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“Dios no, religión sí”

Al Cardenal Ratzinger le hicieron una entrevista. En ella el Papa cita a un teólogo llamado Juan Bautista Metz quien afirmó que estaba en vigor la fórmula “Dios no, religión sí”. Hoy hay una sobreoferta de religiones. Se desea tener cualquier religión sea esotérica o no. Lo que se rechaza es al Dios personal. Se puede tener una relación personal con Dios, pero se le resiste. Se ignora a un Dios personal, que me habla, que me conoce, y que al final de la vida me va a juzgar.

La increencia es fruto de una decisión existencial. ¿Qué explica una postura de rechazo a Dios? Su raíz está en el mismo hombre. Cuando el hombre examina su corazón comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males que no pueden tener origen en su Creador. Los factores intelectuales, volitivos y culturales son de gran importancia.

Hoy día se exalta la libertad del individuo y no se pregunta el “para qué” de ella. La persona ha sido creada por Dios a su imagen y semejanza, como ser abierto a la comunión con Él mismo y con los hombres. La libertad es un poder para acoger el don del otro y para donarse. En el plano operativo el sentido de la libertad es elegir a Dios, es decir, el de amarle cumpliendo su Voluntad.

El hombre puede decidir no dejarle espacio a Dios, o bien, encontrar en Dios su plenitud humana. Las raíces de la increencia se encuentran en el conocimiento, en la libertad y en la pregunta humana por el sentido de la vida.

Existe una tentación de la libertad: La autonomía moral convierte al hombre en creador de los valores, no supeditado a una verdad y a un bien objetivo, sino que el yo decide lo que está bien y lo que está mal. El hombre no se supedita a nada, disolviendo así la relación de la libertad con la verdad.

La “muerte de Dios” es la “muerte del hombre” porque sin Dios todo es absurdo y carece de importancia, también el hecho de buscar una respuesta; la angustia constituye la experiencia filosófica fundamental (Sartre), y el suicidio el único problema filosófico (Camus).

El ataque actual va contra la divinidad de Jesucristo. Lo ven sólo como Hombre. Es lo que decía Arrio en el siglo IV: Cristo es un ser inferior a Dios; de este modo el verdadero Dios permanece inaccesible para nosotros

Dice Jesús: “La verdad os hará libres” (Juan 8,32). ¿Qué verdad? La verdad de que somos objeto de la predilección de la Santísima Trinidad, que somos hijos de tan gran Padre, hermanos de Jesucristo y Templos del Espíritu Santo.

“La libertad –según C. Fabro- nos es dada para que el hombre se forme a sí mismo, se plasme a sí mismo”. P. Olivier dice que “el que no descubre a Dios en el corazón de su libertad, se ignora a sí mismo”.

El hombre está naturalmente inclinado al bien, pero no basta que algo le resulte apetecible para que sea bueno. Adán y Eva no se equivocaron acerca de un bien terreno (la fruta era buena) sino que pusieron su propia voluntad por encima de la de Dios, quisieron “ser como Dios” (Gn 3,5) y rehusaron su soberanía.

La posibilidad de desviarnos desvela un aspecto asombroso del amor de Dios: su confianza en cada hombre ya que es propio del amor confiar en la persona amada. El mayor de todos los vicios es el orgullo, que lleva al hombre a querer usar de su potestad para la ruina, y tiene el nombre de desobediencia.

Karl Adam dice que “jamás, en ningún lugar de la tierra, ha acaecido algo tan íntimamente libre, con tan completa voluntad y obra propia como la obra de Jesús en el Gógota”.

Nuestra libertad es imperfecta porque la podemos emplear mal. La posibilidad de obrar mal es precisamente la razón del mérito, pues así Dios nos puede conceder la vida eterna como premio a nuestra correspondencia libre a su gracia. Hay en nosotros una tendencia a trastocar el orden de los bienes, anteponiendo las criaturas a Dios. De ahí que, en la condición presente, usar bien de la libertad exige luchar contra la inclinación al mal. Cuando un hombre no lucha contra la inclinación al mal se hace “esclavo del pecado”, de la concupiscencia, de la sensualidad.

Un buen camino para ir a Dios es el de la infancia espiritual, el de confiar en Dios. La confianza resume en sí las virtudes teologales. Jesucristo dice: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3).

Benedicto XVI escribe: “el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanzas” (Enc. Spe salvi, 23). La que mejor ha vivido la relación con Dios es Santa María, siempre trató de corresponder los requerimientos de Dios.

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