizan a Shakespeare y Dickens por diversión, y consideran a Tolstoi y Eliot una lectura ligera. Para un niño así, Disconnected podría ser, y me duele decir esto, un medio paso por debajo de Shakespeare. Sin embargo, creo que esos niños aún disfrutarían de la historia aventurera y el simbolismo católico escrito en Disconnected. Sin embargo, como mi lema para escribir ha sido «Lanzarse a las profundidades», he escrito el libro para todos aquellos diez en adelante que necesitan el impacto de una experiencia de lectura honesta, real, entretenida, incluso emocional. A todos ellos, les ofrezco este libro para su edificación y placer.

Francamente, quiero más para nuestra juventud que el mundo entumecido que parece que les estamos transmitiendo. Quiero que se les dé una vida real para vivir. Para reformular a Tolkien, el mundo no se encuentra en TikTok y Snapchat. Está ahí fuera.

* * *

Desconectado: El Camino Roto se puede pedir a través de Amazon.

A continuación ofrezco un fragmento del libro. En esta escena, Ben, de doce años, ha estado luchando sin su dosis habitual de Internet. De hecho, ha estado actuando a propósito y metiéndose en problemas. Finalmente, sus padres lo envían a la casa del abuelo, con la esperanza de que algún tiempo en la granja fortalezca a Ben.

* * *

La bicicleta al abuelo fue una pesadilla. El viento gritón atacó a Ben, y cada empuje de los pedales parecía un paso tortuoso hacia la cima del Monte Everest. Solo la cima del viaje de Ben no fue pararse en la cima del mundo en gloria, sino tener una conversación que quería evitar.

Se detuvo en el corral y apoyó su bicicleta contra la casa. El fuerte viento empujó rápidamente la bicicleta. Ben frunció el ceño, decidió dejar la bicicleta en un montón colapsado y llamó a la puerta principal. Ben nunca llamó a la puerta de su abuelo, pero esta vez se sintió como un nieto pródigo, y que no debe ser demasiado audaz o descarado.

El abuelo abrió la puerta. «¡Mira lo que arrastró el gato! ¿Todavía está vivo?»

Ben sonrió a medias. No se sentía vivo. Tampoco dijo nada.

«Entra, siéntate. Acabo de matar al ternero gordo», continuó el abuelo, señalando una nueva caja de galletas sobre la mesa. «Te conseguiré un café».

Ben nunca había tomado café antes. Esto fue extraño. Pero no quería ser grosero, así que lo intentó. Para cuando consiguió que el café fuera bebible, la taza estaba llena de partes iguales de café, crema y azúcar.

«Entonces. ¿Te lo has estado pasando bien últimamente?», Preguntó el abuelo.

¡ Ay.

«Muy bien. Una multa de ciento veinte dólares, para ser exactos», respondió Ben.

«Bueno, voy a pagar por ello. ¡No, no! Insisto». El abuelo sacó un pedazo de papel y comenzó a escribir. Cuando terminó, firmó el papel y le mostró a Ben.

Por la presente le doy la mitad de mis pollos, 18 gallinas en total, a Benedict Montana. Ahora es responsable de su cuidado.

«Supongo que tenemos que hacer las cosas oficialmente con cierta legalidad en estos días. No querríamos más multas», dijo su abuelo. «Sigue adelante y fírmalo».

Ben estaba confundido. Necesitaba 120 dólares. No dieciocho gallinas.

«¿Debo llevar a las gallinas a la oficina de la ciudad para pagar la multa? ¿Solo dejarlos en el escritorio del alcalde, tal vez?», Dijo Ben.

«¡No! Trabajas con las gallinas, maldita sea. Grandes capas, lo son. Te acercarás a los dieciocho huevos al día. ¡Eso es fácilmente cinco dólares al día!»

Ahora empezaba a tener sentido para Ben. Esta fue una pequeña y linda escena de película que se desarrolló ante sus ojos. Solo conseguiría algunas gallinas, vendería los huevos, se convertiría en una buena persona, le sobraría dinero para ganar a la niña y luego viviría feliz para siempre. Qué lindo, pensó. También puede conseguir un televisor en blanco y negro también, y meterme en mi camisa, y escuchar canciones de Elvis Presley, y …

El abuelo interrumpió sus pensamientos. «¿Cómo se llama, Ben?»

Ahora la confusión de Ben era del tamaño del Monte Everest. «No sé a qué te refieres».

«Te ves tan serio. Tan infeliz. Tan poco libre. Debe ser una chica que te guste. ¿No?»

Un momento. Pasó un minuto entero. 250 bebés nacieron durante ese minuto. Murieron 120 personas. Diablos, una de sus gallinas probablemente puso un huevo durante la espera. ¿Tal vez el huevo también eclosionó?

«Sofía. Sin embargo, no es así. Ella está enojada conmigo en este momento de todos modos. Simplemente no podía dejarlo ir …»

«Ben. ¿Estás planeando casarte en el próximo año más o menos?»

Ben se atragantó con su café. ¿Casado? «¿Qué? ¡Claro que no! Eso es ridículo».

«Entonces sé amigo de Sophie. ¿Entender? Tienes doce años. ¿O trece? Lo que sea. El punto es que tienes algo que hacer al crecer. Algunos viviendo para aprender. Necesitas buenos amigos, como Sophie. Pero necesitas crecer y convertirte en un hombre».

El abuelo señaló el café. Así que eso es lo que estaba pasando. Era una copa de hombría, o algo así. Aún así, Ben pensó en uno de los puntos de la conferencia. El abuelo había dicho que necesitaba buenos amigos como Sophie. En este momento no eran, de hecho, buenos amigos. Ben sabía que era su culpa. También sabía que tenía que arreglarlo.

Una última vez, el abuelo interrumpió sus pensamientos. «¡Ahora firma ese maldito papel y ve a limpiar el gallinero! Los socios comerciales significan que ya no tengo que palear su basura».

«Bien jugado», dijo Ben mientras firmaba el periódico. «Supongo que me pondré a trabajar, entonces».

«Solo advirtiéndote, la cooperativa podría oler un poco. Anoche les di a las gallinas algunos encurtidos».

«¿En serio? ¿Por qué?», gimió Ben.

«Porque ayer tuve una charla con tu papá y sabía que vendrías». Había ese viejo y adorable brillo en su ojo.

* * *

El viaje a casa fue lento. Sí, el viento estaba a favor de Ben. Pero llevar dieciocho huevos a casa en una bolsa de supermercado no fue exactamente fácil. Tendría que traer su mochila de ahora en adelante.

Ben decidió que iba a parar a ver a Blake y Sophie antes de irse a casa. La primera parada fue la casa de Blake. Blake era un chico estable, y no uno para guardar rencor. La disculpa fue fácil. Los dos niños se sintieron aliviados de estar de vuelta en términos de hablar.

Hablar con Sophie no fue tan simple. Aparentemente, ella estaba haciendo el pasatiempo favorito de la niña con problemas: andar en bicicleta por la ciudad.

Después de andar en bicicleta por Fairsoil durante diez minutos, Ben finalmente la vislumbró desde la distancia. «¡Hola Sophie!» Ben llamó mientras comenzaba a pedalear más rápido para alcanzarla.

Sophie miró a Ben, sacudió la cabeza con disgusto y aceleró la velocidad. No podía creerlo. Ella se alejaba corriendo de él.

«¡No! ¡Sophie, espera!» Ben gritó, desesperado por ponerse al día.

Gritar, andar en bicicleta y equilibrar los huevos era demasiado para Ben. Derrapó hasta detenerse. Una docena de huevos en la bolsa de supermercado que llevaba fueron aplastados juntos. La yema rezumaba en la camisa y los pantalones de Ben. Y Sophie anduvo en bicicleta fuera de la vista.

Solo había una cosa en el mundo que podía empeorar la situación. Sólo una. Por supuesto, esta única cosa fue exactamente lo que sucedió. Jaxon, como convocado por algún demonio, pronto pasó a toda velocidad en su bicicleta. Al notar a Ben, y el desorden en su ropa, se acercó para ofrecer palabras de aliento.

«Apestas», balbuceó Jaxon. No fue el matón más elocuente que jamás haya existido.

«Chupa huevos», fue la respuesta de Ben. Comenzó a batir sus huevos restantes en Jaxon. Uno lo atrapó cuadrado en el costado de la cabeza.

«Oye, imbécil», gritó Jaxon, antes de darse cuenta de que debería hacer una salida temprana. Un huevo más golpeó su espalda mientras se alejaba.

Bueno, pensó Ben, con huevos corriendo por su parte delantera, al menos algo salió bien.

Dan Millette

Dan Millette

Dan Millette es esposo y padre de cuatro hijos. Enseña en Saskatchewan, Canadá. Millette se graduó de Our Lady Seat of Wisdom College en Ontario y tiene una Maestría en Teología de Holy Apostles College en Connecticut. Su blog personal es www.bravestthing.com.

Ama al mundo

Alejandro Manzoni en su obra literaria, Los Novios, describe gráficamente como conseguir el bienestar: “El hombre, mientras permanece en el mundo es un enfermo que, metido en la cama con más o menos incomodidad, ve alrededor de sí otras camas, muy aseadas por fuera, muy lisas, y al parecer muy bien mullidas, y se figura que ha de ser muy feliz quien las ocupe. Pero si llega a cambiar, apenas echado en cualquiera de ellas, empieza a sentir de un lado una paja que le punza, en otro una dureza que le mortifica, y pronto se halla, poco más o menos, como en la cama primera. Y esta es la razón de por qué debemos antes pensar en hacer bien, que en estar bien, que es el modo de llegar a estar mejor” (cap. XXXVIII).

Una señora muy pobre de Hermosillo (Sonora) telefoneó a un programa cristiano de radio pidiendo ayuda. Un brujo que oía el programa consiguió su dirección, llamó a sus secretarios y ordenó que compraran alimentos y los llevaran a la mujer, con la siguiente instrucción: “Cuando ella pregunte quién mandó estos alimentos, respondan que fue el diablo”. Cuando los secretarios llegaron a la casa, la señora los recibió con alegría y fue inmediatamente guardando los alimentos que le llevaron. Al ver que no preguntaba nada ellos le dijeron: “Señora, ¿no quiere saber quién le envió estas cosas?”. La mujer en su simplicidad respondió: “No, hijo mío, no es preciso. Cuando Dios manda ¡hasta el diablo obedece! Además, el donador ha de querer que su mano izquierda no sepa lo que hace la derecha”.

La “mentalidad laical” es esencial a la santificación del laico en medio del mundo y, en particular, a la santificación del trabajo ordinario. Hemos de ir por todos los caminos de la tierra para convertirlos en caminos del Señor. La mentalidad laical consiste en saber estar en el mundo sin ser mundanos, es saber disfrutar de las cosas buenas y nobles que da el mundo. Es comprometerse con lo que se comprometen las personas valiosas. Es pasar oculto y ver esto como muestra de predilección. No significa ver mucha TV o comprar muchas cosas.

Escribe Peñalosa: “En la negrura del mundo hay millones de almas creciendo en la noche, silenciosas y humildes, constructoras y ardientes. No salen en los periódicos, pero ellas sostienen al mundo.” En efecto, los contemplativos sostienen al mundo.

Ernst Burkhart y Javier López, dicen en su libro que, al ser adoptado como hijo de Dios en el Bautismo, el cristiano recibe una participación en el sacerdocio de Jesucristo, y por eso tiene “alma sacerdotal”. Además, el hombre es hecho por Dios heredero de la gloria, herencia que incluye las realidades creadas.

Alma sacerdotal es vivir según el espíritu, no según la carne; los que viven según el espíritu son los que tienen alma sacerdotal. La Santa Misa “alimenta” las buenas obras que se hacen en el mundo. Es tan grande la Misa que podemos encomendar en ella a todo el pueblo chino y les llega. Podemos encomendar que haya más judíos mesiánicos en Israel, actualmente hay 35 mil. Están haciendo mucho bien.

El Papa Benedicto XVI les dijo a los sacerdotes (L’Osservatore Romano, 27 feb-5 marzo, 2010): Jesús es hombre de Dios pero también “hombre en todos los sentidos”, llamado a cultivar su inteligencia, sus sentimientos y sus afectos según la voluntad del Creador… Un elementos esencial en la vocación del sacerdote es la compasión, el sufrir con los demás. No puede vivir sólo para sí. Debe tomar sobre sí mismo la “pasión” de su tiempo, de las personas que le han sido encomendadas. Luego, en otro momento, citó al final a México: Quiero terminar extractando algunos preciosos versos de una canción que entonaban los cristeros mexicanos y que revelan el valor y el anhelo de eternidad que debemos tener. Dicen así: “El martes me fusilan / a las seis de la mañana / por creer en Dios eterno / y en la Gran Guadalupana. […] Matarán mi cuerpo, pero nunca mi alma. / Yo les digo a mis verdugos / que quiero me crucifiquen, / y una vez crucificado / entonces usen sus rifles. […] No tengo más Dios que Cristo, / porque me dio la existencia. / Con matarme no se acaba / la creencia en Dios eterno: / muchos quedan en la lucha / y otros que vienen naciendo. […] ¡Viva Cristo Rey!” (noviembre del 2010).

La vida cristiana consiste en hacer todo con Jesús; rezar, discurrir, amar, trabajar, caminar, descansar, divertirse… Los disgustos, enfermedades, contradicciones, dolores… sin incorporarlos a Cristo, carecen de valor. Si estoy en gracia, todo lo que ocurre en mi vida es voluntad divina. Dios se gloría en sus hijos si le obedecen.

Dios ha amado al mundo. Y tanto ha amado el Padre al mundo que le ha dado a su Hijo Unigénito, por ello debemos de hablar y anunciar al Señor Jesús. Dios no es un tirano exigente, es el Cordero que se ha inmolado.

Alma sacerdotal y mentalidad laical significa hacer de nuestra existencia un altar, un holocausto, una ofrenda total. Parece que fue el espíritu que vivió la Virgen.

«EL ÁNGEL SURFISTA»

Acaba de publicarse El ángel surfista, un libro sobre Guido Schaffer, médico y seminarista que falleció practicando su deporte favorito y dejó un recuerdo imborrable de virtudes cristianas. Este vídeo recoge algunos testimonios de quienes le conocieron bien. Para saber más sobre Guido Schaffer, pincha aquí.

¿Eran números o era amor?

POR Marta García San Martín, 4 clasificada Premio Literario RRHHDigital 2020

¡Del 250 al 260!

“¡No obstruyan el paso, los no citados todavía, vayan al fondo, los de reservorio a las sillas azules, circulen, circulen, circulen!”.

“¡Del 260 al 270!,¡ venga, venga, venga!”.

“¡A ver, esos papeles, la tarjeta, quiero ver la tarjeta. Circulen, circulen, circulen!”.

No es un cuartel, no es un sargento.

Es un ángel de ojos verdes y pelo exageradamente teñido de rojo que, en el Hospital de la Princesa, ordena a las masas que acuden para las extracciones de sangre.

Cientos de personas cada mañana, desde las 7,30 hasta las 9,00 desfilan por la planta primera del hospital.

Personas asustadas, miedosas de perder su turno, con mil preguntas casi imposibles de responder de manera personalizada. Personas que atascan pasillos y corredores. Pacientes que entran angustiados por ese miedo que muchos sienten ante una extracción de sangre. Pacientes que salen aliviados, con el brazo flexionando y sujetando fuertemente una tirita. Y, como siempre nos ocurre, ante la masificación nos volvemos torpes y gregarios, caminamos en bloque, no en fila de uno, nos saltamos colas y taponamos salidas. Llenamos el aire de mil preguntas que solo ayudan a confundir más “¿Qué ha dicho, qué numero dijo, llamó ya el 352, no se me habrá saltado?”.

Y para coordinar las casi 1000 extracciones diarias está nuestro ángel de ojos verdes y pelo colorado.

Se mueve, casi corre e incluso brinca, empuja suavemente a unos, frena con la mano a otros, libera las sillas destinadas a pacientes oncológicos para que no tengan que esperar sentados.

“¡Del 270 al 280!, ¡venga, venga, venga!”.

Y explica mil veces el proceso a los despistados, y regaña suavemente a los abusones que ocupan las sillas de los pacientes oncológicos. Y duramente a los que creen que pueden engañarla y son reincidentes.

Controla todo, los que entran, los que salen, los auxiliares que están en las ventanillas verificando   las citaciones, al paciente que se marea pensando que va a ver su propia sangre y se desmaya en medio del pasillo.

“¡Circulen, circulen, no me hagan grupos, no pasa nada. Manoli, llama y pide un enfermero!”.

“Usted, ¡no se me siente en las sillas oncológicas!.”

“¡Circulen, circulen, circulen!”.

No es la guerra, es un hospital, y no estamos mal tratados aunque sí algo masificados. Cuando te aprendes el protocolo (los enfermos crónicos) hasta ayudas a otros pacientes.

“¡Del 280 al 290, venga, venga, venga!”.

Y así un día y otro, sin perder la ilusión ni la sonrisa. Ayudando a todo el mundo, con dominio de la situación, pero sin aullar, sin perder la calma y repartiendo tantas sonrisas como números.

No conozco después de un año largo de tratamiento, el nombre de nuestro ángel de ojos verdes y pelo colorado, busco una etiqueta que me ayude en su bata azul, pero no veo nada. Este miércoles, nuestro último día de analíticas,  cuando ya no hay tratamiento que cure a mi marido, no pude evitar abrazarla y decirle. “¿alguien te ha dicho alguna vez que haces muy bien tu trabajo?”.

Y brotó una lágrima de sus maravillosos ojos verdes y un “¡gracias!” tembloroso y emocionado de sus labios perfectamente maquillados desde las seis de la mañana, mientras que con la mano izquierda daba un número y con la mano derecha acariciaba la mejilla de una anciana que casi no podía con sus fuerzas.

Y lo entendí todo. Nuestro ángel, además de números…¡repartía amor!.

Las personas que aman lo que hacen dan valor al trabajo más gris y rutinario, al menos cualificado, al, aparentemente, más fácil y sencillo.

Las personas que aman su trabajo son tan grandes y hermosas, como mi ángel de ojos verdes y pelo colorado.

Amor al trabajo, al cliente o al paciente, a la empresa que representas. Amor, amor, amor. No hay escuelas de amor, ni universidades de amor. Nos enseñan a amar en nuestras casas y quizás en las escuelas, pero ¿nos enseñan a amar en las empresas?.

De nada valdrá tanta política y estrategia de RRHH sin amor. Enseñemos a nuestros equipos a dar y recibir amor. A agradecerlo y a pedirlo.

Allí dejé a mi ángel de ojos verdes y pelo colorado, repartiendo números ¿o era amor?

“¡Del 350 al 360, venga, venga, con orden, no se me amonten!”

“¡Del 360 al 370!”.

No eran números lo que repartía…

Mi ángel repartía amor.

Harry Potter, ¿es recomendable?

Todo mundo ha oído hablar del éxito de los libros de Harry Potter. Nunca antes se había vendido un libro para niños con tanta facilidad. ¿Es una inocente y entretenida historia de hadas? ¿O es un libro que no deberían leer los niños?

Recientemente, apareció un libro dedicado a explicar el fenómeno de Harry Potter: Harry Potter – Good or Evil? (Harry Potter, ¿bien o mal?), por Gabriele Kuby. La autora es socióloga y escritora. Propone  la tesis de que Harry Potter es un proyecto a largo plazo “que ha formado a una generación entera y como resultado a toda una realidad social”. Responde a la pregunta: ¿Es Harry Potter bueno o malo? Su respuesta no es ambigua: contesta que es malo. Analiza los tomos, paso a paso, en sus 160 páginas, y refuerza sus conclusiones con citas del texto de la novela.

Kuby examina la técnica de J.K. Rowling desde una perspectiva cristiana, explica como se modifica el estado normal de conciencia en el curso de la lectura, rompe inhibiciones para participar en la magia y modifica puntos naturales de orientación; especialmente, el criterio que distingue entre bien y mal es disuelto con confusión mental y desarme emocional. Describe lo que sucede cuando el mundo humano es denigrado y cuando el mundo de brujas y magia es glorificado. G. Kuby desacredita la guerra aparente entre el bien y el mal, en la que Harry Potter está involucrado. Ella rechaza los argumentos de muchos críticos que opinan que Harry Potter es pedagógicamente valioso porque está comprometido en la guerra entre el bien y el mal. Harry Potter no lucha contra el mal; de un libro a otro su afinidad con Voldemort crece, y Voldemort es resueltamente malo. En el quinto volumen Voldemort toma posesión de Harry Potter, lo que lleva a la total destrucción de su personalidad.

Los libros de Harry Potter asumen que el mal es parte de toda existencia humana. Pongamos un ejemplo: Durante un juego de Quiddich, el maestro Querrel quiere asesinar a Harry con una maldición. El profesor que odia a Harry, Snape, lo salva a través de una contra-maldición. Dumbledore le explica: “Tu padre le hizo algo a Snape que no puede perdonar. Él salvó su vida. Snape no puede soportar estar en deuda con tu padre… Con la deuda saldada puede continuar odiando a tu padre con una conciencia más clara”. Esto provoca una gran confusión: alguien que odia a Harry le salva la vida. Lo hace a través de una maldición, y lo hace con la intención de poder seguir odiándole.

Los libros de Harry Potter llevan a sus lectores a un mundo plagado de monstruos crueles, de espíritus manchados de sangre, de maestros malévolos y sádicos, de horribles hechizos y maldiciones, sin hacerles saber que hay vías para vivir fuera de ese mundo, mas aún, no hay la menor insinuación o pista de que  alguno esté buscando salir de allí. El temor de Harry y de sus grandes amigos es ser expulsados de Hogwarts, la escuela de magia y brujería, pues entonces tendrían que entrar al mundo de los humanos (muggels), lo que es presentado como un prospecto detestable.

El libro carece de una dimensión trascendental. Todo lo sobrenatural es demoníaco en él. Los símbolos divinos están pervertidos. La habilidad del lector para distinguir el bien del mal trata de ser mutilada a través de la manipulación emocional y de la confusión intelectual.

Gabriele Kuby se pregunta cómo los padres de familia, que dicen querer lo mejor para sus hijos, les facilitan esta lectura. Su respuesta es interesante: solamente una cultura enferma puede considerar la varita mágica como apetecible. Harry Potter no es un cuento moderno de hadas. En los cuentos de hadas, las brujas y magos son figuras claramente malvadas, de cuya influencia el héroe se libera a través de actos de virtud. En la historia de Harry Potter nadie quiere ser bueno.

Gabriele Kuby recomienda a los padres de familia analizar con maestros y amigos la obra de Harry Potter. La autora también dice que experimentó momentos oscuros durante la lectura de esta obra en el curso de su investigación. No se le hace un favor a la generación joven cuando se le seduce con la magia y se les llena la cabeza con imágenes de un mundo donde el mal gobierna, mundo del que no se buscan salidas sino que es más bien deseable. Hay que tomar en cuenta que el niño se educa también con lo que alimenta su espíritu (Current Concerns, cfr. www.currentconcerns.ch).

No se abrirá, de momento, la causa de beatificación de Chesterton

Chesterton (1874-1936) fue periodista, escritor y tras su conversión al catolicismo un gran apologeta

El obispo ve tres objeciones

Gilbert Keith Chesterton no será declarado santo, al menos a corto y medio plazo. Así lo ha decidido el obispo de Northampton, monseñor Peter Doyle, que no abrirá la causa de beatificación del gran escritor que tras su conversión acabaría convirtiéndose en una de los grandes protagonistas del renacimiento del catolicismo inglés de principios del siglo XX.

Esta decisión de no abrir este proceso fue tomada por el obispo el pasado mes de abril, tal y como revela  Alfa y Omega.  En una entrevista con este semanario español, monseñor Doyle afirma que no ha sido “nada fácil” aunque afirma haberlo hecho “con total humildad”.

Mucha devoción en el mundo, pero poca en su diócesis

Según explica, la razón “más importante” para decidir no abrir el proceso de beatificación es que a pesar de la gran devoción que suscita Chesterton en muchas personas en todo el mundo, y cómo a través de sus escritos han llegado muchos otros al catolicismo, esto “no se da localmente” en su diócesis de una manera significativa.

De hecho, uno de los elementos a tener en cuenta en estos procesos es que haya una devoción hacia esa persona en la diócesis.  Comprobar que existe fama de santidad y de conceder gracias y favores es un requisito que la Iglesia exige a un obispo diocesano para abrir la causa.

Muchas personas cambiaron de vida gracias a sus textos

El obispo habla también de un segundo motivo y es el no haber sido capaz de “extraer de la documentación un patrón de espiritualidad personal” que caracterizara la forma en la que el escritor vivió la fe católica tras su conversión.

El sacerdote John Udris ha sido el encargado de investigar si se debería abrir la causa de beatificación de Chesterton. Tras cinco años de investigación presentó su informe y él mismo pensó que sería favorable. En declaraciones a Alfa y Omega afirma mostrarse “decepcionado” por la decisión final, pero considera ser un privilegiado por haber podido “conocerlo de una manera que de otra forma no habría tenido la oportunidad”.

El padre John Udris ha estado durante cinco años recopilando información sobre Chesterton para abrir la causa de beatificación

Udris ha sido además párroco de Beaconsfield, la localidad en la que Chesterton y su esposa vivieron desde 1909 y hasta la muerte del escritor en 1936.

Este sacerdote señala que una de las partes favoritas de la investigación que ha realizado durante estos años ha sido el poder leer todas las cartas que Frances, su viuda, recibió tras la muerte de Chesterton. “Muestran el cariño y la estima que se le tenía en todo el mundo ya en su época. Muchas decían todo lo que les había ayudado a cambiar sus vidas”.

Las acusaciones de antisemitismo

Sin embargo, hay un tercer motivo que ha pesado mucho a la hora de que el obispo haya tomado esta decisión y son las acusaciones de antisemitismo contra Chesterton. “Se trata de un obstáculo real, particularmente en este tiempo en el Reino Unido”, reconoce el obispo de Northampton.

Estas críticas no son nuevas y están relacionadas en la forma en la que el escritor y periodista valoraba temas como el sionismo y el semitismo. El mismo Chesterton respondía a estas críticas en su libro La Nueva Jerusalén, que escribió durante un viaje que hizo a Tierra Santa.

Chesterton sale del Parlamento junto al escritor judío y sionista Israel Zangwill, con quien mantenía una buena relación

Chesterton era decididamente sionista: «Sería mejor para todos si Israel gozara de la dignidad y responsabilidad distintiva de una nación independiente... dándole a los judíos un hogar nacional, preferentemente en Palestina». Esto lo escribe en 1922, cinco años después de la Declaración Balfour que comprometió al gobierno inglés en ese proyecto.

Pero la realidad era que numerosos judíos en todo el mundo eran decididamente antisionistas, y querían permanecer en las sociedades que les habían acogido generaciones -en algunos casos, muchas generaciones- atrás. Se sentían plenamente integrados, pero ¿lo estaban? Chesterton consideraba que «los judíos son judíos, y, como consecuencia lógica, no son rusos, o rumanos, o italianos o franceses». Él y otros eran acusados de antisemitas por querer «dar a los judíos la dignidad y el status de una nación independiente» y que «los judíos fueran representados por judíos, vivieran en una sociedad judía, fueran juzgados y gobernados por judíos». «Si esto es antisemitismo, entonces soy antisemita», proclama, pero enseguida aclara la paradoja: «Parecería mucho más racional llamarlo semitismo».

«Fue un gran testigo de la fe»

El padre Udris también reconoce que Chesterton tuvo que defenderse toda su vida de esa acusación de antisemitismo, y que algunas de sus palabras «nos suenan ofensivas”: «Pero cuanto más leo a Chesterton», añade, «más veo que no tuvo nunca nada que ver con el odio, salvo el odio a las ideas, y que evitó a cualquiera que abrigase odio étnico. Más aún, procuró defender con su pluma a las víctimas de esas ideas».

Una escritora judía como Dawn Eden Goldstein, conversa al catolicismo, apoya su beatificación: «Fue un gran testigo de la fe, así que no tengo objeción a que se abra la causa» para que sea en ella donde se sustancie el alcance de este tipo de obstáculos en cuanto a la afirmación de sus virtudes heroicas. Por lo que respecta a ella, reconoce la influencia de Chesterton en su evolución intelectual y moral: «Su novela El hombre que fue Jueves encendió la mecha de mi conversión. Su poderoso abordaje del sufrimiento me abrió la comprensión sobre la fe cristiana».

El obispo recuerda que la decisión de no abrir este proceso no es definitivo y que esto podría cambiar en el futuro. “Reconozco la bondad de Chesterton y su capacidad para evangelizar pero, en el fondo de mi corazón, creo que él mismo no habría querido mucho jaleo en torno a su figura”, recuerda monseñor Doyle, que recalca que ya ha presentado su renuncia al Papa por edad y que su sustituto podría tomar una decisión diferente.

Puede adquirir aquí libros sobre Chesterton y escritos por él

5 cosas que Emily Brönte puede enseñar a las mujeres de hoy

Una escritora del siglo XIX cuya obra aún tiene algo que decir

Por si olvidasteis la tarta de cumpleaños con muchas, pero que muchas velas, os recordamos que la legión de fans de la escritora Emily Brontë celebró el 30 de julio su 200.º cumpleaños.

Los admiradores de la enigmática escritora conmemoraron el día de maneras muy diversas. El lugar de nacimiento de Emily —Thornton, Inglaterra, cerca de Bradford— preparó un buzón de correos adecuado a la ocasión con su poema High Waving Heather. Un artesano escocés hizo un violín en honor de Emily. Y un alma afortunada quizás pueda regalarse a sí misma una rara primera edición de Cumbres borrascosas, el logro literario más titánico de Emily (y la única novela que escribió). El regalo solo le costaría 11.300 dólares.

A Emily quizás le habría sorprendido que se la recuerde, no digamos ya que se la homenajee, dos siglos después de su nacimiento. Nunca se casó, así que no tuvo hijos para preservar su memoria. Publicó Cumbres borrascosas en 1846 bajo un seudónimo (Ellis Bell), y las críticas iniciales fueron decididamente mixtas. Murió un año después. Probablemente había más gente que la conocía como ama de casa que como escritora.

Sin embargo, desde entonces, la influencia de Cumbres borrascosas se ha vuelto casi ineludible. La historia se ha llevado al cine o la televisión una docena de veces y cada generación le ha dado su propio giro. La película de 1939 fue la más aclamada, protagonizada por el legendario Laurence Olivier y nominada al Óscar a la Mejor Película. La adaptación televisiva de 1978 de la BBC es considerada la más fiel. Otras reinterpretaciones transportan a los moros británicos de Cumbres borrascosas a México (Abismos de pasión de 1953) o al Japón medieval (una versión de 1988 dirigida por Yoshishige Yoshida). Cuando The Guardian decidió clasificar las 100 mejores novelas escritas en inglés, la obra maestra de Emily entró en el puesto número 13. No está mal para una escritora a media jornada en su primera y única novela.

A pesar de la omnipresencia y el éxito del libro, la propia autora sigue siendo un misterio. Ella era notoriamente introvertida y tenía muy poco interés en buscar la fama. Sin embargo, por lo que sabemos de su vida, Emily Brontë sigue inspirándonos y enseñándonos a su propia manera tranquila. Echa un vistazo a algunas de las características que ella encarna tan bien…

Imaginación

La madre de Emily, Maria, murió cuando Emily tenía tan solo 3 años. Su padre, Patrick Brontë, era un clérigo de unos 50 años que no tenía mucho tiempo para entretener a sus hijos (sus hijas Charlotte, Emily y Anne —que se convirtieron todas en escritoras publicadas— y su hijo Branwell). Ella y sus hermanos se sumergieron con todo el corazón en un mundo de asombrosa imaginación, avivado por un conjunto de soldados de juguete que Branwell había recibido. En conjunto, los cuatro Brontë escribieron cientos de poemas que detallan los acontecimientos en los reinos gemelos de Angria y Gondal, poemas ahora protegidos por el Museo Británico.

Aunque algunas personas en tiempos de Emily podrían haber pensado que tales mundos imaginativos eran una pérdida de tiempo, los científicos y psicólogos modernos entienden lo importante que es la imaginación para una mente joven. Childtime.com señala que frases como “habilidades de pensamiento crítico” y “habilidades para la resolución creativa de problemas” son simplemente otras palabras para referirse a la imaginación. Los niños imaginativos son más capaces de lidiar con problemas y dificultades inesperados cuando son adultos. En una época en la que el juego imaginativo es reemplazado tan a menudo por pantallas y programas que imaginan por nosotros, Emily nos recuerda que nada reemplaza las aventuras que nuestros hijos pueden crear por sí mismos.

Multitarea

Aunque la mayoría de los escritores célebres de la época tenían mucho dinero (lo que les ganaba tiempo para escribir), los Brontë no eran ricos. Hacían la mayor parte de sus propias tareas domésticas (especialmente cuando su ama de llaves de muchos años estaba demasiado enferma para mantener la casa) y, debido a que las hermanas Charlotte y Anne trabajaban como institutrices con bastante regularidad, Emily hacía más que la mayoría.

Pero incluso mientras trabajaba en la casa, la mente de Emily estaba en su escritura. “Lo que sea que estuviera haciendo”, escribió una sirvienta, “planchando u horneando, tenía un lápiz consigo”. Este es un ejemplo maravilloso para cualquiera que quiera escribir, pintar o componer, pero encuentre que el mundo real se interpone en su camino: no necesitas renunciar a tu(s) trabajo(s) para crear. Solo hay que ser más creativo para ganar tiempo y encontrar la oportunidad de hacerlo.

Sinceridad

Cuando se publicó Cumbres borrascosas, algunos críticos de la época victoriana se sorprendieron. “Cómo un ser humano podría haber intentado crear un libro como este sin suicidarse antes de haber terminado una docena de capítulos, es un misterio”, escribió un crítico para Graham’s Lady Magazine en 1848. “Es un compuesto de depravación vulgar y horrores antinaturales”.

En efecto, la mayoría de los personajes de la novela de Emily no eran especialmente compasivos. Pero sí tenían una honestidad cruda, incluso dolorosa, una verdad áspera que ha influido en la literatura hasta nuestros días. Emily era una observadora aguda de la naturaleza humana y estaba decidida a pintar esa naturaleza con todas sus cicatrices y verrugas.

Ver y decir la verdad es una parte importante de crear arte, obviamente, pero necesitamos recordar que también es parte del ser cristiano en un mundo caído.

Fe

Es difícil determinar el estado de la fe de alguien, mucho menos la fe de una escritora solitaria que vivió y murió hace un par de siglos. Algunos ateos, agnósticos y paganos la han adoptado como una de los suyos, y su representación del fanático cristiano Joseph, quien bombardeaba a los jóvenes bajo su cargo con interminables sermones en Cumbres borrascosas, no pinta el cristianismo bajo una luz particularmente favorable.

Pero decir que Emily no era cristiana parece ignorar o tergiversar lo que realmente sabemos de ella. Era la hija de un párroco y casi las únicas veces que puso un pie fuera de su casa fue para caminar por el bosque o… ir a la iglesia. Y cuando volvemos sobre los poemas de Emily, muchos de ellos tratan de Dios y/o de la otra vida. Echa un vistazo a Últimas líneas para ver algunos estremecimientos religiosos. Emily nos recuerda que podemos ser personas de fe profunda y al mismo tiempo se críticos con algunos aspectos de esa misma fe.

Poder silencioso

Hay quienes han sugerido que a Emily y su hermana, Charlotte, les irritaba el tiempo en que vivían y lo que la sociedad esperaba de las mujeres de aquel entonces. Es cierto que no rompieron ningún molde ocupacional, trabajando como institutrices y amas de casa. Y es cierto que ambas publicaron sus libros bajo seudónimos masculinos: sentían que su trabajo no sería tomado en serio si publicaban bajo sus propios nombres. Sin embargo, Judith Shulevitz en un artículo para The Atlantic sugiere que fue por mantenerse fieles a las expectativas sociales de su tiempo que fueron capaces de escribir de forma tan poderosa e incisiva.

“Charlotte y Emily Brontë nunca fueron débiles”, escribe Shulevitz. “En cuanto a las tareas domésticas como la cocina y la limpieza, las escritoras quizás las hicieran a falta de algo mejor, pero el trabajo ancló su escritura en una realidad que nunca antes había sido tan importante para la ficción. Probablemente también les ayudó a mantenerse cuerdas en el proceso”.

Es un error de nuestra era moderna asumir que seguir los roles o expectativas tradicionales de género es indicio de debilidad o falta de ambición. Durante la mayor parte de su vida, Emily fue ama de casa, a veces maestra y siempre soñadora. Ninguno de esos papeles disminuyó su genio y perspicacia y su fulgor literario. “Deseo ser como Dios me hizo”, dijo una vez, y así fue, satisfaciendo y trascendiendo lo que otros también querían que ella fuera. 

Y lo mismo podemos  todas nosotras. La mayoría de nosotras, imagino, vivimos vidas bastante prosaicas. Hacemos nuestro trabajo. Criamos a nuestros hijos. Hacemos lo que tenemos que hacer para pasar de un día para otro. Pero Emily Brontë nos recuerda que Dios nos hizo a todos por una razón. Y que incluso dentro de los confines en los que vivimos, podemos encontrar espacio para elevarnos.

Alfonso XIV en el Nueva York

de ‘Las hijas del capitán’

Alfonso de Borbón y Battenberg junto a su primera mujer, Edelmira Sampedro, en una foto tomada el 4 de julio de 1934 en París.

Del viaje a EEUU para preparar su nueva novela, la escritora María Dueñas regresa cautivada por la mujer cubana en la que ella buscaba las claves del primogénito de Alfonso XIII, el hermano mayor de Don Juan que un tiempo halló refugio, hasta la extremaunción, en el corazón de Nueva York

Allí, Edelmira, la cubana que pudo cambiar la historia de España, y quien nació para ser Alfonso XIV, frecuentaron la diáspora española de la que nace el libro ‘Las hijas del capitán’

Entré en la Merrick Library de la Universidad de Miami con mi colega Gema Pérez-Sánchez, profesora madrileña del departamento de Español y Portugués. Una vez registrada como investigadora visitante, nos dirigimos al recinto de la Cuban Heritage Collection y saludamos en voz queda a los eficaces bibliotecarios. Me mostraron entonces lo que tenían preparado en respuesta a mi búsqueda: un archivador de grueso cartón gris. Yo había enviado previamente las referencias precisas a Gema, ella había gestionado la localización del material.

Me acomodé junto a una amplia cristalera y alcé la tapa de la caja. Con las yemas de los dedos rocé las pestañas de unas cuantas carpetas color vainilla hasta encontrar lo que buscaba. Sampedro, Edelmira (Condesa de Covadonga Memories), Typescript, Copy III, n.d. (no date).

Ahí estaban, intactas, las memorias de aquella cubana nacida en 1906 en Sagua la Grande, la desconocida que pudo haber alterado la historia de España. Un buen montón de folios de fino papel amarillento, mecanografiados, con manchas color óxido delatando el paso del tiempo y algunos tachones y correcciones en tinta azul.

Necesitaba conocer los aconteceres que dejó narrados Edelmira Sampedro ahora que por las páginas de mi nueva novela iba a transitar el que fuera su marido, Alfonso de Borbón y Battenberg, primogénito de Alfonso XIII, tío de Juan Carlos I, hermano mayor de don Juan. Aunque su protagonismo en mi obra es sólo episódico, mi afán por el rigor en el tratamiento de los personajes históricos me impulsaba a indagar en su persona. Y nadie podría ayudarme mejor que su propia mujer.

Mis recursos documentales se habían centrado hasta entonces en diversos artículos de prensa española y norteamericana, y en los excelentes trabajos de algunos periodistas y escritores: El Borbón de cristal, de José María Zavala (Áltera 2009), Trío de príncipes, de Juan Balansó (Plaza & Janés 1995), incluso la imaginativa novela El príncipe y la bella cubana, de Roberto G. Fernández (Verbum 2014). Pero tenía dudas. Y sólo las fuentes primarias me las podrían aclarar.

Alfonso de Borbón y Battenberg vio la luz en el Palacio Real de Madrid el 10 de mayo de 1907, primer vástago del joven rey español Alfonso XIII -21 años- y la aún más joven reina inglesa Victoria Eugenia -Ena para los suyos-, que apenas contaba con 19. El orgulloso padre exhibió al recién nacido ante las autoridades y su egregia familia colocándolo encima de una bandeja de plata labrada, sobre un cojín de terciopelo rojo y un mantillón de encaje; el presidente del consejo de ministros Antonio Maura le alzó el faldón para comprobar su sexo.

La noticia fue anunciada al pueblo con una salva de 21 cañonazos: las esperanzas dinásticas estaban garantizadas, ya había heredero varón. Desde ese momento ostentó el título de Príncipe de Asturias; nadie presagiaba que aquel rollizo bebé rubio de enormes ojos azules llevaba en las venas la hemofilia, esa terrible enfermedad que le detectaron los médicos al realizarle una circuncisión poco antes de cumplir su primer mes.

Tras la cirugía, comprobaron con espanto que el niño no paraba de sangrar. La desgracia se sumaba a otras similares en monarquías europeas cercanas por lazos de consanguinidad -las casas de Hesse y Sajonia-Coburgo-Gotha, la familia imperial rusa-. A Alfonsito le había transmitido el terrible mal su madre, la reina Ena, nieta de la reina Victoria y portadora sin saberlo. Con los años, también la heredaría su hijo menor.

Lo criaron con mimo extremo, conscientes de que cualquier pequeño golpe o herida podría generar una hemorragia letal. Jamás se relacionó con otros niños más allá de sus hermanos, pasaba gran parte del tiempo recostado en la cama, le hicieron probar una panoplia de remedios inútiles, fue sometido a constantes transfusiones.

A lo largo de esos años, sus progenitores empezaron a distanciarse sentimentalmente: el rey entretenido con sus modernos automóviles, partidos de polo, amantes diversas y jornadas de golf; la reina recluida en palacio, protegiéndose de aquella España áspera y ajena. Aun así, tuvieron otros cinco hijos: Jaime, Beatriz, Cristina, Juan y Gonzalo. Entretanto arreciaba la tensión política, las calles bramaban su descontento y el descrédito del monarca aumentaba con los días.

La proclamación de la Segunda República el 12 de abril de 1931 precipitó a la familia hacia el destierro. Esa misma noche se marchó el monarca escabulléndose hacia el Campo del Moro por una puerta clandestina. Tras llegar anónimamente en coche hasta Cartagena, embarcaría en un crucero de la Armada y recalaría en Marsella al día siguiente vestido de civil.

En el Palacio Real entretanto, frente a la muchedumbre revuelta y amenazante que abarrotaba la Plaza de Oriente, quedó aterrorizada la reina inglesa con sus seis hijos. La acompañaba apenas un puñado de fieles; ante el dramatismo de la situación, la mayoría de la corte los había abandonado sin atisbo de vergüenza. Por la mañana salieron todos repartidos discretamente en varios automóviles; a Alfonso, aquejado por una nueva crisis hemofílica, hubieron de sacarlo en camilla.

Tomaron en El Escorial el rápido de Hendaya a bordo del vagón real, arrancaba así un larguísimo exilio en el que los reyes ratificaron con la distancia geográfica -ella instalada en París y él en Roma- su ya previsible separación matrimonial. Los hijos empezaron también a dispersarse, el destino inicial del primogénito fue un sanatorio suizo en Leysin.

Leve dolencia pulmonar

En este punto exacto es cuando la biografía del príncipe de Asturias se entrelaza a sus 24 años con la de Edelmira Sampedro: de aquel momento y de lo que aconteció a partir de entonces queda un vívido testimonio en las memorias que yo seguía leyendo absorta en la biblioteca de la universidad. Una leve dolencia pulmonar los hizo coincidir en el mismo centro de reposo; tras la muerte de su padre -un próspero industrial azucarero de origen cántabro-, la viuda y las hijas disfrutaban de su herencia pasando temporadas en Europa, viajando ociosas de país en país. La chispa fue instantánea: ella quedó prendada de la apostura rubia y esbelta del Borbón, de su viril fragilidad y su cautivador papel de príncipe destronado; a él le arrebató su belleza morena, la dulzura caribeña que Edelmira desbordaba.

El romance fue de manual: envío de flores y tiernas cartas, encuentros y conversaciones entre susurros, paseos por la orilla del lago Léman… Repuesto en su salud momentáneamente y liberado de las rigideces y protocolos de la corte madrileña, Alfonso tardó poco en ponerse el mundo por montera.

Los gritos del ex monarca sonaron atronadores cuando recibió la noticia en Roma, en su suite del Grand Hotel. Su heredero pretendía casarse con una plebeya, la huérfana de un simple emigrante cántabro que había prosperado con el negocio de la caña de azúcar. Para que abandonara a la Puchunga -como la apodaron en la familia real-, primero intentó convencerle con prebendas a través del duque de Miranda: le ofrecía un yate, un viaje alrededor del mundo, un abultado aumento en su asignación mensual.

Ante la negativa, vinieron violentas conversaciones cara a cara en el hotel Meurice de París, pero el hijo tampoco entró en razones. La reacción final fue un ultimátum: si insistía en aquel disparatado matrimonio, debería despedirse de sus derechos de sucesión.

No le tembló la mano al príncipe de Asturias al rubricar la carta que redactó la secretaría del rey: el 11 de junio de 1933, Alfonso de Borbón y Battenberg renunciaba a sus derechos reales y se convertía en anodino conde de Covadonga, un título sin relumbrón ni raigambre. Diez días después se casaba con Edelmira, primero en el registro civil y después en la parroquia católica de Ouchy. No asistió ningún miembro de la familia real ni ningún grande de España, tan sólo le acompañaron discretamente como testigos dos amigos personales, el duque de Almodóvar del Río y Tito Beltrán de Lys. Del evento dieron cuenta los principales periódicos de la época, Edelmira escribiría después en sus memorias que la sensación de abandono y desamparo del ya ex príncipe fue brutal.

Pasaron la luna de miel en el hotel Royal de Evian, unos meses después se instalarían en otro establecimiento bastante más mediocre en París, cerca de la Place de La Madeleine. A pesar de que los recursos económicos eran escasos tras el drástico recorte de la asignación por parte del rey, ella recuerda aquellos meses como un tiempo feliz: paseos, cine y teatro, cenas en un restaurante español, algún breve viaje…

Sobre ellos planeaba sin embargo una negra sombra que no tardaría en generar una insoportable tensión: Gottfried Schweizer, el enfermero y secretario que el rey depuesto contrató para atender a su hijo tiempo atrás. Aquel fornido cincuentón suizo aficionado al ocultismo se encargaba de sus cuidados médicos y de su toilette. Y de su economía. Y de inyectarle fármacos que a menudo alteraban el temperamento del recién casado. Las tiranteces entre Edelmira y el empleado aumentaban con los días: ella quería hacerse con el control, el otro se negaba a cedérselo. Y Alfonso… Alfonso, frágil e irreflexivo, se dejaba llevar.

Discusiones y lágrimas, problemas de salud, de carácter, de dinero. A finales de 1934 asomó la primera gran crisis: Edelmira decidió volver sola a Cuba y refugiarse en su familia. En junio de 1935 acordaron un reencuentro en Nueva York: él llegaba en un buque de la Trasatlántica Española, ella lo recibió en el muelle, hubo besos públicos y románticas declaraciones, la prensa norteamericana cubrió el momento como si fueran estrellas de Hollywood. Poco después se instalaban en La Habana y reemprendían la vida en común.

Las desavenencias, sin embargo, reaparecieron en breve. La salud de Alfonso se debilitó hasta el punto de recibir la extremaunción a principios de 1936, el desprecio del enfermero Schweizer por Edelmira era cada vez más descarado, la convivencia se tornó agria hasta lo insoportable. A finales de marzo, el conde de Covadonga abandonó la isla y se trasladó temporalmente a Nueva York. Y a partir de ese preciso momento es cuando el personaje entra en mi novela: instalado en el hotel St Moritz frente a Central Park, enamorado todavía de su mujer pero incapaz de luchar por ella, alejado de su familia, solo y desencantado.

Para saber algo más sobre cómo imagino yo que pudo haberse sentido durante aquellos meses que vivió en Manhattan en la primavera del 36, tendrán que leer Las hijas del Capitán. Al término de mi historia, él seguirá su camino. Éste, no obstante, fue corto: después de divorciarse y tras el fin de un fugaz segundo matrimonio con otra cubana, sufrió un accidente de automóvil estampándose contra un poste de telégrafos cuando circulaba de madrugada por el Biscayne Boulevard de Miami junto a una joven vendedora de cigarrillos.

Murió de una hemorragia interna, tenía 31 años. A su entierro en el Graceland Memorial Cemetery sólo acudieron tres personas. Cinco décadas más tarde, su sobrino el rey Juan Carlos ordenó que sus restos fueran repatriados a España. Una octogenaria Edelmira -residente en Coral Gables desde que a Cuba llegara la Revolución-, dio el último adiós al féretro en una sala del aeropuerto vestida de luto riguroso. Cuentan que lloraba al despedir a su único amor.