Divertirse con o sin alcohol

Martha Morales

En algunos ambientes la diversión es la meta de la existencia. Ha aumentado el uso y abuso de alcohol entre la gente joven porque no saben divertirse. Podrían bailar, escuchar música, organizar actividades culturales y deportivas, hacer teatro, leer, cantar al ritmo de una guitarra o del piano, jugar ajedrez, dominó, maratón u otro juego de mesa, o conversar y beber alguna limonada o cerveza. Pero como no saben divertirse y tienen pocas iniciativas, sólo se les ocurre ir a beber. Dice Cantinflas: “Para las muchas penas, las copas llenas. Para las penas pocas, llenas las copas”. Ahora también las chicas consumen alcohol especialmente los fines de semana.

Un autor anónimo dice que el alcohol nunca es la respuesta…, pero si hace que te olvides de la pregunta.

No hay en la historia el ejemplo de alguien que haya superado sus problemas personales con el alcohol. El antidepresivo más antiguo es el alcohol. Desde tiempos inmemorables el hombre utiliza esa bebida para sobrellevar la angustia, la frustración, los traumas o la soledad. El alcohol sólo ayuda a “disfrazar” los problemas, y posteriormente se convierte en el principal conflicto de quien trató de solucionar sus males con la bebida. El alcohólico termina solo, sin trabajo y sin patrimonio. Y a pesar de esos, no sólo los hombres, también las mujeres se animan a emborracharse.

Los jóvenes creen que en el alcohol o en la droga van a encontrar el “paraíso”, y encuentran la “dependencia”.

Muchos estudiantes de Secundaria han consumido, al menos una vez en su vida, bebidas alcohólicas en exceso. La ignorancia de los efectos nocivos para la salud es tal que se ofrecen esas bebidas hasta a menores de diez años. Con frecuencia, los “amigos” del adolescente lo animan a tomar y, cuando viene una congestión, son los primeros que desaparecen de la escena.

Algunos padres de familia se muestran permisivos o indiferentes cuando sus hijos empiezan a consumir bebidas embriagantes y no miden los efectos psicológicos y emocionales que pueden sufrir. El consumo de alcohol puede causar alteraciones en el cerebro de los niños y adolescentes. La educación siempre ha tomado muy en cuenta la templanza, a lo largo de la historia, menos ahora, donde se quiere romper límites.

El problema crece entre los jóvenes. A esta edad algunos solicitan ayuda para superar la adicción al alcohol porque son conscientes de que se alteran, se violentan y buscan pleitos y, con frecuencia, faltan a la escuela y a sus deberes.

El pico estadístico de mayor consumo está en torno a los 25 años, edad a partir de la cual la mayoría – salvo aquellos que están encaminados por una más o menos clara trayectoria de alcoholismo – comienzan a descender la cantidad de etílico consumido. La cerveza y los licores combinados son las bebidas preferidas de los más jóvenes y el vino aumenta su protagonismo a medida que crece la edad. Y es en el medio rural donde la proporción de varones es mayor que en la ciudad; al contrario de las chicas que, por razones estilo de vida y consideración social, beben más en el ambiente urbano.

El alcohol desinhibe y tomado en cantidades excesivas – para cada persona el límite es distinto- predispone a conductas violentas personales o grupales; euforias que pueden ser peligrosas en el uso de vehículos, y no cabe olvidar que los accidentes de motos y coches son la primera causa de muerte juvenil. El alcohol es «amigo» del crimen, dice un tratado de medicina legal. En el borracho o borracha se da poco control sexual y, consiguientemente, aumento de embarazos en adolescentes.

Naturalmente, su utilización moderada y en circunstancias ambientales apropiadas no sólo no es malo, sino un elemento que sirve para animar la vida personal y social. Pero cuanto más se tome y cuanto más joven sea el que lo ingiere, la cercanía a las consecuencias negativas aumenta.

La adolescencia es un periodo muchas veces difícil para los chicos: tienen problemas y tensiones interiores, frustraciones escolares, laborales o familiares; y ellos de una manera más o menos consciente buscan en el alcohol que es una compensación falsa y riesgosa.

El alcoholismo es un tipo de enfermedad en la que el paciente cree no estar enfermo. El alcohólico sufre de un sentimiento de culpabilidad; recordarle sus fracasos empeora su situación. A veces una crisis puede convencer al alcohólico de que necesita ayuda: un accidente, un arresto, una indigestión, la pérdida del trabajo… La crisis puede ser necesaria para su recuperación. No hay que hacer nada para impedir que suceda. “No hay mal que por bien no venga”.

Si los jóvenes supieran que hay hombres muy poderosos en la ONU y en el Club de Roma – entre otros-, que los quieren manipular, se rebelarían. Hay organizaciones internacionales que desean debilitar a los pueblos del Tercer Mundo por lo que tienen de más valioso: sus niños y sus jóvenes. Y les ofrecen un paraíso artificial a base de diversiones, alcohol, sexo y drogas. ¿Y esto para qué?  Para que no tengan espíritu crítico ante sus males manejos. La esperanza de recuperación estriba en la capacidad de reconocer la necesidad de ayuda, el deseo de dejar de beber y la sinceridad de admitir que, por sí mismo, no puede lidiar con el problema. Podemos tener la esperanza bien alta porque las energías de la inteligencia y la libertad son más poderosas que todos los condicionamientos económicos y políticos.

Divertirse sanamente

En algunos ambientes la diversión es la meta de la existencia. Ha aumentado el uso y abuso de alcohol entre la gente joven porque no saben divertirse. Podrían bailar, escuchar música, organizar actividades culturales y deportivas, hacer teatro, leer, cantar al ritmo de una guitarra o del piano, jugar ajedrez, dominó, maratón u otro juego de mesa, o conversar y beber alguna limonada o cerveza. Pero como no saben divertirse y tienen pocas iniciativas, sólo se les ocurre ir a beber. Dice Cantinflas: “Para las muchas penas, las copas llenas. Para las penas pocas, llenas las copas”. Ahora también las chicas consumen alcohol especialmente los fines de semana.

No hay en la historia el ejemplo de alguien que haya superado sus problemas personales con el alcohol. El antidepresivo más antiguo es el alcohol. Desde tiempos inmemorables el hombre utiliza esa bebida para sobrellevar la angustia, la frustración, los traumas o la soledad. El alcohol sólo ayuda a “disfrazar” los problemas, y posteriormente se convierte en el principal conflicto de quien trató de solucionar sus males con la bebida. El alcohólico termina solo, sin trabajo y sin patrimonio. Y a pesar de esos, no sólo los hombres, también las mujeres se animan a emborracharse.

Los jóvenes creen que en el alcohol o en la droga van a encontrar el “paraíso”, y encuentran la “dependencia”.

Muchos estudiantes de Secundaria han consumido, al menos una vez en su vida, bebidas alcohólicas en exceso. La ignorancia de los efectos nocivos para la salud es tal que se ofrecen esas bebidas hasta a menores de diez años. Con frecuencia, los “amigos” del adolescente lo animan a tomar y, cuando viene una congestión, son los primeros que desaparecen de la escena.

Algunos padres de familia se muestran permisivos o indiferentes cuando sus hijos empiezan a consumir bebidas embriagantes y no miden los efectos psicológicos y emocionales que pueden sufrir. El consumo de alcohol puede causar alteraciones en el cerebro de los niños y adolescentes. La educación siempre ha tomado muy en cuenta la templanza, a lo largo de la historia, menos ahora, donde se quiere romper límites.

El problema crece cuando los jóvenes tienen entre 18 y 20 años. A esta edad algunos solicitan ayuda para superar la adicción al alcohol porque son conscientes de que se alteran, se violentan y buscan pleitos y, con frecuencia, faltan a la escuela y a sus deberes.

El pico estadístico de mayor consumo está en torno a los 25 años, edad a partir de la cual la mayoría – salvo aquellos que están encaminados por una más o menos clara trayectoria de alcoholismo – comienzan a descender la cantidad de etílico consumido. La cerveza y los licores combinados son las bebidas preferidas de los más jóvenes y el vino aumenta su protagonismo a medida que crece la edad. Y es en el medio rural donde la proporción de varones es mayor que en la ciudad; al contrario de las chicas que, por razones estilo de vida y consideración social, beben más en el ambiente urbano.

El alcohol desinhibe y tomado en cantidades excesivas – para cada persona el límite es distinto- predispone a conductas violentas personales o grupales; euforias que pueden ser peligrosas en el uso de vehículos, y no cabe olvidar que los accidentes de motos y coches son la primera causa de muerte juvenil. El alcohol es “amigo” del crimen, dice un tratado de medicina legal. En el borracho o borracha se da poco control sexual y, consiguientemente, aumento de embarazos en adolescentes.

Naturalmente, su utilización moderada y en circunstancias ambientales apropiadas no sólo no es malo, sino un elemento que sirve para animar la vida personal y social. Pero cuanto más se tome y cuanto más joven sea el que lo ingiere, la cercanía a las consecuencias negativas aumenta.

La adolescencia es un periodo muchas veces difícil para los chicos: tienen problemas y tensiones interiores, frustraciones escolares, laborales o familiares; y ellos de una manera más o menos consciente buscan en el alcohol que es una compensación falsa y riesgosa.

El alcoholismo es un tipo de enfermedad en la que el paciente cree no estar enfermo. El alcohólico sufre de un sentimiento de culpabilidad; recordarle sus fracasos empeora su situación. A veces una crisis puede convencer al alcohólico de que necesita ayuda: un accidente, un arresto, una indigestión, la pérdida del trabajo… La crisis puede ser necesaria para su recuperación. No hay que hacer nada para impedir que suceda. “No hay mal que por bien no venga”.

Si los jóvenes supieran que hay hombres muy poderosos en la ONU y en el Club de Roma – entre otros-, que los quieren manipular, se rebelarían. Hay organizaciones internacionales que desean debilitar a los pueblos del Tercer Mundo por lo que tienen de más valioso: sus niños y sus jóvenes. Y les ofrecen un paraíso artificial a base de diversiones, alcohol, sexo y drogas. ¿Y esto para qué?  Para que no tengan espíritu crítico ante sus males manejos.

La esperanza de recuperación estriba en la capacidad de reconocer la necesidad de ayuda, el deseo de dejar de beber y la sinceridad de admitir que, por sí mismo, no puede lidiar con el problema. Podemos tener la esperanza bien alta porque las energías de la inteligencia y la libertad son más poderosas que todos los condicionamientos económicos y políticos.

El alcohol y las chicas adolescentes

Séneca afirma que la embriaguez no es más que locura voluntaria.

adol-discoteca-vibe¿Qué empuja a los adolescentes a hacer uso del alcohol? Ganas de experimentar, trasgresión, sentirse grandes. La regla es beber aunque no se tengan ganas.

La Organización Mundial de la Salud muestra que cada año 320 mil jóvenes entre los 15 y los 29 años mueren a causa del alcohol.

Los jóvenes de hoy se sienten solos, perdidos, sin metas y se vuelven vulnerables. A esa edad no tienen los enzimas que sirven para defenderse de los excesos de las bebidas. Los dueños de las discos lo saben, y se aprovechan.

“Como un adolescente más, fuimos a bailar. Comprobamos que hay de todo, como en otras épocas. Pero es una realidad que hoy las mujeres toman sin ninguna inhibición.  Es una fiesta de la juventud. Alrededor de la pista de baile grupos de mujeres y hombres conversando, separados o revueltos. Gente que camina de un lado para otro. No hay dónde sentarse, más que una especie de pasillo con mesas y sillas, muy oscuro, donde algunos conversan. En la pista de baile, parejas bailando y grupos de mujeres que se mueven de manera bastante sensual. Las sacan a bailar aunque ellas estén bailando solas

La barra está repleta. A nadie le piden identificación y todos son menores. Casi todas las mujeres tienen un vaso en la mano. Al correr de la noche se ven los efectos, a algunos se les ha pasado la mano: les cuesta más caminar o están con la mirada perdida. Pocos, aunque siempre los hay, están realmente borrachos”, narra uno de ellos.

SIN COPETE NO SE ATREVEN

Quizás no hay nada nuevo bajo el sol y la juventud siempre ha sido igual. A algunos se les pasa la mano con el trago, a otros no. En algunas fiestas casi todos están borrachos, otras son muy sanas. Unos son reventados, otros no. Pero lo que está claro es que ahora, en las fiestas -públicas o privadas-, se ve algo que antes no se veía: las mujeres tomando.

Según el psiquiatra Sergio Canals, en la última década ha cambiado la forma de tomar de las mujeres. Por un lado, empiezan antes, y a los 13 años muchas han probado y algunas hasta se han emborrachado. Y, por otro, toman con más desinhibición social, cuentan que se emborracharon y no pasa nada, porque hay mayor tolerancia.

“Hago charlas en colegios y en cursos de mujeres o mixtos de 7º y 8º básico. Cuando pregunto quién se ha emborrachado, un porcentaje importante levanta la mano. Además, ahora sienten la aprobación social para contar una borrachera, lo que antes era privilegio del hombre. Antes daba vergüenza contarlo”. “Toman por lo mismo que los hombres: curiosidad, influencia del grupo, sentir mayor autonomía, ser adultos. Pero si nos preguntamos, para qué toman, es distinto. Toman para hacer cosas que sin alcohol, no se atreven. Buscan desinhibirse para establecer vínculos con los hombres. En la adolescencia es muy fuerte el deseo de explorar su cuerpo en relación con el hombre y poner a prueba su capacidad de relacionarse emocionalmente”, dice Canals. Al parecer, el alcohol las ayuda en su búsqueda. “La desinhibición que produce el alcohol les da sensación de libertad: pueden hacer más cosas. Pero, la verdad es que son menos libres porque no quieren ser conscientes de lo que hacen. Como resultado, al día siguiente no sienten culpa, fue por culpa del alcohol, dicen”, explica Sergio Canals.

ALCOHOL Y ADOLESCENCIA

El adolescente tiene un riesgo natural de caer en el alcohol ya que vive una época de exploración del mundo, de la vida, de su sexualidad y busca entretenerse y pasarlo bien. Pero, por dentro no lo pasa tan bien. Entonces, el alcohol, que produce un efecto tranquilizante, de euforia y desinhibición, engancha perfecto con esta etapa. El mundo ofrece a las mujeres modelos femeninos como famosas actrices que tienen una vida sexual precoz, que consumen drogas y alcohol, y que son muy atractivas para ellas pues encarnan la perfección, son bonitas, tienen personalidad… Hagamos lo que ellas hacen. Algunos publicistas interpelan a los adolescentes porque los consideran un mercado importante y saben que mientras antes se les incorpore el hábito, más fácil será que sigan consumiendo cuando adultos. A la vez, en el comercio se les vende alcohol como si fueran adultos, hay bares abiertos, las fiestas se llaman “Hígado valiente”,… “Hay una permisividad legal y una falta de ética al vender una droga a personas que todavía no son adultas, que aún no tienen estructurado su mundo valórico, ideológico y emocional”, afirma Canals. Para tranquilidad de los padres, el Dr. Canals señala que “La mayoría de las adolescentes tiene una vida normal, estudia, no lleva una vida sexual promiscua y cuando se toma una copa, no se emborracha”. Agrega que cuando se trasforman en bebedoras excesivas tampoco lo hacen por “buscar el sentido de la vida y evadir problemas”, como podría suponerse. En su afán de explorar el mundo, quieren llegar al límite de la euforia y de la desinhibición, pero ese límite está muy próximo al punto en que se pierde el control y la memoria. Es muy difícil no pasarse. Y como son muy jóvenes, se les pasa la mano más fácilmente. Mientras más tardío es el consumo hay mayor autocontrol”.

EL DIÁLOGO CON EL PAPÁ ES INSUSTITUIBLE “La mejor prevención es que el papá llegue a la casa y le dé un beso cariñoso a su señora, otro a su hija y no le pregunte cómo le ha ido en el colegio, sino cómo ha estado”, dice el psiquiatra Pablo Egenau en sus charlas. “El vínculo entre el papá y la hija adolescente es fundamental”, agrega Canals y señala cuatro factores que el papá debe considerar para guiar a su hija en la construcción de su identidad, su mundo valórico, y su proyecto de vida.

El triángulo del amor: Querer, quererse y ser querido, que está atravesado por el amor de Dios y hacia Dios. Aquí juega un papel fundamental la autoestima. Si no me quiero, no me siento querido y no puedo querer. Se produce un vacío enorme. Pero el día que descubro que con un trago o una probada de droga eso se me pasa, de ahí a quedarse pegado hay un paso. La religiosidad es un factor muy protector, porque el hijo se siente querido por Dios.

– Construir un proyecto de vida con sentido, es decir tener una motivación para esforzarse y crecer. Que las preguntas de por qué, para qué y por quiénes vivo vayan teniendo respuesta.

– Construir una identidad sólida: Es lo que hace ser diferente a un joven de otro y no dejarse arrastrar por el grupo. Aunque en la adolescencia se está construyendo la identidad, ya se necesita estar contento con lo que se es.

– Mundo valórico: Muchas veces la gente que hace prevención evita decir que es malo consumir alcohol. Pero a esta edad hay que decirlo con todas sus letras. No es malo porque sí, sino porque en la juventud, y por todo lo dicho anteriormente, es muy fácil caer en la adicción, y eso destruye la vida, la libertad y la dignidad. El psiquiatra finaliza asegurando: “En un buen entorno familiar, en que hay estabilidad emocional, valores claros, un mundo con sentido religioso…, hay pocas probabilidades de que el alcoholismo se convierta en un problema”.

Dentro de las señales de alerta que pueden ser indicios de ingestión imprudente de alcohol aparecen:

– Baja en el rendimiento escolar. – Cambios en la conducta que no se explican sólo por estar en la etapa de la adolescencia. – Mentiras reiteradas. – Aislamiento o retraimiento. – Repentinos cambios de ánimo. – Cambio de amistades. – Solicitud excesiva de dinero. – Pérdida de dinero, objetos y prendas de vestir. – Accidentes, moretones o heridas inexplicables.

“ASÍ LA VI YO” (TESTIMONIO MASCULINO)

“Yo estaba con mis amigos cuando llegó ella. Me acuerdo que me saludó de manera muy efusiva. Era súper bonita, la conocí en la semana y me llamó la atención su forma de ser tranquila y femenina. Por eso, desde el minuto en que llegó, me pareció muy extraña. No se despegó de la barra. Llevaba ya dos o tres vasos en el cuerpo y comenzó a gritar, a saltar y a bailar súper vulgar. Atraía a algunos, pero le perdían el respeto. Siguió tomando. Bailaba con sus amigas, empujando y riéndose de manera poco femenina. De pronto se cayó entre gritos y burlas de los que la rodeaban. Las amigas ni se dieron cuenta porque coqueteaban con unos gallos ebrios.

Cuando vi que no podía pararse, la levanté, la tomé en brazos y la saqué de ahí. Tomamos un taxi. Estaba inconsciente y vomitó. La dejé en la puerta de su casa, como si fuera un bulto. Sentí una especie de rechazo, y una gran desilusión. Pero también me dio pena porque el problema no está en el trago, sino en ella. El lunes me saludó como si nada. Y el fin de semana siguiente, increíble, pero la vi igual de borracha”. (alumno de secundaria).

«Jesús, mi médico, me curó»

Lleva 16 años sin probar el alcohol

Era alcohólico, perdió a su familia y trabajo, enfermó gravemente y «Jesús, mi médico, me curó»

Cayó en un gran pozo del que humanamente era difícil salir y Dios lo rescató con todo su poder.

Actualizado 9 julio 2011

ReL

ReL publica el testimonio sobrecogecor de José Antonio, natural de Barcelona, en dónde cuenta una vida plagada de dificultades provocadas, en gran parte, por su adicción al alcohol. Éste testimonio fue ofrecido en un grupo de la Renovación Carismática Católica.

Adicto al alcohol

«Tenía un buen empleo, una familia y no me daba cuenta de que cada día necesitaba beber más para desarrollar mi trabajo. Lo que empezó como eso que llaman “bebida social”, terminó haciéndome esclavo de la barra de los bares. Me parecía que si dejaba de beber sería incapaz de hacer las cosas más sencillas, que la vida no tendría ningún sentido y que aquello de tomar copas era parte consustancial a mi existencia.

Un infierno en el hogar

»La convivencia matrimonial se fue deteriorando, no en un día, si no a lo largo de interminables meses; la falta de respeto a la vida familiar, mis continuas discusiones y mis borracheras hacían de mi hogar un verdadero infierno.

»Trabajaba como jefe de área en una multinacional y mi tarea consistía en hacer visitas en el ámbito de gerencia. Naturalmente mis jefes se dieron cuenta de mi progresiva dependencia a la bebida y no tuvieron más remedio que cesarme en el puesto de trabajo. Yo, como casi todos los que beben en demasía, no me enteraba de la triste impresión que producía en los demás.

Al poco tiempo me abandonó mi esposa

»Durante un año estuve dando tumbos, emborrachándome de buena mañana y llegando a la noche en condiciones deplorables. Mi única ilusión era conseguir una botella de vino. La meta más importante de mi vida era conservar la borrachera y vivir entre los vapores del alcohol. Si alguien dice que la bebida ahoga las penas yo puedo asegúrale que no es así. Las penas y los problemas flotan en cualquier copa de vino.

Un pozo cada vez más hondo

Poco a poco fui perdiendo a los amigos. El desmoronamiento en el que estaba inmerso me hacía imposible el conseguir algún empleo. Es más, tampoco lo buscaba. La bebida tiene una tremenda capacidad para ocultarte el porvenir. Si hoy has conseguido tu ración diaria de copas el mañana no existe. Ante este engaño te despreocupas de las cosas más necesarias.

Sin luz, agua y teléfono

Un buen día me cortaron la luz por falta de pago. Al cabo de poco tiempo, el agua. Más adelante se llevaron el teléfono. Debía ya unos cuantos recibos del alquiler. A todo esto mi familia no sabía nada de mi situación y yo, por un falso orgullo mal entendido, no les pedí ayuda.

En mi casa andaba con velas y por la noche bajaba hasta la calle para llenar un par de cubos de agua en una fuente pública. Me acostaba pensando de dónde sacaría cien pesetas para conseguir un litro de vino peleón… Esa era la meta de mi vida, ninguna otra.

En un pozo muy hondo

Había perdido la familia, el trabajo, las relaciones sociales y el respeto a mí mismo. Y tengo que decir que no pisaba una iglesia desde hacía más de veinte años. Una noche llegué borracho a mi casa, como de costumbre. Encendí una de las velas y mirando a mí alrededor me di cuenta, por primera vez en muchos meses, de mi lamentable estado. Aquel día estaba desesperado. Tenía un crucifijo en mi habitación, lo miré y aquella noche me arrodillé y llorando le dije: “¡Si tú no me sacas de este pozo yo no puedo salir!”

Jesús te ama

Unos días más tarde, mientras estaba en un bar de mi barrio, se acercó una mujer a la que conocía vagamente. Yo seguía tomando mis copas y ella, después de hablar de otras cosas, me dijo: “Jesús te ama”. Naturalmente me la tomé a broma. “¿Cómo puede Jesús quererme a mí, con la vida que llevo y riéndome de todas esas cosas de iglesia?”. Y pedí otra copa.

Conocer un grupo de oración

Nos fuimos viendo, ella hablándome de Dios y yo siguiendo con la bebida. Un día me habló de un grupo de oración, en una iglesia cercana; me invitó a conocerlo. Me negué en redondo. Pero otro día y algunos más, insistió. Al fin, para quitármela de encima y no parecer un maleducado, acudí a aquel grupo de oración de la Renovación Carismática Católica.

¿Están locos?

La primera impresión que saqué es que todas aquellas personas estaban locas. Levantaban las manos, cantaban. Pero algo había allí. La oración era sencilla pero directa. Parecía que el Señor estuviera sentado, acompañándoles, en cualquiera de aquellos bancos. Volví otras veces. En uno de aquellos días, intuyendo mi situación, se presentó en mi casa aquella mujer que me había invitado al grupo. Me traía comida. Naturalmente yo no había contado a nadie mi situación personal, pero no era difícil entenderla.

Conseguí un empleo

Empecé a trabajar en algunos empleos de corta duración y todavía seguía bebiendo. Algunos meses más tarde uno de los hermanos del grupo me proporcionó un empleo estable en un parking. En el grupo yo no abría la boca, no cantaba y me sentaba lo más cerca posible de la puerta…

No me había perdonado

Un día me confesé, después de tantos años. Pero no podía comulgar, no me había perdonado a mí mismo. Más tarde ya lo hice. Volví poco a poco a la iglesia, participaba un poco más en el grupo y mi vida iba normalizándose.

Volver poco a poco a la normalidad

Recuperé la luz, el agua, el teléfono y hasta me compré un coche de segunda mano… Pero todavía tenía el hombre viejo en mí. No había dejado totalmente el alcohol. Llevaba dos años trabajando cuando un día caí al suelo y no podía levantarme. Aquello pasó, pero unos días más tarde sucedió lo mismo. Me llevaron al hospital y después de una noche de exploraciones me dijo el médico de guardia: “Tienes un agujero en el pulmón como un puño, el hígado hecho polvo y una polineuritis”. Y se quedó tan tranquilo. Tenía, pues, una tuberculosis y todo lo demás. Cuando todo parecía que iba viento en popa llegaba la enfermedad. Estuve ingresado en el hospital en situación verdaderamente grave.

Pues, bien, le doy gracias a Dios por ello, porque me sirvió de palanca para dejar definitivamente la bebida y para ver la vida bajo otro prisma. Estuve casi siete meses sin poder andar, sentado en un sillón, viendo cambiar el color de las hojas de los árboles.

Gracias a la oración de los hermanos mi curación fue, según los médicos del hospital que me trataban, espectacular. La tuberculosis quedó completamente curada, la polineuritis ha desaparecido, ando perfectamente, y en los controles hepáticos todo es normal.

Siendo importante la curación física creo que lo más importante ha sido mi sanación espiritual, porque ésta trae como consecuencia la otra. Todavía me queda mucho camino por recorrer, pero después de mi experiencia del poder salvador de Jesús el camino se hace más fácil.

Dejé el alcohol

Hace ya dieciséis años que no pruebo ni una sola gota de alcohol. Y no es mérito propio. El Señor quiso que pudiera entrar en todos los bares del mundo sin que me apeteciera tomar una sola copa. Y sigo en el Grupo de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, de Barcelona, en el Santuario del mismo nombre, y veo que el Señor actúa en nuestras vidas diariamente, en las pequeñas cosas, como un amigo al que siempre se puede acudir.

Jesús es mi médico

Éste es mi testimonio, para mayor gloria de Dios. El Señor está vivo entre nosotros y a Él le debo que me sacara del pozo en el que había caído. Y animo a los que tengan problemas con la bebida a que acudan al médico que puede curarles: Jesús.

Cerveza en menores y relaciones sexuales primerizas

Pajín, el consumo de cerveza en menores y las relaciones sexuales primerizas

La ministra de Sanidad propone colocar etiquetas con la inscripción ‘+18’ en las cervezas para combatir el consumo entre adolescentes, pero no ve riesgo en que practiquen sexo a los 14 años

La ministra de Sanidad, Leire Pajín, se acaba de descolgar con otra de sus ocurrencias: el Gobierno quiere combatir el consumo de alcohol entre los más jóvenes y Pajín propone colocar una etiquetas con la inscripción ‘+18’ o con la frase ‘Permitido a partir de los 18 años’ en las botellas y latas de cerveza.

El Ejecutivo de Zapatero considera que se bebe mucho y a edades muy tempranas, a los 13 años de media, una edad en la que los adolescentes no tienen percepción del riesgo y abusan del alcohol los fines de semana.

Es por ello que la iniciativa que ha anunciado la ministra forma parte de una campaña que el Ministerio lanzará después del verano. La campaña “no es un spot publicitario, sino una acción de sensibilización”, afirma Pajín.

Sin embargo, contrasta esta decisión de la ministra con el hecho de que los botellódromos estén a la orden del día en toda España, incluso fomentados o construidos por las propias administraciones. Sirva como ejemplo que la Junta de Andalucía se gastó en 2009 la cantidad de 73.000 euros en montar uno en Huétor Tájar (Granada), para que los jóvenes de la zona puedan beber alcohol los fines de semana.

¿Por qué solo la cerveza?

Desde otra perspectiva, la idea de Pajín no ha sentado nada bien en el sector de la cerveza, que critica que la iniciativa se lance sólo en dirección hacia quienes beben cerveza. La Asociación de Cerveceros de España aseguró el pasado martes, 14 de junio, que la mayoría de empresas asociadas a este organismo ya colocan en los envases los avisos destinados a menores.

Jacobo Olalla, director general de la asociación, se mostró molesto porque la campaña se haya centrado sólo en la bebida alcohólica con menos graduación, de 4º a 5º, juntamente con la sidra, y “no es la que más consumen los menores”, que tienden más al botellón con bebidas espirituosas de más graduación.

De hecho, según datos del sector y del Ministerio de Medio Ambiente, el consumo de cerveza en España es uno de los más moderados de la Unión Europea.

Inmaduros para beber pero no para el sexo

Por otra parte, no deja de sorprender que la ministra Pajín se preocupe tanto por el riesgo que corren los menores si beben cerveza y lo haga tan poco por los menores que tienen luz verde absoluta para mantener relaciones sexuales incluso con adultos ya maduros.

Hay que recordar que la emancipación sexual es a los 14 años, pero no pueden tomarse una cerveza hasta los 18. Aquí hay algo que no encaja y cabe preguntarse, por ejemplo, qué puede tener consecuencias más graves para la vida de un chico y una chica de 16 años, tener 10 relaciones sexuales en un mes, o beberse 10 cervezas en el mismo tiempo.

Así, hay una actitud muy restrictiva con el alcohol, que además es imposible hacerla cumplir, si nos atenemos a la realidad de la calle, botellón incluido. Pero, al mismo tiempo, hay una tendencia al fomento de la promiscuidad sexual bajo el argumento de que es imposible evitar tener sexo.

Parece evidente que existe una gran contradicción, que responde a mecanismos profundos de la cultura del deseo de quienes nos gobiernan y de buena parte de nuestra sociedad.

Es decir, en teoría, si algo es muy difícil de frenar no se legisla, porque hay que ir asumiendo los fenómenos sociales. Esto es todo un principio por parte del Gobierno, pero este principio deberían aplicarlo a todo, o quizás más bien a ninguno de los dos casos.

Lo que no puede ser es que se aplique al sexo y no se haga lo mismo con el alcohol, o al revés. De esta manera, beber cerveza es un riesgo para un chico de 17 años, pero mantener relaciones sexuales en una fase en que la persona no ha desarrollado su madurez ni física ni psíquica no lo es.