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La sonrisa de Ángeles

Cuida a su marido amnésico, a su hijo con parálisis y a su padre enfermo

Uno mi cruz a la de Cristo para la salvación del mundo

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El 24 de agosto el corazón de Agustín se paró. Cuando volvió a bombear, era «un hombre nuevo», sin recuerdos de su vida anterior. Mª Ángeles es su apóstol y cada día le presenta a Jesús, al Jesús que le había conquistado hace varias décadas en un Cursillo de Cristiandad, realidad eclesial de la que son coordinadores y responsables.

Mª Ángeles sostiene además la fe de sus hijos –el mayor de ellos, con una parálisis cerebral– y cuida de su padre enfermo, que vive con ellos. Ahora tiene más tiempo porque en julio se quedó sin trabajo. Ella lo lee en clave de esperanza: “Ahora puedo disfrutar de ir a los médicos con tiempo”. Y así resuenan las palabras de Pablo: “Para los que aman al Señor, todo parece ser para bien”.

Estar con M.ª Ángeles es conocer a la mulier fortis de la Escritura. Habla pausada. Mientras sonríe –y no para de hacerlo– las lágrimas ruedan sin violentar. Intuyes que son compañeras de camino, y las responsables de que sus ojos grandes y profundos lean con tanta claridad la existencia. El 24 de agosto sus amigos recibieron este mensaje: “Agustín padre ha sufrido un infarto muy severo. Por favor, rezad por que la voluntad de Dios se cumpla, y si es posible podamos seguir disfrutando de él”.

¿Cómo sucedió ese instante en el que la vida y la muerte se echan un pulso?

Viajábamos en tren a Barcelona, tuvo la parada y estuvieron 40 minutos intentando reanimarle. Al principio nadie podía ayudarnos, así que llamé a mi cuñada médico para que me diera órdenes. Nos ayudó un estudiante de Medicina. Luego llegó el equipo sanitario y lo intentaron dos veces, sin resultado. Se decían: «No merece la pena, en caso de despertar, ¿cómo va a quedar?». Yo les dije: «Por favor, tengo a un hijo con parálisis cerebral, sé lo que es, no me asusta. Inténtelo. Somos una familia, le necesitamos. Inténtelo».

¿Y lo consiguieron?

Sí. Yo rezaba: “Está medio muerto, pero Señor, que Tú quieras lo que yo quiero”. Y bueno, el Señor es fiel…

Dices que piensas en la cananea que pide piedad a Jesús porque su hija sufre

Me habían dicho que no llegaría vivo al hospital así que toda mi atención estaba en preparar a mi hija. Le dije: “María, venimos de unos días de vacaciones muy especiales en los que papá y yo hemos podido hablar mucho de vosotros. Me decía lo orgulloso que está de vosotros. Siempre hemos pensado que lo mejor de nuestra vida sois vosotros. ¡Qué suerte! Papá se irá directo al cielo”.

También está mi hijo mayor, que tiene parálisis cerebral. Está muy unido a su padre. Y ahora está retorciéndose más si cabe. Sufriendo y sin entender mucho. Lo nuestro no es una cruz, es un regalo al fin y al cabo, porque sacará lo mejor de nosotros. Yo sé que sacará lo mejor de María, que tiene que servir para el mundo. Y Agustinillo… es una vida rota, y esa no es problema, esa se va al cielo directa.

¿Cómo fueron esos días?

Recuerdo cómo rezaba con Agustín. Le ponía la cruz en la mano y le decía “Cristo cuenta contigo, pero nosotros también, Agus. Si puedes, aguanta”. También contamos con nuestros amigos y comunidad. Celebramos la Eucaristía en la UVI. El sacerdote le puso en sus labios una gotita de la sangre de Cristo. Fue impresionante contemplar toda la vida de un Dios en mi marido en coma.
Y ahora…

Agustín tiene amnesia. No se acuerda de quién es, de su historia. Él, un abogado brillante, con una cultura extraordinaria, muchas habilidades sociales y de fe profunda… Y no sabe quién es. Ni recuerda su experiencia de Dios… Qué poco somos… Y aún así, ¡toda una vida! Me tiemblan las piernas pensando: “Señor, ¿cómo hago para que vuelva a saber de Ti?”.

¿A qué te agarras cuando te mira y no te ve a ti?

La cruz es y está. Es duro que no me reconozca. Es un sufrimiento que le pregunte a mi hija quién es. Pero Cristo está. Le pido consuelo y responde. Es una oportunidad para volver a construir lo que no estaba sólido. Uno mi cruz a la de Cristo para la salvación del mundo. Fuera hay verdaderas cruces. No la mía. A Dios le pides ayuda y te devuelve tarea. Pero gozosa. Nuestro precio, nuestro salario es ese.

Rocío Solís

Artículo originalmente publicada por Alfa y Omega

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