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Familias con niños: el fin del caos es posible

Aviso a navegantes: el texto que aparece a continuación no es exacto y se debe interpretar como una explicación literaria de la historia. Bueno, o tal vez no…

20140307-233753Tengo treinta años. Y este invierno, por primera vez, he conseguido colgar mi abrigo en el armario TODAS las veces que entro por la puerta de casa. Por primera vez, hago la cama nada más levantarme para que no se quede la habitación empantanada. Por primera vez, he logrado guardar mis zapatos en el cajón cuando me los quito, en vez de dejarlos tirados en algún rincón del salón. Y no solo eso, sino que mis hijos también están empezando a tomar el mismo rumbo. (¡Gracias a Dios!) Es cierto que, a pesar de todo, hay muchos momentos en que la casa se convierte en un caos y uno no sabe cómo avanzar para no tropezar con algún obstáculo. Pero, aún así, siento la necesidad imperiosa de discrepar abiertamente con la serie fotográfica de Danielle Guenther o, mejor dicho, con la página enfemenino.com, que es la que da el enfoque negativo, en mi opinión.

La serie, de por sí, no tiene nada de negativo. Se trata, esencialmente, de una decena de hipérboles visuales que tratan de expresar con cierta dulzura el caos que, a menudo, puede apoderarse de una familia con niños pequeños. El problema es el titular que da la web al comentar la noticia: “tener hijos no es tan idílico como nos cuentan: 10 imágenes que muestran la cruda realidad”.

En primer lugar: nadie dijo que no iba a ser duro. La paternidad es una carrera de fondo cargada de obstáculos, caídas, golpes, traspiés y un largo etcétera de despropósitos. En cualquier caso, podríamos decir que la vida de cualquier persona, -con hijos o sin ellos-, lo es. Ahora bien, lo que tiene de idílico la paternidad es que, en la vida de un padre o una madre de familia, esos momentos difíciles están siempre llenos de dulzura, de cariño, de afecto, de satisfacción, porque ocurren siempre junto a las personas que más queremos y que más nos quieren. Y eso no se lo podrá quitar ni todo el caos del mundo concentrado en una sola habitación.

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 En segundo lugar: sería tendencioso mostrar la vida familiar como una foto de posado junto a un árbol de Navidad. Evidentemente, no es eso. Nadie, de todos modos, creo que lo piense así. Pero, del mismo modo, sería igual de falaz reducir esa vida rodeada de niños a un conjunto de fotografías que exhiben un caos descontrolado en el que los padres, únicamente, hacen lo que pueden por sobrevivir. Eso tampoco sería riguroso. Existe mucha más realidad detrás de esas imágenes -más o menos frecuentes según cada caso- del caos: existe algo a lo que quizás podríamos llamar ´el caos controlado´, y que llega en el momento en que los padres se deciden a coger las riendas de lo que sucede a su alrededor, cuando -de pronto- se hacen conscientes (unos lo saben desde que nace su primer hijo, otros lo averiguamos cuando el mayor ya tiene cuatro años… eso ya depende de la personalidad de cada uno…) de que esas pequeñas criaturas tienen una capacidad insospechable de asimilar los límites, respetarlos e, incluso, disfrutar de ellos.

Yo lo comprendí este verano, un día como cualquier otro, en mi casa, hablando con una amiga que tiene ya hijos adolescentes. Miré a mi alrededor y le dije: “perdona por el follón que tenemos y procura no mirar a tu alrededor para no asustarte”. Entonces, traté de justificar el montón de desorden que, a ojos de cualquier ser humano medianamente razonable sería insoportable con una excusa de mercadillo: “es que son tantos y tan pequeños que es imposible controlar cómo se queda todo”. Ella me miró sin hacer la menor mueca de compasión ni aprobación  y -tratando de quitarme la venda de los ojos (en un gesto que agradeceré eternamente)- dijo muy tajante: “no es imposible, se puede y es necesario. Los niños son perfectamente capaces de respetar unos límites”. Límites como: los pies no se ponen en el sofá; el lugar apropiado para comer es la cocina y no cualquier otro lugar de la casa; no es necesario zamparse una bolsa de gusanitos media hora antes de comer para matar el hambre; mientras uno come, no tiene por qué levantarse de la mesa; cuando entro en casa, guardo mis zapatos, abrigo, etc, en su sitio; antes de iniciar un juego nuevo, recojo el anterior; cuando me levanto por la mañana, guardo el pijama en el armario. Vamos, lo que haría cualquier persona con unas nociones mínimas de educación. Límites que, desde ese día, hemos procurado respetar y hacer respetar y que han hecho que la vida familiar haya ganado una dosis infinita de calidad. Porque, está claro que éramos nosotros, sus padres, quienes nos habíamos sentido desbordados hasta el extremo de ser incapaces de dar a nuestros hijos unas herramientas tan importantes para ser capaces de convivir -en familia y en sociedad- desde el mismo instante en el que nacen.

Evidentemente, eso no significa que, desde entonces, nuestra casa sea una especie de patena impecable donde no hay un solo juguete tirado por el suelo y no cae ni una miga de pan, pero sí supone que, los pequeños miembros de esta familia están aprendiendo que esa no es la situación ideal y que ellos son perfectamente capaces de controlar ese inevitable caos que puede suponer el hecho de que seis personas (o las que sean) vivan en una misma casa.

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En cualquier caso, debo añadir que, sea como sea la visión de esta faceta de la vida que cada familia tenga, nunca en mi vida he visto a una niña comiendo cereales sentada en el suelo de un supermercado mientras su hermana lanza por los aires el contenido de un paquete de galletitas. Aunque, hay algo que sí he visto, y en primera persona: un carro de la compra con tres niños y una botella de cava que sale despedida hacia el suelo -creo recordar que, como en las pelis de acción, a una velocidad de medio centímetro por minuto. Aunque, a pesar de ello, fui incapaz de cogerla a tiempo-. El tapón, a consecuencia del gas del interior del recipiente, sale despedido por los aires (ahí se acelera completamente el proceso y pasa a ser de cámara hiper rápida) con la mala suerte (o buena, podía haber matado, literalmente, a alguien) que rebota contra una estantería de cereales, tirando al suelo la mitad de ellos.

 

 

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