Creía que se bastaba ella sola con su hijo

Enfrentar el cáncer… y superar el individualismo

Tricia creía que se bastaba ella sola con su hijo, hasta que su enfermera los adoptó en su familia 

Actualizado 6 octubre 2014

Benedetta Frigerio/Tempi.it

 

Tricia Somer y su hijo de 8 años... ella pensaba que no necesitaban a nadie más, pero la enfermedad le llevaría a encontrar otra familia
Tricia Somer y su hijo de 8 años… ella pensaba que no necesitaban a nadie más, pero la enfermedad le llevaría a encontrar otra familia

Tricia Somer se había defendido sola toda la vida.

Huérfana y sin marido, educaba sola a su hijo Wesley (con ella en la foto sobre estas líneas).

Se había acostumbrado a contar sólo y siempre con ella misma, y pensaba que lo había conseguido.

Hace pocos meses, con el descubrimiento de su enfermedad, todo lo que había construido se derrumbó ante ella.

Ingresada de urgencia la pasada primavera en el Community General Hospital de Harrisburg, Pennsylvania, por dolores muy fuertes en el estómago, le diagnostican un hemangioendotelioma epitelioide, una forma rara de sarcoma.

Inmediatamente Tricia piensa en su Wesley, su hijo de 8 años. No consigue ni siquiera imaginar que se quede solo. Está desesperada.

Es precisamente entonces cuando en la vida de Tricia (y en su habitación de hospital) entró otra Tricia, Tricia Seaman, enfermera oncológica cinco años mayor que ella.

«Cuando entró en la habitación – recuerda Somers – fue una sensación arrebatadora. Es difícil de explicar, pero era como un sensación de calor».

Los días sucesivos, Somers habla continuamente con Seaman de su hijo Wesley, al que llama a menudo para asegurarse de que está bien y para guiarlo como se hace con un niños que es aún pequeño. «Sufría por ella», explica la enfermera. «Sabía que su situación era bastante grave y que es verdaderamente insostenible tener un hijo pequeño y estar ingresada en el hospital».

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Así, las dos mujeres (juntas en la foto) se hacen amigas y empiezan a verse también cuando la enfermera no se ocupa de la habitación de la paciente.

Hasta que precisamente el día del alta hospitalaria, Somers, que acaba de saber que sus condiciones empeoran rápidamente, deja atónita a Seaeman con estas inesperadas palabras: «Estoy muy contenta de que hayas pasado, porque tengo que preguntarte una cosa. Si muero, ¿te ocuparás de mi hijo?».

Sorprendida, Seaman vuelve a casa y habla de ello con su marido, Dan, y sus cuatro hijos.

La otra Tricia no lo sabía, pero los cónyuges Seaman había pedido ya la adopción y habían sido declarados idóneos unos meses antes: era imposible creer que la extraña petición de esa pobre mujer llegase por casualidad.

«Tenemos que ayudarla», se dijeron. «Sólo tenemos que seguir lo que Dios nos pide que realicemos aquí».

Así, las dos familias se acercaron la una a la otra, transcurriendo juntas la Pascua y la Fiesta de la Madre.

Sin embargo, en mayo las condiciones de Tricia Somers empeoran a causa de la quimioterapia.

Según los médicos ya no puede vivir sola, por lo que los Seaman toman la decisión de ocuparse inmediatamente no sólo de Wesley, sino también de Tricia que, cuidada por la enfermera, su marido y sus hijos, empieza a recobrar las fuerzas.¿Cómo es posible? «Simplemente, es amada por una familia, es parte de la familia y esto hace una gran diferencia», explica Seaman.

Confirmado por Somers: «Esta familia me ha sustancialmente salvado la vida, porque en mayo me habían dicho que habría tenido un mes más de vida; en cambio, aún estoy aquí».

Mientras tanto, los Seaman han llevado adelante los trámites para la adopción. «Mi hijo – dice Somers – es muy consciente de que cuando muera él será bienvenido aquí. Y sabe que Dan y Tricia serán sus tutores. Le han explicado que nunca podrán ser como la madre y el padre, pero han dicho que están seguros que serán casi lo mismo. Han respondido a mis oraciones. Es maravilloso».

(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)

La oración nos salvó a todos

Milagro en la carretera

No es lo mismo hablar de Dios, que experimentar a Dios: debes sentir su presencia, vivir su amor

04.10.2014

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Esta mañana nos emocionamos hablando con un amigo sobre el buen Dios. No puedo evitar llenarme de alegría cada vez que hablo de Dios. Él ha llenado mi vida de esperanza, me ha dado un motivo para seguir adelante, cada vez que enfrento una dificultad… Es un padre estupendo.
 
Cierta mañana salí atrasado hacia mi trabajo. Aceleraba el auto para llegar temprano. En una calle encontré una camioneta que iba muy despacio.  La conducía un abuelito con su nietecita. Yo apurado y él iba con una lentitud asombrosa.  A veces la niña miraba hacia atrás y me saludaba. Yo le sonreía y le devolvía el saludo.
 
Necesitaba pasarlos.  Me dispuse a hacerlo cerca de una intersección cuando sentí esta dulce voz que me decía: “Reza por ellos”.  
 
Reduje la velocidad del auto y en lugar de rebasarlo, recé: “Señor, protégelos, bendícelos, guárdalos de todo mal”.  En esa fracción de segundo un auto salió de la intersección a toda velocidad, perdió el control en la curva y se estrelló de frente contra la camioneta del abuelo.  Fue un golpe estruendoso, violentísimo. 
 
Me bajé del auto y corrí a auxiliarlos.  Los vecinos del área también salieron para ayudar. Fue impresionante, el auto quedó destruido, pero ellos salieron ilesos. El que ocasionó el choque fue un joven de 19 años. Estaba completamente borracho.  No se dio cuenta de lo que hizo.
 
Una señora me tocó el hombro. Me volteo y dice: “Dios lo ama mucho”. “¿Por qué dice eso?”, le pregunté.
 
“Estaba afuera de mi casa y vi cuando usted iba a rebasar el auto que chocaron.  De pronto se detuvo, no lo hizo. Ese choque era para usted. ¿Qué ocurrió?”.
 
“Recé”, le respondí.  “Me detuve a rezar por ellos. Al hacerlo se salvaron y me salvé también. La oración nos salvó a todos”.
 
Un amigo me dijo hace mucho: “No es lo mismo hablar de Dios, que experimentar a Dios. Debes sentir su presencia, vivir su amor”.  Me di cuenta que tenía razón.
 
Dios te da un tesoro que muchos buscan en lugares equivocados.  Te hace feliz. No te quita los problemas, pero te hace feliz. Te fortalece, te llena de paz y serenidad.
 
Ahora vivo mi vida como siempre quise, en la presencia de Dios. Escribo, disfruto a mi familia, y aprendo a ver la creación como un gran Regalo que se nos ha confiado.
 
Cada mañana me levanto y mis primeras palabras son: «Gracias Señor». ¿Por qué? Como decía santa Clara de Asís, «por haberme creado», y yo continúo… por la vida, por ser mi Padre, por mi familia, por la fe, por tu hijo, por la creación.
 
Luego salgo y me siento fuera de la casa. Cierro los ojos y escucho a los pajaritos. ¡Qué maravilla! «Gracias Señor».