La Comunidad del Cénaculo abre casa en Barcelona

La Comunidad del Cénaculo

El centro con mayor porcentaje de éxito en la rehabilitación de drogadictos abre casa en Barcelona

Su hoja de ruta se basa en la oración, amistad y trabajo, y está fundado por la religiosa italiana Elvira Petrozzi.

Actualizado 12 julio 2011

Zenit

La Comunidad Cenáculo, dedicada a la rehabilitación de drogodependientes, ha abierto su primera casa en España, concretamente en la rectoría de la parroquia de Fogars de Montclús, en la provincia de Barcelona.

Monseñor Josep Àngel Sáiz, obispo de Terrassa, presidió el pasado 2 de julio una misa en la parroquia de la pequeña localidad, situada en pleno Montseny, con motivo de la inauguración de la casa, que acoge doce residentes en este primer momento.

En su homilía, el obispo habló sobre los pilares de la Comunidad Cenáculo: la oración, el trabajo y la amistad, y agradeció su presencia en la diócesis.

También hizo referencia al Inmaculado Corazón de María, fiesta del día, destacando la firmeza de la Virgen y su respuesta generosa a la llamada de Dios, informó el obispado de Terrassa.

A imagen de ella, añadió, los cristianos deben mantenerse firmes en medio de las dificultades y con un profundo sentido de servicio.

Después de la misa, se realizó el traslado del Santísimo al oratorio habilitado en las dependencias de la comunidad y finalmente los asistentes, cerca de un centenar, compartieron un refrigerio.

“En su momento -recuerda un comunicado del obispado de Terrassa-, responsables de la entidad se pusieron en contacto con el obispo de Terrassa para explorar la posibilidad de instalar una comunidad en el territorio diocesano, preferentemente en un espacio aislado y donde se pudiera favorecer el trabajo y la oración”.

La propuesta se trató en los organismos diocesanos y se estudió la posibilidad de ubicar las instalaciones en la rectoria de la parroquia de Fogars de Montclús.

El párroco, Ignasi Fuster, consultó la cuestión a la feligresía diseminada de la parroquia y a las autoridades locales y el proceso culminó con la firma de un convenio de cesión, entre la parroquia y la Comunidad Cenáculo.

La Comunidad del Cenáculo

La Comunidad Cenáculo es una asociación internacional fundada en Italia por la Hermana Elvira Petrozzi el año 1983.

Actualmente tiene 56 comunidades en distintos países del mundo, entre ellos los Estados Unidos, México, Brasil, Perú, Argentina, Italia, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Polonia, Austria, Francia, Inglaterra, Irlanda, Rusia y Eslovaquia.

La Comunidad Cenáculo utiliza un método en la vida en fraternidad, a través del trabajo manual y la oración, con el acompañamiento de voluntarios y profesionales y la ayuda de otras personas que han pasado por el proceso e rehabilitación.

Colaboran con la Comunidad voluntarios, consagrados y familias que viven y trabajan a tiempo completo y en total gratuidad al servicio de esta obra.

La «Casa Madre» de la Comunidad se encuentra en Saluzzo, una ciudad en la provincia de Cúneo (Piemonte), en el noroeste de Italia.

A quienes llaman a las puertas de la Comunidad se les propone un estilo de vida sencillo, familiar, orientado a descubrir el trabajo vivido como un don de Dios, la amistad verdadera y la fe en la Palabra de Dios, hecha carne en Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros.

Creemos que la vida cristiana, en su plenitud, es la respuesta verdadera a cada inquietud del hombre, y que nadie más de Aquél que lo ha creado, Dios Padre, es capaz de reconstruir los corazones confundidos y perdidos en una vida sin sentido – explica la Comunidad Cenáculo –. Nuestra fuerza quiere ser el Amor, aquel Amor que nace de la cruz de Cristo y que da vida a los muertos, libertad a los prisioneros y vista a los ciegos”.

“Somos nosotros los primeros en sorprendernos de aquello que el Señor está obrando ante de nuestros ojos y en darle las gracias porque nos hace espectadores cotidianos de su Resurrección, resultado de la cual cada día vemos la vida sonreír en los rostros de quienes habían perdido toda esperanza”, reconocen.

El 30 de mayo de 1998, en la solemnidad de Pentecostés, el obispo de Saluzzo, entonces monseñor Diego Bona, reconoció la «Comunidad Cenácolo» como «Asociación Privada de Fieles».

La Comunidad recuerda como un momento eclesial particularmente significativo la peregrinación que hicieron a Roma en compañía de su obispo el 16 de febrero del 2000, Año del Jubileo.

Juan Pablo II saludó entonces “con afecto al numeroso grupo de jóvenes de la Comunidad Cenáculo, provenientes de Italia, Croacia y Francia, guiados por el obispo de Saluzzo, monseñor Diego Bona”.

“El Papa está con vosotros –dijo-, aprecia vuestra obra y os recuerda en su oración. No os desaniméis ante las dificultades. Que la cruz sea vuestro apoyo y que en Cristo, muerto y resucitado, encontréis el estímulo constante para perseverar en el camino emprendido, de forma que seáis testigos de esperanza en la sociedad” (Cf. Juan Pablo II, Audiencia, miércoles 16 de febrero de 2000).

En enero de 2001 fue ordenado el primer sacerdote de la Comunidad. Y en la solemnidad de Pentecostés del mismo año el obispo renovó la Aprobación Eclesial para el Cenáculo como «Asociación Pública de Fieles».

Para más información: www.comunitacenacolo.it

COMUNIDAD DEL CENÁCULO

De las tinieblas, a la luz

Sor Elvira empezó rezando por la gente sumida en el pozo de las adicciones y terminó por poner en marcha casas donde viviesen alejados de la droga y el alcohol. Hoy, la Comunidad del Cenáculo está extendida por todo el mundo y sana las heridas, a través de la oración, el trabajo y la amistad. Incluso, en torno a la Comunidad, se han creado ramas de consagrados, familias voluntarias y hasta misiones en Iberoamérica

Un informe de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito, publicado el jueves pasado en Viena, certificaba que España, junto al Reino Unido, es el principal país europeo consumidor de cocaína. La mayoría de los expertos en adicciones coinciden en que la drogodependencia es el síntoma visible de un problema anterior. El Papa Juan Pablo II señaló, en varias ocasiones, que la raíz de la adicción a las drogas se encuentra «en un vacío existencial, en la falta de confianza en sí mismo, en los demás y en la vida». La consecuencia es una terrible desesperanza que invade las vidas de las personas que sufren una adicción. Y en España, hay muchas.

La Comunidad del Cenáculo, iniciada hace 27 años en Saluzzo, Italia, por sor Elvira, pone solución a este problema: acoge a las personas que viven en la tristeza por una adicción, y trabaja en torno a tres pilares: oración, trabajo y amistad. Hoy día, 58 casas repartidas en 15 países viven de la Providencia para reeducar a las personas perdidas en el camino del amor, para que pasen, de las tinieblas, a la luz. La más cercana a España es la de Lourdes, en Francia, en la que viven 7 españoles, algunos de los cuales vendrán a la diócesis de Tarrasa, el próximo domingo, para dar su testimonio en un Encuentro en el que se reunirán familiares y amigos de esta institución, que llevan años rezando para que se abra una Comunidad en Barcelona. Incluso hay una casa propuesta que, uno de los responsables internacionales, el padre Stefano, visitará para continuar con el proceso de apertura.

Decía Benedicto XVI, en su Viaje apostólico de 2007 a Brasil, cuando visitó las Haciendas de la Esperanza -iniciativas de estructura similar a las Comunidades del Cenáculo-, que «la reinserción en la sociedad constituye una prueba de la eficacia. Pero lo que confirma la validez del trabajo son las conversiones. No basta curar el cuerpo; es necesario adornar el alma con los dones divinos más preciosos recibidos en el Bautismo».

Amigos del Cenáculo

Sor Elvira no pone en marcha una casa si no hay oración que la sostenga. Esa es la labor de los Amigos del Cenáculo. En España, en San Cugat del Vallés, la parroquia San Juan Bautista se reúne cada lunes para rezar por que pronto se cree una Comunidad. Javier García, un feligrés, señala que «es fundamental que tantos chicos y chicas que están sufriendo en España no sólo se curen físicamente, sino que se renueven espiritualmente. Necesitamos hombres y mujeres con una fe madura». También en Madrid, en una parroquia de Boadilla del Monte -Santo Cristo de la Misericordia-, se juntan para rezar cada miércoles. Rosario Torrent conoció el año pasado a la Comunidad en la Fiesta de la Vida, que tiene lugar cada mes de julio en la Casa Madre, en el aniversario de la fundación de la primera casa en Saluzzo. «Allí pensé que esto era un milagro: no hay medicinas ni psicólogos, sólo oración. ¡Cómo no vamos a tener esto en España, con la necesidad que hay!» Rosario acaba de hacer una experiencia de 10 días en una Comunidad de Turín, y sólo puede hablar del «amor que hay entre ellos. Y de que Jesús nunca está solo en el Sagrario».

Hechos, no promesas

Cuenta la fundadora que todavía no tenían capilla en la Casa Madre cuando llegaron los chicos: «Fue una gran sorpresa cuando un muchacho, en lugar de ir a trabajar, se sentó a mi lado y me preguntó qué hacíamos. ¡Rezamos! Le contesté. Se paró, escuchó el salmo y él también leyó una frase. Después de él llegó otro, y otro… Así entendí que los jóvenes me pedían que los ayudase a encontrar a Dios». La oración fue clave para Juan García, que lleva 6 años y medio en la Comunidad de Lourdes: «A los 5 meses de entrar, me fijé en el sol, en la primavera que llegaba, y me dije: ¿Pero te das cuenta cómo ya no veías nada de la belleza de la vida? Me sentía amado, siempre había alguien que me preguntaba cómo estaba, y comencé yo también a querer a los demás».

Juan llegó hasta la Comunidad de Lourdes gracias a la oración de su hermano, que años antes entró en una de las casas de Italia. La cadena no se rompió: Juan pasó meses rezando por otro de sus hermanos que vivía en París, y que, finalmente, entró en la Comunidad de Medjugorje.Desde el primer día que llegan a la casa, un ángel de la guarda de carne y hueso los acompaña día y noche. El objetivo es sujetarse unos a otros cuando se caen. Para Juan, esta figura fue fundamental, ya que, cuando llegó, «venía lleno de soledad y tristeza, porque me quedé sin amigos, sin nadie… Aquí te relacionas con las personas de una forma nueva, es amistad pura».Ahora Juan es el ángel de la guarda de los nuevos chicos españoles que llaman a la puerta del Cenáculo francés.

Cristina Sánchez
Alfa y Omega

Acabar con la pobreza

Sé que hoy voy a quedar como un villano, pero no me importa

Dar dinero al que está en la calle, será algo muy bueno para el alma, no lo niego. Pero, desde luego, no ayuda para nada a acabar con la pobreza. Si de verdad queréis acabar con la indigencia, a los que hay que ayudar es a los que luchan contra ella de un modo profesional.

14/04/11 10:49 AM

El primer edil de Madrid ha pedido una ley que permita a los alcaldes retirar a los indigentes que duermen en la calle. Como es lógico toda la progresía ha puesto el grito en el cielo. Esa progresía que cobra 70.000 euros al año sin contar las dietas.

Desde aquí quiero apoyar completamente al alcalde. En Madrid nadie tiene necesidad de dormir en la calle. Todos pueden dormir en los dormitorios municipales, en los cuales hay siempre plazas libres.

Es como cuando alguien pide en la calle dinero para comer, porque se muere de hambre. En Etiopía no lo sé, pero en Madrid son muchos los lugares donde se puede comer todos los días de beneficencia, y sea dicho de paso se les da de comer con toda la dignidad del mundo.

No niego que los que piden en la calle sean pobres. Pero su problema no se resuelve con dinero. Todos los que trabajan con ellos, saben muy bien que para ayudarles lo que hay que hacer es ayudar a las instituciones que trabajan de verdad contra la pobreza: Caritas, Misioneras de la Caridad, Hermanos de San Juan de Dios, salesianos, etc, etc, etc, un largo etcétera. Un largo etcétera que trabajan mucho y bien contra la pobreza.

Pero por mal que suene, lo que resulta bastante inútil contra la miseria es dar dinero al que pide en la calle.

Dar dinero al que está en la calle, será algo muy bueno para el alma, no lo niego. Pero, desde luego, no ayuda para nada a acabar con la pobreza. Si de verdad queréis acabar con la indigencia, a los que hay que ayudar es a los que luchan contra ella de un modo profesional.

No digo que sea así en todas partes del mundo, por supuesto, pero la pobreza en ciudades como Madrid, se ha convertido en un trabajo. No en un negocio, pero sí en un trabajo.

Una parte de los pobres no quiere trabajar, eso hay que decirlo así de claro. No hablo de lo que imagino, he conocido y conozco a varios en esa situación. Sonará todo lo mal que se quiera, pero es así. Siendo nacionales del país, pudiendo trabajar legalmente, sanos y fuertes como robles, pero no quieren trabajar. ¿Por qué? Porque una serie de abuelitas de buena voluntad (de las que van a misa todos los días) les pagan todos los días la cantidad suficiente para vivir. Con lo mínimo, pero para vivir, sí.

Otros tienen problemas mentales. Este tipo suele ser los que duermen entre cartones y buscan en los contenedores de la basura.

Otros tienen problemas con adicciones: drogas y alcohol. Estos son los más vivos. Saben dónde ponerse, cómo dar pena. Suelen sacar dinero para vivir y para mantener su adicción. Saben cómo convencer a este tipo de abuelitas de tierno corazón. El dinero de estas almas cándidas acaba en una cuenta de Suiza de un narcotraficante sudamericano, tras pasar por los bolsillos de varios intermediarios.

Por último está la mayoría de la gente pobre. Estos no están en las calles pidiendo. Están tratando de formarse, de buscar un puesto de trabajo, o trabajando de forma ilegal por horas en puestos mínimamente remunerados.

Lamento haber puesto ante los ojos de todos una verdad tan cruda y malsonante, pero las cosas son así. Hablo por experiencia. Podría poner tantos y tantos ejemplos vistos con mis propios ojos. Los de los 70.000 euros al mes hablan de teorías, yo hablo de una realidad que cualquier que trabaje con ellos sabe que es así. Pero nadie se atreve a decirla en los medios de comunicación, porque suena fatal. Pero mi único compromiso es con la verdad.

Me han quedado dos elementos más en la lista. El primero son los enfermos con deformidades y amputaciones. Antes he dicho que la mendicidad no es un negocio, pero estos sí que sacan dinero. Existe una relación proporcional entre el horror de su deformidad, y el dinero que sacan mensualmente. Como toda persona mínimamente razonable, estoy en contra de convertir las calles en escaparates de la exhibición de toda miseria física.

El último elemento que me queda en la lista son los lugares privilegiados. Entre estos se cuentan las puertas de determinadas iglesias del centro de la ciudad. No sé si las buenas y generosas viejecitas que ponen su monedita, se habrán dado cuenta de que en estas iglesias sólo hay un pobre. No importa cuánto saque el pobre al mes: sólo habrá uno. Está claro que un puesto así, digámoslo así, se tiene en propiedad. De momento, los notarios no han permitido emitir escrituras para registrar esos puestos o para transferirlos en herencia. Pero algunos de esos puestos ciertamente son tan valiosos como para valer la pena el pasar por esas formalidades burocráticas y pagar por ellas.

Yo sólo he pillado una vez a un pobre fuera de su horario de trabajo. Fue entonces cuando comprendí con un solo golpe de vista, que los andrajos de su breve jornada laboral nada tenían que ver con sus verdaderas ropas. Es más, era evidente que sus tristes enfermedades también parecían estar confinadas a aquella esquina.

Acabo con un consejo. Si queréis ayudar a los pobres, ayudadles de verdad, no os limitéis a anestesiar vuestras conciencias con unos miserables céntimos.

P. José Antonio Fortea, sacerdote

Publicado originalmente en el Blog del Padre Fortea

Tras ser cocainómana, encuentra la liberación en Cristo

En la Comunidad del Cénaculo

Tras ser cocainómana, anoréxica y fracasar con los psicólogos; encuentra la liberación en Cristo

Valentina es una joven italiana perdida en el mundo de las drogas, que felizmente ha hallado el buen camino gracias a testimonios cristianos.

Actualizado 5 marzo 2011

ReL

Sor Elvira Petrozzi fundó en 1983 la Comunidad del Cenáculo como respuesta de la ternura de Dios Padre, al grito de desesperación de muchos jóvenes cansados, desilusionados, desesperados, adictos a las drogas y personas en general, que buscaban la alegría y el sentido verdadero de la vida.

A continuación reproducimos un testimonio impactante de una joven italiana que ha podido salir del abismo de la droga y la anorexia, gracias a la Comunidad del Cenáculo, lugar dónde ha encontrado sentido a su vida, y la solución a sus problemas.

Sanar heridas y reencontrar la vida
«Soy Valentina, tengo veinticinco años y hace algunos años que formo parte de la gran familia del Cenacolo, en la que reencontré mi vida. Era una niñita a la que no le faltaba nada, nacida en una familia próspera y con valores sanos.

»Me cuidaban más mis abuelos que mis padres porque trabajaban, pero hasta hoy creo que eso no me causó ningún problema. Hasta los doce años iba a la iglesia y al oratorio. Pero al crecer fui a estudiar la escuela superior en una ciudad más grande, conocí gente nueva y mi vida tomo un camino equivocado. Había decidido estudiar en la escuela de hotelería, conciente de que era un gran sacrificio pero sentía la pasión, justo ahí empezó la caída. Tenía mucho miedo de ser juzgada, aplastada, dejada de lado por los otros: primero el cigarrillo, luego los porros, dejar de ir a Misa y al oratorio los domingos…

Temor a no ser aceptada
»También cambiaron las amistades, y por el temor a no ser aceptada me comportaba como ellos para sentirme fuerte, grande, para ser “alguien”. Mientras estudiaba, en la época de vacaciones trabajaba en algún restaurante, probando lo que creía que era la libertad, sin padres que me controlen, con dinero en el bolsillo, iba a bailar yprobé el alcohol, el éxtasis, pastillas y cocaína… Esos años también caí en los problemas de alimentación, era anoréxica pero no lo podía aceptar.

Soluciones que no resultaron
»Probé con psicólogos pero no me sirvieron. Tenía un joven con el que estaba muy ligada, pero también entre nosotros había entrado el mal: muchas veces arriesgamos la vidadrogándonos juntos. Nos hacíamos el mal recíprocamente, hasta en lo físico, encontrándonos en situaciones cada vez más extrañas y peligrosas. A veces parecía que las cosas mejoraban un poco, pero luego todo se derrumbaba.

Esclava de mi novio
»A pesar de que el trabajo me gustaba mucho, los horarios me llevaban a la vida nocturna, a excederme cada vez más, así ya no alcanzaba el sueldo para los dos, entonces empezamos a robar. Estaba tan ligada a esta relación que me parecía tenía que vivir para él, así que un buen día dejé todo y me fui a vivir con él.

Necesidad de la droga
»Fue ahí cuando me di cuenta de que sin la droga no alcanzaba ni a saludarlo, ni a estar cerca, mientras todo se complicaba cada vez más. Permanecí en esa casa no más de un mes, luego de que les pedí ayuda a mis padres que, como siempre estaban dispuestos a recibirme y a ayudarme. Pero a pesar de todos los esfuerzos y las ayudas, especialmente de mi mamá, no escuchaba lo que me decían y lo rechazaba: no había diálogo.

Comunidad del Cenáculo
»Hasta que llegó el día, todavía no sé cómo, en que me encontré haciendo los “coloquios” en Torino, para entrar en la Comunidad. Luego de hablar con esas chicas, recuerdo sus sonrisas, su atención, su acogida, más que sus palabras, en el viaje de regreso le dije la verdad a mi mamá, que ya sabía todo. Durante las jornadas de prueba quería comportarme bien, escuchar lo que me decían, pero cuando regresaba a casa, todas las veces sólo era capaz de discutir con mi madre. Sentía que no podía esperar más, que había llegado la hora, que tenía que darle un giro a mi vida.

Dios al encuentro
»Hoy me doy cuenta de que Jesús ya me tenía de la mano para darme fuerza especialmente los últimos días antes de entrar: justo en ese momento volví a ver a mi chico, pero gracias a Dios tuve el coraje de dejar todo y comenzar este camino nuevo.

»Los primeros seis meses fueron duros: no le encontraba sentido a lo que hacía, no me interesaba, no entendía por qué yo tenía que cambiar cuando tantos jóvenes “amigos” seguían con su vida de siempre.

Encontrar a Jesús en lo cotidiano
»Hoy le agradezco a la Virgen porque en ese período me quiso en Lourdes, llevándome junto a las hermanas que con su amor, su amistad y su ayuda fraterna, me hicieron encontrar a Jesús en los gestos de la vida cotidiana y en sus rostros. También con la oración di varios pasos: al principio todavía era egoísta, superficial, luego comprendí, abriendo el corazón cada vez un poco más, que la oración es mi vida; cada cosa hecha, dicha, pensada y vivida.

Agradecimiento a Dios
»Agradezco a Dios porque hoy reencontré mi vida, la verdadera, y porque descubrí en mí dones y deseos luminosos que ni pensaba tener. Gracias, porque hoy puedo darme, sufrir, alegrarme, luchar para ser una buena amiga, porque descubrí el gran valor de la amistad construida sobre la verdad, que muchas veces hace sufrir pero que ya es amor, es el único verdadero amor.

María, siempre allí
»Gracias María , porque me hiciste redescubrir la belleza de ser mujer y de amar, graciasporque perdoné las heridas vividas con mi familia, gracias por todos los buenos deseos que pones en mi corazón.

»Estoy feliz de formar parte de la “familia” del Cenacolo, bajo la mirada de Dios, que seguro preparó algo grande y bello para mí y que descubro cada día en la belleza siempre nueva que vivo con el asombro de un niño».

Más información: www.comunitacenacolo.it

De drogadicta, alcohólica y atea a reconciliada con Dios

El impactante testimonio de Pamela

De drogadicta, alcohólica y atea… a encontrar el sentido a la vida reconciliada con Dios

Ahora vive en una Comunidad del Cenáculo, un carisma católico de origen italiano, que se ocupa de ayudar a los jóvenes desesperados.

Actualizado 17 febrero 2011

ReL

Sor Elvira Petrozzi fundó en 1983 la Comunidad del Cenáculo como respuesta de la ternura de Dios Padre, al grito de desesperación de muchos jóvenes cansados, desilusionados, desesperados, adictos a las drogas y personas en general, que buscaban la alegría y el sentido verdadero de la vida.

Actualmente colaboran con la Comunidad, voluntarios, consagrados y familias que viven a tiempo completo y en total gratuidad al servicio de esta obra. En estos momentos hay56 Fraternidades del Cenáculo en todo el mundo.

A continuación reproducimos el testimonio impactante de una joven italiana que tras caer en la desesperación de la droga, el alcohol y el sin sentido de la vida, encontró la esperanza en este carisma católico.

No creía en nada
«Tengo veintiséis años, me llamo Pamela y soy de Sicilia. Aunque soy de una familia cristiana por tradición, antes de la Comunidad era atea, no creía en nada, sólo en mis fuerzas humanas.

»Soy la mayor de cuatro hermanas y desde pequeña era introvertida y tímida. Vivía con una mamá muy aprensiva y un padre poco presente. Los dos trabajaban para que no nos faltara nada. Gracias a Dios estaba mi abuela, los recuerdos más lindos de mi infancia están relacionados con ella, cuando pasábamos el verano en su casa, estaba siempre atenta a nuestros requerimientos y fue la primera que me habló de Jesús.

Problemas en casa
»Con los años el clima en mi casa se hizo pesado por los problemas económicos y las discusiones entre mis padres; dentro de mí crecía el sentimiento de culpa y la ansiedad: me sentía responsable de todo lo que pasaba entre ellos. En la escuela vivía un sentimiento de inferioridad al comparar mi familia con la de mis compañeros, vivía la rabia de la humillación y llamaba la atención para que me acepten.

Me sedujeron las «luces» del mundo
»No estaba preparada para enfrentar la vida y era muy ingenua; en mi casa había muchos tabúes, no se dialogaba y todo se escondía tras las cosas materiales hasta el día en que sentí curiosidad por el impacto del exterior: me atrajeron y me sedujeron todas las “luces” del mundo.

»Cuando tenía catorce años mis padres se separaron y eso fue “la gota que rebalsó el vaso” y entré en la aventura de las tinieblas. Dentro de mí se desencadenó una fuerte rebelión que enmascaraba con la apariencia, tapaba el sufrimiento de haber perdido a mi familia, drogándome, fumando marihuana y cayendo en la dependencia del alcohol y la cocaína. Me sentía triste y vacía. La vida sin mi padre en casa, me parecía terminada. Estaba muy pegada a él y el abandono me hizo rechazarme a mí misma, tanto que me sentía incapaz en todo.

Máscaras de los material
»Delante de mis amigos estaba llena de “máscaras”: ropa, dinero . . . todo, para sentirme aceptada, amada y querida. Estaba convencida de que el amor se podía comprar, y este mundo de ilusiones, de sueños de fuga de la realidad me llevaron poco a poco a la muerte.

»También me hacían sufrir los problemas de desocupación y de la mafia de mi país, lo que causaba depresión en mucha gente que yo quería, así empecé a odiar a Sicilia. Quería borrar mis orígenes y aproveché la relación con un chico para irme a Inglaterra. ¡Una vez más llena de ilusiones, falsa y drogadicta en la manera de pensar tuve el coraje de sentirme bien!

El túnel de la heroína
»En Inglaterra caí en el túnel de la heroína que me llevó derecho al infierno. Hoy estoy segura de que alguien rezó por mí, porque toqué fondo y la desesperación me llevo a pedir ayuda.

»Así entré en la Comunidad. Aunque era tan falsa que pensaba que lo hacía para ayudar a mi novio a dejar la droga. Pero en la Comunidad todo lo que era oscuridad comenzó a tomar color. Conocí la verdad ¡no sabía lo que era hasta que me la dijeron y todas mis máscaras e ilusiones cayeron!

Encuentro con Dios
»También fue el camino para el encuentro con Dios, con Jesús Eucaristía, arrodillándome en silencio frente al Santísimo Sacramento. Jesús me llevó a perdonar mi pasado, a confiar en los otros y aceptarme como soy; a superar el miedo, a luchar redescubriendo los valores de la vida, como la amistad, sentir a alguien cerca que te da coraje, que te perdona, que respeta tus tiempos, que te da fuerza y esperanza.

Agradecida a Dios y a la Virgen María
»Estoy muy agradecida a Dios y a María; hace más de dos años que estoy en la casa de Lourdes, y siento que la Virgen me acerca a Jesús, especialmente en las tribulaciones, para redescubrir mi femineidad y mi maternidad, como mujer capaz de dar la vida.

»No quiero más pensar solo en mí. Quiero entregarme a quien me necesite sin ponerme límites porque descubrí que la vida tiene un valor inmenso. Deseo servir a quien sufre más que yo. Es lo que necesita mi corazón para sanar: las pequeñas elecciones y los pequeños “sí” concretos de cada día».

Contactar con la Comunidad del Cenáculo

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Tel ++39 – 0175 46122 / 248 997 Fax: 476 369

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La mendiga que llegó a Harvard

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La casilla de salida era el mismo infierno. Y sin embargo, Liz Murray consiguió ganarle el juego a la vida con las peores cartas posibles. Un viaje del último peldaño de la escalera social hasta el que sólo pisan las élites que ha puesto por escrito y convertido en best seller: ‘Breaking night‘.


Su camino fue una infinita cuesta arriba desde el minuto cero. Liz nació sin padres, y desde muy pronto tuvo que encargarse de los dos niños grandes que la habían concebido. Hippies a los que se les fue la mano con la droga en los años 70 y que al comienzo de la década siguiente, que marcaría el inicio del calendario de su hija, eran adictos terminales.

Capaces de robarle el dinero de su cumpleaños e incluso un pavo que una iglesia les había dado para que tuvieran algo que echarse al estómago en Acción de Gracias.

Eso en los días buenos. Cuando las vacas andaban ya famélicas, Liz y su hermana tuvieron que tirar de imaginación para tenerse en pie. “Comíamos cubitos de hielo o repartíamos un tubo de pasta de dientes para cenar”, cuenta la joven, hoy de 29 años, graduada en Harvard y portavoz juvenil en foros internacionales.

“Aprendí desde los cuatro años que mamá y papá tenían extraños hábitos de los que no me informaban”, explica sobre su primera infancia en las calles del Bronx. Asistió muchas veces, por ejemplo, al ritual de colocar en la mesa una ristra de cucharas y extraños objetos “en una suerte de preparación urgente”.

Las cosas siempre pueden empeorar y a Murray se le torcieron del todo. Dejó de ir al colegio, donde no era fácil integrarse cubierta de piojos de arriba abajo y oliendo mal. Una vez fuera de clase tuvo que improvisar conocimientos de enfermería. Tenía 15 años y su madre, sida.

Entre los vómitos y el síndrome de abstinencia, logró, sin embargo, meterle a su hija un mantra en la cabeza. Algo así como “ya vendrán tiempos mejores”. No para ella, que murió enseguida y fue enterrada en una caja de madera. Y para su hija aún tardarían años.

Incapaz de afrontar el alquiler, su padre se trasladó a un refugio para los sin techo, mientras su hermana se agenciaba una plaza en el sofá de un amigo. Liz tuvo peor suerte y se quedó en la calle, rodando por bancos de los parques y vagones del metro de la ciudad que nunca duerme.

Y entonces, con 17 años, decidió que había llegado la hora de que llegaran aquellos escurridizos “tiempos mejores” que anunciaba su madre con los brazos heridos por las agujas. Y se puso a estudiar. Completó el instituto en sólo dos años, gracias a unas clases nocturnas y al ángel de la guarda que se las daba. El mismo que la llevó a Harvard de visita junto a otros estudiantes.

Ante aquel edificio, Murray tuvo claro que quería traspasar el umbral de un mundo que suele reservarse el derecho de admisión. Se enteró de que el New York Times daba becas a los buenos estudiantes. Consiguió una. Se graduó en Harvard. Conoció a Clinton….

Ahora recorre el mundo contando su historia a jóvenes que también lo tienen crudo. “Yo era una de esas personas de las que uno se aleja en la calle”, sonríe, libre de drama o resentimiento hacia unos padres que no supieron serlo: “Tenían muchos defectos, pero eran gente increíblemente cariñosa. Yo crecí entendiendo ese mensaje de una manera u otra”.

Explican cómo salieron del «infierno»

HOY ESTÁN INTEGRADAS GRACIAS A LA FUNDACIÓN INTEGRA

Delincuentes, drogadictos y prostitutas explican cómo salieron del «infierno»

En el libro «Esquivando el destino» (LibrosLibres) de María Luz G. Sevilla, una decena de personas con serios problemas de integración relatan las experiencias que les condujeron a la drogadicción, a cometer delitos y a deteriorar sus vidas y las de sus familias.

Actualizado 24 diciembre 2009

Buena parte de los protagonistas del libro tienen antecedentes familiares y sociales problemáticos que les hacían proclives a caer en la precariedad económica o la inestabilidad psicológica. María, la primera persona que narra su experiencia, nunca ha sido drogadicta, pero cuatro de sus hermanos fallecieron por su adicción a la heroína.   Esta madrileña de 46 años tuvo que empezar pronto a ganarse la vida cuando su padre les abandonó a ella y a su familia. «Me hubiera gustado —asegura María— tener a mi padre que me dijera que tenía que ir al colegio porque era mi obligación, o que mi madre estuviera cuando teníamos que comer o que ir al médico… Y ahí no había nadie. Nos tirábamos todo el día en la calle».

Para ganar algo de dinero, María y su hermana mayor se prostituyeron: «Nos fuimos a la calle de la Montera y nos metimos en la prostitución. No conocíamos a nadie que lo hiciera, pero los hombres nos empezaron a decir que si nos íbamos con ellos nos daban dinero. Y ahí que nos metimos». Salió de ese mundo cuando se fue a vivir con quien hoy es su marido, después de casarse con él en un centro penitenciario.

Rocío, por su parte, perdió a su madre a los ocho años y abandonó la escolarización para dedicarse a las tareas domésticas: «Allí fue cuando empecé a desorientarme un poquito», dice esta andaluza de 39 años. Durante la adolescencia comenzó a consumir drogas. «Desde niña he sido puro nervio y la heroína ha sido mi tranquilidad. Me evadía de los problemas que tenía, de las discusiones con mi padre… Nunca me he llevado bien con él, siempre estábamos peleando. Me pegaba». Junto con su primer compañero sentimental y padre de uno de sus hijos, Rocío empezó a delinquir: «No me faltaba de nada porque me llevaba las 24 horas robando».

A causa de las condenas por tráfico de drogas, también terminó contrayendo el matrimonio en un centro penitenciario con su actual marido, que todavía cumple una condena de 20 años de prisión por diversos atracos.   También fueron las drogas las que condujeron a José Luis por el «mal camino». Con sus 22 años, José Luis afirma que «no me encontré a nadie que me llevara por el mal camino. No se puede decir que la culpa fuese de mis amigos. La culpa fue mía. Fue un problema de falta de personalidad y falta de madurez. Una persona puede nacer en una familia con problemas y no drogarse en la vida y uno puede nacer como yo en una familia estupenda y caer en la droga o en otras cosas».

En medio de la crudeza de muchas páginas del libro, se percibe la positiva labor que viene realizando la Fundación Integra: servir de nexo entre el mundo laboral y personas condenadas a la marginalidad y la exclusión. Más de un tercio de las 5.000 personas que ya han acudido a la Fundación ha encontrado trabajo y ha recibido una valoración positiva por parte de la empresa contratante. Integra (www.fundacionintegra.org) se encarga de constatar si la persona está en efecto rehabilitada, dispuesta a trabajar y a empezar de nuevo comprometiéndose con responsabilidad.

Que historias tan sórdidas y complejas como las narradas en «Esquivando el destino» hayan llegado a buen puerto pone de relieve el buen hacer de la Fundación Integra como la posibilidad real de un «final feliz» para cualquier trayectoria humana, por complicada que sea.

UN CONVERSO APASIONADO POR ÁFRICA

JOAQUÍN ZUAZO,

De marxista, cocainómano y pinchadiscos a voluntario con niños en Burundi

La vida de Joaquín Zuazo fue de copa en copa, de disco en disco, de raya en raya. Un día de frío helador, sintió que algo cambiaba. Ahora vive en Burundi, rodeado de niños a los que acoge, enseña y quiere

Actualizado 8 octubre 2009

Joaquín Zuazo nació el 12 de julio de 1982. No ha llegado a la treintena, pues. Pero parece que, una broma suya, común hace tiempo, está cumpliéndose: «Si a los treinta años no me he casado, me voy a vivir a África». Y vaya si lo está haciendo. En 2005, vivió una profunda conversión que le llevó de una vida descreída (en la que defendía eso tan manido de que la religión es el opio del pueblo) y llena (o muy vacía) de salidas nocturnas, juergas varias, coqueteos con la cocaína… a entregarse a un puñado de niños en Bujumbura, la capital de Burundi, con la Fundación María Arafasha (María Ayuda). Ahora asegura que «amar como Dios amó es muy difícil», pero tras construir una casa de acogida, ya tiene proyectado un colegio para 700 alumnos.

Su familia no encajó muy bien el golpe al principio, pero ya han visitado Burundi y, según confiesa el propio Joaquín, «conocerlo fue, por un lado, muy tranquilizador para ellos, pero por otro una angustia, porque vieron la realidad». Y es que vivir allí puede resultar un poco peligroso «si no cumples los protocolos de seguridad». Aunque Joaquín asegura que no tiene miedo. En todo caso, confiesa que a su padre «le encanta presumir de su hijo» y no es para menos.

Para saber cómo cambió su vida, cómo abrazó la fe, tendrán que esperar al final de la entrevista. Así, todo encaja mucho mejor.

– Tenía ideales marxistas ¿Los defendía, o era una pose de joven rebelde? – Yo no creía para nada en Dios y simplemente lo justificaba en que… Hacía bastante trabajo social, no tanto como ahora, pero bastante y mi forma de explicar lo otro era que a toda esta gente le cuentan el camelo de Dios para que estén tranquilos y contentos. Que su sufrimiento viene de Dios porque tal..   -La teoría del opio del pueblo… – Eso es. Pero tampoco atacaba a la Iglesia a saco. Si me preguntaban yo decía lo que pensaba y punto. No iba por ahí en contra de la Iglesia. Pero no era una pose. Yo lo creía, igual que ahora creo en Dios.   – ¿Cómo encajaba eso con organizar las bodas más fastuosas de España, incluida la de los Príncipes de Asturias? – Eso era diferentes. Una cosa es lo que hacía a nivel profesional y otra lo que hacía en lo personal. De todas formas la primera boda que organicé fue la del Príncipe, en 2003, si no me equivoco y mi conversión fue en 2005. Tampoco estuve tanto tiempo sin creer en Dios en ese trabajo. Pero sí que antes trabajaba «pinchando» en bodas y el tema de las bodas lo conozco bien…   – Y de esas pompas y fastos, ¿cómo aparece en Burundi? ¿Curiosidad, aventura, ganas de escapar? – Un poco de todo. Siempre dije en plan de broma: «Si a los treinta años no me he casado, me voy a vivir a África a darme a los demás». Pero al final parece ser que va a ser verdad. África siempre me llamó la atención. Siempre tenía un punto de aventura, de desconocido y por conocer. Tengo un tío que es cazador profesional. Ahora está en España, pero ha estado muchos años en África, viviendo en diferentes países. Al escucharle, África era un gran desconocido que había que conocer. Aparte me encanta viajar, conocer gente nueva, conocer otras culturas… Tenía un club de esquí que no me ayudaba mucho, después de mi conversión a seguir avanzando y profundizando en mi fe. Nos íbamos una o dos semanas en que vivíamos a lo loco y en 2006 decidí dejar el club de esquí: «Si de verdad me creo esto, si de verdad quiero profundizar, no me ayuda». En mis vacaciones decidí irme a África ha hacer voluntariado. Quería tener la experiencia de hacer algo fuera y estuve en mis primeras navidades en África.  

_JZC4523 – Ya converso, hay un día muy concreto en el que se decide a marchar a África definitivamente. ¿Cómo fue, qué recuerdo tiene? – Estaba en un grupo de vida, en el que nos reuníamos para vivir la fe. Normalmente era los miércoles. Solíamos acabar con una oración en el santuario de Schoenstatt, en Madrid. Lo hacíamos con la costumbre de rezar en alto cada uno. En ese momento dije: «En septiembre dejo el trabajo y en enero me voy a Burundi». Lo sentí, salió de mí y como no sé guardar los secretos, al día siguiente ya lo sabían mis padres, mis jefes y todo el mundo. En principio nadie se lo creyó (sonríe), pero bueno… «Salí de la cocaína gracias a Dios» – Volviendo a los días locos del esquí. Usted ha sido consumidor de cocaína… ¿Cómo se vive con eso? ¿Tiene remordimientos? ¿Nuevas tentaciones? – No.   – ¿Cómo lo superó? – Cambiando de aires… Creo que fue una gracia de Dios. Empecé a hacer planes diferentes, poco a poco en seis meses acabé dejándolo. Tampoco era un consumidor a diario. Lo hacía los fines de semana y algún día entre diario que salía de juerga. Estaba muy asociado a la noche, al salir. Poco a poco fui cambiando de ambientes, de amigos, de gente. Poco a poco conocí cosas nuevas…   – ¿No necesitó ayuda profesional? – No, fue sin buscarlo. Por eso digo que fue como una gracia.   – Según ha dicho en otras ocasiones, 2008 fue «un año de reflexión para intentar ver el camino que Dios me marca». ¿Ya ha encontrado una respuesta? – Esa es mi gran duda. Mis grandes conversaciones van siempre por ahí. Cada vez estoy más convencido de que nunca veré un camino claro, pero sí que tengo que ir haciendo pequeñas cosas. Igual que a san Francisco Javier, san Ignacio no le pidió que evangelizara Japón, sino pequeñas cosas, poco a poco. Vamos por ese camino de momento. Hemos construido una casa de acogida para niños, ahora lo vamos a poner en marcha y estamos proyectando un colegio. De momento me siento muy feliz, y sé que mi sitio está en Burundi.   – ¿Se lo plantea como el trabajo de un laico, o ha explorado la posibilidad de ser sacerdote? – Como el trabajo de un laico. Siento que el sacerdocio no es a lo que Dios me llama. Ya me he planteado el tema de la vocación, pero no es a lo que Dios me llama a mí. África tiene un futuro, si le dejan. – La Iglesia celebra estos días un sínodo de obispos centrado en África. Si tuviera la oportunidad de ir allí ¿Qué les diría sobre lo que la Iglesia puede darle a África y lo que África puede aportar a la Iglesia? ¿Cuáles serían las líneas maestras de su discurso? – No tendría ninguna línea maestra porque no soy ningún maestro (ríe). Creo que lo primero sería escucharles y, después de alguna que otra experiencia, no todos los obispo son iguales… Estuve en Nairobi en un encuentro de oración de Tesé con 54 jóvenes. Me encantaría conocer al cardenal de Nairobi porque era alucinante. Cada tres palabras que decía había 7.000 jóvenes aclamandole. Y decía: «Soy un hombre de pocas palabras, pero sólo quiero deciros…» y le volvían a aclamar. Estuvo quince minutos hablando de los cuales ocho fueron aclamaciones. Fue tremendo. Sí les diría que aunque sea difícil, que crean en los jóvenes y que sigan luchando por África. Tienen momentos y situaciones muy difíciles, mucha presión de organizaciones internacionales, de los gobiernos… Que no desesperen y que sigan luchando, porque África tiene un futuro, el día que le dejen.   – Trabaja en Burundi en un orfanato que acaban de construir. ¿Cómo es su labor allí? ¿Cómo eligen a los niños que acogen? Porque necesitados hay los que se quiera… – Sí, «clientes» tenemos muchos. Ahora 18 están viviendo con nosotros. Nuestro objetivo no es que sea un orfanato. Lo llamamos así porque es más común y más rápido, pero en realidad es un cetro de acogida, de tránsito, donde queremos acoger a los niños, formarles, darles todo ese cariño, ese ambiente hogareño y de familia que han perdido para que los niños vuelvan a su casa. Aunque con nosotros estén muy bien, están mucho mejor con sus padres.

1-03-0~1– En el blog habla mucho de Dany, uno de los niños… ¿Por algo en concreto? – Una vez aprendí una cosa muy importante de una monjita. Me dijo que es mejor no conocer la historia de cada niño. Por mi situación en este momento sí que las tengo que conocer y las conozco, aunque trato de saber lo menos posible, para no tener preferidos, para quererles, o al menos intentarlo, a todos por igual. Los quiero a todos muchísimo, no tengo preferencias, pero Dany era el más pequeño de todos y ha tenido una vida muy difícil. Se escapó, volvió, no a la primera, pero sí hicimos que se diera cuenta de que lo había hecho mal, se volvió a escapar, le volvimos a admitir… Se volvió a escapar, pero esta vez porque habíamos encontrado a su padre, porque él no conocía ni a su padre ni a su madre y se fue al Congo. Suena muy ¡guau, se fue al Congo!, pero la frontera está a quince minutos. Estuvo con su padre y ahora está escapado otra vez por las calle de Bujumbura (la capital de Burundi)… Es un caso muy complicado, pero qué le vas a hacer, porque tampoco puedes volcarte en uno cuando tienes otros a los que tienes que darles ejemplo y enseñarles que eso es lo que no hay que hacer. A veces tiene momentos complicados en los que dices: si hasta por la última de sus ovejas… Pero los demás…. Amar como Dios amó es muy difícil.  Buscando chicos en las calles -¿Cómo entran en contacto con los chicos? ¿Cómo los reciben? ¿Os los llevan? ¿Cómo tratan con ellos? – Ahora tenemos a 12 viviendo con nosotros que fueron los primeros. Le robaron el teléfono al Padre Deo y luego se lo devolvieron y le pidieron ayuda. Acabamos acogiéndoles, pero no había dónde. Vivían en una casita hecha de tela y plástico. Ahora hemos estado construyendo la casa y la hemos inaugurado el 3 de juliopasado. Agosto ha sido un mes de locos, porque teníamos la fiesta de la Coronación de la Virgen como Reina de la Paz. Ahora estoy aquí medio de vacaciones y recogiendo fondos. Ahora a la vuelta la idea es organizar bien el proyecto con todos los nuevos.  

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A éstos hemos ido a buscarles a la calle, hemos jugado con ellos al fútbol, les hemos dado algo de comer durante varios días, en los que te haces un poco su amigo, empiezas a conocerle. Son niños que por lo general están muy resabiados, han pasado por muchas asociaciones… Queremos intentar ser una asociación de referencia, donde los niños se queden, pasen y cambien. No que vayan de asociación en asociación. En el fondo así estaremos creando mendigos en África, acostumbrándoles a ir de una a otra para pedir ayuda.   – Y además de intentar cambiarles ese corazón endurecido, ese resabiamiento… – (Interrumpe) Se vuelven más duros, pero también son más sensibles. Estos chicos viven en la ley de la selva, la ley del más fuerte, pero pese a todo son muy generosos, tienen un espíritu muy grande de equipo, de ayuda, de compañerismo y son muy sensibles pese a todo.   – Bien, por un lado está la acogida humana, pero ¿les dan algún tipo de formación? –  Están todos escolarizados, obteniendo muy buenos resultados. Incluso hubo uno que después del primer trimestre lo avanzaron de curso. En Burundi, hacen un ranking en clase, numerando a los niños del uno al sesenta y los nuestros están todos entre los 20 primeros, salvo uno que está un pelín descolgado. Además, califican de 1 a 100 y sacar más de un 80 es como una matrícula de honor aquí. No he conocido a nadie que le hayan puesto 90. Tenemos a tres que están por encima de 80 y casi todos en 70; uno que se ha quedado en 60 y otro un poco más descolgado.   – Entonces les dan apoyo, pero ellos van a colegios de allí… – Van a colegios municipales. Ahora cuando tengamos el colegio veremos si les mandamos a colegios municipales o al nuestro, que pretendemos que sea de muy alta calidad, pero abierto a todos, que todos lo puedan pagar. Con el lago Tanganika al fondo
Mientras miramos los cientos de fotos que acumula de sus chicos, explica que, en los días sin bruma, desde el centro de acogida se ve el lago Tanganika y, con un poco de suerte, las montañas del Congo. Esta es su «oficina».

– ¿Cómo es el lugar donde desarrolla su labor?

– Vivo en la capital, Bujumbura, que siempre comparo con un pueblecito. Mi abuelo tenía una finquita en Toledo, que estaba como en un alto, y abajo estaba el pueblo. En nuestro centro de acogida es lo mismo. Estamos en el alto de una montaña y la ciudad está abajo. Ahora me estoy corrigiendo, pero antes siempre decía: «Voy al pueblo, ¿alguien quiere algo?». No toda la capital tiene agua corriente, no toda la capital tiene electricidad; el 40% de las calles están asfaltadas, están ahora con el resto, pero un 20 % de las calles ya asfaltadas están llenas de agujeros. Catorce años de guerra, un país muy pobre… es dura la situación en ese sentido. Por ejemplo, están haciendo ahora muchos mercados de fabricar mesas para los Ministerios, que no tiene ni mesas, ni sillas, ni estanterías. 

– ¿Cómo es la familia media allí?

– Una familia muy unida, muy multitudinaria, en la que hay un padre y una madre; seis o siete hijos, y luego siempre está la hermana del padre o algún familiar del interior del país acogido en casa que ayuda en las tareas domésticas, o va al colegio y ayuda en casa, o que busca trabajo… Las casas están muy pobladas.   – Una sociedad muy necesitada y por tanto, muy solidaria… – Sí, y en general con un espíritu de familia muy grande. La familia es muy importante: «Si es de mi familia cómo no le voy a ayudar».   – Ahora el proyecto es construir un colegio ¿Cuáles son sus necesidades? – Afortunadamente, ya hemos conseguido todo el dinero para comprar el terreno. Ya es nuestro. Y ahora estamos con la construcción, el plan pedagógico, el plan de estudios y necesitamos todo el dinero para la construcción. Después de la casa, y queriendo que el colegio sea para unos 700 alumnos, calculo que necesitamos unos 250.000 euros. Pretendemos que sea un colegio de alta calidad, bien equipado… Donde llevarías a tus hijos. Antes de entrar en la última parte de la entrevista, no se puede continuar sin invitar al lector a colaborar con este proyecto. A bocajarro y sin complejos, de la misma manera que Joaquín Zuazo se lanzó al Continente Negro. Para dar un donativo, sólo hace falta hacer un ingreso con el concepto Proyecto Burundi en la cuenta: 2054.0382.29.9150380588. Y si lo que está pensando es ir allí, para colaborar con sus propias manos, escríbale, estará encantado: joaquinzuazo@gmail.com. Y ahora sí, lo pormetido es deuda. Joaquín se encontró con la Virgen, o Ella le encontró a él. Y todo empezó tomando copas…

– Todo este cúmulo de cosas desde sus tiempos más rebeldes hasta ahora que vive en la otra punta del mundo rodeado de niños, se lo atribuye a la Virgen de Schoenstatt.

– Sí, sin lugar a dudas.   – ¿Cómo llegó hasta Ella, o cómo llegó Ella hasta usted? – Espero que tenga tiempo, porque es una historia larga. Yo estaba en una discoteca de copas un viernes o un sábado por la noche. Y llegaron unos amigos, que venían con unos amigos, que venían con otros amigos… Y entre todos ellos había una niña muy guapa, que me gustó mucho. Intenté ligar con ella, pero me salió un poco «rana», aunque luego salí ganando. Me comentó que se iba de misiones con Schoenstatt y me invitó a ir. Yo le comenté que organizaba una vez al mes excursiones con minusválidos y que se viniera. En esta discusión quedamos en un quid pro quo (me gusta mucho la película «El silencio de los corderos»), que yo iría y ella vendría conmigo. Ella no llegó a venir, ni creo que ahora venga, pero yo acabé yendo a estas misiones.

Eran tres días en el Bierzo, en León. Pensaba que era algo tipo Lourdes, con enfermos, y era una misión apostólica pura y dura. Llegué ahí sin conocer a nadie. Mis amigos me dijeron que estaba loco, pero me dije: «Si ya has hecho el camino de Santiago solo ocho días y esto son tres días con un montón de gente… Con la gorra». Allí, con toda la gente, pensé: «Estos están como una regadera, hay que hacer algo con ellos. Esto es lo que sale luego en la tele de un suicidio en masa, que han construido un avión y que han intentado llegar a la luna…».

  En una hora de exposición del Santísimo fue brutal. Estábamos en una salita acondicionada como capilla. Hacía un frío de narices. Imagínese, en el Bierzo en enero y la casa llevaba cerrada un año. Había un pingüino rezando ahí también… (ríe). ¡Un frío! Y de repente empecé a jugar con todos los libros de oración que había, a hacer una torre. Estaba cansado. Miré el reloj y habían pasado cinco minutos. ¡Una hora! «Esta gente está loca, con el frío que hace». La niña con la que estaba se puso a cantar y a tocar la guitarra… «¡Esto ya es el colmo!» Y cuando quedaban 15 minutos para acabar me empecé a sentir súper a gusto, con un calor interior tremendo. Siempre lo comparo con la típica escena en la que estás en un pisito de esquí, todo de madera, tumbado en el sofá, con la mantita y viendo nevar fuera. Pues hacía un frío terrible fuera, pero me sentía súper a gusto y no sabía por qué.   Acabó la hora y pensé: «Aquí ha pasado algo». No entendía nada. Al día siguiente, por un cambio de planes, me volvió a tocar oración y entré en la habitación con el radar encendido: «Ayer quemaron algún tipo de incienso, o de vela; echaron algún tipo de droga… pero lo tengo que descubrir. Aquí hay gato encerrado». Esta vez empecé a sentir la misma sensación, pero no cuando quedaban cinco minutos, sino a los cinco minutos. En lugar de quedarme una hora me quedé hora y media y al salir no entendía nada. A la hora de la comida, oí que la gente estaba muy tranquila, hablando de confesarse… y al día siguiente me confesé con el padre Carlos. Y ahí empezó todo. Me preparé para mi alianza de Amor con la Virgen, fui a la JMJ, entré en la organización del Corpus… Así surgieron cosas poco a poco.
   
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-¿Qué espera de lo que le queda por delante? – Nada. Sólo disfrutarlo al máximo. Simplemente, rezo todos los días: «Que se cumpla tu voluntad y que mi vida sea una oración y una acción de gracias». Eso es lo que espero. No espero más.

Combate con fe para no recaer en la droga

Whitney Houston combate con fe para no recaer en la droga: «Rezo y se va».

R.B. / Religión en libertad.

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Lo tuvo aparentemente todo en su carrera artística. El éxito arrollador le llegó con «El guardaespaldas», pero también la arrastró hacia la mayor degradación personal. Ahora, con un nuevo disco, renace de sus cenizas. Ha recuperado la fe de sus años de niña y lucha, rezo a rezo, contra sus adicciones pasadas. Es Whitney Houston.

La cantante estadounidense Whitney Houston ha resurgido de sus cenizas, como el ave Fénix. Y tiene muy claro a quién le debe haber logrado salir de una tortuosa vida que le llevó, desde el éxito arrollador cosechado con la película «El guardaespaldas» a malgastar su vida entregada a las drogas, hasta el punto de ser fotografiada en los más oscuros callejones consumiendo las sustancias más perniciosas.

Ahora presenta un nuevo disco, que le permitirá mostrar la voz que forjó en el coro de la iglesia evangélica en el que cantaba, bajo la dirección de su madre, hasta que un cazatalentos la descubrió en 1983.

Hace unos días, en el famoso programa de Oprah Winfrey, la cantante aseguró que superó sus peores momentos con la fuerza de Dios, aunque reconoció que las tentaciones de consumir droga le siguen llegando. Pese a todo, se ha mostrado convencida de poder superarlo definitivamente: «Me lleva un minuto olvidarme de eso, rezo y se va».

Porque Whitney Houston, ante todo, ha recuperado una serie de valores que había arrinconado por el tsunami de fama y supuesto glamour de su anterior carrera musical, e la que ha cosechado cientos de premios, entre ellos los más importantes. Los valores de aquella adolescente piadosa que alababa a Dios en el coro de la iglesia con su voz. Voz que nacía del alma. Puro soul.