Sexto centenario del nacimiento de Juana de Arco

La doncella de Orleans

Dios decidió que la liberación de Francia correría a cargo de una joven campesina de nombre Juana. La chica cumplió con su misión a la perfección. Aunque fue quemada viva antes de cumplir los 20, es la patrona de Francia. Lo cuenta en ALBA José Mª Ballester Esquivias.

Ya es noche cerrada en Domrémy, sobria aldea de Lorena, en este 5 de enero de 1412, víspera de la Epifanía. Isabeau, la mujer de Jacques d’Arc -un campesino acomodado-, acaba de dar a luz a una niña, quinta de sus hijos. Le ponen el nombre de Jeanne, Juana. Como es costumbre en Domrémy, sus habitantes celebran durante varios días el nacimiento. Lo que no saben es que la homenajeada se convertiría, con el tiempo, en una de las figuras decisivas de la historia de Francia, aunque no tendrían que esperar muchos años para saberlo.

Los primeros años de Juana transcurren como los de cualquier chica de su condición: oración, ayuda a los más necesitados, costura, cocina y trabajo en el campo. Baste decir que Juana nunca supo leer o escribir. Pero a medida que iba creciendo empezó a marcar distancias con la gente de su entorno y a desarrollar rasgos que la distinguían del común de los mortales.

El plan de Dios consistía en que ella, la humilde campesina, debía salvar FranciaMisticismo, sin ir más lejos. Este proceso culminó hacia 1424. Ese año, un día del mes de julio -según los datos más verosímiles-, oyó una voz y vio un resplandor. Rápidamente, fueron varias voces. Juana se quedó algo pasmada. Hasta que, por fin, pudo ver los rostros de sus interlocutores. Eran un arcángel, Miguel, y dos santas, Catalina y Margarita. Nunca hubiera imaginado la joven Juana que la misión que le encomendaban -en nombre de Dios- consistía, nada más y nada menos, en salvar a Francia. Sí, a ella, la humilde campesina de Lorena.

Un país partido en dos

La situación del país era muy grave. De entrada, su configuración territorial definitiva no terminaba de concretarse. Luego, estaba partido en dos por la guerra civil que enfrentaba a los partidarios del duque de Borgoña con los del duque de Orleans.
Así las cosas, Inglaterra aprovechó esta situación de debilidad generalizada para invadir Francia. Y para algo más: para que su rey, Enrique V, lograra ceñir la corona de los capetos, cuyo legítimo titular era Carlos VII. Este monarca, de carácter frívolo, consideraba que el escenario era irreversible, por lo que renunció a librar batalla y se replegó en las diversiones cortesanas.

Juana -analfabeta pero inteligente y atenta a los acontecimientos- lo sabía. No obstante, era consciente de sus limitaciones y, sobre todo, no quería enfadar a su padre. Así que optó por no revelar nada de lo que había visto y oído.

Cuatro años después, el estado de Francia ya era crítico. Esta vez, las voces pasaron del tono de la sugerencia al del apremioLa orden era precisa: Juana tenía que ir lo antes posible a la localidad de Vaucouleurs -situada no muy lejos de su pueblo-, presentarse ante el comandante en jefe de las fuerzas reales, Robert de Baudricourt, y ofrecerse para asumir el mando de las tropas. Sin experiencia militar alguna, claro está, pero la orden venía directamente del cielo.

Al conseguir que un primo suyo, de apellido Durand-Lassart, la acompañara, Juana superó la primera dificultad. Ahí terminaron las buenas noticias, pues la entrevista con De Baudricourt se saldó con un estrepitoso fracaso. El militar ignoró las explicaciones de Juana y pidió a Durand-Lassart que se la llevase de vuelta a Domrémy, no sin haberle dado antes unos cuantos bofetones.

Pretendió volver a su rutina pero las voces se lo impidieron y le recordaron la naturaleza divina de su misiónYa en su casa, Juana pretendió volver a su rutina. Las voces se lo impidieron. ¿El motivo? Los ingleses estaban a punto de tomar la estratégica ciudad de Orleans. Las voces seguían manifestándose. Con insistencia extrema. La joven alegó que carecía totalmente de experiencia militar. Las voces le recordaron -ya se trataba de un ultimátum- la naturaleza divina de su misión. Juana obedeció y retornó a Vaucouleurs.

Sin embargo, esta vez se produjo un punto de inflexión que puso de relieve la sobrenaturalidad de la empresa de Juana y que supuso un giro político estratégico de primer orden: previó -o profetizó- el cerco inglés sobre Orleans. Las dudas de De Baudricourt se esfumaron y no solo permitió que Juana acudiese a ver a Carlos VII, sino que le puso una escolta de tres soldados para acompañarla.

Tras un largo viaje, la pequeña expedición llegó a Chinon, en pleno valle del Loira, donde se había establecido la Corte. Ahora, el rey estaba dispuesto a defender su territorio. Antes, sin embargo, puso a prueba la determinación de Juana. Para empezar, la hizo esperar dos días. Cuando accedió, por fin, a recibirla, se disfrazó para que hiciera el esfuerzo de reconocerle. A Juana no le costó: las voces le transmitían una señal secreta.

Su estandarte tenía bordados los nombres de Jesús y María, además de una imagen de DiosEl rey ya estaba persuadido. No tanto su Corte. Así que Juana fue enviada casi un mes a Potiers parasometerse al escrutinio de una comisión teológica. Esta no puso reparos. De vuelta a Chinon, le dieron las tropas que había pedido. Podía empezar la epopeya. Un detalle: su estandarte tenía bordados los nombres de Jesús y de María, así como una imagen de Dios, a quien dos ángeles arrodillados presentaban una flor de lis.

El 17 de abril de 1429 el grupo dejó la Corte y tardó algo más de una semana -hubo algún que otro contratiempo- en llegar a Orleans. Una vez en la ciudad asediada, sin embargo, las cosas cambiaron pronto: en diez días, se levantó el sitio. Objetivo cumplido, si bien Juana recibió una flecha debajo del hombro. Pese al triunfo, los recelos de la Corte seguían en pie -lo de Orleans se explicaba por la buena suerte, decían- por lo que Juana tuvo que esforzarse para convencer al rey de la necesidad de emprender una campaña por la zona del Loira. Consiguió su propósito y volvió a derrotar a los ingleses en Patay. La ciudad de Troyes era el último obstáculo que subsistía antes de poder cumplir el gran objetivo, la coronación de Carlos VII en Reims, como ocurrió con todos sus antecesores desde Luis el Piadoso.

Puñado de libras

Troyes no tardó en capitular y el 17 de julio Juana, con su estandarte, permaneció de pie junto al rey durante toda la ceremonia de la coronación. En principio, la misión encomendada desde el cielo tocaba a su fin. De lo que no era consciente Juana es de que, asimismo, habían terminado para siempre sus triunfos militares. Y lo peor: para la campesina de Domrémy comenzaba una cuenta atrás que culminaría con una condena a muerte tras un proceso ignominioso.

Resultó herida de gravedad en un muslo, siendo sacada a rastras del campo de batallaLa primera decepción de Juana se produjo a raíz de la ofensiva sobre París, que fracasó porque los refuerzos prometidos nunca llegaron. Además, resultó herida de gravedad en un muslo, siendo sacada a rastras del campo de batalla. Este percance la obligó a pasar el invierno en la Corte. Y el entorno palaciego no le era favorable. Más bien, lo contrario.

Pero hacía falta mucho más para desanimar a Juana. Por eso, en la primavera de 1430, decidió asaltar la plaza de Compiègne. Nuevo fracaso. Y definitivo: no se sabe si a causa del pánico o debido a un error humano, el puente levadizo empezó a funcionar antes de lo previsto. Juana y algunos de sus hombres quedaron a merced del enemigo. En el caso de la heroína y futura santa, para siempre. Caída en las garras de los borgoñones, abandonada a su suerte por el rey al que ayudó a coronarlos ingleses no tuvieron que insistir mucho para hacerse con ella. Un puñado de libras fue suficiente. Como no podían condenarla a muerte, la acusaron de hechicería y brujería.

La entregaron a un tribunal presidido por Pierre Cauchon, un prelado falto de escrúpulosDos días antes de la Navidad de 1430, la trasladaron a Ruan y la entregaron a un tribunal presidido por Pierre Cauchon, un prelado ambicioso y falto de escrúpulos. Fueron meses de interrogatorios feroces en los que Juana se defendió como pudo. No le dejaron pasar una: ni su vestimenta masculina ni su compromiso de castidad -de ahí el apelativo de doncella de Orleans- ni, por supuesto, las voces.

Al final, el tribunal decidió enviar las actas -previamente alteradas- a la Universidad de París, que, a su vez, dictaminó que las revelaciones eran diabólicas. Le ofrecieron retractarse. Accedió vagamente. De nada sirvió. El martes 29 de mayo de 1431, fue quemada viva en la plaza del mercado de Ruan. Cuando los verdugos encendieron la hoguera, pidió a un fraile dominico que mantuviera un crucifijo a la altura de sus ojos. Invocó, entre otros, al arcángel Miguel. Poco después, murió. No había cumplido 20 años.

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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