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Tiempos de prueba

deporte-sallto-mortalUn profesor pone pruebas para saber si sus alumnos aprendieron. Dios nos pone pruebas –no para saber cuánto podemos o sabemos-, Él conoce todo, nos prueba para enseñarnos lo que nosotros no sabemos, para que conozcamos nuestra debilidad. Cuando reconocemos que somos débiles, crece nuestro deseo de tener una fe más sólida, de tener más esperanza y más caridad, para aceptar lo que nos mande, y nos da la gracia mientras no perdamos la confianza en Él.

En la vida, los conflictos existen, el problema está en cómo se afrontan. El tiempo de prueba es tiempo de oración. La pedagogía de Dios es misteriosa, estricta y santa. Siempre está dirigida a un crecimiento espiritual que lleva sobre todo beneficios eternos. El que obedece a Dios, a pesar de lo inexplicable e impredecible de su pedagogía divina, triunfa y alcanza la gloria eterna. Dios busca darnos beneficios eternos primero, antes de otorgarnos cualquier bien temporal. El Espíritu Santo es el que realmente va a deshacer los conflictos.
Sería una santidad engañosa si no pasáramos por la prueba o por la tribulación. Le dice Jesús a una santa: “Por ningún motivo prestéis atención a las difamaciones y calumnias porque es parte del plan de mi adversario para que no escuchéis mi voz. Lo mismo hicieron con Jeremías, Daniel y Elías”.

Aquel que padece pruebas o cualquier clase de tribulación y las sobrelleva sin mermar su amor a Dios, alcanza en poco tiempo un grado de santidad elevado, aunque a los ojos propios y ajenos pase desapercibido. Todo el que ama a Dios debe cargar con su Cruz, amarla y agradecerla. Dios da su cruz a almas que le van a responder, pero si alguna falla, su dolor es más grande que los pecados de mil pecadores, porque Dios espera todo de los que le aman, y ellos también deben esperarlo todo de Dios, dado que el verdadero amor es confianza en el amado. Hay que pedirle a Dios la gracia para superar la prueba, no que la retire, porque es riqueza espiritual para nosotros y se tornará en grados de gloria en el cielo, si la superamos.

Manuel García Morente, filósofo ateo, se convirtió al darse cuenta de esto. Él lo explica así: “Mi vida, los hechos de mi vida, se habían realizado sin mí, sin mi intervención (se refiere a las amenazas que había recibido, tuvo que emigrar a Francia y a América dejando a su familia…). Yo los había presenciado pero en ningún momento provocado. Me pregunto entonces: ¿Quién, pues, o qué era la causa de esa vida que, siendo mía no era mía? Lo curioso era que todos esos acontecimientos pertenecían a mi vida pero no habían sido provocados por mí; es decir, no eran míos. Entonces, por un lado, mi vida me pertenece, pero, por otro lado, no me pertenece, no es mía, puesto que su contenido viene producido y causado por algo ajeno a mi voluntad. Sólo encontraba una solución para entender mi vida: algo o alguien distinto de mí hace la vida y me la entrega”.
Lo importante es que nosotros seamos buena tierra para Dios. Que lo que él quiera hacer en nuestra vida con nosotros, pueda hacerlo.

En Dios están el consuelo, la paz, el amor, la ternura. Si algo me enoja el problema está en mí. Necesito conversión. Todos debemos decir: Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. La conversión no lleva al desaliento sino a una actitud esperanzada.

Es historia repetida en la vida de los santos la de tener que sufrir indecibles padecimientos, y el Señor permite, a veces, que sean precisamente los buenos quienes sirvan de instrumento de tortura; es una prueba de amor no fácil de entender, ya que las vías del Señor son inescrutables, pero la divina Providencia puede sacar luz hasta de los errores humanos. A veces es enorme la proporción entre la causa y los efectos, que no cabe explicación, sin embargo, Dios así lo ha dispuesto para sus fines. Y a nosotros nos toca confiar en Él. Hay que recordar que a Cristo nadie lo defendió. Los doctores de la Ley querían desacreditarlo y acabar con él. Jesús siempre nos acompaña si le dejamos acompañarnos.

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