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Creativas ayudas de este cura de Barcelona a los nuevos pobres

Un respiro para viudas con pensiones mínimas, autónomos sin subsidio, despedidos, deshauciados, divorciados,…

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La globalización, con sus ocultas siderurgias, está modelando el mundo, convirtiéndolo en una acechante gárgola. Las malas noticias se multiplican. Pese a la supuesta recuperación económica, crece el desempleo estructural. Los pronósticos a este respecto no son nada halagüeños: parece que internet y las tecnologías digitales no van a ser capaces de crear tantos empleos como van a destruir. Lo escuchamos del recientemente fallecido Zygmunt Bauman y de otros profesores universitarios en el documental In the Same Boat (2016).

La promesa de un mundo mejor, sin embargo, sigue motivando a mucha gente, en África y Oriente Medio, para hacer el petate y lanzarse a la aventura de intentar llegar a Europa.

Y así el mar Mediterráneo, como nos cuenta Pietro Bartolo, el único médico en Lampedusa, en el documental Fuoccoammare (2016), se está convirtiendo en un “moridero” de personas, que caen presas de las mafias y de la indiferencia de Europa, que es “peor que la del Holocausto”.

La civilización occidental, surgida del cristianismo, ha perdido contacto con la experiencia de fe y de encuentro que la originaba. Por eso el mundo ha seguido produciendo riquezas, beneficios, obras monumentales y espectaculares, pero sin preocuparse por el prójimo, por aquel que hace posible el nuevo inicio.

De este modo, el pobre, el inmigrante, el refugiado, el excluido en general, ya no es percibido como una oportunidad para que la fe se convierta en inteligencia de la realidad y se haga cultura, sino como un problema que hay que gestionar del modo más eficiente posible. Ya se encargará la mano invisible de Adam Smith, versión neoliberal de la Providencia, de hacerles justicia.

Además, uno de los instrumentos que habíamos inventado para combatir el problema de la desigualdad política, social y económica, nuestro querido Estado del Bienestar, está llegando a su colapso.

Los impuestos que se pagan empiezan a no ser suficientes para atender a todos los ciudadanos según los estándares establecidos hasta el momento. Las sociedades occidentales envejecen a galope tendido mientras se resisten a la entrada de los “extranjeros”, que son sometidos, como ganado, al estricto régimen de los campos de concentración de refugiados, a la espera de una morosa respuesta administrativa a su petición de asilo.

En unos años comenzará la jubilación de la generación del baby boom y la inversión de la pirámide demográfica dejará a muchos sin pensión y sin subsidio de ningún tipo. Lo que era un derecho dejará de serlo y aquellos que no tengan patrimonio se quedarán con lo puesto.

Parece que las nuevas ciudades del futuro van a parecerse más a las grandes metrópolis de África o América que a las hasta ahora más homogéneas y ordenadas capitales europeas. Las bolsas de pobreza y de exclusión van a crecer de la mano del desempleo, del incremento de la brecha social entre ricos y pobres y de la sofisticación de las nuevas tecnologías, que van a sustituir al ser humano en muchas de sus labores actuales.

Tras la crisis, empiezan a emerger y consolidarse grupos de “nuevos pobres” en nuestras sociedades. Personas que hasta el momento habían pertenecido a la amplia clase media han abandonado el mundo de relativo bienestar en el que vivían, porque inesperadamente se han descubierto incapaces de pagar sus hipotecas, sus alquileres o de sustentar a sus familias.

El padre Saturnino Rodríguez, párroco de San Eugenio I, Papa, en Barcelona (España), conocido entre sus feligreses como Mossèn Nino, es sacerdote en un barrio donde tradicionalmente vivían personas de clase acomodada. En los catorce años que lleva ejerciendo su presente encargo pastoral, ha visto aparecer esta nueva pobreza entre los habitantes de su arciprestazgo.

Viudas con pensiones mínimas que piden colas de pescado en la pescadería, supuestamente para sus gatos. Antiguos autónomos que ahora no tienen derecho a cobrar subsidio alguno. Personas que pierden su trabajo a los cuarenta, los cincuenta o los sesenta y que no encuentran otro oficio que el de hurgar en las basuras a hurtadillas. Divorcios que debilitan todavía más las familias ante las condiciones sociales ya de por sí desfavorables. Desahucios que dinamitan los horizontes de tantos.

Ante esta miseria sobrevenida, Mn. Nino ha buscado el modo de responder a esta nueva realidad. En él, la inteligencia de la fe se hace inteligencia de la realidad, como nos pedía hace unos años Benedicto XVI. Ha ideado y montado el comedor de Emaús, donde atiende diariamente las necesidades alimenticias de más de 200 personas.

Además, allí reciben el acompañamiento de los voluntarios, e incluso tienen a su disposición la atención psicológica y el consejo de un equipo de abogados, que muchas veces necesitan por las situaciones extremas en las que algunos de ellos se encuentran.

Los usuarios de Emaús son pobres vergonzantes. Hombres y mujeres que intentan mantener la apariencia de sus antiguas vidas de clase media con sus recursos actuales, prácticamente inexistentes.

Mn. Nino nos cuenta cómo el primer día que abrió el comedor de Emaús, había apenas 5 usuarios del mismo, y cada uno comía, investido de toda su dignidad, en su propia mesa, separada de la de los demás. Semanas después la compañía había crecido, se habían trabado vínculos y las sobremesas se alargaban, convirtiéndose para todos en un lugar donde respirar.

Sin embargo, la creatividad de este sacerdote no acaba ahí, porque Emaús no consigue llegar a las necesidades de todas las familias que pasan penurias en la ciudad, sino que está especializada en la pobreza vergonzante del barrio.

Quizás por eso, Mn. Nino también ha tenido que inventarse el supermercado solidario por puntos DISA (Distribución Solidaria de la Alimentos) en el que no solo ha implicado a las parroquias de la zona, sino también al Ayuntamiento y a otras organizaciones tales como el Banco de Alimentos, así como a donantes privados.

Con ello, nos cuenta, ha conseguido subvenir, contando con el trabajo conjunto de las asistentas sociales de la Administración y de Cáritas, las necesidades de más de 400 familias en situación de vulnerabilidad: sin empleo, sin ahorros, sin recursos, sin dinero, y que viven precariamente por culpa de la crisis, que se lo llevó todo.

Después relata emocionado algo que hace evidente que para él lo importante no es la obra. Un día le llaman del Hospital del Vall d’Hebron. Un enfermo seropositivo ha dado su número. Dice que él es su único amigo. Cuando le dicen su nombre no sabe de quién se trata. Pero la enfermera insiste y le cuenta cómo el paciente ha dicho que le conoció, vendiendo pañuelos de papel en la calle.

Mn. Nino lo identifica. Resulta ser un toxicómano sin familia. Sus padres murieron cuando él era un niño. Sufrió malos tratos, como su madre. Y cuando se quedó solo en el mundo se dedicó a olvidar, a pincharse, y ya no conoció amigos, porque sólo tuvo colegas yonquis que, como él mismo decía, no querían su bien.

Cuando salió del hospital le quedaban tres meses de vida. El médico se lo había dicho a los dos. Fueron tres meses de amistad sencilla. Poco a poco, fue pidiendo los sacramentos y acabó muriendo en paz. En la misa funeral solo estaban Mn. Nino, que oficiaba, y el cadáver. Y una foto de su madre, que aquel chico había pedido llevarse a la tumba sobre su pecho.

Hablando con Mn. Nino, ante su testimonio, nos damos cuenta de que la pobreza no sólo es una lacra social, sino que, en la experiencia cristiana, también puede convertirse en oportunidad para el despertar de la fe y para que ésta se convierta en creatividad y en cultura.

Como ha dicho el papa Francisco en la Evangelii Gaudium: “Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio”. Y la pobreza, como afirma san Ignacio, “es madre y muro”. Y comenta el Papa: “La pobreza genera, es madre, genera vida espiritual, vida de santidad, vida apostólica. Y es muro, defiende. ¡Cuántos desastres eclesiales han empezado por falta de pobreza!”.

La pobreza, signo de nuestro tiempo, nos ayuda a darnos cuenta de la presencia del Señor. Tratarla nos polariza y nos hace conscientes de la propia dependencia, de la gracia que es existir en cada instante. “Dios mío, ven en mi auxilio. Señor date prisa en socorrerme”, repite la Iglesia.

De ahí la insistencia evangélica de este Papa en la misericordia: “servir a los pobres”, desgraciadamente cada vez más numerosos en nuestras sociedades post-metafísicas, “es servir al mismo Jesús”. Acercarse a los pobres supone, pues, un camino para la propia fe, un nuevo inicio, cargado de esperanza para la Iglesia, y para nuestra sociedad doliente.

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