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Muere Mark Zwick

Un padre para los inmigrantes hispanos en Houston

Un hombre y un profeta extraordinario: “El día en que empecemos a preguntarle a la gente con hambre si son legales, será el día en que el Evangelio será negado”

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La hermosa vida tiene asombrosas coincidencias. Llegada la noche del viernes 18 de noviembre, tras una larga jornada de trabajo, me dispuse a leer, como cada dos meses, la publicación Trabajador Católico de Houston, el modesto boletín editado en inglés y español por Casa de Hospitalidad Juan Diego.

El mensajero que me lleva la correspondencia a la oficina, me había dejado cerca de las tres de la tarde el sobre amarillo, inconfundible, del periódico editado por los animadores de la Casa Juan Diego, Mark y Louise Zwick; periódico en el que, de cuando en cuando, publicaban textos de Aleteia sobre inmigración y derechos humanos, siempre pidiendo permiso.

Antes de sentarme a leer la carta de Navidad que llevaba en la portada de este número octubre-diciembre de 2016, consulté los últimos correos en la pantalla de mi teléfono móvil. Había uno de Casa Juan Diego, para su publicación inmediata: “Mark Zwick, fundador de Casa Juan Diego, abogado de los indocumentados y los pobres, muere a los 88 años”.

Comprendí, entonces, el otro artículo de portada del Houston Catholic Worker, firmado por el mismo Mark: “Refugee work must continue” (“El trabajo con refugiados debe continuar”). Presentía su muerte. Y dejaba un legado a los que vienen: “A pesar de lo que transpiran las noticias, el trabajo con refugiados debe continuar. No podemos dejar de ayudar a una madre a encontrar a sus hijos; un hermano a su hermano; un esposo a su esposa. El día en que empecemos a preguntarle a la gente con hambre si son legales, será el día en que el Evangelio será negado”.

Y más adelante, señalaba: “Los cristianos ya no pueden dejar de seguir sus obras de misericordia como no se puede dejar de respirar. La solución probablemente sea hacer el trabajo con los refugiados en secreto, en el espíritu del Evangelio”. Casa Juan Diego tenía este ejemplo; en secreto, sin adquirir un nombre espectacular, sin desafiar a nadie: un santuario público y privado, para los más pobres: los inmigrantes.

No lo conocí personalmente. Lo entreviste alguna vez por correo electrónico. Supe que estaba aquejado del mal de Parkinson. Que era un hombre muy mayor. También supe que hace 36 años convirtió un edificio en ruinas en la avenida Washington, en la ciudad de Houston (Texas), en un próspero refugio internacional para inmigrantes y refugiados y que era una magnífica persona.

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En 1980, Mark y su esposa Louise fundaron Casa Juan Diego, una casa de hospitalidad del movimiento del Trabajador Católico donde miles de refugiados llegaron a Houston durante las guerras civiles en Centroamérica y en la Casa de Hospitalidad encontraron un puerto seguro.

Años después, Casa Juan Diego se expandiría para incluir diez edificios y convertirse en la luz para los inmigrantes huyendo de la violencia y la pobreza. Su nombre se hizo famoso entre los caminos que llevan a la frontera de Texas y México.

“Inspirados en el Sermón de la Montaña, los métodos de los santos católicos, y en los fundadores del movimiento del Trabajador Católico, Dorothy Day y Peter Maurin, Casa Juan Diego ofreció comida, refugio, ropa, cuidado médico, y una amabilidad poco común a los migrantes que no tenían a donde ir y con pocos lugares a los cuales recurrir para pedir ayuda”, dice con alegría cristiana y reverencia la nota necrológica preparada por sus amigos.

En ella se cuenta lo esencial, que a lo largo de los años, más de 100,000 hombres, mujeres y niños indocumentados pasaron al menos una noche en Casa Juan Diego. El centro continúa ofreciendo hospitalidad y servicio médico, y provee comida gratis a alrededor de 500 familias cada semana. Además, ofrece ayuda financiera, cuidados personales para hombres y mujeres incapacitados y un largo etcétera.

“Don Marcos” le decían los hondureños, los salvadoreños, los guatemaltecos, nicaragüenses y, por supuesto, los mexicanos, que veían en él la misericordia de Cristo encarnada en obras eficientes.

“Mark pasó los últimos 35 años de su vida practicando diariamente las obras de misericordia en Casa Juan Diego. Dio la bienvenida a huéspedes inmigrantes y distribuyó comida y ropa a los pobres. Escuchó las necesidades, alegrías y tragedias de los enfermos y los heridos, los paralíticos, los maltratados, las embarazadas, y las personas sin hogar en una tierra extraña y encontró la manera de ayudar a cada uno”, termina diciendo el comunicado de Casa Juan Diego.

En el último de los periódicos bimensuales, el que me llegó el día de hoy viernes que escribo la nota, anunciando que don Marcos estaba muy enfermo, la trabajadora voluntaria de Casa Juan Diego, Sofía Rubio, escribió: “Agradezco a Dios y a la Virgen de Guadalupe el haberme permitido conocer a Marcos, el gran ejemplo de santidad en lo cotidiano”.

¿Cuántos de nosotros podríamos aspirar a que se dijera eso de nuestra vida? Descanse en paz don Marcos.

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