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Iba a ser Julieta en el papel de su vida,

Para Maria Luce, de 18 años, el «pudor» es importante

Iba a ser Julieta en el papel de su vida, pero debía mostrarse semidesnuda ante Romeo: renunció

Actualizado 28 octubre 2013

C.L. / ReL

María Luce Gamboni.

María Luce Gamboni.

El pasado 2 de octubre se estrenó en la Arena de Verona el musical Romeo & Julieta: ama y cambia el mundo, que llegó al Gran Teatro de Roma el día 17. Es una producción de la RAI, la cadena pública italiana de televisión, y está considerado el musical del año, destinado además a su emisión en directo y en prime time.

Con música de Giuliano Peparini y bajo la dirección de Gérard Presgurvic, la obra lleva seis millones de discos vendidos en el mundo y ha sido vista ya por dos millones de espectadores en una gira por veinte países. Se trata de una superproducción de David Zard que suma 45 artistas (30 de ellos bailarines), 35 técnicos, 22 personas de producción, un equipo internacional de intérpretes y más de 250 trajes.

Una Julieta de primer nivel
Un auténtico caramelo, pues, para cualquier mujer destinada a ser la protagonista del espectáculo, inspirado en la célebre tragedia de William Shakespeare. Y la elegida había sido Maria Luce Gamboni, una bellísima joven de 18 años que tiene además una voz prodigiosa.

Estudia el último año en el Liceo Clasico Mamiani de Pesaro (Italia), y séptimo curso de piano en el Conservatorio Rossini. En 2004 participó en el Zecchino de Oro, un certamen internacional de canciones para niños, y en 2008, con 13 años, participó en el programa de la RAI Ti lascio una canzione [Te dejo una canción].

Cuando le comunicaron que había pasado la prueba para ser Julieta, supo que era la oportunidad de su vida. Firmó el contrato y se trasladó a Roma, aun sabiendo que perdería un año de conservatorio. Pero…

La escena de la discordia

Ya cuando estaba metida en harina preparando el espectáculo, un día el director le dijo que en el segundo acto, en la escena de la noche de bodas, debía mostrarse semidesnuda, con un camisón transparente, antes de entregarse a Romeo. Su contrato no decía nada de eso, y Maria Luce, con personalidad, lo hizo notar. El director dejó pasar la queja, quizá esperando que el paso del tiempo mermaría su voluntad, y durante dos meses la joven continuó los ensayos de diez horas al día.

Pero una semana antes del estreno, la cuestión se planteó como una exigencia: o Maria Luce hacía la escena tal como estaba prevista, o no haría el espectáculo. Y Maria Luce dijo que no. Anuló la reserva que había hecho en un hotel de Verona, y se volvió a casa, con su familia.

Por pudor
Y escribió una carta a sus sorprendidos compañeros de clase, para responder en una única a sus continuas demandas de explicaciones: “Me sentí como un objeto en manos de quien quería utilizarme a mí y a mi feminidad para su propio éxito. He fracasado en el sentido de que no obtuve aquello que quería, pero he triunfado ante mí misma porque he preferido mi pudor antes que el dinero o que mis mismos sueños“, recoge L´Avvenire. Y anima a todos “a no ceder nunca en los compromisos con la vida, a saber renunciar si se comprende que una cosa no es buena para uno mismo, aunque eso signifique perder la oportunidad“.

La responsable de promoción del musical, Giulia Riccardi, explicó a los medios que lamentaban la pérdida de la joven: “Tiene una bellísima voz y una personalidad que deslumbra, pero hemos comprendido su decisión. Ha abandonado una producción que habría podido llevarla a una exposición importante y quizá ha demostrado más valor así del que hacía falta para subirse al escenario en transparencia”.

“Muy creyente”
El pudor de Maria Luce no es sólo el rechazo natural a exponer su intimidad. También es una cuestión de su fe y sus convicciones. Así lo explicó a Leggo: “Soy muy creyente y por tanto tengo muchísimo respeto por el cuerpo de la mujer, y no me gusta como es utilizado en la sociedad actual. Muchas mujeres se dejan manipular porque es el único camino hacia el éxito, pero eso me parece insoportable y me opongo a ello”.

Deja claro que no pretende “juzgar a nadie” ni “dar lecciones”, pero sí ofrecer un testimonio de coherencia: “Tengo valores que me imponen límites y quiero que esos límites sean respetados”.

No se arrepiente de lo que ha hecho: “Profesionalmente era una oportunidad única que probablemente no me sucederá más, pero no podía actuar de otra forma”. Y al llegar a Pesaro se encontró con unos padres “orgullosos” de ella, y con la conciencia tranquila: “Por la noche, ya en casa, lloré de felicidad porque hice lo que creí que debía hacer“.

 

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