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Carta de un Misionero que se prepara a morir

Estos momentos pueden ser más productivos que cualquier otro momento de una larga carrera misionera

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“En 1955 fui enviado como misionero por la Iglesia a través de los Padres de San Columbano a la gente de las Filipinas. No sé exactamente cómo fui elegido por la Iglesia para ser misionero y como tal enviado a evangelizar a los filipinos, pero siempre he tenido la más firme convicción de que el serlo ha sido el hilo principal del tejido de mi vida como sacerdote y como hombre.
 
Hace siete años me diagnosticaron con cáncer de colon. El cáncer es bastante aterrador, tanto que hasta me pregunté si mi vida como misionero había llegado a su fin, pero después de una operación y quimioterapia quedé libre para regresar a mi trabajo tanto de evangelizar como de ser evangelizado por los filipinos, puesto que esto es lo había estado sucediendo por un largo, largo tiempo. Sin embargo, en un año, apareció un nuevo cáncer en los pulmones, y empecé cinco años de quimioterapia, durante los cuales tuve la oportunidad de permanecer como un misionero muy feliz y productivo. Así fue hasta julio del 2002 cuando tuve que volver a Omaha para recibir radiación y una nueva quimioterapia.
 
Mientras tanto, llegué a mi cumpleaños número 75, mientras que la quimioterapia minó mi fuerzas, y los filipinos preguntaban por teléfono y cartas cuando yo “volvería a casa.” Mi cuerpo y mi doctor me dijeron que por lo menos no sería muy pronto, sin embargo, siendo optimista pensé que en efecto volvería. Después de todo, yo era un misionero y mi vocación era para toda la vida. Como sacerdote y como hombre, no conocía otra vida, ni quería ninguna otra.
 
Entonces mi última quimioterapia demostró no ser efectiva, y el cáncer estaba creciendo de nuevo. No estoy particularmente asustado por esa noticia, pero me entristece. ¿Sigo siendo un misionero cuando ya no puedo estar con aquellos con los que ha transcurrido toda mi vida?
 
Ahora puedo dar más tiempo a la oración y reflexión de la palabra de Dios, pero no sé si rezo mejor que antes. Tengo más tiempo para recordar con gran alegría los cientos que me han llamado Padre, cuyo amor me ha sostenido durante tanto tiempo. Siempre he creído que un sacerdote debe ser un hombre de oración si ha de ser digno de cualquier cosa, un misionero tal vez aún más que otros.
 
Tan pobre como mi oración pueda ser, he llegado a darme cuenta de que por ahora es la única forma que tengo de ser misionero, y me comprometo a seguir de esa manera mientras tenga aliento. Tal vez pueda aplicar a mí mismo lo que he predicado a los ancianos y otros enfermos: que estos momentos pueden ser más productivos que cualquier otro momento de una larga carrera misionera.”
 
El Padre Columbano Jim McCaslin murió el 16 de septiembre de 2003.
 
Artículo originalmente publicado por Sociedad Misionera de San Columbano

 

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