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Cuando la Virgen María se aparece a sus hijos

Conozca un poco más la historia de las apariciones de Nuestra Señora en Francia

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De las quince apariciones de la Virgen María oficialmente confirmadas por la Santa Sede en todo el mundo, un tercio sucede en Francia.

La historia de las apariciones marianas en Francia comienza en 1208. Hasta la última aparición, en 1871, María se apareció a un fraile español en el sur del territorio francés, a una pastorcita adolescente en los Alpes, a dos monjas de clausura en París, a dos jóvenes pastores también en los Alpes, a una humilde muchacha al pie de los Pirineos y a un grupo de campesinos en la ruta del ejército prusiano.

1209: La aparición del rosario

Nuestra Señora se le apareció por primera vez en Francia al fundador de los religiosos dominicos, santo Domingo de Guzmán, en el año 1208. Fue en la iglesia de Prulla, en Languedoc, lugar considerado la “cuna de los dominicos”.

Cuenta la leyenda que santo Domingo recibió en este lugar el rosario, que se volvió la “herramienta” de los dominicos en la lucha contra la herejía albigense en la región.

1664: Las visiones de una pastorcita adolescente

María sólo volvió a aparecer, de manera reconocida por la Iglesia, 450 años después. Fue en la pequeña ciudad alpina de Laus, en mayo de 1664.

Mientras cuidaba a las ovejas y rezaba el tercio, la joven pastora Benoîte Rencurel, de 17 años, vio a una señora vestida de un blanco deslumbrante, con un niño en brazos. Cuando Benoîte le ofreció humildemente un pedazo duro de pan, la Señora “sonrió silenciosamente y desapareció en una cueva”.

Durante los meses siguientes, la Señora se le apareció a Benoîte todos los días. Su mensaje era el de “orar continuamente por los pecadores”.

Ella dijo que se llamaba “María, reconciliadora y refugio de los pecadores” y envió a Benoîte a ir hasta la antigua capilla de Notre Dame du Bon Rencontre (Nuestra Señora del Buen Encuentro), donde un suave perfume emanaría del aceite de la lámpara del santuario. Este aceite, dijo la Señora, haría milagros a las personas que fueran ungidas con fe.

En 1665, la diócesis en donde Benoîte vivía reconoció las apariciones. Se inició la construcción de una pequeña capilla para la adoración eucarística y para recibir a los penitentes.

Cuatro años después, Benoîte comenzó a recibir las apariciones del Cristo Sufriente: durante diez años, estas apariciones le dijeron que ella se volvería una alma víctima, participando de la Pasión de Cristo. A lo largo de las dos décadas siguientes, ella sufrió varias enfermedades y murió a los 71 años, visitada continuamente por Nuestra Señora.

En mayo de 2008, la Santa Sede anunció el reconocimiento oficial de esas apariciones. El santuario de Laus está hoy bajo los cuidados de la Comunidad de San Juan, que se dedica especialmente al sacramento de la Reconciliación. Fue también abierto el proceso de canonización de Benoîte.

1830: La medalla milagrosa y París en llamas

Alrededor de 120 años después, Nuestra Señora se apareció a una joven novicia, Catherine Labouré, en la capilla de las Hijas de la Caridad, en la Rue du Bac, en París. El año de 1830 fue peligroso para Francia. París estaba en crisis.

La Revolución de Julio había destituido al monarca y dejado a la deriva a los trabajadores desempleados y furiosos, que organizaron más de 4.000 barricadas por la ciudad.

Las tres apariciones testimoniadas por Catherine originaron la devoción popular por la medalla milagrosa. En la segunda de estas apariciones, María se reveló sobre un mundo con rayos de luz que irradiaban de sus manos. Alrededor de María, en forma de óvalo, aparecieron las palabras “¡Oh María! concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti”.

En la visión de Catherine, el dorso de esa imagen mostraba la letra “M”, con una cruz encima y, abajo, dos corazones. El Sagrado Corazón de Jesús estaba coronado por espinas; el Inmaculado Corazón de María estaba rodeado de rosas y traspasado por una espada.

Catherine contó que Nuestra Señora la había dicho que mandara hacer una medalla basada en esa visión, prometiendo abundantes gracias para todos los que la usaran con confianza. Dos años después, una avasalladora epidemia de cólera se cobró la vida de más de 20.000 parisinos. Las hermanas distribuyeron la medalla milagrosa y luego comenzaron a ser revelados varios casos de curaciones, así como de protección contra la enfermedad.

La medalla de María también desató algunos eventos sorprendentes. Ocho años después de la epidemia, la capilla de la Rue du Bac volvió a recibir apariciones. La Madre de Dios se apareció esta vez a la hermana Justine Busqueyburu, confiándole el Escapulario Verde de su Corazón Inmaculado para la conversión de los pecadores, en particular la de los que no tienen fe.

Dos años después, el banquero francés Alphonse Ratisbonne, ateo, miembro de una destacada familia judía, se convirtió al catolicismo. Ratisbonne había visitado Roma y usaba como juego la medalla milagrosa. Al visitar la famosa iglesia barroca de Sant’Andrea delle Fratte, el 20 de enero de 1842, tuvo él mismo una aparición de María. Ratisbonne se convirtió ahí mismo.

“Él no lograba explicar cómo había pasado del lado derecho de la iglesia al altar lateral opuesto… Todo lo que él sabía era que, de repente, estaba de rodilla cerca del aquel altar. Al principio, logré ver claramente a la Reina del Cielo con todo el esplendor de su belleza inmaculada, pero no pude continuar viendo el brillo de aquella luz. Intentó tres veces ver nuevamente a la Madre de la Misericordia; y tres veces fue incapaz de levantar los ojos pues de las manos bendecidas de María fluían, a través de rayos luminosos, un torrente de gracias”.

Alphonse Ratisbonne se volvió sacerdote jesuita y fundó más tarde la congregación religiosa de los Padres y Hermanas de Sión en Jerusalén.

Catherine Labouré murió más de treinta años después, todavía como monja de clausura en el convento de París. Sus restos mortales fueron encontrados incorruptos en 1933. Fue canonizada en 1947 por el Papa Pío XII.

1846: Nuestra Señora de La Salette

Nuestra Señora se le apareció en el sur de Francia a dos jóvenes y humildes cuidadores de vacas: Melanie Mathieu, de 15 años y Maximin Giraud, de 11. Ninguno de ellos sabía leer ni escribir, ni tenían ninguna educación religiosa.
Durante la década de 1840, Francia estaba sumida en turbulencias políticas. La práctica religiosa había disminuido; los conflictos, la enfermedad y el hambre provocaron la emigración.

En el campo, cerca del pueblo de La Salette, los dos jóvenes visionarios contaron que habían visto un globo brillante de luz, que se abrió para revelar a una bella Señora que lloraba, sentada sobre una roca. Ella llevaba una corona de oro, un vestido de luz, sandalias adornadas con rosas y un crucifijo de oro que pendía de una correa en el cuello, con un par de pinzas de un lado y un martillo del otro.

Ella habló con ellos en francés y después en su dialecto occitano. Con gran tristeza, Nuestra Señora habló de la descreencia de las personas y, específicamente, de la ofensa de trabajar los domingos y usar un lenguaje blasfemo.

También avisó sobre la venida inminente de cosechas raquíticas y una gran hambre, si acaso su mensaje no fuera escuchado.

A cada uno de los niños, le transmitió un secreto que el otro no oyó, les pidió hacer sus oraciones y los mandó divulgar su mensaje a las personas. La Señora de la Luz desapareció lentamente y el globo de luz fue quedándose cada vez más pequeño, elevándose en el aire hasta dejar de verse.

Durante los días siguientes a la aparición, los niños tuvieron que contar la historia varias veces, bajo rigurosos interrogatorios, además de ser llevados al lugar de la visión innumerables veces. En una de las idas, los interrogadores rompieron un pedazo de roca sobre la cual Nuestra Señora se había sentado. Irrumpió de ella una fuente, cuyas aguas fueron atribuidas, después, a muchas curaciones milagrosas.

Comenzaron las peregrinaciones al lugar, pese a la fuerte oposición de las autoridades. En medio de cuestionamientos y amenazas, los dos visionarios mantuvieron la coherencia de sus relatos. En 1846, hubo una reducción en los cultivos, seguido en 1847 por una gran hambre en toda Europa. Hubieron miles de muertes en el continente. Sólo en Francia, hubieron 100 mil muertos.

Después de cuatro años y dos investigaciones, el obispo de Grenoble aprobó la devoción a Nuestra Señora de La Salette.

En 1851, el Papa Pío IX la confirmó oficialmente.

Por el resto de sus vidas, las controversias acompañaron a los visionarios. Sus secretos también fueron publicados. El de Maximin trataba de la pérdida de la fe en Francia, de la Iglesia que se movía en la oscuridad y la ascensión del anticristo. El de Melanie hablaba de la pérdida de la fe en Roma y de una inminente persecución contra el Papa, los sacerdotes y los religiosos.

El mensaje universal de Nuestra Señora regresaba a la conversión, la penitencia y la oración. Su título en La Salette es “Reconciliadora de los pecadores”.

1858: Lourdes

Al pie de los Pirineos, “una pequeña muchacha” se apareció a una adolescente llamada Bernadette Soubirous, de 14 años, en una serie de visiones que duraron cinco meses, entre febrero y julio de 1858. Presentándose como la “Inmaculada Concepción”, la “Señora” invitó a la penitencia y a la conversión de los pecadores y pidió que fuera construido un santuario sobre el depósito de basura donde ocurrían las apariciones.

Bernadette, la niña asmática de la familia más pobre de la ciudad, fue objeto inmediato de descrédito. Perseverante a pesar del escarnio y la sospecha, Bernadette aprendió la obediencia en aquella que el Papa Pío XII llamaría la “Escuela de María”. Gracias a su sumisión a las indicaciones de la Señora, brotó en el lugar una fuente cuyas aguas dotadas de poderes de curación realizaron varios milagros ya confirmados.

La chica retransmitió al párroco el pedido de la Señora para que fuera construida una capilla sobre la gruta. Él inicialmente rechazó el pedido, pero después de algún tiempo, la escasa educación de Bernadette acabó sirviendo para confirmar la autenticidad de esos eventos sobrenaturales y los complejos conceptos implicados en ellos.

“Yo soy la Inmaculada Concepción”, dijo la Señora, de acuerdo con Bernadette. ¿Cómo podría aquella pobre  niña saber que, cuatro años antes, había sido promulgado por el Papa Pío IX el dogma de la Inmaculada Concepción? Ella ni siquiera sabía lo que la palabra “concepción” significaba.

Las autoridades locales querían impedir a la multitud visitar el lugar. Intentaban forzar una condena por parte del obispo, que creó una comisión de investigación. Cuatro años más tarde, las apariciones fueron declaradas auténticas y, en 1876, la basílica sobre la gruta fue consagrada.

Gracias a las apariciones en Lourdes, el dogma de la Inmaculada Concepción se volvió un asunto de discusión común y ayudó a propagar una comprensión de la lógica divina al preservar a María de la mancha del pecado.

Bernadette murió en un convento, escondida del mundo, veintiún años después de la última aparición. Su cuerpo permaneció incorrupto por dentro, aunque tenía defectos exteriores; durante la tercera exhumación, en 1925, le colocaron revestimientos de cera en su cara y sus manos antes que el cuerpo fuera transferido a un relicario de cristal, ese mismo año. Para los católicos, los santos incorruptos ayudan a contemplar cuanto la iluminación divina logra elevar a un ser humano a un estado tal de santidad que las propias células destinadas al polvo permanecen preservadas.

1871: Pontmain, un poblado en la ruta del ejército prusiano

En 1871, Francia estaba devastada por la Guerra Franco-Prusiana. Tres cuartos del país estaban bajo la ocupación de Prusia.

En la noche estrellada del 17 de enero, en el pequeño pueblo de Pontmain, en Bretaña, Cesar Barbadette y sus dos hijos, Joseph y Eugène, de 10 y 12 años, estaban terminando sus tareas en el granero. Eugène miró por la ventana y vio una parte sin estrellas sobre la casa del vecino. De repente, vio a Nuestra Señora sonriéndole. Joseph también vio a Nuestra Señora; más tarde, ya como sacerdote, él mismo contó lo que había visto:

“Ella era joven y alta, vestida con un manto azul oscuro…Su vestido estaba cubierto de estrellas doradas brillantes. Las mangas eran amplias y largas. Usaba sandalias del mismo azul que el vestido, ornamentadas con arcos de oro. En la cabeza tenía un velo negro que le cubría la mitad de la cabeza, escondiendo sus cabellos y orejas y caía sobre sus hombros. Encima de él, una corona semejante a una diadema, más grande en la frente y que se extendía en los lados.

Una línea roja rodeaba la corona en medio. Sus manos eran pequeñas y se extendían en nuestra dirección, como en la medalla milagrosa. Su rostro tenía la más suave delicadeza y una sonrisa de una dulzura inefable. Los ojos, de una ternura indecible, estaban fijos en nosotros. Como una verdadera madre, parecía estar más feliz viéndonos que nosotros contemplándola”.

Aunque sus padres vieran sólo tres estrellas en un triángulo, las religiosas de la escuela parroquial y el párroco fueron llamados. Dos chicas, Françoise Richer y Jeanne-Marie Lebosse, de 9 y 11 años, también habían visto a la Señora.

Los residentes del lugar, que eran alrededor de sesenta entre adultos y niños, comenzaron a rezar el rosario. Mientras oraban, los visionarios contaban que la visión había cambiado. En primer lugar, las estrellas en su vestimenta se habían multiplicado hasta que el vestido azul quedó completamente de oro. En cada oración siguiente, aparecían letras que esclarecían los mensajes en una franja desplegada a sus pies: “Por favor, oren, hijos míos”, “Dios en breve oirá sus oraciones” y “Mi Hijo los espera”.

Cuando ellos cantaron “Madre de Esperanza”, uno de los himnos regionales favoritos, Nuestra Señora sonrió y los acompañó. Durante el canto “Mi Dulce Jesús”, una cruz roja con un cuerpo apareció en el regazo de María, cuya sonrisa desapareció y dio lugar al pesar. Cuando los moradores cantaron “Ave Maris Stella”, sin embargo, el crucifijo desapareció, la sonrisa de la Señora volvió y un velo blanco la cubrió, encerrando la aparición a las 9 de la noche. La aparición había durado más de tres horas.

Aquella noche, las tropas prusianas próximas a Laval habían parado a las 5.30 de la tarde, a la misma hora en que la aparición había surgido por primera vez en Pontmain, a pocos kilómetros de distancia. El general Von Schmidt, listo a avanzar en dirección a Pontmain, había recibido órdenes del comandante de no tomar esas ciudad.

Existe un registro de que Schmidt dijo, en la mañana del día 18: “No podemos avanzar. Más adelante, en dirección a Bretaña, hay una Señora invisible barrando el camino”.

La pequeña ciudad de Pontmain es una prueba de que las oraciones fervorosas, aún elevadas por la menor de las parroquias, son capaces de cambiar la historia. Un año después, en la Fiesta de la Purificación, el 2 de febrero, la aparición en Pontmain fue aprobada como auténtica y confirmada por el Papa Pío XI con una misa. En 1932, el Papa Pío XII concedió que la Madre de la Esperanza, título dado a esta aparición, fuera solemnemente homenajeada con una corona de oro. Hoy, los peregrinos visitan la Basílica de Pontmain como señal de esperanza en medio de la guerra.

A lo largo de sus veinte siglos de cristianismo, Francia ha honrado a la Madre de Dios con gloriosas catedrales y con cánticos sublimes. También es verdad que, a lo largo de los 800 años transcurridos desde que los dominicos combatieron contra la herejía de los albigenses, Francia ha sido un campo de batalla para la fe.

Al parecer para los jóvenes, para los humildes y para los pobres durante los últimos ocho siglos, Nuestra Señora agració a Francia de manera muy especial. Sus apariciones, amonestaciones e intercesiones han dado al mundo devociones por medio de las cuales hombres y mujeres comunes pueden alcanzar la santidad, llegando a Jesús por medio de María.

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