¿Eran números o era amor?

POR Marta García San Martín, 4 clasificada Premio Literario RRHHDigital 2020

¡Del 250 al 260!

“¡No obstruyan el paso, los no citados todavía, vayan al fondo, los de reservorio a las sillas azules, circulen, circulen, circulen!”.

“¡Del 260 al 270!,¡ venga, venga, venga!”.

“¡A ver, esos papeles, la tarjeta, quiero ver la tarjeta. Circulen, circulen, circulen!”.

No es un cuartel, no es un sargento.

Es un ángel de ojos verdes y pelo exageradamente teñido de rojo que, en el Hospital de la Princesa, ordena a las masas que acuden para las extracciones de sangre.

Cientos de personas cada mañana, desde las 7,30 hasta las 9,00 desfilan por la planta primera del hospital.

Personas asustadas, miedosas de perder su turno, con mil preguntas casi imposibles de responder de manera personalizada. Personas que atascan pasillos y corredores. Pacientes que entran angustiados por ese miedo que muchos sienten ante una extracción de sangre. Pacientes que salen aliviados, con el brazo flexionando y sujetando fuertemente una tirita. Y, como siempre nos ocurre, ante la masificación nos volvemos torpes y gregarios, caminamos en bloque, no en fila de uno, nos saltamos colas y taponamos salidas. Llenamos el aire de mil preguntas que solo ayudan a confundir más “¿Qué ha dicho, qué numero dijo, llamó ya el 352, no se me habrá saltado?”.

Y para coordinar las casi 1000 extracciones diarias está nuestro ángel de ojos verdes y pelo colorado.

Se mueve, casi corre e incluso brinca, empuja suavemente a unos, frena con la mano a otros, libera las sillas destinadas a pacientes oncológicos para que no tengan que esperar sentados.

“¡Del 270 al 280!, ¡venga, venga, venga!”.

Y explica mil veces el proceso a los despistados, y regaña suavemente a los abusones que ocupan las sillas de los pacientes oncológicos. Y duramente a los que creen que pueden engañarla y son reincidentes.

Controla todo, los que entran, los que salen, los auxiliares que están en las ventanillas verificando   las citaciones, al paciente que se marea pensando que va a ver su propia sangre y se desmaya en medio del pasillo.

“¡Circulen, circulen, no me hagan grupos, no pasa nada. Manoli, llama y pide un enfermero!”.

“Usted, ¡no se me siente en las sillas oncológicas!.”

“¡Circulen, circulen, circulen!”.

No es la guerra, es un hospital, y no estamos mal tratados aunque sí algo masificados. Cuando te aprendes el protocolo (los enfermos crónicos) hasta ayudas a otros pacientes.

“¡Del 280 al 290, venga, venga, venga!”.

Y así un día y otro, sin perder la ilusión ni la sonrisa. Ayudando a todo el mundo, con dominio de la situación, pero sin aullar, sin perder la calma y repartiendo tantas sonrisas como números.

No conozco después de un año largo de tratamiento, el nombre de nuestro ángel de ojos verdes y pelo colorado, busco una etiqueta que me ayude en su bata azul, pero no veo nada. Este miércoles, nuestro último día de analíticas,  cuando ya no hay tratamiento que cure a mi marido, no pude evitar abrazarla y decirle. “¿alguien te ha dicho alguna vez que haces muy bien tu trabajo?”.

Y brotó una lágrima de sus maravillosos ojos verdes y un “¡gracias!” tembloroso y emocionado de sus labios perfectamente maquillados desde las seis de la mañana, mientras que con la mano izquierda daba un número y con la mano derecha acariciaba la mejilla de una anciana que casi no podía con sus fuerzas.

Y lo entendí todo. Nuestro ángel, además de números…¡repartía amor!.

Las personas que aman lo que hacen dan valor al trabajo más gris y rutinario, al menos cualificado, al, aparentemente, más fácil y sencillo.

Las personas que aman su trabajo son tan grandes y hermosas, como mi ángel de ojos verdes y pelo colorado.

Amor al trabajo, al cliente o al paciente, a la empresa que representas. Amor, amor, amor. No hay escuelas de amor, ni universidades de amor. Nos enseñan a amar en nuestras casas y quizás en las escuelas, pero ¿nos enseñan a amar en las empresas?.

De nada valdrá tanta política y estrategia de RRHH sin amor. Enseñemos a nuestros equipos a dar y recibir amor. A agradecerlo y a pedirlo.

Allí dejé a mi ángel de ojos verdes y pelo colorado, repartiendo números ¿o era amor?

“¡Del 350 al 360, venga, venga, con orden, no se me amonten!”

“¡Del 360 al 370!”.

No eran números lo que repartía…

Mi ángel repartía amor.

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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