El «Schindler judío»

Ya ha conseguido salvar más de 120 niñas raptadas y utilizadas como esclavas sexuales

Así rescata un empresario a niñas cristianas de las garras del Estado Islámico

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Javier Lozano / Libertad Digital 16 agosto 2015

El Estado Islámico arrasa allá por donde pasa. Destruye, quema, mata…Y si las víctimas son mujeres, ya sean niñas o adultas, aún puede ser peor. Ser esclava sexual. Ser violada repetidamente, decenas de veces cada día, por los yihadistas o ser vendidas al mejor postor. Incluso el grupo islamistas publica los precios a los que venden a las mujeres que capturan.

Estas mujeres son en la mayoría de los casos pertenecientes a minorías religiosas como cristianas o yazidíes, muchas de ellas niñas que no superan los diez años. Una barbarie contra la que Occidente, de momento, no quiere enfrentarse y la que mira de reojo avergonzado sabiendo que en un futuro será recordada la cobardía de una generación que no luchó contra la barbarie más absoluta.

Luchar contra la barbarie del Estado Islámico

Sin embargo, hay personas que han decidido hacer algo aunque les hayan podido tildar de locos. Es el caso de un empresario que ha dicho basta ante el horror que llega de Siria e Irak a través de la televisión e internet. Su nombre es Steve Maman, un judío canadiense, que se ha lanzado a rescatar a niñas y mujeres esclavas del Estado Islámico sacándolas de un auténtico infierno en vida.

Este empresario cita a Óscar Schindler, el empresario que salvó a cientos de judíos de los nazis y que reflejó Steven Spielberg en La lista de Schindler, como su inspiración a la hora de jugarse todo o nada por salvar a los más débiles y olvidados.

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Steve Maman, en una foto junto a su familia

Él era uno más de las decenas de millones de personas que veían a través de los informativos la indefensión de los cristianos ante el Estado Islámico y dijo basta. Hizo contactos en Irak para negociar la liberación de las niñas y al instante comenzó a recaudar dinero para seguir liberando a muchas más. De momento son más de 120 las niñas que ha salvado y ha logrado devolver a sus familias. Pero para Steve Maman, es una cifra muy pequeña por lo que ha abierto una web para seguir recaudando dinero y rescatar a más de 3.000 cristianas y yazidíes que actualmente son esclavas sexuales.

“No puedo quedarme con los brazos cruzados”

Tal y como él mismo relata, un día viendo las brutales imágenes en televisión “me dije a mi mismo: no puedo quedarme con los brazos cruzados. No voy a seguir viendo los informativos y permanecer sin hacer nada”.

Ante la situación que se está viviendo, este empresario judío reflexiona que “el precio de la vida de un niño para quitárselo de las manos al ISIS está entre los 1.000 y los 3.000 dólares. Nosotros, como consumidores ávidos, gastamos ese dinero en aparatos y herramientas. ¿Por qué no gastar ese dinero para salvar una vida?”.

El horror que cuenta va más allá y recuerda que “algunas de estas niñas tienen tan sólo ocho años de edad. No sólo están a merced de los combatientes, sino también del resto de hombres que residen en Mosul, hombres de distintas edades, en algunos casos mayores de 60 años. Las violaciones, el abuso y la brutalidad que sufren en manos de sus captores van más allá de la imaginación”.

Para más inri, Steve Maman añade que “hay muchos informes que dicen que los captores han decapitado a niñas y mujeres inocentes que se negaron a realizar ciertos actos sexuales” así como “adolescentes vendidas a burdeles para ser violadas hasta 30 veces al día”.

“Nada es imposible”

Ante todo lo relatado, el empresario canadiense se decidió a actuar. “Nada es imposible”, se dijo. Y se preguntó sobre Oskar Schindler y lo que la gente opinaría en su momento sobre su intención de salvar judíos dentro del III Reich.

A través de su página Liberation Iraq Christian & Yazidi ya ha recaudado más de 360.000 dólares y tiene como objetivo llegar a los dos millones. Con ellos cree que podrá rescatar a más de 3.000 mujeres y niñas actualmente en manos de los yihadistas. Hasta ahora, consiguió rescatar a las cristianas y yazidíes con las donaciones realizadas por otros empresarios judíos a los que pidió ayuda. Actualmente, está intentando involucrar en su proyecto a los católicos y todos juntos empezar a cambiar el mundo.

Sentía sangre en la boca durante horas al comulgar

Sor Gabriela Gertrudis, en las carmelitas de Úbeda

La monja española que sentía sangre en la boca durante horas al comulgar y veía al Niño Jesús

ReL 17 agosto 2015

Monjas carmelitas actuales van a comulgar sin salir de su clausura...
Monjas carmelitas actuales van a comulgar sin salir de su clausura…

El cuerpo de la religiosa andaluza Sor Gabriela Gertrudis permanece incorrupto en la biblioteca del convento de carmelitas descalzas de Úbeda. Es una de esas figuras de la mística monástica que son poco conocidas incluso en su país natal, una de esas personalidades que dormita esperando un reconocimiento de sus dones espirituales y un avivamiento de la devoción por ellas como intercesoras ante Dios. 

En la época de Sor Gabriela Gertrudis, el siglo XVII, se difundieron sus experiencias místicas, trances y premoniciones, aunque no se escribió mucho sobre ella, pero sí dejó una autobiografía.

De vez en cuando, escritores que bucean en la historia local redescubren este tipo de figuras de gran altura espiritual, como es el caso de Alberto Cerezuela en La Voz de Almería del 13 de agosto de 2015.

Cerezuela inicia así su semblante de la religiosa: “Nosotros tenemos en Almería una religiosa muy interesante, concretamente en Vélez Blanco. Gabriela Gertrudis de Tapa y Acosta, Sor Gabriela Gertrudis de San José, nació el 17 de marzo de 1628. Era hija de Juan Correa de Tapia, abogado de los reales consejos (natural de Granada) y de Isabel de Acosta Moreno, hija de Diego Acosta Moreno, administrador del IV marqués de los Vélez”.

Una infancia leyendo a Santa Teresa
La religiosa era la cuarta de nueve hermanos, aunque cinco de ellos de niños. También ella sufrió enfermedad en la infancia que le impedía hacer vida normal fuera de casa. Pasaba mucho tiempo en el hogar leyendo a Santa Teresa de Ávila. 

Después de morir su padre en 1648, Gabriela Gertrudis, con 20 años, ingresó con sus hermanas en las Carmelitas Descalzas de Úbeda. Allí tomó el nombre de Gabriela Gertrudis de San José y empezaron sus experiencias místicas, que redactó en una autobiografía que redactó en 1672, cuando tenía 45 años. 

Primera fase: falta de paz
Una primera fase espiritual fue de desasosiego: “Dios dio licencia a los demonios para que me atormentasen con todo género de sensaciones (…) y todo era llorar y deshacerme”, escribiría. Era además muy perfeccionista y de fuerte carácter y la llegada al convento fue dura para ella, pero una experiencia mística en un sueño le animó a perseverar.

Serenidad y trances
Después llegó una etapa de serenidad, sintiendo la cercanía de Dios. Se fueron haciendo poco a poco más frecuentes los trances y éxtasis. 

A veces experimentaba llagas o señales en su propio cuerpo. En algunos casos, estos trances finalizaban con algunas premoniciones relacionadas con tragedias o situaciones importantes relacionadas con el convento y las religiosas.

Ella describía así sus experiencias de cercanía a lo divino: “Veo la gloria de Dios y hablo con Cristo sobre su pasión”, escribe. O bien: “… se me quitó el sentido y me llevaron al cielo donde estaba haciendo una procesión y cantándole al Señor alabanzas, a su amor y hazañas (…) yo quedé encantada. Quien aquello vio y volvió a esta mortalidad, qué pena tan grande le quedó allí al alma”. 

Era su forma de decir que daban ganas de quedarse en aquel estado maravilloso. En esta época ya recibía visitas en el convento de autoridades religiosas buscando oración, guía o consuelo.

Sangre en la boca y el Niño Jesús
A finales de siglo le llegó una fuerte enfermedad que la llevaría a la tumba. Escribió de esos años finales que le costaba comulgar: “Dos años y más me duró que todas las veces que comulgamos se me llenaba la boca de sangre y me duraba eso más de dos horas, y solía tomar un poco de agua para que aquello se me quitara de la boca, y aunque tomaba agua hasta el mediodía que comía, no se me quitaba esto de la boca”. 

Cerezuela escribe: “Ella sospechaba que la muerte había venido a buscarla, pero realmente era lo que quería. Ansiaba que su alma se elevara hasta lo infinito para llegar a esa otra vida que tantas veces se le había aparecido durante sus éxtasis y sus sueños. Al principio tenía mucho miedo al no entender el porqué de la continua presencia de ángeles a su alrededor, pero su confesor, fray Agustín de la Cruz, le hizo comprender que las visiones no eran producto de su imaginación, sino que Dios la había elegido por gran motivo, y por eso quería conversar con ella de vez en cuando. Cada vez que comulgaba, se le llenaba la boca de sangre durante varias horas, y Dios se presentaba ante ella de vez en cuando, en forma de Niño Jesús. Ella intentaba abrazarlo, pero no podía. Revoloteaba sobre las cabezas del resto de monjas sin que éstas se percatasen de ello”.

Un desvelo necesario para el alma
Cerezuela finaliza así el semblante de la mística carmelita andaluza: “Su enfermad, unida a su fuerte deseo de morir, trajeron consigo el fallecimiento de la religiosa carmelita el 12 de enero de 1702. Apenas quedan documentos sobre ella, tan solo una copia de su autobiografía ya que el original se perdió. Nos tenemos que conformar con un cuadernillo escrito por ella de su puño y letra, titulado ´Un desvelo necesario para el alma´, donde da consejos espirituales a una novicia a punto de profesar; y con el Traslado de la Vida que de su mano escribió la Venerable Madre Gabriela de S. Joseph, seguramente en los primeros años del siglo XVIII. Este códice se conserva hoy en el convento de Úbeda en forma de un volumen de 22×15 centímetros encuadernado en pergamino (está fechado el 6 de mayo de 1679). Su cuerpo, incorrupto y vestido con su hábito, está guardado en un cajón de madera dentro de su biblioteca”.