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Jefe de la estación de Canfranc ante los nazis

La hazaña del jefe de la estación de Canfranc ante los nazis

Víctor Fairén rompe el pacto de discreción para hablar de su abuelo, un héroe desconocido que ayudó a centenares de personas a salvar la vida

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En pleno Pirineo oscense se encuentra la Estación Internacional de Canfranc, un paso fronterizo entre España y Francia que cobró un importantísimo y relevante protagonismo durante la Segunda Guerra Mundial al convertirse en una importante vía de comunicación para la Resistencia Francesa y los Aliados, además de un lugar de escape. Por su parte los nazis lo usaban para recibir materias primas que necesitaban y enviar lingotes de oro a la península.

Al nieto de Albert Le Lay se unieron familiares que finalmente consintieron en hablar: miembros de la Resistencia o hijos de luchadores por la libertad, supervivientes del genocidio, correos que operaban con Le Lay… Todos ayudan con sus testimonios a contar la magnífica historia de este héroe desconocido, “un señor alto, elegante, con un ligera cojera”, que pudo regresar a Canfranc y allí enseñó a los trabajadores de Aduanas todos los escondrijos que había hecho en los trenes para esconder a las personas”.

No se sabe a cuántas personas salvó la vida Albert Le Lay, pero fueron “muchísimas” y sobrevivieron gracias a su decisión, su humanidad y su valentía.

“He aprendido muchas cosas de él. Era un hombre con una humanidad que no se puede explicar con palabras, se jugó la vida a cambio de nada, ni siquiera de memoria, eso es de una generosidad enorme… Nos ha transmitido unos valores que enriquecen nuestra vida personal y que ahora son fundamentales en nuestro día a día”, afirma.

Lo más llamativo de esta historia es que el uso de dicha estación ferroviaria fue aprovechado por ambos bandos: por un lado el jefe de la estación por parte francesa, llamado Albert Le Lay, quien colaboró con la Resistencia y facilitó el paso de centenares de personas que huían del horror de la guerra tras ser perseguidos por los nazis.

Por otra parte, en unas dependencias de esa misma estación operaba un contingente de la Gestapo, que controlaba las personas que traspasaban la frontera en dirección a España, además de hacer de enlace para recibir material de la península y que le era necesario al Tercer Reich.

En un mismo edificio y a escasos metros los unos de los otros se realizaban cosas muy distintas y contrarias, por lo que los servicios que prestó Albert Le Lay adquirían un doble valor al hacerlo sin que los nazis se enteraran.

Pero a pesar del trasiego de personas que viajaban en los trenes que cruzaban ese puesto fronterizo, los alemanes no se percataban de la documentación falsificada y sellada por el propio jefe de estación.

Se encontraron los nombres de muchos judíos que donaron sus francos a Le Lay. “Donaban su dinero a la escuela, a veces cantidades muy importantes. Ya no iban a volver así que donaban hasta los céntimos y él lo apuntaba. Son apellidos judíos”.

Y entre ellos y las cartas de agradecimiento que recibió una vez terminada la guerra, se puede calcular la magnitud de la proeza realizada por Albert Le Lay.

“Hay muchísimas cartas de agradecimiento. Y entre ellas está una de la embajada de Japón, otra de Estados Unidos, del pintor Marc Chagall, de Joséphine Baker, de Max Ernst…”.

Muchos son los que apuntan que los miembros de la Gestapo andaban más preocupados en hacer envíos de lingotes de oro hacia España como pago de la materia prima que desde ese país les llegaba.

Mientras tanto, Le Lay también conseguía hacer llegar valiosa información desde la Resistencia Francesa a los Aliados y a la inversa, debido a que la Estación de Canfranc se había convertido en una importantísima y vital vía de comunicación.

Entre enero de 1941 y septiembre de 1943 estuvo llevándolo a cabo de una forma discreta y metódica, hasta que la Gestapo empezó a sospechar de él y trataron de darle caza, momento que aprovechó para huir a través de España, como otros tantísimos a los que había ayudado a hacerlo, yendo a parar a Argel donde se instaló hasta que finalizó la guerra.

Tras el conflicto bélico, lo único que deseaba Albert Le Lay era volver a su puesto de trabajo en la Estación de Canfranc y vivir tranquilamente junto a su familia, rechazando cualquier tipo de reconocimiento por su labor durante la guerra.

Su historia, como la de otros tantos, quedó en el semiolvido hasta que en 2013 se estrenó la película documental El rey de Canfranc en la que se relata la gesta protagonizada por este singular héroe anónimo.

Categorías:Historia, Mundo, Testimonios
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