La familia es el mejor colchón contra la crisis

Las dificultades económicas evidencian la importancia de la unidad familiar

Ni el subsidio por desempleo, ni los cursos del INEM, ni los ahorros que quedan en la cuenta corriente: el mejor seguro para pasar la crisis es la familia. Matrimonios que crecen en la adversidad; padres que pagan los recibos de sus hijos; hijos que financian los gastos de sus padres… Y, a pesar de que las políticas familiares en España son prácticamente nulas, los expertos avisan: para recuperar moral y económicamente a nuestro país, las Administraciones tienen que empezar, sí o sí, por ayudar a la familia. No es una opción, ni un lujo. Es una necesidad para garantizar nuestro futuro

Álvaro tiene 32 años, y llevaba varios años trabajando y emancipado. Hace unos meses, un recorte en la empresa lo dejó en la calle, sin sueldo, pero con las letras del coche y de la hipoteca aún por pagar. «Menos mal que mis padres están pagando el coche y me ayudan con la casa, que si no, no llegaba a fin de mes. Y eso que mi casa es un minipiso, y mi coche, de lo más normalito», dice. Los señores Pérez rondan los cincuenta años cada uno. En los noventa, cuando sus tres hijos eran pequeños, su familia fue una de las afectadas por las enormes tasas de paro que azotaban España (casi el 25% de la población estaba en paro en el primer trimestre de 1994). Los padres de la esposa les echaron entonces una mano, prestándoles sus ahorros y ocupándose de las deudas. Quince años después, ambos se han vuelto a quedar en el paro, y como los abuelos han fallecido, han sido sus hijos, ya en edad de trabajar, los que han salido en auxilio del matrimonio. Ella reconoce que «hemos educado a nuestros hijos con mucho amor, y desde pequeños han visto que en casa siempre nos ayudamos unos a otros. Ahora nos están ayudando muchísimo, y eso que el mayor también está en paro, pero como su mujer es funcionaria, mantiene su sueldo, aunque ya le han bajado un 5%». Así que del sueldo de dos matrimonios y del cónyuge de un tercero, «están viviendo ellos, sus hijos y nosotros. Si no llega a ser por mis hijos y mis nueras, no sé qué habría sido de mi marido y de mí», dice.

Historias como éstas se repiten por doquier, y raro es el español que no conoce un caso similar en su entorno: padres que pagan la hipoteca de sus hijos; hijos que sostienen los gastos de sus padres; matrimonios que cierran filas ante el paro… No hace falta ser catedrático de economía para comprobar que cuando la crisis golpea y el subsidio por desempleo se convierte en el único ingreso para miles de hogares, el auxilio verdaderamente eficaz es el que presta la familia. De hecho, el último Informe FOESSA para Cáritas muestra que, en 2009, la crisis ha incrementado en un 3,4% la pobreza en España, y que los más afectados han sido, precisamente, quienes no tienen el colchón de su familia: inmigrantes desarraigados, jóvenes, y hogares encabezados no por un matrimonio, sino sólo por la mujer.

¿Más temor, menos hijos?

Cuando, hace unas semanas, el Instituto Nacional de Estadística daba a conocer que la tasa de natalidad había descendido en España por primera vez en diez años, el diario El País resumía en un titular los cientos de comentarios que se vertieron en los medios: Miedo a la economía, miedo a tener hijos. En efecto, las escasas ayudas para los hogares -España ocupa el puesto 22 de 25 en ayudas a la familia en Europa-, así como las consecuencias de la crisis -inestabilidad laboral, menos ingresos, etc.-, parecen haber disuadido a muchas parejas de lanzarse a la maravillosa aventura de la paternidad. Sin embargo, lo que ningún medio se atrevió a vincular con esta noticia es que, el mismo día en que el INE daba a conocer estos datos, también confirmaba que el número de matrimonios ha caído un 11% respecto a hace un año, y que, también por primera vez, las bodas civiles superan a las religiosas. Esto es, que las parejas españolas dan la espalda al compromiso conyugal y, sobre todo, a un modelo familiar que, entre otras cosas, concibe las relaciones sexuales en el matrimonio desde una triple e indisoluble perspectiva: unión de la pareja, disfrute de la sexualidad y apertura a la vida. Dicho de otro modo: alarma la caída de la natalidad, pero la sociedad asume y fomenta que el matrimonio, si se da, no supone abrirse a la vida.

En efecto, esta caída de la natalidad registrada por el INE no es sino la síntesis de varias décadas en las que España se ha mantenido por debajo del índice de reemplazo generacional.

Nada para evitar el desastre

Por si fuera poco, el último informe del Instituto de Política Familiar recoge, con datos del INE, que, en el primer trimestre de 2010, se ha producido un 5% más de rupturas matrimoniales que en el mismo período de 2009. Vamos, que, de enero a marzo, 368 matrimonios se han roto cada día: uno cada 4 minutos. Con un agravante: más del 40% son rupturas conflictivas. «Los datos confirman un panorama desolador para los matrimonios, y el fracaso evidente de la Ley del divorcio exprés: trimestre tras trimestre, las rupturas en España siguen aumentando, sin que las Administraciones hagan nada para evitarlo o, al menos, amortiguarlo», lamenta el informe.

Por sorprendente que parezca, y a pesar de que el Gobierno ya ha anunciado su retirada, esta caída de natalidad y nupcialidad coincide con el mismo período (2009) en que ha estado vigente la ayuda del cheque-bebé. Si se introducen estos datos en el contexto de la crisis económica, la ecuación es clara: ni los incentivos monetarios para tener hijos impiden que cada vez haya menos niños por pareja; ni las dificultades materiales disuaden a las parejas que quieren separarse, a pesar de los gastos administrativos que supone una ruptura, y de la consiguiente división de ahorros e ingresos. No hay duda: el desprecio por la familia en España es mucho más que un baile de cifras; es algo que ha calado en nuestro tejido social y cultural, y cuyas duras consecuencias han aflorado con la crisis.

Un soporte total

Sin embargo, esta realidad tiene una cara positiva: cuando la familia nos respalda en los malos momentos, las adversidades económicas son menos costosas de sobrellevar. La Presidenta de la Federación Española de Familias Numerosas, doña Eva Holgado, le pone palabras: «La familia es la primera red de solidaridad social». Y no sólo en lo económico. El desempleo que afecta a cuatro millones de españoles inflinge consecuencias muy dolorosas en el ánimo de quien lo sufre: estrés, depresión, ansiedad, aislamiento… Y la familia no escapa de estos perniciosos efectos.

Don Eduardo lleva más de un año sin trabajo. Un año en el que, además, su mujer, doña Susana, se quedó embarazada y en el que ha nacido su quinta hija, Marta. Y aunque pasar de ser el responsable de Recursos Humanos de una importante empresa a la inactividad laboral no ha sido fácil, don Eduardo reconoce que «mi familia ha sido, y es, un soporte total, porque me apoyan en todo. Mi mujer ha estado de baja por maternidad, así que he podido pasar todo esto a su lado; y vivir estos meses con ella, con tanto tiempo los dos solos, ha sido impresionante. Cuando estás en casa, con tu mujer y tus hijos, que te quieren y te lo demuestran, todos tus agobios cambian radicalmente».

…y en la adversidad

De las palabras de don Eduardo parece que el matrimonio crece aún más en la adversidad que en la prosperidad: «Si Susana se hubiese puesto nerviosa, o de mal humor, o no me hubiese apoyado ante las entrevistas, o me hubiese culpado del despido, no sé cómo habría podido llevar esto. Pero mi mujer nunca me ha recriminado nada. Al contrario, me apoya siempre y hablamos mucho de cómo estamos viviendo esto. Eso es lo que yo entiendo que debe ocurrir en cualquier matrimonio que se lleve bien, se quiera, se respete y que sepa qué significa de verdad estar casados».

Además, la crisis brinda una oportunidad de oro para educar a los hijos. Primero, porque da pie a hablar con ellos y a educarlos en la austeridad, la responsabilidad y el respeto. Y segundo, porque el ejemplo de una familia unida en la dificultad puede acompañarlos de por vida. Don Eduardo lo resume así: «Desde que empezó la crisis, antes de quedarme en paro, al bendecir la mesa, mis hijos pedían por los parados. Ahora me incluyen en esa petición. Mis hijos mayores han aprendido que, cuando se atraviesan crisis, la familia que se quiere, cierra filas. Yo he alucinado con mis hijos mayores, Edu, de 14 años, y Paula, de 13, porque han echado el resto con sus hermanos pequeños, y han demostrado ser más responsables en sus estudios y en las cosas de casa».

Más expuestos a los riesgos

Con todo, una familia, especialmente una numerosa, puede parecer el blanco perfecto para sufrir dificultades económicas. Cualquier agorero antinatalista puede preguntar si no es mejor ahorrar no teniendo hijos, que gastar dinero en ellos. Doña Eva Holgado desmonta el argumento: «Las familias numerosas sufren más la crisis, porque cuando más personas dependen de ti, el impacto de problemas como el paro es mayor que en hogares sin hijos; pero, por otra parte, la crisis es algo habitual para ellas, que con frecuencia tienen que apretarse el cinturón, prescindir de caprichos, hacer compras sensatas, ahorrar energía, agua…» Por eso, «son expertas en economía, en formatos de ahorro, en promociones y ofertas, y tienen más recursos para enfrentarse a la actual coyuntura. La austeridad es habitual en una casa con hijos; si no, no se llega a fin de mes, y así se forma a los niños en la cultura del reciclaje, el compartir y repartir…», explica Holgado.

La única garantía eficaz

El lector que haya llegado hasta aquí quizá se desespere al comprobar que nuestros políticos parecen ignorar por completo a la familia para salir de la crisis, y que, para garantizar el futuro y el reemplazo generacional de España, necesitamos un cambio de 180 grados en las medidas de ayuda a la familia, más allá de las económicas. Por eso, doña Eva Holgado hace un llamamiento, otro más: «Hay que invertir en familia, porque es la que construye el futuro. Las familias, sobre todo las numerosas, son el único colectivo que, de manera objetiva, aporta soluciones a la crisis, al tener un número de hijos que garantiza el relevo generacional, el empuje económico del país y la transmisión de valores». Esperemos que alguien, esta vez, haga caso a los expertos en superar crisis.

José Antonio Méndez

Una instancia superior

viernes, 23 de abril de 2010
Ignacio Sánchez Cámara


ABC

No sólo España. Europa y, en general, el Occidente todo, se encuentran en crisis. Y, desde luego, no se trata ni sólo ni principalmente de una crisis económica o financiera. Toda genuina crisis histórica es intelectual y moral, pues afecta al sistema general de ideas y creencias, principios y valores, vigentes en una sociedad. Acaso lo más difícil en toda crisis sea su diagnóstico, e incluso antes, el reconocimiento de su existencia. Lo peor que nos Almudi.org -  Ignacio Sánchez Cámarapuede suceder es no saber lo que nos sucede. Y, tal vez, los árboles financieros podridos no nos dejen ver el bosque moral devastado.

Miremos un poco hacia los síntomas. El optimismo democrático y liberal de 1989 se esfumó pronto. En realidad, las naciones europeas liberadas de la tiranía comunista sólo parcialmente quedaron liberadas, pues les esperaba un yugo, más benigno y sutil en la apariencia, pero no menos yugo: el derivado del derrumbe moral de Occidente. El ataque terrorista a las Torres Gemelas era el aldabonazo de un tiempo nuevo y trágico. Se mire por donde se mire, era la guerra. Pero una amenaza de esta naturaleza es aún peor si el agredido se encuentra sumido en aguda convalecencia moral. Y no ha transcurrido una década, cuando nos aflige, a unos más que a otros, una honda crisis económica.

Pasemos a un notable síntoma doméstico. El mismo día aciago en el que el Senado de España aprobaba una inicua ley que convierte en derecho la eliminación de seres humanos no nacidos, nuestro presidente del Gobierno entonaba loas a la vida en Naciones Unidas y repudiaba la pena de muerte. Nadie tiene derecho a quitar la vida a un ser humano, clamaba con razón el presidente. Pero no pensaba en el ser humano no nacido.

La crisis española es la crisis europea y occidental, sólo que más agravada. A finales de la década de los veinte del pasado siglo, Ortega y Gasset diagnosticó en La rebelión de las masas la crisis moral europea. El análisis es actualísimo precisamente por certero y, en gran medida, cumplido. Vivimos una grave crisis moral derivada de la aparición y triunfo de un nuevo tipo de hombre: el hombre-masa en rebeldía. «El día que vuelva a imperar en Europa una auténtica filosofía —única cosa que puede salvarla—, se volverá a car en la cuenta de que el hombre es, tenga de ello ganas o no, un ser constitutivamente forzado a buscar una instancia superior. Si logra por sí mismo encontrarla, es que es un hombre excelente; si no, es que es un hombre-masa y necesita recibirla de aquél».

Nuestra crisis, como todas, ha sido anticipada y profetizada. Y, también como siempre, el clamor profético apenas ha sido escuchado. Nuestra depresión no es (sólo) económica sino moral. El hombre occidental vive profundamente desmoralizado, en el sentido más preciso y etimológico del término. Y conviene mirar hacia atrás, al menos tres siglos atrás, para determinar el origen y comprender la naturaleza de la crisis. Mientras nos quedemos en las cotizaciones de Bolsa o en los datos del crecimiento económico y del empleo (digo, mientras nos quedemos sólo en ellos), no comprenderemos nada de lo que está pasando. Y, por lo tanto, no podremos poner remedio a nuestros males. La política y la economía pertenecen a la superficie de la vida social, no a la profundidad.

Padecemos las consecuencias de una barbarie que no nos amenaza más allá de nuestras fronteras sino que vive entre nosotros, en ocasiones incluso gobernándonos. Lo ha dicho Alasdair MacIntyre. Es la etiología de esta barbarie interior la que es preciso esclarecer. La barbarie interior es la más difícil de diagnosticar, pero no la más difícil de combatir. Un paso decisivo consiste en intentar filiar la concepción moral dominante hoy en Occidente.

Y lo primero que comprobamos es que carecemos de una concepción compartida acerca de la realidad, del hombre, y del bien y el mal. Porque una cosa es el pluralismo y otra Babel. Europa vive, si no me equivoco, una situación de grave discordia moral. Corremos el riesgo de caminar hacia dos Europas, lo que sería lo mismo que la defunción de Europa. Y esta discordia radical sólo se puede superar acudiendo a lo que, desde sus orígenes, ha constituido el ser y la razón de ser de Europa.

Esta discordia ha llegado en España a la presidencia del Gobierno que ha tomado partido por la desmoralización. La concepción moral quizá dominante o mayoritaria es una especie de amalgama entre hedonismo, relativismo, utilitarismo y emotivismo éticos. El conjunto, más que una moral en sentido estricto, consiste en un atentado contra la moral.

Existe un momento en la historia europea en la que se abre el camino hacia esta desmoralización radical. Quizá no sea fácil precisar mucho más, pero tengo la impresión de que lo que pasó en ese momento fue que se abrió paso el subjetivismo y, con él, la afirmación de la soberanía absoluta del individuo. Y así, se llegó a pensar que la liberación del hombre transita por la eliminación de todas las trabas a la libre expansión de sus deseos vitales, y que toda idea de la existencia de deberes entraña un camino de servidumbre.

Se pensó erróneamente que la libertad consiste en la supresión de disciplinas y deberes. Y los errores morales obtienen el castigo a través de sus propias consecuencias. Liberado de toda instancia superior, el hombre empieza a comportarse como un pobre animalejo, e incluso aspira a caminar a cuatro patas. Y lo cierto es que algunos congéneres alcanzan una rara perfección en este ejercicio cuadrupédico.

Invirtiendo el orden jerárquico natural de los valores, los inferiores son estimados como absolutos, y los más elevados, menospreciados como relativos. El hombre no es el señor de los valores y de la verdad, sino su siervo y testigo. Tenemos que volver a aprender a escuchar esa voz soberana que viene de lo alto.

Si no es erróneo todo lo anterior, entonces la solución de la crisis sería tan relativamente sencilla como lo es la autenticidad, pues no residiría en nada nuevo, extraño o difícil, sino en la recuperación del verdadero ser de Europa, no en la vuelta al pasado, sino en la continuidad con él. En este sentido, cabría hacer una afirmación, sólo aparentemente paradójica: Europa es el problema, y Europa la solución.

Pues va a resultar que la crisis es moral y, por tanto, filosófica, que nuestros males proceden del luciferino pecado de soberbia, y que su solución reside en la sumisión de los hombres a la disciplina de los deberes, esto es, a una instancia superior. Nuestra crisis no consiste en la emergencia de una nueva moral, sino en la pura negación de la moral. Termina Ortega: «Esta es la cuestión: Europa se ha quedado sin moral. No es que el hombre-masa menosprecie una anticuada en beneficio de otra emergente, sino que el centro de su régimen vital consiste precisamente en la aspiración a vivir sin supeditarse a moral ninguna».

La única respuesta solvente a la crisis

Aunque España se encuentra retrasada en materia de innovación respecto a los países líderes, hemos avanzado bastante –aún con altibajos- en los últimos años, como ponen de manifiesto los siguientes hechos:

– Los gastos, tanto públicos como privados, en I+D han aumentado considerablemente, y en términos de porcentaje respecto al PIB comienzan a acercarse a la media de los países europeos.

– La investigación académica española ha espabilado tanto en los últimos años que nuestra producción de “papeles científicos” se sitúa –por primera vez en la historia- a la altura de nuestra riqueza.

– Un creciente, y ya un buen número, de empresas españolas  exportan tecnología; y en ciertos ámbitos –el de las TIC y las energías sostenibles- con liderazgo mundial.

– La sociedad y, por tanto, la política se interesan cada vez más  por la tecnología y la innovación; eso sí, ciclotímica y superficialmente. La tópica frase “que inventen ellos” ya ni siquiera es un chiste malo.

Todo lo dicho pone de manifiesto que los seres humanos –y por tanto los españoles- sólo dejan de conseguir lo que no persiguen. De ahí que cuando las circunstancias institucionales –políticas favorables y apertura al exterior- lo han permitido, la respuesta española ha sido muy positiva, aunque aún resulte insuficiente para estar satisfechos.

¿Qué deberíamos hacer ahora, en plena crisis económica, financiera y de confianza, en materia de innovación? La respuesta no puede ser otra que prestarle más atención que nunca; justamente lo contrario que está haciendo el Gobierno. ¿Pero de qué manera?

He aquí algunas respuestas:

1. Es necesario y perentorio no perder ni un minuto de tiempo en explotar económicamente las investigaciones académicas que tengan potencialidad comercial. Para ello deben establecerse mecanismos que incentiven la explotación económica de las innovaciones científicas; por ejemplo, vinculando  el progreso en la carrera académica y la remuneración de los investigadores con el éxito económico de sus hallazgos. Por supuesto que la compatibilidad de la carrera académica con la función empresarial debe ser total.

2. De poco vale tener buenas ideas y vocaciones empresariales si no existen recursos con qué financiarlas. El mejor modo de afrontar esta carencia no es otro que el capital riesgo privado, ya que el público –CDTI, Innova, etc.- funciona bastante bien prestando dinero, pero es insuficientemente seguido por aquél. El remedio aquí es muy fácil: bastaría con que las inversiones en “nuevos proyectos tecnológicos innovadores” –certificados por una agencia pública, por ejemplo el CDTI- fuesen un gasto deducible en los impuestos de la renta –de personas físicas y sociedades- y las plusvalías estuviesen libres de impuestos. Para financiar este coste fiscal hay dónde elegir: desgravación de la vivienda, subvenciones a sectores periclitados –minería, agricultura, etc.- , cooperación internacional, etc. Si se diera una avalancha inversora en innovación, cabría ir reduciendo paulatinamente las facilidades fiscales originales.

3. El marco de relaciones laborales en las empresas innovadoras debiera estar liberado por completo de dependencia alguna de convenios sectoriales ni territoriales –salvo que fuesen voluntariamente asumidos- y los contratos de trabajo serían, naturalmente, fijos con indemnización por despido alineada con los países europeos con menor tasa de desempleo.

4. El ICEX debería ser dotado de un fondo especial –suficientemente dotado y obtenido de los cuantiosísimos recursos dedicados ahora a cooperación internacional- orientado a la promoción exterior de los productos y servicios de alto valor añadido made in Spain.

5. España debe, ya, establecer un marco fiscal óptimo –el mejor de la UE- para atraer inversiones tecnológicas extranjeras de alta intensidad innovadora asociadas a las nuevas olas tecnológicas; ahora, las redes de fibra óptica de nueva generación, amén de mantener y acrecentar las ya realizadas.

Podríamos seguir, pero con lo dicho bastaría –si se llevara a cabo, claro- para dinamizar en poco tiempo la economía española y sentar las bases del proceso de metamorfosis que haría posible, de verdad, una nueva economía sostenible en cuanto a crecimiento de la renta per cápita, ahora en triste y franca decadencia.

La crisis no deja ver la crisis

martes, 23 de febrero de 2010
Ignacio Sánchez Cámara


La Gaceta

La crisis económica, que algunos negaron y luego minimizaron, es hoy tan opaca y densa que no deja ver la otra crisis, la más profunda, de la que acaso aquella depende. Pensaba Ortega y Gasset que la política es un orden superficial y adjetivo de la vida. Creo que la economía también, y aún más.

Quienes no aceptamos el materialismo histórico no estamos dispuestos a conceder que la clave de la historia y la ley con arreglo a la cual se mueve, sea de naturaleza económica. Los problemas económicos pueden ser, en ocasiones, los más básicos, los más acuciantes, pero Almudi.org - Ignacio  Sánchez Cámaranunca son los más graves y profundos para la vida de las sociedades. La miseria, el hambre y la explotación no son sólo problemas económicos, sino también culturales y morales.

La superficialidad de la crisis económica no es incompatible con su gravedad. Al hablar de superficialidad me refiero a que se trata de un problema que afecta a lo más visible de la realidad social y a que es más síntoma que causa profunda. Pero si esto es así, su posible solución no se encuentra en la superficie, es decir, no es puramente económica, sino cultural y moral. Los remedios económicos, urgentes y necesarios, serán sólo paliativos si no van acompañados de remedios más profundos.

La crisis económica dificulta la visión de la grave crisis política e institucional. El sistema de 1978 se encuentra convaleciente, si es que no agonizante. El partidismo y su causa general, el particularismo, crecen sin parar. La Constitución es zarandeada sin miramientos. Los Estatutos de Autonomía aspiran a ser constituciones particulares. El poder judicial carece de independencia y el Tribunal Constitucional ve cómo su ya menguado prestigio se desangra ante un retraso en la resolución del recurso planteado contra el Estatuto catalán, que es mucho más que un retraso.

La crisis económica dificulta la visión de la grave crisis nacional, pues todo lo anterior es consecuencia y síntoma de una grave crisis nacional, cuya clave se encuentra en la ruptura de la concordia que presidió la Transición, deliberadamente emprendida por este Gobierno, sobre todo durante la primera legislatura, hasta que la crisis económica reclamó su atención.

Pero el proceso sigue. Sorprende, ante tal estado de cosas, la pasividad, más o menos resignada, con la que la opinión pública lo acepta. Y al llegar aquí, se impone la triste tesis de que no es sólo que la economía marche mal, ni sólo la política; es que la sociedad española no goza de buena salud. La crisis es también social.

Y al final desembocamos en la verdadera cuestión. La crisis actual, como todas las crisis genuinas, posee una naturaleza moral. Volviendo a Ortega, su ensayo La rebelión de las masas era un diagnóstico de la crisis moral que padecía Europa y en general, el Occidente todo. Creo que el diagnóstico sigue valiendo en lo fundamental. Y en España, corregido y aumentado.

En este sentido, a pesar de que muchos se empeñen en tergiversar lo que es casi obvio, la crisis moral es mucho más importante que la económica. Desde la perspectiva jurídica y política, leyes como la que promueve la legalización del aborto como un derecho de la mujer, o la pretensión de imponer una determinada moral desde el Estado, constituyen síntomas evidentes de esta descomposición.

Pero la raíz acaso se encuentre en la moral personal, en el tipo de hombre dominante, en suma, en la desmoralización general del hombre europeo y, más aún, del español. No se trata de entrar en un debate de teología moral, pero existen males que no son castigo de nuestros pecados y errores morales, sino, más bien, consecuencia directa de ellos.

Que Rodríguez Zapatero llegue a perder el poder como consecuencia de la crisis económica sería algo comparable al hecho de que Al Capone fuera detenido y procesado sólo por evasión de impuestos. No es la gestión de la crisis lo peor del Gobierno de Zapatero, (por si acaso, no estoy comparando a los dos personajes). La crisis económica es terrible, pero acaso pueda tener la virtud de servir de posibilidad catártica, de hacer de la ruina virtud.

Incluso quienes sólo perciben la crisis económica y, por tanto, sólo se preocupan de ella, deberían comprender que una crisis que posee raíces que no son económicas tampoco se puede resolver sólo mediante medidas económicas. Ojalá nuestros problemas fueran sólo económicos y financieros.

Pero no se vea en lo anterior nada parecido al pesimismo. Reconocer la realidad nunca es ejercicio pesimista. Y, por otra parte, una crisis moral, una vez reconocida y diagnosticada, es mucho más fácil de resolver que un problema económico. Lo difícil es reconocerla y diagnosticarla. El diagnóstico de un problema es la etapa decisiva para su solución. De momento, lo que urge es que la crisis (económica) no nos impida ver la otra crisis, la nacional y moral.

Ignacio Sánchez Cámara es catedrático de Filosofía del Derecho

El sacerdocio en tiempos de crisis

jueves, 03 de diciembre de 2009
Pablo Blanco Sarto


RevistaEcclesia.com

Cuando hace unos días tuve que hablar junto con el escritor José Luis Olaizola sobre el Año sacerdotal en las XVII Jornadas sacerdotales, en El Rincón (Tordesillas, Valladolid), decidí primero leer todos los textos que encontré del Papa actual sobre el tema y resumirlos en 10 puntos.

Benedicto XVI ha pronunciado homilías y discursos, ha escrito una carta a los sacerdotes y otra a los obispos, y además ha mantenido numerosos e interesantísimos encuentros informales con sacerdotes, diáconos y seminaristas, en los que explica en profundidad y con detalle su idea del sacerdote. Intento resumir aquí los principales puntos en torno a los que gira esta imagen del sacerdote que se propone en la actualidad.

Se podrían subtitular estas recomendaciones como «El sacerdocio en los tiempos de crisis», y no solo económica. La figura del sacerdote católico está desprestigiada dentro y fuera de la Iglesia, sobre todo tras los escándalos por abusos sexuales realizados por algunas personas del clero, especialmente en los primeros años del posconcilio. El cardenal Ratzinger«tolerancia 0», y ha recordado después como Papa que este tipo de acciones son incompatibles con el ejercicio del ministerio. fue partidario desde un principio de la política de la

Ahora bien, ¿por qué el modelo del cura de Ars, y no más bien –por ejemplo– de un Romano Guardini con iluminantes clases y homilías, o de un Don Camilo en continua gresca con el alcalde comunista Peppone? Tal vez la respuesta se encuentre en la importancia que el teólogo Ratzinger daba a «la fe de los sencillos». Quienes «mueven» de verdad la Iglesia no son los que salen en las televisiones o publican editoriales en los periódicos, sino el sencillo pueblo de Dios que reza y trabaja.

El perfil del sacerdote para el siglo XXI, según Benedicto XVI, sería el sacerdote–sacerdote, el sacerdote cien por cien, y se podría resumir en los siguientes puntos, dicho en términos coloquiales:

1. El sacerdote es Cristo entre Cristos.

La interacción entre sacerdocio común de todos los bautizados y el sacerdocio ministerial de los ministros ordenados —laicos y sacerdotes— resulta determinante. El sacerdocio ministerial debe estar al servicio del sacerdocio bautismal de los laicos, que es lo mayoritario e importante en la Iglesia, según las enseñanzas del Vaticano II. Es decir, el sacerdote es un pastor —a imitación del único Buen Pastor, Jesucristo— que cuida de sus ovejas, todos los fieles bautizados. «Ser sacerdote en la Iglesia significa entrar en esta entrega de Cristo», dice Benedicto XVI. Con palabras del santo cura de Ars, podríamos decir: «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús». El sacerdote está al servicio del pueblo de Dios, y por eso el mismo cura francés decía a sus feligreses: «hoy soy pobre como vosotros, hoy soy uno de vosotros».

2. El sacerdote es un «servidor de vuestra alegría» (2Co 1,24).

El orden sacerdotal es el sacramento del servicio y, por eso, el sacerdote es hoy en día más que nunca insustituible. Esto requiere —seguía diciendo Benedicto XVI— una gran «creatividad pastoral», tal como la tenía el cura de Ars, para poder servir mejor, en todos los sentidos. Servir, no servirse; es decir, en terminología ratzingeriana, «ser-para» Cristo y los demás. El Papa actual ha sido todo un catedrático de teología en varias universidades alemanas, a la vez realizó una intensa labor pastoral en la parroquia muniquesa de Heilig Blut, en la catedral de Frisinga, en la capellanía universitaria de Bonn, en el mismo Ratisbona o como arzobispo de Múnich. Es más, entendía sus propias clases también como una verdadera actividad sacerdotal. Los biógrafos hablan de la gente que acudía a sus clases para escucharle, incluso sin estar matriculado. En este sentido, podríamos decir que Benedicto XVI es también «un buen cura».

3. El sacerdote es en primer lugar celebrante, es decir, alguien que administra los sacramentos.

El centro de la Iglesia es la liturgia, ha repetido Joseph Ratzinger en numerosas ocasiones. Así, el altar se constituye en el centro de la actividad sacerdotal. Lo esencial del sacerdote es celebrar bien. En la Carta a los sacerdotes, Benedicto XVI recordaba cómo la mirada que tenía el cura de Ars a la Eucaristía era una clara señal de su pureza interior. Por el contrario, decía el sacerdote francés, «la causa de la relajación del sacerdote es el descuido de la Misa». Los sacerdotes hemos sido llamados a ser pan partido y sangre derramada. Por eso, el ars celebrandi constituye una actividad esencial del ministerio sacerdotal. Ser artistas de la celebración, aunque no se trata de ser original, pues todo está inventado. El Papa alemán habla también con frecuencia sobre la necesidad de la adoración eucarística, de explicar los sacramentos y realizar auténticas catequesis mistagógicas para acercar al misterio eucarístico. La clave sigue estando en el baptisterio, el altar, el sagrario y el confesonario.

4. Pero también el sacerdote es un «anunciante», cuando proclama y anuncia la Palabra.

Esto requiere conocerla, frecuentarla, leerla, sobre todo en la celebración litúrgica. Primero será necesario interiorizarla y vivirla. Ratzinger siempre ha dicho que los mejores exegetas e intérpretes de la Escritura son los santos. El sacerdote ha de ser un hombre de la palabra de Dios, de los sacramentos y del misterio de la fe. Esto requiere darla a conocer, predicarla con contenido, como han reivindicado los reformados y como han hecho los curas de siempre, empezando por el mismo cura de Ars, quien se preparaba a conciencia los sermones y predicaba sin vaguedades. Ratzinger publicó hace años un libro que en alemán se titulaba Dogma y predicación. Ahí explicaba que las homilías debían hablar de la Trinidad, de la creación, de Cristo, de la Iglesia, de los sacramentos, e incluso del más allá. Más claro, agua. También el ambón resulta pues importante y definitivo en el ministerio sacerdotal.

5. Pero antes el sacerdote necesita interioridad, vida interior, raíces.

El sacerdote es un hombre de fe, dotado de visión sobrenatural, capaz de dar sentido único a todo lo que tiene que hacer. Llama la atención sin embargo cómo Benedicto XVI habla de modo continuo sobre la necesidad de vivir y enseñar la cruz y el sufrimiento. Convertirse para convertir, confesarse para confesar es un mensaje recurrente también en sus textos. En el vía crucis encargado por Juan Pablo II en 2005, el entonces cardenal Ratzinger hablaba de «la suciedad de la Iglesia», que requería una necesaria purificación. «La participación en el sacrificio de Cristo —escribió en la carta con motivos del Año sacerdotal— llevó al cura de Ars del altar al confesionario». Es este otro de los centros fundamentales en torno a los que gira la existencia sacerdotal. El amor necesita purificación. El sacerdote es un romántico que ha conocido el amor —un enamorado, nunca un funcionario—, y por eso requiere esa continua purificación, también para poder transmitir la pureza a los demás.

6. El sacerdote es misionero, que debe combinar el diálogo con el anuncio.

El sacerdote de hoy sabe salir a la calle, y aprovecha cualquier oportunidad —un bautizo o un funeral— para ayudar a encontrar a Cristo a todos los que se acercan a la Iglesia. Debe anunciar a Cristo en un mundo en continua evolución, al mismo tiempo que dialoga con él, siendo sin embargo sal, luz, levadura. Debe disolverse sin diluirse, valga la paradoja. En este sentido, resulta inherente la hermenéutica del concilio, que —tal como propuso el mismo Benedicto XVI, el 22 de diciembre de 2005— consiste en una «hermenéutica de la reforma», no de la ruptura. El sacerdote no puede ser ni un nostálgico ni un revolucionario. Debe ser un reformador y, como dijo Benedicto XVI en Alemania, el país de la reforma, «los verdaderos reformadores son los santos». En este sentido, el sacerdote ha de saber aplicar de verdad el concilio Vaticano II, ir a los textos conciliares y dar prioridad de la formación permanente, sin caer en tópicos fáciles ni simplificaciones apresuradas.

7. El sacerdote es caritativo, con ese ministerio de la caridad que resulta -junto con la predicación de la palabra y la celebración de los sacramentos- una parte esencial de su ministerio.

Además de las distintas labores asistenciales que siempre serán pocas en la Iglesia, el sacerdote debe ser también un «escuchador», pues este hacer caso a la gente puede ser en no pocas ocasiones el mayor acto de caridad. Además, ha de prestar atención a los jóvenes, a las familias y a los más necesitados, que tantas veces son los no-nacidos. Por eso el sacerdote será —junto con todos los laicos, a quienes compete de un modo especial esta misión— un defensor de la vida y la familia. Después, estará toda esa gran masa de inmigrantes, de los que se ocupaba también Benedicto XVI en sus enseñanzas. El amor y la caridad pueden ser el comienzo del diálogo interreligioso, por ejemplo, con los musulmanes. Es decir, el sacerdote es el hombre de todos y para todos, superando así las posibles clases, «capillitas» o tendencias ideológicas.

8. El sacerdote en un hombre razonable.

Benedicto XVI ha hablado de modo repetido sobre la necesidad de «dar razón de nuestra esperanza» (1Pe 3,15). La razón supone un punto de encuentro con todos —cristianos o no cristianos— sobre tantos temas. El sacerdote debe hablar también —¿por qué no?— de la creación, de la naturaleza y de la ley natural (el medio ambiente resulta un tema ineludible en el discurso actual), como el mismo Ratzinger hizo cuando fue arzobispo de Múnich. Debe hablar también del pecado original y de la semilla del mal que vive dentro de todos nosotros. Debe dar razones y ofrecer argumentos. La predicación deberá ser con contenido y ante esto nos podríamos preguntar: ¿cómo son nuestras homilías?, ¿son meras exhortaciones sociales o piadosas? En este sentido, el periodista estadounidense John L. Allen ha hablado de la «ortodoxia positiva» propuesta por el Papa actual, capaz de ofrecer la integridad de la fe, con un estilo alegre, positivo y propositivo. La fórmula ha resultado convincente y ha triunfado en más de una ocasión.

9. El sacerdote ha de ser también un hombre de comunión.

Benedicto XVI ha hablado así de la importancia de acoger en la pastoral habitual a los nuevos movimientos, al Camino neocatecumenal o a otras realidades eclesiales. Tal vez la fórmula de la parroquia como comunidad de comunidades podría ayudar en este sentido y unir así diferentes carismas y sinergias pastorales. Pero la prioridad estará en sus propios hermanos sacerdotes. La fraternidad sacerdotal constituye una absoluta prioridad, y la primera caridad pastoral consiste en ayudar en su ministerio a otros sacerdotes. En este sentido —seguía recomendando Benedicto XVI— pueden resultar de gran utilidad los encuentros y asociaciones sacerdotales, en las que buscan conjuntamente la santidad. En todo esto ha de tenerse en cuenta que hoy en día se obedece con más naturalidad, y que la alegría ha de ser siempre la música de fondo de nuestro ministerio.

10. En fin, el sacerdote debe tratar de ser santo.

Es un tema recurrente en sus escritos e intervenciones orales. Joseph Ratzinger ha repetido con frecuencia de la belleza de la vida de los santos como uno de los mejores argumentos actuales —junto con el arte cristiano— para evangelizar en el mundo actual. Resulta esta una actividad apasionante, pero dura, sin duda alguna. Sin embargo, santidad y alegría van juntas. Habla también con frecuencia de María, madre de los sacerdotes. Luego los lugares en los que se circunscribe esta santidad que busca el sacerdote serían el altar y el ambón, el breviario y el sagrario, el confesionario y también el rosario, valgan estos piadosos ripios. Aquí estaría el secreto de la santidad del sacerdote, tal como ilustró el modélico cura de Ars. En cualquier caso, queda claro que Benedicto XVI está convencido de que la «nueva primavera» de la Iglesia empieza por los sacerdotes.

Pablo Blanco Sarto, sacerdote y profesor de Teología de la Universidad de Navarra

Se disparan por la crisis

250 mil personas nuevas

Las demandas a Cáritas se disparan por la crisis

MADRID, 13 Nov. 09 / 06:50 pm (ACI/Europa Press)

Las demandas a Cáritas aumentaron un 40,7 por ciento en el primer semestre de 2009, en total 250 mil personas nuevas, con respecto al año anterior, principalmente para alimentos, con un 58 por ciento más de peticiones de ayuda, según el III Informe del Observatorio de la Realidad de Cáritas, que se presentó junto con la memoria correspondiente al año 2008.

Las ayudas económicas de Cáritas también han aumentado un 44,9 por ciento para vivienda, por problemas de impago de hipotecas, deudas de alquileres y recibos de suministros. Y, según el informe, «la dureza de las condiciones de acceso para la compra, ha provocado hacinamientos severos».

La coordinadora del Área de Análisis Social y Desarrollo, Ana Abril Fernández, explicó que «la crisis es una de las principales causas» y que ésta «ha revelado nuevas formas de pobreza pues hay mucha gente que ha acudido por primera vez a Cáritas afectada principalmente por el paro».

El perfil: jóvenes en paro

En este sentido, también ha variado el perfil de los demandantes de ayuda y los principales son los jóvenes parados en busca del primer empleo, los parados de más de 45 años, los desempleados procedentes de la construcción, la hostelería y la industria, las familias jóvenes con niños pequeños, las mujeres solas con cargas familiares y los hombres divorciados.

Además, Ana Abril destacó la situación de los inmigrantes, que «se enfrentan a problemas como el endurecimiento de las condiciones administrativas, cuando son derechos fundamentales», y apuntó que «no se está dando un número importante de retornos a través de los programas del Gobierno, sino a título personal, debido a las condiciones que se establecen y a los largos tiempos de espera».

En cuanto a la memoria de 2008, el presidente de Cáritas España, Rafael del Río Sandino, indicó que «cuentan con casi 57.000 voluntarios, que aumentaron con respecto a 2007 y con 4.621 personas contratadas», al tiempo que apuntó que «en ese año su ayuda llegó a 1,28 millones de euros para personas necesitadas en España y a 7,82 millones de euros fuera del país». Además, apuntaron que los recursos invertidos alcanzaron los 216,91 millones de euros, lo que supone un incremento del 8 por ciento con relación al ejercicio de 2007.

La mayor inversión, procedente en un 61,7 por ciento de los fondos privados y el resto de fondos públicos, se destinó a la ayuda a los mayores, seguidos de la acogida y atención primaria, la cooperación internacional, y las ayudas al empleo y la inserción laboral, según indicaron.

El director General de Cáritas Española, José Luis Pérez Larios, destacó que 2008 fue el año en que más personas ha atendido la organización en su historia, y también se refirió a la crisis y señaló que «aunque empiezan a salir brotes verdes, va a tardar mucho tiempo en llegar a los colectivos a los que atiende Cáritas».

“LA CRISIS”

por Enrique Monasterio

Pensar por libre

“Me habla de la crisis, como casi todo el mundo; del trabajo que ya no tiene y del que le llegará cualquier día de éstos; de los años que pasan y pesan, sobre todo cuando debe mendigar un empleo exhibiendo un falso aspecto juvenil y asegurando que está en plena forma física y mental.

Luego me dice que su mujer se queja desde la mañana a la noche; que está harta del él, porque se pasa las horas metido en Internet. Ella no entiende que debe dedicar buena parte del día a navegar en la red en busca de cualquier cosa. Perdería el tiempo ocupándose de los niños y de la limpieza de la casa.

Al final, casi lloriqueando, me pide que rece. Y al despedirse, como es hombre ilustrado, cita a un autor francés, belga o algo así, cuyo nombre no he entendido. Asegura ese autor que, por no tener dinero, los hombres dejamos de hacer docenas de estupideces.

—Ya. Seguro que rezas más que nunca —le contesto—.

—Sí, eso también.

Le aconsejo que dé gracias a Dios por su situación, y que siga luchando con todas sus fuerza para salir de ella”.

Menos divorcios en tiempos de crisis

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El Mundo.

  • En 2008 descendió notablemente el número de rupturas.
  • La duración media de los matrimonios disueltos fue de 15,6 años.
  • Melilla, Canarias y Cataluña registran las mayores tasas de rupturas.
  • En Castilla y León, Extremadura y Castilla-La Mancha se rompen menos parejas.

Las rupturas matrimoniales, divorcios y separaciones en España registraron un importante descenso en 2008, acentuándose la disminución experimentada en 2007. De esta forma, durante el pasado año, en el que la crisis económica comenzó a producir sus mayores efectos, se produjeron 118.939 disoluciones de matrimonios, lo que supone un 13,5% menos que en el año anterior, según consta en el balance realizado por el Instituto Nacional de Estadística.

Por tipo de ruptura matrimonial, en 2008 se produjeron 8.761 separaciones (un 24,4% menos que en el año anterior) y 110.036 divorcios (un 12,5% menos) y 142 nulidades, un 5,3% menos que en el año 2007.

Los divorcios representaron el 92,5% de las disoluciones matrimoniales en el año 2008, frente al 7,4% de las separaciones y el 0,1% de las nulidades. De esta forma, se consolida la tendencia al alza de los divorcios en el global de las disoluciones matrimoniales.

En cuanto a los matrimonios formados por personas del mismo sexo, en el año 2008 se produjeron 116 disoluciones. De esta cifra, 69 fueron rupturas entre varones y 47 entre mujeres.

La duración media de los matrimonios disueltos fue de 15,6 años, igual que la observada en 2007. El mayor número de rupturas tuvo lugar en la franja de edad entre los 40 y 49 años, tanto en hombres como en mujeres y la edad media en la disolución de los matrimonios fue de 41,7 años para las mujeres y de 44,2 años para los varones.

El 88,2% de las disoluciones matrimoniales registradas en 2008 tuvo lugar entre cónyuges de nacionalidad española, mientras que en un 7,7% uno de los cónyuges fue extranjero y en un 3,8% de los casos ambos cónyuges fueron extranjeros. Se aprecia un ligero aumento respecto al año anterior, en términos relativos, de las disoluciones en las que al menos uno de los cónyuges es extranjero.

El número de disoluciones matrimoniales por cada 1.000 habitantes en España fue de 2,58. Por comunidades autónomas, las que registraron las mayores tasas fueron la ciudad autónoma de Melilla (3,58), Canarias (3,28), Cataluña (2,98), la ciudad autónoma de Ceuta (2,93) y la Comunitat Valenciana (2,91). Por el contrario, las que registraron menores tasas fueron Castilla y León (1,75), Extremadura (1,80) y Castilla-La Mancha (1,83).

La Iglesia irlandesa exhorta a los jóvenes

La Iglesia irlandesa exhorta a los jóvenes a transformar el mundo

03/08/2009

“En tiempos de crisis y de incertidumbres dejad que la Palabra de Dios osservatore_iglesiapenetre vuestros corazones para dar respuesta a los interrogantes de la vida”: así reza la exhortación hecha por el obispo auxiliar de la diócesis irlandesa de Down y Connor, Donal McKeown, durante la homilía de la celebración que presidió en el Knock Youth Festival, una manifestación tradicional en la que participan jóvenes de diversas parroquias.

El mensaje de la edición de este año -”Jesús llama a lo jóvenes a ser sus discípulos”- está inspirado por palabras evangélicas: “Yo soy la luz del mundo, el que me siga no caminará en la oscuridad sino que tendrá la luz de la vida” (Juan, 8-12). El desafío para las parroquias y las diócesis- se insiste- es proveer lugares y ambientes en los que los jóvenes puedan escuchar el mensaje del Evangelio para que se sientan miembros de la comunidad de fe. Para muchos jóvenes resulta difícil escuchar la voz de Cristo en el ambiente cultural moderno, de ahí la necesidad de cuidar especialmente la pastoral de nuevas generaciones y sensibilizar aún más a las comunidades parroquiales sobre el tema. “A no ser -afirmó el el obispo auxiliar de Down y Connor-, que planteemos las preguntas justas, siempre conseguiremos las respuestas erróneas. La extraña lección que nos enseña la historia es que en tiempos de cambio y de crisis, el Espíritu Santo da respuestas radicales“. “Al igual que la otras comunidades del mundo entero-añadió el prelado-, nosotros hemos escuchado la misma palabra de Dios. Esta palabra se escuchará de modo distinto por cada individuo y en cada comunidad porque el mensaje de Dios se dirige a los individuos y a los grupos allá donde estén. Por eso incumbe a cada uno de nosotros, por nosotros mismos y con los demás, a conseguir que la palabra de Dios toque nuestros corazones y nuestras mentes. Esta es nuestra manera de aprender lo que dice el Espíritu Santo”.

Para el prelado, semejante modo de arrimarse a la comprensión de las Sagradas Escrituras plantea al fiel diversos interrogantes sobre los problemas que afectan al pasado y al presente. “Cuando miro las Escrituras en estos términos- explica-, entonces oigo los ecos no de una cultura milenaria, sino de cuestiones perennes y de desafíos que la comunidad humana exhibe en cada generación.”

Sobre esto, el prelado se refirió a algunos temas específicos que requieren una reflexión. Especialmente la pobreza, un problema que afecta cada vez más a amplios estratos de la sociedad irlandesa. “Cerca del 30 % de la comida que compramos -precisó-, viene desperdiciado, después de que haya sido transportado por la calles de todo el mundo, con costes para nosotros y para el medio ambiente”. Además, el prelado habló de la crisis económica y financiera que asola a Irlanda como a otros países del mundo y más especialmente “a las respuestas que hay que dar a la crisis crediticia que genera recortes en las subvenciones a los hospitales y a los centros educativos pero que no perjudica a la obscena cantidad de dinero gastada en las fuerzas armadas y en las guerras de agresión a través del mundo”. Por último, el prelado también aludió “a la crisis de las relaciones en el seno de la comunidad y la idea según la cual, a largo plazo, la fidelidad y el servicio generoso son imposibles”.

Por lo tanto, para el obispo auxiliar, “a no ser que la sociedad no se comprometa en estas cuestiones, se corre el riesgo de vivir en un mundo ficticio” (…). “Si el Señor os ha invitado aquí este fin de semana” prosiguió, ” es porque os pide que leáis y escuchéis las Sagradas Escrituras a la,luz de nuestro mundo pero también en relación al tema de este año del Knock Youth Festival ‘vosotros sois la luz del mundo”. “Algunas cuestiones” prosiguió, “que surgen en mi mente en este momento: ¿Somos conscientes de quiénes son aquellos que sufren el hambre a escondidas entre nosotros y en la Irlanda moderna y creer que pueden ser satisfechos? ¿Quién está formulando las preguntas que nos hacemos respecto de nuestra sociedad y si Jesús, por el contrario, nos sugiere que nos hagamos otras? ¿Dónde podemos encontrar la esperanza y la comunidad en medio de las tan frecuentes malas noticias que nos toca oír?”

Según el obispo auxiliar, entre otras cosas, cuando se habla de hambre no se refiere tanto a la penuria de comida sino a la de los valores y de la esperanza. “Los irlandeses se están muriendo por exceso de comida y de bebida más que por una carencia de ambos”. Mayormente, “las personas están muriendo por la ausencia de amor y de identidad y por la sensación de que el mundo no tiene significado o, en última instancia, por el hecho de que sus vidas tienen un verdadero significado”.Demasiadas personas mueren porque echan en falta una razón para vivir“. Hay zonas en nuestro país en donde la esperanza de vida de los varones no va más allá de los cincuenta años de edad.

“Es importante preguntarnos sobre los errores el pasado -prosiguió-, pero también es importante aprender de estos e interrogarnos sobre los actuales”. Concluyó que “el hecho incómodo es que Dios nos está pidiendo decisiones difíciles y radicales. No hay gracia barata, no hay salvación fácil para el mundo. Hay tantos hambrientos en la Irlanda moderna a los que Jesús desearía responder. Hay tantas personas que necesitan ser curadas por todo lo que han sufrido como resultado de la cultura severa que ha invadido parte de nuestra nación y de la Iglesia desde hace décadas. (…)”.

La Iglesia irlandesa dedica muchas energías en la Pastoral juvenil. Por ejemplo, la archidiócesis de Dublin ha creado una agencia cuyo cometido es volver a acercar a los jóvenes a la fe. La ‘Catholic Youth Care’, que así se llama, ha puesto en marcha un plan pastoral para preparar equipos de jóvenes que prediquen el Evangelio a sus coetáneos mayores de edad, proponiendo, entre otras cosas, peregrinaciones y actividades de grupo. Entre las diversas iniciativas destaca la organización de un seminario en el que han participado misioneros de Net Ministries, un ente que utiliza Internet para difundir el Evangelio. Por otra parte, el arzobispo de Dublín, Diarmuid Martin, resaltó que la Iglesia no hace lo suficiente para atraer a los jóvenes: “Los jóvenes de más de 14 años, idealistas y generosos, no encuentran espacio en nuestras parroquias”.