Un milagro

Hoy compartimos el testimonio de Carmen y su hijo Pablo, de dos años, tal y como ella lo leyó, de rodillas y ante el Santísimo, en el oratorio del colegio de sus hijos.

Las manos de Carmen y su hijo Pablo

Señor, hoy me presento ante Tí, no para pedirte cosas, sino para pedirte PERDÓN y para darte GRACIAS.

Te pido perdón por haber perdido la Esperanza en esos momentos tan duros que viví con mi hijo Pablo, aquel 5 de Febrero.

Sólo Tú y yo sabemos cómo estaba cuando encontré el cuerpo sin vida de mi hijo, en la piscina de casa. En ese momento la angustia se apoderó de mí.  Vi que había perdido a mi hijo, lo más grande que nos has dado, junto a nuestros otros dos hijos, Carmen y Juan.

Pensé, y no podía aceptar, que ya no volvería a ver más su sonrisa,  ni a sentir más sus abrazos, ni a verlo crecer…

Incluso te llegué a decir: «Dios mío ¡¡NO!!, ¡¡no puedes dejar que se nos vaya!!». No tenía la Esperanza de que TÚ lo podías dejar volver, como al hijo de la viuda de Naím.

Por eso te pido perdón, por no confiar en tu Misericordia y en tu  PODER divino.

Te doy las gracias, Señor, por haberme hecho ir a buscar a Pablo en el momento justo, por darme fuerza para gritar y llamar a su padre, por poner tus manos en las manos de mi marido para poder hacer la maniobra de reanimación, y por darme aliento para poder hacer el boca a boca a mi hijo, a pesar de verlo muerto. Nos diste la fuerza para intentarlo, porque tú sabes que, al no ver ninguna posibilidad de que volviera a la vida, estuvimos a punto de dejarlo, y Tú nos inspiraste para seguir en contra de la evidencia tan dolorosa, y fue un  momento decisivo. Nosotros, como padres, pusimos todos los medios a nuestro alcance, y Tú, como Dios y Padre, hiciste el milagro de que despertara. Gracias, Señor, no tengo palabras para darte las gracias. Si lo hubiéramos dejado o  tardado un poco más, este suceso no habría tenido el desenlace que tuvo.

¡Gracias Señor por habernos devuelto a nuestro hijo !

¡Gracias por elegirnos, o elegir a Pablo, para hacer un milagro, y para hacer que tanta gente rezara al mismo tiempo!

Gracias, Padre mío, por darnos fuerzas para superar esto, y por darnos la Fe, que tan importante es para encontrarle sentido a tantas cosas.

Gracias, Dios mío, porque este dolor tan fuerte se ha transformado en un regalo, el de descubrirte como Padre, un Padre que me quiere, que está pendiente de mí y de mi familia. Me he dado cuenta de que te importamos, de que nos cuidas. He descubierto  que tienes el poder de hacer milagros como el que yo he visto con mis propios ojos y del que hoy doy testimonio públicamente.

Y  para que no me quedara duda de que mi hijo ha estado Contigo y ha vuelto a nosotros, quiero contar brevemente lo que ocurrió el día 9 de Febrero, cuando trajimos a Pablo por primera vez al colegio después del acontecimiento, en un estado increíblemente perfecto. Nada más llegar al cole,  tiró con fuerza de mi mano para que viniéramos al Oratorio. Al entrar, él se despegó de mí y corriendo se puso de  de rodillas delante de Tí colgado en la Cruz. Señalándote, me miraba, como diciéndome que Tú, Señor, eres quien lo ha salvado. En ese momento no pude contener el llanto, dándote gracias y pidiéndote perdón.

Perdóname Señor,  por haberte dejado para lo último muchas veces, dando prioridad al trabajo, a la familia y a tantos quehaceres diarios.  Has hecho que  me de cuenta de que Tú nos das todo y no nos quitas nada, tampoco nos quitas el tiempo que nosotros tanto valoramos, sino que el tiempo que Te dedicamos, es la mejor inversión que podemos hacer.

Todo ésto me ha llenado de Esperanza, porque he comprobado el poder de la Oración de tantas personas unidas. Muchas de ellas estáis hoy aquí y quiero daros las gracias delante de Jesús. Con la oración se consigue todo.

Por eso, ahora, con mucha Fe, vamos a pedir por la Paz en Ucrania y en el mundo entero, con la seguridad de que Tú la podrás alcanzar.

Aquí me tienes, Señor, para dar testimonio de tu bondad y de tu Misericordia.

Quiero terminar con dos frases que pueden resumir lo que ha supuesto ésto para mí.

Una es de Santa Teresa: «Quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta».

La segunda es del beato Álvaro del Portillo: «Gracias, perdón y ayúdame más».

Amén

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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