Anécdota

Un amigo nos contó la historia de un joven australiano que era rico y estudiaba en la universidad. Fue a una fiesta, tomó copitas y sus amigos le dijeron:

– Vamos a bailar.

– No, me quedo aquí. Luego los alcanzo.

Pensaba que esa vida no le llenaba y siguió tomando. De pronto vio a una religiosa que le dice: “Ve al seminario, lo tuyo es ser sacerdote”. Pasan unos meses, llama al seminario y pide visitarlos Le gusta la idea y le dice a su padre:

– Me quiero ir al seminario.

No sin dificultades lo dejan ir y se ordena sacerdote. A los 40 años lo nombran obispo. Decide empezar por conocer a sus feligreses, así que va, entre otros lugares, a visitar a un convento de mujeres a celebrar la Santa Misa. Luego pide verlas en el locutorio. Les pregunta:

-¿Están todas las que son?

– Falta la que prepara el desayuno-, le contestan.

Viene la hermana muy anciana, y él la reconoció como la que le habló mientras tomaba sus copas siendo más joven. Pidió hablar con ella en el confesonario. Él le preguntó qué es lo que hacía. Ella respondió que desde muy joven había estado en la cocina y que le costaba mucho esfuerzo ese encargo, sin embargo, le ayudaba poner intenciones a la elaboración de cada comida: El desayuno lo ofrecía por una intención; la comida, por otra; y la cena –que es lo que más le costaba-, la ofrecía por las vocaciones sacerdotales. El Obispo no le mencionó nada al respecto, pero la animó a seguir pidiéndole a Dios por esas intenciones. Al salir el obispo pidió un papel y un sobre, escribió una nota y la dejó a la Superiora, diciéndole que se abriera ese sobre a la muerte de esa religiosa.

Y es que el secreto de la felicidad está en hacer lo que hay que hacer sabiendo que tiene sentido, y con ello se le puede encontrar el gusto, el sabor.

Segunda Virginidad (para jóvenes)

Todos hemos sentido que algo se quiebra en nuestro interior cuando alguna experiencia nos ha hecho perder algo de nuestra inocencia infantil, y nos ha aproximado a la vida adulta, quizás de un modo doloroso. Esto se hace más patente en el campo de la sexualidad, que a menudo se vive desconectado del amor y del compromiso.

Algunos jóvenes inician su vida sexual a edad temprana, pierden la virginidad y piensan que no hay remedio. Después de una comprensión más profunda de la sexualidad humana han querido vivir la castidad pero no encuentran el camino. La buena noticia es que se puede recuperar la virginidad del corazón, con ayuda de Dios.

No se trata de cambiar el pasado. La virginidad va más allá de lo físico. Jesús dijo: “Todo aquel que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mateo 5, 27-28). Ese hombre perdió la virginidad del corazón aunque conserve la del cuerpo. La gran renovación que Jesús trajo a la religión judía fue convertirla en una religión del corazón y no del cuerpo, una religión del interior, y no del exterior; porque desde el interior se santifica el exterior, y desde el corazón se santifica el cuerpo.

Si después de que un corazón ha caído arde en deseos de ser casto ¿no afectará también al cuerpo? Es posible restaurar en el corazón la virtud y el deseo de la castidad. Si limpias tu corazón, tu cuerpo quedará también limpio. Si el Señor limpia con su gracia las impurezas de tu corazón, éste quedará limpio. Si en tu corazón se enciende la luz de la castidad y el fuego de la virginidad, también resplandecerá en tu cuerpo. El Señor te puede dar un corazón virginal, y a partir de ahí puedes restaurar tu virginidad.

Lo que sucede a nuestro cuerpo afecta a nuestro corazón y viceversa. No hay nada más hermoso que una mirada pura. No hay nada más sublime que un joven que, arrepentido de haber perdido la virginidad, ame con castidad a una mujer y se capaz de mirarla con pureza y de saber esperar, para vivir con ella el amor tal y como Dios lo quiere.

Para la Biblia el corazón es el centro del alma y de la personalidad, es el reducto más sagrado que tenemos, donde se juega todo, donde se libran las grandes batallas y se toman las decisiones; ahí es donde mora el Señor. Cuando alguien deja atrás su vida de pecado, y deja que la gracia restaure la virginidad en su interior, adquiere un corazón indiviso para amar.

Si alguna persona tiene relación con varias personas se pierde la unidad de corazón. Pero la gracia de la restauración es grande y vuelve a unir el corazón. La integridad virginal es la capacidad de ser uno, de unificar todas las fuerzas del cuerpo, el alma, la mente y el corazón, para entregarse al plan de Dios en la propia vocación.

La sexualidad incide en lo más profundo de nuestro corazón, pero no mancilla todo nuestro ser como una gota de tinta que cae en el agua. Cuando el corazón está herido por el pecado y pierde su pureza, está como muerto, pero el agua del Espíritu lo puede sanear si quiere ser sanado. El Espíritu Santo es capaz de eliminar toda la fuerza del pecado y de renovarlo completamente.

Por el Sacramento de la Confesión podemos destapar el caño, quitando todo lo que lo obstruye e impide que brote la gracia y viene la alegría del perdón de Dios. Puedes pedir al Espíritu Santo que sane y unifique tu corazón, que te devuelva la integridad y que te conceda nacer de nuevo.

Dios nos ama con todo su corazón, y está empeñado en nuestra felicidad más que nosotros mismos. Él es el amor eterno, nos ha creado por amor, y nos llama a compartir su misma vida, a vivir eternamente en comunión con él. No es aburrido, al contrario, lo aburrido es vivir sin Él. Nosotros muchas veces le damos la espalda y buscamos nuestro propio camino. Entonces el Corazón de Dios queda herido de amor, y viene a buscarnos. Este drama de amor recorre toda la historia de la salvación.

Cree en el poder de Dios que puede regenerar el corazón de tu novio, de tu novia y lo hace virginal de nuevo para ti. Aprende la lección para que una vez restaurado no peques más.

Hay un libro que amplía este tema, escrito por Jesús María Silva Castigniani. Se llama Virginidad 2.0. Recuperar la inocencia, Freshbook.

¿Eran números o era amor?

POR Marta García San Martín, 4 clasificada Premio Literario RRHHDigital 2020

¡Del 250 al 260!

“¡No obstruyan el paso, los no citados todavía, vayan al fondo, los de reservorio a las sillas azules, circulen, circulen, circulen!”.

“¡Del 260 al 270!,¡ venga, venga, venga!”.

“¡A ver, esos papeles, la tarjeta, quiero ver la tarjeta. Circulen, circulen, circulen!”.

No es un cuartel, no es un sargento.

Es un ángel de ojos verdes y pelo exageradamente teñido de rojo que, en el Hospital de la Princesa, ordena a las masas que acuden para las extracciones de sangre.

Cientos de personas cada mañana, desde las 7,30 hasta las 9,00 desfilan por la planta primera del hospital.

Personas asustadas, miedosas de perder su turno, con mil preguntas casi imposibles de responder de manera personalizada. Personas que atascan pasillos y corredores. Pacientes que entran angustiados por ese miedo que muchos sienten ante una extracción de sangre. Pacientes que salen aliviados, con el brazo flexionando y sujetando fuertemente una tirita. Y, como siempre nos ocurre, ante la masificación nos volvemos torpes y gregarios, caminamos en bloque, no en fila de uno, nos saltamos colas y taponamos salidas. Llenamos el aire de mil preguntas que solo ayudan a confundir más “¿Qué ha dicho, qué numero dijo, llamó ya el 352, no se me habrá saltado?”.

Y para coordinar las casi 1000 extracciones diarias está nuestro ángel de ojos verdes y pelo colorado.

Se mueve, casi corre e incluso brinca, empuja suavemente a unos, frena con la mano a otros, libera las sillas destinadas a pacientes oncológicos para que no tengan que esperar sentados.

“¡Del 270 al 280!, ¡venga, venga, venga!”.

Y explica mil veces el proceso a los despistados, y regaña suavemente a los abusones que ocupan las sillas de los pacientes oncológicos. Y duramente a los que creen que pueden engañarla y son reincidentes.

Controla todo, los que entran, los que salen, los auxiliares que están en las ventanillas verificando   las citaciones, al paciente que se marea pensando que va a ver su propia sangre y se desmaya en medio del pasillo.

“¡Circulen, circulen, no me hagan grupos, no pasa nada. Manoli, llama y pide un enfermero!”.

“Usted, ¡no se me siente en las sillas oncológicas!.”

“¡Circulen, circulen, circulen!”.

No es la guerra, es un hospital, y no estamos mal tratados aunque sí algo masificados. Cuando te aprendes el protocolo (los enfermos crónicos) hasta ayudas a otros pacientes.

“¡Del 280 al 290, venga, venga, venga!”.

Y así un día y otro, sin perder la ilusión ni la sonrisa. Ayudando a todo el mundo, con dominio de la situación, pero sin aullar, sin perder la calma y repartiendo tantas sonrisas como números.

No conozco después de un año largo de tratamiento, el nombre de nuestro ángel de ojos verdes y pelo colorado, busco una etiqueta que me ayude en su bata azul, pero no veo nada. Este miércoles, nuestro último día de analíticas,  cuando ya no hay tratamiento que cure a mi marido, no pude evitar abrazarla y decirle. “¿alguien te ha dicho alguna vez que haces muy bien tu trabajo?”.

Y brotó una lágrima de sus maravillosos ojos verdes y un “¡gracias!” tembloroso y emocionado de sus labios perfectamente maquillados desde las seis de la mañana, mientras que con la mano izquierda daba un número y con la mano derecha acariciaba la mejilla de una anciana que casi no podía con sus fuerzas.

Y lo entendí todo. Nuestro ángel, además de números…¡repartía amor!.

Las personas que aman lo que hacen dan valor al trabajo más gris y rutinario, al menos cualificado, al, aparentemente, más fácil y sencillo.

Las personas que aman su trabajo son tan grandes y hermosas, como mi ángel de ojos verdes y pelo colorado.

Amor al trabajo, al cliente o al paciente, a la empresa que representas. Amor, amor, amor. No hay escuelas de amor, ni universidades de amor. Nos enseñan a amar en nuestras casas y quizás en las escuelas, pero ¿nos enseñan a amar en las empresas?.

De nada valdrá tanta política y estrategia de RRHH sin amor. Enseñemos a nuestros equipos a dar y recibir amor. A agradecerlo y a pedirlo.

Allí dejé a mi ángel de ojos verdes y pelo colorado, repartiendo números ¿o era amor?

“¡Del 350 al 360, venga, venga, con orden, no se me amonten!”

“¡Del 360 al 370!”.

No eran números lo que repartía…

Mi ángel repartía amor.