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¡Salvados por el rezo del Santo Rosario!

Otra impactante milagrosa historia del Levantamiento de Varsovia de 1944

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Los alemanes ni siquiera respetaron los hospitales ni los puestos de socorro, atestados de heridos. El padre Marian Chwilczinski, perteneciente al personal del hospital Wolski en la calle Płocka 26 advirtió que la gente traía al hospital heridos desde calles muy distantes, en la que por lo general había puestos de primeros auxilios. Supuso, entonces, que los alemanes los iban liquidando, asesinando al personal médico y a los heridos.

Pasando el 3 de agosto por la calle Górczewska, el sacerdote vio los cadáveres de mujeres con niños en brazos, yaciendo en charcos de sangre fresca. En cualquier momento era de esperar la entrada de los alemanes en el hospital. Desde el sur – en la entrada principal están de turno, el Dr. Mariusz Piasecki, director del hospital, y el Dr. Janusz Zeyland, profesor de la sección de la tuberculosis para la juventud, originario de Poznan, por lo tanto hablaba perfectamente el alemán. Naturalmente se lo consideró el más apto como representante de las autoridades del hospital en el trato con los ocupantes.

Aproximadamente a las 14 horas de aquel 5 de agosto entraron en el hospital los hombres de las SS con destacamentos de fuerzas colaboradoras del este. Ordenan la evacuación inmediata de toda la instalación. Todo el mundo – tanto los heridos, los enfermos como el personal médico deben salir inmediatamente del edificio, que será incendiado. A todos los que se encuentren en las salas serán fusilados.
 
Los hombres de las SS irrumpen en las oficinas y las salas y comienza la rapiña… a los heridos y enfermos les quitan de sus dedos los anillos, las alianzas y les roban los relojes. El padre Kazimierz Ciecierski, capellán del hospital, revestido de sobrepelliz y con una estola morada conduce fuera de la sala a un soldado de la Wehrmacht, que el 1 de agosto llegó a Varsovia, fue herido y se presentó en el hospital, encontrando aquí la ayuda necesaria.
 
Unos minutos más tarde uno de los oficiales junto con algunos hombres de las SS se introduce en el despacho del director, el doctor Mariano José Piasecki que se encuentra junto al profesor y doctor Janusz Zeyland y el capellán del hospital. Aquí los alemanes les ordenan pararse detrás del escritorio y son asesinados de un tiro en la nuca.
 
Los heridos graves con gran dificultad dejan sus camas y arrastrándose en cuatro patas escapan al patio. En una de las salas se encuentran seis insurgentes gravemente heridos de un destacamento del Distrito de Wola, entre otros algunos miembros del pelotón Idea. Ellos son los cadetes Jerzy Górecki, Tadeusz Alexsandrowicz y Kordecki (Czeslaw Bialek es su verdadero nombre) un clérigo jesuita, de la compañía del subteniente Prus.
 
A pesar de los gritos nadie viene en ayuda para sacarlos de la habitación. En cualquier momento pasarán por allí los hombres de las SS y todos serán asesinados con ráfagas de metralla. El cadete Kordecki, queriendo descargar la enorme tensión dice: “Ahora sólo nos queda la ayuda de Dios, sólo Él puede salvarnos. Aquí tengo un rosario…” Los heridos comienzan a recitar Ave María tras Ave María.

Termina la primera decena. A la sala llegan tres hombres de las SS con cascos y las metralletas listas para disparar. Desde la puerta lanzan furiosamente una pregunta en alemán: “¿Dónde fueron heridos?” “Accidente de trabajo en la fábrica” responde uno de los heridos en un defectuoso alemán. Alexandrowicz descubre una terrible herida en su cara.
 
Uno de los hombres de las SS se dirige a sus compañeros. “Probablemente sea sífilis… Pacientes con enfermedades venéreas…” Rápidamente abandonan la sala. Los insurgentes heridos retoman el rezo del santo rosario. Terminaron la segunda decena. Rezan con todo fervor.
 
En el pasillo resuena de nuevo el golpeteo de las botas claveteadas. Entran dos hombres de las SS. La furia se pinta en sus rostros. ¡Ahora es el fin! – piensan los insurgentes. Desde el pasillo se puede oír la orden de un oficial para que de inmediato todos bajen rápidamente. Los SS salen corriendo. Kordecki retoma nuevamente el rezo del rosario y todos los heridos lo acompañan en voz alta.
 
Una vez más aparecen los soldados de las SS, miran a su alrededor, dicen algo entre ellos y de nuevo se van rápidamente. Los insurgentes se dan cuenta de que su ardiente oración fue escuchada. A través de las ventanas se oyen constantemente los disparos y los gritos de los SS.

De un relato del sacerdote jesuita Czeslaw Bialek (Kordecki)

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