Casada y con hijos

viernes, 24 de septiembre de 2010
Antonio Orozco Delclós


Dejo al lector el juicio sobre este raro espécimen llamado Lourdes.

Conversación con una madre de familia

Hay un país en la tierra que tiene un índice de natalidad del 1,3 y en algunas regiones suyas es aún más bajo. Significa esto que carece del relevo generacional necesario para garantizar Almudi.org - Familiaun futuro humano mínimamente satisfactorio. Lo previsible produce ciertos escalofríos. Ese país es España, a la cola de Europa. Y Europa, a la cola del mundo.

¿Cómo empezó la cosa? Indro Montanelli dice en su Historia de Roma, que la caída del Imperio comenzó con la corrupción de sus clases altas. El pescado —ilustra con un dicho italiano— siempre comienza a oler mal por la cabeza. A los romanos altos, les comenzaron a resultar incómodos los hijos y llegó el tiempo en que escasearon los hombres para el trabajo y para la guerra al extremo que la invasión bárbara fue poco menos que coser y cantar.

En un país como España, encontrarse con una mujer de 31 años con seis hijos, uno todavía en camino de ver la luz y el mayor de sólo 8 años, es como toparse con un espécimen extraterrestre. Es el caso que me ha acontecido con Lourdes Rivero, casada con Javier, de 36 años, militar, capitán ingeniero de construcción.

Sé que Lourdes no una excepción propiamente dicha, pero los índices están ahí. Dejaré al lector que juzgue por sí mismo sobre la rareza de esta señora y maestra.

Si me permite usted la pregunta, ¿a dónde van ustedes —usted y su marido—, con tantos hijos por esos mundos de Dios? ¿No se han enterado de que la paternidad ha de ser responsable?

Vamos a un sitio muy concreto. Me casé con Javier a los 22 años, al terminar los estudios de Magisterio, después de cinco años y un día de noviazgo. Entonces yo quería esperar un par de añitos a tener mi primer hijo, para disfrutar de una nueva vida, nuevas libertades, salir, entrar, viajar…

Pero no fue así: me casé un día de los Inocentes y Javi nació a los diez meses. Papá me decía: «cuando tengas tus propios hijos te darás cuenta de lo que te hemos querido tus padres». Tenía razón: cuando me pusieron a mi niño en mis brazos, sentí dentro algo que sólo una madre puede sentir: no hay palabras para expresarlo. Es una mezcla de ternura infinita, un amor que te quema las entrañas, tanto, tanto, tanto, que sólo puedes decir: ¡Gracias, Señor, por esto que no tiene nombre! ¡Gracias, Señor, por lo que me han querido mis padres! ¡Ahora lo comprendo!…

Pero he aquí que, de repente, me viene al corazón un sentimiento, una voz que me dice: «Yo te quiero muchísimo más que eso! Yo, Dios, te quiero con fortaleza de padre y ternura de madre!» Desde ese día cambió todo, todo. Empecé a entender qué significa de verdad «filiación divina», ser hijo de Dios. Y al comprender, más bien intuir el amor paternal de Dios, todo en mi vida lo veo bajo la luz del cariño de Dios: las alegrías, las penas, las cosas que no comprendo. Todo tiene sentido. Todo tiene un color diferente. Cualquier anécdota o suceso que tengo con mis hijos, me sirve de referencia para interpretar mi relación con Dios.

O sea, que, como Dios es un Padre tan bueno, todo maravilloso, ¿no?

Pues, no exactamente. Cuando Javi tenía un año, tuvo una gastroenteritis angustiosa: vomitaba y tenía mucha diarrea y muchísima sed. Yo sólo le podía dar una cucharadita de suero cada diez minutos. Era angustioso verle sufrir. Para él, lo único bueno era beber. Tenía mucha sed. Era «lícito» y «justo» beber agua… y yo no se la podía dar. Hubiera sido peor, porque si tomaba más, vomitaba de nuevo y era retroceder. ¡Cuántas veces he pedido y «exigido» a Dios cosas que me han parecido justas y razonables y no me las ha dado!

Por aquel entonces me quedé en estado de Luli. A mi marido y a mí nos hacía mucha ilusión. A los cuatro meses de embarazo me diagnosticaron toxoplasmosis. Por lo visto, es una infección sin importancia, pero conlleva un peligro: que si se contrae en los tres primeros meses de embarazo o en los tres últimos, puede afectar gravemente al bebé. Así que me advirtieron que tenía la infección y que además era muy alta; y que, siendo así, lo más probable es que la niña tuviera un 96 por ciento de posibilidades de ceguera o de malformaciones de corazón; y si no, costras calcáreas en el cráneo…

Un grave problema de responsabilidad, ¿no?

Tremendo. Mi primera reacción fue: llorar. Después, me planteé: ¿Qué quiero para mis hijos? Que vayan al Cielo. Siempre digo: ¡sano y santo! Si falta lo primero, lo segundo estará garantizado. Así Dios arrancó de mí un fiat! y me devolvió la paz, no sin preocupación, pero sabiéndome en sus manos.

¿Qué pasó con la niña?

Mire, está ahí, en la foto. Nació y ¡gracias a Dios!, perfectamente sana. Pero Dios me dejó un recuerdo… Todo el mundo, al verla —y aún más ahora—, me dicen: ¡qué ojos tan bonitos tiene esta niña, ¡llaman la atención! Y es verdad, Luli tiene unos ojos grandes, negros, profundos, limpios… Segunda lección: «Dios no se deja ganar en generosidad». Me arrancó el que tanto me costaba dar y luego me premió con creces.

¿Cómo sigue la historia? ¿Ganó usted en sensatez o en insensatez?

Pasaron 21 meses y Dios nos regaló otra niña: Elenita, gordita, alegre, simpática, dulce. Siempre con su sonrisa picarona… Comprendo perfectamente lo que dice André Frossard: «Dios sabe contar sólo hasta uno». Cada hijo es único. Se le quiere como es y se le quiere todo.

Y la gente, ¿qué le decía esta vez?

Comenzó a sentirse con derecho a reñirme, porque ya estaba saliéndome del «canon preestablecido» (la parejita). Una señora por la calle, al verme con los tres pequeños me advirtió sobre «lo mal que están los tiempos». Le dije: «A mí me da igual. Sólo sé que cada hijo es un beso de Dios y ya van tres besazos, señora…»

A los veinte meses nació María. Se llama así, a secas y celebramos su santo el día de Santa María, Madre de Dios, porque el día que me enteré de que estaba embarazada era el día de la Anunciación. Entonces viví un embarazo muy cerca de la Virgen María, pensando que Ella sentiría lo mismo que yo: sueño, cansancio, molestias…, cómo hablaría con el Niño Jesús, cómo haría sus pañales, cómo prepararía sus sábanas…

Tanto lo imaginé que cuando llegó el día de ir al hospital para que naciera María, Javier me reñía: «¿pero a dónde crees que vas? ¡Vas a un parto!». Me lo decía porque mi maleta la llené con disfraces, alas doradas y cosas así, porque tenía la ilusión de hacer la fotografía de un belén viviente. Mire, aquí está: Javier es San José; Luli, la Virgen María; Elena, un ángel; y María, el Niño Jesús. Nació el 18 de diciembre y tras el esfuerzo de Javier (padre) pudimos mandar a todos una tarjeta de Navidad con este motivo.

Alguna gente ya se puso más rabiosa contra mí. Un día, en el parque, una señora me preguntó lo de si yo sabía sobre la paternidad responsable. Yo no me considero nada, pero sí creo que lucho por ser coherente —que no es fácil— y responsable: intuyo la gran importancia de lo que Dios me da prestado.

Sé que hay que tener los pies en el suelo, y sé que a la vez hay que confiar mucho en Dios. Si El lo manda, El sabe más. Y desde luego sé que si me lo manda es porque me dará fuerzas para sacarlo adelante con alegría y salero, aunque implique esfuerzo.

A la señora del parque me gustaría pedirle perdón, porque mi respuesta no fue muy correcta. Me salió del alma un «¿se cree que soy imbécil?», con un tono un poco elevado. Pero me gustaría también hacerle reflexionar sobre si no ha confundido en su corazón el concepto de «paternidad responsable» con el de «comodidad irresponsable». Creo —y no quiero juzgar a nadie— que de esto mucha gente sabe mucho.

Quizá los índices de natalidad tengan alguna significación, en este sentido. Pero, no estamos aquí para juzgar a nadie. ¿Usted tiene una idea concreta del número ideal de hijos para un matrimonio normal?

No es cuestión de un número. Es hacer en cada momento la Voluntad de Dios, aceptarla, amarla, ponerla en práctica, la que sea. Sean uno, o tres, o quince, o ninguno. Se trata de saberse querido y guiado por Nuestro Padre y olvidarnos de lo demás.

Javier terminó unos estudios y le iban a destinar. Creímos oportuno pensar que sería bueno que la llegada de un nuevo bebé se distanciase hasta que estuviéramos instalados en «algún lugar». Pero Dios decidió otra cosa mejor. Comenté con Javier: «El hombre propone y Dios dispone. Cuanto más inoportuno y más inesperado, más de Dios será».

Una amiga mía a la que quiero mucho, me decía: «¿Pero tú estás colgada?». Yo le dije: «Imagínate que eres hija de un gran rey, riquísimo; y que supieras que cada hijo tuyo fuera a ser heredero de la totalidad de ese reino, sin importar el número de hijos que tuvieras. La herencia sería la misma para todos. ¿Tú pondrías trabas a tener esos reyes en potencia? Cada hijo que tengo es hijo de Dios, heredero del Cielo, heredero de aquello que «ni ojo vio, ni oído oyó». ¿Quién soy yo para decidir quién va o no va? No puedo ser tan mezquina. Algo de lo que yo anhelo disfrutar, ¿cómo se lo voy a negar a alguien que, encima, voy a querer con todo mi corazón?»

El problema del traslado y de la vivienda se solucionó mucho mejor de lo que esperábamos. Una vez más, lección: lección número mil. Desde el «después»«antes». Dios sabe más. Ya estamos instalados en una casa grande, con sitio para todos, todos juntitos, con la vida más organizada, etcétera. Con cinco niños ya he cumplido, ¿no? La ingrata de mí se iba dando mil razones para decir basta, es decir, no, a la pregunta que Dios había sembrado dentro de mí y de Javier: «¿y por qué no otro?». ¡Pobre Dios! Ya me creía algo y seguía siendo la misma rácana del principio. Pero El, con su infinita paciencia y bondad me hacía pensar: «Quiero ése». es desde donde se entiende el

Pero usted ¿cómo oye a Dios?

Como tanta gente que le oye: no con los oídos. El sabe decir las cosas; sólo hay que querer escucharle y pedírselo. Y aunque nos costaba, volvió a arrancar nuestro fiat!. Digo «nuestro» porque Javier y yo hemos hablado siempre de todo y compartido estos sentimientos.

Así que el nuevo bebé que está con nosotros es —igual que todos— hijo de Dios. Pero me parece que «éste» es especialmente querido por Dios: éste y no otro posible es el que quiere Dios. Así que no me equivoco si añado que este hijo no es sólo un besazo de Dios, sino —cómo decirlo— mucho más. Y esto me llena de gozo.

Lourdes se disculpa por —según dice— el «rollo que me está colocando». Pero no sé si hemos llegado aún al fondo de su concepto de «responsabilidad», y le pido que profundice un poco más en el asunto.

¿No le parece frustrante, después de hacer una carrera con tanto esfuerzo, de tener peticiones de centros de enseñanza para trabajar fuera de casa en su profesión, encerrarse con cinco o seis niños en casa?

Esto mismo me decía una amiga que estudia periodismo. La comprendí perfectamente, aunque no comparto del todo su opinión. También hablábamos de lo horriblemente difícil que está la vida para los matrimonios jóvenes. El problema de la casa es real. En muchas ocasiones son necesarios dos sueldos y uno se va en el alquiler del piso o pago de hipotecas…

Todo esto es verdad y es una injusticia tremenda porque coarta la libertad de las personas. Es un problema político que habría que solucionar, con ayudas concretas. Pero también es cierto que hay un clima de desprestigio del trabajo de una madre de familia en su casa. Nos llaman «marujas».

A mí me encanta mi carrera de Magisterio, que es vocacional al cien por cien. Disfruto dando clase y me encanta la idea de formar personas. No descarto la idea de trabajar en ello el día de mañana y procuro reciclarme, estar al día en la medida de mis posibilidades. Pero he renunciado por ahora al Magisterio y no sólo no me arrepiento sino que cada día soy más feliz con esta decisión.

¿Por qué no se valora el trabajo en casa? Porque no se gana un duro. Hoy, por desgracia, está extendida la idea de «tanto ganas, tanto vales». Y en casa, desde luego, de «duros», nada. Pero estoy en casa, en primer lugar, porque creo que los niños de 0 a 3 años necesitan imprescindiblemente de la compañía de mamá. Es el tiempo de formar su personalidad, su seguridad, su afectividad. ¿No estamos dispuestos a dejarnos la hijuela por el mejor colegio? Pues para esa edad, esto que hago es mejor que Oxford o Harvard.

En segundo lugar, creo que así hago —lo intento al menos— hogar, para que cuando lleguen del colegio o (mi marido) del trabajo, tengan alguien que les quiere con locura, para escucharles, ayudarles, estar con ellos. Solamente escuchando se detectan muchos problemas, la influencia de las amistades, se está más «al loro» y hoy en día es muy importante. Hay que andar con «los pies de plomo».

Siendo algo apasionante ayudar como profesora a la formación de los hijos de los demás, me parece que lo es muchísimo más, formar a tus propios hijos. Dan unas alegrías enormes. Javi, a los tres años, me dijo una vez: —Mamá, ¿a que cuando comulgas, el alma se pone blanca. —Sí. -¡También se pone amarilla!. —¿Amarilla? ¿por qué?. —Porque Jesús es Dios y Dios creó la luz. Entonces, cuando comulgas, el alma se pone amarilla de luz… Y a los 5 años: —Mamá, ¿cómo entró Jesús en el seno de la Virgen?. Yo empecé a pensar cómo se lo explicaba, pero se me adelantó: —Ya lo sé yo: entró Dios en el seno de la Virgen y dijo: ¡Ahora me convierto en Niño!

Anécdotas de este estilo me hacen pensar en mi responsabilidad en la formación de mis hijos. Yo no sé qué será de su vida, pero me hacen reflexionar: «¿Y si estoy educando un futuro sacerdote, ¡otro Cristo!?» Es mucha responsabilidad. Insisto, no sé qué será de él, pero en todo caso estoy formando la sociedad de mañana. Tengo la misión de formar «sal de la tierra», «luz» y «levadura» del mundo. Y también tengo la responsabilidad de rezar, para que cuando ellos hagan uso de su libertad, haya siempre en sus labios un fiat! (¡hágase!) a la Voluntad de Dios. Es apasionante y sobrecogedor.

En resumen: ¿Cansancio?: todo. ¿Paciencia?: a veces me falta. ¿Felicidad?: TODA. ¿Por qué? Porque sé que soy hija de Dios y estoy donde debo estar. Porque me ayuda dándome «no sé qué». Tengo Esperanza, Ilusión, Alegría y Fe. ¿Qué más puedo querer? Ningún día es igual a otro, aunque parezca todo lo contrario. Pero, no se crea, así no he pensado desde el primer día. Ni siquiera depende de mí pensar así. Todo esto me lo va descubriendo Dios día a día.

Dejo al lector el juicio sobre este raro espécímen llamado Lourdes. ¿Se trata de un fruto tardío de anacronismos irreversibles o de una anticipación del futuro, realidad de lo posible? Por si acaso, advirtamos al eventual lector poco avisado, que rehuya a personas como ésta, no vaya a ser que nos contagie su Fe, su Esperanza, su Amor y, sin querer, pulvericemos los materialismos y hedonismos al uso y nos hallemos de pronto en el alba de una nueva Humanidad llena de la alegría de vivir.

Siete monjes camino de ganar un Oscar

Cine religioso

Siete monjes encabezan la recaudación por taquilla y van ahora camino de ganar un Oscar

Fray Christian, fray Christoph, fray Bruno, fray Luc, fray Célestine, fray Paul, fray Michel… su martirio, tan reciente, todavía conmueve.

Actualizado 26 septiembre 2010

C.L/ReL

Acaba de llegar Visión, la historia de Hildegarda von Bingen, todavía tenemos reciente el éxito de La última cima, y ahí están, por supuesto, Bella sobre el aborto o A prueba de fuego [Fireproof] sobre el matrimonio. El cine de inspiración religiosa tiene conquistadas las taquillas con un éxito tras otro, y cuando los problemas de distribución lo impiden, el éxito llega en DVD.

Es el caso de Des hommes et des dieux [Hombres y dioses], de Xavier Beauvais, con Lambert Wilson en el papel estelar. Estrenada el pasado 8 de septiembre en Francia, en dos semanas se ha situado a la cabeza del ranking de recaudación de la cartelera gala, superando de largo el millón de espectadores.

Cuenta la historia de los siete monjes cistercienses de Tibéhirine, en Argelia, martirizados el 21 de mayo de 1996 por un grupo islamista. Fray Christian, fray Christoph, fray Bruno, fray Luc, fray Célestine, fray Paul y fray Michel tuvieron la oportunidad de abandonar el monasterio y regresar a Francia, salvando su vida, pero prefirieron quedarse. Su testimonio de fidelidad a Cristo ha perpetuado el recuerdo, que se engrandecerá aún más con esta obra, premiada en el último Festival de Cannes y que ha sido seleccionada en el país vecino para competir como mejor película extranjera en la próxima edición de los Oscar.

Los obispos están encantados con el éxito de Hombres y dioses. «Personas ateas o agnósticas de mi entorno me dicen que hay algo realmente auténtico en esta película que les ha llegado dentro», afirma el portavoz de la conferencia episcopal francesa, Bernard Podvin, quien destaca en ella que es «una obra maestra de paz y de testimonio espiritual».

El guión recoge las dudas e inquietudes de los monjes, sus reflexiones sobre lo que debían hacer, las relaciones entre ellos ante esta situación, y con la gente de la localidad, que les quería enormemente, y con los terroristas que les amenazaban con la muerte si no cerraban el convento y se iban.

Pero no es sólo la perfección formal del film lo que está logrando esta espectacular acogida: es sobre todo «la emoción viva del acontecimiento en sí mismo, porque el recuerdo de Tibéhirine ha permanecido en nuestra memoria», afirma monseñor Podvin.  Y así es: a pesar de que antes y después de esa matanza los cristianos en el mundo han sufrido muchas otras, probablemente ésta sea la que más haya perdurado en el recuerdo, y tuvo además un influjo decisivo en la actitud del gobierno argelino hacia su problema islamista.

Beata Chiara Badano

Teresa y Ruggiero esperaron once años a su niña: nació, creció, murió y la vieron en los altares

Su hija les animó antes de morir, cuando aún no había cumplido los veinte: «Sed felices, porque yo soy feliz».

Actualizado 25 septiembre 2010

C.L./ReL

En su mayoría han sido jóvenes, casi todos focolares venidos de 57 países para la primera beatificación de un miembro del movimiento que fundó Chiara Lubich.

La historia de Chiara Badano, de su temprana entrega a Jesucristo, de la enfermedad ósea que a los 17 años la fue dejando progresivamente paralítica hasta morir, en 1990, a los 20 años, y sobre todo de la paciencia, alegría y aceptación con la que soportó los dolores , ha estado presente incluso en las declaraciones del alcalde de Roma. Gianni Alemanno afirmó que «el ejemplo de Chiara Badano es importante para los jóvenes y para todos los que deben enfrentarse a un sufrimiento en su vida, porque en su biografía encontramos que el dolor,en vez de ser un hecho terrible y negativo, se convierte en un desafío y un motivo de fortaleza y esperanza».

La ceremonia oficiada por el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, Angelo Amato, y por el cardenal Ennio Antonelli, tuvo lugar en el Santuario del Divino amor, a veinte kilómetros de la Ciudad Eterna. Cuando la joven fue proclamada beata y su retrato descubierto, una atronadora salva de aplausos de dos minutos saludó el acontecimiento mientras, entre los asistentes, dos personas recibían una peculiar atención: Teresa y Ruggiero, los padres de Chiara, señalados por el privilegio especial de ver a su hija convertida ya oficialmente por la Iglesia en mediadora e intercesora entre Dios y los hombres, un caso prácticamente único en la Historia de la Iglesia.

Él estaba más conmovido. Teresa, sin embargo, sonreía, fiel a las palabras con que su niña la animó antes de expirar: «Sé feliz, porque yo soy feliz». No era fácil. Chiara llegó a sus vidas tras once años de espera por parte del matrimonio, que deseaba fervientemente descendencia. «Cuando Chiara llegó, enseguida nos pareció que había sido un don, un regalo. Yo se la había pedido a la Virgen en un santuario de nuestra diócesis, y comprendimos que no sólo era hija nuestra, era sobre todo hija de Dios», explicó estos días su madre.

Y ese don, como vino, se fue: «Durante todo este camino Chiara nos enseñó a cumplir la voluntad de Dios, como hizo ella, porque no sólo hay que decirle sí cuando todo va bien», dijeron sus padres ante los micrófonos de Radio Vaticana.

Ruggiero considera lo que les ha pasado como un «misterio», algo «demasiado grande». Y así fue la beatificación. Monseñor Amato resumió lo sucedido en una frase: «La santidad de Chiara es una alegre canción al amor de Dios. Que los jóvenes sepan cantar alegremente para que canten esta vida de gracia con su propia vida». Y así será, porque sus compañeros focolares continuarán celebrando todo el fin de semana, con reuniones, cánticos y oraciones, la mística «boda» con Jesús que Chiara aguardó durante todo su calvario como único consuelo para ella y los suyos.