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La conmovedora oración de un soldado soviético

«Me han dicho siempre que Tú no existes»

La conmovedora oración de un soldado soviético convertido antes de morir en la batalla

Un joven soldado ruso escribe durante la guerra

Un joven soldado ruso escribe durante la guerra

El predicador del Papa, el padre Raniero Cantalamessa, cuenta el testimonio de un joven soldado ruso, al que cuando murió en la II Guerra Mundial encontraron una preciosa oración en el bolsillo de su chaqueta.

Actualizado 13 noviembre 2013                                                  

Javier Lozano / ReL

Una de las esencias del comunismo que se ha evidenciado de manera más clara allá donde esta ideología totalitaria se ha puesto en práctica ha sido la de intentar arrancar el alma a la persona,intentar arrebatarle su ser espiritual para que pase a ser únicamente un número, un ente al servicio de los intereses del partido o del estado. China, Corea del Norte o la URSS son algunos ejemplos de ellos.

La URSS fue un claro ejemplo de ello e intentó eliminar la religión y la fe de su pueblo. Su radical programa de ateísmo ha dejado un país muy mermado espiritualmente, con mucha gente que no conoce a Dios y que no encuentra un sentido a su vida. Sin embargo, el comunismo no pudo vencer y son numerosos los ejemplos de conversión en medio de la persecución y de la perseverancia en una fe inquebrantable que ningún partido ni ningún cuerpo de inteligencia pudo borrar.

La persecución alimenta la fe y así quedó acreditado. En la URSS florecieron vocaciones en medio de una educación ateísta y anticristiana e incluso en ocasiones las autoridades soviéticas no pudieron frenar la religiosidad popular del pueblo.

Esto mismo ocurrió con miles de jóvenes soldados rusos durante la II Guerra Mundial. Pese a que habían sido educados en el ateísmo soviético muchos de ellos se encomendaban a laVirgen de Kazán y otros tantos aunque no habían oído hablar de Dios, encontraban la fe en medio de la batalla. Cómo ocurría esto sólo Dios lo sabe.

De hecho, el predicador de la Casa Pontificia, el padre Raniero Cantalamessa durante una homilía recordó una preciosa historia sobre uno de estos jóvenes soldados rusos durante la II Guerra Mundial.

Contaba el fraile capuchino como introducción a esta historia que “la fe no exime a los creyentes de la angustia de tener que morir, pero la alivia con la esperanza. El prefacio de la misa de mañana dice: ‘si nos entristece la certeza de tener que morir, nos consuela la esperanza de la inmortalidad futura’.

De este modo, enmarca este “conmovedor testimonio” en la Rusia soviética y cuenta como en 1972 se publicó en una revista clandestina la oración encontrada en el bolsillo de la chaqueta del soldado Aleksander Zacepa.

Lo hallaron muerto pero la oración había sido escrita pocas horas antes de la batalla en la que perdió la vida durante la guerra. Había sido preparado por Dios para este momento.

El joven soldado se dirige a un Dios que no conocía, del que no le habían hablado. Pero en medio de la muerte lo había descubierto y aún sabiendo que su vida estaba en juego confesaba ya no tener miedo a morir pues había descubierto precisamente dónde estaba la verdadera vida.

Esta es la oración íntegra hallada en el bolsillo de Aleksander Zacepa:

¡Escucha, oh Dios! En mi vida no he hablado ni una sola vez contigo,

pero hoy me vienen ganas de hacer fiesta.

Desde pequeño me han dicho siempre que Tú no existes…

Y yo, como un idiota, lo he creído.

Nunca he contemplado tus obras,

pero esta noche he visto desde el cráter de una granada el cielo lleno de estrellas

y he quedado fascinado por su resplandor.

En ese instante he comprendido qué terrible es el engaño…

No sé, oh dios, si me darás tu mano,

 pero te digo que Tú me entiendes…

¿No es algo raro que en medio de un espantoso infierno

se me haya aparecido la luz y te haya descubierto?

No tengo nada más que decirte.

Me siento feliz, pues te he conocido.

A medianoche tenemos que atacar,

pero no tengo miedo,

Tú nos ves.

¡Han dado la señal!

Me tengo que ir.

¡Qué bien se estaba contigo!

Quiero decirte, y Tú lo sabes, que la batalla será dura:

quizá esta noche vaya a tocar a tu puerta.

Y si bien hasta ahora no he sido tu amigo, cuando vaya,

 ¿me dejarás entrar?

Pero, ¿qué me pasa? ¿Lloro?

Dios mío, mira lo que me ha pasado.

Sólo ahora he comenzado a ver con claridad…

Dios mío, me voy… Será difícil regresar.

Qué raro, ahora la muerte no me da miedo”.

 

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