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Decir adiós a mi hija por primera y última vez

Mis hijos volvieron al colegio la semana pasada. Y hubo un momento. Uno que solo yo noté. Los niños que estaban en nuestra parada de autobús se peleaban por entrar, lanzándose por el pasillo para encontrar un sitio; mi hijo y mi hija fueron los últimos en subir las escaleras.

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“¡Eh!” gritó mi marido, con el iPhone preparado para sacar una última foto. Se dieron la vuelta y mi hija tenía lo que yo llamo la sonrisa del miedo. En la foto se puede ver claramente que no está mirando a la cámara, sino a mí. Mi marido sacó la foto, ella se dio la vuelta y se fue.

Los otros padres se marcharon, y mi marido y yo nos fuimos a casa. Lo que yo quería hacer era agarrar mi estómago y chillar, tirarme al suelo y llorar histéricamente. Pero seguí andando en silencio. De ninguna manera podía decirle a mi marido, que ya cree que soy una desequilibrada, que me acababa de transportar al final de mi vida.

Lo que me impactó ese día no fue la mirada que me echó, porque ya la había visto otras veces. Lo que me preocupó fue que por primera vez me pregunté cuántas veces más en mi vida la vería. Es una mirada que dice No quiero dejarte, y estoy un poco asustada pero me tengo que ir.

Veré esa mirada cuando se vaya a la universidad, y rezaré para que tenga un maravillosa experiencia que incluya muchos más amigos que chicos de fraternidades, y mucho más crecimiento personal y autodescubrimiento que alcohol.

Veré esa mirada antes de que recorra el pasillo hacia el altar, y rezaré por que el hombre hacia el que camina sea la mitad de buen hombre de lo que es su padre, que la valore, que la comprenda y la ame, y que sepa que, con gusto, lo mataré si le hace daño.

Veré esa mirada cuando esté embarazada, y rezaré para que escuche su sabiduría interna, y no esté constantemente dudando y criticándose a sí misma, como hizo su madre.

Y veré esa mirada cuando sea una mujer mayor y marchita, y yo sea la causa del miedo que sus ojos reflejan, porque pareceré la sombra de la madre que era.

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Y entonces es cuando rezaré para que se acuerde.

Que se acuerde de que le leía sus libros favoritos hasta que me aprendía de memoria cada frase, de que jugamos a las barbies hasta que yo quería chillar, de que pusimos nombre a todos los gatitos y perritos de peluche y muñequitas Lily durante un año, que le dejaba llevar tiritas como accesorios de moda, que le hice apuntarse a ballet y participar en el recital, aunque ella decía que estaba muy asustada, y que yo le decía que era amable e inteligente, no solo guapa. De que yo sabía exactamente cómo se sentía y qué necesitaba antes de que lo dijera, de que mis piernas eran lo suficientemente fuertes para llevarla y perseguirla, de que hubo una época en la que mis manos no temblaban y mi perfecta visión podía adivinar su humor desde el otro lado de una habitación a rebosar de gente, de que mi pelo era realmente rubio, de que yo podía saltar y gritar y cantar más alto que las otras madres.

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Que ella pensaba que yo era guapa. Que decía que quería vivir con nosotros siempre. De que su padre y yo nos adorábamos, nos abrazábamos y besábamos, y bailábamos en la cocina. De que lloraba por las noches, preocupada de que muriéramos como los abuelos y abuelas de otras personas, y de que yo le decía que no lo haríamos todavía, que quedaba mucho, mucho tiempo.
Rezo para que se acuerde. Que se acuerde de todo eso.

Porque hoy, cuando mi hija se ha subido al autobús, me ha sorprendido la certeza de que un día, dentro de muchos años, si mi vida sigue como yo quiero, ruego, y rezo que haga, yo seré la que mire fijamente a esta mujer preciosa, por dentro y por fuera, a la que quiero tanto que me mantiene despierta por las noches, y yo seré la que tenga esa mirada que dice No quiero dejarte, y estoy un poco asustada pero me tengo que ir.

Hasta ese día, rezo por acordarme. Acordarme de todo.

Este artículo fue publicado originalmente en Jaye Watson Online.

Categorías:Familia, Infancia, Maternidad
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