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Almas retardadas

retardoJuan Pablo II dijo en una encíclica y una carta sobre el Rosario que vendría la primavera de la Iglesia, pero antes padecería una gran purificación. La tribulación está a la vuelta de la esquina, y todo terminará en “nuevos cielos y nueva tierra” o el milenio de paz; pero luego de un periodo de paz y fervor, la humanidad volverá a decaer, y entonces el mal será la tibieza de las almas, como dice el experto Antonio Yagüe.

Las almas retardadas son aquellas que no crecieron o dejaron de crecer por rebeldía, flojera para las cosas de Dios, egoísmo, por negligencia, por no cultivar el amor a Dios. El fondo están el orgullo y la pereza,… el miedo al sacrificio. Es un fracaso que se gesta poco a poco, es casi imperceptible. Si no hay un progreso continuo se corre el riesgo de volverse deforme.

Se toma la decisión de ser para Dios pero luego no se cumple con ella y se hace un poco duro el corazón. Esa persona está convencida que hace lo que debe. No quiere convertirse. No oye razones. Dice: “No me vengan a pedir, a exigir, no quiero ser corregido”. Se menosprecia la hora de la visita del Señor.

Dios nos ha elegido para transformar la historia. Pero cuando no vivimos lo ordinario con heroísmo viene el desencanto. Benedicto XVI dice que el cáncer más virulento es la apatía del corazón, corazón que no busca la rectitud.

El beato Álvaro del Portillo decía en una de sus Cartas: La insidia más peligrosa, la enfermedad más dañina es el aburguesamiento interior, la tibieza, que se manifiesta en la disminución de la lucha por cumplir las exigencias de la llamada divina. Es la más insidiosa porque puede no advertirse en sus principios. El joven rico reunía las condiciones para recibir la llamada de Dios pero cuando Jesús lo invitó a seguirlo, a dejarlo todo por el amor, descubre que no está dispuesto a abandonar sus cosas, su riqueza, su comodidad, sus manías, sus proyectos más o menos mezquinos.

Un muchacho le preguntó a don Álvaro del Portillo:

-Padre, voy a dar una conferencia en el retiro, ¿qué me recomienda que diga?

-Diles que en esta vida sólo hay dos caminos: Uno que conduce imperceptiblemente hacia arriba y otro que conduce imperceptiblemente hacia abajo.

Por dos motivos podemos retrasar el avance espiritual:

1º Por negligencia en las cosas pequeñas, que lleva a la negligencia en las cosas grandes.

2º La huida de los sacrificios conduce a la inmadurez espiritual; produce un “retardo”.

Gran parte de los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están íntimamente relacionados con el corazón del hombre.Para mantener limpio el corazón es necesaria la virtud de la castidad. Se ha dicho que es la puerta de entrada… y también de salida de toda vida interior. La pureza no es la principal cualidad cristiana, pero es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de la santificación. Esta virtud exige una especial ayuda de la humildad.

El alma retardada ha ido desalojando poco a poco a Dios de su corazón, de allí que frecuentemente necesite huir de sí mismo. Padece una pereza que consiste en hacer cosas que van en beneficio de intereses humanos, pero no en el de su vida espiritual.

La tibieza es una grave enfermedad del amor que puede darse en cualquier edad. La tibieza es una parálisis espiritual, una enfermedad del alma. Esa debilidad de las fuerzas del alma es consecuencia de la falta de ilusión porque no se tiene en cuenta el amor que Dios nos profesa, y por tanto, no se encuentra aliciente para comportarse como a Dios le gusta. Es una cierta tristeza por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales, a causa del esfuerzo que llevan consigo.

La tibieza nace de la dejadez prolongada en la vida interior; nace de sucesivas transigencias, cediendo fácilmente ante los pecados veniales. Y todo ello porque no se tiene a Dios suficientemente presente y se le da poca participación en la vida, quizás pensando en Él sólo en esas cuantas ocasiones destacadas; pero no en las peripecias y las coyunturas que entretejen los días corrientes.

El error más grande de los seres humanos sería basar su vida sobre la falsa seguridad del bienestar material, sobre el prestigio humano; sobre el dinero u otra cosa de poca consistencia. Poner a Cristo en primer plano está en el origen de la vocación cristiana y de la alegría. Es causa de infelicidad todo lo que nos separa de Jesucristo.

Dice Peman: “La prudencia, si no se hace celestial, se vuelve tibieza”. La tibieza hace difíciles las cosas fáciles. La tibieza todo lo encuentra extremadamente dificultoso. Con tibieza, se piensa más en lo difícil de lo bueno y en el placer de lo malo. Se pierde el deseo de un acercamiento profundo a Dios, incluso se rehuye en lo posible, el trato con Dios.

El corazón no puede estar “en vacío”, o se le da un gran amor o se llena de compensaciones. San Gregorio lo ilustra diciendo que: “el alma negligente padecerá hambre; porque cuando no aspira con ardor a lo más alto, se derrama perezosamente en los bajos deseos; y por lo mismo que se dispensa de someterse a disciplina, se siente atraída por deseos de placeres”.

En palabras del Papa Benedicto, el camino sería: yo, pero no más yo, ésta es la fórmula de la existencia cristiana fundada en el Bautismo, la fórmula de la resurrección en el tiempo. Yo, pero no más yo: si vivimos de este modo, transformaremos al mundo” (Homilía en la Vigilia Pascual, 15-IV-2006).

El Señor nos dice: “Conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Y así, porque eres tibio, y no caliente ni frío, voy a vomitarte de mi boca” (Apocalipsis 3,15-16). Y añade que no hay que dejar el fervor de tu primera caridad”.

Es preciso destacar que todas las enfermedades tienen remedio en la vida espiritual. El tratamiento de la tibieza viene por la línea de la oración y por la línea de la sinceridad.

Jesús le dijo a una mística francesa: No te desanimes. Hay muchas maneras de avanzar, incluso por medio de caídas. Clama a mí, y no temas gritar si en algo caes; pero que ese grito vaya derecho a tu Único amigo. Cree en mi fuerza.

La devoción a la Virgen es, tal vez, lo que más ayuda. San Josemaría Escrivá escribe: “El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza” (Camino, n. 492)

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