«Antes morir que blasfemar»

Actualizado 2 febrero 2011

Comenzamos hoy esta serie de los mártires  que derramaron su sangre en plena juventud. Su testimonio nos ayudará, en los próximos meses, a prepararnos para la JMJ que se celebrará en Madrid durante el mes de agosto.

El Siervo de Dios Santiago Mosquera y Suárez de Figueroa había nacido el 3 de febrero de 1920 en Villanueva de Alcardete (Toledo) y según declara su propia hermana, era de carácter extrovertido, travieso, simpático…. Y como es verano, Santiago está en su casa. Estudiaba en el Colegio que los PP. Jesuitas tenían en Estremoz (Portugal) y era congregante de la Congregación de San Luis Gonzaga.

Y como es el verano de 1936: ¡estalló la guerra! El 25 de julio los milicianos se presentaron en casa de los Mosquera. Iban buscando armas y encontraron dos escopetas de caza. El padre se encontraba fuera del pueblo. Inmediatamente fueron detenidos sus hermanos Ramón y Luis. Santiago se indignó por la injusta detención y gritando les preguntó: “¿Por qué?… si todos en el pueblo tienen escopetas para ir a cazar conejos y perdices”. También él fue detenido.

Conducidos a la iglesia parroquial de Santiago Apóstol que, como en tantos otros lugares hacía de cárcel, fueron encerrados en las capillas laterales que tenían verjas de hierro y puertas con candados. Fueron salvajemente maltratados. Allí los tuvieron hasta el 15 de agosto, solemnidad de la Asunción. Ese día, en la madrugada, señalaron un grupo de doce personas encabezados por el párroco de Villanueva de Alcardete. Los fusilaron a unos tres kilómetros de La Villa de Don Fadrique, en el grupo estaban Ramón y Luis, hermanos de Santiago.

Entretanto también fue detenida la madre de Santiago a la que querían sacar el lugar donde se escondía su esposo. Éste, ajeno a cuanto estaba sucediendo, se encontraba en Portugal realizando un trabajo para el periódico “El Debate”. Tras maltratarla física y verbalmente la dejaron regresar a casa, diciéndola que su hijo Santiago seguiría detenido hasta que apareciera su marido. Aunque el otro hermano José María logró huir al campo durante las primeras semanas, también sería asesinado en la carretera de Valencia.

En la iglesia-prisión quedaban todavía seis personas: junto a Santiago estaba el coadjutor de la parroquia de Villanueva, el Siervo de Dios Eugenio Rubio Pradillo. Amarraron a Santiago a una estaca. Y la horrible y continua cantinela de siempre.

Blasfema.

-Nunca. Aunque me matéis.

Una bofetada le llenaba la boca de sangre.

Blasfema.

-Puedes pegarme otra vez. Yo no blasfemo.

Otra bofetada le producía sangre sobre la sangre. Atado a la estaca estuvo dos días sin comer ni beber. El niño gemía dolorosamente…

Si haces lo que nosotros hacemos… comes y te perdonamos la vida.

El joven cerraba los ojos y no respondía.

Abre los ojos o te pego un tiro.

Y uno de aquellos criminales le aplicaba una pistola al vientre.

No quiero veros.

-¿Qué no quieres vernos? Ahora sí que vas a ver. Pero las estrellas.

Y con un látigo, cruzaron repetidamente el rostro de Santiago.

Es inútil tratar de prolongar al lector el martirio de describir lo que hicieron con este joven. Se trata de las verdaderas Actas de los mártires de los primeros siglos, de las persecuciones romanas, actualizadas con tal veracidad que parece que escuchamos a Tarsicio, a Cecilia, a Eulogio, a Sixto o a Cornelio…

La noche del 24 al 25 de agosto de 1936 los seis detenidos que quedaban fueron conducidos al cementerio de Villanueva de Alcardete (Toledo) para ser fusilados.

Ya están contra el paredón. Una descarga, dos descargas, y el crimen ha sido consumado. Santiago no murió, fue gravemente herido en sus piernas por la metralla de los fusiles. La escena es dantesca. Deseamos que el lector se imagine la escena. Un niño con las piernas destrozadas a tiros, entre los cadáveres de sus amigos, en un cementerio, una noche entera… Todavía tendría confianza en la piedad de los hombres…

El 25 de agosto, Villanueva siempre recordará con horror el final de la historia. Aunque intentó escapar, le fue imposible. Esperó que amaneciera. Santiago escucha que alguien se acerca: “El sepulturero se acerca. Crece la confianza en el pecho de Santiago, se ensancha su fe y su corazón late con más ansiedad, y exclama: ¡Piedad, buen hombre, piedad!”.

La respuesta de los labios es mejor silenciarla. Los testigos declaran que el sepulturero le obligó nuevamente a blasfemar contra Dios y María. Santiago le dijo que eso no lo podía hacer, pues era pecar contra Dios; el sepulturero le dijo que si no blasfemaba, lo mataría y Santiago le dijo: “Prefiero morir antes que ofender a Dios”. El cruel asesino tomó un pico y de un golpe acabó con su vida.

Según cuentan los diferentes testigos, tras la guerra su cuerpo, que no se sabía donde lo habían enterrado, fue hallado casi milagrosamente… tenía su rosario en la mano izquierda y su rostro reflejaba la serenidad del encuentro con Dios.

Su proceso de beatificación está en la fase diocesana desde el año 2005.

 

Autor: Moral y Luces

Moral y Luces

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