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Un laico debe tener alma sacerdotal y mentalidad laical

Ernst Burkhart y Javier López, dicen en su libro Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría que, al a ser adoptado como hijo de Dios en el Bautismo, el cristiano recibe una participación en el sacerdocio de Jesucristo, y por eso tiene “alma sacerdotal”. Además el hombre es hecho por Dios heredero de la gloria, herencia que incluye las realidades creadas.

La “mentalidad laical” es esencial a la santificación del laico en medio del mundo y, en particular, a la santificación del trabajo profesional. El sentido de la filiación divina debe impulsar al cristiano a ser “mediador en Cristo”, a poner en acto el propio sacerdocio. Pero para estar compenetrado con la masa y pertenecer a ella, se necesita “mentalidad laical”. Tener “alma sacerdotal” es mirar y tratar las realidades temporales de un modo sacerdotal. Es abrazar con generosidad la cruz de cada día. El alma sacerdotal consiste en tener los mismos sentimientos de Cristo Sacerdote, y no decir nunca basta.

En fiel cristiano laico contribuye a la obra de la Redención a la vez que busca el progreso temporal. No separa lo uno de lo otro, como sería lo propio de una mentalidad no laical sino laicista.

En crecimiento de un hijo de Dios. La santidad es la perfección de la vida cristiana, la plenitud de la filiación divina (Cfr. Carta 2-II-1945, n.8). La filiación divina adoptiva se puede perder porque se puede perder la misma vida sobrenatural de hijo de Dios. En la vida sobrenatural – en el estado de gracia- hay una intervención divina que comunica una nueva vida, participación de la vida filial de Cristo resucitado.

¿Puede crecer la filiación divina adoptiva? Sí. La filiación divina adquirida en el Bautismo tiene una “plenitud”. No se trata por tanto de una realidad “estática”. Admite un progresivo incremento, una intensificación.

A primera vista la filiación es una relación inmutable: quien es hijo lo es de una vez para siempre. Podrá ser mejor o peor hijo. El haber sido generado es un hecho histórico inconmovible. Esto es así en la filiación humana. La filiación divina adoptiva es una participación de la Filiación subsistente, que es la Segunda persona de la Trinidad. Por eso es posible participar en diversos grados de la Filiación subsistente. Esta posibilidad está ligada al crecimiento en la vida sobrenatural.

La filiación divina adoptiva, que es la que tiene Dios con los bautizados, se puede perder porque es posible perder la misma vida sobrenatural de hijo de Dios.

En la filiación divina hay una intervención divina decisiva, que comunica una nueva vida, participación de la vida filial de Cristo resucitado: “No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20).

San Josemaría dice que quien rechaza la gracia deja de ser hijo para convertirse en esclavo (Amigos de Dios, n. 34). En el ser humano no desaparece la condición de persona hecha a imagen y semejanza de Dios. Un bautizado conserva siempre sucarácter bautismal, pero puede perder la amistad con Dios con el pecado mortal. Sin embargo, el pecador arrepentido, contrito, puede incluso alcanzar una intimidad con Dios mayor que antes.

Quien se sabe hijo de Dios no ignora que la creación “anhela la manifestación de los hijos de Dios” (Rm 8,9). La lucha del cristiano es lucha que confía en la ayuda paterna de Dios y en su misericordia. Al don de la filiación divina se pueden aplicar unas palabras de San Pablo: “Llevamos este tesoro en vasos de barro” (2 Co 4,7), ya que somos frágiles y vulnerables.

A veces podemos estar tan felices que podemos sentirnos como endiosados. La piedra de toque para distinguir el endiosamiento bueno del malo es la humildad. En el endiosamiento malo el alma atribuye a sí misma – a sus obras, a sus méritos, a su excelencia- la grandeza espiritual que le ha sido dada.

Las personas se animan a la ascensión, a luchar por ser mejores en todos los aspectos, si despertamos en ellas el sentido de su filiación divina. Como le pasó a aquella señora alcohólica. El doctor Banks cuenta la siguiente historia: Una mujer borracha entró el domingo en la noche en nuestra iglesia y fue convertida. El Padre fue a visitar a su esposo al día siguiente y vio que era un mecánico muy inteligente, pero opuesto a la religión y escéptico. Estaba disgustado por la conversión de su esposa y dijo que no tenía ninguna duda de que ella volvería pronto a su vida antigua. Seis meses después, este mismo hombre vino a ver al ministro del Evangelio, con gran perplejidad respecto a su propia situación espiritual. Dijo:

– He leído todos los libros sobre las evidencias del cristianismo y he podido resistir sus argumentos, pero en los últimos seis meses he tenido un libro abierto en mi hogar, en la persona de mi esposa, que no puedo refutar. He llegado a la conclusión de que yo debo estar en el error, y que ha de haber un poder santo y divino en la religión que puede tomar a una mujer borracha y convertirla en una santa, cantadora, amable, paciente y piadosa, como es ahora mi esposa.

Muchas personas buscan la seguridad en los muros, en su dinero, en sus posesiones, en el gobierno… La filiación divina es la única seguridad, la roca donde asentarse, aunque eso no quiere decir que vamos a evitar los altibajos, eso es normal, pero hay que atenuarlos. No hay motivos para estar tristes porque “todas las cosas cooperan al bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). Un sabio nos diría:Eso que te preocupa te conviene, aunque no lo veas tan claro. Omnia in bonum!Todo es para bien, si amamos a Dios.

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