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El primer cura negro de EEUU nació esclavo

Augustine Tolton podría llegar a los altares

El primer cura negro de EEUU nació esclavo, se ordenó en Roma y volvió como misionero

Actualizado 5 noviembre 2013

C.L. / ReL

Augustine Tolton.

Augustine Tolton.

Augustine Tolton (1854-1897) se ordenó sacerdote en 1886 y figura como el primer negro nacido en Estados Unidos que recibió las órdenes sagradas y ejerció luego el ministerio en su país.

Los hermanos James y Patrick Healy le habían precedido (1854 y 1864, respectivamente), pero eranhijos de irlandés y mulata, y por tanto medio-mulatos también y considerados irlandeses.

Tolton, por el contrario, nació en una granja de Missouri fruto del matrimonio en 1851 de dos esclavos nacidos también en Estados Unidos, Peter Paul y Marthe Jane, cuyos respectivos dueños eran dos familias católicas que instruían y bautizaban a los esclavos que compraban. Ambos eran, pues, católicos, como lo fueron su boda y sus hijos, el segundo de los cuales, Augustine, nació en 1854.

Una huida infernal
Su vida no se diferenció mucho de la de tantos otros esclavos, hasta que estalló la Guerra de Secesión en 1861. El padre de familia, Peter Paul, decidió unirse al ejército de la Unión, como hicieron unos 180.000 negros, y escapó de la granja de sus dueños. Murió poco después de disentería, prácticamente sin haber entrado en combate.

Aunque su mujer ignoraba ese hecho, decidió huir también, porque había sabido que algunos propietarios de esclavos de la zona le habían echado el ojo a sus tres hijos, los dos hijos mayores y la pequeña de veinte meses.

La escapada se convirtió en una difícil odisea de una madre arrastrando a tres niños, viajando sobre todo de noche, a punto de ser capturados, siendo objeto de fuego cruzado entre unionistas y confederados, y cruzando el río Mississippi en un bote viejo y sin experiencia en su manejo, hasta llegar a Hanibal primero y a Quincy después, ya en Illinois, en zona bajo control de los “azules”.

Problemas raciales… no sólo blancos
Allí empezó a trabajar y a sacar adelante a los suyos. Al finalizar la guerra, en 1865, supo que su marido había muerto cuatro años antes. También lo hizo su hijo mayor, de una neumonía. Martha Jane era una asidua fiel de la iglesia de San Bonifacio, a la que asistían básicamente alemanes, cuyo idioma aprendió bien Augustine en esos años.

Cuando su madre quiso inscribirle en la escuela parroquial, sufrió el rechazo y el acoso del resto de alumnos y de sus padres, todos blancos, y a pesar del apoyo del párroco, el padre Schäffermeyer, y de la profesora, la Hermana Chrysologus, tuvo que abandonar en su empeño.

El camino de espinas de la formación
Pero el racismo no era sólo blanco. Augustine fue inscrito poco después en una escuela pública para negros… donde también era mirado con desprecio por sus compañeros mulatos.

Finalmente el padre Peter McGirr le acogió en otra escuela católica, la de San Lorenzo, y aunque también sufrió rechazo de sus compañeros blancos, los persistentes sermones del sacerdote consiguieron vencer esa falta de caridad, y Augustine empezó a aprender y formarse de verdad en 1868.

A pesar de ser prácticamente analfabeto, aprendió rápidamente a seguir la misa en latín, requisito para ser monaguillo en ella, como era su deseo. No se sabe cuándo hizo la primera comunión, pero sí que se confirmó en 1870 y que cada mañana, antes de acudir a su trabajo en una fábrica de tabaco, asistía a misa y comulgaba.

En busca de seminario

En algún momento manifestó al padre McGirr su deseo de ser sacerdote. No había en aquel entonces ningún sacerdote negro en Estados Unidos. El obispo de Alton, Joseph Baltes, se ofreció a sufragar sus gastos como seminarista si encontraba seminario, pero las gestiones resultaron en que todos afirmaban “no estar preparados” para recibir a un alumno negro. Así que en 1873 todos los sacerdotes de Quincy decidieron darle clases, y hasta 1875 continuó así su educación, al tiempo que trabajaba.

En 1878 se hicieron cargo de su formación los franciscanos, en particular el padre Richard Richardt, pero las dificultades para encontrar seminario eran las mismas, y eran por lo mismo: era negro.

Richardt, quien consideraba a Augustine “un monaguillo reverente, un hijo ejemplar, un trabajador concienzudo, un buen estudiante y un celoso apóstol laico”, y el obispo Baltes, quien deseaba su educación y ordenación, acudieron entonces a Roma, y por medio del superior general franciscano y del cardenal prefecto de la congregación de Propaganda Fide, Giovanni Simeoni, lograron por fin plaza para él en el colegio Urbaniano de Roma, un seminario especializado en formar para las misiones.

La gran sorpresa, en Roma

El 15 de febrero de 1880 su madre y su hermana y los padres McGirr y Richardt le despidieron en la estación de tren de Quincy, rumbo a Chicago primero, al puerto de Hoboken en Nueva Jersey después, y luego en barco hasta Le Havre, en Francia, y luego París y Roma por tren. Llegó a la Ciudad Eterna el 10 de marzo. Empezaba una nueva vida en la que el color de su piel no era obstáculo para nadie.

Allí estudió seis años, convencido de que tras su ordenación sería enviado a África. Pero llegó el día en que se convirtió en sacerdote, el 24 de abril de 1886 en la basílica de San Juan de Letrán, y el cardenal Simeoni le dio la gran sorpresa. Volvería a Estados Unidos, y a su diócesis, Alton, le dijo el purpurado al estupefacto misacantano, que lo había pasado muy mal allí y no deseaba volver: “Se la considera la nación más ilustrada del mundo. Veremos si merece ese título. Si Estados Unidos nunca ha visto un sacerdote negro, deberá verlo ahora“.

Al día siguiente de su ordenación dijo misa en la basílica de San Pedro, con el cardenal Simeoni como acólito. Un tiempo después conoció al Papa León XIII, quien recibía a todos los sacerdotes de Propaganda Fide antes de partir a sus respectivas misiones.

El 11 de julio, el padre Tolton celebró en Nueva York la primera misa dicha en Estados Unidos por un sacerdote negro, y fue una misa solemne en una parroquia mayoritariamente de negros. Aquel día, Augustine volvió a ver a su madre seis años después, la bendijo y le dio la comunión.

Seis conversiones

Luego, ya en Illinois, fue destinado a la parroquia de San José en Quincy, donde sus primeros meses fueron poco fructíferos: sólo seis conversiones. El apostolado católico era muy difícil entre los negros allí, pero poco a poco empezó a notarse la presencia del padre Tolton.

El padre Brüner, de la parroquia de San Bonifacio, informó de que llenaba la iglesia cada domingo: “Es muy querido por todos y sus sermones gustan mucho”. Y en la cola de su confesionario se entremezclaban blancos y negros. Aquellos, mejor situados económicamente, ayudaban al sostenimiento de la parroquia y de la escuela, donde empezaban a dejar de pasar las cosas que vivió el padre Tolton en su infancia.

Más cuestión de dinero que de piel

Pero algo las revivió. En 1887 llegó a San Bonifacio el padre Michael Weiss, quien a la postre sería el único miembro de la Iglesia de quien Tolton recibió desprecio por su raza. Le llamaba “el cura negro”, y pretendió que limitase su apostolado a las personas con su mismo color de piel.

Había en realidad tras esa actitud racista una motivación económica: muchos blancos -que eran quienes podían contribuir a la Iglesia- preferían San José a San Bonifacio. Weiss emprendió una campaña contra él, que tuvo a su favor el prejuicio, pero en contra a las autoridades de la Iglesia.

Así, el cardenal James Gibbons, arzobispo de Baltimore, invitó a Tolton a intervenir en congresos en Baltimore, Nueva York, Boston…

“La Iglesia católica deplora la doble esclavitud, la del alma y la del cuerpo, y nos desafía a liberarnos de ambas“, dijo en 1889 en Washington, según recoge la página web de su proceso a los altares: “Yo fui un esclavo pobre, pero los sacerdotes de la Iglesia no me despreciaron. Por influencia de uno de ellos me convertí en lo que soy. Fueron los sacerdotes de la Iglesia quienes me enseñaron a rezar y a perdonar a mis enemigos. En esta Iglesia no tenemos que luchar por nuestros derechos por ser negros. La Iglesia tiene santos negros (San Agustín, Santa Mónica, San Benito el Africano), la Iglesia es abierta y acogedora. Es la Iglesia para nuestro pueblo”.

De Quincy a Chicago

Pero el padre Weiss, pese a todo, ganó la partida porque la limitación de fondos económicos era real, y su campaña contra el exceso de recursos en el apostolado de los negros surtió efecto. Aunque el obispo James Ryan, que había sucedido a Baltes, consideraba a Tolton “un buen sacerdote”, no supo encauzar el problema, y el mismo Augustine pidió el traslado de diócesis.

En diciembre de 1889 partió para Chicago, y pronto trabó contacto con Santa Katherine Drexler (1858-1955), quien al entrar en religión a los 33 años decidió dedicar su inmensa fortuna, heredada de su padre -un adinerado banquero- al apostolado entre los indios y los negros. La futura santa, canonizada por Juan Pablo II en 2000, ofreció su ayuda y la de su congregación y los años de Chicago, que fueron también duros para Tolton en el apostolado, le permitieron sin embargo emprender obras concretas de catequesis y enseñanza entre las gentes de color, la misión que había recibido en Roma.

Fulminado por el calor
El 9 de julio de 1897, con tan sólo 43 años de edad, cuando caminaba por una calle de Chicago camino de la rectoría a la vuelta de un retiro con otros sacerdotes, sufrió un desvanecimiento. Los médicos diagnosticaron un brutal golpe de calor y uremia, con fiebre por encima de los 40°C, y no pudieron hacer nada por salvarle. Murió ese mismo día.

Fue enterrado en Quincy, donde el diario local, The Quincy Journal, señaló que “pocas veces se había visto un funeral semejante: el cortejo fúnebre se extendió cuatro manzanas, además de los coches que trasladaron a las personas al cementerio”.

Tolton no logró llamativos éxitos en su apostolado, pero sí resplandeció por sus virtudes. El 14 de febrero de 2011 el cardenal Francis George, arzobispo de Chicago, abrió su proceso de beatificación, y el 13 de febrero de 2012 la Congregación para las Causas de los Santos le otorgó la condición de siervo de Dios. El milagro que se está investigando como parte del proceso es el restablecimiento insólito de una persona a quien se daba por desahuciada.

Pero si finalmente sube a los altares, no será por su posición singular en la historia de la Iglesia norteamericana, en razón del color de su piel y de su pasado esclavo: será, señala Anita Moore, “porque fue un hombre devoto, fiel durante toda su vida a los deberes de estado, celoso por las almas, agradecido por los beneficios recibidos, amante de su rebaño, y paciente en sus sufrimientos y en su inmenso sacrificio de sí mismo“.

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