Luz Amparo, aquí uno de los tuyos

Actualizado 21 agosto 2012

Jesús García

Obediente hasta la muerte. Si una frase puede definir la vida de Luz Amparo Cuevas es esta. Aunque todos la recordarán siempre como la vidente de El Escorial, Luz Amparo fue eso y bastante más.

Reconozco que hasta no hace muchos años miraba con rechazo a todo el fenómeno de las apariciones de El Escorial. Fue hace unos cuatro años cuando mi amiga y “hermana mayor” María Vallejo-Nágera, me puso en contacto con el entorno de Luz Amparo, para echarles una mano escribiendo algún artículo defendiéndoles de los ataques que venían sufriendo desde los medios de comunicación de un tiempo a esa parte. Me negué, no por desprecio ni falta de interés, sino por falta de tiempo. Yo estaba terminando en aquel momento el libro sobre Medjugorje y ya tenía demasiadas apariciones en mi vida, como para meterme en otro jaleo semejante. Sin embargo, desde aquella llamada y en las dos semanas siguientes, no me pararon de llegar malas noticias sobre Luz Amparo y sus hijos espirituales por distintas fuentes. Recuerdo titulares de prensa que, a priori, se suponía amiga, en la que se acusaba a Luz Amparo de estafadora y cosas peores. Esa encarnizada persecución me hizo reflexionar y poder ver en ella el signo de autenticidad de la que me convencí pocos días después. Fue al visitar no a Luz Amparo ni el Prado de las apariciones, sino las residencias de ancianos levantadas por inspiración de Luz Amparo. Visité tres de ellas en apenas dos semanas, llevado de la mano de los mejores guías que podía tener: Pedro Besari, portavoz de la Asociación, y Miguel, amigo íntimo de Luz Amparo, el que más cerca de ella ha vivido el fenómeno. Al ver aquellas residencias, creí.

Creí y escribí artículos como este.

Creí porque en el Evangelio vemos que el Señor, además de su Palabra, de su predicación, de su revelación al Pueblo de Israel, ofrecía signos de credibilidad en forma de milagros. Él decía quien era y luego hacía milagros para confirmarlo.

Un milagro fue lo que vi disfrazado de residencias de ancianos en las casas de las Hermanas Reparadoras. Esas residencias, esas monjas, son signos de autenticidad mediante los cuales creer en el Evangelio. Quien no se lo crea, que vaya a verlas.

Yo había conocido alguna residencia de ancianos antes, pero estas eran diferentes. En ellas se respira un ambiente que no te puede llevar a otra cosa que al amor. Ver a ese ejército de hábitos blancos, formado por jóvenes chavalas que han dejado todo respondiendo a esa llamada, me conmovió hasta lo más profundo del alma. Esas residencias no son residencias, son hogares, los últimos hogares de la vida de los ancianos, en los que fallecen rodeados de cuidados, de mimos, de oraciones, de amores.

Los pequeños detalles te dicen tantas cosas sobre el amor…. Cada uno de los residentes tiene su nombre bordado en su servilleta, las habitaciones son recogidas, elegantes pero austeras, sencillas, y cada pasillo de esas casas está repleto de pequeños detalles que revelan un plus de dedicación entre una residencia cualquiera, por muy de lujo que fuera, y estas de las Hermanas Reparadoras. Ese plus no se compra ni con todo el oro del mundo. Se llama amor y solo puede venir de Dios.

Recuerdo con alegría ver en el salón de una de las casas a una anciana sentada en un sillón, rodeada de globos en tal medida que solo se la veía la cara. Era su cumpleaños y las hermanas la habían cubierto de tantos globos como años hacía ese día: 100. La anciana era una sonrisa perenne, como una niña a la que dedicaban la más grande las fiestas.

Visité después las habitaciones de las hermanas. Ahí, la austeridad lo ocupaba todo. Unas literas blancas y un pequeño armario componían su lugar de descanso. Nada más.

También me conmovió la capilla, el motor de la casa. Se notaba que esa capilla está usada, que se mantiene activa y no cerrada. ¡Esa capilla tenía vida! La oración, me dijeron las hermanas, era la fuente de todo lo que allí se vivía.

Unos días después conocí la comunidad donde viven las familias, y el seminario donde se forman sacerdotes para la diócesis de Madrid. El clima de alegría, amor, entrega, dedicación y oración lo inundaban todo. ¡Eran una fotografía viva de las primeras comunidades cristianas!

Comencé a escribir para prensa contando la verdad sobre Luz Amparo y sus seguidores. Incluso se llegó a barajar la posibilidad de hacer un libro, obra que finalmente llevó a término de forma magnífica el genial José María Zavala, con Las apariciones de El Escorial (Libros Libres).

Aunque la dicha de publicar el libro le correspondió a Zavala, a mí me quedó el honor y la alegría de contar con el testimonio de una de las hermanas para el libro ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?, en el que aproveché para contar tanto de Luz Amparo como pude, ¡y fue una gozada!

Sois muchos los que en varias ocasiones me poreguntáis qué me parece el tema de El Escorial, y qué queréis que os diga. Ya en más de una ocasión he dejado escrito que a estas alturas de la vida, yo ya sólo me fío de la gente que reza. No mefío de un cura porque sea cura, ni de una monja porque sea monja, ni de un padre de familia porque sea buen padre de familia. Me fío de la gente que en su día mete un buen rato a la oración, y lo que he podido ver en la casa de Luz Amparo, en sus comunidades y residencias, es que esa gente reza.

La vida de Luz Amparo será estudiada como una de las más grandes santas de la Iglesia, cuando la perspectiva del tiempo nos deje observarla con objetividad y amplitud de miras. No fue Luz Amparo “solo” vidente de la Virgen María. Fue también estigmática, sufriendo con frecuencia la Pasión del Señor en sus manos, pies, costado, frente y espalda. Fue fundadora de una obra mediante la que muchas almas están conociendo a Dios. Fue madre no solo de sus hijos, sino de un movimiento que está dando vida a la Iglesia. Pero sobre todo, por encima de vidente, mística o fundadora, Luz Amparo fue obediente. Obediente hasta la muerte.

Dos días después de su entierro, al que no quise faltar para “adoptar” a Luz Amparo como mi intercesora para toda la vida, puedo decir que aunque no la conocí en vida, sí que conozco a sus hijos espirituales, y que de alguna manera, yo soy uno de los suyos.

Luz Amparo, gracias.

 

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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