Superar los respetos humanos

Cuando Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes, unos magos llegaron desde Oriente a Jerusalén. Habían visto una estrella y, por una gracia especial de Dios, supieron que anunciaba el nacimiento del Mesías que el pueblo hebreo esperaba.

La ocupación de estos sabios -estudiar el firmamento- fue la circunstancia que Dios utilizó para hacerles ver su voluntad: «Dios los llamó por lo que les era más familiar y les mostró una estrella grande y maravillosa para que atrajera su atención por su misma grandeza y belleza». ¿Cómo llegaron a saber exactamente de qué se trataba? No lo sabemos, pero lo supieron y se pusieron en camino; sin duda, recibieron una inspiración muy extraordinaria de Dios, que deseaba su presencia en Belén, como había anunciado Isaías: Alza tus ojos y mira a tu alrededor…; tus hijos vienen de lejos. Ellos serían los primeros de los que vendrían después, en todos los tiempos, de todas partes. Y fueron fieles a esta gracia.

Dejaron familia, comodidades y bienes. No debió ser fácil para ellos explicar el motivo de su viaje. Y, probablemente sin hacer demasiados comentarios, tomaron lo mejor que tenían para llevarlo como ofrenda, y se pusieron en marcha para adorar a Dios.

El viaje debió ser largo y difícil. Pero se mantuvieron firmes en su camino.

Estos hombres decididos y sin respetos humanos nos enseñan lo que debemos hacer para llegar a Jesús, dejando de lado todo lo que pueda desviarnos o frenar nuestro camino. «A veces, cuando se trata de seguir a Jesús con profundidad y amor, podemos vernos frenados por el miedo al qué dirán, por el temor a que nuestra conducta sea juzgada de alguna manera extrema, como exagerada. Ya veis que estos personajes, que llenan de alegría nuestras fiestas hogareñas, nos dan una lección de valentía y una lección de desprecio al respeto humano, que paraliza a muchos hombres que podrían estar ya cerca de Cristo, viviendo con Él».

También nosotros hemos visto la estrella en la intimidad de nuestro corazón, que nos invita a desprendernos de las cosas que nos atan y a superar todo respeto humano que nos impide llegar a Jesús. «Considerad con qué finura nos invita el Señor. Se expresa con palabras humanas, como un amante: Te he llamado por tu nombre…. Tú eres mío (Is 43,1). Dios, que es belleza, grandeza y sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido elegidos como término de su amor infinito. Necesitamos una fuerte vida de fe para no estropear esta maravilla que la Providencia divina ha puesto en nuestras manos. Una fe como la de los Magos: la convicción de que ni el desierto, ni las tormentas, ni la tranquilidad del oasis nos impedirán alcanzar la meta del Belén eterno: la vida definitiva con Dios».

Entre todos los hombres que contemplaron la estrella, sólo estos Magos de Oriente descubrieron su profundo significado. Sólo ellos comprendieron que para los demás no sería más que un prodigio del firmamento. También es posible que otros recibieran la misma gracia especial de Dios y no la correspondieran. ¡Qué tragedia para ellos!

Oremos con la Iglesia a Dios nuestro Padre: Tú, que iluminaste a los sabios de Oriente y los llevaste a adorar a tu Hijo, ilumina nuestra fe y acepta el ofrecimiento de nuestra oración.

Meditación diaria

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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